II

Agosto de 1976.

Domingo, primero de Agosto de 1976.

El P. Manuel Amunárriz aprovechó este domingo para hacerme conocer el grupo indígena de Boca Tiputini, donde celebré la Santa Misa con un bonito grupo de fieles.

3 y 4 de agosto.

El P. José Miguel Goldáraz me llevó a Puerto Quinche en su canoa; allí nos esperaba el catequista Humberto Andi y con él de motorista seguimos hasta Pañacocha. La gente estaba esperando al Padre. Celebramos la Santa Misa en la escuela y el catequista Humberto Andi y el P. José Miguel explicaron ampliamente a los asistentes el plan de Comunas y las gestiones realizadas hasta el presente ante las instituciones estatales para asegurar la posesión de las tierras.

El día 4, en la CGG los Sres. Viteri y M. Benissent me informaron que los AUCAS siguen asaltando, especialmente en los dos campamentos que yo había visitado en la semana anterior.

Otra noticia muy importante es que ellos están decididos a llamar al intérprete Samuel Padilla, hijo de la famosa Dayuma. Este habla perfectamente su idioma materno "Huaorani", además del castellano, inglés y quichua; está empleado como intérprete para los turistas del Flotel Orellana y han obtenido ya el permiso del Gerente General del Flotel para poder disponer de sus valiosos servicios en la próxima semana.

5 de agosto.

Por la mañana vuelo en helicóptero al campamento de la trocha B2.

En la cocina me encuentro con el Sr. Washington Baquero, estudiante  de Cuarto Curso del Colegio Agrícola "Padre Miguel Gamboa" de Coca, quien me relata las varias visitas de Aucas que, en mi ausencia, han tenido. Como siempre, han sido muy molestosos cuando han venido y siguen llevándose cuanto se les antoja: ropas, hamacas, mosquiteros, alimentos.
  En ese mismo momento nos enteramos, por medio de la radio, de que acaban de hacerse presentes en el otro campamento, a cinco kms., Taladro P 9.

6 de agosto.

–Hoy vendrán los amigos–, dicen en la Trocha B2-.

Esperé todo el día, pero no se presentaron; en cambio, renovaron su visita al P 9, y el Sr. Jorge Viteri, en nombre de la Compañía, me solicita por escrito que pase a ese campamento:

"Le ruego, Padre, calmar los ánimos de los obreros, de acuerdo al estado sicológico en que ellos se encuentran; aquí salió el cocinero muy asustado; confiamos que su presencia sabrá infundir un poco de tranquilidad a los obreros".

Por la noche, antes de despedirme de este grupo, celebré la Santa Misa, anticipándome al domingo, y les comuniqué la carta recibida del Sr. Viteri.

– No se vaya, Padre, que mañana nos visitarán a nosotros–,  decían los obreros.

7 de agosto.

A media mañana del día 7 llegó el helicóptero y me trasladé al campamento Taladro P 9.  Una hora después de partir, se presentaron los Aucas en B2.

Sábado y domingo los pasamos en P9 sin la visita de los Aucas, oyendo las relaciones de los asaltos anteriores, contados por el cocinero suplente, pues el anterior salió verdaderamente asustado, y corroborados por el enfermero, que también tiene pedida la liquidación "porque soy padre de familia y no quiero exponer mi vida y perder las pocas pertenencias que tengo aquí".

El domingo, por la noche, insinué que podríamos decir la Misa si no se sentían demasiado cansados; ante la aceptación gustosa de la mayoría, la celebré, y lo hicimos con lujo de cantos, comentarios y preces.
  

Lunes, 9 de agosto:

MI PRIMER CONTACTO PERSONAL CON LOS HUAORANI.

El campamento estaba junto a un límpido riachuelo, cruzado por un árbol que había sido intencionadamente tumbado para que sirviera de puente.

