Alejandro Labaka

Un precursor en la defensa de los pueblos ocultos

Miguel Ángel Cabodevilla


Prólogo comenzando por el final

altEl 19 de marzo de este año, 2012, el Fiscal General del Estado ecuatoriano escribía una carta a Mons. Jesús Esteban Sádaba, obispo de Aguarico. Se trataba de una contestación. En enero de 2012, el sr. Fiscal había realizado un viaje relámpago a la provincia de Orellana, hacia algunos de los lugares más críticos respecto a las tensiones entre indígenas y los diversos colonizadores de su territorio (a esos nativos suele llamarse aislados o también no contactados, pero nosotros preferimos decirles ocultos). Durante la visita, se reunió con Mons. Jesús Esteban y algunos de sus misioneros. Le entregaron entonces una carta a la que adjuntaban un documento en el que se recoge la situación actual de vulnerabilidad de  los pueblos indígenas tagaeri/taromenani[1][1]. Exponen allí, básicamente, dos situaciones de gran riesgo: por un lado, las muertes producidas hasta estos últimos años, tanto entre campesinos de la zona en cuestión como en los grupos ocultos, situación que, dadas las condiciones, podría repetirse en cualquier momento; por otro, la específica perturbación que introducirá en la zona la próxima explotación del Campo Armadillo.

El sr. obispo, en su carta, recuerda que se cumplen 25 años de la muerte de su antecesor, Mons. Alejandro Labaka, en un bohío tagaeri; cita explícitamente escritos suyos de los años 1976/7 referentes al tema de los conflictos entre explotación petrolera y grupos ocultos. O, por decirlo de otra manera, referentes al desafío sin resolver que el Estado ecuatoriano mantiene en la zona para conciliar derechos territoriales y humanos de esos grupos ocultos, frente a los de ciudadanos de la misma comarca e incluso los intereses del mismo Gobierno de la nación.

A la petición, el sr. Fiscal contesta, a su vez, de dos maneras. Puesto que las acciones de protección respecto a esos pueblos corresponden al Ministerio de Justicia, Derechos Humanos y Cultos, ha solicitado a esa Cartera información sobre la situación. La ha recibido y ahora la añade en su respuesta al obispo. En cuanto a lo que atañe a su responsabilidad directa, dice: se asignó un perito en criminalística que ha presentado el informe respectivo y siguen las investigaciones por las muertes ocurridas en la zona[2]. Como es de rigor, en la contestación adjunta del Ministerio de Justicia, se enumeran los casi infinitos vericuetos legales, jurídicos, políticos, administrativos, por los que estos asuntos transcurren en el palacio gubernativo, donde abundan los salones de pasos perdidos y todas las cosas van despacio. Lleva el documento tantas citas de leyes, fechas, números de documentos, etc., que el lector, irremediablemente, se siente perdido en esa inmarcesible selva de papel oficial, por lo general tan distante de la real que uno la creería flotando en algún paraje sideral. En cuando al perito en criminalística que se asignó y su informe respectivo, no se ha sabido nada más desde el anuncio, y ya pasaron cinco meses. Mejor esperar sentados.

Pero, en fin, ¿todo esto qué significa, de qué quiere ser prólogo? Por de pronto advertimos en esto unas constataciones tan escuetas como obvias.

  1. Existen problemas en esa zona amazónica de grupos indígenas ocultos que siguen pendientes al menos desde los años 70 de la pasada centuria. Es decir, ¡llevan más de un cuarto de siglo sin ser resueltos!
  2. La Iglesia del Vicariato de Aguarico estuvo, y sigue estado, de alguna manera implicada en ellos desde su inicio hasta hoy.
  3. El conflicto no es poca cosa, tiene en estos momentos rango internacional, puesto que en la documentación del Fiscal se alude a medidas tomadas por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIHU).

Ahora bien, nos interesa saber por qué la presencia de grupos ocultos se convirtió dentro de Ecuador en un problema.  Cuándo y cómo sucedió eso. Y por qué sigue siéndolo todavía. ¿Es que no se solucionó nunca, o es que las soluciones que se aplicaron en su día no nos sirven o no son admisibles hoy? Y, dentro del conflicto, nos importa en concreto saber cual fue la opinión y actuación de Alejandro respecto a esos grupos ocultos.

Claro está que la acción este misionero no puede entenderse sin atender a sus convicciones religiosas, a la forma cómo las adquirió y fue desarrollando, pero dentro de este simposio otros ponentes se ocuparán de esos aspectos. Nos toca ahora fijar nuestra atención en el matiz más laico o social de su accionar, pero de seguro no menos determinante. Queremos exponer cómo Alejandro llega a ser, en Ecuador, al menos durante los últimos 12 años de su vida, pero en buena parte aún hasta el presente, seguramente el personaje más influyente para el devenir del pueblo wao y de sus epígonos aún ocultos.

Retrocedamos unos pasos para tener perspectiva

La historia del Oriente ecuatoriano, desde su época republicana, esto es, ya cerca de cumplir los 200 años, ante todo es la de su lenta y trabajosa conquista por parte del Estado y de la sociedad mayoritaria. Durante mucho tiempo se habló de incorporarlo a la vida nacional; porque, en efecto, no participaba en ella, ni siquiera se lo conocía. Se lo veía aislado, e incluso seccionado del resto del país. Si consultamos la literatura de inicios de la república, tomada de sus escritores, periodistas, políticos, o incluso funcionarios, a esas selvas se las tenía habitualmente como incógnitas y reserva de salvajes. Es evidente que salvaje, en distintos grados, era todo aquel que no participaba de los usos y costumbres de la ciudadanía común ecuatoriana; por definición la única dispensadora de la calificación de civilizado. Por su parte, y al mismo tiempo, los grupos indígenas amazónicos motejaban a los blancos con una palabra –diferente en cada idioma pero análoga en su contenido- que venía a ser algo similar. Es decir, ambas sociedades, desdeñosas entre sí, se consideraban, según su propia valoración, respectivamente salvajes. Su desconocimiento mutuo no les permitía tener un juicio adecuado. No les alcanzaba más que al prejuicio.

En esos momentos, en la opinión común ecuatoriana, los indios amazónicos se dividían entre mansos y bravos, o entre cristianos e infieles, etc. Se comprenderá también que los considerados bravos o, en nuestro lenguaje de ahora, ocultos, iban remplazándose paulatinamente o incluso desapareciendo, bien por su progresiva incorporación a la sociedad ecuatoriana en forma de ciudadanos -aunque quizá de una última clase- o también por estricta eliminación. De manera que terminaba el ocultamiento de algunos al agregase paso a paso a la vida nacional (como fue el caso de los que ahora llamamos kichwas, canelos, shuaras, achuaras, sionas, secoyas, cofanes) o, el de los otros, al ser exterminados (como los Tetetes[3]). Pero, al mismo tiempo que eso sucedía, las selvas, que parecían infinitas solo por la dificultad de su exploración, dejaban asomar pueblos aún más recónditos, por tanto clandestinos para el conocimiento general. Mientras hubo selva libre y no controlada por la nación, existieron grupos ocultos. Esta ha sido la constante durante  siglos.

Tendemos a olvidar que la vida en la selva, si hacemos historia y no nos dejamos llevar de los cuentos, ha sido de una violencia y agresividad notables. Los viajeros extranjeros más amables y rousonianos del último tercio del XIX (Osculati, 1847; Orton, 1857; Martínez de la Espada, 1865; Wiener, 1880; etc.), coinciden atestiguando que en la región del Napo se distingue entre indios cristianos, fieles, mansos, etc. y los bravos, infieles, etc. Según constatan ellos, lo que se hace con estos últimos es atacarlos o capturarlos por medio de correrías. El tráfico de esclavos era moneda común en la zona. De manera que a los supuestos bravos les quedaban pocas opciones: matar, huir, ser esclavos o, lo que ocurría en buen número de casos, ser exterminados.

Y estábamos aún en el preámbulo de la gran catástrofe, de los años de la infamia que ocupan la última década del XIX y las dos primeras del XX: la atroz época del caucho que significó una auténtica hecatombe entre las poblaciones indígenas del área, sobre todo entre las consideradas salvajes. No hace falta insistir en testimonios, pues se trata de la parte histórica más divulgada. Los atropellos sobre el pueblo al que nos vamos a referir en este trabajo están bien confirmados tanto por fuentes ajenas como por las propias. Mencionemos tan solo el testimonio de un misionero jesuita, Gaspar Tovía, en lo que es la antesala de la gran destrucción. Viaja por el Napo en 1891 y, al regreso, escribe al Gobierno ecuatoriano: bauticé a no pocos infieles y, por cierto, la mayor parte de ellos ecuatorianos, que habían sido cazados, ¡qué vergüenza!, por los caucheros peruanos y llevados después a vender por 40, 60, 80, o más soles, según su estado de robustez y fuerza, como pudiera venderse una mula lojana, un potro yunga o una vaca lechera de los calientes de Imbabura[4]. Quedémonos con esa descripción escueta: se caza y vende a los salvajes de igual manera que a las bestias. Es más, la apariencia de legalidad entre los indígenas contratados llega a ser descrita, en un informe de 1903, por Benigno Lores, subprefecto peruano, como tráfico de carne humana encubierto con el nombre de traspaso de cuentas[5]. Esto ocurría un siglo después de la independencia ecuatoriana, aunque la inmensa mayoría de la nación ni conocía la situación, ni, de conocerla, llegaba a interesarse. Movimientos como el liberalismo de Alfaro tuvieron mucha más incidencia en el cambio legislativo que en la aplicación de sus leyes.

La locura del caucho pasó como un tsunami sobre las gentes amazónicas, pero la crueldad de los blancos hacia los llamados salvajes prosiguió. Tras el caucho quedaron en la zona unos pocos colonos blancos que luchaban entre sí a bocados por la propiedad de la escasa mano de obra de indígenas asimilados. A veces éstos, mientras trabajaban en el monte, eran atacados por grupos ocultos. Las autoridades ecuatorianas de la zona no se andaban en medias tintas. Deseamos la pronta llegada del piquete de policía para dar fin con esa sanguinaria raza, informa lapidariamente Samuel Segovia, teniente político de Archidona en 1910[6]. Quince años después otro funcionario escribe: escogitaré los medios conducentes para someter a estos infieles y repartirlos, a fin de conducirlos a la vida civilizada[7]. Valgan esos testimonios de autoridades, es decir, desde el punto de vista de lo legal. En cuanto a la opinión de los colonos, todavía era mucho más taxativa y duró largos años. ¡Primero exterminen a los malditos aucas y luego podremos hablar de un gran futuro (del Oriente) y de todas esas cosas!, decía sin ambages un veterano pionero de la zona ya en 1949[8].

Habría cientos de citas para demostrar lo difícil que ha sido dentro del Estado y aun de la sociedad ecuatoriana conseguir algún interés, respeto y justicia para los nativos orientales. Sobre todo para aquéllos que han preferido vivir a su arbitrio. Al mismo tiempo se ha de recordar que no se trataba de una práctica característica solo en Ecuador, mientras en los países americanos el trato a los indígenas poco o nada contactados fuera magnífico. Traigamos aquí una sola cita, correspondiente al Presidente (1901-1909) norteamericano Theodor Roosevelt, que cuenta con fama bien ganada de hombre culto, amante de la naturaleza, etc. Una de sus lapidarias frases al respecto de lo que nos interesa ahora: en el fondo, los colonos y pioneros han tenido la justicia de su lado: este gran continente no podía seguir siendo un mero coto de caza para salvajes mugrientos[9].

La conquista del Oriente apenas se dio en tiempos de la Colonia, sino que ha sido cosa de la república ecuatoriana. No es de incumbencia de estas páginas hacer el resumen de esa historia de ocupación, asimilación, incorporación, civilización, o la palabra que prefiera poner cada quien, realizada por Ecuador sobre el territorio oriental y sus muy diversas gentes. Sin embargo, para comprender lo que viene después, hemos de recordar algunos rasgos y circunstancias del último gran pueblo amazónico asimilado en Ecuador. En algunos de sus epígonos[10], todavía ocultos: los waorani. Una nacionalidad, si empleamos la palabra de Alejandro, llena de misterio en su historia. Aunque decir misterio es una manera benigna de reconocer que muy poco sabemos de ellos[11]. Pues se ha hablado sobre el caso, y se sigue haciendo incluso por su parte, mucho más de lo que se sabe.

Los waorani, penúltimos guerreros

Los waorani conocidos en Ecuador son unos 3.000. Sin embargo eran una sexta parte cuando se contactó, digamos que pacíficamente, a uno de sus clanes el año 1958. Esta simple constatación, que la población se multiplicó por diez después del acercamiento, sirva para desconfiar ante un propagado tabú[12] que todavía hoy repiten algunos como si fuera un mantra: si los contactamos, los aniquilamos. Beatriz Huertas, antropóloga peruana, significada en estas lides, afirma: hasta ahora no se han producido contactos que no hayan causado la muerte masiva de estas poblaciones[13]. Lo enuncia de manera general, más allí de los sucesos concretos de su país, Perú. Pero, al menos en este caso ecuatoriano, eso no resultó cierto. Claro que en algunos grupos amazónicos el contacto acabó siendo fatal; también han desaparecido unos cuántos pueblos que no fueron contactados pacíficamente. Es imprescindible analizar al detalle cada situación, las circunstancias que la rodean. El tabú es muy cómodo, nos exime de investigar, basta con repetirlo hasta la extenuación, pero resulta inmovilista y no conviene al conocimiento. Nosotros vamos a recordar el caso exitoso, al menos en cuanto a supervivencia física, que se dio entre indígenas bravos en Ecuador.

¿De dónde proceden y quiénes son los waorani? Sabemos que asoman de manera identificable a partir del final del siglo XIX, entre la ribera derecha del Napo y la izquierda del Curaray, por tanto en lugares similares a los que habitan en la actualidad. Lo constatamos tanto en las crónicas de nuestra cultura como dentro de sus propios relatos. Antes de eso, todo es confusión en torno a su deriva. Parece increíble que no estén registrados en las crónicas de los jesuitas, siglos XVI-XVIII, que tan minuciosos recorridos y descubiertas hicieron en la región. Tampoco en ningún otro censo oficial o noticia de viajeros de esos tiempos. Eso debió suceder por la poquedad de su número, unida a lo recóndito de su escondrijo. De otra forma no hubieran escapado al celo indagador de los misioneros.

Fueron considerados, en el momento en que se pudo convivir con ellos, como uno de los pueblos más incomunicados del mundo. Su lenguaje apenas había asimilado unos pocos vocablos de los pueblos circunvecinos. Siendo muy inferiores en número a sus colindantes, la estrategia para la supervivencia había sido radical: refugiarse en los lugares de la selva más inhóspitos, menos ricos en alimentos, por tanto menos codiciados. Vivir en muy pequeños clanes, considerablemente móviles, por tanto difíciles en ser detectados. Desarrollar de manera maravillosa varias artes de supervivencia selvática, sin tener apenas acceso a las técnicas más útiles para la alimentación más sedentaria, como son el cultivo o la pesca. Por supuesto, desarrollar hasta límites poco conocidos la capacidad agonística del desplazamiento, la agresividad ante los extraños y la ocultación. Tanta fue su capacidad de camuflaje que, como dijimos, ni siquiera tenemos rastro de ellos hasta fecha muy cercana.

En cambio, a finales del XIX encontramos ya testimonios irrebatibles de sus andanzas por parte de muy variados testigos: caucheros o hacendados, kichwas, misioneros, viajeros e investigadores. Como es natural en las primeras informaciones, mucho más densas en ignorancia, miedos y fábulas, que en verdad, se les llama de variadas maneras: tevelas, sabelas, avishiris, aucas, etc. De abundantes formas, excepto con su nombre propio, porque los contactos con ellos fueron siempre violentos; todos resueltos en muertes, capturas o desbaratadas huidas. Ya citamos antes a autoridades o colonos de la zona; todos ellos consideraban, unánimemente, sin mayores distingos, que la represión era la conducta más legítima para mantener frente a ellos. El único auca bueno, era el auca muerto. Era la situación real, tanto en uno como en el otro bando, estando ambas partes en guerra. Dentro de los waorani, un pueblo de cazadores, tenía máximo prestigio el lancero de cowori, que eran la auténtica caza mayor. Por su parte, en la sociedad blanca jamás hubo nadie condenado por dar muerte a un wao. Y las muertes de éstos fueron abundantes, al menos durante un siglo. Hubo varios matadores de aucas que llegaron a tener un buen prestigio en nuestra zona del Napo.

En Cicame hicimos muchas entrevistas a protagonistas de esta cruenta guerra, entre los waorani y los naporunas o blancos que chocaron entre sí durante la primera mitad del siglo XX. Comprobamos minuciosamente la certeza de los ataques y represalias mutuas. Un reguero constante de sangre, centenares de víctimas. Ninguno de ellos se sintió remordido por aquellos lances: así no más se hacía, solían concluir sus relatos. Muchos de ellos de una crueldad que espanta. Por ejemplo, el ataque contra los waorani, urdido por blancos y realizado por naporunas, que se ejecutó, al comienzo de la segunda decena del siglo XX, entre las cabeceras de los ríos Tiputini y Yasuní. Fue una horrible matanza, probablemente murieron decenas de waorani. Éstos tampoco se quedaron atrás en sus asaltos y asesinatos de venganza.

Por otro lado los waorani han tenido largas épocas de furiosas luchas intestinas. En un trabajo de campo realizado entre 1974/7 sobre las muertes registradas de hasta cinco generaciones atrás, el 41.7% se debían a lanceamientos entre diferentes grupos de la tribu y el 12.2% al infanticidio. En total un 54% de muertes por causas propias[14].

Es preciso constatar ante todo eso: además de esa increíble mortandad interna, la ley común en la zona, más allá de lo que dijera la legalidad oficial, era la violencia de parte y parte. ¿Dónde quedaba entonces el Estado ecuatoriano? Muy lejos, muy ausente. Es cierto que desde el inicio de la República, se habían dictado leyes que se llamaron de protección de indios y abarcaban distintas materias. Pero esa jurisprudencia no llegaba apenas a regiones, citadas como desconocidas, y, claro está, mucho menos podría aplicarse entre los llamados salvajes. Si alguna ley alcanzaba a esa parcela oriental, las autoridades y blancos gobernantes aludían a una costumbre de la era colonial: las leyes se acatan, pero no se cumplen. Porque, en todo caso, aunque fuera trabajosamente, la ley era cosa de la incipiente sociedad amazónica, donde los indígenas amazónicos amansados llevaban las de perder, pero en ningún caso atañía a los salvajes. Éstos, por definición, no podían acceder a la supuesta protección de la legalidad, puesto que insistían en mantenerse fuera de la misma.

De manera que estamos hablando de unos tiempos y un lugar, un sistema de vida, donde la única ley era, en todo caso, la del más fuerte. O, si queremos emplear el tópico: la ley de la selva. Tan cierto es que la violencia era muchas veces llevada de fuera, como también que, como hemos mostrado, era constante en su interior.

