Mons. Jesús Esteban Sádaba

Vicario Apostólico de Aguarico (Ecuador)


Estimado Mons. Jesús Esteban:

altDesde esta casa de formación de capuchinos de Guadalajara, Jalisco (México), me siento íntimamente unido en este día a toda la Iglesia de Aguarico, que con gozo y agradecimiento celebra la memoria de sus mártires en el XXV aniversario, Mons. Alejandro Labaka Ugarte y Hna. Inés Arango Velásquez (+21 julio 1987 – 21 julio 2012).

Como biógrafo, mucho he reflexionado en este hecho conmovedor, lleno de pasión y de amor. Y como uno de los ponentes que intervinieron en el reciente Simposio de Quito (21-24 mayo 2012), traté de dar mi aportación para penetrar en las líneas fundamentales de lo que me parece que es la espiritualidad de este capuchino-sacerdote, misionero, obispo y mártir.

Ahora me encuentro reflexionando sobre el Concilio Vaticano II, en el cincuenta aniversario de su inauguración (11 octubre 2012), porque he de preparar una “lección inaugural” sobre el tema. Y me viene constantemente la figura de Mons. Labaka, como hijo legítimo del Concilio.

No pocos analistas críticos opinan que el ímpetu del Concilio ha sido frenado, acaso por nuestra mediocridad, acaso por otros intereses teológicos. Nuestros dos Misioneros, Siervos de Dios, aparecen justamente como lo contrario: son una evidencia de la audacia que quiso suscitar el Concilio. Esta razón conciliar es muy valiosa y verdadera para llevar adelante su causa. No importa que la última opción adoptada pueda ser juzgada distintamente, e incluso criticada.

Lo que emerge directamente de los hechos y de la documentación abundante es que fue el ardiente amor de Cristo a todo riesgo lo que les llevó a la muerte. Y esto está en plena sintonía con esa renovada audacia que quiso despertar el Concilio en la Iglesia en un cambio de era de la humanidad; en sintonía igualmente con esas aspiraciones que surgen en el panorama de la Nueva Evangelización, que estudiarán los Obispos en el Sínodo próximo de octubre.

Alejandro está en la hora de la Iglesia y en la hora de la familia humana, y con él, en unidad de fe y amor, la hermana Inés.

Permite que con humildad y firmeza haga llegar hasta ti, como representante del Episcopado Ecuatoriano, querido Obispo, este deseo:

Que suene en el Sínodo,

que suene en la Congregación para la Evangelización de los pueblos,

que suene en el corazón del Santo Padre (a quien tanto venero):

Alejandro, Obispo, e Inés, Virgen, murieron por amor a Jesús, amando a sus hermanos, en el rumbo de audacia, de riesgo y generosidad que quiso el Concilio, y que anhela la Nueva Evangelización, y su entrega son aliento y referencia para nosotros.

Que la declaración de su martirio afiance más y más el humilde camino de la Iglesia y sea bendición para los pueblos indígenas y para todos los que tratamos de construir el Reino de Dios.

Me encomendó a la intercesión de estos Siervos de Dios,

Quedo afectísimo en el Señor

Fr. Rufino María Grández

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