III A

Grupo Huaorani de Dicaron.

Situación: Sector de los ríos Gadehueno, Cahuimeno, Dicaron y Namengono. Paréceme que todos estos ríos son los nacederos del Yasuní; puede ser que Dicaron sea el afluente del Yasuní denominado en las geografías como Rumiyacu.

Este grupo Huao se compone de cuatro sub-grupos familiares, que viven separados, unos de otros, de 5 a 10 kilómetros; un total de 30 a 40 personas. En esta mi primera estadía me hospedé entre ellos, en el grupo de Inihua-Ompura, en la casa del primero, situada a las orillas de la quebradita de Gadehueno.

INIHUA: El sub-grupo está compuesto de dos casas; una auténtica casa Huao y una carpa (OMPURA), llevada de la Compañía y perfectamente acomodada a las necesidades familiares.

La familia de Inihua está compuesta de: él, hombre fornido de unos 40 años; su mujer, Pahua, que aparenta tener un poco más de edad y adornada de todas las cualidades de una digna madre de familia. Aparecen en casa tres hijos: Conta, Cava, Cahuime. Me dicen que en esta casa vive también un ya conocido personaje y líder, el joven Peigomo, pero se halla ausente.

La segunda familia vive en la carpa, colocada junto a la primera casa, y las dos en una lomita que se eleva en la selva como para mirar al cielo. El se llama Ompura, muy conocido y hasta temido en la Compañía como El "Tuerto". Su mujer se llama Buganey. Ambos parecen más jóvenes que sus vecinos. En casa aparecen dos hijos: Tehuane y, Conta. La hija, de unos 10 años, es dulce y tímida y se hallaba afectada de una pequeña gripe.

Sub-grupo NAMPAHUOE: Nampahuoe aparece como el más anciano del grupo de los hombres. Es alto, delgado, pelo canoso y una barbilla que le da mucha actualidad. Su mujer Omare es una simpática anciana, de bastantes más años que Nampahuoe. Me llama poderosamente la atención una prominente eventración abdominal, semejante a una hernia; ni se queja ni parece impedirle su vida normal.

Sub-grupo HUANE: El es el famoso "diácono" de estola, rosario y reloj de mis primeras entrevistas. Está casado con Ñeñene y tienen varios hijos.

Sub-grupo CAL-HUIYACAMO: Esta familia es la que está más próxima al campamento actual, y por eso nos visitan casi diariamente.

Huiyacamo es una mujer adornada de una prudencia natural, fruto de una vida como viuda y cabeza de familia; cuando pregunto por la casa donde viven, sus hijos me responden siempre que en la casa de Huiyacamo. Me da la impresión de que el hombre que vive con ellos, Cai, se ha hecho responsable de Huiyacamo y de sus hijos como en los casos de la Biblia.

Deta: Es una muchacha soltera de unos 18 años, decidida y ansiosa de saber y de aprender nuevas cosas. Cuando estaba escribiendo estas notas nos han venido a visitar, y ella, en una tarjeta postal de navidad me ha escrito el árbol genealógico familiar; y como bien merecido premio a su labor, me ha cogido el rosario y se lo ha colocado al cuello, adueñándose de él con todo derecho.

Entre los componentes de la familia Cai-Huiyacamo se encuentran: Agnaento, de unos 14 años; Yacata, de 10 a 12; Gabamo; Datane; Apamo; y la mencionada Deta.

18 de diciembre de 1976. Viaje en helicóptero.

Serían las tres de la tarde cuando llegó el helicóptero al campamento B 1, en la línea 34, 6; venía pilotado por el capitán John, decidido piloto americano al servicio de la Compañía Ecuavía. La familia Huao Cai-Huiyacamo estaba esperando en el helipuerto.

Descargamos y entregamos a la muchacha Deta la gallina y el gallo que nos mandaban desde la base para ellos. Corrió alegre con su donativo, mientras yo me subía al helicóptero para dirigirnos al grupo de casas Huao. Tomamos la dirección oeste y a un minuto de vuelo encontramos una casa; como la desconocía continuamos adelante. A los tres minutos divisamos la loma con la casa y la carpa, donde descendimos en nuestra primera visita al grupo. Vimos que dos hombres salían de la casa a todo correr para hacernos señas de bajar; los dos eran conocidos.

...................

