Martes, 21 de julio

Llegó el día Monseñor y Roque están en casa de las Hermanas para recoger a Inés

Llegó el día 21, martes. A las 5.30 de la mañana Monseñor y Roque están en casa de las Hermanas para recoger a Inés. Inés sale de la capilla. De rodillas ante el sagrario ha repetido una vez más su oblación. La despiden las hermanas a la puerta. Arranca el coche. Antes de las 7.00 están en el campamento.

"No hace buen tiempo. Las nubes" no se levantan y el cielo bajo está grisáceo. Nos presentamos en la barraca del Jefe del Campamento. Como hay amistad, hay rutina y naturalidad en los saludos. Para hacer tiempo nos vamos al galpón-comedor, y como el día anterior podemos desayunar a la carta. Monseñor desayuna y yo repito el del día anterior. Parece que vamos a tener que esperar un tiempo, bastante,hasta que se despeje el horizonte. Después del desayuno Monseñor con Inés se van a dar una vuelta por la bodega, a controlar la lista del día anterior, a hablar un poco con el Piloto Tamayo, traído expresamente de otro Bloque a éste para la operación de descenso, y con el mecánico francés. Todo está a punto; sólo hace falta que se levante el tiempo. (..).

Monseñor e Inés aparecen. No saben qué hacer. Hay que esperar. Al fondo, en la rinconera de un mostrador que hace de bar, nos recogemos, sentándonos silenciosos. No tenemos conversación. Está todo tan hablado. Sólo esperamos. (...). Pasaron ya las 9 de la mañana y nos acercamos a las 10".

Al fin les llaman, y recogiendo los bolsos de mano se dirigen los tres a la pequeña loma donde está el helipuerto de la Compañía. Les dan las últimas instrucciones sobre cómo tienen que descender. El cuerpo irá sujeto con una cincha bajo los sobacos; bajarán no por la puerta lateral, sino por un agujero que se produce al correr una plancha.

En el helicóptero van el piloto Sr. Tamayo, el Jefe de la base de la CGG Sr. Roques, y el mecánico que ha de accionar la grúa. "Inés se monta, después Monseñor, y cierran la puerta". Las hélices toman velocidad y el ruido se hace cada vez mayor. Roque se retira —tiene que retirarse— y mira el reloj: son las 10.30 de la mañana.

El misionero de Coca, Roque Grández, no vuelve a Coca. Se queda a la espera, a ver qué noticias trae el helicóptero.

"Me vuelvo al galpón-comedor, que se convertirá casi durante tres horas en la sala de espera. Estoy ilusionado. Mañana yo iré a visitarlos. Para mí será la primera vez también en los Huaorani. No me importa el Colegio. Por un día dejaré de ir. Los exámenes seguirán su curso. Y llevaré la cámara y haré fotos de recuerdo".

Sigue pensando: "Hoy es un día grande en la historia de Ecuador; el último grupo que permanecía sin contacto con el resto de los ecuatorianos hoy se integra en la historia nacional. Una vez más la Iglesia en su obispo y en su humilde misionera será quienes harán esta gran obra. Se necesita valor; Dios nos lo da porque nos da amor a este pueblo. Hay un rato en que uno se queda embobado, ensimismado por la ausencia, la marcha de los otros. Y el pensamiento del posible peligro uno lo retira, no lo deja entrar, sencillamente lo sofoca".

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