XI

Tercer viaje por el río Yasuní.

7 al 13 de noviembre de 1978.

Día 12 de octubre: Llamada urgente.

En el contacto radial del mediodía nos sorprenden con una llamada urgente: El señor Jorge Viteri llama desde O.K.C.-Lumbaqui Km. 50, Vía Lago Agrio-Quito, diciendo que me presente en Pañacocha, donde podré tomar el helicóptero, porque los jefes de la CGG necesitan mi presencia.

La llamada suscita un revuelo de interrogantes: ¿Otro ataque de los Aucas? ¿Deseos de un informe sobre mi reciente viaje a los mismos? ¿Orden de Cepe de reanudar los estudios geofísicos, interrumpidos desde la muerte de los trabajadores de la CGG a manos de los Aucas?

Día 15 de octubre.

Me encuentro ya en Lumbaqui, y las cosas claras son las siguientes:

Cepe ordena a la Compañía subsidiaria CGG terminar los estudios geofísicos de la zona Auca. Cepe no se resigna a renunciar a esta operación.

La Compañía CGG y los trabajadores en general no quieren exponer las vidas y piden garantías. Requieren mi presencia y mi colaboración para no tener que recurrir a la fuerza armada, cuya presencia se considera una provocación.

Así las cosas, llegan los planos y las órdenes de trabajo. Las líneas me son muy conocidas y los helipuertos también: 34, 6... Las nuevas trochas tienen que atravesar todo el territorio habitado actualmente por los Aucas a quienes había visitado en el mes de agosto pasado, y también el de los Tagaeri.

Como consecuencia de un ruego y de un ofrecimiento voluntario, mañana mismo saldremos para Pañacocha, y desde allí al helipuerto 34, 6.

Vuelo de inspección a la zona Huaorani.

Pilota el capitán Altamirano, y como pasajeros: el Sr. Tromas, jefe de CGG en Pañacocha, el mecánico Sr. M. Etourneaud y servidor. El plan es aterrizar en el helipuerto 34, 6: Mientras ellos acondicionan el helipuerto para posteriores viajes, yo me encargaré de saludar a grupo amigo de Huaorani, de ofrecerles donativos y -en mi plan- me quedaría con ellos todo el tiempo posible.

Pero el plan de Dios es otro: En el lapso de un año la selva enmarañada ha ganado terreno y apenas se pueden distinguir con dificultad las líneas y los claros de los helipuertos. Sobrevolamos por espacio de más de una hora sobre la zona y sobre las casas de los Aucas, y el capitán nos dice que no se puede aterrizar. Al divisar las casas tampoco se asomó ninguno de los Aucas.

Y vueltos a Pañacocha se me pide un informe sobre la situación.

Día 16 de octubre.

En comunicación dirigida al Sr. Benissent, Gerente de CGG en Lumbaqui, reitero mi oposición a la operación que Cepe quiere realizar, por juzgarla peligrosa, porque expone caprichosamente vidas de humildes trabajadores ecuatorianos sólo por no postergar el estudio de una zona relativamente muy pequeña en el conjunto del complejo petrolero.

La protección de los obreros con la fuerza armada es exponernos, por otra parte, a vernos en la precisión de ejecutar un genocidio, tanto más indignante cuanto más débil, marginado y respetable es el pueblo Huaorani, a quien ampara la ley de los Derechos Humanos.

Por eso, termino el comunicado solicitando, en nombre de la Iglesia y en nombre de los Derechos Humanos, suspender y postergar esta operación hasta que el pueblo Huaorani esté capacitado para comprenderla, autorizarla y para participar activamente en ella.

El Sr. Benissent da curso a esta solicitud, enviándola a los personeros de Cepe en Quito. Mientras, aprovechando la oportunidad que me brinda CGG, vuelo en avión a Quito para intensificar la campana.

En Quito. Semana del DOMUND.