Un mundo donde también hay que andarse con mucho tiento al traer a cuento, para comprender la agresividad, argumentos de supuesta defensa de territorialidad. Los territorios selváticos, en lo que sabemos, han sido siempre disputados, móviles, alternantes. Mucho más con las decisivas acciones externas como fueron la acción misionera colonial, el tiempo del caucho, las invasiones colonizadoras. En el caso que nos ocupa los waorani se impusieron en la orilla derecha del Napo, desde Puerto Napo hasta Rocafuerte, durante decenas de años hasta su contacto en 1958. Para ser hegemónicos, habían exterminado a los últimos grupos zaparoanos que poseyeron mayoritariamente esas tierras durante siglos. Más tarde iban a ser los colonos, los naporunas, los petroleros, quienes, a su vez, invadieron esas zonas hostigando y, cuando podían, exterminando a los waorani. Las sucesivas invasiones solían hacerse a sangre y fuego.

En resumen, sea tratado de un mundo violento dentro del cual la legalidad práctica ha sido la eliminación física o la captura de los salvajes.

Pioneros de la convivencia

¿Hubo alguien que levantara la voz ante esa matanza, que se opusieran a la misma, o tal vez encontrara alguna alternativa menos sanguinaria y feroz? Sí, los hubo. Aunque fueron muy pocos y sin mayor éxito en sus intentos. Vamos a referimos a unas pocas personas que hicieron algo concreto y trataron de hacerlo bien, según el ideario y posibilidades propias de cada uno.

Dentro de los clanes waorani se conserva la memoria de ciertos awene, especie de jueces de paz, de gente pacificadora, que trataban, sobre todo en lo que se refería a las matanzas internas, de poner un poco de razón entre tanto desatino. Su lema podría resumirse así: somos pocos; si seguimos matándonos, desaparecerá nuestra gente. No siempre tuvieron éxito, alguno de ellos murió lanceado por los waorani más violentos[15]. Desde luego es una historia poco estudiada todavía; probablemente habrá un momento en que ellos mismos la indagarán y escribirán con su propia perspectiva.

En la sociedad blanca fueron determinados misioneros, católicos o evangélicos, quienes quisieron ejercer una labor de control respecto a la violencia externa hacia los grupos waorani. Decir esto es avocarnos a la polémica. En los últimos cincuenta años antropólogos, sociólogos y algunos historiadores han solido sostener justamente lo contrario. Para ellos han sido precisamente los misioneros los encargados de aplicar sobre el terreno toda la violencia de las sociedades nacionales, a veces agravándola con su propia extorsión religiosa. Presentan a los misioneros, peleando entre ellos por la supremacía del control entre los indígenas amazónicos o por el monopolio en alguno de sus grupos; asimismo serían los mayores causantes de la conquista cultural (a su entender equivalente a destrucción) de los últimos indígenas libres de la amazonia. Tendremos una concreción muy puntual de esta polémica al tratar el caso del primer contacto no (tan) violento con los grupos waorani. Es evidente que los misioneros pretendían integrar al indígena en la cultura occidental y cristiana por medio de la educación, tal como escriben en sus informes, y que ese integrar tenía las consecuencias que sabemos. Sin embargo, sigue habiendo alguna diferencia entre la incorporación a la sociedad o a la muerte, entre llevarlos hacia una civilización ajena o a la esclavitud.

No es el momento de abordar ese frente dialéctico. Digamos, en todo caso, que pensamos que esa discusión tiene, en demasiadas ocasiones, mucho más de ideología previa y, por tanto,  falta de investigación, en suma de prejuicio, que de análisis ceñido y ponderado. Con demasiada frecuencia se tiende a juzgar la actuación de ayer con criterios o apreciaciones de hoy, sin poner esas acciones misioneras en su contexto, es decir, a la par de otras que se daban en su tiempo. O sin comprender el lento avance social de muchas ideas humanizadoras que todavía en nuestro mundo actual apenas se están abriendo camino. Suele suceder también que las misiones han sido de las pocas instituciones que han dejado testimonios fehacientes de su actuación, archivos y datos. Mientras que otras muchas actuaciones de su mismo tiempo, mucho más inoportunas o desatinadas que la suyas, quedan inadvertidas para supuestos investigadores que no lo son más que de superficie y precipitación, las crónicas misioneras ponen siempre ante nuestros ojos los detalles de su actuación. ¡Y cómo podrían ser todos ellos acertados!

Ya citamos antes el caso de un misionero jesuita, Gaspar Tovía, residente por algunos años en Archidona, que a caballo entre los siglos XIX-XX denunciaba con vehemencia el trato que se daba a los indígenas, supuestamente bravos. Dirigió furiosas diatribas, por igual, a los Gobiernos peruano y ecuatoriano tratando de erradicar esa lacra inhumana.

En 1923, Howard Dinwiddie, un misionero norteamericano evangélico llegó hasta el Napo y luego recorrió el río Tiputini durante cinco días sin poder dar con los grupos waorani.  En cambio conoció a dos prisioneros aucas recién presos en una correría, fotografió al menos a uno de ellos. Tres años después publicaba su relato (Pioneer News, julio 1926): Debido al saqueo, robo de sus hijos y rapto de sus muchachas por parte de los caucheros sin ley, y la quema de sus casas, los amistosos 'Aukas' se han vuelto hostiles. ...La posición [del cautivo] en la hacienda parecía ser la de un nuevo animal. Era alimentado, observado, discutido y exhibido a los visitantes... Él representa a cientos de aquellos capturados cada año para convertirse en esclavos de los blancos. ¿Cuánto tiempo, Señor, cuánto tiempo esperarán estos cautivos de la cuenca del Amazonas por los mensajeros de La Libertad y la Vida?[16] Puede discutirse, como es natural, la justificación religiosa para ese acercamiento, que pretende ciertamente una conquista. No obstante, ¡cómo no diferenciar entre su interés, con todos sus ingredientes ideológicos, frente al exterminio físico que regía en la zona con el beneplácito o la indiferencia de casi todos! Por cierto, este misionero va a ser el precursor de aquellos evangelistas que 25 años después intentarán, primero con el sacrificio de cinco de ellos y luego con el éxito de dos misioneras el contacto definitivo con los waorani.

Por esos mismos años veinte hay otro misionero, éste católico, Emilio Giannotti, de la Misión Josefina de Tena, que se va a distinguir por una sensibilidad muy específica hacia los indígenas ocultos. Giannotti es uno de los mejores testigos del tiempo, él no hablaba de oídas sino por comprobación personal. Por eso sus quejas tienen valor añadido: ¡cuántas de estas infamias tendremos que contemplar como espectadores!, infamias que siguen cumpliendo ciertos prepotentes criminales del oriente; delante de tanta barbarie legalizada ¿qué corazón bien nacido no tendrá un sentimiento de compasión?[17]. Dos años después, La caza de los salvajes recoge el testimonio de un informante que participó en un incidente con varios lanceados entre kichwas recolectores de caucho y (muy probablemente) waorani. La conclusión del misionero no puede ser más explícita: aquí el infiel tiene tanto valor como el animal salvaje, todos pueden matarlo a la menor oportunidad[18].

En un estudio que hicimos sobre el caso no fue posible contabilizar con exactitud el número de prisioneros, muertos o sobrevivientes, hechos por los hacendados a lo largo de estas décadas; pero todas las referencias hacen pensar que fueron muy numerosos. El temor de los ataques waorani fue tan grande que la margen derecha de Napo era tierra de aucas, desde Puerto Napo al menos hasta enfrente de la gran hacienda Providencia de Abraham Ron. Podían darse intrusiones de buscadores de caucho, cultivos ocasionales, entradas de cacería y pesca, pero no hubo viviendas permanentes. Esta situación perdurará, con intermitencias en los ataques, hasta el final de los años 50[19]. Más de medio siglo de asechanzas y muertes de lado y lado, la cosecha de sangre fue abundante sin que en Ecuador nadie moviera un dedo.

El contacto (casi) pacífico con Waorani

En enero de 1956 cinco jóvenes misioneros norteamericanos, que trabajaban entre kichwas y shuaras ecuatorianos, lograron, en secreto, un primer contacto con tres waorani en una playa del Oglán, tributario de las cabeceras del Curaray. Su nula experiencia en asuntos de grupos no contactados, o en la historia de los waorani, así como su fervor idealista evangélico, les llevó a creer que aquellas dos mujeres y el joven que salieron a su encuentro eran amigos. En realidad estaban tratando de enterarse con los cowori qué había sido de un familiar suyo, Dayuma, que había huido del grupo unos años antes. Al día siguiente se repitió el encuentro entre waorani y misioneros, pero esta vez el grupo wao salía a vengarse: mataron a lanzazos y cortaron con sus propios machetes a los cinco jóvenes, mientras uno de éstos disparó en la cabeza al menos a un wao, Nampa. Éste era hermano de Dayuma y murió pocos días después.

Ninguno de los cinco misioneros pertenecía al ILV (Instituto Lingüístico de Verano), pero fue esta institución la     que se apoderaría del incidente y lo convertiría poco después en la bandera de lo que llamaron la misión más famosa del mundo[20]. Un verdadero tesoro para su propaganda en EEUU, donde sumaron miles de voluntarios a la causa y sus finanzas. El ILV, en realidad, era una misión fundamentalista encubierta bajo un paraguas lingüístico. La mayor parte de sus integrantes tenían mucho más de propagandistas evangélicos que de científicos lingüistas, aunque no faltaron algunos de éstos de verdadera competencia. Rachel Saint, hermana de uno de los muertos en 1956, y E. Elliot, esposa de otro de ellos, lograron en 1958 entrar en el grupo de los waorani que habían lanceado a sus familiares. Lo hicieron aprovechando la amistad que habían logrado con mujeres waorani fugitivas del mismo grupo. No es éste el lugar adecuado para detenernos en los detalles de ese contacto, por lo demás muy publicitado. Pero sí hemos de apuntar algunos aspectos del mismo reveladores de la actitud misionera inicial, de su evolución posterior y de las reacciones que suscitaron dentro de Ecuador.

El ILV era una institución sumamente discreta, incluso con un alto grado de secreto en sus operaciones y métodos. Su objetivo eran los grupos indígenas nada o poco contactados del continente americano (también del mundo entero); sobre todo aquéllos que por su escasa población o dificultad de ingreso no estaban siendo atendidos por los Gobiernos respectivos, ni siquiera por otros misioneros. El procedimiento legal solía ser suscribir convenios con las autoridades nacionales mediante los cuales el ILV se comprometía a contactar, ayudar en educación y salud a esos grupos aislados, todo ello a partir del dominio y la escritura de su idioma. A cambio solían conseguir el práctico monopolio de su trato. El hecho de presentarse en el campo de acción como un instituto lingüístico y no como misioneros, les permitió obtener contratos a largo plazo con gobiernos tanto católicos como anti-clericales. A cambio de estudios de las lenguas, alfabetización y otros servicios, tales como el «mejoramiento moral» de los indígenas, los gobiernos dejaron que un instituto lingüístico operara libremente en donde desease, dice Stoll[21]. Los del ILV creaban en los diferentes países bases impermeables a cualquier contacto con las sociedades nacionales respectivas con las que mantenían una mínima o inexistente relación. Como solía decir alguno de ellos: nos interesan nuestros indígenas y Dios. Solo cultivaban relaciones con personajes claves en la gobernación de los países, que en esos años solían ser por lo general militares.

Del contacto y primera convivencia con los waorani, tema controvertido en Ecuador hasta el día de hoy, nos interesa señalar unas pocas particularidades.

Ante todo fue un hecho exitoso, al menos en cuanto lo principal: la supervivencia física de los waorani. Contra lo que se sigue generalizando hasta hoy, en ese caso el contacto no solo no los exterminó sino que muy probablemente los salvó de su destrucción. Por aquél entonces estaban sometidos a una enorme mortandad por causas internas y también por asesinatos foráneos; los grupos se iban reduciendo drásticamente. Hoy los waorani han multiplicado por más de 6 veces su población de entonces.

El primer contacto fue hecho y mantenido luego fundamentalmente por mujeres misioneras en alianza estrecha con otras mujeres waorani lo cual le confirió notas peculiares. Es seguramente el caso más evidente de una misión femenina, al menos en Ecuador. Eso tendrá luego importancia sustancial en las relaciones de influjo y poder que ellas crearán en el interior de los grupos, exaltando también el poder de las mujeres waorani: el famoso tema de lo que llamarán en Ecuador las reinas aucas, etc.

En la forma en que se hizo, es decir, no solo contacto de un grupo, sino reducción de la gran mayoría de clanes alejados entre sí o enemigos en un solo lugar, eso no hubiera sido posible sin la intervención enérgica, atinada y continua de las misioneras. O lo que es lo mismo: sin la convivencia continuada y muy estrecha. Con todos los aspectos inapropiados que se le quieran poner a esa acción, al mismo tiempo no se puede dejar de atribuirle su decisivo aporte a la salvaguarda del conjunto waorani. Solo quienes hayan convivido algún tiempo entre ellos podrán evaluar la increíble entereza que se necesita para soportar largo tiempo una situación de esa naturaleza. Hay que evaluar en este caso concreto, con sus pros y contras, lo que significa esa actitud, frente a otras descritas por Roa Bastos: el antropólogo, frente a la tribu indígena, vino, vio y se fue, y escribió generalmente en otra lengua[22].

Se hizo al unísono con la expansión petrolera al sur del Napo. El ILV gozó de la total confianza de las FFAA de Ecuador, entonces en el poder, y de sus socios de Cepe/Texaco. La relación directa entre la acción misionera y la iniciativa militar-industrial está fuera de duda, aunque habría que precisarla mucho mejor de lo que se ha hecho hasta ahora. En el Oriente muchas veces las cosas no son como aparecen. En todo caso, esos intereses complementarios de misioneros-militares-petroleros están a la base de la rápida reducción de casi todos los waorani conocidos lograda en menos de 10 años y que dejó a la industria y a los muchos invasores de tierras la selva libre de la asechanza wao.

La reducción en Tiweno y Toñampari gozó de un hermetismo magistral. Fuera de muy pocos militares, muy contados ecuatorianos tuvieron acceso a la misma. Las informaciones o publicaciones sobre lo que allí sucedía solo estuvieron dirigidas al público del ILV en el extranjero, lo mismo que sus famosas misiones donde empleaban waorani que presentaban como conversos. Esas giras de propaganda nunca tuvieron el objetivo de informar a los ecuatorianos sobre quiénes eran los waorani. Una consecuencia favorable de esa clausura es que consiguió salvar a los recién contactados de muchas enfermedades de contacto. Es cierto que sufrieron una grave epidemia que mató a más de 16 waorani y dejó paralíticos a bastantes más.

Es preciso que el investigador encuentre el centro de la cultura indígena..., se lee en un Informe de labores del ILV al Gobierno, junio 1957. El ILV sabía muy bien hasta qué punto es imprescindible el idioma para poder comprender, y por tanto influir decisivamente en un grupo indígena. Se puede decir que ellos aspiraban a llegar a ese centro cultural y a transformarlo, cosa que también suele hacerse después de cualquier contacto. Por supuesto no estaban igual de acordes sobre qué otros componentes integran el centro de las culturas y hayan de ser preservados. Si se repasan alguna de las opiniones de sus misioneros podrían resumirse, de una forma un poco caricaturesca: el indígena tiene la forma, el misionero tiene el contenido. El misionero tiene la verdad, el indígena le presta la forma de expresión. Lo que piensa el indígena no tiene importancia, es ignorancia y tinieblas. El misionero le dice al indígena: préstanos la forma que nosotros nos ocupamos del contenido.

La acción del ILV con los waorani fue levantando en Ecuador una polvareda de críticas que culminó en la expulsión del Instituto en 1981, en el primer Gobierno democrático de Roldós tras la dictadura militar. Nos referiremos a eso después. Pero se ha de insistir en el deficiente y prejuicioso análisis que se ha hecho de su labor. Por ejemplo, apenas de ha distinguido entre el trabajo oficial del ILV frente a una personalidad tan extrema y contundente como la de Rachel Saint, que fue misionera suya, luego refractaria o directamente opuesta a sus métodos y finalmente expulsada de la institución. Por supuesto es en buena parte responsabilidad del Instituto no haber deslindado bien, también ante la sociedad ecuatoriana, el trabajo, finalidad, competencia de unos y otros.

Años después, por desuniones internas entre los misioneros/as respecto al método o trato con los waorani y también por la intrusión de algunos indagadores extranjeros, comenzó a romperse la cortina de hierro en torno a la reducción. Recordemos que las décadas de los 60 y luego de los 70 fueron de eclosión de otros movimientos sociales y políticos, en Latinoamérica y Ecuador. Recurramos de nuevo al resumen de Stoll que entresacamos de su libro: Una nueva generación de evangelizadores, indigenistas, revolucionarios y agencias gubernamentales invadió las comunidades nativas, empeñados todos ellos en reclutar a los indígenas para proyectos contradictorios. Nuevas alianzas entre indígenas y sectores de la sociedad colonizadora entraron en competencia con las antiguas. Las luchas clientelistas encendieron la ira nacionalista que empezó a sacar al ILV de sus fortalezas estatales. Comités universitarios, periodistas y políticos se hicieron eco de estos conflictos y advirtieron a la nación sobre su gran peligro[23].

Repitamos que resulta obvio que el ILV tuvo una importancia capital en la suerte de los waorani. Eso abarca tanto su salvamento, como su reducción y la manera de su primera evolución después del contacto. Durante casi 20 años lograron un auténtico monopolio sobre más de las ¾ partes de su población. Digamos, para terminar el resumen, que su impronta en ellos nos parece potentísima, mucho más que el conocimiento que sobre los waorani produjera el ILV en la sociedad nacional.

La ciudad de Coca y la Misión capuchina

Mientras eso sucedía con los misioneros evangélicos, existen en esa misma zona dos misiones católicas: la del Napo, a cargo de los josefinos, y la del Aguarico, de los capuchinos. Ésta fue creada en 1952, aunque la primera visita de uno de sus futuros integrantes se dio al año siguiente. Curiosamente el mismo año de la entrada del ILV en Ecuador. Como se ve, los sucesivos Gobiernos ecuatorianos jugaban a todas las barajas misioneras, evangélicas o católicas, sin distinción. En el informe preliminar del capuchino podemos leer: En las cabeceras de los ríos Tiputini, Yasuní, Nashiño y Cononaco se hallan las tribus salvajes de los 'aucas'; han sido localizados y fotografiados repetidas veces desde los aviones y su número se calcula en un mínimo de 1000, habiendo quien afirma que no bajan de 2.000[24]. Seguimos por tanto con el apelativo de aucas/salvajes y con una escasa o nula información sobre los ocultos. En realidad, los waorani eran muchos menos de los que suponía.

Poco tiempo después la Misión, en unión de algunos lugareños, decide abrir la nueva fundación de Francisco de Orellana o Coca. Eligen para ello el lado derecho del Napo, algo más arriba, de la boca del río Coca. Pero muy pronto comenzaron los ataques de los aucas y se desistió, cambiándose a la otra orilla, informa el primer responsable de la misión P. Miguel Gamboa[25]. Precisamente a partir de 1958, año en que las misioneras evangélicas hacen su contacto con el clan de las cabeceras del Curaray, comenzará un período de sangrientas pugnas con los waorani a partir de la apertura de esta población en el sitio que ocupa en la actualidad, en la margen norte del río Napo. Trece kichwas morirán lanceados en los años siguientes, hasta que el ILV consiga la reducción de los principales grupos waorani. Entre éstos las víctimas también fueron considerables.