Interrumpo para atender al grupo de Huaorani que viene a visitarnos. Pasaron con nosotros toda la mañana y la tarde hasta las 3. La señorita Deta hizo los dibujos de la página siguiente para explicarme los caminos y las casas de mi contorno.

*(Esquema de los caminos y casas del contorno, dibujado por Deta.)

La tarde del 18 salí a Pañacocha.

Jueves,  día  23 de diciembre.

El capitán John desciende con toda decisión; los Huaorani se agolpan en torno al helicóptero.

Me pregunta el capitán:

– ¡Qué, Padre, se queda?
– Sí; me quedo.
– Entonces, ¿cuándo vuelvo?
– Mañana, por la tarde.

Acogida.

Apenas se marcha el helicóptero, me saludan alborozados. Me ayudan a llevar las cosas y nos dirigimos a su casa, donde entramos con toda naturalidad.

Abro los paquetes de obsequios: ropas, pilas, fósforos; luego, los paquetes de alimentos. Me han puesto pan y hago rodajas con mermelada que devoran con avidez.

Ya no queda por abrir sino "mi cama": una manta, una sábana, un plástico y un mosquitero, y dos mudas. Inihua se aficiona de la sábana y se la lleva; su hijo mayor hace otro tanto con la camisa y los calcetines.

Va avanzando la tarde y les noto preocupados. Les entiendo que me preguntan si va a volver el "to, to, to " (helicóptero). Les explico que no y que pienso dormir en su casa. Inmediatamente cogen el hacha y el 'machete y me invitan a salir a la selva, enseñándome un "matiri" (aljaba) con sus flechas de chonta. Pienso que quieren traer material para hacer las flechitas y me voy con ellos a tumbar una chonta.

Es admirable la destreza con que manejan tanto el hacha como el machete, haciendo un corte perfecto para tumbar el árbol en la dirección conveniente. Colaboro con ellos a cortar el tronco. Después de partir el tronco y abrirlo, me invitan a tumbarme sobre las tiras extendidas en el suelo: y ahora me doy cuenta de que se trataba de preparar mi cama. Celebran con grandes risotadas la exactitud de medidas. Al fin cargamos con las tablas y nos dirigimos a la casa a preparar la cama: la tabla de chonta, un plástico, una manta y el mosquitero.

 Ritual de recepción.

Me dan a entender que vienen otras familias y me invitan a salir de la casa; todos salen conmigo. Inihua da unos gritos característicos contestando a otros signos convencionales que yo apenas he notado. A la llegada de los vecinos, les comunica la novedad. Este rito se repite por dos veces. Todos vienen desnudos desde la selva, donde han estado de pesca y de cacería. Este rito se cumplió de idéntica manera cuando, al día siguiente, llegaron otras familias.

Apenas me quedan obsequios disponibles para los que van llegando pero los primeros agraciados se desprenden de algo para compartir con los familiares más próximos. En este segundo día, cuando llegaron la abuelita Omare y otra mujer desnudas, no tenía sino una pantaloneta azul de repuesto y el calzoncillo colgado secándose. La pantaloneta fue para la abuelita y el calzoncillo mojado para la otra mujer. Quise hacer la entrega a sus respectivos maridos para que ellos les diesen a sus mujeres, pero me hicieron señas para que yo mismo les vistiera. Hasta ahora nunca había pensado que el "vestir al desnudo" del Evangelio pudiera tener ese alcance tan literal.

La noche. Vigilia cantada.

Nos acostamos muy temprano, apenas oscureció. La casa consta de un solo departamento: En un ángulo está el fogón, entre las hamacas de los esposos Inihua y Pahua. En el otro costado se encuentran las restantes hamacas, quitadas a los obreros de la Compañía, con sus toldos y sus colchas, en dirección este-oeste. Mi cama la pusieron detrás, en dirección norte-sur, en el suelo, de manera que podemos darnos la mano con el joven que duerme junto a mí en la hamaca. Estoy empapado de sudor y me quito la camisa y el pantalón. El joven que está junto a mí hace exactamente todo lo contrario, vistiéndose la camisa a cuadros de que se adueñó esta tarde. Una media hora mas tarde el joven se incorporó, cogió una de las mantas más nuevas y me la entregó todo risueño. Confieso que agradecí este gesto; así pude poner una manta debajo y cobijarme con la otra.