Este año me toca pasar en Quito la semana del Domund. Monseñor Jesús Langarica está impresionado por el peligro que se cierne sobre los Aucas, y moviliza todos los resortes: Visita al Nuncio Apostólico; visita a Mons. Luna, Obispo Auxiliar de Quito, quien, en ausencia del Señor Cardenal que había marchado a Roma para la coronación del Papa Juan Pablo II, nos demuestra su corazón sensible y eficazmente activo en pro de esta Iglesia lo Cai de Aguarico y de sus problemas. Monseñor Luna nos consigue dos pequeñas intervenciones en el Canal 2 de Televisión de Quito, con el conocido y famoso periodista Oquendo, quien explica magistralmente cómo compaginar la riqueza petrolera del Oriente sin lesionar los derechos humanos de la minoría étnica Huaorani.

Todo esto contribuye a despertar los sentimientos humanos de los personemos de Cepe, quienes deciden postergar, por el momento, la operación planeada en la zona de conflicto.

Esto nos llena de optimismo y de alegría; pero también supone una nueva responsabilidad para intensificar, en cuanto sea posible, nuestra labor de acercamiento a los grupos Huaorani para conseguir que se respeten todos sus derechos humanos y, al mismo tiempo, se pueda aprovechar la riqueza petrolera de la zona, en beneficio de los marginados de la nación ecuatoriana, entre los cuales deben contarse como los primeros los diversos grupos Huaorani.

Están a punto de cumplirse las lunas señaladas para nuestro próximo viaje al Cahuimeno y, a mi regreso de Quito, organizamos nuestra próxima visita de amistad por el río Yasuní. Los hechos de este tercer viaje están relatados, con exactitud cronometrada, por el P. Dr. Manuel Amunárriz, quien tomó parte en la expedición en su doble carácter de Sacerdote y Médico-Director del Hospital de Nuevo Rocafuerte. Yo, en mi Crónica, seguiré intentando descifrar los signos y los gestos de esta incipiente evangelización del grupo Huaorani. En palabras del mismo Padre Manuel, la evangelización del pueblo Huaorani entraña un inapreciable valor de símbolo para nuestra vocación misionera.

Impresiones generales.

Este tercer viaje fluvial al grupo Huaorani Inihua-Nampahuoe ha sido excelente, y sin mayores dificultades.

El estado del río, crecido, casi inmejorable; el tiempo seco, con noches de luna, sin lluvias; los motores funcionando a satisfacción, con la rotura de un solo pasador; la salud de los participantes del equipo sin complicaciones; y, sobre todo, el clima amistoso y familiar del grupo Huaorani nos han proporcionado el gusto de una experiencia apostólica en la que hemos adivinado la providencia de Dios, haciéndonos exclamar en más de una ocasión:

– ¡Para ser suerte, es demasiada suerte!

El equipo misionero.

Lo constituíamos dos seglares y dos sacerdotes. Estuvo a punto de ser completado por dos misioneras: Ciertamente habría tenido alguna pequeña complicación, pero hubiera sido, sin duda alguna, más rico, a nivel de gesto inicial de evangelización para el pueblo Huaorani.

Mariano y Otorino fueron de nuevo los puntales, el todo, en lo concerniente a la marcha material de la expedición. Se pudo observar en ellos fraternal inteligencia, gran mística misionera, aprecio y apertura hacia la situación real del grupo Huaorani, interés por su cultura y por su lengua, servicio incondicional en todo momento hacia el equipo, participación activa y voluntaria en nuestros momentos fuertes de oración, canto y misa comunitaria. Y todavía les quedaba humor para amenizar las sabrosas horas de veladas nocturnas y matutinas.

Los dos primeros días aprovechamos nuestros momentos de serena reflexión para respondernos a las preguntas que se nos plantean frecuentemente cuando pretendemos organizar estas visitas: ¿Para qué van hacia los Aucas? ¿Acaso podrán predicarles? ¿Qué pretenden ustedes?

Sencillamente: queremos visitarles como hermanos. Es un signo de amor, con un respeto profundo hacia su situación cultural y religiosa. Queremos convivir amistosamente con ellos, procurando merecer descubrir con ellos las semillas del Verbo, insertadas en su cultura y en sus costumbres. Nada podemos decirles ni pretendemos. Sólo queremos vivir un capítulo de la vida Huaorani, bajo la mirada, de un Ser Creador que nos ha hecho hermanos.

