XIX

Sexto viaje por el río Yasuní

18 al 28 de abril de 1980.

Nuevo viaje combinado.

Terminada nuestra reunión general de Pompeya en la primera semana de Pascua, se programó este sexto viaje para visitar a los Huaorani del Yasuní.

Habían pasado ya las "lunas" señaladas y queríamos cumplir nuestra promesa; además seguía preocupándonos profundamente la situación de Nampahuoe, porque los lingüistas seguían creyendo que Nampahuoe había fallecido y que era necesario andar con prudencia y tino.

Como habían pasado cinco meses desde nuestra última visita, se organizó un viaje combinado, como en una ocasión anterior, para que la atención al grupo fuera mejor.

El día 18 de abril, pasadas las ocho de la mañana, salió la canoa "Cumandá", con los voluntarios Mariano Grefa, Wilfrido Licui y Marcelino Otavalo y los Padres Juan Enrique Marco y Alejandro Labaka.

El viaje se desarrolló con normalidad, aunque la canoa surcaba las aguas con ritmo un tanto retardado por la mucha carga y por esta razón no pudimos avanzar mucho. Pasamos, como siempre, dos días enteros surcando el río; durmiendo dos noches en la selva y las dos noches llovió torrencialmente, creciendo considerablemente los ríos.

El domingo, 20 de abril, hacia las once de la mañana, avanzando por el río Dicaron, nos encontramos con Araba, que había salido de cacería en su quilla "Chinda". Con grandes muestras de alegría se pasó a nuestra canoa con su cerbatana y con el mono machín que había matado.

Después de una media hora llegamos al puerto de nuestros padres Inihua y Pahua que no tardaron en hacerse presentes, invitándonos a hospedarnos en su casa. El bohío se encontraba a unos doscientos metros, en una lomita y a las orillas del Pañono, afluente del Dicaron.

 La vivienda está dividida en dos departamentos: uno de estilo Huaorani donde viven Inihua y Pahua, y otro, cubierto con una carpa de la Compañía, donde vive Araba. Este ha evolucionado tanto que se ha hecho una cama con tablones de madera y un colchón de espuma que obtuvo de los trabajadores petroleros; además tiene las dos puertas de entrada forradas con red de mosquitero.

El Padre Doctor, Manuel Amunárriz, acompañado de las Hermanas Lauritas Inés Ochoa "Tigantai" y Edita Varela, salieron el lunes, 21 de abril, por la mañana, en el deslizador del Hospital, el "Llaquirishcapa" Se detuvieron en el último campamento donde nosotros habíamos acampado. Lo encontraron totalmente inundado por la fuerte crecida de la noche: el motor, semi-sumergido; la gasolina de reserva, nuestros equipajes y vituallas, sobrenadando en el agua. Estas sorpresas nos proporcionan estos ríos, a pesar de ser gentes tan expertas las que hacemos estos viajes. No obstante las recientes hernias de Manuel, sacaron fuerzas para levantar el motor Johnson 40 HP., aseguraron las cosas como pudieron y reemprendieron la marcha, sin poder aprovecharse de las tostadas de pan, que yacían hechas sopas "de chocolate". A las cuatro de la tarde eran saludados con grandes muestras de alegría y afecto por el grupo Huaorani y los misioneros de la primera hora.

Nampahuoe vive.

Es el primer notición del viaje, que nos inunda de alegría incontenible. De mil formas gráficas se esfuerzan los Huaorani en darnos a entender que vive, aunque se halla postrado en su hamaca; que está asistido por su solícita esposa Omare, y que Inihua le visita periódicamente para llevarle carne de cacería, especialmente de mono chorongo, “gata".

Ha aumentado la familia.

También es notición. Huiyacamo, esposa de Cai, se presenta con su niña Guima en brazos; Teca, esposa de Huimana, nos muestra risueña otra niña, Tiba, y Buganey, la esposa de Ompura, es la más expansiva de todas al presentar a Manuel a su hijo, pidiéndole que le coja como ahijado, y a quien ya le llama Doctoro Manuel. Todos celebramos alborozados estos acontecimientos de familia y comentamos muy favorablemente el estado general de pequeños y grandes y, el aumento demográfico bastante considerable del grupo.

Signos de promoción humana.

