XII

19 a 28 de febrero de 1979.

En nuestra crónica anterior dejamos constancia de que la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana (CEPE) había suspendido parte de los trabajos para los estudios geofísicos que se habían planificado en la zona ocupada por los Huaorani del río Yasuní. Pero, en cambio, se nos había adelantado que no podían suspender los trabajos exploratorios para poder determinar la amplitud de la estructura petrolera existente en la región Huaorani.

Con el fin de iniciar los trabajos, Cepe determinó habilitar el helipuerto 34, 6, tan conocido en nuestras crónicas anteriores.

Apenas descendieron los trabajadores, se vieron rodeados de los “amigos", con gran sorpresa y susto de todos; pero el grupo Huaorani no se mostró hostil en ningún momento, sino que reclamaban la presencia de los que les habíamos visitado en varias ocasiones. Cepe se empeñó entonces en ponerse en contacto con la Misión Capuchina de Coca, y organizó otro vuelo con el P. José Miguel Goldáraz, que fue recibido con gran entusiasmo y a quien manifestaron que "mis padres Inihua y Pahua" se encontraban enfermos y que reclamaban mi presencia.

Lunes, 19 de febrero de 1979.

El Ing. Luis Castillo, jefe de seguridad industrial de Cepe, organizó el viaje. Pilotaba el Cap. López y nos acompañaban, además, el Sr. Acebedo, guardaespaldas del Ing. López, el Sr. Galo Rodríguez, de Pompeya y exalumno de nuestro Colegio de Coca. Cepe costeó los obsequios y alimentos para el grupo.

La mañana está fresca y con neblina. Volamos por encima del río Napo dando vista a Primavera, Pompeya, Añango. Aquí nos abastecemos de combustible y seguimos nuestro itinerario hasta el 34, 6. Descendemos y el helicóptero se eleva de nuevo para regresar por la tarde.

Conozco la zona y me interno en la selva para dirigirme a las casas de mis padres y de la familia Cai, a quienes habíamos visitado en el mes de noviembre subiendo por el río Yasuní. Al aproximarme a las casas se me va encogiendo el corazón porque mis llamadas no consiguen ninguna respuesta ni se oye ladrar a los perros.

Estoy ya en, la chacra de yuca y veo, con gran sorpresa mía, que han quemado ambas casas. Reina una asfixiante soledad amazónica. Con la casa del helipuerto, son tres las casas quemadas.

Regreso al helipuerto, donde están esperando los compañeros, y les cuento lo observado. No puedo adelantar explicaciones, y antes de que comience a nacer en nosotros la preocupación y el nerviosismo propongo dirigirnos al río Cahuimeno, distante unos quinientos metros, al lugar de nuestro campamento "Huipore onco", donde hemos acampado en nuestros viajes por río.

Mi sorpresa es grande cuando descubro que han hecho dos casas nuevas poco más abajo de nuestro campamento, en la misma orilla del Cahuimeno, probablemente para estar más cerca de nosotros. Pero también estas casas de reciente construcción y con chacras incipientes están abandonadas, al parecer desde hace más de una semana.

Las nuevas casas están casi juntas, construidas sobre una loma; la hoja hasta el suelo, sin ventanas; dos entradas pequeñas en los extremos: una que recoge los primeros rayos del sol naciente y la otra, en el lado opuesto, para despedirlo cariñosamente. Un largo bejuco cruza el patio a todo lo largo y tiene colgado un cráneo de huangana.

La casa de Inihua está casi desmantelada; en el suelo unos envoltorios de hoja de plátano, conteniendo restos de la extracción del veneno "curare". En la de Cai, en un rincón, una hamaca y dos camas hechas con tabla de chonta. Como en casa abandonada, abundan grillos, garrapatas y pulgas de perro, en cantidad que llama la atención. En el río, completamente seco y atestado de troncos, dos quillas cuidadosamente amarradas: la "Chinda" y otra hecha por ellos mismos. Todos comenzamos a preocuparnos: ¿Cómo explicar la quema de las casas? ¿Por qué han abandonado las casas relativamente nuevas?

