XIV

17 al 21 de abril de 1979.

Miedo colectivo.

"Tenemos problemas con los Aucas" decía el Sr. Genoux en carta fechada el día 17 de abril. Además, "ha aparecido el tuerto Ompura, el más grande problema que arreglar".

Por este motivo los de la Compañía han acudido a Monseñor, quien en nuestra comunicación radial de Pascua me insinúa atenderles en lo posible.

Esta vez CGG promete, en serio, venir con el helicóptero hasta Nuevo Rocafuerte y asimismo dejarme el día convenido. Esta seriedad y estas promesas hacen sospechar grandes dificultades, y se me recomienda ir solo; por otra parte, están en la zona Auca nuestros dos voluntarios del equipo: Mariano Grefa y Otorino Coquinche, integrados como trabajadores de Cepe y de CGG respectivamente.

A media mañana del día 18 está aterrizando el helicóptero en Nuevo Rocafuerte, pilotado por el Cap. Meléndez. Las niñas del internado ayudan para meter mi equipaje, unas naranjas, maní, cinco pomelos de los árboles injertados por el P. Gerardo Villanueva ¡esto sí que es milagro!, una hermosa piña y varios hijuelos. Entran tres perros que, esta vez, llevan nombre Huaorani: "Miñe" (Tigre), "Uda" (jabalí) y "Amu" (Sajino). También metemos unas ollas de aluminio, regalo de las bienhechoras de Quito, concientizadas por las señoras Hipatia Bustamante y Martha Pallares.

Hacemos un alto en Pañacocha para informarme del programa ideado por el Sr. Genoux con el objeto de serenar los ánimos de los trabajadores.

¿Qué había pasado? Días antes había muerto, en accidente de trabajo, el motosierrista Víctor Rojas. Algunos de los vecinos grupos de trabajadores, al enterarse de su muerte, comenzaron a sospechar que se les ocultaba el verdadero motivo del fallecimiento, que podría ser una acción de los Aucas.

Así las cosas, el grupo B.2 de trocha, que se encontraba relativamente próximo a las casas de Ompura "El Tuerto", oyó unas voces amenazantes sin que se hubiera dejado ver nadie de los Aucas. Cundió el miedo colectivo, abandonaron el trabajo y CGG tuvo que intervenir rápidamente para sacar a todos de la zona.

Corrió velozmente la noticia por los otros grupos de trabajadores, que se dispusieron a abandonar los trabajos. Otorino y Mariano, que desde diversos puestos mantenían los contactos de amistad con los Aucas, consiguieron detener la desbandada.

Por todos estos motivos quería el Sr. Genoux que yo pasase por los grupos de trabajadores para infundirles serenidad. Yo, en cambio, le propuse que me facilitara el aproximarme a los mismos Aucas primeramente y, luego de estar con ellos, iría con los grupos de trabajadores. Accedió el Sr. Genoux, y hacia las 11 de la mañana aterrizamos en el helipuerto Yasuní, muy próximo al 34, 6 y cerca de las viviendas Huaorani.

Prácticamente todo el grupo Huaorani se hace presente, excepto Ompura y su familia. Vienen también en seguida a saludarme los trabajadores del grupo de Galo Rodríguez, entre quienes se encuentra Mariano Grefa; éste ha optado por vivir más tiempo con los Aucas que con los mismos trabajadores.

Nos dirigimos a las casas de Inihua y Cai que, dicho sea de paso, ya no son las de la orilla del Cahuimeno donde estuvimos en el viaje anterior, sino unas casas nuevas construidas junto al yucal, donde habían quemado las viviendas anteriores. Esto de las casas es un lío, porque, desde el mes de noviembre pasado, han mudado de casa tres veces, quemando unas y haciendo otras.

Se hace el reparto de obsequios. De los perros se adueñan: Huane, del "Amu"; Huimana, del "Uda". Tengo que añadir que el piloto se ilusionó tanto del "Miñe" que me lo hizo extraviar en Pañacocha para llevárselo a Guayaquil, empeñando su palabra de traerme otro para los Aucas. Hubo que administrar medicina contra el paludismo y contra una gripe generalizada y mal curada que había afectado a todo el grupo. Hay que advertir que antes se había generalizado entre los trabajadores.

Más tarde, desde el mediodía en adelante, aprovechando cualquier coyuntura, me esforcé en exponer a los Huaorani el objetivo principal de mi viaje. Debo indicar que en ningún momento dejaron traslucir sentimientos de hostilidad o venganza. Más bien Huane, en nombre de todos, decía en voz alta que "todos somos hermanos".

En otros momentos Huane me afirmó que los obreros tenían miedo y me preguntaba el porqué. Según él, ningún Huaorani amenazó a nadie; era que los obreros tenían miedo.