Los días en que estamos mezclados con el grupo no decimos Misa ni tenemos otros actos especiales, a excepción de algún canto, que nos recuerda a los viajeros nuestra misión principal de ser testigos de Alguien a quien no podemos presentar de palabra, sintiéndonos desnudos de todo, para vivir la vida de Dios en la selva. Nos quedaron todavía otros dos días, cuando regresábamos, llenos de optimismo por el éxito de la visita, para reflexionar serenamente sobre nuestra vocación de evangelizadores de los Huaorani, pidiendo al Señor ayuda para mantenernos dignos de esta llamada suya y luz para organizar mejor nuestra próxima visita, que haremos después de las lluvias torrenciales, cuando los ríos estén muy llenos: después de cuatro lunas y media.

Novedades de esta visita.

Frecuentemente Cristo devolvía la salud del cuerpo, como signo de la gracia espiritual que infundía. En este sentido fue también una novedad la visita del P. Amunárriz en su calidad de doctor. Los Huaorani depositaron en él toda su confianza, hasta dejarse con toda naturalidad examinar por él, dejarse inyectar y hasta extraer algunas muelas. Llamó poderosamente la atención del Doctor el muy satisfactorio estado de salud del grupo Huaorani.

La quilla (canoa) "Chinda".

Como solución a una necesidad sentida por el grupo, la llegada de la quilla fue todo un acontecimiento, celebrado sobre todo por la gente más joven.

Se adueñaron rápidamente de ella, y nos dejaron maravillados de su habilidad para remar. Siempre nos había llamado mucho la atención que un pueblo amazónico como el Huaorani no diera señales de haber empleado balsas ni canoas. Pero un día vieron a Mariano y al P. José Miguel embarcarse en una rústica balsa, con unos remos también muy, rústicos. Posteriormente llegó hasta ellos nuestra canoa "Cumandá", con el embrujo del motor. Y sintieron despertase la vocación de navegantes. Desde nuestra visita de agosto, en adelante, parece que han estado muy empeñados en imitar la balsa exploradora de José Miguel y Mariano, cortando árboles de idéntica madera, labrándolos muy rústicamente con sólo machete y hacha, y preparando unos remos. Encontramos cuatro o cinco de esas embarcaciones, cantidad muy considerable para el reducido número de familias que son.

Con la quilla y un remo quedaron tan agradecidos y tan optimistas que Araba y Yacata quisieron competir con nuestra canoa a motor, río abajo, en un largo trecho, antes de despedirnos.

Un grupo Huaorani, de simple recolectar de frutos silvestres e incipiente agricultura, comienza a convertirse en un pueblo navegante, que podrá mejorar las condiciones de vida aprovechando las riquezas de sus ríos lagunas.

Siembra de arroz y cítricos.

Si quieres ayudar al pobre, más que darle peces enséñale a pescar, dicen los chinos. Observando que los Huaorani comen tan a gusto el arroz, hemos llevado también arroz en cáscara y hemos sembrado un poco a la vista de ellos. Asimismo hemos hecho con algunos cítricos. Y hemos observado con alegría que unas plantitas de toronja que habían nacido desde nuestra última visita, cuidadosamente las habían cercado con palitos.

Animales domésticos.

Probablemente el perro es el primer animal domesticado por la humanidad. El grupo Huaorani tenía tradición del perro, pero no los poseían en la realidad. Un día los vieron bajar del helicóptero, y desde entonces los cuidan con mimo. En este viaje cumplimos la promesa de llevarles algunos otros perros: "Peicu" (Blanco); "Heicu" (Negro) y "Huancu" (Pintado). Los quieren como ayuda de cacería y como vigilancia para las posibles incursiones de sus enemigos, los Tagaeri. Recibieron los perros con gran alborozo; pero "Peicu" se asustó mucho de la bravura de las dueñas de la zona, que nos querían acometer como fieras. Tuve que llevarle en brazos y entregárselo a mi padre Inihua. Quizás un día, en vez de la oveja perdida, tendremos que hablar del "Peicu" que llegó a casa en brazos del misionero.

