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Segundo viaje por el río Yasuní.

1 a 6 de agosto de 1978.

Ruptura de relaciones.

Las muertes de tres trabajadores de la CGG, hechas en el mes de noviembre del año pasado, tuvieron como consecuencia una verdadera ruptura de relaciones con los grupos rebeldes del pueblo Huaorani.

Tras varias reuniones tenidas con los misioneros del ILV y ateniéndonos a sus insinuaciones de prudencia en las visitas al grupo, hemos pasado más de un año sin hacer ninguna a los Huaorani. En el mes de julio, previa la autorización de los Superiores, nos decidimos a hacer una visita corta, en plan de reanudar las relaciones de buena amistad. La mayoría de la gente común considera el intento una temeridad, con peligro de nuestras vidas. Sólo Mariano Grefa está dispuesto a acompañarme. Los Padres Manuel y José Miguel están gozando de vacaciones en España, y aviso a Mariano que me busque algún otro voluntario. En plena asamblea dominical de Pompeya expone Mariano el plan con fervor misionero. Otorino Coquinche se siente llamado por Dios y se decide a acompañarnos, consciente de los peligros y atraído por el ideal. El día 29 de julio llegaron a Nuevo Rocafuerte y en las misas del siguiente día animan, a los fieles a interesarse por esta misión; algunos jóvenes se mueven a irse con nosotros, pero no insistimos mucho para no violentar voluntades. El día primero de agosto, a las 8,45 de la mañana, salíamos de Nuevo Rocafuerte.

Regularidad del viaje.

Con un buen tiempo vamos realizando, con perfecta regularidad, las diversas etapas del primer día, coincidiendo casi exactamente con el primer viaje, tanto en el tiempo como en el consumo de combustible. Después de un descanso, que aprovechamos para comer, frente a la laguna de Garza Cocha, seguimos en viaje unas dos horas más, acampando más arriba del primer campamento de nuestra primera subida por el río Yasuní.

Durante la noche llueve torrencialmente y cuando, después de la Misa y del desayuno, reanudamos la surcada del Yasuní, éste va hinchándose, de modo que vemos que tendremos que cortar menos troncos que en nuestro anterior viaje.

Por la tarde las lluvias siguen dificultándonos la navegación. Hacia las cuatro, bajo un impresionante aguacero, llegamos al campamento situado en el límite interregional. Yo le llamaría a éste "Cohuore onco", es decir, Casa de los extraños-no Huaorani, y esto para diferenciarlo del "Huipore onco" o Casa de la balsa o canoa, lugar desde donde partieron en su balsa José Miguel y Mariano y donde nos hemos instalado las dos veces, dentro ya de la zona Huaorani.

Montamos nuestro campamento con el sistema de los plásticos, que nos resultan con goteras porque las cucarachas los han agujereado. Sobre el mullido suelo saturado de barro y agua, tendemos ramas de palmera, plástico como aislante y nuestras mantas.

Mariano y Otorino se dan modos de hacer el fuego y preparan una cena caliente: arroz, patatas enteras y una lata de atún.

Repasamos nuestro pequeño vocabulario Huaorani, rezamos en quichua y nos acostamos, mientras las aguas siguen cayendo en cantidades amazónicas. Animales grandes chapotean en el río. ¿Danta, tigre, bagres, caimanes? No sé diferenciarlo con seguridad. Otras veces son los troncos que arrastra la corriente del agua y golpean con fuerza a nuestra frágil "Cumandá".

La proximidad suscita temores.

En nuestro tercer día amanece lloviendo. ¿Levantarnos? ¿A qué? Cada uno quiere conservar un poco más el nido caliente. Mariano y Otorino relatan sus sueños: ambos han soñado sobre su familia. Dicen que nunca les ha pasado esto. Queriendo interpretar sus sueños, tan pronto dicen que les vamos a encontrar a los Huaorani como que no les vamos a ver; que si nos encontramos con los perros, vamos a pasar más apuros que con los mismos Huaorani, porque ellos hacen ¡”huau, huau”!  Los veo preocupados, un tanto sentimentales.

