IV

Viernes, 14 de enero de 1977.

Después de una semana de descanso en Pañacocha, tratado a cuerpo de rey en la Compañía CGG, me conceden otro vuelo para las casas de los Huaorani. Salimos de Pañacocha con el piloto americano John Jarney a las dos de la tarde. El plan es dejarme en la casa más próxima al helipuerto, aquélla de donde partió la expedición anterior, exploradora del río Yasuní, compuesta del P. José Miguel Goldáraz y del catequista Mariano Grefa. Aproximadamente después de una hora de vuelo sobrevolamos la mencionada casa. No hay nadie y además vemos imposible aterrizar.

 – Déjeme, pues, en la casa de siempre  –  le dije al piloto.

Y el helicóptero, convertido esta vez en una verdadera Arca de Noé, se dirigió a la conocida casa de mis padres Inihua y Pahua. Salieron a recibirnos Huimana, vestido casi como gente de la Compañía, con pantalón largo y camisa, su esposa Teca, desnuda, con el chiquito en brazos y mi madre Pahua, con vestido largo de mujer, pero que al sentir el vientos fuerte del helicóptero se lo recogió desde la orla inferior y se lo subió totalmente hasta taparse la cara.

Promoción humana.

Este vuelo podemos calificarlo como de promoción humana, pues tiende a ayudar la vida de los Huaorani a base de las necesidades sentidas por ellos.

Con una nota de envío firmada por Monseñor, comenzaron a salir del helicóptero:

–dos perras, un perro mediano y uno pequeñito,
–8 gallinas y 4 gallos,
–semilla de maní,
–toronjas agrias y aguacates,
–tomates,
–un melón.

Todo esto fue recibido entre gritos de júbilo, palabras inarticuladas y asombro por parte de los Huaorani. Pahua se sintió en el deber de proferir una especie de sortilegio continuado, que hacía repetir a todos los circunstantes.

Mi tarea

Mientras permanecían en su asombro comencé la tarea. Había hecho un calor extraordinario, 38 grados en Pañacocha. Los animales, después de varios días de viaje y mal comidos, corrían gran peligro. Saqué los perros de su jaula. Pahua insistió en que les presentara a los perros. Accedí:

 – Hermanos animales, – dije  –aquí están mi madre Pahua y demás hermanos Huaorani. Os traemos aquí para que les ayudéis en la cacería, guardéis sus casas y los protejáis de los animales dañinos.  Creced y multiplicaos.  Amén.

Y salieron las gallinas y los gallos. No sé si cambié el orden de la creación. Les di a beber agua, que devoraron con desesperación.

Entre tanto atardecía, y llegaron representantes de todas las familias. Se hizo un alboroto inenarrable: me pedían explicaciones de todo género, que procuraba satisfacer como me era posible, mientras hacía imposibles esfuerzos para aliviar el ahogo y la asfixia del gallo más gordo de todos.

Los nombres

El joven e inteligente Araba, mi compañero de fatigas anteriores, no me dejaba en paz.

–– ¿Cómo se llama cada uno de los perros?

Pues no había tenido la prolijidad de preguntar y había que pensar. Intenté ponerles nombres quichuas y no acerté. Entonces me salieron, todos seguidos, en chino: Pelku, Taku, Huanku, Shiasku.

Velada nocturna.

Ya conocen por otras descripciones las veladas nocturnas que se organiza el pueblo Huao a la luz y al calor del fogón. Esta noche la voz cantante la llevaron los jóvenes Araba y Quemomuni y este servidor, que tenía que repetir e imitar sus cantos, sus gritos y los de todos los animales de la selva. Me sentía verdaderamente rendido.
    
Compartiendo el calor corporal

Como se improvisó la dormida en el abandonado bohío, no había más que una fogata. Los jóvenes estaban tumbados sobre la desnuda tierra, tapados con una frazada. Yo era más afortunado: Tenía un plástico sobre unas tablas de chonta, una manta y un mosquitero. Terminada la velada y cuando ya me cogía el sueño me pidieron el plástico. Desde la una o dos de la madrugada en adelante fueron turnándose, viniendo a pasar ratos para dormir a mi lado; sentían frío y venían a calentarse con el calor natural de mi cuerpo. Y llegué a pensar que es hermoso compartir incluso el calor del cuerpo con el pobre.

