VI

Primera entrada por el río Yasuní

Conexión de materia

En mi crónica de febrero había quedado pendiente mi entrevista con los personemos del Instituto Geográfico Militar que trabajan en la zona petrolera para hacer las mediciones para el Consorcio Cepe–Texaco. Viajé dos veces a Lago Agrio para entrevistarme con el Capitán Álava, quien me recibió con toda cortesía. Pero pronto me pude convencer de que no tenían mayor interés en darme facilidades para mis viajes a los Huaorani y que, más bien, mi presencia podía constituir un estorbo para los fines turísticos, todavía no muy bien definidos, que parecen planearse en altas esferas. Por de pronto, me informé de que el intérprete Sam ha organizado varios viajes hacia su gente con turistas, exigiendo personalmente remuneraciones muy elevadas.

Estaba claro, con las informaciones obtenidas, que la labor más eficaz para nosotros era trabajar calladamente a través de la ruta descubierta por el río Yasuní y, por el momento, ceñirnos al grupo que Dios ha querido hacernos conocer de manera impensada y providencial.

Después de una intensa campaña apostólica en la Semana Santa en la zona de Shushufindi, me trasladé a Nuevo Rocafuerte, para planear con el P. Manuel este primer viaje misional por el río Yasuní. Este, con verdadera ilusión, se encargó de ultimar todos los detalles.

Día 25 de abril de 1977.

Han llegado a Nuevo Rocafuerte el P. José Miguel Goldáraz y Mariano Grefa, éste en viaje expreso desde Pompeya, traído en el deslizador por el P. Ángel González. Son los hombres de la "Balsa Exploradora", guías imprescindibles de este viaje. En Rocafuerte el P. Manuel designa al empleado Ramón Córdova para acompañarnos como motorista. Estamos el equipo completo.

Comienzan los preparativos y las preocupaciones:

– ¿Habéis hecho la trampa en la canoa? ¡Esos nos robarán todo!
– Sí. Creo que no descubrirán fácilmente la trampa.
– Yo no me fío nada de ellos; son capaces de dejarnos en cueros.
 – No te preocupes: hay bastantes hojas de plátano en el Yasuní. Además nos dejarán lo imprescindible; nos quitarán lo que nos sobra.
– ¿Me quitarán la hamaca? ¿Y el mosquitero? No soy capaz de dormir en la desnuda selva.
– ¿Y mis botas de caucho? Yo sí que no soy hombre sin ellas en la selva.
– No sé. No hay lógica en ellos; mejor, es una lógica muy distinta de la nuestra.
– Tengo ganas de llevar el reloj. A ver si esta vez me lo respetan.
– Bueno; ya son las nueve; van a apagar la planta de luz. Recemos vísperas y completas.

Y san Marcos da el temple a nuestras almas con sus antífonas: “Soy ministro del Evangelio". "Todo lo hago por el Evangelio". "Dios me ha concedido la gracia de evangelizar a los gentiles".

Día 26 de abril.

El P. Manuel tiene el Hospital lleno de enfermos a quienes atender. Los demás nos dedicamos intensamente a preparar todo lo necesario. Como siempre, se nos juntan demasiadas cosas, y decidimos prescindir de varias de ellas, por ejemplo la motosierra. ¡Qué falta tan grande nos hizo después! ¡Casi nos quedamos a medio camino de nuestra expedición por no tenerla! Pero suplieron los fornidos brazos de nuestros hacheros Mariano, Ramón y José Miguel. Quedan como esenciales:

– combustible. ¡Qué apuros al segundo día de viaje, porque no nos iba a llegar! Pero cambiamos de motor, el Yamaha 8 HP, que fue menos tragón.
– alimentos para unos diez días, contando con que los Huaorani nos podían quitar arroz, azúcar, conservas, galletas; excepto la sal, que no la quieren probar.
– obsequios para los Huaorani.
– equipaje personal. Aquí surgen criterios diversos: Llevar lo menos posible para que no me quiten nada los Huaorani. ¿Concuerda con aquello de "no lleves túnica de repuesto"? El otro criterio: Llevar un poco más por si acaso me quitan los Huaorani. ¿Será vestir al desnudo y dar de comer al hambriento?

Día 27 de abril. La partida.

La despedida es verdaderamente solemne y festiva. Está presente el P. Gerardo, con atinadas observaciones de veterano misionero. También nos despiden desde la alta orilla del Napo los Hermanos de la Salle con todos los niños de la escuela y las Hermanas Lauritas con las niñas. Se adivina en los ojos de todos el regusto de que el Evangelio es una aventura como para entusiasmar a los jóvenes de hoy. Hasta hubo una foto en la balsa del puerto con todo el personal, especialmente con don Víctor, el artífice ingenioso de la trampa en la canoa.