Obsequios en tarros de plástico.

De acuerdo a las observaciones anteriores, la Compañía CGG me había obsequiado unos tarros de plástico de cinco galones conteniendo arroz, azúcar, refrescos de gelatina, latas de atún, cuchillos, limas y algunas ropas. Les habíamos puesto los nombres de sus destinatarios y fundamentalmente se consiguió que respetaran estos obsequios, logrando que ninguna de las familias quedara sin recibir, al menos, arroz, azúcar y latas de atún.


Huimana y Teca no pudieron venir hasta el último momento y para entonces ya faltaron algunos de los obsequios. El mismo grupo fue reflexionando, en presencia de Huimana y Teca, sobre las cosas que faltaban; ellos se mantuvieron tranquilos y dignos. Por fin Cai intercedió por ellos, en el sentido de que en la próxima visita les trajésemos lo que les faltaba.


Como el sentido de propiedad de las cosas de propia pertenencia está tan desarrollado en ellos, hay que llevar todo clasificado y señalado, también lo destinado a los jóvenes y, en cuanto se pueda, lo de los niños. Nada respetan de los obsequios que se llevan en montón, sin destinatario fijo; ésos son "primi capientis" (del primero que los coge).

Convivencias de hermandad.

Lo más notable de esta gira han sido las varias visitas a domicilio y convivencias de diverso estilo, que nos han servido grandemente para estrechar nuestra amistad y quitar las barreras de desconfianzas recíprocas. Podemos afirmar que ha reinado un ambiente de humana empatía, y que afloraba, en todo momento, un deseo también recíproco de participar en una "comunión de vida y costumbres". La vida misionera no es sólo adaptación; es, sobre todo, comunión de vida, de costumbres, de cultura, de intereses comunes. Este anhelo es más notorio en ellos que en nosotros siempre influenciados por los prejuicios, la idiosincrasia y los tabús de nuestra cultura y de nuestra educación religiosa.

Las visitas a sus casas han sido relativamente cortas, siendo siempre recibidos con entusiasmo por todos. De nuevo tuvimos que lamentar la ausencia de Ompura, de su esposa Buganey y de sus hijos. No sé con certeza la causa de esta ausencia.

Entre las convivencias principales hemos de señalar la del grupo de jóvenes, en la primera noche. Nos acompañaron la noche entera, compartiendo con nosotros todo: techo, cocina, cama y mosquitero. Antes de acostarnos, el inteligente Araba nos trazó con maestría el mapa de la zona y la situación de los diversos grupos, especialmente de los Tagaeri. Luego siguió una animadísima velada hasta la madrugada, interrumpida con dos entreactos en que Araba y Agnaento, desnudos como Pedro un día ante el Señor, se fueron a pasear en la nueva quilla. Fueron los únicos momentos en que se vio desnudos a estos dos jóvenes.

Otra noche nos acompañaron mi padre Inihua y Huane. Estos se portaron muy pacíficos y amables, pudiendo nosotros descansar toda la noche, reponiéndonos un poco de la mala noche anterior. No disponíamos ya del mosquitero, que había desaparecido misteriosamente, pero tampoco notamos mayormente la molestia de las mariposas nocturnas, que abundan en esta temporada.

Convivencia en casa de mis padres y en la de Cai.

No quiero dejar de consignar esta mi convivencia personal, por su carácter familiar.

El día 10, viernes, a media mañana, nos dirigimos en canoa al partidero de las casas del grupo de Nampahuoe. El grupo se distribuyó en la canoa en la siguiente forma: Mariano en el motor; delante de él el P. Manuel, Deta y Huiyacamo con su hijito; Pahua mi madre y servidor hacia el centro de la "Cumandá"; en la proa, Otorino y detrás Inihua, Cai, Agnaento, Araba y Yacata.

