Monsenor Alejandro y su "Crónica"

ANTECEDENTES: "PLAN SINISMENALDE".

Para quienes quieran situar históricamente los hechos que van a ser narrados, resultará imprescindible la lectura de la obra "Los últimos Huaorani" (P. Juan Santos Ortiz de Villalba, Ediciones CICAME, Pompeya, 1984). Pero, en todo caso, será bueno tener en cuenta algunos antecedentes.

La Misión Capuchina o Prefectura Apostólica de Aguarico se crea en el año 1954. Sus límites corresponden al entonces Cantón Aguarico en la provincia de Napo, con una extensión aproximada de 28000 kms. cuadrados. En ese tiempo, casi toda la margen derecha del río Napo, desde el río Coca hasta la bocana del Curaray, se consideraba territorio Auca (Huaorani) y era mínima la otra población indígena o colona residente allí.

El año 1956 se hizo mundialmente famosa la muerte de 5 misioneros del ILV (Instituto Lingüístico de Verano) en un encuentro con los huaorani en las playas del Oglán (Curaray). Poco más tarde, en 1957, el Nuncio para Ecuador encargaba la evangelización de dicho Pueblo a los Misioneros Josefinos de Tena.

Tras la renuncia de éstos, en 1961 dos capuchinos, PP. Camilo Mújica y Bartolomé de Igualada, sobrevuelan como primera acción directa de nuestra Misión la zona huaorani. En el mes de septiembre de 1964 el Prefecto Apostólico, Mons. Miguel de Arruazu, OFM Cap., se interna con dos Madres Lauritas y nueve voluntarios quichuas por el río Tiputini en busca de los huaorani, sin lograr encontrarlos.

Enseguida es el Padre José Manuel Astráin, OFM Cap., quien personalmente recoge ese testigo misionero y realiza las siguientes expediciones por distintos sectores del territorio huaorani, siempre sin encontrarse con ellos.    

El P. Alejandro llega a Aguarico, como Prefecto Apostólico, en 1965 y ya en el mes de mayo de ese mismo año realiza dos vuelos de localización de las casas huaorani. A continuación, el 5 de julio, remonta con el P. Astráin y 13 hombres quichuas el río Indillama, realizando además arriesgados recorridos por la selva hasta muy cerca de los bohíos huaorani, pero sin lograr su objetivo. El P. Astráin escribió la "crónica" correspondiente; en ella recoge las palabras de Alejandro a través de la radio de la Misión: "A las seis y media atracamos en Pompeya. Saludamos muy complacidos a todos los misioneros, misioneras y fieles. Todos hemos llegado muy bien y conseguido el segundo objetivo del Plan Sinismenalde (en favor de los olvidados).  Agradezco el interés de todos y sigan orando constantemente  para que podamos cantar la victoria final"

Como se narra en Los últimos Huaorani, a lo largo de estos años se suceden los ataques sorpresivos de los huaorani a otros moradores de la zona, a puestos del ejército, o a los iniciales campamentos petroleros. La Prefectura sigue con su "Plan", haciendo expediciones por tierra y, sobre todo, vuelos de localización, en los que se echan regalos sobre los bohíos para preparar un encuentro pacífico.

Para cuando en 1968 la Misión puede disponer de avioneta propia, y por tanto de más facilidades, los misioneros del ILV han logrado reducir a la mayoría huaorani en las cabeceras del río Curaray.

En 1970 el P. Alejandro renuncia a su cargo de Prefecto Apostólico y marcha a ejercer su actividad pastoral en la zona por la que se adentra, como una creciente impetuosa, la invasión petrolera: Eno Kanke, Shushufindi, Sachas, Coca. En 1976 se le destina a Nuevo Rocafuerte y allí se acoge a su querida misión de las "minorías étnicas": sionas, secoyas, cofanes, huaorani. Ahí precisamente le sorprende la llamada de la compañía exploradora CGG, que opera con base en Pañacocha:  los campamentos de la zona huaorani han sido asaltados por algunos "aucas"...

Va a comenzar "Crónica Huaorani".

CRONICAS:  LA "FASCINACION" HUAORANI.

En diciembre de 1976 Alejandro tiene el primer contacto directo con los huaorani; desde ese instante siente el impulso de narrar la experiencia. En 1980, cuando finalizan propiamente las crónicas, confesará en una carta a su Superior Provincial su fascinación ante ese pueblo "por sus características de primera familia salida de las manos de Dios".

Los manuscritos se hallan con muy pocas correcciones. Escribía de lo que le hablaba el corazón, sin mucho cálculo. Por eso las palabras adquieren a menudo un inequívoco acento a salmo o a canción.