Por entonces, las misiones aceptaban las normas del orden político administrativo en la búsqueda de una transformación del sector correspondiente o, por emplear palabras de ese tiempo, para colonizar y civilizar. Así, en el contrato firmado para diez años, entre el Presidente Velasco Ibarra y el Prefecto de la misión Mons. Gamboa, en 1955, había una cláusula explícita donde los misioneros se comprometían a: trabajar por la colonización y civilización del Oriente ecuatoriano. Concretamente por fundar colonias de blancos o indígenas; fortalecer las fronteras patrias; abrir escuelas, talleres, hospitales, dispensarios, explotaciones agrícolas; abrir caminos; sobre todo civilizar y evangelizar las tribus salvajes de la región (AVA). No olvidemos lo que el Gobierno exigía a los misioneros: civilizar a las tribus salvajes. Eso nunca fue sencillo y los incidentes que nos muestran la violencia de parte y parte se iban acumulando. Como fue el caso inaudito del Dr. Tremblay en 1958, o las muertes entre militares y waorani en el puesto de avanzada de los josefinos en el Cononaco en 1962[26].

Se ha de recordar, además, que esa actitud antes los ocultos no era una mancha aislada dentro de una sociedad oriental que respetara los Derechos Humanos con propiedad. El año 1963, en El Comercio, hay una denuncia: Existencia de verdadero esclavismo en el Oriente ecuatoriano. Firma el estudioso belga F. J. Beghin, que acaba de realizar un detenido estudio sobre las condiciones de la vida indígena a lo largo del Napo ecuatoriano[27]. Resulta obvio que si existe verdadero esclavismo debe tratarse de una sociedad aún con un alto grado habitual de violencia y arbitrariedad[28].

Hacia mediados de los años 60 la existencia de la población de Coca todavía está en el aire a causa de los ataques y asesinatos waorani. Es más, la situación se torna casi insostenible. El pánico se ha apoderado de la población y quieren huir en masa a Colombia, pues no se pone remedio. Los aucas han inspeccionado minuciosamente la zona, en cualquier momento repetirán sus matanzas y pasaremos a la historia como unos cobardes que no supieron defenderse, asegura el Prefecto capuchino Gamboa al comandante general del ejército en una carta de 1964 (AVA)[29], un lapso especialmente sangriento. Para la celebración del Día de Oriente de ese año los generales de la Junta visitaron Coca y Limoncocha, la base principal del ILV. En Coca oyeron las quejas de los vecinos y misioneros. Según Stoll: en Limoncocha, huaorani de Tigüeno cantaron y soplaron sus cerbatanas para los generales. Solicitaron también una reserva. A cambio, Dayuma había ofrecido ayudar a traer a toda la tribu al área de Tigüeno, abriendo así el resto de la selva al comercio. Tres semanas después de que los Huaorani cantaron para la Junta, ésta concedió a la Texaco-Gulf 1,43 millones de hectáreas, y la exploración petrolera fue retomada en serio. Los jefes militares ni siquiera contestaron una carta que el Prefecto de Aguarico le escribió a uno de ellos después de su visita, ese año de 1964: Yo le ruego de rodillas y con toda vehemencia de mi alma que se decidan ya a borrar definitivamente este oprobio de Ecuador: el dominio de los aucas en zonas extensísimas del suelo patrio y la existencia de seres salvajes en pleno siglo XX, siglo de luz, civilización y progreso. Asociemos, cuanto antes, a estos seres infortunados a la vida nacional. No los mantengamos, como hacen los protestantes de Lahuano, en su vida primitiva, usos y costumbres. Podemos conquistarlos sin derramamiento de sangre[30]. En esta crítica explícita a los evangélicos no solo cuenta la competencia religiosa, sino la percepción de los habitantes de Coca de ser atacados a veces por waorani que llegaban desde la reducción del Curaray.

Visto el nulo éxito de su ruego al Gobierno, el Prefecto Gamboa intentó un contacto con los waorani en una larga travesía por el río Tiputini, en septiembre de ese año, buscando sus bohíos. No tuvo éxito. Poco después renunció a su cargo, mientras proseguían los incidentes. En febrero de 1965 pobladores de Coca matan a un gran jefe wao, aunque ellos entonces no se percataron de su alcance. Ente tanto los generales sabían cual era su mejor socio en esa jugada petrolera. El ILV, que dominaba ya el idioma y tenía waorani dispuestos al contacto con sus parientes de los otros grupos, consiguieron paulatinamente su rendición.

Entre tanto había entrado en Coca, como Prefecto de la Misión, el personaje que nos ocupa, Alejandro Labaka. Sucedía al comienzos de 1965. Todavía siguieron los asaltos waorani al pueblo. Ese mismo año un misionero propone, entrevistado por la prensa, dos soluciones: una de carácter militar, efectuando una redada con helicópteros, gases, etc., no para exterminarlos, pues son muy pocos y tienen derecho a la vida, son salvajes y no se dan cuenta de sus actos. La otra solución de carácter religioso: que se permita entrar en su territorio a las misiones, pero inexplicablemente hay una prohibición militar[31]. Tal era el clima que se respiraba en Coca entre la gente más reflexiva, el resto de la población pensaba en soluciones mucho más drásticas. Según refieren otros estudios de Cicame, en ese tiempo hubo auténticas correrías de muerte y venganza de lado y lado, entre waorani y naporunas instalados en Coca[32]. En total, decenas de muertos. Entre tanto, ya vimos que el Gobierno militar ha entregado esa misma tierra en disputa a un contendor mucho más fuerte: Texaco en alianza con Cepe.

Alejandro reúne en abril a los misioneros; deciden enfrentar el problema wao de una manera propia, dejando a un lado definitivamente la colaboración de unas Fuerzas Armadas que preferían otras alianzas. Se toman medidas para formar un equipo dedicado al contacto y se evalúa la situación: hasta ahora sólo los evangelistas se esforzaron por reducir a los aucas; sin embargo, ellos sólo tienen contacto hasta hoy con un grupo muy lejano a nuestro territorio. Existen otros independientes con los que nadie tuvo contacto, ¿con qué motivos pueden los lingüistas de Limoncocha monopolizar la cuestión auca? Había motivos, desde luego. El ILV llevaba para entonces seis años penetrando el mundo wao, manejaban su lengua y sus sistemas de parentesco y relaciones, tenían a su disposición potentes instrumentos humanos waorani y técnicos totalmente ajenos a los misioneros católicos. Finalmente contaban, precisamente por su competencia y capacidad de control, con el favor de los sucesivos dueños del poder ecuatoriano; tanto los presidentes civiles, como los militares de ese decenio del 60 estuvieron siempre a su favor y con todo gusto les ofrecieron el monopolio de los waorani.

En junio y agosto del 65 realizan, Alejandro y otros los misioneros de Coca, vuelos de avioneta al mismo tiempo que azarosas y complicadas expediciones por el Indillama. En enero del año siguiente otra por el Tiputini. Todas sin éxito. No tienen cobertura aérea en esas expediciones, caminan a ciegas y acompañados de kichwas muertos de miedo. Alejandro percibe muy pronto que el tablero de esa jugada oriental con los waorani se maneja desde Quito aunque se ejecute en el Oriente. En octubre de 1966 escribe al presidente Otto Arosemena: Espero se haya encontrado ya alguna forma de ayudarnos para hacer posible la compra del helicóptero para completar nuestra labor de integrar los aucas en la nacionalidad ecuatoriana. Pero ya en esos primeros documentos Alejandro inserta esa necesidad dentro de una panorámica más amplia en la que contempla otras reivindicaciones indígenas hacia las cuales siempre se sentirá muy cercano. De manea que, en la misma carta, pide al Presidente establecer y entregar los títulos de las reservaciones para las distintas Comunidades indígenas para que no sean injustamente desalojadas de sus tierras y obligadas a ser los eternos nómadas en su propia región[33].

Hacemos acá el apunte de un hecho determinante  en la vida y evolución de la acción misionera de Alejandro, del que ya se ha tratado en otros espacios[34]: la participación en la última sesión del Concilio Vaticano II. Verse rodeado de miles de obispos llegados a Roma desde todos los ámbitos y culturas del mundo fue para él una revelación definitiva. La iglesia debiera ser en verdad católica, es decir, universal; o, lo que es lo mismo, ser capaz de recibir y enriquecerse con todas las lenguas, culturas y estilos humanos. El espíritu divino está en todos ellos, en cada uno de una forma original e incomparable. Se trata de interpretar bien esas voces de la Palabra original. Alejandro absorvió como una esponja la belleza y valor de las diferencias y al mismo tiempo las semejanzas básicas de la multiforme humanidad. Por tanto, reforzó aún más su voluntad de ayudar a proteger una cultura tan inédita como la wao, a tratar de conocerla, aun si en esos intentos debía arriesgar la vida[35].

Todavía se dan lanceamientos el año 1967, mientras continúan los intentos de los capuchinos para establecer contacto desde el aire. Los misioneros estamos persuadidos de la necesidad urgente de emprender una acción eficaz, por aire o por tierra, para realizar esta obra evangelizadora, si es que queremos llegar a tiempo. Tememos que todos los esfuerzos hechos hasta ahora sean estériles e infructuosos. La compañía petrolera Texaco ha iniciado sus estudios previos para descubrir el petróleo, precisamente en el terreno ocupado por los aucas. En el poco tiempo que ha estado trabajando se ha dicho, con fundamento, que al igual que en otros tiempos la Shell, también la Texaco ha arrojado bombas sobre los salvajes. Se ha hablado, entre la gente sencilla, sobre la conveniencia de dormir a los infieles con gases que les priven de sus sentidos, para así sacarlos del medio en que viven y llevarlos a establecimientos, preparados de antemano, para poderlos educar sin peligro alguno. Esto nos brinda la oportunidad de ocuparnos seriamente del problema y, si está en nuestras manos, hacer algo, material y espiritualmente, para que pronto sea una realidad este anhelo que a todos nos preocupa. Alejandro es hombre práctico, sabe la fragilidad de los clanes waorani frente al poder arbitrario de una industria y unos políticos sin control social, teme con fundamento por la supervivencia de los indios ocultos. Recoge con cierta ironía las propuestas populares para una solución que él considera de otro modo.

En todo caso, pese a su redoblado interés no llega a tiempo de intervenir de manera decisiva. Mientras la IV Conferencia de Municipalidades de la Provincia de Napo, 28/9/67, tributa público homenaje a las tres misiones católicas de la zona y sugiere activar el programa misionero en el territorio auca, Alejandro se entrevista con el Presidente Otto Arosemena. A continuación le recuerda en una carta el compromiso de los misioneros para poder integrar en la nacionalidad ecuatoriana a estas tribus no civilizadas, ahora contamos con una avioneta. Los signos son satisfactorios, pero la entrada por tierra es imposible. Necesitamos un helicóptero para hacerlo posible, prevenir ataques contra petroleros y evitar también acciones contra los aucas[36]. Recuerda que hasta ahora el Gobierno no ha hecho nada por esta minoría (id.) y hace dos solicitudes: Que no se pongan trabas a los intentos de los misioneros. Que se entregue a la Misión Capuchina cualquier auca cogido prisionero o herido (id.).

Se refiere en esta última petición a un caso ocurrido hacía poco en Coca: en una de las expediciones de castigo del pueblo contra los atacantes waorani, se capturó viva a una muchacha, Oncaye. Los misioneros creyeron que podría ser el eslabón perdido, la manera de aprender el idioma y lo necesario para hacer después un contacto pacífico. Sin embargo, Rachel consiguió con el auxilio de los militares llevarse a la muchacha, que ella sabía era un tesoro. En efecto, Oncaye conseguiría apenas dos años después la retirada de todo el gran clan Piyeimoiri que operaba frente a Coca hacia Tihueno, más de 100 personas. Más tarde sería también clave en la reducción de los Baiwairi. En el caso de los waorani, el ILV dominaba el escenario nacional e internacional. Estaba muy por delante de sus émulos.

En 1967, Kimo, uno de los ejecutores de los cinco misioneros en 1956, totalmente convertido, tanto en su manera de ser como en su modo de vida, gracias a las enseñanzas acerca del Dios vivo, fue invitado a Berlín, como delegado de los aucas cristianizados, a un congreso mundial de evangelismo[37]. Acompañado de Rachel y Komi dio testimonio ante 1.200 delegados de 100 países: Dios me mandó a vosotros. Él también me ha encargado regresar a mi tribu para llevar su mensaje a mis hermanos aucas que aún son salvajes[38]. Se ha criticado durísimamente la utilización que el ILV hizo de sus primeros y de seguro apresurados conversos en ésta y otras operaciones de evidente propagandismo. Hemos de evaluar si parecidas técnicas no han sido y siguen siendo empleadas por algunos de los más críticos de entonces, con bastante cinismo, hasta el día de hoy.

Para el año siguiente, 1968, el ILV consigue reducir a más de 100 waorani del entorno de Coca; la ciudad inicial se ve libre definitivamente del asedio y Alejandro burlado en su intento de conocer personalmente a un pueblo, tal como escribirá después, como recién salido de las manos de Dios. Los petroleros, con la selva desalojada, se han lanzado a la conquista de la margen sur del Napo. El ILV, que ya controla el 50% del pueblo wao, informa en 1969: Los aucas son nómadas y [están] llenos de venganzas, supersticiones, brujerías y costumbres salvajes; pero, gracias a Dios, la temida ferocidad de los aucas se está transformando paulatinamente en una vida pacífica y útil para la patria[39]. Su intención futura es meridiana: la obra de pacificación continúa tan aceleradamente como nos permiten las circunstancias y esperamos llegar a todos ellos (otros grupos de aucas salvajes cuyo número puede llegar a 300) en los meses venideros[40]. Así lo hicieron. El año 1971, por primera vez en la historia nacional, una carretera unirá a Coca con Quito; tres años después tendrán un puente sobre el Napo y ese camino de conquista e invasión se introducirá más de un centenar de kilómetros en lo que fue territorio wao. Alejandro, que renuncia en 1970 a su cargo de Prefecto o responsable de la Misión,  estará, los años siguientes, ocupado precisamente en tratar de poner un poco de racionalidad y justicia frente a ese inmenso tsunami que va a ser la colonización de la zona.

Boceto para un retrato del accionar de Alejandro

Ya desde esas primeras actuaciones de Alejandro en torno al problema wao se van a evidenciar algunas de sus características más salientes que le acompañarán el resto de su actuar y que influirán decisivamente en el rumbo que la Misión capuchina tomará en adelante:

Va a combinar siempre, personalmente, la acción directa sobre el terreno con la lucha social  e incluso política para hacer de esa situación una problemática social, de manera que sea percibida y valorada por los ciudadanos ecuatorianos y sus autoridades. Se esfuerza por hacer de los incidentes (que hasta entonces se saldaban con muertes de lado y lado, sin mayor reflexión ni repercusión nacional) en síntomas de un problema de todo el país. Esto es, algo que debe ser tomado con seriedad: la legalidad existente no tiene en cuenta varios derechos elementales de grupos indígenas orientales. Además, para intentar ofrecer una solución bien fundada, va a ir directamente al terreno del problema, allí donde es el escenario del drama, muchas veces haciendo gala de enorme valentía física y arrojo formidable. Luego, reflexionará sobre lo que conoce de primera mano y ofrecerá soluciones leales a las autoridades del momento.

En esa línea de combinar sucesivamente acción/reflexión/propuestas/acción… podemos comprobar cómo su comprensión de las cuestiones orientales en torno a la convivencia humana y sus formas de desarrollo van evolucionando a compás de su reflexión y de los contantes y rápidos cambios de esos años. Alejandro no escribirá mucho sobre sus propias reflexiones, pero conservará cuidadosamente la documentación referida a sus contactos con instituciones o autoridades, así como ese especie de diario de campo que llamamos CRÓNICA HUAORANI. En todas esas páginas, que muestran una gran coherencia  en su línea de actuación, podemos muy bien seguir la evolución de su accionar y proponer.

Va a resultar decisivo para el cambio de orientación del trabajo de una Misión dedicada hasta entonces mucho más a adoctrinamiento, al proselitismo religioso,  que al conocimiento de las culturas indígenas del entorno. Será el principal promotor del Centro de Investigaciones Científicas de la Amazonia Ecuatoriana (CICAME) cuya ejecutoria es conocida y sigue hasta el presente. Cicame fue siempre, muy al estilo de él, no un centro de investigación académica alejado de la realidad, sino un instrumento de acción/reflexión introducido en la misma vida de las comunidades indígenas de la zona.

Es, por temperamento y convicción, una persona dialogante con todos sin excepción. Enemigo del empleo de la violencia, incluso verbal. Tenía un tesón ilimitado para sostener sus pretensiones, pero siempre se sintió incómodo cuando el diálogo derivaba en agresividad o intolerancia. Ante sucesivos políticos o funcionarios sin ningún interés por las cuestiones indígenas orientales, él tuvo siempre la calma y la perseverancia necesarias para ganar terreno a su comprensión. Así consiguió poner, de a poco, en el escaparate público, y también en lo que suele llamarse agenda política, cuestiones indígenas que hasta su actuación  eran consideradas irrelevantes o faltas de interés nacional.

Alejandro tiene una larga experiencia de actuaciones en muy diversas culturas, desde aquellas de la lejana China en su juventud, hasta esas otras que ha cursado en la Sierra y Costa ecuatorianas. Gracias a ello, a su veteranía y equilibrio, es muy capaz de observar las cuestiones sociales con perspectiva, con una buena panorámica de conjunto. De manera que cuando plantee la situación de los waorani como un problema, lo hará en el conjunto de otros: el de los pueblos indígenas de la zona, o los colonos que pronto van a llegar tras las vías petroleras, o aquéllos propios de esta industria vital para el desarrollo del país… y tantos otros que confluyen en ese cóctel explosivo que va a ser la definitiva conquista del nororiente. Por supuesto, él va a tener una especial sensibilidad para defender los derechos de los pueblos indígenas originarios de la zona avasallados por el oleaje migratorio. Pondrá especial cuidado en aquellos minoritarios (sionas, secoyas, cofanes) a los que siente en un mayor peligro de desaparición física, o al menos cultural.

Comprendió de inmediato que es absurdo meterse en rencillas o enemistades con otros misioneros, aunque fueran evangélicos. Se trataba más bien de unir fuerzas, de aprender de los que llevan un camino adelantado y colaborar con ellos. Ni siquiera el escaso entusiasmo que percibirá repetidamente en sus intentos de relacionarse con el ILV y, sobre todo, a la hora de hacer trabajos conjuntos, le disuadirán de su empeño conciliador. Luego hará otro tanto con cualquier otra persona o institución que se interesen o intervengan en esta cuestión.

Apuntes breves sobre los años 70

En la década de los 70 culmina en Ecuador la ejecución de los importantes cambios de la década anterior que exigen reformas en varios campos; la intranquilidad social era máxima y José María Velasco, en el tránsito de la década, se declaró dictador. La sociedad nacional pasaba de una etapa cuyo eje económico había sido la producción bananera, a una nueva que tendría como soporte el petróleo, que acababa de descubrirse en el Oriente amazónico. Al coincidir con el hallazgo de los recursos petroleros, casi exclusivamente amazónicos, el papel del Estado, agraciado por una impresionante renta petrolera, se agrandó y resultó decisivo en el proceso de integración y modernización del país. Se quiso pasar de un Estado regionalista a uno nacional dotado de infraestructura suficiente, comunicaciones, servicios, comercio, para considerarlo como tal. Por otro lado, la férrea conducción militar, amparada en el espíritu de la seguridad nacional, aseguraba una defensa eficaz contra los señuelos de la revolución marxista. Ecuador tuvo petróleo y no guerrilla; fue una isla de paz.