Llaman poderosamente nuestra atención los signos de promoción y bienestar, que se pueden observar con facilidad:

Chacras: Desde que tienen herramientas, como hachas y machetes, han aumentado en todas las familias las siembras, especialmente de yuca, maíz y maní. Ya ellos mismos guardan la semilla para las futuras siembras, aunque siguen pidiéndome más maní, porque seguramente se les hace mucho más difícil guardar la semilla por los niños.

En nuestro viaje al Cahuimeno, donde anteriormente tenían sus viviendas, nos pudieron obsequiar con papayas; también tenían un semillero de plantas de naranja, pero desconocían que se pueden trasplantar y les enseñamos prácticamente, trasladando unas cuantas que quedaron colocadas alrededor de la casa del Dicaron. Yacata se mostró muy interesado y solícito por llevarse unas cuantas plantas a su casa.

Gallinas: Han aprendido a aumentar las gallinas. Pahua nos enseña su gallinero, donde tiene su única gallina empollando trece huevos, mientras el gallo se pasea solitario por el yucal. Cai fue el primero que logró aumentar su gallinero con seis pollitos. También me cuentan cosa parecida de Huimana, y de Nampahuoe, en cuya casa pudimos ver unas hermosas gallinas; Omare guardaba los huevos en la cocina, seguramente esperando a aumentar su gallinero y mejorar así la dieta de Nampahuoe.

Carne ahumada: En todas las casas visitadas vimos que tenían reservas suficientes de carne ahumada. En esta época los monos están gordos, y su carne es el plato preferido del Huao. Con todo, no desdeñan las oportunidades de cacería mayor, sobre todo ahora que tienen escopetas.

Nuestros lectores saben que los Huaorani ya tenían una escopeta quitada a la Compañía y que nos pedían otras. En este viaje se les hizo entrega de una escopeta por familia y diez cartuchos. Creemos que lo más útil para ellos es su propia cerbatana, "umena", y el curare que saben hacer; con todo, ante su insistencia les hemos regalado las escopetas. Cepe ya se las había prometido y otras instituciones estatales, como el Ejército,  han entregado estas armas a otros grupos Huaorani.

Se vieron tan contentos con este regalo que, en correspondencia, nos obsequiaron otras tantas cerbatanas. Y nos parece un trueque muy justo: cerbatana por escopeta; ésta en ninguna manera vale más.

La entrega de las escopetas coincidió con el anuncio de la proximidad de una manada de jabalíes. Ompura, Inihua, Araba y Agnaento desaparecieron veloces por la selva, seguidos de Mariano que quería participar en una cacería de los Huaorani. A pesar de que el anuncio había llegado con bastante retardo, los cazadores cayeron por sorpresa sobre los rezagados de la manada, cobrando tres huanganas. Así tuvimos carne fresca para celebrar nuestro encuentro.

Nampahuoe y Omare.

El día 23, miércoles, nos dirigimos al río Cahuimeno en canoa, para luego adentrarnos por la selva hasta la casa de Nampahuoe.

Nuestro viaje reviste caracteres de verdadera peregrinación para ver a estos profetas del antiguo testamento Huaorani que, como Simeón y Ana, están próximos a cantar el "Nunc dimittis" con una entrega de su pueblo a Cristo, Alfa y Omega de su historia.

Todo se nos hace fácil. Por sectores desconocidos van abriendo trocha los jóvenes Huaorani; después dejan la dirección a la Hermana Tigantai, quien descalza pero siempre animosa nos conduce hasta la casa de Nampahuoe. Al filo del mediodía estamos anunciando a grandes voces nuestra llegada:

– ¡Buto pomopa! ¿Hua quehuimini.. ?

– Hua quehuimopa -nos dice sonriente y emocionado Nampahuoe desde el patio de su casa-. Con la ayuda de Omare, su esposa, el anciano ha salido gateando para darnos la bienvenida. Nuestro gozo y nuestra emoción son indescriptibles.

Tras los saludos de bienvenida, el P. Doctor examina minuciosamente a Nampahuoe y comprueba un estado general de salud sin complicaciones, pero tiene una atrofia muscular crónica que le impide movilizarse. Por otra parte, comprobamos que Nampahuoe está maravillosa y solícitamente atendido por su anciana esposa Omare y por el grupo familiar. Igualmente constatamos que está muy bien surtido de toda clase de alimentos de su medio.

Como primer impulso de nuestros corazones, hablamos de posibilidades de organizar algún viaje para proporcionar al postrado y venerable Nampahuoe alguna mejor atención médica en el Hospital de Nuevo Rocafuerte, pero por el momento desechamos la idea, convencidos de que donde mejor está es en su propia casa y que, en todo caso, se puede esperar al regreso de los jóvenes Araba y Agnaento de su viaje a Rocafuerte.

