XVIII

Quinto viaje por el Yasuní.

30 de octubre al 4 de noviembre de 1979.

Nampahuoe y su estado de salud.

En nuestra crónica precedente quedó constancia de una gran preocupación por el grave estado de salud de Nampahuoe: En nuestra visita anterior le habíamos dejado postrado en su hamaca, cubierto sólo de su "niki" azul y en un estado de extrema debilidad. Se nos habían pasado las tres "lunas" y no habíamos podido cumplir la promesa de visitarles; por eso, en la primera quincena de octubre decidimos hacer el viaje, y llamé a Dn. Mariano Grefa, de Pompeya.

"¡Sea muy cauto, por favor!".

El día 10 de octubre la avioneta de Limoncocha dejaba caer en el campo de fútbol de Pompeya una carta del Dr. Jaime Yost. En ella me comunicaba que un Huao de Dayuno le había informado de la muerte de Nampahuoe. Sabedor el Dr.Yost de mi próxima visita, se consideró en el deber de comunicarme el particular y, juzgando peligrosa mi visita en este tiempo, me aconsejaba fraternalmente "ser cauto, por favor"

La noticia nos impresionó profundamente y, en principio, postergué el viaje, y pensé entrevistarme con el Dr.Yost para informarme mejor sobre las razones de sus temores sobre mi visita y sobre la clase de precauciones que serían aconsejables.

Luego, en fraternidad, decidimos aprovechar la semana del Cursillo de Quichua, en que en Rocafuerte habría más gente, para hacer la visita, sin necesidad de la mencionada entrevista con el Dr.Yost.

Las razonas para este viaje eran muchas:

- Las Compañías Petroleras habían salido de la zona Huaorani y era necesario visitarles pronto a éstos para darles a entender nuestra independencia de tales Compañías y que estábamos dispuestos a seguir nuestra amistad.

- Aunque fuera verdad la muerte de Nampahuoe, nos sentíamos con la certeza moral de que no nos había de pasar nada.

- Además, en ese probable estado de confusión y angustia general del grupo, podía ser nuestra presencia más evangélicamente necesaria.

Nuestro viaje.

Invitamos al voluntario Wilfrido Licui, que vino a traer a las Hermanas Lauritas para el Curso de Quichua, y el día 30 de octubre, a las siete y cuarto de la mañana, el P. Manuel prendía el motor Evinrude 40 HP., enfilando la pequeña canoa "Huaorani" por el Yasuní, aguas arriba. La canoa levantaba un reguero de agua que nos mojaba todo; el río estaba sumamente bajo -siete metros de diferencia de nivel del agua con respecto al mes de junio- y resultaba peligroso darle todo el desarrollo de fuerza al motor. Por esta razón, al llegar a Garza Cocha cambiamos por el Yamaha 8 HP., y el resto del viaje lo hicimos con él, al menos sin mojarnos con el agua del río y con gran ahorro de combustible.

Las peripecias detalladas de este viaje las dejo consignadas en hojas aparte.

Fue un viaje penoso, por cuanto nos exigió muchos esfuerzos físicos, sobre todo a Manuel y Wilo (Wilfrido), que se turnaron como motoristas; pero también fue satisfactorio en cuanto a la consecución de los fines propuestos.

Nuestro encuentro con los hermanos Huaorani.

Nos fue imposible ver a todo el grupo. Las familias de Cai-Huiyacamo, Inihua-Pahua y Ompura-Buganey estaban en perfecto estado de salud y, al parecer, en buena armonía.

Ellos nos dieron la gran noticia de que Nampahuoe no había muerto, aunque seguía postrado en su hamaca, a consecuencia de una fuerte "caquexia" según el Dr. Manuel.

Tanto el recibimiento como el trato posterior fueron de gran naturalidad y confianza por parte de los Huaorani y por la nuestra.   

El humo, señal de "presencia humana".

Estando en la casa de Cai, amenazó una gran tempestad, con impresionantes estampidos de truenos y descargas eléctricas. Sopló un viento huracanado que tronchó árboles en las cercanías. Entonces llamó poderosamente mi atención la reacción de la familia Cai: Deta entonó una de sus recitaciones; su madre Huiyacamo corrió al patio, trajo un trozo de panal de cera-brea de abejas y lo metió en el fuego, haciendo una gran humareda. Toda la familia esperó tranquila dentro de la casa.

