Día y noche junto a los mártires

banners-aleine2La cuidadosa limpieza y preparación de los cuerpos acribillados se hizo interminable. Solo después de las 9 de la noche se pudo proceder al traslado de los cuerpos a la iglesia parroquial, pequeña iglesia que es la catedral de Coca, para celebrar una Eucaristía presidida por el Párroco, el P. Roque. "La iglesia estaba abarrotada de gente y comenzamos la Eucaristía, que presidí, con todos los sacerdotes presentes, también dos de la misión de los carmelitas, vecina, que llegaron esa misma tarde.

Prediqué e hice resaltar el testimonio de amor de esto;? dos hermanos nuestros de quienes hemos recibido una herencia a cumplir: el llegar y hacernos amigos de los Tagaeri. Que la última voluntad de Monseñor había sido en conversación con Mons. Langarica, que en caso de muerte, moría feliz".

No se cerró la iglesia. Día y noche hasta la sepultura, que fue dos días más tarde, la gente quiso estar junto a su Obispo y la Hermana Inés, mártires de amor.

Aquella tarde se anunció que el día siguiente vendrían los Obispos de Ecuador. LLegaron ocho Obispos en un avión fletado por la Conferencia Espicopal. Con ellos diversos religiosos capuchinos. En la solemne Eucaristía concelebrada entre otros por el Nuncio de Su Santidad en Ecuador, Mons. Luigi Conti, pronunció la homilía el Arzobispo de Quito, Mons. Antonio González, y al referirse a la muerte de nuestros misioneros, habló directamente de "martirio".

Para el día siguiente, viernes 24 de Julio, se planeó el sepelio. Fue una Eucaristía de apoteosis popular, de devoción entrañable y de fe. Pero antes había precedido una dura discusión entre los misioneros sobre la oportunidad de pasear o no los cadáveres procesionalmente por el pueblo al final de la misa, antes de darles sepultura. Algunos, que habían tenido que actuar muy directamente en el lavado de los cuerpos, se oponían drásticamente a tal procesión. "Casi a gritos y con lágrimas en los ojos, Alfonso, el loco de Shushufindi, llamado así entre amigos, nos echaba en cara nuestra deshumanización, nuestro no comprender a la gente del Ecuador, pues huela lo que huela, este descompuesto como esté, nosotros queremos llevar a Monseñor y a la Madrecita por las calles del pueblo, como el último honor que les hacemos en esta vida. Convinimos en hacer una procesión reducida a la mínima expresión, la vuelta de una cuadra. Así se realizó".

Esta Eucaristía fue una estremecedora celebración cristiana, participada por todos los grupos del Vicariato: terciarias capuchinas, lauritas, dominicas, capuchinos, seminaristas, comunidades de base, campesinos, comunidades cristianas, tiendas comunales, catequistas, líderes, federación indígena, colegio, escuela, infancia misionera... De Colombia habían acudido las hermanas de Inés, Fabiola y Cecilia, además de la superiora general Hna. Elena Echavarren y de la provincial de San José, Hna. Berenice Sepúlveda.

Los dos féretros estaban allí donde pocos años antes Monseñor postrado en tierra el día de su ordenación, se había entregado sin condiciones a la Iglesia santa de Aguarico. Presidió la concelebración y predicó el Vicario Apostólico de la misión vecina de Sucumbíos, Mons. Gonzalo López. A su lado había otros dos Obispos-Vicarios Apostólicos, Mons. Julio Parise, del Ñapo, y Mons. Mario Arroyo, de Macas. Se confeccionaron preciosos textos para la presentación de las lanzas, el pan, la shigra, las sandalias...

La Eucaristía comenzó a las 11.00 y terminó poco antes de la 1.00. Sacaron los cadáveres para tributar el último homenaje popular. De regreso no los metieron en las dos tumbas, cavadas una al lado de otra, entre el altar y el pueblo, sino que los dejaron expuestos a la veneración y afecto de la gente, que con los ojos y las manos querían ser contagiada de una viva presencia.

A las 3.00 de la tarde fueron depositados en sus tumbas.

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