Según otra versión, recogida por Otorino, a lo sumo, Ompura habría hecho una broma pidiendo en voz alta: " ¡Arroz, arroz!", sin atreverse a asomar cuando los trabajadores se dieron a la fuga abandonando precipitadamente trabajo y herramientas.

Dormía en casa de mis padres, cuando a las once de la noche un fuerte aguacero nos movilizó a Araba y a mí para arreglar las hojas del techo y esquivar así las abundantes goteras. Luego apenas pude dormir: me sentía impresionado por mi cumpleaños, ¡58 cumplidos!

Después de aquel día primero de mi existencia, pueda ser que nunca me haya sentido tan libre de impedimentos para agradecer a Dios y a mi madre el don de mi cuerpo y de mi alma. Mi madre me decía que había nacido a las cinco de la mañana: poco más tarde, Pahua, mi madre adoptiva Huaorani, me obsequiaba una taza de chucula y un brazo de mono chorongo para mi desayuno. "¡Hoy, Señor, te damos gracias!".

Hacia las diez de la mañana el helicóptero me trasladó al helipuerto 92, 4, en la margen derecha del Cahuimeno, donde se encuentran trabajando el equipo de trocha B5 y el P.11 de taladro. Aquí se encontraba Otorino, en servicios varios, pero principalmente como mensajero de paz y amistad.

Por la tarde, inesperadamente, nos visita el helicóptero grande de Cepe.

El aparato viene desde Coca, y viajan en él el Mayor Uzcátegui, el Ing. Chávez, los Doctores Casare, médico de Cepe y Vaca, dentista, y otros personemos de Cepe. Me invitan a que vaya con ellos al grupo Huaorani de Inihua y Cai, a quienes quieren visitar para darles atención médica general y de odontología; se comprometen a volverme al mismo campamento B5.

En el grupo Huaorani no hay resistencia alguna: a la menor insinuación colaboran para dejarse inyectar, tomar pastillas y, aunque nos cuesta un poco más, aun para las extracciones dentarias. Huiyacamo da el ejemplo, que es seguido por los otros, y se hacen hasta ocho extracciones. Después de su trabajo los médicos alabaron esta gran colaboración de los Huaorani.

Como es de rigor en estas ocasiones, hubo profusión de fotos para la prensa nacional. Después el helicóptero volvió a dejarme en el campamento B5.  

Día 20 de abril de 1979.

Tanto en los jefes de Pañacocha como en los obreros persiste una gran preocupación: Ompura. ¿Por qué no viene? ¿Por qué no se encuentra en el grupo?

Propongo que me dejen en el helipuerto 34, 7, para dirigirme desde allí, con Otorino, a su casa. Hay expectación general para este viaje. El Sr. Genoux programa el vuelo, y en el entretanto se presenta en el campamento mi padre Inihua, con Yacata, a quienes invito para que nos acompañen a visitar a Ompura. Montamos en el helicóptero, pero el piloto no se atrevió a aterrizar en ese helipuerto. Vueltos al campamento, donde se han presentado Cai, Agnaento, Araba y Gabamo, hago varias proposiciones para conseguir el objetivo de entrevistarnos con Ompura. Ninguna de ellas despierta entusiasmo; en la conversación entiendo claramente el verbo "estar enfadado", sin poder apreciar con exactitud si se trata de diferencias entre ellos mismos y Ompura o de éste hacia los extraños.

Por fin el grupo me asegura que, a la mañana siguiente, se irá Inihua, solo. Le dirá que el Capitán Ares, "Capitán Memo" le espera en el campamento con obsequios. Por la noche me dedico a charlar con los trabajadores, muchos de los cuales son conocidos por ser una gran mayoría ribereños.

21 de abril de 1979. Ompura en el campamento 99, 4.

El Sr. Genoux no puede disimular su impaciencia porque los trabajadores llegan ya al río Dicaron y todavía no hemos podido tener la deseada entrevista con Ompura. Como los trabajadores van a pasar cerca del helipuerto 34, 7, ordena al capataz Jaime Avilés cambiar el rumbo; llegar a dicho helipuerto y acondicionarlo. A las diez vendrá el helicóptero para hacer un nuevo intento. Poco antes de la hora fijada se oye un grito en la proximidad de nuestro campamento y se nos presentan Inihua y Ompura acompañado de sus hijos Tehuane y Buyutai. Esto disipa todos nuestros recelos y gozamos la mar con el comportamiento franco y alborotado de Ompura.

Mientras estamos compartiendo un plato de arroz, toma tierra el helicóptero. Lo abordamos Otorino, Ompura, sus dos hijos y servidor. Inihua, con prudencia, prefiere esta vez quedarse en tierra.