En nuestra zona ILV había logrado, en poco más de dos lustros, cambiar el sentido de la historia wao en muchos aspectos; por primera vez desde la ocupación amazónica, los indígenas abandonaban el sur del alto Napo dejando un inmenso territorio en manos de la colonización blanca o indígena. La nación, por primera vez en su historia, pareció quedarse sin salvajes y un territorio considerable al sur del alto Napo apareció, también por primera vez en la historia, vacío, libre, dispuesto a la colonización.

Con la Ley de Colonización de la Región Amazónica, expedida en 1977, y la creación de INCRAE (Instituto Nacional de Colonización de la Región Amazónica Ecuatoriana), el Estado quiere integrar definitivamente la región oriental al desarrollo industrial del país y consolidar su hegemonía afianzando nuevamente la participación del ejército, siguiendo los principios de la 'Doctrina de Seguridad Nacional'. Sólo en 1979 Ecuador recuperaría la democracia, con Jaime Roldós como Presidente. La inmigración hacia las nuevas tierras nororientales abiertas por la exploración petrolera por parte de los campesinos mestizos fue tan violenta como queda reflejada en algunos índices demográficos de la época (el crecimiento porcentual entre los censos de 1962-74 fue de 155,4 %). La población sufrió dos variantes sustanciales: creció desmesuradamente y, al mismo tiempo, se invirtió, los indígenas pasaron a ser minoría en su propia tierra.

Sin embargo, también éstos migraron en gran número dentro de la zona, una maniobra que se ha estudiado muy poco. Esos movimientos, para el caso de los waorani, tuvieron tanto o más influjo que los de los colonos. Citemos a dos autores bien informados. En la década de los 70, aproximadamente 4.500 runas habían emigrado permanentemente a la zona petrolera de Lago Agrio-Coca y más de 5.000 se habían ido a asentar en las riberas del Napo hasta el Coca. Desde 1980 es la región desde Coca hasta Nuevo Rocafuerte la que se irá convirtiendo en el nuevo centro de inmigración, porque el Estado ha renovado sus esfuerzos de crear 'fronteras vivas' en las zonas limítrofes, especialmente después del último conflicto armado con el Perú en 1981[41]. La zona entre Ahuano y Coca, casi despoblada hasta hace pocos años, cuenta ahora con muchas familias de colonos venidas de la Sierra y también con otras oriundas de Tena, Archidona o del valle del Anzu; el censo de 1973 da 212 familias y 1.200 personas entre Huacamayo y la boca del Suyuno[42].

Con la reducción de los waorani, la ribera derecha del Napo fue rápidamente ocupada por los naporunas , primero en las tierras ribereñas de Ahuano a Rocafuerte; más tarde extendiéndose paulatinamente hacia el interior. Cosa semejante ocurría en las cabeceras del Curaray, donde el Protectorado wao quedó embolsado entre runas y colonos. El territorio wao comenzaba a ser roído en casi todo su contorno. Lo más doloroso ocurrió cuando desde la margen enfrente de Coca, hasta hacía muy poco bastión huao, una carretera petrolera (Vía Aucas) cortó por su mitad la enorme región; esa vía, más los ríos que atravesaba, se fueron convirtiendo en frentes de una conquista implacable.

Otra reacción de los indígenas mayoritarios (de habla quichua o shuar) que se dio, animada por algunas misiones, antropólogos y una creciente intercomunicación indígena latinoamericana, fue la de autoorganizarse. Esto produjo ante todo notables transformaciones culturales dentro de los diferentes grupos: debieron pasar de la cultura familiar al orden comunitario, de la dispersión al sedentarismo, de ser en buena parte cazadores-recolectores a iniciarse y luego progresar como cultivadores y ganaderos. Al mismo tiempo, y progresivamente, la organización propia les fue confiriendo nuevas identidades, más la percepción de su poder como instituciones capaces de presionar e influir en las decisiones políticas o administrativas. En el sur, se había organizado ya en 1964 la Federación Shuar.  En 1969, se creó la FOIN (Federación de Organizaciones Indígenas del Napo).  Luego, por contar solo las de nuestra zona de Coca, se fueron legalizando: Fcunae, la Federación de los naporunas; Oisse, de los sionas-secoyas; Acoinco, de los cofanes; Federación Shuar, de los grupos shuar inmigrados. Para la década de los 80 existirán otras cuatro organizaciones indígenas quichuas, integradas todas en una confederación regional amazónica (CONFENIAE).

Hay que notar que las iniciales organizaciones kichwas, enemigos tradicionales de los waorani, no incluían precisamente el tema de la defensa de los que luego llamarán sus hermanos waorani entre las reivindicaciones más sentidas. Así que les costó unos años llegar, supuestamente, a ese sentimiento de hermandad.

Finalmente añadamos un dato más a este bosquejo apresurado para la década, relativo al tema que nos ocupa. En este caso se refiere a las dificultades internas del ILV y al acoso social a que fue sometido hasta su expulsión oficial del país. En cuanto a su fuero interno, ya apuntamos que los primeros conflictos provinieron de la personalidad avasalladora y totalitaria de Rachel que la enfrentó a los otros miembros del ILV hasta resultar despedida de la institución y expulsada de la reducción (luego regresaría por propia cuenta). El año 1973, ILV recurrió a uno de sus antropólogos, James Yost, para hacer una evaluación de su trabajo; también le pedía propuestas para el futuro. Sin duda es uno de los personajes que han influido más en la reciente historia interna wao, no solo por sus 10 años de permanencia entre ellos, también por estudios del ambiente wao que realizó posteriormente, por desgracia muchos de ellos no editados en Ecuador. Su intervención fue decisiva para la reorientación de algunas actividades del ILV: corregir algunas conductas excesivamente proteccionistas, el acaparamiento de poder en el caso de muy pocas mujeres, retrasar primero y luego cortar la captación de waorani del sur (Gabaron), alentar a los clanes a buscar nuevos lugares de vida e incluso a regresar a sus sitios originales… No hizo tales cambios sin problemas a veces de consideración: Me opuse a esta reubicación pensando que los waorani no debieran evacuar sus tierras y que se colocaba a los nuevos grupos en una posición vulnerable, ya que éstos quedaban obligados hacia sus parientes del río alto al recibir sus alimentos. Los waorani implicados me corrigieron rotundamente. Fue una de las dos veces en que fui amenazado; deseaban reubicarse para conseguir esposos y esposas, todo esfuerzo para impedirlo provocaría su ira[43].

Pero las complicaciones más acuciantes para el ILV le llegaron, primero de aquellos que lograron contactar con los clanes que abandonaban el protectorado, opuestos al control misionero; luego del coro de antropólogos y estudiantes imbuidos mucho más de las consignas marxistas de la época que de un estudio eficiente del caso. Después de las primeras irrupciones de algunos estudiosos a comienzos de los 70 (Patzelt, Baumann), desde el poblado autónomo de Dayono abierto a los turistas, comienzan a filtrarse noticias de los reductos de Tiwueno o Toñampari. En 1974 Patzelt recogió la noticia de la muerte de Nampa acaecida en 1956, cuando la muerte de los cinco misioneros. Hubo balazos dentro del pretendido martirio, cosa que nunca se había confesado. Esta noticia publicada en los diarios nacionales, aireada desde varias universidades, puso en la picota la credibilidad del ILV, que ordenó la investigación de Yost[44]. El año 1975 se dan conferencias sobre el tema del ILV en universidades como la de Cuenca  y la Católica de Quito; se denuncia al ILV como medio de penetración para el capital extranjero. Algunos antropólogos nacionales se hacen eco de la recriminación de Patzelt de que tratan de cerrar el Oriente a la investigación científica[45].

Los estudiantes de antropología de la Universidad Católica de Quito acusaron al ILV de usurpar la tierra de los waorani. No había cumplido con su contrato, declararon los estudiantes, sus estudios no tenían valor científico alguno. Finalmente, ecuatorianos más capaces y mejor entrenados, más afines a los indígenas debido a la naturaleza misma de nuestra raza, estaban siendo excluidos del esquema bilingüe que los norteamericanos utilizaban para trasmitir valores ajenos a la realidad latinoamericana y reforzar el sistema de dominación[46].

Cuando el Ecuador retornó al gobierno civil en 1979, el nuevo Ministro de Educación puso en marcha una investigación. Las organizaciones indígenas proliferaban, y el gobierno reconoció al Ecuador como una nación multi-cultural. A principios del año siguiente, el gobierno solicitó la opinión indígena sobre la propuesta de un instituto indígena nacional. Delegados indígenas de todas partes del país condenaron la política oficial. Exigieron una reforma agraria total, el control indígena sobre el propuesto instituto y la expulsión de los misioneros extranjeros, particularmente del Instituto Lingüístico. El Presidente Jaime Roldós decretaría dos años después la anulación del contrato que mantenía con el Estado. De todos modos el ILV seguiría entre los waorani oficialmente hasta 1992, luego y hasta el presente continúa las secuelas a través de los grupos evangélicos instalados entre ellos con enérgica actividad.

Un documento intencional

El año 1976 Alejandro participó en Shushufindi en el acto creacional de UPAME (Unión de Pueblos amazónicos Ecuatorianos), una pretendida coordinación de grupos amazónicos que no prosperó. Pero resulta significativo entre su trabajo e intereses de entonces el discurso que allí pronunció, un texto escrito que conservamos y que sin duda preparó con cuidado para el caso. Presentamos un extracto del mismo, porque compendia muy bien la reflexión y el compromiso de Alejandro, muy poco dado a demagogias o denuncias, mucho más inclinado a un análisis firme de los hechos, junto a propuestas especificas que se refieran a mejorar de inmediato la vida cotidiana dela población.

Se puede observar el peso que las consecuencias de la explotación petrolera tienen en su análisis, la crítica al Estado inexistente en la zona, pero también a la acción misionera. Ambas han hecho muy poco por los pueblos originarios amazónicos. Se refiere especialmente a los que llamará habitualmente minorías y que acá trata, con una expresión clásica en las crónicas misioneras, de reliquias.

El descubrimiento del petróleo y la consiguiente transformación de la zona han supuesto para estas tribus la invasión de todos sus territorios, reducción de sus dominios a su mínima expresión, ausencia de medios ordinarios de subsistencia como cacería y pesca, paso a una civilización para la que no se les ha preparado. Y en comparación de las pérdidas, son muy pocas las ventajas que hasta el presente les ha ofrendado el petróleo.

También podemos constatar que es muy poco lo que tanto las instituciones oficiales como particulares misioneras han hecho por ellos y que, por tanto, se encuentran en una situación de marginación.

La ley desconoce su existencia y hay un desamparo legal al no haber puesto los medios necesarios para darles una personería jurídica, legislación apropiada para la defensa de sus derechos humanos, documentación ciudadana, etc.

Existe actualmente el peligro real de invasión de sus tierras habitadas por ellos desde tiempo inmemorial y esto no solo en cuanto a tierras que podrían denominarse comunales sino también las tierras que podrían considerarse como familiares y esto por la sencilla razón de que carecen de todo título legal de propiedad y de leyes apropiadas para defender sus derechos de posesión.

Igualmente existe el peligro real de pretender imponerles sistemas sociopolíticos locales y nacionales que distorsionan su propia estructura. No existen escuelas para defender su cultura y su lengua.

Es por tanto una realidad el peligro de desintegración biológica y cultural de estos pueblos amazónicos del Ecuador y se impone una tarea con los máximos esfuerzos de todas las instituciones, tanto del Estado como instituciones particulares y de las misiones religiosas para salvar las reliquias del HOMBRE AMAZÓNICO ECUATORIANO Y SU CULTURA AMAZÓNICA. Esta tarea en orden de prioridades podría concretarse en los siguientes puntos:

1. Escuelas bilingües

2. Otorgamiento de personería jurídica y documentación individual ciudadana

3. Otorgamiento legal de títulos de propiedad de tierras ancestrales

4. Una legislación adaptada a sus derechos

5. Obras de infraestructura en sanidad, facilidades de mercadeo

6. Sensibilización de la conciencia nacional sobre la riqueza de la cultura pluralista de la nación, respeto de sus toponimias, su historia propia…

Este es el misionero que va a tener muy pronto su primer contacto con un grupo wao: comprometido con las organizaciones indígenas nacientes, casi angustiado por la debilidad que observa en algunos pueblos minoritarios que pueden ser arrasados por la ola petrolera y sus temibles secuelas. Alejandro, en el ruedo de la acción social, alejado de cualquier discurso (por ejemplo del marxista, tan en boga entonces que parecía obligatorio), apegado a la realidad conflictiva, viviendo en ella, proponiendo soluciones eficientes.

Contacto de Alejandro y propuestas al vacío

Cuando en 1975 James Yost se opuso a la finalización de esta última reducción y el ILV cortó los vuelos a la pista de Gabaron, las familias de los alrededores se fueron dispersando. En ese momento eran ya 525 waorani en el área de Tihueno; más de tres cuartas parte de la totalidad. Lejos de allí, por los alrededor del corazón del antiguo territorio wao, donde confluyen las cabeceras de ríos como el Yasuní, el Nashiño, más las cuencas del Tiputini y Tivacuno, se disgregaron varios clanes que habían mantenido contactos ocasionales con los misioneros del ILV y sumaban unas 100 personas. Al mismo tiempo, apenas sumaban dos docenas un pequeño grupo más al norte, los Tagairi, que se había resistido a cualquier intento de contacto y mostraban hostilidad a todos los demás. Con algunos de los que se disgregaron de la pista de Gabaron va a comenzar su particular aprendizaje de relación personal. Diez años después de que ya los diera por perdidos, el azar le propondrá un encuentro.

Para incorporar las acciones de Alejandro que ahora vienen en el contexto del momento, recordemos lo dicho arriba sobre la ruptura progresiva del control del ILV entre los waorani de Tiweno. Ya se habían dado las informaciones y denuncias de Patzelt, así como las primeras airadas protestas estudiantiles y académicas ecuatorianas sobre la existencia del Instituto. El ILV reacciona cambiando su política interna en el Protectorado, evaluando su labor con Yost, oponiéndose al absolutismo de Rachel, entreabriendo su hermetismo ante la sociedad ecuatoriana, insistiendo en el problema territorial… Patzel ha encontrado su filón de antropología fotográfica y persistirá en él los próximos años, en alianza con Sam que ahora será Caento, un defensor de las esencias ancestrales waorani al servicio de sus clientes exclusivos. También intervendrán gentes como Gartelmann (el más sensato), Broennimann, etc. con visitas rápidas a algún grupo y publicaciones intuitivas, más o menos enfocadas. Los waorani serán mostrados ante el país como valiosa curiosidad nacional. Se hablaba mucho más de librarlos de las manos del ILV que de ningún plan medido a su favor.

El mes de julio del año 1976 Alejandro, que reside por entonces en Nuevo Rocafuerte, sabe de los aprietos que obreros de trocha sienten por las escaramuzas de los grupos waorani procedentes de Gabaron. Responsables de la empresa de exploración CGG han contactado con el ILV, desde donde han enviado a uno de los personajes de ese tiempo: Sam/Samuel/Caento[47]. Alejandro actúa con gran prudencia, no quiere obstruir la acción del Instituto. Escribe en su diario: No queremos interferir o entorpecer esa labor, pues consideramos que es obra de la Iglesia lo que los Misioneros Lingüistas hacen con tanto esmero y en nombre de Jesús por la tribu Auca[48]. Pero, tal como vimos, los del ILV, que deben ocuparse de la gran mayoría del pueblo wao, están por entonces en muchos y complicados frentes, por tanto no prestan mayor atención a estos incidentes. Alejandro comprueba que hay vía libre y, muy a su estilo, pasa a compartir el campamento de los obreros, tratando de afrontar él mismo las consecuencias de los abordajes waorani. De esa manera tiene su primer encuentro con los visitantes en agosto de 1976, episodio que cuenta en su diario con toda la emoción de quien considera que está alcanzando el contacto con una forma de humanidad insólita, para él asombrosa.

Pero ya dijimos que Alejandro no toma ese encuentro como una experiencia solamente personal. Claro que él vive el episodio desde un punto de vista religioso, esto es religado o unido a su concepción de la vida como regalo de Dios. Los waorani son una manifestación inédita de esa creatividad del espíritu y él los descubre con un sentimiento no solo de respeto, sino de casi adoración. Él esta dispuesto a ofrecerles su vida como servicio y apoyo.  Pero de eso se tratará en este simposio otros días. Nos toca aquí fijarnos más bien en otra faceta que él nunca olvida al tratarse de los waorani, su preocupación básica podría ser enunciada así: ¿qué hacer para que sigan siendo ellos mismos, sin romper con su cultura, y al mismo tiempo que sean reconocidos, respetados, y formen parte especial de la nación ecuatoriana?

¿Quiere eso decir que Alejandro dio desde un comienzo por imposible la subsistencia retirada de los grupos ocultos? No, como vamos a comprobarlo de inmediato. Recordemos que el grupo wao al que accede Alejandro ese agosto de 1976 era un clan ya contactado desde años atrás por misioneros del ILV. Les habían visitado en la pista de Gabaron, incluso habían permanecido en algunos de sus bohíos por breve tiempo, si bien muy pocos de ellos habían visitado el Protectorado. El interés que suscitó ese contacto en Alejandro fue tan extraordinario que de inmediato preparó un documento que remitió a Cepe y el Gobierno de la nación: Informe desde la zona huaorani[49].

Resumimos un parte de su principal petición en el punto cuarto: El petróleo y los huaorani:                Reserva nacional petrolera y reserva huaorani. En atención a la situación de este grupo étnico de la amazonia ecuatoriana, Cepe debería declarar como Reserva Nacional los posibles yacimientos petroleros de esta zona dando prioridad de exploración y explotación a otros yacimientos más lejanos. Al mismo tiempo podría declarar como Parque Forestal Nacional el territorio ocupado actualmente por los diferentes grupos huaorani con suficiente extensión para su supervivencia por medio de la caza y pesca.

Esto quiere decir que, desde el primer instante, Alejandro sitúa la cuestión wao en una perspectiva amplia y novedosa. No se trata de una anécdota oriental, ni de sucesos pintorescos y aislados. Es un problema de rango nacional. Porque afecta a derechos originarios de un grupo humano ante los cuales hay que adaptar la legalidad vigente que no los aglutina. Por eso, para él no es algo que tenga que resolver Cepe, sino el Estado. Ni se puede solucionar con regalos, o medidas de aliño. Por el contrario tiene que ver con aspectos mucho más sustanciales: derecho a un territorio, discusión sobre si puede explorarse sin contar con la voluntad de sus poseedores ancestrales… De todas formas, notemos desde ahora que la pretensión de Alejandro va a quedar truncada en su mismo inicio por una razón asombrosa: él se dirige al Estado, pero éste no existe en la amazonia ecuatoriana. O al menos aparece suplantado por el ejército, Cepe y sus socios petroleros extranjeros, Incrae, e incluso el ILV y las misiones. Alejandro considera que se trata de una cuestión nacional, pero la nación, en su máxima representación del Gobierno, no asoma, se oculta, brilla en todo caso por su ausencia. Incluso podríamos decir que apenas aflora tampoco la misma sociedad ecuatoriana, ajena del todo a este problema hasta mediados de los 70 y muy poco informada después. Así que Alejandro, en realidad, intentó un diálogo sin interlocutores. Nadie le prestó más atención que para solucionar los incidentes específicos

Alejandro pide, nada menos, una moratoria en la exploración/explotación de Cepe respecto a todo el territorio donde están asentados los diferentes grupos huaorani con suficiente extensión para su supervivencia por medio de la caza y pesca. Ese territorio podría legalizarse, puesto que los waorani no tenían aún condición legal de ciudadanos, bajo la fórmula de Parque Forestal Nacional, pero sería de uso exclusivo suyo. La propuesta es de una gran novedad y audacia. Promueve compromisos nunca enunciados: que todos los grupos (también los sin contacto) tuvieran acceso a un territorio común y propio; que fuera amplio, exento de intrusiones de cualquier signo (comenzando por las petroleras); que adquiriera una condición legal, aunque transitoria, bajo la forma oficial de Parque Natural.