Serían las diez y media de la mañana cuando:

–Amigo, amigo–, nos gritaron desde el árbol-puente los tres Huaorani, completamente desnudos, ceñidos con un simple ceñidor que sujetaba su pene.

¿Escalofrío? ¿Miedo? ¿Alegría? ¿Esperanza? No sé qué corriente inundó todo mi cuerpo. Sólo sé que me incorporé rápido para salir al encuentro, haciendo un esfuerzo de memoria para recordar algunas palabras:

– Memo, memo ... (hermano, hermano huao) – y estábamos frente a frente.

Noté su extrañeza y adiviné su pregunta al cocinero:

– ¿Quién es?

– El capitán.

Entre tanto me volví a traerles los obsequios que la Compañía me había proporcionado, pero antes de que los sacara de la maleta ya me rodeaban los tres Huaorani, arrebatándomelos de las manos.

En visitas posteriores me informé de sus nombres:

Peigomo: de unos 25 años; un verdadero y peligroso líder.

Nampahuoe: pacífico anciano de unos sesenta años.

Huane: de unos 30 años y del que tendré que hablar en varias ocasiones.

Recibieron muy contentos los obsequios: espejos, peines, redecillas, cadenas con cruz, imperdibles, agujas, etc. Pero a los pocos minutos, no contentos con lo que se les regalaba, se dedicaron a rebuscar por todas las camas. Quizás en ninguna encontraron tantas cosas como en la mía: camisas, camisetas, calzoncillos, poncho nuevecito para el agua, saco de caucho para guardar la ropa, sábana, espejo, peine, agujas e hilo. Todo se lo llevaron, respetándome lo que me era imprescindible: la ropa puesta, el toldo mosquitero, la manta, la hamaca, el cepillo de dientes y la pasta. En posteriores visitas examinarán las pertenencias de este capuchino que se precia de profesar la pobreza franciscano y verán que tengo demasiadas cosas y se las llevarán con todo derecho: el toldo, la toalla v otras cosas.

¿Una vocación de diácono?

El joven Huane fue quien se atrevió a hacerme el examen minucioso, desabrochándome la camisa y el pantalón. Cuando se encontró el Cristo en mi pecho preguntó:

– ¿Quino i? (¿Qué es?).

Sólo acerté a decirle:

– Es Cristo Jesús que murió por nosotros en la Cruz –. Y estampé un beso al Cristo.

Hizo un esfuerzo para pronunciar "Cristo Jesús", se rió y siguió el examen de todos mis bolsillos. En el pequeño bolsillo relojero encontró un rosario con su cruz:

– ¿Buto qui? (¿Es para mí?).

– ¡Bito qui! (¡Es tuyo!) –. Y se lo colgué al cuello.

Huane se miró y volvió a reírse. Era el rosario bendecido por el Papa Pablo VI el día de la Inmaculada, en la Plaza de San Pedro, en la solemne terminación del Concilio Vaticano II.

Es verdad que durante el Concilio pensé muchas veces en el problema Auca; tanto es así, que nos regalaron la avioneta para localizarlos; pero no pensé que precisamente el rosario sería un día adorno externo de un Auca. Ojalá no quede sólo en eso y haga el milagro de su evangelización.

Poco después revolvió los ornamentos que yo llevaba para decir la Misa y se encariñó de la estola roja y se la puso también al cuello. Así le ví mucho tiempo, con el rosario y la estola roja, como devoto diácono en ciernes.  

Día 11 de agosto.

Por la mañana, hacia las once, se nos presenta de nuevo Peigomo, con otros tres nuevos compañeros: Aimba, de unos 32 años; Araba, 16; Aipa, unos 30, y un niño, Yacata, de unos 12 años.

Hoy Peigo, como ellos le llaman, está con verdadera vocación de dibujante: coge mi bolígrafo y se dedica a emborronarme todos mis cuadernos y libros. Después descubre el libro de Patzelt "Hijos de la selva ecuatoriana", reconoce a varios personajes Aucas del libro, se goza grandemente viendo las fotos de los Aucas y especialmente de las mujeres. Extasiado ante aquella página, canturrea un canto, arranca las hojas que le interesan y se las lleva. Sólo le han interesado las fotos de Aucas; de los demás apenas se ha interesado.

