Testimonio a los 25 años

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20 de julio de l987

Coca, en la casa de los Capuchinos, cenando con los hermanos y Alejandro.

Como muchos lunes, bajé de Shushufindi a estar con los misioneros, hacer encargos, alguna compra, revisar el carro... Mi compañero Miguel Ángel Cabodevilla estaba en Brasil en un curso de pastoral. 

En la cena ambiente normal, algo más tenso que otras veces porque al otro día Alejandro iba con Inés a los aucas.

Alejandro nos contaba los planes del viaje, programa... Estaba más nervioso que otras veces dentro de su serenidad habitual. Le preocupaba la suerte que podría correr Inés. (¿Le rondaría en su cabeza el riesgo de "los hijos del Evangelio"?)

Como otras veces nos sirvió con cariño de madre un café, una tisana, un fresco... lo que cada uno quisiera.

En un momento José Miguel le dijo "Dicen los aucas (del Tiputini) que te van a matar, que esos son malos..." La respuesta de Alejandro fue contundente y rotunda: "Pues si me matan, me recogéis y me enterráis en Coca".

¿Testamento, profecía, presentimiento, aviso, despedida...?

 

21 de julio de 1987

De madrugada Roque les llevó en carro a Ale-Inés hasta la CGG, en la Vía Aucas.

Los demás nos fuimos a nuestras residencias. Yo a Shushufindi.

 

22 de julio de l987

Hacia las 12 del mediodía salía yo de la Misión para ir a la comunidad “24 de Mayo”, en la cuarta línea de la Vía Aguarico, con la Hna. Marta, Terciaria Capuchina. Justo cuando iba a subir al carro vino un señor, por las pintas de petrolero, que me dijo: "Padrecito, hemos recibido un mensaje por radio: que el Padre y la monjita que fueron a los aucas están muertos, que los han matado". !!!???!!! Corrí a la radio interna de la Misión... quería confirmar la tragedia. Así fue. Juan Santos nos decía a todos desde Pompeya que la noticia era cierta, que bajáramos a Coca.

Fui a la casa de las Hermanas Capuchinas. Les di la noticia, que en un momento bajaríamos a Coca todos.

Llegamos a Coca, no sé a qué hora, lo más pronto posible. Justo cuando llegábamos al seminario-casa de cursos, llegaba el helicóptero de los militares que traía los cadáveres. Ayudé a llevar la camilla de Alejandro. Dejamos las camillas sobre unas mesas en el salón de la casa de cursos. Las escenas de dolor, llanto, pena, interrogantes... de los misioneros-as y gentes que se acercaron son inenarrables.

José Miguel  llegaba por el pasillo; demacrado, con la mirada ida, como un zombi, casi sin voz me dice: "Encárgate tú de todo... que yo no puedo más" (Era Superior Regular y yo uno de sus consejeros). Le acompañé hasta su cuarto, me aseguré que se caía en la cama y salí.

El Hno. Jesús Elizalde, excelente organizador, se sobrepuso al dolor y a las lágrimas. Pasamos los cadáveres a los lavabos de la casa, recién estrenados, muy limpios y cómodos. Esperamos a que viniera el médico forense(un tal Dr. Garnica, creo).  Se me ocurrió sacar alguna foto de aquellos cuerpo rotos... se lo dije a Jesús Elizalde.

No le pareció bien... Le insistí, que sería un documento importante para el futuro, que valía la pena tener ese recuerdo, aunque fuera como era.... Accedió. Llamó a un fotógrafo profesional de Coca, amigo de los misioneros... que vino. Nos dio su palabra de que las fotos que sacase las presentaría a nosotros para que decidiéramos cuáles y qué fin les daríamos. Se llamaba Humberto Villaba. Cumplió su trabajo y su palabra. Hoy todas esas fotos las conocemos.

Al fin llegó el forense. Entramos los dos a hacer el acta. El mandaba y  escribía. Primero el cuerpo de Alejandro: "Meta los dedos por la herida del pecho, del abdomen... para calcular la profundidad, centímetros..." Yo obedecía .

Pasamos al cuerpo de Inés. (contra lo que se ha dicho y escrito alguna vez, Inés venía vestida con una camiseta amarilla de la Escuela Fr. Mariano de Azqueta, sostenes, pantaloneta  hasta la rodilla y braga). A la orden del médico yo corté la camiseta de Inés, "medí" su herida más profunda.  El forense ya no creyó conveniente seguir con más descripciones y medidas. Me dijo que ya bastaba, terminó  de cumplimentar los papeles y se fue .

Para entonces ya había entrado el misionero y médico Javier Aznárez. Los dos nos encargamos del cuerpo de Alejandro y dos o tres Hermanas Capuchinas (entraban y salían)  de Inés. Lo primero que hice fue "desvestir” a Alejandro: corté el gumi ensangrentado y lo guardé en una bolsa. Lo mismo hice con el reloj, lo guardé. Fuimos limpiando el cuerpo: sangre seca, tierra, hojas, astillas de flechas, pequeñas plumas de las lanzas y gusanos que salían por las heridas.

Javier comenzó a ponerle formol por la vena yugular... Al los pocos minutos nos ardían los ojos, la garganta, la nariz...

Se salía  el formol por las heridas. Javier solucionó enseguida: coser las heridas para cerrarlas. Nos costó mucho tiempo. Creo que más de una hora. Volvió a poner el formol en la yugular. Una a una, a Alejandro le conté 63 heridas por el cuerpo. Las más profundas las del pecho y abdomen (por donde salía el intestino grueso), piernas y un ojo.

No recuerdo el tiempo exacto que nos costó dejar arreglados los cuerpos. Hacia las 6 de la tarde estábamos llevándolos a la iglesia donde ya Chimarro empezaba a cavar las sepulturas.

Más tarde Jesús nos pidió que le entregáramos las cosas de Alejandro e Inés que pudiéramos tener para un futuro museo. Yo le entregué el reloj y el gumi. No sin antes cortar un pequeño trocito que junto a unas astillas y pequeñas plumas las guardo como reliquia de santo. El gumi de Alejandro era un cordón franciscano suyo. Franciscano-auca- auca-franciscano.

Ya lo demás es conocido: funerales, obispos, respuesta de la gente, paseo por el pueblo aclamándolos, entierro… Eso está recogido, escrito y publicado.

Pedro José Irure

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