Los cantos quichuas, la Misa y el repaso del vocabulario Huaorani templan nuestros ánimos, y hacemos nuestro plan: llevarles obsequios, reservarnos vestidos y alimentos para la vuelta y cambiar el motor Evinrude 40 HP por el chiquito Yamaha 8 HP.

Ha escampado un tanto, y a las 9,50 estamos saliendo de una vez, decididamente.

Entrando en el paraíso terrenal.

A las 10,25 de la mañana estamos en la confluencia de los ríos Dicaron y Cahuimeno; los dos braman hinchadísimos, impresionantes. Nos internamos sin vacilar por entre los yutsos que tapan la entrada del Cahuimeno.

– Tambor caspi  (palo de tambor) – dice Otorino. Poco después:

– Culebra venenosa.

Y sí, ahí la vemos, tendida sobre las ramas de un árbol. Su piel brilla al contacto del sol. Mariano desvía la canoa para no pasar por debajo de ella; mientras Otorino dice:

–Padre, ¿qué significará esto?

– Pues que estamos entrando en el paraíso terrenal.

– ¿Y Eva?

– Puede ser que pronto la veamos.

Los yutsos cubren de lado a lado el río; éste tiene el cauce al máximo de capacidad y altura; el sol, próximo a su cenit, reverbera en las aguas amarillentas. De pronto, troncos y ramas obstruyen el paso. Otorino mira por dónde podremos pasar. Somos todo ojos, buscando un resquicio. De repente quedamos sobresaltados:

– ¡Voces! ¡Voces humanas! ¡son  ellos!

Mariano, viendo que es imposible avanzar, apaga el motor. Otorino comienza a despejar el paso. Miramos cautelosos en todas las direcciones, mientras grito a pleno pulmón:

– ¡Buto pomopa! ¡Bito pomi hua avopa! ¡Bienvenidos!

Griterío en la margen izquierda; ramas que se cimbrean en la orilla del río, y aparecen, todos desnudos excepto Agnaento, en este orden:

Deta, Cai, Agnaento y Yacata.

Gesticulando nos gritan para que vayamos a recogerlos. Otorino sigue cortando ramas y troncos sobre el agua; ellos impacientes quieren lanzarse a nado, pero les indicamos que nos esperen.

Poco después estamos frente a frente, intercambiando alborozados saludos. Deta cuida de un terrible mastín que quiere abalanzarse sobre nosotros. Depositan en nuestra canoa sus cerbatanas, aljabas y lanzas y se embarcan. Deta sujeta al perro, que sólo a ella parece obedecer.

Deta es la que más habla: me propone el cambio de shigras; le entrego la mía, comprada a los sionas del Eno y la muchacha me entrega la suya, hecha por ella misma, sacando de antemano una ardilla que habían cazado.

Los tres viajeros nos sentimos liberados ya de las preocupaciones y desbordando optimismo.

Después de una media hora larga, llegamos al punto de partida de la balsa exploradora del P. José Miguel y de Mariano. Aquí acampamos en nuestro primer viaje, y aquí lo hacemos también hoy. Desde ahora comienzo a llamar a este campamento "Huipore onco", "La casa de la balsa o canoa". Por este nombre lo conocen también los Huaorani.

Con la familia Cai.

Montamos el campamento y hacemos la comida del mediodía. En todo nos acompaña la familia Cai, excepto la señora Huiyacamo y sus niños menores.

A media tarde nos dirigimos con los Huaorani hacia su casa, que nos indican está muy cerca. Al pasar por el helipuerto 34, 6, notamos que han hecho una casa en el mismo helipuerto; nos dicen que es de Inihua.

Siguiendo la trocha de la Compañía pasamos por una chacra de yuca y plátano, y a unos quinientos metros del helipuerto estamos entrando en la casa de la familia Cai.