También, en este día, me hacen cantar y todos se preocupan de imitarme. Canto con la ilusión de que el Espíritu Santo les haga comprender algo. En esto estaba con dos, cuando me percato que otros están proponiendo zanganadas de aspecto homosexual a mis dos compañeros, el cocinero y el enfermero; poco después lo harían conmigo (excitándose y proponiendo chuparles el pene). En la carpa se oyó el "Perdona a tu pueblo, Señor... no estés... enojado”. En honor a la verdad, nunca más me propusieron tal acción.

Día 12 de Agosto.

Desde ayer por la tarde estamos en la carpa con la grata visita del intérprete Huaorani, Samuel Padilla; ha venido contratado por la Compañía. La noche anterior durmió en el grupo más numeroso, diciendo a sus hermanos que manifiesten sus necesidades, ya que la Compañía está dispuesta a atenderles en la medida de lo posible y que, a cambio, no roben en las carpas. ¡Difícil misión!

Al mediodía se presentan los Aucas Huane, ya conocido, e lnihua, de unos 40 años, el más fornido de cuantos nos han visitado. Charlan muy amigablemente con Sam, aceptan los obsequios, toman la  comida v el refresco que se les ofrece y se van tranquilamente después de tres horas, sin robar, sin curiosear las pertenencias de los obreros. ¡Me parece una maravilla!

Procuro aprovechar la estadía de Sam al máximum para actualizar mi pequeño vocabulario Huaorani, basado en la publicación de nuestra revista "ETHOS" de Quito: frases de saludo y despedida y algún verbo y para informarme un poco de la vida y costumbres de los grupos Huaorani.

Sam se mostró muy complaciente conmigo, a pesar de ser la primera vez que nos veíamos y de su información anoto lo siguiente:

1)     Grupos Huaorani. En la zona que nos rodea, nacederos del Yasuní, Nashiño y Cononaco, existen tres grupos principales:

Grupo Gabaron: Compuesto por unas sesenta personas, y donde Sam había pasado la noche anterior. Gabaron es nombre de un héroe Huaorani, ya muerto.

Grupo Ñamemenoga o Ñamengono y Dicaron: Compuesto por unas treinta personas; son los más próximos a nosotros y los que  nos están visitando con más frecuencia.

Grupo Tagaeri: Este grupo está más aislado y es reacio a toda integración. Hace cosa de un mes vinieron, por la noche, a atacar al grupo de Ñamengono, alanceando a un hombre y a un niño por represalias de una muerte que habían hecho anteriormente los Ñamengonos.
  Además de éstos, existen tres o cuatro grupos en el Curaray, con los que los Lingüistas Americanos de Limoncocha han tenido contactos a lo largo de unos veinte años y que parecen estar ya más civilizados. Los Aucas, en total, no pasan de ser unos quinientos.

2)
La sociedad es familística: Son agrupaciones netamente familiares, en las que no existen más que autoridades familiares. Los matrimonios son también entre primos, dentro de cada familia. Existe la poligamia.

3) Situación de la mujer: La mujer no es muy considerada; las decisiones principales son tomadas por los varones.

4) Planes: Al hablar sobre el problema creado, Sam se lamenta de que nadie se haya preocupado de su raza. Me habla de las gestiones que está realizando ante las instituciones del Gobierno Nacional para conseguir que declaren una Zona de Reserva, bajo los auspicios del Ministerio de Agricultura, en concepto de "Parques Nacionales". Pero se lamenta de nuevo de la lentitud de los trámites en Quito y, sobre todo, de la incomprensión por parte del IERAC.