 Omare nos obsequia con chucula de plátano y nos enseña las cerbatanas cortas, hechura de sus manos, mientras nos cuenta, con verdadera ilusión de joven, que ella misma caza los pájaros para la alimentación de Nampahuoe.

Entre tanto Tigantai se ha adueñado de la cocina y prepara arroz para todos. Al recibir su taza de arroz, Omare entona con toda naturalidad una de sus recitaciones, que suena a salmo de acción de gracias a Huinuni. Nampahuoe come con apetito y a gusto el plato de arroz, y se acuesta, doliéndose un poco por el gran esfuerzo hecho en esta mañana.

Antes de despedirnos Omare nos regala una olla grande de barro, que la paciencia y solicitud de Wilfrido conseguirá hacer llegar hasta Pompeya, para formar parte de nuestro museo de Cicame.

Un gran salto adelante en la promoción.

En alguna de nuestras crónicas anteriores manifestamos nuestra extrañeza al constatar que un pueblo amazónico como el Huaorani no tuviera conocimientos de movilización fluvial. Con todo, habíamos descubierto capacidades e interés innato en el Huao para convertirse en navegante, o, mejor dicho, capacidades de recobrar un pasado histórico, olvidado por el imperativo de fuerzas hostiles, de las que tuvieron que defenderse alejándose de los ríos e internándose en la selva inaccesible.

Se había iniciado su promoción en este sentido con la entrega por parte de la Misión de una pequeña quilla, la "Chinda", y unos remos. Los Huaorani reaccionaron construyendo unas rústicas embarcaciones, semejantes a la entregada. Era necesario ayudarles a dar un gran salto adelante, para lo cual les proporcionamos unas azuelas, marca "Bellota", y por otra parte, nos propusimos labrar en este viaje unas quillas, contando con la presencia y la colaboración de los mismos Huaorani.

Efectivamente, el día 21, por la mañana, se tumbó el primer árbol de cedro; pero resultó hueco e inservible. Regresando a casa, hacia el mediodía, Araba nos mostró otro cedro que él ya tenía visto en las cercanías de su propia casa. Esa misma tarde, poco antes de la llegada del P. Manuel y de las Hermanas, fue tumbado con la ayuda de la motosierra.

El día 22 Mariano, Wilfrido y Marcelino iniciaron los trabajos, continuando al día siguiente Marcelino y el P. Enrique.

 Mariano y Wilfrido estuvieron con nosotros visitando a Nampahuoe el día 23; pero el 24, después de la despedida del P. Manuel, del P .Enrique y de las Hermanas Inés y Edita, los tres maestros quichuas se dedicaron de lleno al vaciado del cedro de Araba, sin hacer caso de la pertinaz lluvia que molestó todo el día.

Constituyó una verdadera maravilla la experiencia, arte y resistencia de estos hombres quichuas en el trabajo; además se les vio trabajar con alegría y consagración espiritual extraordinarias. Los tres dieron pruebas evidentes de dominar el arte con una increíble creatividad: cuando falta tinta para marcar las líneas laterales, deshacen unas pilas usadas y en su tinta negra impregnan la cuerda de chambira tejida por Pahua; cuando hay que dar la figura interior a la canoa, cortan una rama de palmera, la parten y les da la forma exacta, sin necesidad de operaciones complicadas de geometría. Así, ví concentrada una cultura secular amazónica del Napo quichua al servicio incondicional de sus hermanos Huaorani.

En señal de aprecio y gratitud, en algunos momentos, Araba, Agnaento, Inihua, Ompura, Cai, los niños Yacata y Tehuane intentaron imitarles a su manera.

El día 25 comenzaron el trabajo de madrugada, como si quisieran batir un récord en la construcción de la quilla. Al correr de las horas, un sol abrasador hacía relucir la piel curtida y sudorosa de los tres maestros, quienes a falta de chicha, apagaban su sed con "fresco-caliente " de jugo de toronja.

A la una de la tarde se comenzó la "quemada" de la quilla. Al poco tiempo caía un imponente aguacero, pero todo estaba previsto, y volteando la canoa ésta se fue curando en su parte interior con el fuego protegido por la misma embarcación.