Hacia las 11 de la mañana percibimos el ladrido de un perro, seguido de inquietante silencio.

– Por ahí andan, Padre. ¡Avíseles su llegada!

– ¡Buto pomopa! ¡Buto Capitán Arex! ¡Capitán Memo! ¡Guiñenamai!  – grito a pleno pulmón.

Pronto percibimos gritos de contestación y ecos de una alegre conversación a distancia.

Al poco tiempo estamos saludando a Deta, Cai, Agnaento, Yacata y Huane. Hablando todos al mismo tiempo, me relatan la tragedia: Mis padres, Inihua y Pahua y lo mismo Araba, Huiyacamo y otros, están enfermos de paludismo. Esa es la razón de la quema de las casas y del abandono de las nuevas.

Me piden medicinas. Cuando les manifiesto mi deseo de quedarme con ellos unos días, me dan señales de una gran alegría y sincera acogida:

– ¡Vamos, vamos, -dicen- ahora vivimos muy lejos! ¡No hay tiempo que perder, pues llegaremos al anochecer!

Mis compañeros se quedan en espera del helicóptero. El Ing. Castillo me promete que, al día siguiente, vendrán de nuevo trayéndonos medicinas.

Cada uno de los Huaorani carga con un pesado bulto. Llevan arroz, azúcar y otros obsequios de Cepe. Yo cargo también mi equipaje.

Después de andar un kilómetro se hace un descanso para examinar bien todos los obsequios, comer y organizar otra distribución según sus conveniencias. Aligerados los fardos para el viaje, dejan el resto, bien envuelto y atado, colgado de un árbol, y reemprendemos la marcha.

Nos bañamos todos en el Cahuimeno, y otro tanto haremos más tarde en el Ñamengono, antes de llegar a las casas. Hacia las cuatro de la tarde se oye el helicóptero que regresa a recoger a mis compañeros, y nosotros, una hora más tarde, estamos llegando a la nueva casa de Cai. Deta tiene el cuidado de que yo cumpla todo el ritual: me pone al frente de todos y me solicita que vaya gritando, para que me oiga su mamá:

– ¡Buto pomopa! ¡Guiñenamai! ¿Hua quebuimini?

En la casa nos recibe Huiyacamo, desnuda y sentada sobre el tronco de un árbol del patio, en plena crisis palúdica. Los intensos escalofríos no le dejan articular bien las palabras, pero se esfuerza en contarme los pormenores de su enfermedad. Afortunadamente traigo unas pocas pastillas de "Aralén" como medida preventiva personal, y le administro la dosis inicial de cuatro pastillas.

Ya dentro de la casa, reciben los obsequios y revisan todas mis pertenencias personales. Poco después me dirijo a la casa vecina, que está en otra loma, a unos trescientos metros de distancia, donde habitan Huane con su esposa Neñene y sus cuatro hijos; además, ocasionalmente, viven en la misma los viejos Nampahuoe y su esposa Omare. Después de una corta visita regreso a casa de Cai.

A las seis y media oscurece. Tomamos chicha de chontaduro y nos acostamos. En un extremo de la casa se halla Deta en su hamaca, junto a su fogón; muy cerca, su madre Huiyacamo con el niño chiquito y Cai con el otro en sus respectivas hamacas y otro fogón en el centro; Agnaento en el suelo, sobre unas tablas de chonta, y en el extremo opuesto, sobre un plástico negro y una manta, Yacata y servidor, eufóricos ambos por el mosquitero que nos defiende de los mosquitos, mariposas nocturnas y otros bichos.

La conversación, muy animada, se alarga hasta más de las diez, mientras los pequeños gozan en mandarme grandes luciérnagas que, al menor impulso, encienden sus luces de capricho que compiten con el resplandor de mi linterna de la que se ha apoderado Deta y con todo derecho.