Ompura y sus hijos disfrutan grandemente viendo desde el aire su casa y sus chacras.

Aterrizamos en el 34, 7, donde nos encontramos con el capataz Jaime Avilés y su gente que han acondicionado el helipuerto. Se marchan helicóptero y trabajadores y Otorino y servidor, seguidos de Ompura y sus hijos, nos dirigimos hacia su casa llevando a hombros los obsequios. Ompura actúa como jefe que ordena.

Avanzando por la selva, nos sale al paso Buganey, que viene sudorosa y jadeante. Hacemos un alto en el camino para descansar. Ompura habla animadamente a su señora; ambos examinan los regalos y nos hacen cargarlos de nuevo para seguir el camino de su casa. Otorino lleva demasiado peso y me tomo la libertad de repartir la carga. Buganey y sus hijos la aceptan complacidos y, subiendo lomas y bajando quebradas, llegamos pronto a su casa.

Esta es doble: la una hecha con la carpa robada a la Compañía y que está convertida en bodega. Aquí hacemos la entrega y la recepción de todos los obsequios y administro a todos las pastillas de "Aralén", porque Buganey, Conta y Buyutai están afectados de paludismo. Después de un largo rato nos invitan a entrar en la otra casa, de puro estilo Huaorani y bien equipada de hamacas, carne ahumada y plátano: Ompura no sólo es un valiente guerrero Huao sino un gran jefe de familia, trabajador y solícito del bienestar de su señora e hijos.

Una vez acomodados en nuestras respectivas hamacas, Buganey nos conforta con chicha sin fermentar y con sabrosas presas de mono cocinado sin sal y sin aliños.

Mi parentesco.

Conta, niña encantadora de unos diez años, entra en la casa, y en mi afán de ejercitarme en la terminología familiar le saludo:

– Bibingui (hermana menor).

Buganey y Ompura sueltan una sonora carcajada. ¿Qué disparate habré dicho? Buganey con entusiasmo me explica, entre amable y sonriente:

– No es "bibingui ", porque tú eres "hermano " de mi marido.

– ¿Cómo? ¿Quién es la madre de Ompura?

– Pues, Pahua, tu honorable madre. Araba es hermano de Ompura y tú también.

– ¿Y el padre?

– No es Inihua, porque él no ha tenido hijos en Pahua. El padre fue Huipe.

 Y sonriente y satisfecha de descorrer el velo del misterio familiar, me obsequia otra presa de mono, dándome muestras de que se siente honrada con mi parentesco. Evidentemente en esta cultura familiar el parentesco carnal o legal tiene mucha importancia. Me voy dando cuenta de que ellos le han dado mucho más valor que yo al hecho de haber sido adoptado como hijo por Inihua y Pahua.

El Cirio Pascual.

En otro momento de esta gratísima entrevista, los niños encuentran entre mis cosas un trozo del Cirio Pascual. Buganey se entusiasma de ver una vela tan grande y me dice, señalando con la mano una altura de unos cincuenta centímetros:

– Otra vez me traerás uno así de grande.

¿Habría visto el Cirio Pascual? Con toda seguridad que no. Quizás hacía su petición inconscientemente, dirigida por el Espíritu, para que nos esforcemos en llevarles la fe que representa el Cirio Pascual.

Las horas transcurrieron veloces y teníamos que regresar al helipuerto. Una vez allí esperamos una media hora, sentados sobre un tronco. Quemaba el sol.

Seguimos riéndonos de todo y hablando de todo lo que pudimos, pero no me atreví a preguntar a Buganey: ¿Por qué misterioso cariño comes los piojos que encuentras en la cabellera de tus hijos? En una mirada introspectiva a mis pensamientos, advertí que ya no me repugnaba la acción, y sentía una respetuosa admiración hacia los corazones maternales de estas mujeres amazónicas.

Se oye el lejano trepidar del helicóptero y Buganey me explica con viveza que en ese helipuerto recogieron una buena cosecha de maíz, que había sembrado yo a voleo. Allí estaba también, en la cabecera del helipuerto, una planta de limón, creciendo lozana y esbelta. Bueno, Señor, ¡Ojalá hagas fructificar así esas otras semillas de la chacra de tu Padre!

Los obreros esperan con expectación nuestra llegada y nos acosan a preguntas. Pero el helicóptero ni siquiera apaga los motores, y debo regresar a Nuevo Rocafuerte. Otorino se queda, relatando sus impresiones, mientras nosotros, siguiendo la ruta del río Yasuní con una tarde soleada, avanzamos hasta Jatun Cocha y de allá enfilamos directamente a Nuevo Rocafuerte.

Aquí la acogida fue cariñosamente festiva y bulliciosa.

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