Al hablar de los Misioneros Lingüistas tampoco se muestra demasiado optimista, aduciendo que son extranjeros. Y, a juzgar por su informe ante la Compañía, tampoco le agradó mi presencia en la zona.

Día 13 de agosto.

Hemos madrugado mucho. Hoy toca "trasteo" a otro helipuerto, y por la mañanita está todo recogido, de manera que el helicóptero, en dos viajes, traslade todas las cosas. Entre tanto, el grupo de trabajadores ha marchado por la trocha para hacer el nuevo campamento.

Tuve ocasión de seguir hablando con Sam hasta que vino el helicóptero. Serían las diez de la mañana cuando me despedí de él que se iría al Flotel, anclado en Primavera con un grupo de científicos ingleses.

En el momento en que subí al helicóptero asomaron dos Huaorani, que se quedaron hablando con Sam.

Unos pocos minutos y aterrizamos a cinco kilómetros, con la sorpresa de que un grupo de Aucas nos estaba esperando ya. Conocí a Araba (?) con sus hijos, quien después de saludarme dio un grito y, ante el asombro de todos, salieron del escondite su mujer con una niñita en brazos y su hija mayor, de unos 16 años, con un mono chorongo en los brazos. Lo traía como regalo para el piloto, pero tenía mucho miedo al helicóptero y su padre tuvo que encargarse de la entrega.

Esta familia acampó cerca del campamento de los trabajadores y pasó prácticamente dos días aprovisionándose de todo cuanto pudieron. Me llamó poderosamente la atención el desparpajo, la naturalidad y locuacidad de estas dos mujeres, que no aparentaron tenernos demasiado miedo.

Por la tarde de ese mismo día, cuando esta familia se había ido, llegó Inihua en el preciso momento en que yo ponía a secarse al sol mi calzoncillo anatómico recién lavado; naturalmente, le gustó y se lo llevó con verdaderas muestras de satisfacción.
   Día de la Asunción. Se llevaron nuestra carpa.

Por la mañana me conectan con la radio de la oficina de la Compañía en Coca y Fray Felipe me comunica que Monseñor, ante la insinuación de la Compañía, me autoriza para estar en la zona el tiempo que juzgue necesario.

Hacia la hora de siempre se nos presentan seis hombres, entre los que reconocía a Peigomo, Nampahuoe, Inihua, el "Tuerto" y Huimana. Después de las escenas habituales, y cuando se encontraban bien comidos y saturados de refrescos bien azucarados, se pusieron, con ademanes altaneros, a desmantelar la carpa para llevársela.

– ¡Jaenamai!  – suplicábamos.  – ¡No la lleven!

Nampahuoe e Inihua, más comprensivos, parecían no estar de acuerdo, pero los jóvenes no les hicieron caso y, entre gritos y risas, se la cargaron y se fueron.

Era media tarde y amenazaba tormenta. Avisamos al capataz, que envió un grupo de trabajadores para tratar de acomodarnos a todos en la media carpa que nos quedaba. Tronaba Curiosamente, caían trombas de agua y crujían los árboles medio cortados de la trocha al caer estrepitosamente. Mientras trabajábamos afanosamente para acomodarnos escuché a los trabajadores:

– Estos Aucas son hasta brujos: se llevan la carpa y para que no les sigamos hacen venir la tormenta y el aguacero.

La fiesta de la Asunción tiene muchos recuerdos gratos para mi generación capuchina. Por la noche celebramos la Santa Misa con especial unción y alegría. Entre los muchos y precipitados arreglos de la carpa, mi camastro de palos quedó resentido; a media noche no resistió mi peso y me caí aparatosamente, viéndome con los pies en alto y la cabeza en el suelo. El remedio fue sencillo: levantarme y acostarme de nuevo en postura inversa: así la cabeza estaba en alto, mientras los pies se apoyaban en el suelo. Seguía lloviendo torrencialmente.

Día 17 de agosto.

