EN RECUERDO DE MONS. ALEJANDRO LABAKA Y

LA HERMANA INÉS ARANGO

Antes de entrar en la reflexión en torno a la vida de Mons. Alejandro Labaka y de la hermana Inés Arango que le acompañó en su último viaje y en su muerte, permítanme recordar en estos días que hemos celebrado la fiesta de la Virgen del Carmen, a dos hermanos Carmelitas Descalzos enamorados de la Amazonía Ecuatoriana: a Mons. Gonzalo López Marañón, obispo emérito del vecino Vicariato de Sucumbíos, quien compartió con Mons. Alejandro muchas de las visiones pastorales y de las denuncias sobre los abusos contra los derechos humanos de las gentes del nororiente, que tuvo una visión similar del servicio y misión de la Iglesia y una misma esperanza en el futuro de la Amazonía; Mons. Gonzalo también ha tenido que sufrir su propio calvario; y a P. Jesús Arroyo, misionero carmelita que nos ha dejado de forma trágica en estos días. Son personas que, sin duda, están hoy día muy cerca del corazón de Mons. Alejandro. Recordemos también que la Iglesia está siendo fecundada por la sangre de nuevos mártires, como sucede en estos mismos días en Nigeria.

¿Qué podemos decir hoy sobre Mons. Alejandro 25 años desde su muerte? ¿Qué nos dice una mujer, Sor Inés, que con su muerte proyecta la luz de la santidad sobre toda su vida de entrega y búsqueda de los últimos? ¿De donde o mejor dicho de Quién sacaron fuerzas y valor Alejandro e Inés para enfrentar un viaje con la conciencia que la posibilidad de morir era real? ¿Cuales son sus mensajes y testimonios, que, un cuarto de siglo después, nos siguen interpelando y convocando al seguimiento de Jesús, el Señor, sin reservas ní medias tintas?

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Las respuestas a estas preguntas se encuentran en el concepto que Alejandro e Inés tenían de Dios (su teología) y de la persona humana (su antropología), que se fundamentan sobre dos puntales muy sencillos:

el amor de Dios: Dios ama a todos, Dios ama siempre, Dios no juzga con los criterios humanos, Dios no castiga, Dios es padre y espera a sus hijos, Dios se vale de las personas humanas para expresar su bondad, Dios no hace diferencias entre las personas y, si por alguien tiene preferencia, es por los últimos; este es el Dios que Jesús nos ha hecho conocer;

la dignidad de las personas: independientemente de su condición socio-económica, étnica, religiosa, de género y de edad, cada persona, por ser hija de Dios, sea este Padre conocido y aceptado o desconocido, tiene dentro de si semillas de bondad, generosidad, solidaridad, justicia, amor, creatividad e infinito.

Manifestar la verdadera esencia del Dios Amor, que actúa en su vida de los hombres y mujeres que buscan el bien, es tarea de los misioneros y misioneras. En este sentido todos los creyentes, clérigos, religiosos/as y laicos/as, tenemos la misma misión.

La voluntad de dar testimonio del amor de Dios y el esfuerzo por contribuir a la construcción de su Reino aquí en la tierra son importantes claves de lectura de vidas tan intensas como las de Alejandro e Inés.

Quiero presentar un pequeño testimonio y unas reflexiones sobre la vida, muerte y encuentro con el Señor de este obispo Capuchino y de esta religiosa Terciaria Capuchina; de este sacerdote vasco, que vivió 67 años, amigo de todos, especialmente de los más pobres y olvidados, de los pueblos y nacionalidades indígenas, de los campesinos y de los pobladores de las pequeñas ciudades de la provincia de Orellana; de esta hermana colombiana que pasó en el Ecuador los últimos diez de sus 50 años de vida, trabajando en Shushufindi, Rocafuerte, donde contactó a los Waorani y Coca.

Comienzo con algunos recuerdos personales. De Mons. Alejandro recuerdo sus manos grandes, campesinas, de trabajador, que acogían y rodeaban las de la persona que se acercaba, el porte imponente, la sonrisa franca, la mirada despejada y limpia. Recuerdo la acogida que brindaba sin reservas a todos quienes nos acercábamos a la casa de la misión, como buen seguidor del Pobrecito de Asís, San Francisco. Ahora que algunos pastores ponen el acento en su autoridad y dignidad sacerdotal o episcopal, es importante decir que Mons. Alejandro, como sacerdote y como obispo, las ejercía con absoluta naturalidad, sin complicaciones ni aspavientos, siendo simple y cordialmente bueno, como servidor de los demás.