Hacia las dos de la madrugada se desata una furiosa tempestad de truenos, relámpagos y lluvia torrencial. En nuestro rincón se cuela la lluvia con abundancia. Mientras buscamos otro rinconcito, Cai se sube a los andamios de la casa para reparar las goteras mayores y Deta, desde su hamaca, ilumina la escena con la linterna. Recojo la ropa que había dejado colgada de un palo y que ahora se está mojando y ¡qué sorpresa!: el comején se había apoderado de todas las prendas. Entre tanto las hogueras se han avivado, alumbrando toda la casa y a su llama nos calentamos de la ducha recibida al mismo tiempo que hacemos la limpieza de la ropa, quitando el comején. Todo pasa con la mayor naturalidad y en un ambiente de fiesta y alegría, entre chistes y risas y carcajadas. Un par de horas más de sueño, y Deta nos obsequia con una tacita de chucula caliente que me sabe a gloria.

La mañana está lluviosa y triste. Nos habían prometido el viaje del helicóptero y no podíamos faltar a la cita. Hacia las siete de la mañana nos ponemos en camino para desandar todo el del día anterior. Entramos en casa de Huimana y Teca, a medio camino. Cuando llegamos al paso principal del Cahuimeno es el filo del mediodía y el sol arrecia: apetece el baño en sus límpidas aguas.

Me retraso de los demás mientras me descalzo y observo que en mi caminata no sólo se ha resentido mi pierna, la del menisco, sino también las uñas de los dedos gordos de los pies. Al despojarme de mi pantaloneta para introducirme como ellos en el agua, Cai mira detenidamente al sol y me dice:

– Métete pronto en el agua, porque el sol te mira.

¿Que quiere significarme? Observo que siempre que se baña examina cuidadosamente el sol.

Al finalizar el baño, me dicen que limpie mi salacot, manchado por el sudor y los golpes de las ramas del camino; después se les antoja, empezando por Deta, que les bañe a todos echando el agua en sus cabezas con el casco. Así, bien refrescados, emprendemos el último tramo de este viaje encantador.

Las primeras horas de la tarde las pasamos esperando la llegada del helicóptero, pero éste no llegó. Esto nos presentó grandes interrogantes: ¿Qué hacer ahora? Habíamos venido sin nada para volvernos así de nuevo a la casa. A estas horas yo me veía absolutamente incapaz de ello, por el cansancio y por mi pierna resentida; además, si hoy no llegó lo hará mañana a primera hora. Así pues nos dirigimos a las casas abandonadas de Inihua y Cai, descritas anteriormente. Les sugerí que ellos se volvieran a sus casas y yo pasaría la noche solo, esperando que a la mañana siguiente viniera el helicóptero. Pero ellos desecharon esa idea y quedaron todos conmigo, excepto Huimana, que tenía la casa más  cercana y a quien le encomendaron que volviera al día siguiente trayendo el fuego, porque tampoco teníamos cómo encenderlo. Decidido a dormir en esa casa, me dedico a limpiarla. Deta me va contando cómo en esa hamaca su madre contrajo la enfermedad; me lleva a la otra casa y me dice que allí, primero mi madre Pahua y mi padre Inihua contrajeron la misma enfermedad y luego también Araba. Observo que tienen mucho miedo a dormir en la casa porque la enfermedad "es una persona hostil que se ha apoderado de ella". Uno tras otro me preguntan:

– ¿Está la enfermedad? ¿Se ha ido?

Yo les digo que la enfermedad no está en la casa; me esfuerzo en indicarles que la enfermedad es transmitida por un mosquito, pero experimento que no me doy a entender suficientemente. ¡Qué terrible limitación!

Oscurece, y por fin se deciden a entrar en la casa. No sé de dónde Deta sacó una hamaca; a mí me cedieron la otra, de las cogidas a la Compañía y que habían dejado en la casa abandonada; los demás se acomodaron sobre las tablas de chonta. No tuvimos cena ni fuego ni con qué cobijarnos. ¡El Señor me dio el gozo de aproximarme más hacia una realidad de este privilegiado pueblo Huaorani!

Miércoles,  día  21 de febrero de 1979.

Hacia las 9 llega Huimana trayéndonos fósforos para encender el fuego.