De mañanita se nos presentan los dos líderes más audaces: Peigo y el "Tuerto". A éste le he preguntado varias veces el nombre, pero se me hace el desentendido. Llega el helicóptero y nos ayudan amablemente a descargar. Son los que se encargan también de abrir todos los paquetes, dando buena cuenta del pan y galletas que el Sr. Viteri me ha mandado. De pronto oyen algo que nosotros no percibimos y nos hacen signos de que vienen otros y que escondamos las cosas. Ellos mismos ayudan al cocinero a ocultar las botas y ternos de repuesto que vienen para los obreros. Comen rápidamente, hacen un buen paquete de hamacas y mosquiteros, y salen en el preciso momento en que están llegando el grupo de jóvenes, capitaneados por Huimana.

Estos estuvieron impertinentes y molestosos como nunca: desmontaron la motosierra, fastidiaron el radio-transmisor que tuve que conectarles para que ellos mismos hablaran a Pañacocha. Era de ver al joven con el micrófono en la mano gritando:

– Dicaron, Dicaron; Ñamengono, Ñamengono; Gabaron, Gabaron... Pañacocha, cambio...

Reacción de joven Huao.

Este día quise hacer una observación sobre las reacciones de los jóvenes Huaorani. En el momento en que uno de ellos se dedicaba a abrir las latas de conserva, tirando cuan lejos podía las que por su sabor u olor no le agradaban, le eché un grito cuando tiró un tarro de "Sicafé" y le pedí que, me lo trajera. Medio refunfuñando me lo trajo y me lo tiró a la mano; pero cogió un machete y me hizo ademán de cortar la cabeza; de seguido tomó un plato de plástico de la cocina y, en mi presencia, hizo añicos el plato con el machete. ¡Pareció darme a entender que el joven huao no está dispuesto a humillarse ante nadie!
  

Día 18 de agosto.

Tuve la grata visita del P. José Miguel Goldáraz. Había llegado la tarde anterior y venía ilusionado con la oferta del Sr. Viteri de llevarnos al caserío de los Huaorani. Llegaba bien dispuesto a quedarse con ellos para siempre o, por lo menos, por un año entero. La gente disfrutó también mucho con su visita. Decía que quiere hechos, hechos realizados por hombres decididos y no bellos informes; por eso, es partidario de que nos metamos sin más donde los Aucas. Lo demás son "cagadicas ".

Llegó el helicóptero, pero sin plan para el vuelo hacia los Aucas. José Miguel tuvo que regresarse a Pañacocha porque tenía una reunión con sus gentes.

Monseñor me saluda personalmente desde la oficina de la Compañía en Coca y también me saludan sus sobrinos, que están de visita al Ecuador.

Hacia las tres de la tarde llega el Sr. Jorge Viteri en el helicóptero para llevarme al caserío Huao. También había lugar para el P. José Miguel; en su ausencia, el agraciado fue el capataz, Manuel Gustavo Gamboa. ¿Coincidencia?: Buen representante de nuestro primer Prefecto Apostólico, P. Miguel Gamboa, que tanto deseó la evangelización de estos grupos y organizó varias expediciones hacia esas zonas.

Desde lejos pudimos divisar la carpa robada hacía unos días y ya montada junto a una de sus casas; estaría a unos 25 kilómetros de nuestro campamento.

El grupo familiar de los Huaorani, capitaneados por Peigo y el "Tuerto", nos esperaba fuera de sus casas, haciéndonos señales para el descenso del helicóptero. La semana anterior habían trabajado afanosamente, tumbando los árboles más altos y limpiando el sitio para aterrizar, aparte de ocuparse en montar la carpa.

Cuando descendimos, los hombres estaban ya todos vestidos con las ropas robadas anteriormente y las mujeres no tuvieron reparos en acercarse a coger los obsequios, vistiéndose con lo primero que les venía a las manos.

Después de los primeros saludos, yo les decía señalando la casa:

– Oatbuba... (Quiero ver … ).