A sus 56 años Alejandro experimenta de nuevo el asombro de vivir una situación límite en la frontera de la fe, de la humanidad y de la misma supervivencia. La vive como una Revelación. Está dispuesto a desposarse de todo para captar esas "semillas del Verbo” escondidas desde el comienzo de los tiempos. Cuando muera lo hará en esa misma ascesis, desnudo y en búsqueda.

Sin embargo, al mismo tiempo de esta historia de solidaridad entrañable, Alejandro pelea tenazmente una lucha mucho más prosaica. La ocasional ingenuidad de estas páginas se transforma en pragmáticos documentos dirigidos a las autoridades e instituciones decisorias. Territorio, Idioma, Reconocimiento Nacional a sus Culturas:  he ahí una trilogía a su parecer imprescindible para la supervivencia de las minorías indígenas.

Hay que tener presente esta cara de la moneda para ajustar su valor. Al final del libro proponemos apenas algunos ejemplos de esa labor soterrada, constante, de Alejandro:  la base sumergida, sobre la que ahora hacemos descollar las Crónicas o punta del iceberg. Algún día no lejano ordenaremos para su publicación el significativo archivo de su "lucha institucional", los documentos que proyectan otra luz sobre su retrato.

LOS TAGAERI:  ESA ESPINA O DESAFIO.

Con los tres trabajadores petroleros muertos en 1977 ya se habla de unos últimos huaorani todavía irreductibles: los así llamados Tagaeri. A partir de ese año y hasta 1987, las licitaciones de CEPE van ofreciendo para su exploración y posterior explotación los restos del territorio huaorani. Así, en diciembre de 1984, se produce otro ataque sangriento a los obreros, supuestamente a cargo de este grupo residual.

Alejandro, ya obispo, suscribe con CEPE, en 1985, un Convenio que le ayude a conseguir el contacto pacífico con los Tagaeri. Como es su norma, se mantiene en el difícil equilibrio de la mediación entre ambos frentes:   las oficinas oficiales y los bohíos, las mesas de negociación y las trochas exploradoras.

En diciembre de 1985 envía a la Gerencia de CEPE su primer "Informe Programa Huaorani - Misión Capuchina": Otra suerte de Crónica, describiendo los vuelos de localización de los bohíos Tagaeri o las visitas ocasionales a familias huaorani de la zona.

Alejandro lleva más de diez años reclamando soluciones eficaces y dignas para este pueblo y caminando sobre el filo de la navaja que es su labor de mediación. Muchos intereses y demasiado poderosos gravitan sobre esta nacionalidad y ahora parece estar decidiéndose la suerte de la última familia "libre".

A comienzos de julio de 1987 la compañía exploradora del Bloque 17 localizó, casualmente, un bohío habitado, que se suponía Tagaeri. Monseñor sintió que había llegado el momento de arriesgar en su misión de paz. El día 19 de julio de 1987 escribía en el último informe al Sr. Ing. Edmundo Rojas, Subgerente de Planificación de CEPE:   "Con la última evidencia de los signos positivos para un acercamiento personal, se decide que Mons. Alejandro Labaca y la Hna. Inés Arango,

Misionera de las Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, desciendan, Dios mediante, el día 20 de julio de 1987 ".

Pero ese día, por inclemencias del tiempo, no pudieron realizar el vuelo. Alejandro e Inés llegaron a la chacra Tagaeri el 21 de julio a las 8'30 de la mañana y, con toda seguridad, fueron muertos ese mismo día frente al bohío.

UTOPIA PARA UNA VIDA.

Se ha dicho en Ecuador, con aire de acusación, que la tenaz defensa del territorio, del idioma o, en fin, de las características culturales de las minorías étnicas y pueblos indígenas le venían a Alejandro de sus orígenes vascos. El, por toda respuesta, sonreía.

Ecuatoriano por nacionalización, vivió mas años aquí que en su patria chica, pero la incomprensión puede ser tan larga como la misma vida. Además suele ser un adecuado premio a los utópicos.

A su muerte su figura, suficientemente desconocida, fue enjuiciada por la "ambigüedad" de su accionar. Unos le trataron de "involuntario servidor de intereses criminales " o "hombre de las petroleras"; por el lado opuesto le tildaban de "vasco anarquista defensor de causas perdidas"; de él dijeron que atentaba contra los últimos "indios libres" mientras otros le acusaban de oponerse, al frente de indios improductivos, al "progreso nacional".

Nos quedan sus palabras. Aquí están; las que brotaban del corazón en sus Crónicas y aquellas que, además, escuchaban la razón de la prudencia o el realismo en los Documentos. Alejandro está en todas ellas. Queda por escribirse la historia que vendrá después, pues camina a paso más lento. Es probable que entonces se le reconozca como testigo sincero de una fe, como una voz por quienes no eran escuchados, un creyente que peleó sin violencia y murió en la frontera.

Miguel Angel Cabodevilla, ofmcap 

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