III B

11 de diciembre de 1976.

Desde Coca se me comunica que la Compañía CGG me invita con urgencia para que vaya al sector Auca. Después de hablar con el Superior Regular y con Monseñor, hago los preparativos.

15 de diciembre.

En la canoa de la Marina llego, hacia las cinco de la tarde, a Pañacocha.
– ¡Corra, Padre!  –  me grita la Sra. Anita de Astudillo en el puerto.
– Le están esperando.

El P. José Miguel también está preparado para irse. Efectivamente, a los pocos minutos estamos volando en el helicóptero los dos Misioneros, el Sr. Jorge Viteri y el capitán piloto Tobos.

La gente del campamento B 1 está impresionada porque los Huaorani acaban de llevarse otra carpa grande.

El P. José Miguel se queda esta noche en el campamento, con el deseo de encontrarse con los Huaorani "amigos"; pero después de pasar todo el día siguiente en espera, tiene que regresarse sin verlos.

Tarjeta de identidad.

El día 17 de diciembre se nos presenta en el campamento toda la familia Cai-Huiyacamo. Todos me son conocidos y salgo a recibirles con grandes muestras de alegría. Ellos quedan como un poco sorprendidos, como si dudaran de conocerme. El Sr. Cai y la muchacha Deta se adelantan decididamente para desabrocharme del todo la camisa y chicos y grandes se ríen contentos de reconocerme: mi nueva identificación es la gran cicatriz de mi operación de hernia umbilical. El día en que José Miguel aterrizó inesperadamente en casa de los Aucas, le reconocieron también como hermano mío por las mismas identificaciones: cicatriz de hernia y lentes.

 Como experiencia nueva los Huaorani examinan repetidas veces los cuadros ilustrados de "Vivió entre nosotros". Cada vez que sale la figura de Jesús  les repito:

– Este es Jesús; su madre es María.

Los días 22, 24, 25 y 26 hemos tenido visitas de los hermanos Huaorani, con quienes hemos podido compartir los aguinaldos que la Compañía mandó a cada obrero: paquetes de galletas, caramelos y algún juguete.

Nochebuena y Navidad.

Los obreros han trabajado como en días normales. Por la tarde de ambos días han cantado a gusto los villancicos que hemos aprendido los días anteriores. Añoran grandemente las Navidades en el hogar y a muchos se les salen casi las lágrimas. La Misa de estos días ha sido un gran consuelo para ellos y para mí: Cristo en un día como hoy irrumpió en la Historia de la Humanidad. ¡Ojalá que este año irrumpa en la historia del pueblo Huaorani, comenzando el año primero de su historia cristiana, hasta llegar a su plenitud en Cristo, hecho Hombre para salvarlos a todos!

27, 28, 29 de diciembre.

Los Huaorani han dejado de visitarnos. La razón es porque vamos avanzando hacia el sur, hemos llegado al río Dicaron y ellos dicen que en esta zona están los Tagaeri, que son enemigos de ellos y con quienes están en guerra.

30 de diciembre.

Llego a Pañacocha para hacer el plan de visitas a las casas Aucas, pues me han notificado que ya están ahí los obsequios mandados por la Procura de la Misión en Quito y por el Hermano Felipe de Coca. Efectivamente, los obsequios son muy buenos: ollas, machetes, limas, anzuelos, sedal, vestidos de mujer...

Año Viejo de 1976. Año Nuevo de 1977.

Por la mañana tengo que intervenir para animar a los padres del quichua Néstor Lanza Coquinche, Julio Miguel y Catalina, para que envíen a su hijo a Quito: El P. Manuel ha remitido la radiografía de su pierna rota, la Compañía le ofrece facilidades, pero los padres no quieren mandarle. Por fin se animan y sale en avión con el Dr. Gómez de la Torre, que se encarga de internarle en el Hospital Eugenio Espejo de Quito.

Por la tarde comenzamos a planear una Misa de Año Nuevo en este campamento de Pañacocha, pero llegan informes de otro equipo situado a unos 40 kms. al norte del grupo en que yo estaba y avisan que los Aucas se han hecho presentes, llevándose muchas cosas.

Los jefes de la CGG se van poniendo nerviosos y preocupados, y me ofrezco para que me lleven a esa nueva zona, para averiguar si son los mismos u otro grupo distinto de Aucas.