Y sin reparos de ningún género me invitaron a entrar a la casa, juntamente con el capataz, que era también muy conocido por el campamento.

La casa era larga, con dos entradas pequeñas por los costados, cubierta de hoja hasta el suelo por todos los lados; parecía ser multifamiliar, con varios fogones y hamacas; estaba oscura. Cuando penetré en ella noté cierto desconcierto de mujeres que se movían y niños que empezaron a llorar. Saludé a todos con la mayor amabilidad, pasé la vista por todo diciendo:

– Uaimo, uaimo (Bueno, bueno).

Y para no forzar las cosas opté por salir, siguiéndome el capataz.

Como la casa estaba bien oscura, casi no puedo reconstruir la imagen de su interior y de sus pertenencias.

En frente estaba montada la carpa, con las hamacas colocadas y los mosquiteros, entre los que distinguí el mío. Había un montón de botas por el suelo.

Mientras tanto, los pilotos y el Sr. Viteri se dedicaron a sacar fotografías, para las que los Huaorani no opusieron ninguna resistencia. El recibimiento fue verdaderamente amable y cortés. Nadie se empeñó en quitarnos ropas ni calzado; sólo el Sr. Viteri tuvo que ceder su camisa, a cambio de una corona. Nos hicieron obsequios, como plumas, coronas, y lo más gracioso: a cada uno nos entregaban un sobre de avión, que anteriormente habían robado de nuestro campamento. Verdaderamente solícitos se mostraron Peigomo y el "Tuerto", quien me regaló tres o cuatro hermosas plumas de huacamayo.

Estuvimos una media hora y regresamos al campamento alegres y contentos de este encuentro.

Día 21 de agosto.

Dos días pasaron los Huaorani sin venir a visitarnos. El sábado 21 asomaron de nuevo, enteramente desnudos. Este día, el más impertinente estuvo Huane: se empeñó en verme "sin misterios", tal como soy. Recuerden que es quien se llevó mi rosario. Quizás buscaba otro calzoncillo anatómico como el que se llevó Inihua, pero ya no tenía.

Como travesuras anoto que se llevaron también el alba para la Misa y mi reloj de pulsera. Esto merece explicaciones:

El reloj es llamado por los Huaorani "nanqui" (sol). Las primeras semanas fue objeto de gran curiosidad, pero no me lo quitaron. Viendo que ya se iban aficionando demasiado opté por ocultarlo, o mejor, se lo entregué al cocinero, a quien le hacía gran falta un reloj, sobre todo para la hora de la madrugada. Para cumplir bien su oficio debía tener el desayuno listo para las seis y media y para ello había de madrugar. Sin reloj no atinaba la hora, y tanto tanto madrugaba que en una ocasión se levantó a las doce de la noche. Contento estaba con mi reloj.

Pero este día nos sorprendió la llegada de los "amigos" en el momento en que estábamos limpiando unas lentejas. Huane revisó mis bolsillos y luego los del cocinero, y como le encontró el reloj, se lo llevó. Simón Bolívar Gaybor, preocupado de que se perdía mi reloj, pensó que se ablandarían con súplicas y ruegos, y les siguió por el camino. Los Huaorani le esperaron como para atenderle, pero entre tres le tumbaron y le sacaron las botas puestas, como aviso para que no siguiera molestando. Descalzo y cabizbajo, regresó mi gran compañero Gaybor. Quisimos endulzar la vida tomando un café; pero también se nos habían llevado todo el azúcar.

Otra trastada de mi amigo Huane en este día: Yo vestía una camisa gris, regalo de las Hermanas Lauritas de Coca. Hasta este día no les había atraído este color, pero Huane comenzó a pedirme que le entregara la camisa. Como otras veces que me habían respetado, le dije amablemente:

– Jaenamai; aruqui  (No la lleves; tengo sólo ésta).

Parece que no le gustó mi negativa: refunfuñó unas palabras y, en un santiamén, me rompió la camisa y también la camiseta, rasgándomelas hasta el sobaco.