Su proposición iba en serio. La defendería, con algunas adaptaciones, hasta el final de su vida. Sin duda ese fue el motivo por el cual, a pesar de su trato cordial, caballeroso y sumamente dialogante, Alejandro fue mirado con prevención no exenta de desdén, desde un primero momento, por el mundo petrolero y los dirigentes políticos de turno. Porque era un curita muy amable y tranquilo, pero jamás dejaba de insistir en algo que no cuadraba con un pensamiento oficial que estaba dispuesto a hacer concesiones, pero nunca a considerar los derechos nacionales de un puñado de lluchitos. Los derechos eran del Estado y no podía hacer dejación de ellos en un momento en que se decía que todo el porvenir de la nación dependía de la explotación del oro negro. Así como era muy apreciada la labor personal de Alejandro para acompañar a los obreros de trocha ecuatorianos, o calmar a los waorani, pues estaba llena de arrojo y valentía, de la misma manera molestaba esa faceta social o directamente política del fraile que se atrevía a hacer planteamientos de obligada transformación en la política estatal.

En todo caso, Alejandro conocía el piso donde caminaba, sabía que, aun siendo aquello de justicia, probablemente no se conseguiría de inmediato. Por eso, en el mismo documento apunta una alternativa que pueda ser mejor admitida: Exploración petrolera e integración huaorani, es decir, trata de conciliar ambas mediante un Plan de integración nacional. Pues los hechos que ve y presiente le dicen que la exploración es imparable. Tal es el estilo personal de Alejandro: propone lo que juzga justo y necesario, pero al mismo tiempo, sabiendo cómo estaban las piezas en la partida, no se lo juega todo en un naipe. Insistirá siempre en el primer punto, recorrerá cualquier camino, incluso ese de transar en medidas insuficientes a su juicio, con tal de llegar hasta el propósito inicial. Para él la presencia de los waorani fue una revelación, se sintió fascinado por un pueblo como recién salido de las manos de Dios, por tanto de un grupo portador de todos los derechos que se les estaba atropellando. Sin embargo, era muy consciente de no compartir esa fascinación con ningún otro de los integrantes de los campamentos petroleros. Estaba solo ante el peligro.

Los jefes franceses de la CGG, como es natural, no apreciaban en absoluto las demandas generales de Alejandro. Querían cumplir su contrato lo antes posible. Iniciando febrero de 1977 le indicaron al fraile que ya no era necesaria su presencia pues los waorani cercanos a las trochas se mostraban amistosos. Como apunta Alejandro en su diario, el jefe francés Gothier no solo desdeñaba cualquier pretensión sobre derechos humanos referente a los waorani, sino que es partidario de no dejarse llevar fácilmente las cosas, para lo cual en alguna ocasión hicieron grandes explosiones de dinamita que amedrentaron a los aucas (CH, 64).

Ese mismo mes Alejandro acude a la sede del ILV en Limoncocha para dialogar y escuchar consejos de aquellos misioneros mucho más instruidos con los waorani. Ellos le alertan sobre el peligro de paternalismo aumentado por la coyuntura petrolera y la idea que se van formando con el contacto de las compañías de que se les debe dar todo lo que se les antoja. También le alertan sobre planes de algunas organizaciones estatales o paraestatales, apoyadas por el mismo Samuel Padilla, que proyectan demarcar una Reserva o Parque Forestal Nacional, evitando toda promoción de los aucas a fin de obligarles a mantenerse en su primitivismo con fines turísticos (CH, 69).

Alejandro, con la anuencia del Prefecto de la Misión, Jesús Langarica, utiliza otro de sus recursos típicos: la información a la sociedad a través de la prensa que se convierte, al mismo tiempo, en presión institucional. El 13/2/1977 publica en El Comercio un extenso artículo titulado: Misioneros plantean medidas en defensa de los indígenas aucas. Vuelven a plantear el tema en el rango de cuestión nacional y descartada, por injusta, toda violencia, propone dos alternativas. Ofrecemos un resumen: Conseguir el consentimiento del pueblo huaorani para la explotación petrolera. …Para ofrecer una verdadera garantía actualmente [se refiere a los obreros petroleros también] es necesario entablar diálogo y entrar en negociaciones con los diversos grupos huaorani. Para lograr estos objetivos no se deben escatimar esfuerzos… Cuando se logre llegar a un acuerdo que ampare tanto los derechos humanos de las minorías como el derecho nacional a la utilización de sus riquezas naturales, se podría pensar en continuar los trabajos para las operaciones del petróleo. La otra alternativa, más fácil, y respetando los derechos humanos, es que el Gobierno Nacional declare como zona de reserva todo el territorio actualmente ocupado por los diversos grupos del pueblo huaorani. Esto exigiría renunciar a los trabajos petroleros en esa zona, no definitivamente, sino hasta el momento en que los distintos grupos del pueblo huaorani puedan comprender y permitir la prospección y explotación petroleras.

En estos textos de Alejandro están ya los conceptos que todavía hoy se debaten y algunos no se alcanzan todavía: se considera a los waorani un pueblo, aunque viviendo en clanes; a éstos se les otorga el derecho a un territorio común y unitario; también el derecho a negociar con el Estado la utilización de sus recursos naturales… Un planteamiento que a muchos pareció absurdo e incluso desquiciado. Ni siquiera consideraron la otra alternativa: la de crear un moratoria petrolera en algunas zonas.

En abril de ese año, Alejandro vuelve a plantear sus cuestionamientos a los militares del IGM, que trabajan para Cepe. Por supuesto, sin éxito. El misionero estaba marcado. Pronto me pude convencer de que no tenían mayor interés en darme facilidades para mis viajes a los huaorani y que, más bien, mi presencia podía constituir un estorbo para los fines turísticos, todavía no muy bien definidos, que parecen plantearse en altas esferas (CH, 71).

Muertes y diálogo con sordos

Las compañías no deben exponer vidas humanas sin ofrecer todas las garantías de seguridad a los trabajadores, había advertido Alejandro a primeros del 77. De poco sirvió, su voz sonaba en el desierto de los intereses económicos. Con fecha 3/11/77, son muertos a lanza tres trabajadores, otros logran huir por el monte y salvarse; casi todos de los alrededores son evacuados en medio del más indescriptible pánico. En su Crónica aparece el comentario de esos días. Siento una tristeza que me asfixia, escribe (CH, 81).En la media noche del 4 al 5, debe atender, por la radio de la CGG, a otros obreros supuestamente cercados por aucas y aterrorizados; les da algunas instrucciones y les tranquiliza. ¡Ojalá nuestro jefes nos instruyan en esas cosas antes de mandarnos a estas soledades! (CH, 83), suplica desde la trocha selvática el topógrafo atrapado. Pero ahí mismo hay otra voz que refleja el pensamiento oficial. Alejandro lo escribe entre el desánimo y la ironía: Toma el micrófono el coronel jefe del Batallón 19 de Selva, Raúl Costales, y les pronuncia su arenga militar. Recomienda que no abandonen sus garrotes, machetes, lo que a mano tengan, para defenderse como valientes. Luego habla también el mayor Gudiño en nombre de todos los personeros de Cepe. En fin, la batalla de los discursos está ganada (CH, id).

Las noticias abordan la primera página de los periódicos durante tres días. Se puede encontrar en ellas sensacionalismo y detalles sobre el ataque, poca o ninguna investigación sobre sus agresores. Cepe está interesada en calmar el impacto sufrido por la opinión pública y el pánico entre los obreros que rescinden sus contratos, por eso se apresura a declarar que: Harán contactos con aucas para que no repitan ataques (El Comercio 8/11/77), asegurando (y mintiendo en buena parte) que además de las misiones católicas y del ILV, Cepe tiene contactos con personas conocedoras de la zona y la tribu. Gartelmann, quizá el más serio de los estudiosos de entonces, escribe un buen artículo El destino de los aucas, ¿a qué civilización se les quiere llevar?, Nuevos planteamientos (El Comercio, 15/11/77), donde interpreta ese ataque como defensa wao de su tierra; pide un territorio suficiente, ya que para cualquier conocedor, el reservorio de Tihueno es, en el mejor de los casos, un reservorio de miseria.

Los misioneros de Coca, que han jugado un papel activo en el rescate de los cadáveres, son solicitados ahora por Cepe para ayudar a solucionar la emergencia (id.). Sin embargo, una vez más, su propuesta va mucho más allá de lo pretendido por las autoridades, las cuales jugarán en adelante su juego preferido: prometer  y no dar hasta enfriar el asunto. El día 10/11/77[50] aparece en El Comercio una Solicitud al supremo Gobierno nacional del Ecuador, en cual se pide una ampliación de la zona de protección a todos los grupos existentes, formando así la Región Huaorani[51]. En las reuniones tenidas con autoridades petroleras, y del ILV los días siguientes, se da un verdadero forcejeo entre la voluntad gubernamental de proseguir las exploraciones y la petición de la Misión, que de nuevo exige (El Comercio 13/11/77): seguridad para los obreros, suspender la explotación petrolera en el área hasta conseguir el consentimiento huao, legalizar su territorio. Al día siguiente el mismo diario anuncia: Franceses suspenden trabajos petroleros en territorio auca. Pero el Gobierno en las conversaciones ya ha dicho que no suspenderá la exploración, los compromisos adquiridos son ineludibles (A. Pachano en Crónica Huaorani, enero 78).

Ese mismo día, 13.11.77, se reúne Alejandro en Limoncocha con dirigentes del ILV, militares y personeros de Cepe. Acuerdan que, a partir de la iniciativa de la Región huaorani, la presentación ante las autoridades la hará el ILV, asimismo que el documento oficial llevará la firma de la Prefectura de Aguarico y la de la Conferencia Espiscopal. No hicieron nada. Cepe tampoco cumplió con sus promesas de vuelos de observación (CH, 90). El día 7 de febrero del año siguiente, incansable, Alejandro regresa a una reunión con el ILV en Quito. Comprueba que, si bien es cierto que el ILV no alega ningún monopolio sobre los grupos huaorani, al mismo tiempo creen poder hacer todo el plan por sí mismos y no ofrecen mayores facilidades para una acción conjunta (CH, 91). De todas formas, aunque se propone seguir manteniendo una amistad sincera con el ILV (id.), pronto deberá convencerse de que ellos no están interesados en pasar más allá de las buenas relaciones personales, ni les gusta informar, ni menos compartir sus trabajos. Hicimos un plan conjunto con los lingüistas, pero éstos se han cerrado en un gran mutismo y andan haciendo no sé qué planes con organismos del Estado, como Incrae, etc., para los que han hecho algunos trabajos y de los que no nos han dado información, escribirá más adelante a Broennimann (Carta 2/3/81, CH).

El diario misionero va desgranando la cuenta atrás de su derrota. Cepe ordena a la compañía subsidiaria CGG terminar los estudios geofísicos de la zona auca. Cepe no se resigna a renunciar a esta operación (CH, 105). De todas formas, Alejandro libra su batalla sin desfallecer: En comunicación dirigida al sr. Benissent, gerente de CGG en Lumbaqui, reitero mi oposición a la operación que Cepe quiere realizar, por juzgarla peligrosa, porque expone caprichosamente la vida de humildes trabajadores ecuatorianos solo por no postergar el estudio de una zona relativamente muy pequeña en el conjunto del complejo petrolero. La protección de los obreros por la fuerza armada es exponernos, por otra parte, a vernos en la precisión de ejecutar un genocidio, tanto más indignante cuanto más débil, marginado y respetable es el pueblo huaorani, a quien ampara la ley de los Derechos Humanos. Por eso, termino el comunicado solicitando, en nombre de la Iglesia y en nombre de los Derechos Humanos, suspender y postergar esta operación hasta que el pueblo huaorani esté capacitado para comprenderla, autorizarla y participar activamente en ella (CH, id)[52].

Alejandro lleva tres años luchando para que a los grupos (germen del futuro pueblo) waorani se les conceda unos pocos derechos humanos mínimos: territorio para vivir según sus costumbres, tiempo para organizarse y relacionarse con los otros… No le darán ni tiempo, ni tierra, porque la política nacional petrolera (no solo las multinacionales como siempre se repite) los niega. Tampoco encuentra aliados para esa lucha. El ILV, aunque le trata personalmente con deferencia, no le acompaña en sus demandas, tiene en este asunto su propia política, tan críptica que todavía hoy no se sabe con exactitud[53].

A primeros de 1979, se reanudaron los trabajos en la zona del peligro[54]; Cepe se ha impuesto y las compañías subsidiarias tienen que afrontar los riesgos (CH, 128/9). Alejandro describe el trabajo de la misión como fluctuando en una difícil diplomacia; cuanto más se adentra uno en el mundo del petróleo, tanto más se advierte que el mundo huao no cuenta en sus planes (CH, id). Y es precisamente ese mundo de petróleo y política nacional que no admite en sus planes al mundo wao el que domina y se impone en la zona. Es con ese mundo tan real y opresor, con el que Alejandro, en la más difícil diplomacia, resignará sus planes  primordiales (sin dejar de proclamarlos) y aceptará otro tipo de acuerdos. En mayo de 1979 leemos en su diario: En Pañacocha se me comunica que Cepe está empeñada en reanudar los trabajos que quedaron interrumpidos hace dos años, cuando los tagaeri mataron a tres trabajadores petroleros en la línea 15,10 cerca del río Cononaco. La gerencia de CGG me solicita redacte un Informe exponiendo mis puntos de vista sobre el temerario proyecto. Una vez redactado, lo envío a Cepe, CGG y Monseñor (CH, 141). Mons. Langarica había enviado un Informe a Cepe sobre la situación general de los grupos huaorani y la conveniencia de suspender definitivamente los trabajos petroleros, sobre todo en el área de los tagaeri. Los personeros de Cepe, considerando el Informe, accedieron a una reunión en Quito.

Julio 1979. La tesis sostenida por Mons. fue suspender los trabajos petroleros en la zona conflictiva… Cepe se avino a suspender los trabajos por el momento. Pero pidió la colaboración de la Misión para acelerar los lazos de amistad y buena inteligencia con los waorani, a fin de poder realizar los estudios geofísicos de la zona. Se redactó le Plan Conjunto de contacto con los aucas tagaeri: reconocimiento, contacto amistoso, afianzamiento de amistad. Por múltiples causas, ajenas a la Misión Capuchina, se retrasó el Plan, que debía haber comenzado el día 6 de agosto (CH, 147).  La secuencia de la dilatada negociación, vista ahora a la distancia, tiene un claro tono de desaire, incluso de burla hacia los misioneros. Cepe se mostraba inflexible cuando se trataba de peticiones de rango nacional; no estaban autorizados para ello, aducían. Los misioneros, para tratar de salvar situaciones que parecían irreversibles para los grupos ocultos, cedían: de una posible zona liberada, pasaban a pedir garantían para intentar siquiera un contacto pacífico, ya que la alternativa real era uno violento. Cepe parecía conceder magnánimamente esa propuesta, pero luego haría todo lo posible para que no se ejecutara (no alquilaba helicópteros, ponía mil trabas presupuestarias…). Entre tanto ocultaba a Alejandro que ya había contratado a otro “pacificador” muy más expeditivo, tal como veremos.

Observemos que para este momento, los waorani habían dejado de estar ocultos, excepto ese grupo llamado tagaeri. Advirtamos también cómo el Estado y sus sucesivos Gobiernos siguen eludiendo el problema, no dándole crédito, dejando su tramitación en manos de otros agentes, petroleros, militares, o funcionarios de diversos departamentos, tan desinformados como desinteresados del asunto.  Caigamos en la cuenta cómo se había tratado con la mayor displicencia y descuido a esos nuevos ciudadanos waorani, a quienes apenas se les ha concedido unas migajas de tierra en 20 años de contacto; no digamos ya cómo se consideraba a los tagairi. La segunda mitad de los 70 es la época de una lucha quijotesca, demasiado solitaria de Alejandro, un personaje que puso, por un lado, su vida al lado del grupo wao con el que convivió, pero también la fuerza moral de su convicción cristiana y humanista en la defensa de un pueblo que él consideraba, contra el desdén de casi todos, magnífico referente de las culturas amazónicas ecuatorianas.

Ahora veamos cómo en el cambio de década otras muchas voces van a añadirse a la suya, no como un coro, sino a menudo como un inextricable enredo.

Las voces de los sin voz

Alejandro firmó en ocasiones alguno de sus pedidos  la voz de los sin voz, como prestando su palabra a los waorani a quienes todavía no se les escuchaba. Naturalmente no era el único que hablaba en su nombre. A estas alturas, roto el monopolio del ILV, desaparecido el terror que inspiraban los antiguos salvajes, rodeados ahora de petroleras como de nuevos dioses de la fecundidad o la destrucción (según las consideraciones), los waorani se convirtieron de nuevo en noticia nacional. Sólo que los trazos de su viejo retrato de bravos habían cambiado, ahora numerosos intermediarios vendían de ellos imágenes muy heterogéneas. Muy pocos les decían ahora sanguinarios salvajes, en cambio podían presentarlos como los últimos indios libres, los dueños ancestrales del Oriente, o desheredados de la protección estatal,  con derecho a vivir su vida aislada,  podían ser reserva cultural amazónica, etc., etc. Se había pasado del inveterado desprecio tradicional a un novísimo y supuesto amor rusoniano, seguramente tan irracional como el sentimiento anterior. Estos u otros profusos apelativos se escribían por entonces en periódicos y estudios apresurados. Muchas más hablillas disparatadas que auténtico conocimiento sobre el distante mundo wao.

Las voces más resonantes en esa década fueron las de las varias organizaciones indígenas amazónicas y nacionales. Ellas no querían ser una más en el coro, sino que tuvieron la pretensión de ser las únicas autorizadas para tratar de cuestiones indias (incluso si no siempre se ponían de acuerdo entre sí), para definir sus contenidos o las pautas de acción. Hubo muchos antropólogos, casi todos desde las filas marxistas (era obligatorio entrar en filas) acolitándoles en esa función de ambicionado monopolio. Una coyuntura importante dentro de ese ascenso organizativo indígena nacional se dio en noviembre 1986 cuando se constituye la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador, CONAIE. Sin embargo, no estaban solos en el ágora. Los años 80 y 90 están, en la arena política, indígena, antropológica, ecuatoriana, llenos de discusiones sobre conceptos que tienen que ver con las culturas indígenas del país y su orientación dentro de la sociedad o la política ecuatorianas. En lo tocante a los indígenas orientales se debatían con ardor conceptos como nacionalidades, autodeterminación, Ecuador multinacional, territorios, pueblos…, todos ellos cargados a menudo de provocadora intencionalidad política. Habría un incontable muestrario para presentar de artículos periodísticos, publicaciones y foros al respecto.