Recuerdo su sentido de la gratitud: agradecía siempre a todos, por todo, a veces no se comprendía ní porqué; pero él expresaba su agradecimiento hasta por un saludo, una sonrisa, una mano tendida y mucho más por las colaboraciones que recibía.

Recuerdo sus visitas al FEPP de Quito, para tratar temas de pueblos y culturas, de tierras y territorios, de selva y de aguas, de organizaciones indígenas y campesinas, de capacitación y asistencia técnica, de producción y comercialización, de dignidad y libertad. En los diálogos con él, la preocupación por el bien de las personas primaba sobre los intereses económicos, lo que a menudo le causó problemas con las empresas extractivistas.

Recuerdo también que pocos meses antes de su muerte, cuando ocurrió el terremoto del Reventador de marzo de 1987, nos reunimos para coordinar acciones de ayuda y asistencia a la población de Orellana, que había quedado aislada y sufría por la falta de alimentos, la especulación, el olvido del estado y otras necesidades básicas insatisfechas. Mons. Alejandro quería al FEPP, la institución a la que represento, y nosotros quisimos también aportar humildemente nuestro granito de arena para resolver los problemas de las familias y comunidades de Orellana. Por su apoyo instalamos nuestra oficina aquí, en Coca, que ha ido creciendo y desde ese tiempo nos hemos sentido en comunión con el Vicariato de Aguarico. Ahora hay 24 personas del GSFEPP que trabajan en la provincia de Orellana.

Obispo de mochila y botas de caucho, caminante de la selva, no dudaba en empujar la canoa atascada, cuando tocaba, y sintió natural morir desnudo y presentarse así y herido por múltiples lanzas, como el propio Cristo, ante el Padre Dios.

Alejandro fue siempre y ante todo misionero, mensajero de la Buena Nueva y del Reino de Dios. En las lejanas tierras de China donde estuvo hasta ser expulsado por el régimen comunista y adonde siempre quiso retornar, en la parroquia de Pifo, donde dejó un recuerdo imborrable y en Aguarico, donde fue Prefecto Apostólico de la entonces prefectura entre 1965 y 1970, de nuevo misionero de a pie entre 1970 y 1984, cuando fue nombrado obispo del Vicariato. Sin la motivación y la práctica de las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y del amor, no puede entenderse a Alejandro. Sus acciones sociales, su compromiso con las nacionalidades indígenas minoritarias, su amor por los pobres sólo pueden entenderse como cumplimiento del mandato del amor a Dios y a los hermanos. Amor a Dios del cual se obtiene la fuerza para amar a los hermanos y hermanas, aun cuando no es tan fácil amarlos.

La participación en la última sesión (1965) del Concilio Vaticano II, en el tiempo que era prefecto apostólico, cambió a Alejandro y eso tuvo una gran importancia para el papel que él jugó en la nueva situación que iba a vivir la actual provincia de Orellana.

Con el boom del petróleo a inicios de los años 70, Alejandro tuvo una visión clara del cambio inevitable que venía a impactar de forma radical en la realidad vivida hasta entonces. Sabía que la llegada de las compañías y la apertura de las vías, sería seguida por una colonización acelerada y de destrucción de la selva, que los pueblos indígenas iban a sufrir los impactos causados por los recién llegados y que estas personas no iban a encontrar facilidades en la tierra de esperanza a la que arribaban. Sabía que el capital financiero y la urgencia de explorar y extraer petróleo y madera se volverían más importantes que las personas, las culturas, la naturaleza.