Hacia la una de la madrugada pensé que estaba soñando: oía una letanía en un ritmo semitonado. Pero pronto me di cuenta que era una realidad: la dueña de la casa estaba cantando mientras avivaba el fogón desde su hamaca. Sentí una profunda sensación de respeto y admiración que hizo brotar de mi alma una sincera plegaria.

 Segunda vigilia.

Pasaron otras dos horas de silencio. La abuelita avivó nuevamente el fogón, comió un pescadito y reanudó su "canto-oración". Esta vez se prolongó por más tiempo. Creo que su marido le secundaba el canto; surgió una pequeña conversación entre los tres mayores; no puedo precisar si comieron algo.

Rompo el silencio.

Hacia las cinco y media de la mañana se reanudó el canto. La sacerdotisa de la casa cantó en tres o cuatro tonadas distintas aunque muy parecidas, sin dejar de avivar el fuego. Me di cuenta que se cruzaban frases entre los tres y entonces opté por romper el silencio demostrándoles mi admiración por el canto. Pahua, muy complaciente, me repitió el canto. Entonces intenté imitarle, pero sin lograrlo. Ellos celebraron mi inexperiencia con grandes carcajadas. Mi joven acompañante de hamaca me dio a entender que cantara nuestros cantos. Inmediatamente me vino a la mente el "Sachapi canquimi" ("La selva es tu mansión"), más que por su música por la letra tan inspirada del P. Camilo. ¡Ah, cómo no, dirán Juan Santos y Angelito![1]. Otro canto de mi "Bara" (madre). Un tercer intento de imitarles, sin conseguirlo, con la alegría y risotadas de todos. Se hizo un nuevo silencio hasta que clareó el día.

Ritual de adopción.

Me levanté inundado de una gran alegría. Tal como estaba, en paños menores, me adelanté hasta el jefe de la familia, Inihua y Pahua, su señora; junto a mí se hallaba ya el hijo mayor. Con las palabras padre, madre, hermanas, familia me esforcé en explicarles que ellos, desde ahora, constituían mis padres, hermanos; que todos éramos una sola familia. Me arrodillé ante Inihua y él puso sus manos sobre mi cabeza, frotando fuertemente mis cabellos, indicándome que había comprendido el significado del acto. Hice otro tanto ante Pahua llamándole “Buto bara” mi madre); ella, posesionado de su papel de madre, me hizo una larga “camachina” (aconsejar), dándome consejos. Luego puso sus manos sobre mi cabeza y frotó con fuerza mis cabellos.

Me desnudé completamente y besé las manos de mi padre y de mi madre Huaorani y de mis hermanos, reafirmando que somos una verdadera familia. Comprendí que debía despojarme del hombre viejo y revestirme más y más de Cristo en estas Navidades. Todo se desarrolló en un ambiente de naturalidad y emoción profunda, tanto para ellos como para mí, sin poder adivinar todo el compromiso que este acto puede entrañar para todos.

Me vestí de nuevo y ellos comenzaron a preguntarme cómo se llamaban mi padre, mi madre, mis hermanos. Esto me sirvió para decir los nombres de mis padres y hermanos, añadiendo que, además, ahora les tenía a ellos de padre, madre y hermanos.

Fueron ellos los que me hicieron caer en cuenta del parecido de los nombres de mis padres con los suyos:

Ignacio / Inihua; Paula /Pahua

Cuando llegaban otras familias noté que Inihua les describía lo sucedido y volvían a preguntarme los nombres de mis padres y hermanos.

Una digresión de Misionología.

Posteriormente llegué a reflexionar sobre este acto, pensando los pros y los contras: Para mis Superiores y futuros misioneros en estas circunstancias quiero consignar mis opiniones, sobre todo para los primeros, a fin de que juzguen si estuve acertado o equivocado:

Temí ser un rechazo para la cultura y costumbres Huaorani si me manifestaba demasiado rígido; por eso juzgué un deber el manifestarme y comportarme con toda naturalidad, igual que ellos, aceptando todo, excepto el pecado. Veamos un caso práctico: Me quedé sólo con la ropa puesta y llegó un momento en que no podía aguantar por el sudor y la suciedad. En esas circunstancias, comprendí que el misionero, si le toca andar por la selva con ellos, debe andar igual que ellos para poder vestirse cuando llegue la ocasión del frío de la noche. ¡Dichosos los misioneros que tengan la piel tan curtida que puedan aguantar el trato de la selva tropical!