Aizcolari y matarife

Entonado con la taza de chucula que por la mañanita me brindó mi madre Pahua, comencé mi tarea de leñador y aguatero. Hice leña y traje agua para las tres señoras, madres de familia.

El gallo negro seguía con la ronquera de la asfixia, sin poder incorporarse. Les convencí de que había que matarlo y desde luego no me costó mucho trabajo llevarles a esa convicción. Me dijeron que lo debía matar yo, y cumplí mi cometido ante la expectación de todos. Huane se encargó de desplumarlo. Pahua me lo hizo partir en dos grandes trozos y lo puso a cocinar.

Yo me preguntaba cómo se haría con tan pocas presas para tantos hambrientos. Pero no hubo problemas. Las dos presas fueron pasando de boca en boca con una velocidad vertiginosa y en pocos minutos los perros estaban gozando con los despojos del pollo.

Trueque de prendas

Terminadas estas tareas y el banquete del gallo negro, me fui a bañar, acompañado de Nampahuoe.

El anciano Nampahuoe no se bañó, pero tomamos juntos durante un rato el sol; charlamos otro rato a la sombra, y regresamos a la casa. Me habían cambiado la pantaloneta, ya que Huimana la consideró demasiado elegante para un pobre capuchino. Ante toda la asamblea me pidió que se la regalara, y como puse de pretexto que no tenía otra prenda, me sacó un calzoncillo sucio y roto e hicimos el trueque. Teca, su mujer y Omare dijeron que así estaba bien.

Un gran obsequio Huao

Hacia el mediodía llegó el helicóptero en mi busca. Al subir a él advertí que los Huaorani querían abrir las puertas de la bodega para meter de nuevo los perros. ¿No supe darme a entender que eran para los Huaorani? De nuevo les dije que todos esos animales eran para ellos y entonces Inihua mandó a Araba que corriera a la casa para traerme como obsequio una hermosa "umena" (cerbatana). Creo que este solo gesto basta para salvar a la expedición de ser calificada de "paternalista".

Helipuerto 34, 7.

Al aterrizar hay que satisfacer dos grandes curiosidades de los trabajadores de la compañía petrolera:

¿Cómo me han tratado los Aucas durante mi estadía entre ellos?

¿Qué es del P. José Miguel, que los dejó admirados de su valentía al lanzarse, a su parecer, a una aventura tan arriesgada?

15 de enero de 1977. Domingo

Hablo a la base de Pañacocha para que me manden el maletín para decir la Santa Misa a los obreros.

El Sr. Orozco me contesta:

–Hoy mismo le mandaremos. Tengo un comunicado para usted: Avisan de Coca que José Miguel ha llegado perfectamente a Nuevo Rocafuerte. Hizo el trayecto en cinco días.

Aplausos y palabras de asombro de los obreros ahogan las últimas palabras del locutor.

Uno de los obreros, vislumbrando todo nuestro éxito futuro para civilizar a los Huaorani, dice:

 –Padre: Ahora sí se jodieron los Aucas.

Experiencias  y reflexiones

En esta nueva experiencia entre los Huaorani salí más convencido de algunas de mis reflexiones anteriormente anotadas.
Como pensamiento especial, quisiera señalar que en algunos momentos me he sentido muy agradecido al Señor porque externamente quizás nunca me he sentido tan vivamente seguidor de san Francisco.

Pero otras veces tengo que pedir a Dios que me envíe su Espíritu para que internamente, en mi alma, tenga desprendimiento de mí mismo y me revista sólo de Cristo...
Además, veo que todo esto me cuesta poco, porque tengo UNAS SEGURIDADES GRANDES: ser atendido en mis necesidades,  reponiéndome todo con prontitud, etc, etc...

Mi pregunta es: ¿Y si Dios quisiera que yo me quedara entre ellos sin esas seguridades, al menos por grandes temporadas?
Pido humildemente al Señor que se digne manifestar su voluntad y que nos ayude a realizarla plenamente, con docilidad a su Espíritu.

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