Alejandro no se sentó a lamentarse. El y los demás misioneros intentaron que las familias recién llegadas pudieran encontrar espacios donde vivir con dignidad. Así se planificó con la gente que iba llegando la formación de poblaciones que sirvieran de referencia a lo largo de la vía que une Lago Agrio con Coca. De esta planificación surgieron San Sebastián del Coca, la Joya de los Sachas, San Pedro de los Cofanes, El Eno, Shushufindi…Iniciativas como las de los Hermanos de los Hombres para construir proyectos de colonización programados fueron apoyadas por el Vicariato y Alejandro. Aunque el paso del tiempo hace olvidar muchas cosas, un número importante de las poblaciones de Orellana y Sucumbíos deben su origen a la planificación de los misioneros. La misma Coca debe gran parte de su forma actual al P. Camilo Mújica.

Resulta muy difícil separar las acciones de Alejandro de las del resto de los misioneros capuchinos, religiosos, religiosas y laicos/as en esos años. Se trata de un grupo humano que actúa con un mismo espíritu y una misma visión pastoral. Por eso compartió con la hermana Inés Arango su pasión por los Waorani.

Pero no era suficiente la planificación de ciudades, había que organizar a la población y los misioneros apoyaron con fuerza la formación de organizaciones populares: de campesinos (UCAO, ahora FOCAO), de indígenas (FCUNAE, ahora FIKAE), de padres de familia, de mujeres, de salud, etc.

Inició con la hermana Inés Ochoa la educación bilingüe, muchos años antes de que este derecho/deber fuera reconocido por el Estado. Los cursos para profesores indígenas, la traducción del Evangelio al kichwa (realizada por el P. Camilo Mújica), la traducción de los cantos a las lenguas nativas son parte del trabajo de Alejandro y los misioneros.

La creación de CICAME especializada en temas amazónicos, especialmente de la provincia de Orellana, representa un aporte fundamental a la cultura de todo el Ecuador y también debe su impulso a Alejandro.

Y sobre todo, había que fecundar toda la actividad con el Espíritu del Evangelio. Hubo y hay todavía un gran trabajo para la formación de seminaristas, catequistas y animadores, para la constitución de comunidades cristianas, para el anuncio de la Buena Nueva, para hacer accesible a todos la Gracia de Dios a través de los sacramentos.

Con el pasar de los años, Alejandro descubre una vocación especial, su dedicación a las nacionalidades indígenas minoritarias presentes en el Vicariato junto con los Kichwas: Siona, Secoya y Waorani. Su contacto y relación con el grupo Wao de Iniwa, Pawa y Napawue las recoge en su diario de campo, que está publicado con el título de ”Crónica Huaorani”, donde se cuentan los hechos con una sencillez y transparencia de lenguaje que, en ocasiones, recuerda la Florecillas de San Francisco.

No nos puede extrañar entonces que, al ser nombrado obispo en 1984, eligiera en su escudo el lema “Semina Verbi” (Las semillas del Verbo), porque Alejandro descubría, como lo señala el Concilio Vaticano II, las semillas del Verbo de Dios en las culturas ancestrales de los pueblos amazónicos y creía que, tan importante y urgente como bautizar a las personas, era evangelizar la cultura partiendo de sus propios valores y vivencias. Esto que puede resultar extraño para algunos, es una muestra de amor y respeto a las culturas, sabiendo que el descubrimiento de la fe en Cristo es un don de Dios, que llegará a su tiempo.

Para evangelizar mejor aprendió a hablar Wao, a vestirse/desnudarse como ellos, a alimentarse y servirles con sencillos trabajos, a convivir y compartir su vida.

De esta conciencia surge su programa “a favor de los olvidados”, de defensa de los derechos de los pueblos y nacionalidades, especialmente de los minoritarios. En su programa abogó de forma permanente por el reconocimiento de sus derechos a un territorio, a conservar su cultura, idioma y forma de vida, a vivir en su madre selva con el pleno sentido de lo que ahora se define como Buen Vivir o “Sumak Kawsay”. Sus cartas y reclamos a los gobiernos de turno, junto con otros hermanos obispos, fueron constantes, de forma oportuna e inoportuna, en todo tiempo y ocasión, como dice San Pablo.

Mons. Alejandro era consciente de las contradicciones, del peligro que representaban la incursión de las compañías petroleras en el territorio de los pueblos no contactados, del riesgo de exterminio que podrían sufrir. Por eso se arriesgó. Poco antes de partir a su último viaje a la casa de los Tagaeri, le dijo a su amigo Mons. Mario Ruiz: “Si no vamos nosotros, les matan a ellos”. Hay que ser muy valientes y coherentes para tomar este tipo de decisiones.