Se inició el viaje con gran entusiasmo. Otorino y Mariano siempre atentos a la buena marcha de la embarcación; el grupo de varones comentando en voz alta todas las peripecias de los dos marinos; y el grupo central, un tanto ajeno a los otros, comenzó una larga serie de recitaciones, manifestaciones preciosas de la cultura Huaorani. Conforme avanzaba la canoa, Pahua, Huiyacamo y Deta fijaban su mirada ora en unos árboles, ora en las nubes, ora en los pájaros, ora en los recodos del río y cantaban, sin cansarse, su poesía, en un semitonado, pidiéndonos con insistencia que les imitáramos repitiendo la canción. Pensábamos en los "bersolaris" de Euskalerria, e hicimos lo posible para imitar estas canciones Huaorani, provocando grandes risotadas de todos. ¡Cómo querría saber todo lo que nos hicieron cantar en esa mañana! Pero, una vez más, tuvimos que lamentar las limitaciones de nuestra ignorancia.

Al llegar al partidero pensábamos dividirnos en dos grupos: los Huaorani se irían a sus casas y nosotros, guiados por alguno de ellos, nos dirigiríamos a la casa de Nampahuoe. Pero, inesperadamente, nos propusieron otro plan: El P. Manuel, Mariano y Otorino con Araba y Yacata se irían a casa de Nampahuoe, y yo debería seguir al grupo de mi padre Inihua, Cai, mi madre Pahua, Huiyacamo, Deta y Agnaento. Vacilamos un momento, sin saber a qué atenernos; pero pronto accedimos a su propuesta, sin dar cabida a desconfianzas.

Manuel relata su visita al grupo de Nampahuoe, donde fueron recibidos con grandes muestras de simpatía por el venerable Nampahuoe y los suyos. El trato que a mí me dieron en este otro grupo fue extraordinariamente familiar. En un principio ambas familias se dedicaron a mirar y remirar, en mi presencia, los obsequios y guardarlos cuidadosamente, cada uno en su mochila particular, que dejaron colgando de los palos del techo. Cuando hubo de hacerse esta tarea, pidieron mi ayuda para que quedara bien alto, y esto en ambas casas.

Pahua e Inihua, mis padres, quisieron que les presentara al "Peicu" que todavía no disimulaba su desconfianza. Cuando el perro, moviendo sin cesar su cola, repitió con ellos las zalemas que vieron que constantemente me hacía a mí, manifestaron una gran satisfacción.

Luego mi mamá Pahua me contó que le aquejaban dolores reumáticos. Como teníamos las tabletas de "Anacin" dadas por el Doctor Amunárriz, le administré una pastilla con agua. En ese momento, entre las cosas de mi padre apareció un vestido de colores; le dije que era vestido de mujer y que era para mi madre. Se lo vestí, inclinando luego mi cabeza para recibir su bendición. Pahua, mi madre, me aconsejó repetidamente y ambos, Inihua y Pahua, volvieron a posar sus manos sobre mi cabeza, con menos intensidad que la primera vez. Me quedó la impresión de que la cultura Huaorani es muy parca en estas manifestaciones y que no estilan repeticiones.

Pahua fue a casa de Cai y, en seguida, me llamaron para que le administrase otra pastilla de "Anacín" a Huiyacamo a quien por la mañana se le habían sacado muelas y varias raíces. Así quedé en casa de Cai, donde pasé todo el tiempo siguiente.

En un momento dado los hombres nos juntamos en el patio para intentar afilar los machetes con el esmeril nuevo que acabábamos de regalarles.

Al inclinarme para hacerlo en mis lomos apareció el cinturón Huao, suscitando la curiosidad de Pahua para cerciorarse si era el que ella me confeccionó; y la de Deta para ver, en cambio, si el cinturón era nuevo y lo había hecho con el ovillo que me regalaron en el último viaje. Con esta excusa me vi sin la única prenda que vestía, pero vestido a lo Huaorani, como estaban mi padre Inihua y Huiyacamo, que se hallaban más próximos a mí. Con toda naturalidad se desarrolló el siguiente diálogo:

– Esta es costumbre Huao y está muy bien, pero los "cohuore" no hacen así.