Traigamos a cuento pocos ejemplos. En Antropología: cuadernos de investigación 3 (PUCE, Quito 1984) Ampam Karakras, líder shuar de larga trayectoria en su organización del sur y también en Confeniae y Conaie afirma: Hemos optado por el término nacionalidades indias… comprendemos que la categoría nacionalidad expresa los aspectos económicos, políticos, culturales, lingüísticos de nuestros pueblos. En ese mismo número escribe Nina Pacari sobre Las culturas nacionales en el estado multinacional ecuatoriano, y pide que se reconozcan nuestras nacionalidades. Añadamos que el 31.1.1985 se dio en Latacunga el Encuentro de las Nacionalidades indígenas del Ecuador con Juan Pablo II. Por otro lado, en un artículo de Ecuador Debate (n° 12, Etnia y Estado, Centro Andino de Acción Popular, Quito, 1986) Juan Botasso escribía sobre Las nacionalidades indígenas del Estado y las Misiones en el Ecuador: No solo ha dejado de ser tabú hablar de nacionalidades y de autodeterminación, sino que estas palabras se han puesto de moda y esto es muy peligroso. La idea de nacionalidad es compleja y cuestiona a fondo la estructura del estado[55]. En fin, como suele ser habitual, había mucha más gente debatiendo ardorosamente cuestiones teóricas que metiéndose en harina dentro de las selvas reales.

¿Cuál era, entre tanto, la evolución de la acción del Estado en la región? Se ha de tener presente que, a lo largo de los 80, si bien los Gobiernos intentan estructurar una política amazónica coherente, apenas lo consiguen; sus planes y organismos se multiplican, confunden y arruinan sin realizar casi nunca lo previsto. La amazonia sigue siendo una región caótica en muchos aspectos, con la gran mayoría de su territorio (incluso el colonizado) desordenado y sin legalizar, con poderes locales muy débiles y contradictorias políticas centrales. Una región, en definitiva, en manos de las fuerzas fácticas, donde el petróleo impone su ley y las transformaciones se hacen de ordinario a base de medidas de hecho. Por tanto, en ese ambiente donde la pujanza económica o militar marca las diferencias, los waorani quedan, en buena parte, a expensas de alguien que defienda sus derechos. Vamos a ver cómo eso ocurre. Al mismo tiempo puede verse cómo son también utilizados para conseguir fines que no siempre coinciden con sus preferencias.

El ILV, presionado por la campaña adversa, interviene, con suma cautela, desde el interior de varias instituciones estatales. Por lo general, rehúye cualquier información o aparición pública.A pesar de ello, tienen importancia los estudios de Yost dentro de la Comisión Interinstitucional de 1980[56], con miembros de Incrae, Ierac, Pronaf, con la asesoría jurídica del Ministerio de Agricultura. En 1982, en el Informe de Incrae aparece el mapa de Yost para una reserva huao. Al año siguiente, con fecha 21/4/83, el Ierac otorga una providencia de adjudicación de 66.570 has. en favor del grupo étnico wao y nombra seis grupos esparcidos por el antiguo Protectorado. De todas formas, la expulsión oficial del Instituto en 1981 y la salida de Yost del país en 1984, redujeron de forma drástica su influencia. Por su parte, Raquel había salido definitivamente de la institución y, aunque siguiera ejerciendo una gran influencia desde Toñampari, no intervino ya de forma decisiva en la política de tierras tocante a los waorani.

Mientras tanto, en Puyo, con fecha 22-24/8/80 se da el primer Congreso nacional de las Nacionalidades indígenas de la Amazonia, acta de nacimiento de CONFENIAE. Esto es, la agrupación de todas las federaciones indígenas regionales organizadas. Ya en esa fecha, además de pedir la legalización de las tierras indígenas orientales, denuncian la invasión petrolera de las tierras huaorani (Acuerdos y Acta del Congreso). Confeniae es la prueba de que los indígenas amazónicos (la organización indígena nacional Conaie, celebrará su primer Congreso en 1986) no admiten más representaciones o suplantaciones. Desde ese momento, ellos mismos se organizan como fuerza étnica y política, en pocos años serán una de las fuerzas más significativas e influyentes de la región. Una organización nueva, con influjos políticos claros, complicaciones domésticas entre los bloques participantes (quichuas/shuaras, por ejemplo) y una utilización inicial del hecho wao más cercana a la bandera oportunista que al conocimiento del asunto. Sin embargo, al liderar la representación de los intereses waorani, pese al esfuerzo por desautorizarlos por parte del Gobierno y otras instituciones, el problema wao se vio integrado con más fuerza dentro de la problemática política regional.

En general, Confeniae ha cumplido una función más política que negociadora, acusando, exigiendo, los derechos indígenas orientales. Ha tenido mucho más poder para la denuncia que para organizar alternativas. Al supeditar, en la negociación con los Gobiernos, el caso wao (quizá el de más notoriedad internacional, que les ha producido buenos réditos propagandísticos), al planteamiento de una política global para los indígenas amazónicos, los propios waorani terminaron acusándoles de utilizarlos, con lo cual se producirá más adelante un distanciamiento que cada vez sería más acusado.

Puede resultar significativo, para evaluar la calidad y alcances de las diversas voces (sustituciones de la wao), recoger algunos pasajes de las cartas cruzadas entre el dúo Sam+Broennimann y Alejandro en los años 80/1. El tiempo suele dar y quitar razones. Treinta años parecen suficientes en este caso para saber quién estaba más cerca de lo verdadero y quién pisaba firmemente sobre las nubes de la simpleza. Una carta de Samuel Caento a Alejandro (1980, AVA): Estoy disgustado por el libro [se refiere a Los Ultimos Huaorani] y airado por su 'obra' en el Oriente. Antes creía que se diferenciaba del ILV y respetaba el espíritu e idiosincrasia de mi pueblo. En su libro comprobé mucha mentira y falsedad y entre los huagranis (sic) de Yasuní los cambios que sus visitan han causado. Me he opuesto a cualquier tipo de evangelización, pues para ello se les cambia la cultura y despoja de su identidad. Ahora los encuentro con escopetas, rodeados de plásticos y utilizando dinero. Mi amigo Broenimann hablará sobre huagranis que se han salvado del contacto con misioneros y de su civilización. También Time-Life publicará otro libro denunciando esta verdadera 'barbarie'. Por la estima que todavía conservo por usted quiero hacerle desistir de su actividad con los huagranis. Espero que usted pueda comprender y colaborar con quienes somos conscientes de las verdaderas necesidades de los huagranis; necesidades que no pasan ni por la religión, ni por el aluminio, ni el plástico. Menos aún por las escopetas. El tiempo transcurrido ha hecho, vista la evolución posterior de los grupos, de esas supuestas razones auténticas insignificancias y de Sam un próspero empresario turístico a base de su pueblo.

Alejandro le contesta y puede observarse su innata capacidad para el sentido común y la perspectiva: Comparto muchos de sus planteamientos como principios antropológicos, pero existe una profunda diferencia entre nosotros en cuanto al trato con el pueblo huagrani. Si mi actuación ha sido perniciosa, la de usted lo fue tanto o más, porque la introducción de sus turistas suscita necesidades de todo género. Usted quisiera tenerlos aislados del mundo que les rodea, ajenos y contrarios a todas las ventajas. Cosa que se les quiere imponer contra su parecer y a pesar de sus peticiones de que Vd. intervenga como mediador con ese mundo externo. Vd y los turistas que lleva les han pagado en dinero que desconocen y del que no pueden hacer uso sin una ayuda amiga. Tenían dólares americanos, francos suizos, sucres... la gente que Vd. visita, y nosotros nunca lo hemos hecho. ¿Denunciarán eso sus amigos como barbarie? Respecto a los del Yasuní, antes de conocerlos ellos habían tenido contacto con las compañías, observado y deseado sus cosas, que cogían según se les antojaba; allí conocieron las escopetas y apreciaron su uso. Yo intenté disuadirles sobre las armas, pero tuve que respetar su decisión. Desde luego, unas docenas de escopetas huagrani no acabarán con la fauna, sino los miles de ellas que existen en los alrededores (Alejandro a Sam Padilla, id.).

Su respuesta a Broennimann, un quizá bienintencionado fotógrafo que hizo filón con su libro sobre los waorani desnudos y libres, tiene parecido alcance: Con sinceridad quiero exponerle la conducta que uno en el campo del terreno práctico tiene que adoptar y que no siempre corresponde al ideal que uno quisiera que prevalezca. Los programas definidos por los “extraños” e impuestos o detenidos arbitrariamente en contra del sentir de los pueblos primitivos, generan actos contrarios. Ejemplo: asunto escopetas. Cuanto más se les quiera dificultar su adquisición, tanto más se empeñan en adquirirlas. Los antropólogos han reconocido que la supervivencia étnica depende de la capacidad que tiene una cultura de adaptarse y cambiar a ambientes que cambian. El pueblo huaorani vivía en un “refugio amazónico” pero, evidentemente, y por múltiples circunstancias internas y, sobre todo, por influencia de culturas circundantes se ha roto su aislamiento y se impone un cambio irreversible. El ideal es que este cambio, para ampliar su ambiente físico, social, ideológico y tecnológico, lo hagan de la mejor manera que ellos prefieran y no según preferencias impuestas desde el “exterior” del grupo. (El Dr James Yost también opina así)[57]. ¿Se puede favorecer un programa de turismo que pretende tenerlos aislados y estancados en su primitivismo, solo por imposición extraña y que exclusivamente busca el interés ajeno, particularmente el interés económico, y no precisamente el bien mayor del pueblo huaorani? (CH, 184/5)[58].

Dado que la relación de la Misión Capuchina (esporádica, pues nunca hicieron reducciones ni vida permanente entre ellos), a partir de 1976, fue con un grupo reducido que apenas representaba el 10% del pueblo wao, su influjo interno, al contrario que el del ILV, vino a ser muy limitado. Por el contrario resultó decisivo su accionar ético y político ante la opinión pública, el Estado o variadas instituciones. Los aspectos más significativos de su interés en torno al mundo wao son seguramente los referidos al contencioso petróleo-waorani, legalización del territorio, más la promoción y respeto de sus derechos fundamentales (educación bicultural, salud, ayuda a su desarrollo, etc.).

Al mismo tiempo que Alejandro pretendía (sin mayor éxito, como vimos) hacer causa común con variados agentes para la defensa del mundo wao, se procuraba asesoramiento. Los años 80-81, sostuvo una copiosa correspondencia con el estudioso belga, Fco. Javier Beghin, que ya conocía el Napo de los primeros 60 y ahora llegó para visitar a los waorani del Yasuní. En diciembre de 1980, Beghin le remite un estudio: Algunos tópicos en relación con el trato a dar a los grupos huaorani, donde le previene: será difícil tramitar un territorio para grupo tan reducido (carta, AVA). Beghin ha consultado en Quito. S. Rivadeneira, Director de Incrae, le informa de un proyecto 'Areas para aborígenes´ detenido por falta de fondos. En una carta de fecha 9/5/81, Beghin le advertía sobre la dificultad de esta particular mediación: cualquier acción entre los selvícolas será criticable (AVA). Más adelante, le comunica (AVA, 23/6/81) las intrigas de S. Padilla entre los personeros de Incrae y otras entidades oficiales y añade, me parece interesante su 'Proyecto de delimitación del territorio auca', pero es mejor no comunicarlo a Broennimann para que no aproveche de la idea. En efecto, resultaba imposible conciliar intereses tan encontrados: discursos antropológicos radicales con andanzas petroleras, misioneras o turísticas, leyes estatales con corruptos funcionarios locales y personalismos delirantes. La amazonia seguía siendo remota para la metrópoli. A los estudiosos, políticos o incluso dirigentes indios, no les gustaba vivir en el Oriente. Pero era allí donde había que elegir, entre propuestas imperfectas o inconvenientes; no entre teorías grandilocuentes, sino entre márgenes muy estrechos. Tal como citamos arriba: la conducta que uno en el campo del terreno práctico tiene que adoptar y que no siempre corresponde al ideal que uno quisiera que prevalezca. Entre esas opciones concretas radica la explicación de la muerte del obispo,  que iba a relanzar la discusión y soluciones sobre problemas importantes entre los waorani.

Terminemos con unos párrafos de la citada carta a Broennimann donde Alejandro, con la caballerosidad y sencillez que le caracterizaban, se hace eco de sus dudas y fracasos como negociador. La frase final expresa toda la amargura del momento, También estoy de acuerdo con Vd en que lo que más necesitan es la garantía de posesión de sus tierras por parte del Gobierno, pero la lucha es muy difícil, sobre todo al tratarse de una minoría tan insignificante ante los intereses petroleros del Gobierno y de las multinacionales. Hicimos un Plan conjunto con los lingüistas, pero éstos se han cerrado en un gran mutismo y andan haciendo no sé qué planes con organismos del Estado como Incrae, etc., para los que han hecho algunos trabajos y de los que no nos han dado información. Acudí hasta los organismos internacionales que defienden los derechos humanos y denuncian los abusos, pero solo conseguí una vaga promesa de venir a constatar los hechos y no han llegado nunca, ni se han interesado lo más mínimo por pedirme informes posteriores. Hoy, los que trabajan por las minorías tienen que tener corazón de mártires, que saben que tienen que trabajar aunque su esfuerzo quedará en un fracaso seguro ante la organización del mundo tecnológico actual (CH, 186).

Últimos pasos de Alejandro

Alejandro intenta también involucrar a las nacientes federaciones indígenas orientales en esa brega por la defensa de un pueblo (en muchos clanes) que sigue sin ser tenido en cuenta por el Estado y la sociedad ecuatoriana. En una carta a diversas federaciones apunta a nuevos desarrollos en su concepto de dignidad para el pueblo al que admira. Los organismos estatales que legalicen este territorio a favor de los huaorani han de proceder con la conciencia y el deber de un tratado de paz con el pueblo huaorani. Se ha de reconocer que el pueblo huaorani hace cesión de un inmenso territorio en beneficio de otros grupos, del Parque Nacional Yasuní y la explotación petrolera en la zona, quedando ellos reducidos a una mínima expresión de terreno absolutamente necesario para su supervivencia (23/8/1981, CH, 187)[59]. Tenemos que recordar que por ese entonces oír hablar de un tratado de paz causaba risa aún más que pasmo. Ni siquiera las federaciones tomaron en serio esas propuestas que hoy muchos aprecian tan certeras. El pueblo huaorani se hace gradualmente consciente y acepta voluntariamente formar parte de la Nación Ecuatoriana y quiere contribuir activa y participativamente en el enriquecimiento de la cultura pluriforme del Ecuador y seguir siendo el fiel guardián de sus derechos y de su ecología milenaria. El Gobierno concederá también la facultad para que sigan gobernándose según sus milenarias costumbres y leyes, con autoridad huaorani, sin que, en manera alguna, puedan ser coaccionados para tomar parte en organizaciones ajenas a sus tradiciones y sistema social (Id).

En realidad los dirigentes indígenas amazónicos y nacionales muy poco conocían de este pueblo, ni siquiera podían situar sus poblados en un mapa. No contestaron a Alejandro, ni tuvieron a bien invitarlo a una reunión, mucho menos unirse en su lucha. A finales de 1984 (28.12.84) se da el asalto tagairi a una canoa petrolera en el río Tiputini. Hay al menos dos heridos entre los navegantes y un muerto entre los atacantes. Alejandro comprueba la peligrosidad para unos y otros (obreros y tagairi) de un trabajo hecho en tales condiciones. Mientras en Quito se alza, como cada vez después de un incidente, la algarabía de protestas, opiniones vacuas y sentencias, la vida (o la muerte) en la selva mantenían su curso. Se continuaba despreciando la existencia de los grupos ocultos, tampoco la vida de los obreros valían nada. Eso es lo que sucedía en la realidad. Alejandro se angustiaba por la suerte de unos y otros, sobre todo de los tagairi, a los que sabía pocos y acorralados.

Por eso, para marzo del año siguiente había concebido un nuevo plan de acción y se dirige a las instancias del Estado (gerente de Cepe; Ministro de Energía; Presidente de la República) necesarias para la protección de los tagairi. Incluye, como anexo, un texto al que puso como título La nacionalidad huaorani y sus derechos. Recuerda que no se ha ejecutado el Plan de contacto amistoso firmado en 1979 y reitera: es necesario programar el entendimiento bajo unas relaciones de amistad con los tagairi; el Vicariato está dispuesto a colaborar (AVA). Alejandro no tenía ninguna prisa por contactar con esas familias rebeldes, ya que su existencia operaba en cierto sentido como disuasoria respecto a los invasores del territorio; sin embargo, la nueva oleada de licitaciones y contratos petroleros parecía proyectada para terminar con el último santuario wao en poder de los tagairi. Cuando el misionero vio el alud que se venía, se apresuró renovar el Convenio, pues los tagairi habían sido de nuevo vistos en el bloque 17 de Braspetro. El peligro para el grupo era evidente. La selva guarda secretos de muchos grupos masacrados sin que nadie lo haya sabido. Alejandro era bien consciente de ello. Cepe le permitió  apenas utilizar el saldo no utilizado del anterior Convenio, poniéndole al mismo tiempo un plazo estricto de realización. Nunca le comentó que contaba ya con un experto mucho más expeditivo que él.

Entre tanto Alejandro es elegido como obispo del Vicariato de Aguarico. La homilía del día de su consagración en Coca, ante autoridades civiles y eclesiásticas, refleja muy bien su característico estilo misionero donde el concepto religioso le lleva a inmediatos compromisos sociales y culturales (9/12/1984): Esta nuestra Iglesia, nacida en la confluencia de varias nacionalidades indígenas de diversas razas y culturas, está llamada a descubrir las semillas del Verbo, no asumidas todavía por ella. Los grupos humanos primitivos como los Huaorani, Sionas, Secoyas, Cofanes, Quichuas, Shuaras, han tenido 'maneras propias de vivir su relación con Dios y su mundo'. 'Su encuentro con Cristo se hace en situaciones inéditas', ofreciendo por tanto expresiones, maneras y actitudes inéditas de vivir el Evangelio como salvación universal. Es preciso reconocer su derecho de conservación de la propia identidad como pueblos, su derecho a establecer sistema escolar bilingüe y bicultural que respete y fomente sus propios idiomas y cultura; su derecho para ser amparados por leyes justas y adecuadas para la tenencia legalizada de sus tierras y organizarse para poder aspirar a ser artífices de su propia promoción económica y religiosa (AVA; CH, 188).

Alejandro mantiene una casi frenética actividad epistolar durante el año para defender ante distintas instituciones el tema La Nacionalidad huaorani y sus derechos. Parte de la nacionalidad son los tagairi. Vamos a enumerar fecha y destinatario de algunas cartas: 8/3/85, al Gerente General de Cepe; 13/3/85, al Ministro de Energía y Recursos Naturales; 26/4/85, al Presidente de la República; 16/7/85, al Comandante General del ejército; 15/8/85, al Gerente general de Cepe. Después de la firma del convenio siguen informes a Cepe sobre viajes realizados (AVA). Las cartas aumentan todavía al año siguiente, dirigidas a Cepe, Conoco, CGG, y a otras instituciones. Es decir, se trata de una verdadera campaña, con un tesón inagotable, por poner de relieve los derechos (territoriales, organizativos, políticos y sociales) de los waorani que aún seguían siendo ignorados por el Estado y, al mismo tiempo, defender la vida de los grupos ocultos, muchas veces voluntariamente ocultados por el Gobierno para que no se evidenciara el problema sin resolver.