Prolongando la jornada intensiva, vino el arrastre hacia el río de la quilla terminada: un gran espíritu de hermandad proporcionó entusiasmo y fuerza a quichuas y Huaorani. A las tres y media de la tarde la nueva quilla se deslizaba, segura y elegante, aguas abajo del Pañono hacia el Dicaron.

Ompura, todo entusiasmado viendo cómo siete personas mayores navegaban con toda seguridad, me dijo radiante y convencido:

– ¡Ahora, sí! ¡He visto y podré hacer otra!

La jornada que han realizado los tres misioneros seglares quichuas es, sin duda alguna, una verdadera evangelización por la promoción. Decir que es una "preevangelizaci6n" me parecería decir demasiado poco.

Y vamos por la segunda.

Por la noche, viendo que escaseaban nuestras provisiones alimenticias y que, por otra parte, había motivos suficientes para estar cansados, nos preguntamos qué sería más conveniente: si terminar la segunda quilla que estaba comenzada o dejarla a la iniciativa de los Huaorani para que ellos mismos la terminasen. Los tres misioneros seglares sienten pena de dejar la obra a medio terminar; por eso Mariano y Wilo se comprometen a reforzar nuestra dieta con carne de lagarto que "chuzarán" esta noche estrenando la nueva quilla. Así queda decidido: les dejaremos terminada la segunda quilla con la otra troza del cedro.

Efectivamente, tuvimos un desayuno suculento con carne de caimán, que los Huaorani no quisieron comer a excepción de Tehuane, que comió muy a gusto. Fue otra mañana de intensa actividad, en que de nuevo se conjugaron por igual la armonía y la ilusión, la destreza y la experiencia. Una verdadera consagración de la técnica milenaria del hombre quichua al servicio de los hermanos de otra cultura milenaria en un oasis de la amazonía.

A las dos y veinte minutos de la tarde la segunda quillita, algo más pequeña que la anterior, estaba bonitamente terminada. Queda sin «quemar", pero esperando ser lanzada a las aguas del Pañono. Inihua se comprometió a darle el bautismo del fuego, que le defenderá de la polilla: "huumo" y no "ayabe" como decía yo; los Huaorani celebraron con grandes carcajadas mi equivocación.

Todavía quisimos dejarles preparada la troza de la punta del cedro para que labrasen una quilla pequeña, pero resultó con hueco.

Religiosidad Huaorani.

Dos hechos volvieron a llamar poderosamente mi atención: En primer lugar, el hecho ya citado cuando en la casa de Nampahuoe la Hna. Inés nos repartió la comida a todos y Omare entonó con toda espontaneidad una recitación, que pareció completarla mientras comía.

El segundo protagonista fue mi padre Inihua. Pahua, mi madre, había pasado muy triste el día, afectada de dolores neurálgicos con fuertes escalofríos. Después de administrarle unas pastillas e imponer mi mano sobre su cabeza pidiendo el alivio de su enfermedad, me retiré a descansar en la habitación contigua, donde estaban ya acostados Marcelino y Tehuane, pues Araba y Agnaento con Mariano y Wilfrido habían salido a pescar lagartos.

El profundo silencio de la noche estrellada fue interrumpido de pronto por la sonora voz de Inihua, que nos impresionó hondamente tanto a Marcelino como a mí. Hacía mucho tiempo que no le había oído a mi padre estas recitaciones. No pude observar si fue acompañado por algún rito de curación. Con todo, al conseguir grabar esta recitación desde la habitación contigua, tuve el convencimiento de haber logrado rescatar un Salmo del antiguo testamento del pueblo Huaorani, digno de ser tenido en cuenta como los de David.

Al día siguiente, todo este mundo misterioso me hizo sentir la presencia de Dios en la historia del pueblo Huaorani, y, en un momento fuerte de unión con El, arrodillado en la canoa solitaria e identificado con el pueblo Huaorani, adorarle en su historia, alabarle por todas las maravillas y pedirle nominalmente por todos y cada uno de los que componen este respetable resto. Al pedir que se dignara escoger a uno de los jóvenes para sacerdote que lleve a plenitud esta pequeña iglesia local, sentí que mi fe no era suficientemente confiada y dije a Cristo que El lo pidiera al Padre. Esto, sí, será seguro.

Algo del equipo misionero.

Es el más numeroso de todos los viajes: tres seglares, dos Hermanas Lauritas y tres Padres Capuchinos; señal evidente de que en la Prefectura la evangelización del grupo Huaorani se asume como obra de todos.