Concretamos el plan de vuelo hasta las casas Aucas, donde pasaré dos días, y a última hora de la tarde aterriza el helicóptero en el equipo de taladro P 7.

Por los informes que recojo se trata del mismo grupo: Han venido "mi padre" Inihua, Peigo y otro que no pudieron identificarme. Los obreros de este equipo me agradecen vivamente la visita y las Misas de Año Viejo y Año Nuevo.

El día de Año Nuevo debería haber venido el helicóptero a recogerme y llevarme a las casas Huaorani, pero no llegó.

Primera visita del año.

Día 2 de enero de 1977. Hacia las nueve de la mañana llega el capitán piloto Botero para llevarme a las casas Aucas.
– ¿Hacia dónde, Padre?
– A las casas de los Aucas.
– ¿Sabe usted la dirección?
– Sí; siga hasta el helipuerto 34, 6; vire al oeste y a unos tres minutos de vuelo podremos ver las casas,

 
Así fue, en efecto. Pero ¡qué sorpresa!: Ha desaparecido la carpa y la casa de "mis padres" está abandonada.
– Aquí no se baje, Padre; no hay nadie,

Vamos a dar unas vueltas. Vemos otra casa; hay gente.
– Déjeme aquí –  le digo al piloto.
– No se puede; está peligroso para aterrizar.

Entre tanto ya estamos de nuevo sobre la casa abandonada:
– Ahí estaba la carpa y ahí está el helipuerto hecho por los mismos Huaorani  – me dice el piloto.
– Sí, sí, así es. Déjeme, pues, aquí.–  En este momento aparecen junto a la casa dos hombres, que nos hacen señas para aterrizar.
–Ya les conozco.  Son Peigo y Araba.


Ya he bajado las cajas de obsequios y
– Bueno; buena suerte, Padre. ¿Cuándo regreso? ¿Esta tarde?
– No; el día 4 por la tarde.

Mientras el helicóptero se aleja, Piego y Araba me ayudan a llevar las cosas al bohío abandonado; allí, se precipitan a abrir las cajas, cogerse las cosas mejores y correr a ocultarlas en la selva antes de que vengan otros.

No tardan en llegar Huane, Huimana, Quemomuni, Yacata y otros. Las cosas han desaparecido como por encanto, pero todos están muy contentos y se ve que quieren ir pronto a sus respectivas casas con los regalos. Peigo y Araba me indican que les siga selva adentro, mientras que los otros siguen diversos senderos.

En la carpa de Ompura y Buganey.

Impresionante este avance por la selva hacia lo desconocido. Después de andar dos o tres kilómetros, nos encontramos un hermoso yucal y, a un ladito, medio oculta en la selva, la carpa de Ompura, el "Tuerto".

Al entrar en la casa hay gritos de alegría, apertura de obsequios, relato de las vueltas que ha dado el helicóptero, cómo crujían los motores, cómo manipulaba el "otro capitán"; en fin, toda una fiesta.

Buganey y su hija se han vestido los mejores vestidos de mujer y al parecer se sienten muy felices. Después de unos tres cuartos de hora Peigo y Araba emprenden el viaje a su casa, que debe estar bastante lejos, dejándome solo son la Sra. Buganey y sus hijos, pues Ompura está de cacería y no regresará hasta el atardecer.

Actitud abierta de la Sra. Buganey.

Me sorprende la actitud nada tímida y abierta de la Sra. Buganey y de sus pequeños; la mayor de ellos, Conta, es una niña encantadora y suave, que tiene unos ocho años.

Las horas van pasando entre preguntas, risas y juegos de niños. El calor asfixiante del mediodía arrecia y Buganey se desviste con toda naturalidad; con el pequeñín y Conta se va a la fuente a traer agua y bañarse. Yo me quedo con los otros dos niños.

 Esta vez traigo una inquietud: ver cómo puedo hacer para integrarme en una familia Huaorani. La ocasión se me presenta al regreso de Buganey, cuando ella coge el hacha para ir a hacer leña para su fogón. Me ofrezco para ayudarle y ella acepta con naturalidad señalándome el tronco que tengo que partir. Después, viéndome todo sudado, me hace ademán de que puedo ir a bañarme.

Me cambio de pantalón delante de ella, como ella ha hecho antes delante de mí, pero con la diferencia de que me quedo con la pantaloneta de baño y me falta la sencillez, la seguridad y confianza que ella ha demostrado tener antes en sí misma y en mí. Invita a sus niños a acompañarme al baño y nos encarga la ollita para traer el agua.