Huiyacamo nos acoge con grandes muestras de contento y simpatía; el perro ha depuesto su furor contra nosotros; nos intercambiamos otra vez obsequios. Hay que decir que todo lo mejor que traíamos se lo han cogido. Entre tanto trenzan unas coronas de ramas de palmera y nos coronan a los tres, mientras van diciendo:

– Para que seamos buenos hermanos.

Me impresiona profundamente el entender el significado de estas coronas y las palabras con que nos las han ceñido.

Entre los obsequios hay una madeja de hilo trenzado por ellas, para que nos hagamos "ceñidores" a lo Huaorani. Poco después nos enseñan dos enormes águilas que tienen encerradas en sendas jaulas. Con una operación complicada y nada fácil consiguen rendir a estas aves, arrancan unas plumas de sus colas y nos entregan, también como obsequio, plumas blancas.

Así quedan restauradas las relaciones de paz y amistad entre nosotros. ¡Siento vergüenza y humillación de haber desconfiado tanto de ellos!

Nos despedimos y regresamos hacia nuestro campamento, ahora solos, y con una gratitud profunda a Dios.

Sembrando maíz y plátano

–"Canta uyacuni tamia shamucpi..." (Te oigo al llegar la lluvia)  resuena en el tambito, mientras gruesas gotas, golpeando sin cesar sobre las hojas de los árboles, nos mantienen sin incorporarnos de nuestros puestos, en una fraterna convivencia.

Tardíamente desayunamos plátanos cocinados, café con leche, que sólo Araba se atreve a tomar, y chicha.

Hacia las diez de la mañana nos ponemos a sembrar maíz y unas plantas de plátano "seda". ¡Queremos ver cómo reaccionan! Todos ellos nos ayudan en el corte de los árboles y la subsiguiente siembra. Así, quedan sembradas unas 15 matas de plátano y un poco de maíz. Lo restante de semilla, tanto de maíz como de plátano, se lo llevan algunas familias.

Es ya mediodía y los Huaorani quieren regresar a sus casas. Los llevamos en la canoa hasta el partidero, cerca del Nontueno. Con la velocidad de la canoa y la lluvia que persiste, están todos tiritando de frío. En la proximidad del río Nontueno aparece Nampahuoe: viene cansado y mojado, pero contento, porque esta mañana ha podido cazar tres huanganas. Al verle, nos inunda la pena de no tener nada para regalarle. Cuando entra en nuestra canoa, Inihua y Huane sacan de sus costales algunos obsequios, de los que le hacen partícipe al venerable Nampahuoe.

Llegados al partidero, no acertamos a despedirnos. Esperamos un rato largo. Nampahuoe escudriña toda la canoa, pero no encuentra nada para llevarse. Nos hace una serie de peticiones para el próximo viaje, mientras posa fijamente su mirada sobre mi "niki" azul, comprado en el Corte Inglés de San Sebastián con el asesoramiento del P. Félix Blasco.

– ¿Buto qui? (¿Mío?) –  me dice insinuante.

– ¡Bito qui! (¡Es tuyo!).

Así quedamos ambos vestidos: Nampahuoe con mi "niki" azul de marca francesa y yo con sólo mi pantaloneta.

¿Cohuore onquia dinyae?

(¿Qué nos dices de las mujeres extranjeras?)

Vueltos al campamento, al "Huipore onco", nos encontramos de nuevo con toda la familia Cai, que ha venido a despedirse de nosotros. Poco tenemos que recoger para ponernos en marcha., pero antes de la despedida toman la iniciativa de un diálogo que me parece importante:

– ¿Que nos dices de las mujeres extranjeras? (Para ellos son extraños o extranjeros todos los que no son Huaorani). Hacen esta pregunta porque en este viaje hemos hablado varias veces con Huane, Inihua y la familia Cai sobre las mujeres extranjeras que hay en Rocafuerte.

– ¿Vas a traerlas?

– ¿Queréis que las traiga?-- pregunto a mi vez.

– ¡Sí, sí! -- me contestan todos a una.