Mis padres llegan una hora después: Inihua viene apoyándose en un bastón, caminando muy despacito, con cara de angustia. Pahua, igualmente, se apoya en otro palo, pero trae en sus hombros una canasta grande de yuca y plátano. Araba ha llegado un poco antes, pero también muy afectado por las consecuencias de su paludismo. En casa me cuentan los pormenores de su tragedia y, desde entonces, me pongo completamente a su servicio: enciendo el fogón, barro la casa abandonada, parto un poco de leña, acarreo agua de la quebrada. Pahua e Inihua extienden sus hamacas mientras siguen confiándome sus lamentaciones.

Durante todo el día no llega el helicóptero, dejándonos desconcertados sin saber cuándo lo hará.

Por la noche Pahua e Inihua duermen en su hamaca y los demás seguimos acomodados en la casa de Cai. He observado una novedad: la pequeña entrada oriental de la casa está herméticamente cerrada con palos de chonta y hojas de palmera, seguramente para que la "Enfermedad" no se comunique directamente entre ambas casas. También, en otro momento, se me indica que para ciertas necesidades hay un lugar más o menos convencional, y cuando Pahua se ausenta deja en la puerta un signo igualmente convencional, consistente en una gran hoja de árbol, de modo que todos pudieran darse cuenta de que la dueña de casa estaba invisible.

Frecuente y repetidas veces siguen preguntándome si la "Enfermedad" se ha ido ya de la casa. No tenemos ninguna medicina y mis padres me piden que les haga unas fricciones donde sienten más intensos los dolores musculares. Hay momentos en que clamo al Señor:

Acuérdate de que nos mandaste diciendo "curad a los enfermos y decidles que el Reino de Dios está cerca " ¡No cambies ahora las cosas!

Y ya que sale la cuestión religiosa, tengo que contar que hoy he recibido una lección muy provechosa, porque todos se han empeñado en que pronuncie bien la palabra que tienen ellos para indicar al Creador: Huinuni. La "nu" no es como nuestra "nu" sino que se pronuncia con los dientes cerrados y tendiendo a sonido nasal. Cai, esposo de Huiyacamo y padrastro de Deta, me ha hecho otro gran descubrimiento, dándome a entender el alcance del concepto que tienen del "Creador", pues me ha explicado que El hizo la selva, los ríos, los animales, y también al pueblo Huaorani, nombrándome, además, otros varios pueblos.

No he podido captar los nombres de los pueblos, pero me parece importante porque ha nombrado a los "Cohuori", extraños al pueblo Huaorani, y otros dos o tres más. Y entre éstos no ha nombrado ninguno de los otros grupos Huaorani conocidos, a los cuales ha considerado dentro del nombre "Huaorani". ¿Qué pueblos ha podido citarme, además de los Huaorani y los Cohuori ... ?

También siguen las preguntas sobre mi Crucifijo; me han hecho una muy concreta: ¿Es hombre? ¿Es mujer?

Ahora ya conocen que el Crucifijo colgado de mi pecho significa o recuerda a JESUS. Que su Madre es MARIA. Y que es HOMBRE VARON... ¡Qué pena no poderles explicar que no quiso hacer alarde de su categoría de Dios y que se hizo hombre como uno de ellos!

Día 22 de febrero de 1979.

Un día más esperando inútilmente al helicóptero, cuidando a los enfermos en la mejor manera posible.

El tiempo está de cambio y amenaza lluvia. Me dedico a hacer bastante leña, para que, al menos por la noche, no nos falte el calor de la hoguera. Han llegado Ompura y su esposa Buganey, pero se regresan juntamente con Huiyacamo, Cai, Deta y Yacata.

Durante la noche, sobre tablas de chonta, estamos durmiendo juntos Araba, servidor, Agnaento y Huane, cubiertos con una frazada vieja y compartiendo el calor de nuestros cuerpos hermanos. Araba me dice que le duele la cabeza: son las dos de la madrugada; poco después se incorpora, coge unas tablas de chonta y las pone junto al fogón para defenderse de los escalofríos, pero, al no conseguirlo, se marcha a la otra casa. Inihua le cede su hamaca y él se acomoda, juntamente con su esposa Pahua, en la otra hamaca. Me esfuerzo en que no falte leña en el fogón y mi cariño personal.

