El rescate

Las autoridades militares se han volcado por facilitar eficazmente el rescate. En la Brigada de la selva, en Coca, se prepara un helicóptero grande: 2 pilotos, 18 soldados y los PP. José Miguel Goldáraz y Roque Grández. Se diría que José Miguel es un experto en tales trances: va a ser éste el tercer rescate en el que le toca actuar. José Miguel da una consigna a los militares: No hay que disparar un tiro. Por lo demás está convencido de que los Tagaeri después de la masacre han huido.

A la altura del Campamento Base de la CGG se detiene el helicóptero grande y de la base surge uno pequeño que irá adelante, abriendo camino; les acompaña también otro helicóptero artillado del ejército.

El helicóptero grande no puede bajar a la tripulación junto al bohío, donde están los cuerpos con las lanzas; pero a unos 200 metros hay un claro mayor, una especie de pequeña plantación de yuca y plátano. Es el sitio donde habían echado los regalos. En el suelo se ve una caja de cartón vacía y una botella de aceite; también una lanza tirada por el suelo. "Ahí los dejaron, ahí bajaron, pensamos —escribe Roque. De pronto nos llama la atención un palo que mantiene en la punta en forma de bandera un gran hueso atado. Después nos explicarán los Huaorani amigos el significado. Si por un camino encuentras dos lanzas cruzadas, no puedes pasar pues serás muerto. Igualmente si vienes de arriba, del aire y bajas, también encontrarás la muerte".

El helicóptero no puede aterrizar en aquel claro, y la bajada para el rescate se hace saltando del aparato, a unos tres o cuatro metros del suelo. Bajan diez soldados, todos armados, y José Miguel.

Seis soldados deben cubrir la vigilancia del helicóptero; los otros cuatro forman el equipo de rescate, guiados por el P. José Miguel. La operación tenían que ser muy breve: unos quince minutos. Van abriéndose camino, teniendo que saltar por troncos caídos, hasta llegar a la casa.

El cuerpo de Monseñor desnudo junto a la senda que de la espesura sale al claro delante de la casa, según lo muestra la fotografía que pudo tomarse desde el helicóptero, en parte sobre un tronco y en parte sobre la tierra. Tiene los brazos abiertos de par en par.

La Hermana Inés está muy junto a la casa, a la derecha. Lleva su ropa normal, pero, como otras veces hacía al entrar en los Huaorani, va descalza y ha recogido el velo en el bolsillo.

Los cuerpos están clavados con muchas lanzas, lanzas de chonta de 3'50 metros de longitud, adornadas con plumas de papagayo. De lejos parecían un florón.., dice José Miguel. José Miguel tiene que sacarlas de los cuerpos. Cerca de la punta tienen unas hendiduras en forma de biselado. No se pueden sacar sin que al extraerlas hieran de nuevo. Algunas han atravesado el cuerpo hasta la tierra; lo han cosido a la tierra, por así decir. En algunos momentos hay que hacer fuerza, presionando con el pie sobre el cuerpo yacente.

Dice José Miguel: "Yo sin pensar lo que estaba haciendo, como un autómata, le saqué 15 lanzas del cuerpo de Monseñor y 3 de la Hermana Inés. Los soldados habían sacado algunas más, pues estaban en el suelo".

Pero los cuerpos aparecen totalmente acribillados, y con toda probabilidad llevan un día entero tendidos en la selva, bajo la acción del sol, de la humedad, de la lluvia, de los insectos y gusanos.

Han llevado sábanas y dos grandes piezas de plástico. Los soldados, asustadísimos, se han dejado volar todo, excepto una de las piezas de plástico color verde que hay que partirla en dos. El vuelo de las hélices del helicóptero grande tira por tierra el frágil bohío, y el cuerpo de Inés queda envuelto en hojas de palma.

Sobre el lugar planea el aparato y echa las sogas, parándose a bastantes metros de altura. A la Hermana Inés se le sube en seguida, por su peso ligero. No así al Padre Alejandro. Hay que maniobrar con cierta dificultad para introducir el cuerpo.

Ya han sido rescatados los cuerpos... ¡y 18 lanzas!

Desnudo y con los brazos abiertos

Sí, Alejandro, estaba desnudo; o más exactamente, vestido a la usanza de sus hermanos Huaorani, sin otra prenda que el cumbi, cuerda de lana que ceñida a la cintura sujeta el miembro viril.

Hacía tiempo que, al entrar a los Huaorani, no le era necesario el despojarse; pero ésta era de nuevo la vez primera y definitiva. Y las lanzas de la muerte se le hincaron en la carne como los clavos a Jesús en la Cruz.

Este ir desnudo a los Huaorani no fue para él algo natural o intranscendente; era algo sacro. Se podrá asentir o disentir; lo que queda claro y patente es que Alejandro situó su postura dentro del misterio de la Encarnación. Sobre su proceder tiene páginas escritas, publicadas e inéditas. Pero no es el caso de demorarnos. Tan solo, al verlo desnudo, decir que el desnudarse en tales trances fue para Alejandro fruto de ascesis y que incluso esta forma de despojo pertenece a una cierta mística de su existencia.

En conclusión, que murió desnudo, y fue encontrado con los brazos abiertos, apoyado parte del cuerpo en un madero...

Inés vestía su sencilla túnica.

VisitasVisitas

Vicariato Apostólico del Aguarico - (02) 2257689 - (06) 2880501 - info@alejandroeines.org
                                          TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS - 2012