¿Querían señalar a las fuerzas cósmicas la presencia de los Huaorani y que los respetaran?

Sentí un gran respeto hacia estas manifestaciones y me uní en una oración en voz alta a Jesús, pidiendo que nos librara de todo mal. Cayeron unas gruesas gotas de lluvia, refrescando el ambiente y se calmó él viento.

"No es amigo tuyo".

En un momento de conversación me preguntaron con gran curiosidad si el Huao Santiago Alvarado había ido a Nuevo Rocafuerte para enseñarnos el idioma de ellos, como le habíamos propuesto y a lo que él parecía estar dispuesto. Al decirles que no se había presentado ya más, Deta añadió con cierta seriedad:

–El no es amigo tuyo.

Sólo Inihua visita a Nampahuoe.

En casa de Pahua, mi madre, pregunté por el estado de salud de Nampahuoe, manifestando cierto deseo de ir a visitarle. Araba me dijo que ellos, señalándome a los jóvenes, no podían ir, y añadió:

– Sólo Inihua le visita. Omare está con Nampahuoe.

Esto entraña unos misteriosos interrogantes para nosotros: ¿Por qué ese aislamiento de Nampahuoe? ¿Será Inihua el señalado para recibir y ejecutar su última voluntad? ¿Será Inihua quien tenga la obligación por deber de piedad familiar y de grupo de proveer a su entierro? ¿Quizás de enterrarlo vivo a instancias del mismo Nampahuoe? ¿Qué suerte correrá la anciana Omare, su mujer?

A la luz de las costumbres descritas por los libros, me impresionan profundamente estos interrogantes.

Por otra parte, las convivencias tenidas con los Huaorani nos dan la sensación de haber tratado con un grupo mucho más humano y que esas reacciones y costumbres que anteriormente fueran ocasionalmente verdaderas, serán actualmente muy improbables.

De todos modos, Nampahuoe y Omare están muy dentro de nuestros recuerdos. Me hago más bien la ilusión de que son los "últimos profetas" de un pueblo libre del Antiguo Testamento esperando entonar el "nunc dimittis" de la liberación de su pueblo por Cristo.

Araba solicita venirse con nosotros.

Mi hermano Araba estuvo notoriamente animado obsequioso en este encuentro. Tenía preparada una serie de lanzas que nos fue obsequiando, de dos en dos, además de unos brazaletes típicos de las celebraciones de sus fiestas, tejidos por él con lana de ceiba. Nos acompañó hasta la canoa impecablemente vestido y, en el momento de partir, nos sorprendió con la insistente petición de que le trajéramos a Nuevo Rocafuerte. Estaba dispuesto, según decía, a pasar con nosotros hasta la próxima visita, que les habíamos señalado para después de cuatro meses y medio.

Su petición e insistencia nos cogió desprevenidos; no veíamos claro. Por temor a un fracaso, optamos por postergarle el viaje hasta la próxima visita, confiando estar mejor preparados para recibirle entre nosotros.

Pero la petición y la promesa subsisten.

¿Qué ventajas? Su venida podría significar la formación del apóstol del grupo.

¿Peligros? Tratándose de una minoría tan pequeña, desligar a un joven de la talla de Araba supone problemas en la misma; además, frecuentemente pierden totalmente el aprecio de los valores de su pueblo y se convierten en presa fácil de la llamada civilización de consumo, o lo que es peor todavía, en explotadores de su propia gente.

Esperamos que el Señor de la Historia del Pueblo Huaorani nos libere de esa desgracia. Amén.

DETALLES DEL V VIAJE A LOS HUAORANI DEL YASUNI

Integrantes: P. Manuel Amunárriz, Wilfrido Licui y servidor.

Salida: Día 30 de octubre a las 7,15 de la mañana.

El río Yasuní está muy seco. La pequeña "Huaorani" con carga no desarrolla la velocidad que esperábamos con el motor 40 HP. Comentamos que habría sido preferible haber salido con la "Cumandá" como en los otros viajes; pero a nuestro regreso llegamos a opinar lo contrario.

A las 10,15 nos damos un golpetón impresionante en un tronco oculto bajo el agua; el motorista recibe un golpe fuerte en la pierna, es casi despedido al agua, pierde una chancleta y el trapo rojo. Desde luego, hay que cambiar el pasador de la hélice.