Día 23 de febrero.

Llueve toda la mañana. Después del mediodía se marchan Agnaento y Cai.

Son ya las cuatro de la tarde y no hay indicios de que nos venga el helicóptero. Aprovechando que ha parado la lluvia y que sale el sol me dedico a hacer más leña y tomo un baño en el Cahuimeno. Al retirarme hacia la casa percibo el ruido del helicóptero que se aproxima.

Ahora son las prisas: Araba se incorpora; Inihua y Pahua se ponen a andar apoyándose en sus bastones; todos nos dirigimos al helipuerto 34, 6. Los tres enfermos me piden que les lleve a Coca, pero hablando con los pilotos me decido por llevar sólo a Araba para que le examinen con detención y le suministren un tratamiento adecuado para él y para los demás del grupo. Pahua queda llorando: es la primera vez que su hijo Araba salé hacia los "Cohuori", los caníbales, los salvajes que chupan la sangre de los Huaorani que antes eran muchos, muchos y ahora quedan ya pocos, muy pocos.

Araba en Coca.

Araba, libre ya de su crisis de paludismo, es todo ojos, todo sonrisas, todo inteligencia y todo corazón en ese otro mundo en el que, por primera vez, se ha sumergido. Se hospeda en la residencia de la Misión Capuchina, donde todos se esmeran en brindarle comprensión y cariño fraterno; conoce también a las Hermanas Lauritas y a las señoritas internas del Colegio, donde pasa ratos muy agradables.

El Director Provincial de Salud del Napo, ocasionalmente de paso por Coca, le examina en el Hospital y le receta el tratamiento.

Domingo, día 25 de febrero.

Araba sigue conociendo toda la ciudad de Coca: su mercado, sus tiendas, donde adquiere algunas prendas de vestir y otras cosas que le interesan. Este muchacho es tan inteligente que al experimentar que todo se compra con dinero y que sin dinero no le dan nada o muy poco, opta por no pedir tantas cosas. Entra en la casa de Jesús, "donde hablamos a Jesús". Los fieles se emocionan y piden por él, especialmente en la oración de los fieles y durante toda la Misa, celebrada por el P. Serafín Elizondo.

A Araba, vestido sencilla pero pulcramente, en ningún momento se le ha visto acomplejado ni cohibido; sonríe a todos, ganando las simpatías de la gente. Con todo, por la tarde se le siente un tanto cansado y da impresión de comenzar a añorar su selva y su ambiente.

Problema de salud.

Con el pretexto de curar a Araba, ponemos en conocimiento de los organismos de Salud el problema de los Aucas que suscita preocupación por diferentes motivos.

Las Compañías Petroleras quieren tomar medidas preventivas para su gente, y nosotros queremos urgir para que se solucione el problema del pueblo Huaorani.

El Director Provincial de Salud del Napo toma cartas en el asunto y se compromete a viajar él mismo, para investigar posibles complicaciones de otras enfermedades y encomendar el asunto a la Malaria, organismo encargado de la erradicación del paludismo. Pero estamos en las fiestas de Carnaval y el personal de Malaria se encuentra de vacaciones. No hay, pues, quien pueda acompañar al Doctor para tomar las muestras.

Llega desde Quito, viajando en autobús toda la noche, la Hna. Inés Ochoa, de la Congregación de las Misioneras de la Madre Laura, que ha participado en el Capítulo Provincial de Quito como Delegada y donde ha expuesto con calor misionero sus ideales de participar en la evangelización del pueblo Huaorani. La Hna. Inés me muestra una carta de recomendación de la Madre Provincial que, de acuerdo al sentir unánime de todas las asistentes al Capítulo, le autoriza para que con otra religiosa de la Congregación o de otras Congregaciones religiosas, puedan participar en esa evangelización. Además todas las Hermanas ofrecen sus oraciones y sacrificios con este fin.