Alegría e ilusión apostólicas, confianza sin límites en los Huaorani, deseo incontenible de comunión de culturas, conocimientos, costumbres y, sobre todo, deseo de comunión de espíritus son las notas que predominan en todos los participantes. Todo esto hace posible una mayor comunicación con los Huaorani, y nos damos el lujo de separarnos en grupos distintos, lo cual no era factible en los primeros contactos:

La Hermana Edita Verela, que por primera vez ha venido a conocer a los Huaorani, no tiene miedo de quedarse solita en casa, con Pahua, haciéndose cargo de la cocina.

El P. Enrique, a quien los Huaorani ya le conocen con el nombre de "Quique" y Marcelino Otavalo, que también ha venido por primera vez, se quedan solos para el trabajo de la quilla.

Mariano, Wilo, Inés, Manuel y servidor, acompañados de Huane, Agnaento, Araba y Tehuane, emprendemos el viaje para visitar a Nampahuoe, como principal objetivo de esta expedición.

 Cuando, por la noche, nos juntamos todos a cenar bajo la luz misteriosa de la "apaica" (luna) y "Nemu" y "Huamu" (estrellas señaladas por los Huaorani), las experiencias del día afloran en un intercambio fácil y espontáneo, impregnando el ambiente de familia con  perfume de un día vivido intensamente, en sintonía de hermandad con Cristo y los Huaorani. Nadie ha tenido dificultades de entendimiento y todos se han desenvuelto por igual, porque todos han empleado el mismo lenguaje: el lenguaje del amor en Cristo.

La gran noticia final: Araba y Agnaento en Rocafuerte.

Todos sabíamos que Araba quería venir a Nuevo Rocafuerte. Nos sorprendió más el rumor de que también Agnaento se animaba a viajar; su madre Huiyacamo y su hermana mayor, Deta, le aconsejaron mucho durante toda la mañana del día sábado 26.

Por la tarde, al preparar nuestra salida, no sabíamos con certeza de su resolución, pero antes de prender el motor les tuvimos a los dos dentro de nuestra canoa como si fueran tripulantes veteranos de la misma.

Fue la noticia "bomba" para Nuevo Rocafuerte y la Ribera del Napo, y hoy los tenemos aquí, por propia iniciativa y gusto, mezclados entre los niños y niñas de la escuela Santa Marianita de Jesús, admirándonos a todos con su capacidad de adaptación, su alegría bulliciosa y su interés por aprender.

Mensajeros de paz.

La venida de Araba y Agnaento constituye un signo muy claro de que se termina la primera etapa de contactos tímidos y recelosos entre nosotros y los Huaorani.

Estos jóvenes Huaorani son mensajeros de paz y hermandad para nuestro pueblo ribereño, desterrando los odios y venganzas históricas; son, además, mensajeros de paz, con misión confiada por los mayores, para que abran los caminos de hermandad y entendimiento entre los grupos familiares, desterrando los antagonismos existentes.

Por eso, mi madre Pahua, con conciencia de verdadera autoridad sobre mí, me recomendó con insistencia llevar a Araba y Agnaento a Tihueno para visitar a sus familiares y volverlos a traer con noticias de sus hermanos y parientes. Es preciso anotar que la división y los odios han sido rubricados con varias muertes entre ellos.

Por esta razón siento mucho respeto e ilusión de cumplir este mandato de reconciliación por medio de estos jóvenes que no han participado todavía en esas luchas sangrientas.

Saludo con gran confianza en Dios esta nueva etapa de verdadera hermandad de pueblos en una civilización de amor, dentro de esta pequeña parcela amazónica del Padre.

Postdata manuscrita a Domingo Labaka.

Querido Txomin: Ya que te escribo poco en otras ocasiones, ahora tendrás al menos muchos papeles. Cuando escribí a nuestra hermana Felisa mi decisión de postergar la vacación hasta el 1981, año del Capítulo, no tuve tiempo para escribimos. Ahora lo hago mediante este rollo, Figúrate ahora con Araba y Agnaento en mi casa durante el día y en mi cuarto durante la noche; ni pensar en marcharme; aunque a éstos los llevaremos a la tribu hacia julio, en septiembre tendré que traer a los Secoyas; así que como a mí me tocó la atención de minorías... Y lo hago muy a gusto. ¡Hasta el próximo año los programas conmigo! Y entonces tendré que recibir clases de culturas olvidadas. ¡Menos mal que tendré buenos profesores y profesoras!

                                                                                          Agur ALEX

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