Vamos rompiendo muchos pasadores. Manuel, reprimiendo su deseo de velocidad, conduce ya a media marcha.

A la 1,30 de la tarde llegamos a Garza Cocha. Dejamos aquí parte del combustible y cambiamos el motor Evinrude 40 HP. por el Yamaha 8 HP. El río Yasuní está peligrosamente bajo. Almorzamos.

A las 2,20 salimos de Garza Cocha. Con el nuevo motor la canoa no levanta surtidores de agua; vamos más despacio, pero sin mojarnos y con menos peligro.

El día 31 de octubre, mientras seguimos surcando, sorprendemos a un grupo de capihuaras nadando. Poco después nos encontramos un gran tronco, de aproximadamente un metro de circunferencia que cruza todo el ancho del río. Podemos pasar sin mayor dificultad.

Observamos que las charapas (tortugas) no ponen todavía huevos en las playas. Al cambiar un nuevo pasador roto pierde la herramienta el P. Manuel, pero se zambulle y consigue rescatarla de las aguas.

Con dificultades vamos pasando bajo muchos "puentes" vegetales. Mientras cortamos unas ramas, se aprovecha el tiempo para disparar a unos paujiles. Tenemos que desmontar el motor de la canoa y transportando parte de la carga por la playa y con gran suerte pasamos la canoa por debajo, sin necesidad de hundirla como habíamos planeado.

El día 1 de Noviembre, siguiendo la costumbre de otros viajes, nos entonamos en nuestros ideales misioneros celebrando la Santa Misa. Después empaquetamos todos los ornamentos y libros sagrados para dejarlos aquí, en el campamento "Cohuore onco" que nos ha dado cobijo en la noche. Entre los Huaorani sólo queremos descubrir a Cristo que vive en su cultura y que se nos revele como Huao y como Huinuni.

A las 7,55 llegamos al campamento "Dos Hermanas". Lo bautizamos así porque aquí pasaron la noche las Hermanas Tigantai y Onae. ¡Increíble! La cruz que pusimos como señal parece estar sobre nubes. Manuel hace los cálculos y dice que hay siete metros de diferencia en el nivel del río desde cuando se puso esa cruz, que fue en el mes de junio. Quiere decir que entonces navegamos sobre las copas de los yutsos y ahora por debajo de las raíces.

A las 9 de la mañana estamos en la confluencia del Dicaron y del Cahuimeno. Decidimos seguir por éste, después de haber inspeccionado el helipuerto, que está totalmente remontado.

Tras media hora de dificultosa navegación decidimos regresar y probar suerte por el Dicaron para llegar a casa de Ompura.

Son las 11,30. Wilfrido lleva ya cortados muchos troncos. Hacemos parada y fonda: queso, plátano y pan. Manuel nos obsequia "café Yamaha", con agua recogida del chorrito de refrigeración del motor. Dice que aprendió de Juan Santos, cuya fiesta celebramos desde estas vísperas. Para la 1,30 de la tarde Wilo ya ha hecho la digestión, cortando en lonjas un árbol sumergido en el agua y bañándose en cada golpe con un surtidor. A pesar de todo, no podemos hacer pasar la canoa. Se nos ocurre mirar cien metros adelante y vemos el paso completamente obstruido por una tremenda palizada que nos llevaría una semana desbrozar. Nos miramos los tres, sonrientes, sin palabras.

Wilfrido rompe el silencio:

– Padres, vamos andando por la selva.

– ¿Te atreves a orientarte?

– Sí.

– Pues, andando. Dejemos todas las cosas aquí. Amarremos la canoa. Llevemos una lata de atún, unos polvos "Yupi "para hacernos algún fresco, unos chupetes para los niños y unos collares para las mujeres.

Wilfrido va abriendo camino por la tupida selva con su machete. No duda un momento. Sabe a dónde va aunque es la primera vez que camina por esta selva. Comienza a llover.

– ¡Claro! - dice Wilfrido - Es primera vez que caminamos por aquí; además estamos cortando mucho monte y por eso llueve.

Manuel y yo seguimos de cerca, totalmente confiados en el guía.