Sin titubear más, nos presentamos en las oficinas de Cepe para pedir pasajes para las dos Hermanas: Inés Ochoa y Amanda Villegas, que irán acompañando a los Doctores y se quedarán entre los Huaorani el tiempo que sea necesario para administrar los remedios. Era la hora de Dios y no hubo dificultades invencibles.

Las Hermanas Lauritas con el pueblo Huaorani.

Lunes, día 26. Siete y media de la mañana. El helicóptero ha emprendido su vuelo desde Coca. Los rostros de las Hermanas reflejan alegría incontenible de ideales misioneros conseguidos. Volamos entre la neblina mañanera, perfumada de aroma de oraciones de las otras Hermanas que rezan fervorosas en ese momento en Coca. Nos abastecemos de combustible en Añango y seguimos rumbo al Yasuní. Nubes de tormenta surgen amenazadoras en la zona del Tiputini. Sobrevolamos el pozo Capirona Norte y nos adentramos hacia el Yasuní. Arrecia la tormenta y llueve. El piloto no juzga conveniente insistir en el aterrizaje, y volvemos al Capirona Norte.

– Volveremos más tarde – dice, para consolar la pena de las dos Hermanas.

Tuvimos que pasar todo ese día y la noche en el Campamento de H. P., donde estaba funcionando la torre de perforación del Capirona Norte.

Fue, sin duda, un día de maduración de la vocación misionera de las Hermanas Lauritas, y una gran prueba también para Araba, que se había Ilusionado con volver a su casa. La amabilidad y la generosa hospitalidad que nos brindaron todos los personemos de H. P. y el grupo de trabajadores aliviaron en gran manera nuestras impaciencias.

Día 27, martes.

Amanece con neblina cerrada, que invita al recogimiento. Las Hermanas salen de su hora de meditación cuando suena el helicóptero. Venía por nosotros. Llegaba también el Dr. Nelson Rengifo, médico del Hospital de Coca, enviado por el Director Provincial de Salud del Napo.

Movidos como por un resorte, nos apresuramos a embarcar las cosas: las medicinas, las dos gallinas y los dos pollos, regalos de las Hermanas a Araba, nuestro equipaje, unas botas recogidas en buen estado en el basurero de la Compañía, semillas de toronjas, papayas y de otras frutas; un saco de naranjas, regalo del personal de cocina... Todo con rapidez y sin perder tiempo, hasta el reloj que se olvidaba en el cuarto de la Hermana Inés...

Media hora más tarde, estamos ya rodeados del grupo Huaorani en el helipuerto 34, 6.

Indescriptible la emoción de las Hermanas y la alegría de los Huaorani. Araba no acierta a salir de su sueño: ahí están su madre y su padre.

Buganey está en plena crisis palúdica, con escalofríos. Se sacan fotos por parte de los personemos de H. P., Sres. Ingenieros Perdomo y Romero. El helicóptero se marcha, para volverse a las doce del mediodía en busca de los ingenieros, que animados por la acogida que nos han dispensado los Aucas, se quedan para observar mejor y poder valorar nuestra estadía entre los Aucas.

Nos dirigimos a las casas, que están a unos quinientos metros de distancia. Rompe la marcha la Hermana Inés, acompañada de las otras mujeres. Los hombres seguimos detrás, llevando bultos, pero menos cargados que las mujeres que, según costumbre Huaorani, llevan las cargas más pesadas para, sin duda, dejar libertad a los varones de aprovechar las oportunidades de la cacería.

Ya en la casa, el Dr. Rengifo examina a los enfermos, adivinando cuando no le satisface la traducción del intérprete; la Hermana Amanda administra las medicinas según receta médica, e Inés se dedica a preparar el arroz para todos. Así se pasa la mañana sin pensar, hasta las doce en que viene de nuevo el helicóptero para llevarse al Doctor y a los ingenieros.

Allí nos quedamos las Hermanas y servidor hasta el miércoles, gozando de una rica experiencia misionera entre nuestros hermanos Huaorani.