Poco después en el Destacamento Militar de Yasuní nos hemos identificado como ciudadanos de este mundo y viramos contra corriente, aguas arriba del Yasuní.

– Oye, ¿traemos plátano? ¡Tantos días sin comer plátano nos dará el escorbuto!

Traemos un poco de pan y galletas.

–¡Ah!, eso suple. Con todo, compraremos un racimo donde los Coquínche o donde los Grefa.
– Oye, ¡pero si venimos con Doctor de cabecera!

El P. Manuel sonríe maliciosamente oyendo nuestras teorías caseras y comienza su tarea de anotar escrupulosamente los datos más importantes de la jornada que iniciamos. Una vez más, hará honor a la exactitud que le caracteriza para estos menesteres.

Desde ahora hablaremos en Huao.

Eso hubiéramos querido, porque nos atenazaba la preocupación del desconocimiento de la lengua. Por eso, vamos pasando de mano en mano unos apuntes sobre la lengua de los Huaorani, pero son pocos los momentos que podemos concentrarnos suficientemente; además, la lluvia torrencial se encarga de burlarse de todos nuestros plásticos y dejarnos, desde el primer día, totalmente emborronados nuestros escritos. Lo peor es que la lluvia parece borrar hasta lo poco que teníamos en la memoria.

Optamos por observar los incidentes del viaje, admirar la naturaleza, contemplar a la boa que ni se movió de su puesto donde dormía y al caimán que se dejó deslizar perezosamente al fondo del río. Observé que en el fondo verde amazónico de ambas orillas del Yasuní predominaban las flores rojas y las moradas. Antes decíamos que el rojo significaba el martirio y el morado, el sacrificio.

Y llegamos al primer campamento, comenzando a preparar donde instalarnos, aprovechando el antiguo bohío de cazadores.

– ¡Padre, cuidado! –me gritó Mariano.

A mis pies se hallaba una shishin (serpiente venenosa) queriendo morder mi bota; pero no pudo porque estaba con la barriga llena de algo que acababa de comer. Mariano la mató sin inmutarse.

Al día siguiente, mientras los cazadores se dedican a su afición, José Miguel y servidor nos dedicamos a repasar los apuntes de la lengua Huao como estudiantes en vísperas de exámenes. Después vinieron los comentarios sobre la cacería del día, dando gracias a Dios que oyó la petición de nuestro Padre Superior en las oraciones de esa mañana: "Señor, concédenos una abundante cacería para poder obsequiar a nuestros hermanos Huaorani". Pues, ahí está la respuesta: un mono, un paujil, un motelo y, a última hora de la tarde, un precioso venado, "señalado para la fecha ", pues tenía las dos orejas partidas y lo mató Mariano, a quien, por la mañana, había cantado su pajarito anunciando buena cacería.

Nuestros momentos fuertes.

En este viaje hemos gozado del gozo espiritual de una verdadera vida franciscana en los momentos fuertes de oración comunitaria. La aventura de la empresa apostólica y nuestra impotencia ante ella nos han facilitado la oración de petición y alabanza comunitaria, en la que los dos seglares han participado ejemplar y activamente.

Unos días fueron misas concelebradas; otros días, simples celebraciones de la Palabra, en la casa donde nos hospedamos entre los Huaorani, oraciones circunstanciales de vida cristiana, seguidas de cánticos religiosos, que eran escuchados por los Huaorani. La segunda noche Araba vino a preguntarme si eso era 'lo que acostumbrábamos a hacer por la tarde". Me acordé también de que estaba delegado por nuestro Emmo. Cardenal y por el Sr. Nuncio para llevarles una bendición especial en este nuestro primer viaje fluvial a los Huaorani.

Un domingo sin Misa.

El día primero de mayo, domingo, no pudimos hacer la Misa, porque habíamos dejado escondido el cáliz en el campamento anterior. Habíamos esperado con impaciencia la llegada de los Huaorani a nuestro campamento; pero ni el ruido del motor ni mis gritos en Huao:"Huaorani ate pomonipa. ¡Guiñenamai! (Estamos viniendo. ¡No tengáis miedo!)  tuvieron  respuesta alguna. Y nuestras prisas humanas nos pusieron en tensión.

Por la tarde sentimos la necesidad de reunirnos ante el Señor y hacer la celebración de la Palabra. Después de la lectura, como comentario dialogado, surgen dos proyectos diferentes:

1.
Dividirnos en dos equipos: Mariano, José Miguel y Manuel formarán el equipo explorador, que se dirigirá hacia las casas de los Huaorani para volverse con ellos a nuestro campamento. Ramón y Alejandro permanecerán en el campamento esperando a que vengan y recibirlos.