En la fuente me decido a imitar a Buganey, desnudándome y haciendo que el niño mayorcito me eche el agua para refrescarme; después yo lo hago con los dos niños, mientras la angelical Conta contempla sonriente la escena.

Llega el esposo.

Ompura viene con tres ardillas y una lora que ha cazado con la cerbatana. Se alegra de verme y escucha todo el relato que le van haciendo al mismo tiempo la señora y los hijos. Examina los obsequios mientras la señora destripa las ardillas y cuidadosamente coloca sobre las brasas los menudillos. Pocos minutos después están comiendo los embutidos naturales de ardilla, mientras todo lo demás lo han puesto a cocer dentro de la olla.

Otra vez el helicóptero.

Después de comer buenos trozos de carne de ardilla y de beber caldo de ardilla, Ompura se pone en movimiento para prepararme la cama. Le hago desistir de tumbar una chonta, dándole a entender que me basta con el plástico, las dos mantas y el mosquitero.

Cuando todo estaba listo, serían las cinco de la tarde, comenzó a oírse el helicóptero que venía en dirección a las casas. Todos se pusieron en movimiento para preguntarme si venía a llevarme. Yo les decía que no, pero de hecho aterrizó en el bohío abandonado de la mañana y apagó los motores.

No cabía duda, venían a buscarme. Por eso recogimos las cosas para emprender la marcha de tres kilómetros hasta el helipuerto. Ompura se quedaba en casa.

Buganey se puso a la cabeza de todos, cargada con el pequeño a la espalda, una shigra en la cabeza y otro niño del brazo. Detrás venía yo, seguido de Conta, que lleva en la espalda un mono maquisapa y mas atrás el niño mayorcito.

No habríamos andado medio kilómetro, cuando el helicóptero prendió los motores, sobrevoló sobre nosotros y se alejó. Buganey me dio a entender que debíamos seguir adelante, y cuando, pasada una pequeña quebrada, subíamos la pendiente, el maquisapa dio un grito y se soltó de Conta para subirse a un árbol. Me dieron a entender que el mono había olido al tigre y tuvo miedo. Buganey habló suavemente al animal desde el pie del árbol; éste se decidió a bajar y caminó unos 20 metros de la mano de la Sra. Buganey, quien de nuevo lo confió a su hija Conta. El manto de la noche se cernía sobre el abandonado bohío cuando nos acogió en su soledad.
  Buganey preparó el fogón, extendió las hamacas y me señaló mi puesto, el mismo donde dormí la primera vez. Al poco tiempo se presentaron jadeantes Peigo, Araba, Quemomuni, Huane, Yacata y, por fin, el esposo de Buganey. Este, sin duda para tranquilizarme, me dice que mañana vendrán "mis padres" y que todos dormiremos aquí.

La vigilia.

La noche estuvo muy animada con relatos, cuentos y gritos. Esta noche tomó muchas veces la palabra Buganey, ora refiriendo los acontecimientos del día, ora otros relatos que no acertaba a distinguir, pero que todos escuchaban con mucha atención, celebrando a veces alborozados sus gracias. A media noche, por la madrugada y al amanecer entonó y cantó las letanías su esposo Ompura. También me invitaron a cantar e intenté aprovechar cada oportunidad para hacer de mi canto una oración.

Recibo a "mis padres"

A media mañana del 3 de enero los Huaorani me advierten con todo interés de que "mis padres" están próximos a llegar y que salga a recibirlos. Esta vez salgo yo solo hasta las afueras de la casa para darles la bienvenida. Mi madre Pahua me saluda, hablándome emocionada, manifestándome la sinceridad de sus sentimientos maternales; mi padre Inihua, pocas palabras, pero un corazón muy acogedor.

Posteriormente llegan Nampahuoe, Cai y otros.

 Un baño de sudor.

Por la tarde me dediqué a hacer leña y a traer agua. Cuando acabé la tarea mi cuerpo sudaba a chorros por todos los poros. Intenté coger mi toalla para secarme, pero Peigo me pidió que esperara. Corrió donde Teca, le cogió el niño de sus brazos y me lo restregó fuertemente, pecho con pecho, espalda con espalda, con visible aprobación de la madre y protesta airada del pequeño, que debió sentirse abrasado por el sudor ardiente de mi cuerpo.