La tarde también se nos hace muy corta y nos sorprende la noche. Es preciso acomodarnos. Veo que en la casa de Cai nos juntamos demasiados y me paso a la casa de mis padres Inihua y Pahua. Ni las Hermanas ni servidor nos acordamos para nada de las medidas de prudencia que habíamos pensado serían necesarias. ¡Nos sentimos en nuestra casa y entre hermanos: eso es todo!

En la casa de Inihua, él y su señora, Pahua, en la misma hamaca; en la otra Araba y en medio su fogón. En otro extremo de la casa, Neñene con su hijo de pecho en una hamaca, en otra los pequeños, junto al fogón y, a un metro de distancia, sobre el plástico negro, Huane y servidor compartiendo la misma cobija.

En la casa de Cai: junto a la entrada de la casa la Hermana Inés en la hamaca prestada por la familia, y en el rincón, sobre tablas de chonta, la Hermana Amanda; en la parte sur de la vivienda, ocupando todo el lateral, Huiyacamo en su hamaca y junto a su fogón; al lado, Deta, junto a otro fogón alimentado por ella. Y en el extremo oriental los hombres, sobre una cama de tablas de chonta.

¿Durmieron las Hermanas? Dijeron que sí y que muy bien.

Yo me desperté muchas veces en la vecina casa. El niño molestó bastante a su madre; por fin se durmieron los dos. Una hora más tarde el fogón se había apagado y se sentía frío. Los niños se incorporaron para decir a su madre:

– Mamá: tengo frío.

Pero ella no se despertaba. Entonces me levanté, apilé más leña y avivé el fuego, hasta iluminar el ambiente. En medio del resplandor de aquella llama experimenté la alegría que produce la sonrisa infantil de un niño agradecido que, desde su hamaca, extendía sus pies hacia la hoguera.

Animado con la experiencia, seguí mis pasos hacia la hoguera de mis padres y de mi hermano Araba, recibiendo iguales muestras de agradecimiento. ¡Qué gran premio para tan fácil caridad!

Día 28 de febrero de 1979.

Amanece lloviendo torrencialmente. Nadie se apresura a levantarse. Con todo, se han oído cánticos de alabanza a Dios, risas y conversación muy animada. Pahua, mi madre, me hace saborear una taza de chucula caliente. Poco después recibimos la visita de las Hermanas, cuando todavía estamos jugando con la gente joven y los niños.

Más tardecito devolveremos esta visita y, sentados en la cama de tablas de chonta, cerca de Inés, Huiyacamo y Deta en sus hamacas respectivas, tendremos que repetir toda nuestra parentela y la de las Hermanas y de Mariano, Otorino, Manuel y José Miguel. Después, la historia de todas las cicatrices de mi cuerpo que están a la vista; sobre todo tendré que repetir muchas veces la historia del corte en la pierna, hecho en un descuido por mi hermano Andrés. ¡Cómo me hacen acordarme de él, al tener que repetir tantas veces su nombre! Cuando más arrecia el aguacero, casi al filo del mediodía, interrumpo esta conversación para ir a traer agua a mi madre Pahua y a la Sra. Neñene.

Después de la comida del mediodía hacemos una visita a la pequeña chacra, y tengo que dedicarme de nuevo a hacer leña, porque espero que llegue el helicóptero y quiero dejar este obsequio a mis padres enfermos.

Las Hermanas, entre tanto, han ido a bañarse en las aguas del Cahuimeno, han administrado otra dosis de medicina e instruido a los enfermos para que al día siguiente no se olviden de tomar la última dosis de "Aralén".

Nos dirigimos al helipuerto 34, 6 para esperar al helicóptero. La espera es larga, pero este tiempo da excelentes oportunidades para profundizar en el conocimiento de las costumbres de este grupo que se nos hace ya muy nuestro. Recibimos mil recomendaciones para nuestros próximos viajes y el helicóptero nos arranca para llevarnos a nuestras residencias misionales, donde se espera con ansia nuestra llegada, sobre todo por la experiencia novedosa de la visita, primera visita, de las primeras misioneras que se internan en el grupo Huaorani del Cahuimeno.

Un gran paso con la bendición de Dios para la evangelización del pueblo Huaorani. Amén.

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