– ¡Ellas tienen miedo de vosotros!

– ¡Dígales que no tengan miedo!

– ¿No las alancearéis?

– No; no las alancearemos  -- dice muy serio y convencido Cai.

– ¿Seréis buenos con ellas?

– ¡Seremos buenos!

 Intervienen, con especial interés, Deta y su madre, Huiyacamo:

– ¡Tráelas! Cuando las traigas las llevas a nuestra casa y seremos buenas con ellas.

Deta me indica su vestido largo y no acierto a entender qué es lo que me quiere decir: o bien que vengan vestidas como está ella en ese momento o, más probablemente, que les diga a esas mujeres que le traigan otros vestidos.

¡Se nos fue el remo nuevo!

El río Cahuimeno está muy hinchado, en toda su anchura y altura, y esto nos facilita la bajada, pero empuja tan furiosamente que no carece de peligros. Al salir de un recodo, nos encontramos con una barrera de ramas y árboles que tapan el cauce en toda su anchura.

Otorino, que va en la punta de la canoa, es embestido por una gruesa rama que le vence, le tumba sobre la misma canoa y a la vez le lleva volando por el aire su remo, un remo nuevo y pesado que se hunde y desaparece. Luego, me ha tocado mi turno de tumbarme en la canoa, mientras las ramas crujen forzando mi banca y el bidón de gasolina. Esta leve pausa da tiempo suficiente a los reflejos de Mariano para evitar una catástrofe, enderezando la embarcación con habilidad. Celebramos con risotadas la salida del peligro, la caída del puntero y la voladura del remo nuevo, comprado el domingo anterior en Boca Tiputini por sesenta sucres

Conocemos el Dicaron.

Al llegar a la confluencia del Cahuimeno y el Dicaron, nos vienen deseos de explorar un poco este último. Entramos por él unas cuantas vueltas, que nos dan la convicción de que el Dicaron es más caudaloso y navegable que el Cahuimeno. Mariano opina que, en otra oportunidad, será bueno explorar este río, al menos hasta el helipuerto 34,8.

Avanzamos hasta un gran remanso del Dicaron, que Mariano juzga como muy bonito lugar para hacer su casa, y desde ahí regresamos al Cahuimeno. Poco después estamos recogiendo todas las cosas dejadas en el campamento "Cohuore onco" y seguimos viaje.

Hacia las tres de la tarde Mariano y Otorino huelen a huanganas que merodean en la proximidad y se lanzan a la selva. Suenan unos tiros y cazan dos hermosos ejemplares, pero regresan completamente desilusionados:

--¡Nunca nos ha pasado esto! ¡Toda una manada y sólo dos huanganas para casa! ¡Algo pasa en nuestras familias! ¡Tenemos que regresar pronto!– dicen muy convencidos ¡hasta la próxima oportunidad de cacería!

A las cinco de la tarde acampamos. Una cena suculenta con arroz y carne de huangana y a dormir, sin nervios en tensión. Esa esperanza teníamos, pero llueve torrencialmente toda la noche, obligándonos a levantarnos varias veces para que la creciente del río no llegue a inundarnos.

Transfiguración del Señor.

Recién amanecidos sobre el lodazal de nuestro tambo, mojados y sucios, es fácil anhelar participar del vestido blanco como la nieve del Señor y de su rostro resplandeciente como el sol. Pero en nuestra liturgia dominical preferimos ocasionalmente meditar sobre el envío de los discípulos de dos en dos. Hoy son Mariano y Otorino los agraciados de esa elección que agradecen al Señor por la exitosa misión cumplida.

¡Monos a la vista!

Son las diez, y llevamos ya una hora bajando por el Yasuní, cuando mis dos voluntarios divisan los monos que juguetean en las copas de un árbol. Mariano y Otorino saltan a tierra; resuenan otra vez los tiros; se hace silencio. Regresa Mariano:

– ¡No valen estos cartuchos! Vengo por las cerbatanas que los Huaorani nos han regalado.