Comunicación de costumbres.

La forma de vida expuesta anteriormente opino que será por poco tiempo, porque noto una gran diferencia en ellos desde mis primeras entrevistas hasta esta mi última visita.

Sin nosotros haberles indicado nada, puedo anotar estos cambios:

– Anteriormente eran los mayores los que nos desnudaban para satisfacer una curiosidad natural; en esta visita, cuando dos adolescentes y niños pretendieron hacer lo mismo fueron los mayores quienes les impidieron exigirnos eso.
– Una vez llegados a la casa y vestidos sus pantalonetas, todas las personas mayores permanecieron vestidas durante todo el tiempo.
– Una mujer que nos visitaba en el campamento pidió, cuando llegaba el helicóptero, una camisa para ponérsela antes de ir a saludar al capitán piloto; luego devolvió la camisa.

¡Bendito nudismo de los Huaorani, que no necesitan trapos para salvaguardar sus normas de moral natural! ¡Ay de la moralidad de otras civilizaciones cuando se apoyan tan sólo en la ligereza de un bikini o en la elegancia de una maxi!

Con las cerbatanas listas.

A media mañana todos, grandes y pequeños, se pusieron en movimiento. Dos hombres cogieron sus hermosas cerbatanas, de más de tres metros de largura y perfectamente trabajadas y se colocaron en dos lugares estratégicos de la chacra. Todos los demás, hombres y mujeres, salieron de sus casas para presenciar la escena; a juzgar por la mímica e interés de todos ellos, parecía que el éxito de la cacería dependía mucho más de ellos. Eran cuatro aves blancas, mayores que las palomas; les llaman "Yubuij". Durante mucho tiempo estuvieron revoloteando en torno a los árboles más altos de las cercanías de la casa, sin ponerse nunca al alcance de las cerbatanas.

Con la emoción de la escena, no se me ocurrió nada especial, pero después, reflexionando un poco "deseé" que fuera un símbolo de la infusión del Espíritu Santo sobre estos cuatro sub-grupos de Huaorani hermanos.

Observaciones.

– Me ha llamado poderosamente la atención el alto grado de cualidades humanas de los Huaorani: estuvieron sumamente amables, abiertos, alegres. El trato entre ellos aparece de igual a igual, sin la menor distinción de categorías sociales.
– "Buto qui" (esto es mío) tiene carácter sagrado, tanto para los mayores como para los niños.
 – Hospitalidad: Siempre que prepararon algo para comer me ofrecieron también a mí, igual que a los visitantes.
– Sentido de limpieza y el aseo: Los utensilios empleados los limpiaban cada vez; se lavaban escrupulosamente las manos antes y después de comer.
– Orden: Aparece cierto sentido del orden en la casa: fogón, hamacas, una serie larga de ollas de barro, aparte de las que ordinariamente usan.
– El fogón: Toda la vida familiar se desenvuelve en torno al fogón, que no se apaga nunca. La mayor parte de la carne y del pescado lo comen a la brasa.
– Cerbatanas: Las cerbatanas son lo más llamativo de su artesanía; son más largas que las históricas cerbatanas de nuestro museo de Pompeya; algo que valdría la pena de que no abandonen. Pero será algo difícil, ya que entró la tentación de una escopeta que llevaron de la Compañía.
– La vivienda: Es larga, y tiene dos puertas estrechas en los extremos, pero sin ventanas. Está cubierta de hoja sin tejer y de ínfima especie, ya que es incapaz de defender de las lluvias tropicales. Así se comprende el sumo interés de ellos por adquirir, a todo trance, una carpa familiar.
– Cerámica: No ví más que ollas de baja calidad, que se rompen al menor golpe. De aquí el deseo de las mujeres por conseguir ollas que no se rompan.
– Afición a la pintura: No sé cómo explicar la afición que tienen todos, especialmente los jóvenes de ambos sexos, en cogerme el lápiz y rayar los libros y cuadernos que encuentran a su alcance. Mando muestras de la afición de una de las jóvenes que más nos visitaba. De Deta recibí la tarjeta navideña más hermosa. Otro día me dibujó su árbol genealógico familiar. Para mí han sido dos manifestaciones excepcionales, ya que todos los demás se empeñan en describirnos los ríos, las montañas, las casas y los caminos de la selva.
– Familia poco numerosa: Las familias conocidas son poco numerosas; tan sólo una mujer tenía cuatro hijos. Los niños, muy simpáticos y muy abiertos, me cogieron una gran simpatía y confianza, con visible complacencia de sus mamás.
– Sentido religioso: Sin duda ninguna el canto rítmico de la noche tenía un sentido religioso. Puede ser que una de las más hermosas  “semillas del Verbo" esté oculta en esta tradición. También observé que, durante el día, la abuela Omare cantaba constantemente otras tonadas parecidas mientras tejía una ashanga o cestita. Ocurrió otro hecho muy significativo de lo que estamos hablando: Hacia las nueve de la mañana comenzó a soplar a lo lejos un gran ventarrón, amenazando una ligera tormenta. Toda la familia se puso en movimiento, tomando posiciones ya prefijadas, mientras en la casa vecina se oía un canto rítmico, cantado esta vez por Ompura, jefe de familia. Entre tanto, el joven me indicó que me pusiera el casco y también él se puso otro casco de los petroleros, obligándome a sentarme junto a él. Miraba constantemente de una puerta a la otra; al preguntarle yo qué es lo que pasaba me dijo dos o tres palabras, de las que tan sólo entendí  “omuya " que significa viento.