Una media hora después encontramos la trocha de la Compañía; siguiendo ésta, en una variante:

- Auca ñampi (camino de Aucas); estas pisadas son de ayer -nos dice Wilfrido-.

Un poco más adelante encontramos huellas más recientes; han pasado hoy mismo; hay huellas de niño y de un perro. Son ellos, no hay duda; pronto llegaremos a sus casas.

A las 3,30 oímos el "ku, ku, tu kuuuuu" de los gallos al comenzar a subir una lomita. Nuestra emoción es grande. Gritamos nuestros saludos. Los perros ladran muy fuerte. Conteniéndolos, aparece en la loma Deta, como siempre brindándonos una acogedora bienvenida. En seguida se presentan los demás: Agnaento, Yacata, Gabamo, Cai, Huiyacamo, Datane, Apamo. Ompura no está en su casa, pero siguiendo las huellas hemos llegado a la casa de Cai-Huiyacamo. En un ambiente encantador, nos hemos intercambiado saludos, refrescos y comida: a nuestro refresco "Yupi" y los chupetes corresponden con pescaditos cocidos. Nos invitan a ver la casa de Ompura, que está a unos trescientos metros, en la orilla del Dicaron. Nos bañamos.

A las 6,30 de la tarde estamos de regreso a la vivienda de Cai. Manuel, ayudado por Yacata y Gabamo se quita del cuerpo unas cuantas garrapatas.

Amenaza tormenta: truenos, rayos, viento huracanado, estruendo de un árbol tronchado no muy lejos. Notamos algo especial en la familia: Deta entona una de sus recitaciones y Huiyacamo corre al patio y trae un panal de abejas silvestres, que introduce en el fuego, haciendo una gran llamarada. Entretanto todos esperamos serenos dentro del bohío.

¿Qué significó el humo? Presencia de los Huaorani, nos explican, de personas que piden ser respetadas por las fuerzas cósmicas. Nos sumamos en oración a Jesús para que no suceda nada adverso, pues estamos también preocupados de nuestra canoa y de las cosas que han quedado en ella.

Cayeron unas gruesas gotas de lluvia, se refrescó el ambiente y sobrevino la calma.

La noche.

Con gran familiaridad nos acomodan para dormir. Agnaento presta a Manuel una gran tira de colchón "Primor", herencia de los trabajadores petroleros. Manuel quiso hacernos participantes de ese lujo, a fin de que pudiéramos todos asentar nuestras espaldas. Durante toda la noche experimentamos la protesta airada de los riñones y posaderas por semejante injusta repartición. Tuvimos tres o cuatro vigilias con animada charla, risas, cantos y choclos tostados a la brasa.

Día 2 de noviembre, viernes.

Amanece una mañana fresca, con neblina cerrada. Hay impaciencia por ir a ver la canoa. Estamos en camino a las seis de la mañana.

Desayunamos en la canoa y hacemos el reparto de obsequios. Deta y Cai regresan a casa con ellos; Agnaento y Yacata se quedan para acompañarnos a la casa de Inihua. La bajada en canoa tiene sus peripecias y peligros; en uno de ellos Manuel recibe un golpe en la muñeca y se le va el reloj al río; bucea como experto nadador para rescatarle como hizo con los alicates, pero tiene que desistir por la voracidad de los pececitos, que no respetan nada. Wilo hace también su intentona, pero en vano.

Para las 10,30 hemos llegado a la confluencia del Dicaron y Cahuimeno. Dejando allí la canoa nos vamos andando por la selva a la casa de mis padres Inihua y Pahua, guiados por Agnaento y Yacata. Sorpresivamente un enjambre de avispas se ensaña con los intrusos que se atreven a pasar debajo de su vivienda.

Al filo del mediodía llegamos a la casa de Pahua, que salió a darnos la bienvenida. Nos hizo esperar bastante tiempo mientras nos contaba un largo relato de acontecimientos pasados y, por momentos, pareció ponerse muy seria y darme un reniego. Después sonrió cariñosa y nos hizo pasar a la casa.

Esta es casa nueva, construida en el helipuerto 34,7, junto al yucal que se plantó en el viaje anterior. Este estaba muy bien cuidado, así como las plantas de piña y plátano.