Razones a favor:

–Hay más seguridad para el motor, la canoa y el combustible.

–El P. Alejandro teme no poder hacer todo el trayecto por su pierna afectada.

2. Dejar todo aquí y seguir todos, con lo imprescindible, hacia las casas de los Huaorani.

Razones a favor:

–Todos corremos la misma suerte.

–Nos completamos más todos juntos para la lengua y la convivencia.

Oramos intensamente pidiendo luz y fortaleza, y dejamos la decisión final a la consulta con la dura almohada. Ya no se habló más. Pero a la mañana siguiente, después del desayuno, estábamos todos en marcha hacia los Aucas, por el camino conocido por el P. José Miguel y por Mariano.

El temido y largo aguazal consumió verazmente nuestras energías mañaneras, dejándonos sudorosos y humillados. A las doce del mediodía, después de haber recorrido penosamente seis kilómetros, nos encontramos en el helipuerto 34, 5. Las huellas que denotan la presencia de los Huaorani: una enramada Huaorani, un sembrío reciente de yuca, y una naranja repartida entre cinco, bastan para hacernos olvidar todo lo pasado y decidirnos a seguir adelante.

Guiados por las huellas Huaorani.

No asoman las estrellas para guiarnos, pero Neñene, la sencilla mujer Huao que acaba de estar plantando la yuca en su chacra del helipuerto, y su hijita y su perrito, van dejando impresas sus huellas que facilitan a Mariano y a José Miguel seguir el camino por la selva.

Y es que la inteligente Neñene, que nos ha visto pero no se atreve a hacerse presente, tiene la prolijidad de ir cortando unas plantitas con su machete para que sigamos sin perdernos el camino hasta sus casas.

Hemos atravesado el río Cahuimeno, aquel río que en mi viaje anterior pasé casi inconscientemente gracias a la ayuda de mi cirineo Araba. Hacemos un pequeño descanso y yo tomo un baño en las frías aguas

– ¡Bendito sea el Señor que creó las aguas del Cahuimeno! ¡Qué frescas!

Y reanudamos el viaje, subiendo lomas, cruzando riachuelos, bajando pendientes. En cada loma se oyen gritos que rompen el misterioso silencio de la selva:

– Huaorani ate pomonipa. ¡Guiñenamal!

La tarde va avanzando y calculo que nos faltan varias horas para llegar a las casas de los Aucas. Pienso que llegaremos ya anochecido, porque vamos caminando muy lentamente por mi pierna que se resiente de calambres y dolores reumáticos. Como me parece poco prudente presentarnos de noche, propongo acampar, para reanudar el viaje a la mañana siguiente. Pero el equipo quiere seguir y me ofrecen un descanso. Otra naranja entre los cinco, un puñadito de maní tostado que amorosamente nos han preparado las Madres Lauritas y un calmante del Doctor para mí y para Mariano. ¡Estamos de nuevo listos para andar!

¡Bito pomi. Hua abopa! ¡Bienvenido!

Habíamos andado un par de lomas o tres cuando Mariano me dice:

Padre, así, vaya llamando con nombres propios.

Inibua, buto mempo; Pahua, buto bara; pomopa. (Padre Inibua, madre Pahua, vengo a veros).

De pronto Mariano y Ramón detienen sus pasos: – ¡Han contestado! ¡Ellos son!

– Yi... oooooo,..

– Sí; son  ellos.  Araba, buto pomopa. ¡Guiñenamal! ¡Hua caebi! grito a pleno pulmón.

– Yi... oooooo... –contesta Araba y al poco tiempo se presenta tímidamente. Pero nos reconoce y comienza a dar voces, llamando a la familia más cercana, que es la de Cai, Huiyacamo, Deta, Agnaento, Yacata... Todos ellos se presentan precipitadamente, alborotando toda la comarca.

Hago la presentación de los nuevos:

– Aquí Ramón y aquí el Doctor Manuel.

Oír Doctor y adelantarse Deta para que le cure un ojo lastimado fue cosa de un momento. El P. Manuel abrió su paquete de medicinas y le hizo la primera cura a la muchacha Deta, ya conocida por mis anteriores crónicas y que ahora se nos ha presentado toda ella pintada con pinceladas en negro.

Viendo que me duele la pierna, Huiyacamo propone que descansemos allí, en su casa, pero su esposo Cai le recuerda que soy hijo adoptivo de Inihua y mejor me aconseja irme a casa de mis padres.

– ¿Gube? (¿Está lejos?) – le pregunto.

– No; aquicito no más.