Peticiones: El domingo, 19 de diciembre, me dediqué a anotar las peticiones en orden de mayor demanda.

Las mujeres pedían:

ollas de tamaño mediano y pequeñas, tazas y cucharas,
vestidos para ellas y para los niños, agujas e hilos,
espejos.
Una me pidió collares. Esta misma anteriormente me pedía cerdos para la cría doméstica.

 
Los hombres pedían:

hachas, machetes y limas para afilar,
anzuelos con suficiente seda',
cartuchos para la única escopeta,
linternas y pilas,
animales domésticos: perros, con mucha insistencia y gallinas
y de árboles frutales pedían plantas de limón.
Antes de la llegada del helicóptero les prometí volver trayéndoles algunas de estas cosas y quedarme con ellos algunos días y noches.
  

Regreso al campamento.

Hacia las cuatro de la tarde llegaba el helicóptero de Ecuavía con el capitán John, acompañado del mecánico de la Compañía, quien nos tomó algunas fotos.

Mi llegada constituyó un acontecimiento para los obreros, y tuve que satisfacer muchas preguntas durante la cena. Como era domingo pensé invitarles a la Misa, pero me invadió una infección intestinal que me obligó a buscar la "omare " (selva). Cuando regresé la gente estaba acostada y yo tenía ganas de hacer otro tanto. Al día siguiente, lunes, hicimos una Misa de preparación para la Navidad.

Nuevas visitas.

Los dos días, lunes y martes, estuvimos acompañados del grupo de familias Cai-Huiyacamo. Estos eran los únicos del grupo que no estuvieron en la reunión de los Huaorani y por eso me pedían explicaciones de si dormí allí, a quiénes ví, que imitara el canto de "bara Pahua " y el de Ampuda; siempre celebraron con grandes risotadas mis sencillas imitaciones.

Viaje a Pañacocha.

El martes, día 22, hubo trasteo al nuevo helipuerto 34, 7, dirección sur. Yo regresé a Pañacocha para proponer mi plan de futuras visitas a los Aucas.

El Sr. Benissent me recibió con mucha amabilidad e interés y me prometió facilitar los viajes que necesite, mientras CGG esté operando en la zona. Disiente un poco de mi plan de proveerles de las cosas que piden, porque piensa que seguirán robando lo mismo. Acepto el ofrecimiento de nuevos viajes y comienzo las gestiones para que Monseñor y la Procura de la Misión puedan mandarme los obsequios.

Ayer me encontré en Pañacocha con el P. José Miguel, y hoy ha pasado conmigo, camino de Rocafuerte, la Hermana Carmen García. He disfrutado de la alegría del encuentro en estas fiestas de Navidad.

Mañana volveré al campamento, donde me esperan los trabajadores para la Misa de Nochebuena. Felices Navidades para todos los míos y para todo el mundo, especialmente para mis hermanos Huaorani.

Que esta Navidad de 1976 sea el alborear de una nueva vida en su historia por Cristo en el Espíritu. Amén.

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