El obispo, inquieto por la suerte de esos clanes, procura presionar al Gobierno incluso solicitando el auxilio de la Conferencia Episcopal o el interés de la prensa[60]. El Comercio (15/6/85) titula su información: Iglesia pide protección para parcialidad de Aucas. En palabras del obispo de Aguarico, un solo tagairi vale más que todo el petróleo[61]. Propone el entendimiento pacífico en un momento en que surgen diversos conflictos locales por cuestión de tierras. Por fin, el 15/10/85 se firma el convenio entre Cepe y el Vicariato a cargo de la partida presupuestaria de Cepe: obras de beneficio comunal. El monto es de 5 millones de sucres, con una duración de 6 meses. Sin embargo el obispo encuentra una vez más muchas dificultades en la contratación de helicópteros para la localización de las casas tagairi. El asunto sigue siendo el menos interesante para la industria. Realiza seis vuelos de búsqueda hasta abril del 86, todos sin éxito.

La firma de ese Convenio fue para muchos en Ecuador como un baldón en la trayectoria de Alejandro. La razón la resume con claridad Luis Montaluisa: Algunos dirigentes indígenas, consideraban que su trabajo favorecía a las petroleras. Por ello, no valoraban su obra[62]. Alfonso Calderón, que será el Asesor presidencial para asuntos indígenas durante el régimen de Borja, se entrevista con Alejandro a fines de 1985, y le subraya tres objeciones para ese Plan que ha firmado con Cepe. De las contestaciones del obispo resumimos su posición: 1º- Se trata de un paso práctico: salvar a las personas y legitimar su territorio. No se ha podido parar la explotación. 2º- Las organizaciones indígenas conocen el problema, pero no tienen la capacidad de parar el petróleo a tiempo para los tagairi. 3º- Me van a hacer polvo, pero ni los políticos ni los antropólogos van a venir a salvar a los tagairi. Para mí el convenio es una solución de conciencia. Quiero salvar a ese pueblo y me ofrezco voluntario con todos sus riesgos, porque no hay gente que pueda hacerlo" (Revista Nueva, nº 139, septiembre 1985)[63].

La muerte de los misioneros

Durante la primera mitad de 1987 la pretendida Reserva Huao se vio afectada por otro plan estatal sobre territorios orientales, el llamado Plan de Patrimonio Forestal. Alejandro escribe al Ierac de Coca (19/2/87) indicando que no se garantizan los derechos de los grupos del Yasuní, Nashiño, Cononaco y Tagairi. Le contestan con fecha 29/3/87, diciendo que ya dibujaron, según sus indicaciones, el posible territorio de los huaorani, el cual servirá de referencia en la ubicación de colonos y comunas indígenas (CH, 192). Ya dijimos arriba que la actividad informativa o de sensibilización de Alejandro es muy intensa. Escribe al presidente de Fcunae en Coca: Quiero animarme, junto a todos Vds., a trabajar infatigablemente por el rescate de las culturas indígenas, pues considero que la cultura de cada pueblo es algo esencial, fundamental y, a la vez, englobante de todos los valores propios (CH, 194); al Director Nacional Forestal: Me tomo la libertad de remitirle algunos de los documentos que comprueban nuestra decidida voluntad de colaboración para que los organismos pertinentes del Estado respeten los derechos humanos de los grupos étnicos, reliquias sagradas de nuestra amazonia (Id). Al Presidente de Conaie, al que le ha remitido copias de una serie de trámites y solicitudes hechas a favor de los waorani: Espero que puedan servirles de algo para poder coordinar los planes y ojalá puedan interesarse cada vez más de los grupos étnicos huaorani que viven en la Provincia de Pastaza, hasta hacerles conscientes de su unidad y autogestión como PUEBLO HUAORANI (CH, 195). Escribe en mayúsculas PUEBLO, pero la Conaie, ya lo vimos, considera al obispo un enemigo, peón de las petroleras.

En marzo de 1987 se produjo un violento terremoto que ocasionó muchas víctimas en la zona oriental, afectó también al transporte de crudo ecuatoriano. Por tanto significó una considerable pérdida para los presupuestos estatales. El Gobierno de Febres Cordero reaccionó activando al máximo la extracción petrolera para compensar las pérdidas. Recordemos que los dirigentes indígenas, los antropólogos orientalistas, etc., estaban por esos días enfrascados en una pelea frontal con el régimen autoritario del Presidente y sus funcionarios más allegados. En resumen, tenían demasiadas cosas sobre sus mesas de operaciones en los cenáculos quiteños. La selva quedaba muy lejos. Tan desconocida que un editorialista de esos días podía resumirla así: En varias oportunidades se han trazado programas para incorporar definitivamente esta extensa zona geográfica al resto del país, incluyendo el de las fronteras vivas. Por desgracia, es poco lo que se ha hecho en tal sentido (Editorial de El Comercio, 13/2/87, S. Jervis). Era reconocer: no sabemos nada. Quizá podría precisarse mejor: no nos interesa nada. A. Calderón recuerda la situación: La posición de Monseñor Labaca fue irreductible. Consideraba muy vulnerable la situación de los Huaorani por su aislamiento. Afirmaba enfáticamente que, fuera de los contactos misioneros, estos indígenas no estaban articulados con la sociedad nacional, ni con el Estado, ni con las propias organizaciones indígenas. Que los Huaorani no estaban conscientes de todos los peligros que les amenazaban: los intereses sobre los yacimientos petroleros, el avance de la colonización tras las actividades de las petroleras, el afán de las empresas de palma africana, etc. No veía cómo podía intermediar CONFENIAE si hasta el momento no se había hecho presente en la región de los Huao. Alejandro no tenía recelo de las críticas de científicos o antropólogos, pues los respetaba como estudiosos de la situación, pero consideraba que no estaban presentes en la realidad diaria. …Alejandro sentía la urgencia de afrontar el peligro inmediato en que se encontraban los indígenas y optaba por una solución práctica. …Tuve la impresión de que el problema de los Huaorani era para él un asunto de conciencia y estaba dispuesto a poner la carne en el asador[64].

El obispo, pese a que muchos enfocaban sus baterías contra él, consiguió la renovación del Convenio de acercamiento a los tagairi con fecha de 15/5/87 (AVA)[65]. Sin embargo, esa firma, en realidad, servía simplemente de tapadera para la verdadera jugada de Cepe en el terreno. Había contratado hacía tiempo a Enrique Vela, antiguo funcionario de Incrae, marxista venido a cooperante petrolero, que hacía los trabajos de limpieza de campo antes de las exploraciones. Él fue mano derecha de la primera estrategia de Cepe hacia los grupos indígenas de los 80. Cepe elige a Vela[66] como director de un Proyecto de acercamiento a los grupos huaorani de los Bloques 14 y 17. Lo hace sin ninguna información al Vicariato, que ya era su socio para la misma empresa, aunque sí lo consulta con el ILV y algunos evangélicos. El presente proyecto de acercamiento y colaboración con los grupos étnicos huaorani que viven en los territorios correspondientes a los bloques de exploración y explotación petrolera n°. 14 y 17, ha sido diseñado con el objeto de evitar su disgregación tribal, su posible absorción por parte de modelos socio-económicos más desarrollados y garantizar su supervivencia en su hábitat originario. Se trata de un proyecto financiado (12 millones de sucres) por Braspetro, Petrocanadá, Conoco, pero tan ampuloso  que los financistas desconfían. Más bien proponen la participación del P. Alejandro Labaca de la misión capuchina de  Coca, ya que él conoce bien el área huao y tiene buena experiencia de trabajo con la CGG. Su ayuda podría ser muy valiosa para realizar un contacto pacífico y amistoso con los bravos (AVA). Este plan se presenta con fecha 9/7/87; Vela representará a Cepe y hará su trabajo por tierra, acompañado de sus gentes armadas. Al mismo tiempo Alejandro realizará vuelos para la localización de los tagairi.

Tras la muerte del obispo, el secretario de la CEE, Mons. Mario Ruiz, recordó en una entrevista las palabras de Alejandro: Si yo no voy, los van a matar... (Diario Hoy, 23/7/87). Ese era el clima real de aquellos días previos a su muerte. Antes y después de la victimación de los religiosos se dieron incidentes de mucho peligro, nunca difundidos: se hablaba en Coca de cadáveres indios ocultados en la selva. Alejandro había aceptado en mayo del año anterior ir con dos religiosas y permanecer en un lugar de donde los obreros, tras ver lanzas cruzadas y oír ruidos amenazadores, salieron despavoridos (carta a Cepe, mayo 86, AVA). Por cierto, un sitio donde Vela descargó el cargador de su pistola antes de pedir ser sacado de inmediato. El obispo permaneció allí, imperturbable, con la religiosa Inés Arango, durante cuatro días. Comprobó que los tagairi no rondaban el lugar.

Alejandro seguía con mucha preocupación las andanzas de Vela. Presentía que un día u otro tropezaría con los tagairi, de ese día no esperaba sino muertes y desgracias. Pero los petroleros no estaban dispuestos a ceder tiempo, ni dejar espacio sin explorar. Ecuador, tras el sismo de marzo, trataba de recuperar su maltrecha economía aumentando la producción de unos campos que comenzaban a menguar peligrosamente. Era preciso encontrar nuevas reservas e importaba poco que la legalización territorial para los waorani no avanzara. En carta a Cepe (5/4/87, AVA) Alejandro informa que la CGG y Braspetro han descubierto en el Bloque 17 indígenas que se presume tagairi. Durante el mes de junio el obispo acumuló horas de helicóptero en su búsqueda. Descendió en los bohíos waorani vecinos y en todos ellos recibió la constancia de la existencia de varias familias tagairi; las situaban entre el Tigüino y el Cunchiyacu, aunque su territorio de cacería subía más arriba del Shiripuno. Estaban ahí, muy cerca de las imparables trochas petroleras que acabarían pasando por sus chacras y casas. Divisó sus casas abandonadas, tal como señaló en últimos mapas, pero no llegó a verlos. Entretanto, escribe cartas a los Ministros de Agricultura, Energía y Recursos Naturales, al Director Nacional Forestal, a Cepe, etc. urgiendo la legalización de los territorios históricos huaorani (AVA).

Cuando el mes de julio de 1987 localizaron a un grupo tagaeri dentro del Bloque 17, Vela y sus gentes armadas de Casa Verde proponían una entrada por tierra hasta el bohío. Alejandro, que había intentado sin conseguirlo una vez más, que pararan, siquiera por un tiempo, la exploración en la zona, era contrario a semejante táctica. Pondría a los tagaeri en situación de enfrentar violentamente a los intrusos. Lanzas contra fusiles, más que probable muerte de los indígenas. El día 17 dejó escrito su último informe sobre los tagairi. Hay ocho personas a las que echan regalos; interpretan sus gestos como de invitación a bajar e indican que limpien el área. Tienen, muy cerca, casa y chacras nuevas. Todos los signos han sido muy positivos y se puede ya intentar pronto el primer contacto personal de amistad (Informe a Cepe, 17/7/87, AVA). No obstante, dentro de la Misión capuchina no todos opinaban así. Parecía prematuro, no se daban las condiciones necesarias, no se quería hacer el juego a las petroleras. Alejandro tenía previsto viajar a España el 2 de agosto, allí se demoraría un mes. Nadie podría sustituirle en un posible contacto, pues solo él contaba con la experiencia suficiente y el lenguaje. Tal como estaban los trabajos de las compañías y de su experto, temió que durante su ausencia se produjera un contacto violento. A la reunión de ese día, en Coca, con directivos de Braspetro, Elf y CGG sólo asistió él entre los misioneros; ahí se forjó la decisión de cuyo riesgo era consciente.

Consiguió un vuelo de helicóptero que lo dejara junto al lugar, acompañado de la Hna Inés Arango, la cual llevaba años de acercamientos a los grupos waorani de Yasuní y conocía su idioma. Es bien conocido que ambos murieron lanceados el mismo día de su descenso.

Ecos de las muertes

El eco en la prensa fue intenso y mantenido durante unos días. Se analizó el suceso desde muy variados ángulos, pero quizá hubo un acuerdo general que podría resumirse en este titular "Hemos avanzado", (La Liebre Ilustrada, 2/8/87). Es relevante la naturaleza de la respuesta que la opinión pública y sectores eclesiásticos y oficiales han dado al hecho. Nos atreveríamos a decir que ello representa un nivel de madurez para entender el conflicto de culturas propio de un país compuesto de diversas nacionalidades. Está claro, para casi todos, que la acción del grupo huao tenía una razón de fondo: era el acto de defensa de un pueblo que se ha sentido acorralado a través de los siglos...[67].

¿Habíamos avanzado en verdad? Hubo reacciones que merece la pena releerlas un tiempo después para adivinar su exactitud o la calidad de su ineptitud, acaso de su mezquindad.

Cepe dijo poco (nada las demás compañías) o mantuvo su doble lenguaje tan característico en estos asuntos: creíamos seguir un camino de pacificación; las compañías petroleras son las que más respetan los territorios indígenas, el problema es con los colonos, (Hoy, 28/7/87). O, directamente, no dijo la verdad: la zona donde fueron muertos los dos religiosos, está fuera de las estructuras donde las empresas petroleras están efectuando estudios sísmicos (id.). Otro dirigente de la empresa se refirió en términos del todo adulterados a su experto, el Dr. Vela que trabaja en el Oriente por más de 20 años, ha tenido un contacto directo con los aucas y a muchos de ellos logró integrarlos en la civilización... (Ultimas Noticias, 23/7/87).

Samuel Padilla, Caento, un auca que vive en la civilización, pero mantiene nexos con su tribu retornando a la selva constantemente, explicó que fue una imprudencia el tratar de introducirse en territorio de los tagairi; enfrentarse a ellos, sin ser auca, es la muerte. Ese grupo no tiene contacto con nadie, tiene 25 ó 30 personas a quienes no se les puede imponer dioses extraños (El Comercio, 24/7/87). Explicación extravagante si se tiene en cuenta que, como resulta obvio,  para nada podía tratarse, en un primer contacto, de ninguna cuestión de dioses.

Las organizaciones indígenas regional y nacional, Confeniae-Conaie, utilizaron con sagacidad el eco amplificado del suceso para hacerse notar como la exclusiva voz de los indígenas dentro del contexto nacional e internacional. En sus declaraciones no sólo justificaron la acción tagairi como defensa legítima ante la presencia de extraños en su territorio (El Comercio, 24/7/87), sino aprovecharon la ocasión para recordar a la sociedad y Gobierno ecuatorianos otras reivindicaciones pendientes, no planteamos la autonomía estatal, pero dentro de la unidad de los diferentes pueblos indios y de la nación hispanohablante, reclamamos espacio para desarrollar nuestros elementos nacionales esenciales (Hoy, 25/7/87).

Como era de esperar, la aparente acción misionero-petrolera suscitó también polémica. Por ejemplo, Leonardo Viteri, un líder mestizo de los canelos, reflexionaba sobre ello: los intereses transnacionales utilizan a las religiones para meterse en los pueblos indígenas [pone el ejemplo del ILV] y destruir su organización social, su cultura y sus prácticas tradicionales. Sorprende que la misión capuchina, que ha trabajado coordinada con el pueblo quichua, haya realizado este convenio con Cepe que atenta contra los pueblos indígenas ('Punto de Vista', nº 280, 3/8/87). Otro miembro de la familia Viteri, Edison, vicepresidente de la Confeniae, afirmó que la Misión Capuchina ha sido utilizada por los intereses de las transnacionales petroleras y por el Gobierno ecuatoriano a través de Cepe, nosotros defendemos nuestro territorio y no permitiremos que nos quieran evangelizar, porque los huaorani tienen su propia religión que no es menos que ninguna otra. Lamentó la muerte de los misioneros, pero ellos han sido utilizados criminalmente por intereses económicos que representan las transnacionales petroleras, caucheras, de palmeras, que están minando nuestro territorio, a tal punto que ahora sólo hay 2.500 huaorani, de 60.000 que existían cuando empezó la explotación petrolera. Recordó que los pueblos záparos, que eran 600.000 y los Tetetes, que eran 30.000, han sido extinguidos... (El Expreso, 30/7/87). Cualquiera que distinga entre historia real y leyendas puede valorar como se merecen esas cifras que no tienen ningún asidero en la realidad.

Por otro lado, la posición oficial de la Confeniae tuvo otros matices: Nuestro pesar por las muertes de los misioneros, víctimas inocentes de la autodefensa huao frente a la permanente violencia etnogenocida de las transnacionales petroleras. Nos solidarizamos con los misioneros capuchinos de Coca, que forman parte de las pocas misiones solidarias con los difíciles momentos que vive el pueblo indio, y declaramos como únicos culpables a las compañías petroleras, al Gobierno y al Ierac (Boletín de Prensa de Confeniae, 24/7/87).

¿Habíamos avanzado? Es indudable que en algo así, y probablemente mucho tenía que ver Alejandro y su constante cruzada en ese avance. Pero no faltaron datos para la ceremonia de la confusión. Puede revisarse el artículo Guerra silenciosa de las etnias y su apartado No fueron los Tagaeris (El Comercio 8/7/88). El periódico no aceptó un pedido de rectificación que le remitió el Vicariato para los muchos errores del artículo (enviado 12/7/88, AVA). La opinión de Vela, no fueron los Tagaeris los que dieron muerte a los misioneros, sino los huaorani, era insostenible para cualquier mediano conocedor del tema; etc. En fin, se trataba de un clásico ejemplo de periodismo amarillo sin ningún rigor investigativo. La capacidad de cinismo de los funcionarios gubernamentales tuvo uno de sus ejemplos más esclarecidos en la nota enviada por el Secretario de la Administración a la CEE: El valor heroico, la vocacional dedicación al servicio del apostolado y el noble trabajo en la redención de nuestros hermanos localizados en todas las latitudes de la patria, son el propio lema y la auténtica obligación de este Gobierno" (El Comercio, 24/7/87).

Final y seguido

Por supuesto, el Vicariato tomó el testigo de sus misioneros muertos y trató de llevarlo adelante. Una carta del Vicariato a la CEE (15/12/87) con la solicitud de elevar ante el Estado cuatro peticiones básicas: Deben adjudicarse legalmente las tierras en las que viven, según los límites pedidos por Alejandro; Cesen los trabajos en el Bloque 17; si eso no fuera posible, sea el último Bloque que se trabaje hasta circunstancias más favorables; Impedir la colonización en tierras huaorani; El Vicariato desearía que las organizaciones indígenas, a través de Confeniae, tomaran parte en todos los trabajos en favor del pueblo huao. La CEE transmitió estas peticiones (excepto la última) a los Ministros de Agricultura, Energía y Minas, y Gerente de Cepe, en cartas de fecha 17/12/87 (AVA).

Pero todo eso forma parte de otra historia…

Posdata de citas

Este poema de Luis Cernuda (1936), levemente variado en la fecha, se utilizó para iniciar el libro Tras el rito de las lanzas alusivo a la figura de Alejandro a través de muchos testigos de Ecuador u otros lugares. Sirva ahora también para evocar a la persona tan enamorada de su misión.