Otra vigilia.

El bohío está repleto de gente; arden cuatro fogones, que mantienen el calor de la tertulia familiar. Esta noche van interviniendo, desde sus respectivos ángulos, Pahua, Buganey, Teca; mejor diría que todos intervienen a la vez.

Es noche de luna, y hacia las nueve se oyen voces lejanas desde la selva: son Huane y los jóvenes, que llegan con su botín desde el campamento de la Compañía. A su llegada se completa una increíble algarabía, pues todos hablaban del acontecimiento, refiriendo hasta en sus mínimos detalles todo lo sucedido. Hasta bien entrada la noche se prolongó el bullicio.

Nuevo bautismo de sudor.

Paso el día 4 de enero en espera del helicóptero, que no llegó. Los alimentos escasean, pues nadie salió estos días de cacería ni pesca, a pesar de que ahora tienen muchos anzuelos y abundante sedal.

Por la tarde me dedico a mis tareas de hacer leña y traer agua para los tres fogones de la casa. Y, como siempre, estoy sudando a mares. De nuevo se repite la escena de secarme el sudor con tres niños varones; no sé si por secarme a mí para que nada me haga daño, o por el contrario, para hacerles partícipes a los niños de alguna virtud especial. Se advierte el cansancio en la asamblea, y, sobre todo, la falta de alimentos es grande: todos nos mantenemos a base de plátano muy verde, desleído en agua (chucula), algunas semillas de chontaduro y chupando caña de azúcar. Comienzo a preocuparme, sin acertar qué partido tomar al haberme fallado el helicóptero y desconocer por completo la razón. La noche se pasa más calmada, aunque no faltan los gritos, cantos y letanías, tanto de ellos como míos.

 Esperando al helicóptero.

El día 5 amanece lloviznando y con neblina baja. Mi dilema es: irme por la selva o esperar que algún día venga el helicóptero.

Intento convertir a los Huaorani en mensajeros, escribiendo una carta para que me la lleven al campamento; pero, sin podérmelo explicar, no se atreven. Interviene mi madre Pahua con un consejo maternal:

–No te vayas. Estás bien aquí.

Decido esperar este día y, si no llega el helicóptero, salir mañana por la selva hasta el campamento, guiado por los Aucas.

Una caída y mi cirineo.

Ha llovido y la tierra está resbaladiza. Cuando estoy realizando mis tareas y casi en la cima de la pendiente con el caldero de agua en el hombro, me resbalo y caigo, bañado en sudor, agua y barro.

Pacientemente subo por segunda vez hasta el mismo sitio e invito a Araba, que me acompaña, para que se me adelante y me coja desde arriba el caldero de agua. Así tuve éxito, y pensé haber encontrado mi "cirineo".

Comediante y niño.

Como otros días, me dedico a ratos a ser niño entre los niños y comediante entre los grandes. Tengo que cantar "como cantaba mi padre, mi madre, mis hermanos". Por cada uno busco en mi repertorio cantos distintos: Agur Jaunak, Aurtxo txikia, Sachapi canquimi, salmos. Otras veces tengo que imitar el ladrido del perro, el canto del gallo, etc, y cuando tengo algún éxito lo tengo que repetir varias veces. Este día tengo mucha fortuna con los ejercicios físicos de yoga y fisioterapia que me enseñó la Hna. Carmencita García para aliviar mi artrosis cervical.

Por la tarde se marchan todos, excepto las familias de Inihua y Ompura. Por la noche hubo mucha calma, tan sólo interrumpida por los consabidos cantos litánicos de Ompura y Peigo.

Una batalla a ganar.

Peigo se quedó, al parecer, sin hamaca y se acercó a mi cama. En días anteriores le había rechazado, pues le temía por sus ademanes e intentos provocativos homosexuales.

Esta vez tuve otra comprensión del "aceptar todo, excepto el pecado" y compartí la cama acostándonos desnudos bajo el mismo mosquitero. Este inquieto y rebelde líder me pareció un niño grande, necesitado de comprensión y amor. De todos modos, se durmió plácidamente, arrullado por una oración: "Que el Señor nos bendiga, nos mire con misericordia y nos libre de todo mal. Amén".

6 de enero de 1977.