Efectivamente, media hora después vuelven a la canoa con dos gordos chorongos.

– Hemos visto otra mona con cría, pero no hemos querido matarla– dicen. Y de nuevo porfían, diciendo que algo pasa en sus familias, porque no se explican tan mala suerte en la cacería. Otorino asegura que en el próximo viaje traerá su carabina, con la que no falla nunca.

¡Sol radiante!

Un sol radiante, tropical, preside toda la tarde nuestra triunfal bajada por el río Yasuní. Al impulso del potente Evinrude, la "Cumandá" repasa, festiva y juguetona, los mil riachuelos, quebradas y lagunas que desembocan en el Yasuní.

A las seis y treinta de la tarde estamos en el puerto, solitario, de Nuevo Rocafuerte. "¡Te damos gracias, Señor, de todo corazón! ¡Te damos gracias, Señor, cantamos para Ti!".

¡Animo, ánimo!

La Hermana Laura, de las Terciarias Capuchinas, nos sorprende con la noticia de la muerte del Papa Pablo VI. Mi imaginación vuela a Roma para entremezclarse con los Obispos ecuatorianos que han sido recibidos en una audiencia especial, en el mes de diciembre de 1965, y escucha sus palabras, envueltas en una alentadora sonrisa:

– ¡Animo, ánimo...!

Estas palabras, que me dijo refiriéndose a nuestro trabajo, incipiente por aquellos años entre los Huaorani, cobraron hoy nueva significación.

Reflexiones para un diálogo entre los misioneros.

Situación del grupo Huaorani.

Aparentemente normal y pacífico. Con todo, no deja de extrañar la actitud de Ompura. En este viaje la familia Cai ha sido nuestra mejor ayuda y seguridad. La situación de su nueva casa ayudará grandemente para futuros contactos.

Distribución de obsequios.

Tienden a respetar lo que está concreta y nominalmente destinado para alguien. No ocurre así con lo que se lleva en montón por facilidad de transporte y con la esperanza de poder distribuirlo: se lo arrebatan todo y se lo reparten como se les antoja, o se quedan con todo. Así me pasó con dos docenas de pantalonetas que llevaba para repartir entre todos, con las pastas dentífricas, con los collares (de éstos sólo me dejaron dos para mi madre Pahua), etc. Todas estas cosas se las apropió la familia Cai, que nos sorprendió sin hacer la debida repartición. En cambio respetaron las ollas, el arroz y el azúcar, para que se fuese repartiendo a cada familia.

¡Suceden cosas, no como queremos, sino como deben ser!

Las Hermanas Terciarias Capuchinas me obsequiaron una tarta para el viaje; se me olvidó en casa. Pero la exquisita delicadeza del P. Gerardo nos la guardó intacta, y así le sacamos mayor gusto a nuestro regreso.

Algo así me pasó con otras cosas que quiero que sepan quienes quieren evangelizar a los Huaorani:

Pendientes del mismo clavo estaban, a la cabecera de mi cama, el Crucifijo y el cinturón Huao, para ponérmelos en el último momento. Me olvidé. Fui interrogado acerca de ambos por los Huaorani. La familia Cai me entregó toda una madeja de hilo de lana de ceiba, manufacturado por las mujeres, para que nos hiciésemos ceñidores a lo Huao.

Creo, que antes de cargarles de crucifijos, medallas y objetos externos religiosos, debemos recibir de ellos todas las "semillas del Verbo" ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido.