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros

...este hombre solo, este acto solo, esta fe sola.

...Veinticinco años hace, este hombre,

sin conocer tu tierra, para él lejana

y extraña toda, escogió ir a ella

y en ella, si la ocasión llegaba, decidió apostar su vida,

juzgando que la causa allí puesta al tablero

entonces, digna era

de luchar por la fe que su vida llenaba.

Que aquella causa aparezca perdida,

nada importa;

que tantos otros, pretendiendo fe en ella

sólo atendieran a ellos mismos,

importa menos.

Lo que importa y nos basta es la fe de uno.

Por eso otra vez hoy la causa te aparece

como en aquellos días:

noble y tan digna de luchar por ella.

Otra canción, de bien diferente poética, es ésta que según algunos pretendidos testigos habrían cantado los tagairi en el momento de lancear a los misioneros y que explicaría la razones que les impulsaban[68]:

¡Cuántos hermanos muertos en nuestra tierra,

cuántos cuerpos enterrados

por estas lomas!

Ahora llegan los cohuori a invadir la tierra de nuestros muertos.

¡Esta es tierra nuestra, jamás podrán vivir aquí,

tenemos lanzas y haremos más;

por muchos que vengan,

les atacaremos,

acabaremos matándolos!

Somos fuertes y vamos a luchar,

¡no podrán vivir tranquilos en nuestra tierra!

Los hermanos han caído a nuestro alrededor,

muertos

a manos de los cohuori.

Nosotros íbamos lejos para vengarnos,

les matábamos,

pero ellos también acabaron con muchos

de los nuestros.

¡Cuántos de nuestros familiares que ya no existen!

Finalmente podríamos cerrar este trabajo con una evocación de Javier Cercas, autor de Soldados de Salamina, sobre quién es un héroe y que bien podría cuadrar con la figura de Alejandro. Alguien que tiene el coraje y el instinto de la virtud, y por eso no se equivoca, o por lo menos no se equivoca en el único momento en que importa no hacerlo. Un héroe tiene las dos cosas. Por una parte el coraje, la valentía; ingrediente indispensable. Y lo otro, la cruz de esa moneda, es lo que llamo el instinto de la virtud que hace que haya personas que actúan bien, porque parece que huelen el bien, que apuntan al bien. Ese instinto de la virtud lo tienen muy pocas personas, y creo que son muy raras, muy excepcionales. Ésos son los héroes.

Miguel Angel Cabodevilla

Quito, 20/5/2012



[1] Carta del obispo. Archivo del Vicariato (AV).

[2] Carta del Fiscal y documentos adjuntos (AV).

[3] Véase al respecto la publicación de Cicame: La selva de los fantasmas errantes, Cicame-Quito, 1997.

[4] Citado en R. Cáceres, La Provincia oriental de la República del Ecuador, apuntes de viaje, Quito, 1892.

[5] Citado en H. Fuentes, Loreto: apuntes geográficos, históricos, estadísticos, políticos y sociales. Tomo II. Lima, 1908.

[6] Carta autógrafa al Gobernador con fecha 24/2/1910. Archivo de Tena.

[7] El Gobernador de la Provincia, carta autógrafa, 1925. Archivo de Tena

[8] Mr. Souder entrevistado por R. Blomberg. The naked aucas. Londres, 1956.

[9] Pueblos no contactados ante el reto de los Derechos Humanos, Cicame 2005, p. 27.

[10] Epígono, según el Diccionario de la Academia de la Lengua: hombre que sigue las huellas de otro, especialmente el que sigue una escuela o un estilo de una generación anterior. En realidad no sabemos, al detalle, quiénes son estos grupos ocultos a los que vamos a referirnos. Los llamamos así por creerlos cercanos a los waorani y, desde luego, al estilo de sus ancestros.

[11] Cicame ha publicado un buen número de estudios, desde perspectivas diferentes, sobre los waorani. Entre otras: Los últimos huaorani. Los huaorani en la historia de los pueblos del Oriente. El exterminio de los pueblos ocultos. Pueblos no contactados ante el reto de los derechos humanos. Zona Intangible, ¡Peligro de muerte!  Otra historia de muerte y violencia. Lanzas y muerte en Los Reyes. Noticias históricas y territorio-La nación waorani; etc.

[12] Tabú está definido como: condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar.

[13] Los pueblos indígenas en aislamiento. Su lucha por la sobrevivencia y la libertad. Beatriz Huertas Castillo, Lima, 2002. p. 20

[14] James Yost; El desarrollo comunitario y la supervivencia étnica - El caso de los Huaorani. Amazonía ecuatoriana. Cuadernos Etnolingüísticos, n° 6

[15] Véanse ejemplos en el libro citado Los Huaorani en la historia…

[16] Citado en David Stoll, ¿Pescadores de hombres o fundadores de Imperio?, Quito, 1985.

[17] Lettere Giuseppine, 1924. Revista de los josefinos de la Misión de Napo. Citada en adelante como LG.

[18] LG, 1926.

[19] Por señalar un solo ejemplo: Entre 1936 y 1946, en la hacienda Campococha, cerca del río Napo, camino para el Arajuno, hubo un total de 28 trabajadores de la hacienda lanceados por los aucas (Hno. Salvador, josefino, grabación Tena, marzo 1990). Hay otros muchos ejemplos señalados con precisión en publicaciones como Los Huaorani en la historia de los pueblos del Oriente; Noticias históricas y territorio – La nación waorani.

[20] El estudio más logrado hasta la fecha de la acción del ILV en países latinoamericanos es el citado de Stoll.

[21] Ob. cit.

[22] Las culturas condenadas, Augusto Roa Bastos, Siglo XXI Editores, México, 1987.

[23] Ob. cit.

[24] P. Miguel de Huarte, 1953. Archivo del Vicariato de Aguarico (en adelante AVA).

[25] Fecha del informe 5/9/67, AVA.

[26] Los Huaorani…, p. 333 y 354 respectivamente.

[27] El Comercio, 22/7/63

[28] Para comprender las condiciones sociales de la zona es bueno revisar una publicación independiente sobre el trabajo de la Misión Capuchina: Los quichuas del Coca y el Napo, Departamento de sociología de la Universidad Central, Quito, 1969.

[29] Este año hay una larga serie de informaciones nacionales, en periódicos como EL COMERCIO, sobre los incidentes con los waorani en Coca. Sobre todo en los meses de febrero y agosto.

[30] Mons. Miguel Gamboa, AVA.

[31] El Comercio 28/3/1965.

[32] Los Huaorani en la historia….; Coca, la región y sus historias, Cicame-Zaragoza, 1996.ierenlio estatal de ue sero esa misma waorani y naporunas instalados en Coca. namente su rendicil Saint, que fue misionera

[33] Carta al Presidente Otto Arosemena, 27/10/1966, AVA.

[34] Arriesgar la vida por el evangelio, Cicame-Quito, 1989. Vida y martirio del obispo Alejandro Labaka y de la Hermana Inés Arango, Cicame-Quito, 2009. Construir un puente, dentro de la obra Crónica Huaorani – Raíces de una evangelización nueva, Cicame-2011.

[35] Véase su carta al Papa y las escritas consultando sobre la legitimidad moral al arriesgar su propia vida, o la de sus acompañantes, en esos intentos de contacto: Arriesgar la Vida….; Vida y martirio…

[36] Carta 27/10/67, AVA.  Que el intento protector de Alejandro no se pedía en balde queda probado por la información, de fecha 18/6/67, en El Comercio: Ejército protege de aucas al personal de exploración en zona de Coca, e informa de la llegada de 40 soldados para ese fin.

[37] Entre los Aucas, 1969

[38] Id

[39] Id

[40] Id

[41] Rucuyaya Alonso y la historia social y económica del alto Napo (1859-1950), Blanca Muratorio, 1985.

[42] Historia de la Misión Josefina del Napo 1922-1974, Mons Maximiliano Spiller, 1974.

[43] Veinte años de contacto, los mecanismos de cambio en la cultura Huao (Auca); J. Yost, Quito, 1981

[44] Stoll, ob cit

[45] Desde Cuenca, escribe Gonzalo Oviedo, Presidente de la Asociación Escuela de Antropología de la universidad, resumiendo dos conferencias de Patzelt y F. Velasco. Condensado lo dicho por Patzelt, escribe: el ILV ha vedado la investigación científica, en Limoncocha y Tihueno a quienes no pertenezcan a organismos norteamericanos o compañías petroleras. F. Velasco intervino en representación de la FENOC (Federación nacional de organizaciones campesinas); es profesor de la Universidad Central y de la Universidad Católica de Quito. Dijo que la presencia del ILV se explicaba por la necesidad de establecer un control severo sobre la zona de operación actual de las compañías petroleras. El ILV se inscribía dentro del proceso de penetración de capital extranjero y de la intensa campaña de sectas protestantes para dividir el movimiento campesino ('El Mercurio 18/1/75, Cuenca). Es característico el texto de Trujillo ya citado, la acusación al ILV de colaborar con los petroleros en tres sentidos que resumimos: prestaron su base de Limoncocha; proveían de información y guías; 'entregaron' los territorios aucas.

[46] Stoll, ob cit

[47] La historia de ese chocante personaje trinitario en uno solo puede leerse en la obra citada: Los Huaorani en la historia…

[48] Crónica Huaorani (CH), Cicame, 2003, cuarta edición. junio 1976.

[49] AVA. El documento aparece también en las primeras cuatro ediciones de Crónica Huaorani.

[50] Alejandro sigue manejando una visión panorámica de los grupos indígenas, tal como se lee ese esa carta al Gobierno Nacional: Urge defender especialmente a los grupos humanos nativos en situación de emergencia y el riesgo de extinción biológica y cultural; en esta situación angustiosa se encuentran los pueblos huaorani, cofán, siona, secoya (CH, 181).

[51] Ampliar la zona actual de protección auca, demarcada por el Instituto Geográfico Militar y el Instituto Lingüístico de Verano para unas parcialidades del pueblo huaorani, de forma que se extienda esa protección a todos los grupos, formando así la REGIÓN HUAORANI (Id).

[52] En la carta a Benissent dice en tono de advertencia: La seguridad de los trabajadores se quiere garantizar con la fuerza armada. Esto constituye otra gran provocación y, por otra parte, entraña el propósito de genocidio en el momento en que se note el menor obstáculo al trabajo petrolero (copiada en CH, 182).

Añade en su diario Alejandro: Mons Langarica está impresionado por el peligro que se cierne sobre los aucas y moviliza todos los resortes (CH, 107). Detalla varias visitas oficiales.

[53] De todas formas, no se debe olvidar la lucha realizada por el ILV en la consecución de tierras. Un párrafo de la obra citada (Los Huaorani en la historia…) puede resumirla: En el año 1960 el Presidente Velasco Ibarra prometió que asignaría a los aucas una gran cantidad de tierras en donde podrían vivir. Desde entonces los aucas no han dejado de incluir esta aspiración en sus oraciones. Es indispensable que se les asigne una amplia extensión de tierra (Entre los Aucas, 1969). En 1964 pasaron de las oraciones a las peticiones oficiales, por intermedio del ILV; según Yost  (1979) esas solicitudes se basaban en la opinión de una mujer huao (Dayuma) que no podía prever el aumento de la población. Tras los traslados de waorani de la zona de Coca, 1968, el ILV se siente con más argumentos para exigir al Gobierno el cumplimiento de sus promesas; la reducción ha tenido éxito, solventaron un problema de orden público en el Napo, tienen perspectivas de solucionar los inconvenientes temidos por los petroleros, pero ahora necesitan seguridad sobre la tierra donde se amontonan los huaorani. Raquel, todavía más que el ILV, quiere un territorio liberado. La recompensa por la reubicación fue una 'zona de protección' de 1.600 kms2, una treceava parte de los 21.000 kms2 controlados hasta entonces (Stoll, id). Aunque el ILV no se sintió satisfecho con la resolución oficial, pensó que no podría conseguir más por entonces hasta que en abril de 1983, el Presidente O. Hurtado entregó a los huaorani una reserva de 66.000 has., con derechos de caza sobre otras 250.000 has. Consideradas de reserva estatal.

[54] De poco sirve una carta de Alejandro a los gerentes de Cepe y CGG: Debemos exponer con claridad que el grupo auca que ocupa esa zona [que quieren explorar, donde murieron los 3 en 1977] es grupo distinto; se trata del grupo tagaeri con quien ninguna institución ha podido tener hasta el presente contactos amistosos. En consecuencia, desaconsejamos absolutamente la operación por considerarla arriesgada para la vida de humildes trabajadores ecuatorianos que se sacrifican con tanto afán para ganar el sustento de su familia. …Entre tanto, las Misiones y organismo oficiales podrían completar con éxito su labor de entendimiento con los rebeldes aucas que, como seres humanos y hermanos ecuatorianos, tienen derecho a la posesión de las tierras que ocupan y los medios necesarios de subsistencia para ser agentes de su propio destino, enriqueciendo así el glorioso acerbo histórico del Ecuador (CH, 183).

[55] Conaie publicó, con su característico marchamo: Las nacionalidades Indígenas del Ecuador, nuestro proceso organizativo. (Ed. Tincui-Abya Yala, Cayambe, 1989). Allí, por ejemplo, reflejaba y denunciaba la práctica de las más inclasificables formas de explotación y sojuzgamiento a nombre de la Corona Española y la Iglesia. Publicación significativa del tiempo fue también: Las nacionalidades indígenas en el Ecuador, Enrique Ayala Mora, Ibarra, 1991

[56] El ILV, sin contar o comunicarse con Alejandro había participado en la mesa redonda nº 1 (Las zonas de reserva y las zonas de protección), mantenida dentro del Seminario sobre la problemática socio-cultural de la Amazonia ecuatoriana, organizado por Incrae en 1979. En la mesa participaron James Yost y Patricia Kelley, por el ILV, y tres huaorani (Dayuma, Comi y Huiñame). Expuso y moderó el tema el Dr. E. Vela, un personaje que asomará después en esta historia con un papel relevante y que, curiosamente, sustituiría al ILV en la dirección de Limoncocha cuando los lingüistas fueran expulsados. La comisión multidisciplinaria y multi-institucional fue creada mediante acuerdo ministerial el 20/8/1980; Registro Oficial, nº 272, 11/9/80.

[57] Alejandro comparte muchas más afinidades con Yost, otro hombre de campo y reflexión de su talante, por tanto flexible al devenir de los grupos. Cuando empecé mi trabajo de campo, era opuesto a la idea de que los huaorani aprendieran el quichua o el español, porque pensaba que amenazaría sus oportunidades de mantener su identidad. Mis observaciones han cambiado esa opinión: los huaorani quieren aprender esos idiomas; para ser independientes de los diversos agentes culturales, es preciso que aprendan a defender sus intereses por medio de esos idiomas (Yost, 1983).

[58] Otros pasajes de esa larga y sustanciosa carta: Mi punto de vista es ayudarles a valorar, por todos los medios a mi alcance, los valores propios de esta cultura del “hombre desnudo” de la amazonia. Pero también en este sentido ellos quieren el cambio, sobre todo frente a las culturas circundantes y de los visitantes que les llegan y muchas veces notan que quieren aprovecharse de su nudismo por múltiples razones que no coinciden precisamente con los intereses del pueblo huaorani y la valoración de su cultura. Mi plan es ayudarles a valorar el uso del simple cinturón, sobre todo en su vida tribal ordinaria y, si prefieren ponerse vestidos en ocasiones de visitas de “extraños”, que lo hagan convencidos por que es por conveniencia de intercomunicación y nunca por vergüenza de su costumbre o pensando que esta costumbre haya dejado de ser buena. Esto he procurado probarles con mi propio ejemplo cuando he vivido entre ellos (CH, 186).

[59] Alejandro había dado muchas vueltas a temas como pueblo y territorialidad. Sabía que los waorani no formaban de hecho un pueblo (ese concepto no estaba en su cultura), aunque lo fueran. Él estaba convencido que lo serían en el futuro. Por eso en una carta posterior dirigida a diversos organismos ecuatorianos exigiría el Derecho a ser considerado, pese a estar dividido en la actualidad en grupos antagónicos, como única Nacionalidad con unidad territorial (CH, 189).

[60] Una táctica que solía emplear cuando le era posible. Sólo cuando hay miedo de que la prensa internacional pueda jalear el asunto, o de que los rebeldes huaorani obstaculicen la labor, se deciden a mezquinar unas pocas migajas: vuelos de helicóptero, obsequios fáciles y baratos, pero aprovechándose al máximo para la propaganda oficial (CH, 128).

[61] Es una de las muy pocas frases de Alejandro, tal vez la única, a la podría notársele una cierta demagogia. Probablemente debida a la casi exasperación producida por lo que juzgaba insensibilidad social y gubernamental.

[62] Mi último encuentro con Alejandro Labaka, Luis Montaluisa (Primer dirigente de Educación, Ciencia y Cultura de la CONAIE) en Tras el rito de las lanzas, Cicame, 2003.

[63] Las impresiones de Alfonso Calderón tras esa entrevista, puestas en el contexto del tiempo, en su artículo Entrevista con Alejandro Labaca (Tras el rito de las lanzas, Cicame, 2003).

[64] Alfonso Calderón, Entrevista con Alejandro Labaca, en Tras el rito de las lanzas, Cicame, 2003. Queda allí reflejado también el clima, no siempre uniforme de los integrantes del Vicariato en esa solución.

[65] El saldo no usado hasta entonces era de 3.295.413; podría utilizarse hasta el 30/11/87 (AVA). Tras la muerte de Alejandro, el Vicariato acuerda la devolución de la cantidad no utilizada y justificada, 2.549.612,22. Acusa recibo E. Rojas, Subgerente de Planificación y Desarrollo de Cepe, en carta del 2/3/88 (AVA).

[66] Un estudio más pormenorizado de los antecedentes del Dr. Vela en Los huaorani en la historia… Vela mantuvo con Alejandro una actitud de evidente doblez. Públicamente le mostraba gran respeto y consideración. A mediados de 1987 Vela informa a su contratante Cepe sobre el programa realizado en el Bloque 14 de cara a evitar problemas al trabajo petrolero: Aunque las actividades de exploración sísmica del Bloque 14 hayan terminado con éxito en lo referente a la dinámica poblacional indígena, es necesario señalar que las organizaciones indígenas antagónicas, así como los misioneros religiosos capuchinos y determinadas agrupaciones políticas se encuentran inter-relacionadas y en coordinación para promover actividades negativas tendientes (sic) a entorpecer la labor hidrocarburífera futura del bloque" (Informe en AVA).

[67] Javier Ponce era el editor de La Liebre Ilustrada. Véase su artículo, donde evoca esos momentos, Vivía en un conflicto, dentro de Tras el rito de las lanzas. El problema radical que yo encontraba en él, era el gran conflicto que vivía, fruto de su profunda articulación con el movimiento indígena de la Amazonía, y, al mismo tiempo, su interés de que las relaciones, particularmente con los colonos y con las empresas petroleras, se dieran en otros términos que no fueran la confrontación constante. Me parece que en las conversaciones que sostuve con él, ese era el conflicto que estaba viviendo tiempo antes de su muerte.

[68] La interpretación de este canto, así como la nota de su elaboración, en Los huaorani en la historia…



 

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