En medio de una fuerte lluvia llegó Araba, y poco después, Buganey con sus hijos Tehuane, Buyutai, Caguime y el pequeño de dos meses, a quien le han puesto el nombre de Yaime Doctoro Manuel, todos desnudos y con la piel bien oxigenada por el aguacero. Después llegó Inihua, y dijo que Ompure se había quedado todavía en la selva para cazar. Nos confirmaron la noticia de que Nampahuoe estaba vivo, pero que seguía postrado en su hamaca. Deseábamos visitarle, pero necesitábamos varios días para ello y pensamos que este retraso podría ocasionar gran alarma en Nuevo Rocafuerte. Por otra parte, los objetivos fundamentales del viaje estaban cumplidos, y optamos por regresarnos esa misma tarde, calculando recobrar el día de retraso que llevábamos.

Nos acompañaron todos los varones hasta la canoa. Cuando nos disponíamos a salir, Araba nos pidió con insistencia que le trajéramos con nosotros a Rocafuerte. Le prometimos hacerlo la próxima vez.

Día 3 de noviembre, sábado.

Nos levantamos a las cuatro y media con la ilusión de recobrar el día de retraso.

Preparamos sopa de arroz para todo el día. También hemos de arreglar el espejo de la canoa, malamente rajado con los golpes a la subida. Sacamos clavos del mismo enrejillado de la canoa.

Como el río ha bajado unos quince centímetros podemos pasar sin desmontar el motor por el paso en que a la subida tuvimos que hacerlo.

A las nueve de la mañana rompemos el último pasador que nos quedaba. Dos clavos que tenemos se convierten en pasadores.

Descansamos a media mañana en una playa y Wilfrido recoge dos nidos de huevos de charapa; unos 50 huevos.

A las doce tenemos que desmontar el motor para pasar un árbol caído. Seguimos rompiendo pasadores hasta agotarlos. ¿Dónde buscar más? Se desarma el asiento del motorista, y los clavos pasan a convertirse en pasadores. El río parece un cementerio de troncos de toda clase, de todo porte y en todas las direcciones posibles. Por más que extreman las precauciones tanto el motorista, P. Manuel, como el puntero, Don Wilo, y certifico que ambos son muy expertos y experimentados, con todo se completa casi un doble calvario de pasadores rotos del Cristo navegante por el Yasuní.

A las seis y media de la tarde llegamos a Garza Cocha. Amenaza tempestad. La playa de arena seca está allá arriba; la playa baja es greda resbaladiza, intransitable. No hay tiempo que perder en lamentaciones: Wilfrido encuentra dos palitos para colgar los plásticos y los sujetamos al suelo con la ayuda de las lanzas, obsequio de Araba. Los truenos resuenan en la laguna; los relámpagos nos ayudan para poder prender el chimbuzo; atropelladamente nos acomodamos bajo los plásticos con todas nuestras cosas, no todas sino las que hemos podido subir a tiempo, porque ya llueve a cántaros.

Tres hombres, desnudos de todo confort humano, duermen en el Señor.

Día 4 de noviembre, domingo.

Ha llovido toda la noche. En la madrugada, por momentos arrecia tanto la ventisca que, medio incorporados, tenemos que sostener la carpa. Se siente frío.

 – ¿Y de dónde sacamos más pasadores? Navegamos con el último.

– ¿Valdrá el abridor de las latas de sardinas españolas?

Manuel se ríe. Comenta:

– Demasiado delgado. Pero sigue agudizando el ingenio.

Poco después, el mismo Manuel dice, señalando el asa del balde:

– ¡Oye, aquí está la solución!

Wilo opina que quizás ya no harán falta; pero optamos por lo seguro. Entonces Wilfrido coloca la varilla sobre el hacha; sobre la varilla de metal coloca el filo del machete y golpeando con otro machete, lo que es suprema técnica, corta un montón de pasadores.

– ¡Este Wilo es un hacha!

Poco después de las seis de la mañana hemos comido los últimos plátanos; no hay tiempo ni para un "café Yamaha": ¡En marcha!, a pesar de la lluvia torrencial, que nos acompañó toda la mañana. Wilfrido, sin embargo, impertérrito dirigió la canoa, sin romper más que un solo pasador.

Después del mediodía llegamos felizmente a Nuevo Rocafuerte, donde ya nos esperaban impacientes las Hermanas Lauritas de Coca, que habían terminado su curso de aprendizaje de quichua con el P. Camilo.

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