Peigo ha madrugado pidiendo a su madre "cuñi" para beber; es una bebida parecida al yagé o yocó de cofanes y secoyas. Después ha cantado una larga serie de letanías semitonadas.

A pedido de ellos también yo canto algo y hago mi "chivo" (alijo) con el plástico, una manta y el mosquitero. En la "digintai" o shigra meto mis cuadernos, el pantalón y la camisa para poder salir a la civilización. Tomo una tacita de chonta desleída que me ofrece cariñosamente mi madre; me despido de las dos familias y nos ponemos en camino hacia el oriente. Vamos Peigo, Araba y servidor. Los tres llevamos botas de agua y pantaloneta, y yo el Cristo al pecho. Araba toma mi "puñuna" (cama) y yo echo la shigra al hombro.

La mañana está fresca y con neblina. Al adentrarnos en la selva, doy una bendición a la casa mientras entonó "Agur Jaunak", seguido del "Sachapi canquimi". Los caminos son buenos; trazados maravillosamente por una cultura selvática, milenaria, y avanzan serpenteando colinas y salvando aguazales.

Agotamiento físico.

Después de unas tres horas de andadura comienza a abatirme un gran agotamiento físico, que me obliga a frenar mucho la marcha. Nuestro capitán, Peigo, se impacienta, sin poder comprender lo que me pasa. El se adelanta, desviándose a dejar un fardo de cosas en su casa, que no debe de estar lejos.

Descanso un rato, y cuando nos alcanza Peigo reanudamos el viaje. Las lomas son muy pronunciadas y frecuentes y mi cuerpo es ya una piltrafa: calambres a las piernas, mareo de cabeza, arcadas; tropiezo frecuentemente, caminando como sonámbulo.

En una de las subidas me arrecian los calambres, hasta hacerme exhalar un lamento, y al poco tiempo vomito bilis. Tengo ganas de dar por terminada la jornada, de descansar para reanudar la marcha al día siguiente, pero mis guías no quieren saber nada de eso. Peigo, impaciente, opta por adelantarse hacia la Compañía, quedándome con Araba y Nampahuoe, que nos ha dado alcance a medio camino. El resto de la senda es para mí un verdadero calvario. Mis dos expertos guías Huaorani se convierten en incondicionales cirineos de mi peregrinación. Nampahuoe se ha hecho cargo de mi shigra; me quitan las botas para que pueda pasar sin caerme en los puentes improvisados sobre los ríos; o me dan la mano; o me alargan un palo. Cristo hace resaltar mi debilidad para que brille más la fortaleza de su actuar en ellos.

Un encuentro en plena selva.

No debían faltar muchos kilómetros cuando Nampahuoe decidió adelantarse también. Mi joven cirineo Araba estaba cada vez más incondicional, visiblemente emocionado por mi situación. Se multiplicó ingeniándose para hacerme cruzar el río Cahuimeno, de unos 15 metros de anchura, por una conexión hecha sobre dos árboles caídos en el río.

Al poco tiempo sonó a nuestras espaldas:

 – Amigo, amigo...

Pensé que empezaba a delirar, pero era realidad: Allí apareció la silueta delgada y ágil del "Basa jaun" José Miguel, acompañado del catequista de Pompeya, Mariano Grefa y guiados por mi padre Inihua. Habían aterrizado en las casas Aucas pero, al no hallarme, decidieron seguirnos por la selva.

José Miguel me expone su proyecto de bajar por el río y me entrega una carta, impregnada en sudor, de mi sobrina María Dolores. En medio de la alegría del encuentro, nos hallamos perplejos, sin saber qué partido tomar, sobre todo por mi estado de agotamiento. Hemos llegado a una trocha abierta por la Compañía; los guías afirman que estamos cerca. ¿Cuánto será cerca? Puede que sean cinco kilómetros; pero animado por el encuentro voy caminando, aunque con gran dificultad. José Miguel, Mariano e Inihua se adelantan, porque el sol está llegando al cenit y quieren regresar de nuevo al bohío de partida. No hay tiempo que perder. Son sólo unas tres lomas; la última muy pronunciada. Me repiten los calambres y náuseas y me siento a descansar, pero mi paciente hermano Araba, al ver que tardo demasiado baja, me habla animándome y hace que yo apoye mi mano sobre sus espaldas ayudándome a subir la última colina. Poco después escuchamos

los gritos del campamento, donde todos, misioneros, Huaorani y cocineros de la Compañía nos acogen con entrañas de madre y café caliente y alimentos.