Guiados ahora por Araba, Agnaento y Yacata, nos dirigimos tranquilos hasta la casa de Inihua y Pahua, mis padres. En el camino nos obligan a hacer muchas paradas, porque quieren examinar lo que llevamos, comer galletas y tocar la flauta que ha traído Mariano.

Mis padres me recibieron saliendo fuera de la casa y conteniendo a los perros. Su acogida fue muy amable y alegre, y no tuvieron ninguna dificultad en acoger con la misma amabilidad y alegría a todos los demás, incluidos nuestro empleado Ramón y el P. Manuel, que se presentaban por primera vez. El Doctor tuvo en seguida plena aceptación por sus servicios médicos, los que tuvo que prestar al momento.

Rápidamente se presentaron las familias vecinas v pronto se notó un ambiente de fiesta extraordinaria en el grupo Huaorani.

Se hizo reparto de los obsequios y al poco rato examen minucioso de todas nuestras pertenencias personales y las de equipo, como ollas, linternas, cucharas, tijeras, cuchillos. Según atinada observación del P. Manuel, poco después nosotros éramos los pobres, tanto que los Huaorani nos tuvieron que prestar ollas para cocinar, azúcar para el refresco y otras varias cosas.

El P. José Miguel estuvo muy activo para sacar varias fotografías y comenzar a hacer algunas grabaciones. En momento alguno manifestaron los Huaorani tener complejos o reparos para ninguna de las dos actividades.

Quiero anotar que la casa de Inihua no es la misma que yo visité en anteriores viajes por helicóptero. Aquélla la han abandonado y ésta es nueva. Tiene además montada una carpa azul que habían cogido a la Compañía, donde Araba tiene su dormitorio y que nos dará cobijo a los cinco viajeros, en el suelo. Araba ha puesto su cama muy en alto, con escalera para subirse, y parece un palomar.

Estas nuevas casas están más cerca del helipuerto que la anterior vivienda.

Constatamos que han sido un éxito los perros y que los tienen muy bien alimentados. En cambio, se les murieron las gallinas.

Cómo he encontrado a los Huaorani.

En este viaje misional tengo que anotar:

1. Los Huaorani se han agrupado más, viniendo a establecerse más cerca del Cahuimeno y, por tanto, facilitando nuestro acceso a ellos.

2. He sentido una gran ausencia: la de la familia de Ompura y de su esposa Buganey con todos sus hijos. Parece que han tenido algunas diferencias con el grupo. También estaba ausente Peigomo, pero nos dijeron que había ido a Cononaco a traer mujer; esto sería favorable, porque indica que hay conexión con los grupos de Cononaco y Gabaron.

3. Personalmente me han considerado como de casa. Me han dejado en plena libertad cuando tenía que traer agua o hacer otros menesteres. Han manifestado además confianza suficiente como para invitarnos a visitar otras casas.

4. Han aceptado sin dificultad y con la mayor naturalidad a los nuevos, especialmente al P. Manuel, por sus servicios médicos. Hay que anotar también que no han tenido con ellos las inoportunas curiosidades de antes ni les han desnudado. Pahua trenzó para los tres Padres nuevos "cíngulos de castidad", cuando estaban ausentes Mariano y Ramón.

5. Esta vez estaban mucho mejor abastecidos de carne de cacería y también tenían carne de mono ahumada en casa de Inihua.

6.
Por otra parte, se ve un esfuerzo grande para hacer nuevos caminos y nuevas chacras, especialmente de yuca.


7.
Una vez más hemos podido apreciar que la mujer tiene un puesto de gran importancia e influencia en la familia y sociedad Huao.

Enjuiciamiento crítico.

1. Con este viaje se abre la etapa de evangelización del grupo Huao.

2. Condición fundamental, imprescindible, es familiarizarse con su lengua y costumbres. Para este efecto nos conviene ponernos de acuerdo con el Instituto Lingüístico de Limoncocha y,  mejor, conseguir el aprendizaje en Tihueno.

Otros medios secundarios.

1. Establecer una casita sencilla, con sus chacras de yuca, plátano, papayas, toronjas, etc., en la confluencia de los ríos Cahuimeno y Dicaron. Estaría cerca de los grupos y fuera de los mismos.

2.
El ideal sería buscar una familia misionera quichua que quiera vivir con el Padre, al menos por temporadas. Esto sería para fomentar la convivencia con los Huaorani, especialmente con algunos jóvenes, a quienes se podría formar para trabajar en su grupo. ¿Sería de acuerdo con los Lingüistas?

3. No se descarta la oportunidad del empleo del helicóptero, sobre todo para futuras conexiones con los grupos de Gabaron, Cononaco y Tagaeri.

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