– ¿Y tú no será cohuore? - me dice Cai.

– Yo quiero ser Huao como vosotros.

– De acuerdo – me dicen Cai e Inihua al unísono. Cai amplía una explicación que no capto bien.

– Sigamos entonces tranquilos según costumbre Huao.

Poco después Cai y Deta se habían desprendido también de sus pantalonetas. Esta es la única ocasión en que todo el grupo por igual vivimos en la presencia del Creador un capítulo hermoso de la Biblia (Gen. 2, 25).

En otro momento me brindaron la chicha dulce. Sacaron, con cierto misterio de intimidad, unas sartas de collares de dientes de tigre y jabalí: Huiyacamo me obsequió un collar con seis dientes de huangana y Deta, un diente de tigre que, me dijo, había pertenecido a un Tagaeri. Cai, por su parte, me confeccionó una corona de plumas, e Inihua y Araba me regalaron una bodoquera con su aljaba y flechas con curare.

Deta se peinó muy femeninamente y comenzó a cocinar en su fogón independiente, mientras su madre Huiyacamo lo hacía también en el suyo.

Las horas habían transcurrido sin sentir, y sonó en el río el motor de la canoa, en la que venía el otro grupo. Todos nos pusimos en movimiento para salirles al encuentro. Mariano, Otorino y Nampahuoe tomaron una taza de chicha, mientras el P. Manuel pasaba un momento malo de mareo por agotamiento: la gran caminata, sin apenas ningún descanso y los kilos de grasa acumulados en su reciente viaje de visita a su "aitatxo" habían hecho mella; pero se repuso muy pronto, no así las costuras de sus dos pantalonetas, que se aflojaron precisamente por la parte más crítica y no hubo cómo arreglarlas.

– Pero menos mal – dijo el Padre Manuel – que aquí nadie mira nada.

Y bien, estamos de nuevo en la canoa, de regreso para nuestro tambo "Huipore onco".

Ahora Omare y Deta me invitan a acompañarlas en sus recitaciones, con idéntico resultado de repeticiones, intentos de imitación y de grandes risotadas.

La reflexión sobre esta convivencia personal con los Huaorani me exigió renovarme en mi fe y en mi esperanza en Dios, que transciende todo apostolado.

Recibir tantas atenciones de íntimo nivel familiar exige corresponder en el mismo nivel, sin desairarles y, al mismo tiempo, sin despertar intereses de otro nivel demasiado humano; esto con el agravante de no dominar la lengua para poder dar una explicación sobre mi identidad sacerdotal y de mi consagración religiosa, algo incomprensible para los Huaorani; esto sólo puede ser obra de Dios, mucho más todavía que vernos libres de serpientes, boas y venenos de varios géneros.

Que Cristo premie, como hechos a El, tantos signos de la bondad del pueblo Huao, completándolos con la fe de un Cristo Salvador, aceptado personalmente por ellos.

La próxima visita.

Cientos de veces tuvimos que repetir la fecha aproximada de nuestra próxima visita. Y como otras veces tuvimos que barajar los nombres de lluvia, ríos y lunas. Después de cuatro dedos y medio, es decir, cuatro meses y medio lunares, cuando las lluvias hayan arreciado y, en consecuencia, los ríos se hayan hinchado, vendremos. Y vendrán también las mujeres extranjeras. Porque eso sí, lo prometimos casi en serio, ya que no podíamos dar explicaciones convincentes de por qué no habían venido en este viaje. En nombre de las Hermanas les dijimos que están deseando ir a verles y que no tienen miedo; por su parte los Huaorani aseguraron que les esperan y que se portarán bien con ellas.

De nuestro lado nos quedó la sensación de que no hubiera pasado nada en este viaje y que, por otra parte, el Evangelio no crecerá lozano sin el calor de los riesgos sufridos por los misioneros y misioneras por igual.

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