Regreso de José Miguel.

Mientras yo me quedaba en el campamento, José Miguel, Mariano y los cuatro guías Huaorani se volvieron al bohío. A la mañana siguiente debían regresar por el mismo camino, con intención de hacer una balsa y bajar, José Miguel y Mariano Grefa, río abajo, hacia Rocafuerte, desde donde subiría a su encuentro con un motor nuestro Superior Regular, P. Amunárriz. No sé cómo le fue al P. José Miguel esa noche; lo que sí sé es que le quitaron la mayor parte de las cosas y que anduvieron, entre el día 6 y la mañana del 7, unos 60 kms. de selva.

El campamento de la Compañía se había trasladado a otro helipuerto, cinco kms. al sur, a la orilla de otro río. Pero José Miguel no quiere desistir de su proyecto de viaje y pide algunas cosas imprescindibles a Pañacocha. Desde Pañacocha le proveemos de lo que pide: hacha, machete, olla, linterna, pilas, sedal para pescar, alimentos y chicha.

Completando la hazaña de Orellana.

José Miguel y Mariano salieron en una balsa, para completar la obra de Orellana. Después de una prolija investigación de rumbos, números, mapas y planos de la Compañía, los ingenieros y pilotos me dicen que están seguros de que ese río es o le lleva al Yasuní. Punto aproximado de salida es: Meridiano 76, 14 oeste y latitud sur 0, 55. Coincide en la geografía, señalado con el nombre de río Yasuní. Era el día 9 de enero de 1977. Que el Señor desbroce los caminos para la evangelización de los Huaorani. Amén.

Entre tanto, desde el día 7 estoy en Pañacocha, reponiéndome, redactando estas notas y planeando futuros acontecimientos.

EXPERIENCIAS Y REFLEXIONES

1. Abandono y cambio de vivienda.

No pude determinar por qué motivos han abandonado el bohío, cambiando susviviendas. ¿Desconfianza? ¿Paso de una trocha por sus cercanías? Como en anteriores ocasiones, nunca me dejan solo: niños o grandes me acompañan a todas partes y siempre. ¿Es cortesía?

En mi primera visita no vi una sola lanza en casa: ahora, en ambas casas, en la de Ompura y en el bohío abandonado, las lanzas están colgadas a la vista de todos, unas diez o más en cada casa. ¿Es signo de confianza?

2. Actitud abierta de Buganey.

Me pareció un signo muy positivo para la evangelización. Estuvimos solos con sus hijos unas cuatro o cinco horas: siempre se desenvolvió con naturalidad espontánea y alegre y gran seguridad personal.

– me cede la hamaca del esposo junto al fogón.
– me brinda su comida y bebida.
– examina con mucho interés y haciéndome preguntas el libro

   "Vivió entre nosotros".
– acepta mis servicios.
– me dirige por la selva.
– me confía los niños para el baño.

3. Integración en la familia.

Me preocupa una idea: ¿Cómo se podría organizar una misión entre los Huaorani?

– Rechazo por imposible una residencia establecida al modo ordinario de nuestra Prefectura.
– Me parece que lo ideal sería integrarse en una familia Huao. Pero, ¿cómo? Dos requisitos serían fundamentales: ser útil en algo material y ser aceptado por ellos. Buganey me da oportunidad de comenzar a descubrir una pista: Cuando coge el hacha y se va a hacer leña, me ofrezco a ayudarle. Ella, sonriente, acepta mis servicios de leñador y aguatero. Además, noto que le explica al esposo, quien escucha complacido lo de la leña, el agua y el baño con sus hijos.

Por esto, al día siguiente, tomo a mi cargo estos oficios en casa de mis padres y en otras familias cuando se me ofrece oportunidad.

Anteriormente he dado a entender que la comunidad ha aceptado muy bien esta manera de integrarse, ¿cómo explicar esto? ¿Sería posible una forma parecida de integrarse una misionera, lavando ropa, cosiendo, curando?

 ¿No sería mejor un matrimonio misionero que viva entre ellos y como, ellos?

¡Señor, descúbrenos los caminos e infunde tu Espíritu sobre los elegidos!