Días 22 y 23 de agosto.

El domingo 22 lo pasamos tranquilos, sin molestias de visitas. Por la noche celebramos la Misa.

El día 23 fue el señalado para el "trasteo" a otro nuevo helipuerto, a cinco Kilómetros hacia el Norte, alejándonos más de los caseríos Huaorani.

Mi tiempo también había terminado; sobre todo, porque se esperaba que ya no vendrían tanto los Huaorani, más que por la distancia porque había que pasar un río bastante considerable. Al mediodía me trasladó el helicóptero a Pañacocha, y al día siguiente, invitado por la Compañía, viajé a Quito en avión para exponer a Monseñor cómo estaban las cosas.

En el entretanto, el P. José Miguel se dirigía por el varadero de Pañacocha hacia el río Aguarico, con un joven guía. Pero se perdieron y regresaron, ya bien entrada la noche, después de haber experimentado una furiosa tormenta en la selva.

Sábado, 28 de agosto
.

Después de unos días de "gozada" en la Procura, donde nos juntamos gran parte de los misioneros del Oriente, acompañé a Monseñor a la Misión en el carro de la Procura conducido por el P. Miguel Ángel Azcona. La carretera estuvo bastante buena, excepto en el tramo de Papallacta hasta Baeza, "apocalípticamente dañada". Cenamos en San Pedro con las Hermanas Dominicas y dormimos en el Eno. Nosotros y Alberto calvo, nuestro Diácono, atendimos las celebraciones de Shushufindi y Joya de los Sachas.

Martes, 31 de agosto.

Monseñor quería hablar con el Superior Regular y nos trasladamos en deslizador y con "motor nuevito" hasta Rocafuerte. Una parada en Pompeya para ver el museo y saludar a los PP. Juan Santos y Angelito, y otra en Pañacocha para hablar con los personeros de la Compañía CGG.

En la reunión de Nuevo Rocafuerte, Monseñor y el P. Manuel Amunárriz decidieron que podría trasladarme de nuevo a la zona auca para otra temporada. Monseñor no parece muy partidario de dejar totalmente el asunto Auca en manos de los petroleros y de los misioneros del Instituto Lingüístico de Limoncocha, sino que prefiere hacer un esfuerzo para seguir el plan trazado, contando con la colaboración que ofrece la Compañía General Geofísica de Pañacocha.

Conclusiones

A mi juicio, anoto como positivas las siguientes conclusiones:

1) Por parte de la Compañía CGG: Convencimiento eficaz, llevado a la práctica, de que en ningún momento hemos de usar medios violentos con los Huaorani.

2) Deseo despertado en las mismas Compañías de colaborar para conseguir la integración nacional de los Huaorani.

3)
Una paciencia a toda prueba de los obreros, alimentada con cierto idealismo humanitario y cristiano.

4) Por parte de los Huaorani: Contactos con otra civilización y un gran deseo de promoción. Me parece positivo que, perdiendo todo miedo, hayan venido incluso con mujeres y niños. La acogida dispensada en su caserío fue extraordinaria.

El deseo de promoción aparece en su esfuerzo para preparar el helipuerto y la colocación de la carpa imitando al Campamento.

Aunque no siempre, pero se consiguió que recibiesen los obsequios respetándose y sin atropellarse unos a otros.

Me pareció muy llamativo el sentido de orden práctico que tienen: Todas las cosas que cogían las doblaban curiosamente y hacían un paquetito bien asegurado antes de emprender el viaje de regreso a sus casas. Otra cosa muy llamativa: El sentido de propiedad particular. Desde el punto en que cada uno de ellos decía "Buto qui" (esto es mío), los demás lo respetaban con escrupulosidad admirable.

5)
Por nuestra parte: Fue tan sólo apostolado de acogida paciente y amable.

¡Gua güira! ¡Que les vaya bien!

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