Esta pasión de Alejandro e Inés por el pueblo Wao es la que les llevó a compartir la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La frase de Alejandro que se ha recogido en el poster de este aniversario le retrata de cuerpo entero:

“Cristo hace resaltar mi debilidad para que brille más la fortaleza de su actuar en mis hermanos waoranis”.

Al igual que Cristo, Alejandro e Inés se anonadaron hasta el martirio y la muerte.

Me encuentro frecuentemente a pensar en como enfrentar a la muerte ¿Cómo la enfrentaron Alejandro e Inés, que dijo, antes de partir por su último viaje: “si muero, muero feliz”? Me sobrecoge el silencio, el aislamiento y la oración de su última fotografía antes de abordar el helicóptero. ¿Es posible pensar que toda su vida fue una adecuada preparación para el último momento fatal? ¿El primer golpe de lanza causó más dolor al cuerpo o al alma de Inés y Alejandro? ¿Se preocuparon por la vida que se iba o por la misión que se acababa? ¿Cuáles habrán sido sus últimos pensamientos?

“Padre, perdónalos, los Tagaeri son tus hijos”

“Todo está cumplido”

“Jesús, yo también como Tu. ¿Me vas a recibir en tu reino?”.

Y la cálida tierra de la madre selva, que debía ser defendida al igual que la vida de quienes en ella habitan, fue la cruz sobre la cual sus cuerpos quedaron clavados por demasiadas lanzas, hasta cuando un hermano, el P. José Miguel, pudo rescatarlos. Dejémonos sobrecoger por las imágenes de sus cuerpos lanceados, Cristos de nuestro tiempo, que podemos ver en el pequeño museo de Alejandro e Inés, a lado de la Catedral de Coca, donde ahora descansan sus restos mortales).

El martirio es la participación más plena en la vida, en la muerte y en la resurrección de Jesús.

Hoy nos preguntamos: ¿Fueron fructíferas las muertes de Alejandro e Inés? Podemos afirmar sin lugar a dudas que sus muertes fueron un llamado de atención a la conciencia de la sociedad ecuatoriana en su conjunto e hizo realidad la frase evangélica: “Si el grano de trigo muere, da mucho fruto”.

Se dice que la sangre de los primeros Cristianos, martirizados por los Romanos, era semilla de nuevos Cristianos. ¿La sangre de los misioneros Alejandro e Inés es semillas de nuevos misioneros, varones y mujeres, no solo para Coca y la provincia de Orellana, sino para toda nuestra sociedad, que sufre por la pérdida de valores espirituales?

El sacrificio de Alejandro e Inés llevó al reconocimiento de la nacionalidad y el territorio Waorani, de los derechos de los pueblos ocultos y en aislamiento voluntario y fue una contribución decisiva para el reconocimiento de los derechos indígenas.

¿Son Alejandro e Inés santos? Aunque se está postulando su causa de beatificación, es posible que nosotros debamos esperar todavía para ver a estos mártires elevados de forma oficial a los altares, pero el pueblo de Dios de Orellana y del Ecuador hace tiempo que los considera ejemplo y modelo de vida y entrega cristiana. En 1997 el papa Juan Pablo II los reconoció, junto con muchos otros, como “Testigos de la fe”, por como vivieron y como murieron.

En la conmemoración del quinto aniversario de la muerte de Mons. Alejandro Labaka e Inés Arango, el entonces ministro del interior Raúl Baca Carbo, ante la Conferencia Episcopal Ecuatoriana reunida, dijo a los obispos y a quienes estábamos presentes: “El día que los políticos y los pastores de la Iglesia aprendamos a hacer las cosas con el poder del amor, en vez que por el amor al poder, seremos capaces de cambiar al Ecuador”.

La vida, muerte y resurrección de Alejandro e Inés siguen cuestionándonos y llenándonos de esperanza. Su ejemplo nos indica que es posible cambiar, que es necesario cambiar. Pero no hay cambios verdaderos y durables sin pagar por ellos un costo que, a veces, es la propia vida.

José Tonello y Xabier Villaverde                         

GSFEPP                 

Coca, 21 de julio de 2012

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