4. Moral natural y pudor.

La realidad prevista en mis anteriores notas la he vivido intensamente desde el primer día en que me quedé sólo con la ropa puesta y una pantaloneta de baño. Dedicado a los trabajos; sentándome, como ellos, en el suelo no siempre limpio; decidido a guardar mi pantalón y mi camisa para cuando tuviera que salir a otra cultura; sudando constantemente, pronto mi prenda interior fue una ofensa ante la maravilla de la obra de Dios en mi cuerpo y una indecencia para la convivencia entre los Huaorani.

5. Cingulum puritatis.

Un día, contra lo acostumbrado, me dejaron ir solo cuando me dirigía a bañarme en el riachuelo. Aproveché para restregar mi prenda interior en el agua, pues no había jabón y, juntamente con las medias y la toalla, la puse al sol, mientras sentado a la sombra me dedicaba a mis reflexiones sobre san Pablo: "Desnudémonos de las obras de las tinieblas, vistámonos de la armadura de la fe y andemos como en pleno día, con dignidad". Poco duró mi soledad. Casi inesperadamente se me presentaron dos familias, guiadas por Peigo. Tomaron como la cosa más natural que yo estuviera así.

Lo siguiente no fue buscado pero sí previsto y deseado alguna vez: Peigo, tomando la iniciativa, me dijo:

– Te falta el gumi (ceñidor de algodón con que ellos se sujetan el pene).

Buscó presto un ceñidor y me impuso mi "cingulum puritatis".

– Ahora sí; vamos a la casa-- me dijo.

Yo pretendí coger mi ropa, pero Peigo insistió en que no estaba seca y que volveríamos después. Así entramos todos en la casa, sin que al parecer nadie se extrañara ni se creara problemas.

Si los Huaorani roban ropas, no es por sentido de pudor ni para cubrir "sus vergüenzas", según afirmaciones poco afortunadas de otras culturas; sino por necesidad contra el frío ocasional, o novedad, o algunos otros motivos.

 Así también el vestirse, para ellos, será muy ocasional. Por esto creo que Dios ha querido guardar en este pueblo la manera de vivir la moral natural como en el Paraíso, antes del pecado.

6. Hábitos morales.

 Fue otro de los convencimientos personales de esta experiencia: Nada haríamos con vestir ropas a los Huaorani, sin antes hacerles comprender que deben rectificar lo malo que, por fragilidad humana, se haya introducido en su cultura. Y para esto será preciso siempre partir de las circunstancias condicionantes de la misma y de las costumbres. En este punto observé la facilidad, o mejor la práctica casi generalizada como algo ritual, de excitarse entre los varones frecuentemente y siempre que hacen sus necesidades; amén de otros juegos de aspecto homosexual en sus largas tertulias familiares.

Partir de su realidad me pidió bañarme con ellos o como ellos, o a la vista de jóvenes y niños, con toda naturalidad; intencionadamente hacer el aseo completo de varón adulto; permitir satisfacer la natural curiosidad de tocar y ver en lo que nos ven distintos, como, las partes vellosas del cuerpo. Pero ahí precisamente se me ofreció la ocasión de dar una lección, cuando uno de los adolescentes quiso excitarme y lo impedí con sonriente energía. El mismo me pidió a continuación que, al menos, lo hiciera personalmente ante ellos.

– ¡No, no; wi waimo imba! – fue la respuesta. – ¡No, no; eso no es bueno!

Al regreso al bohío cada uno de los espectadores contó a chicos y grandes lo sucedido y me remedaban diciendo:

--¡No, no;  wi waimo imba!

7. Moral femenina.

En contraste con lo anterior, la situación moral de la mujer la he visto milagrosamente revestida de dignidad y protección social de su propia cultura. Es realmente la reina del hogar, respetada y amada, adornada de una seguridad interna personal, que aparece en todo momento, de que ella tiene su puesto junto a su esposo, que nadie la puede desear u ofender de hecho ni de palabra. Aunque las tertulias y los juegos sean en su presencia, nunca toman parte ellas, ni se ven requeridas a ello por los varones. Ella se dedica a sus trabajos con admirable seguridad, acompañada de sus hijas, a quienes no abandona en ningún momento.

Observé, en cambio, que en las largas veladas nocturnas, en que se cuentan historias, cuentos y chistes, tomaron parte muy activa e inteligente, tanto mi madre Pahua, como Buganey y Teca, a quienes los varones escuchaban atentos, celebrando satisfechos sus gracias. Hablaban desde la hamaca, colocada en sus respectivos ángulos familiares.