Todos me preguntan también si los Huaorani "ya son más decentes con nosotros". Realmente ahora molestan mucho menos en este sentido; pero sostengo que los misioneros deben comportarse con toda naturalidad entre ellos; no extrañarse de su nudismo ni de ciertas curiosidades que puedan tener con nosotros, y hasta que debemos desnudarnos voluntariamente en algunas circunstancias, no en plan de exhibicionismo sino para no crear complejos de culpabilidad en una cultura de madurez sexual extraordinaria. Yo deseé evitarlo, y por eso quise bañarme cuando todos estaban cenando. Pero la noche estaba muy oscura y nos habían quitado todas las linternas. Por eso pedí la suya a mi amigo Araba. Este optó por acompañarme, con el plato de arroz en una mano y la linterna en la otra. Al poco tiempo estaban todos en la orilla del río viendo cómo me bañaba. Desde luego lo hice en cueros, y después de secarme me ceñí el cinturón Huao. Se rieron un rato y también yo. Ciertamente no lo había planeado así, pero ¿resultó como debía ser...?

¿Cuando vendrás?

Esta pregunta me la hacían todos con mucho interés. Les dijimos que después de tres o cuatro lunas, calculando que podríamos hacerlo hacia noviembre. Pero los conocedores del río Yasuní nos aseguran que por este río se puede viajar, a lo sumo, hasta mediados de octubre; más tarde es imposible hasta las nuevas aguas. Según esto habría que adelantar la visita. Estoy dudando sobre la conveniencia de programarlo con los misioneros del ILV, o seguir haciendo algunas visitas más, independientemente de ellos...

¿Traerás mujeres?

Esta es otra de las grandes preguntas de esta visita. Recuerdo que Sam Padilla me decía que entre los Huaorani "la mujer no cuenta”.

La impresión que nos da el grupo Nampahuoe-Inihua es todo lo contrario: Las mujeres aparecen muy seguras de sí, participan en todo con gran iniciativa y animación, al parecer con libertad y sin complejos.

¿Cuál sería la reacción del grupo si lleváramos misioneras, sean éstas religiosas o seglares casadas o solteras? Hasta el presente, basados en una prudencia natural y meramente humana, no hemos querido arriesgarnos ni hemos encontrado ninguna vocación que se sienta tan claramente llamada por Dios, o con la suficiente aprobación de parte de su Congregación para arriesgarse. Con todo, en este viaje he constatado un gran deseo de que las llevemos. Creo que hay garantías humanamente suficientes como para pensar que no ha de pasar nada.

Pero no quiero que nadie se aventure por las garantías que yo pueda ofrecerle, sino porque ella misma se sienta llamada por Dios y por creer que vale la pena arriesgar algo por el Evangelio.

En los grupos evangelizados por el ILV la labor ha sido realizada, casi exclusivamente por misioneras seglares cristianas: ¿Habrán arriesgado menos que lo que se verían precisadas a arriesgar nuestras misioneras religiosas o seglares? Yo creo que no.

En el reciente documento de la Curia Romana sobre las relaciones entre los Obispos y religiosos en la Iglesia, en el número 49 se dice:

“En el ancho campo pastoral de la Iglesia ha de darse un puesto nuevo y de grande importancia a la mujer. Habiendo sido ya solícitas colaboradoras de los Apóstoles, las mujeres deben hoy inserir su actividad apostólica en la comunidad eclesial ... atendiendo el ritmo de su creciente presencia en la sociedad civil ... fieles a su vocación y en armonía con su feminidad, respondiendo a las exigencias concretas de la Iglesia y del mundo...”

Aunque el mundo Huaorani sea muy reducido, el testimonio de mujeres consagradas "había de ser tenido en gran estima y valorizado justamente".

Deberíamos seguir este diálogo sobre otros muchos asuntos, como el estudio absolutamente necesario de la lengua y la cultura Huaorani; de la conveniencia o no conveniencia de llevar obsequios; hasta cuándo y hasta qué grado solucionarles sus necesidades vitales. Cómo pasar de los obsequios a la conversión personal y aceptación del Evangelio, que es el camino más corto; o más bien, cómo dominar nuestras impaciencias inmediatistas por una encarnación en la vida real del mundo Huao, hasta descubrir con ellos las semillas del Verbo, escondidas en su cultura y en su vida, y por las que Dios ha demostrado su infinito amor al pueblo Huaorani, dándole una oportunidad de salvación en Cristo.

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