Creo que estos momentos pueden ser de extraordinaria oportunidad de evangelizar al pueblo Huao por la participación misionera femenina.

8. Mea culpa.

Confirmando todo lo anterior, tengo que confesar "mea culpa":

Un día me disponía a salir por la estrecha puerta del bohío, cuando desde fuera entraba Buganey con un pequeñuelo. Me retiré un poco, con deferencia, hasta que ella entrara, y con el mismo afán de deferencia, instintivamente apoyé mi mano en su hombro. Pero ella rechazó con energía mi gesto, obligándome a aceptar con humildad mi equivocación.

Dentro de la cortesía Huao están de más todos estos signos; lo que vale es la naturalidad.

9. Lección de geografía ecuatoriana.

Uno de los días extendí ante ellos el mapa de Ecuador y me esforcé en explicar su ubicación, la de Coca, Pañacocha, Limoncocha y Nuevo Rocafuerte. Quise hacerles comprender que podríamos comunicarnos por el río Dicaron cuando se fuese la Compañía, porque nosotros vivimos en Nuevo Rocafuerte. Creo que comprendieron la idea por los comentarios que suscitó. Pero me llamó poderosamente la atención la observación de la inteligente Buganey:

–Ten cuidado;  porque los Tagaeri  viven ahí y te pueden matar con lanza.

 
10. "Buena Noticia".

Otra de mis preocupaciones: ¿Cómo dar a entender con el mensaje de la palabra la Buena Noticia, cuando desconozco completamente su lengua? El crucifijo colgado de mi cuello ha sido uno de los medios.

– ¿Qué es esto? –  preguntaban.
– Este es Jesús.  Su madre es María.  – Y besaba el Cristo.
– ¿Qué es esto?  – repetían otros.
– Es Jesús. La madre, María.  –  les repetía en Huao.

Mientras, queriendo completar el mensaje que, espero, el Espíritu Santo les haga entender, añadía en otras lenguas, como quichua, euskera, castellano:

 – Murió  por nosotros en la cruz; resucitó y vive en nosotros.

Una vez quise decirlo en chino y me trabuqué de palabras; quizás fue la vez que más me acerqué a decir algo que se pareciera al lenguaje de los Huaorani.

11. ¿Aceptación consciente de Cristo?

Me quedó la sensación interior de que el Espíritu Santo había obrado en el alma del joven Araba. Un atardecer me buscó dentro del bohío y estábamos casi solos. Con especial insistencia me preguntó por el significado del Cristo crucificado. De pronto escuché muy claramente que me decía la palabra con que ellos designan al Creador, preguntándome si Jesús es el Creador. Casi sin darme cuenta afirmé mi convicción con un movimiento de cabeza. Entonces el joven, con especial reverencia, besó por tres veces mi crucifijo. Quise que me repitiera en Huao esa palabra "Creador"; no me entendió y se fue, dejándome profundamente emocionado y pensativo.

¿Aceptación inicial del Dios desconocido? Creo que sí, y esto hizo brotar una oración desde el fondo de mi alma.

PROXIMOS OBJETIVOS.

Durante estos días de permanencia en Pañacocha y en mi próxima estancia en la selva quiero determinar:

1.
La casa más cercana de los Aucas del lugar de donde ha partido José Miguel.

2. El helipuerto más cercano al mismo lugar y a la casa de los Aucas.
3. El río de más factible acceso a la casa y al helipuerto.

PLAN.

De acuerdo a los resultados que pueda obtener antes que la Compañía abandone estos lugares:

1. Hacer una casa junto al río.
2. Vivir algún día con esa familia Huaorani y volver con ellos a la casa, estableciendo así una intercomunicación.
3. Al marcharse la Compañía, poner a consideración de los Superiores las alternativas de evangelización de este grupo:

a. Quedarme solo, si veo factible la integración total en la familia de los Huaorani.
b. Caso contrario, buscar entre los catequistas quichuas una familia que quiera establecerse conmigo, viviendo en la casa junto al río y manteniéndonos de la pesca y la cacería hasta que podamos tener nuestra chacra (huerto familiar).


NOTA:
En cualquiera de las alternativas quedarían dos posibilidades de conexión con los Hermanos de la Prefectura:

1. el helicóptero.
2. el río Yasuní.

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