Día de la Amazonía: 21 de julio de 2012

25º aniversario del martirio del Obispo Alejandro Labaka, OFM Capuchino, y de la Hermana Inés Arango, de las Hermanas Terciarias Capuchinas –valerosos defensores de la selva amazónica, de sus pueblos y culturas.

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La selva amazónica –pulmón de nuestra madre, hermana Tierra- está siendo destruida. Con el argumento de un beneficio económico a corto plazo, miles de millas cuadradas de exuberante bosque están siendo arruinadas. Innumerables especies de plantas y animales que proclaman la gloria de Dios están siendo condenados a la extinción.

Las comunidades indígenas, que han vivido allí en estrecha y armoniosa relación con la creación de Dios durante miles de años, son sistemáticamente desalojados de sus tierras, atropellados y diezmados; su gran sabiduría, su visión y sus virtudes abiertamente relegadas.

Es mucho lo que hay en juego; pero también hay mucha esperanza. En esta crítica encrucijada, emerge una visión nueva y solidaria que extiende un círculo de compasión a las comunidades indígenas más marginadas, a plantas, animales y ecosistemas enteros. El divino Espíritu de la creatividad sigue renovando la faz de la tierra, abriendo nuevos horizontes y señalando nuevos caminos hacia un futuro más integral, justo, pacífico y sostenible.

El 21 de julio coincide con el 25º aniversario del martirio de Alejandro Labaka e Inés Arango. Ambos murieron en la Amazonía ecuatorial en 1987 cuando se disponían a posibilitar una arriesgada mediación entre una tribu indígena aguerrida, que vive en un bosque ecuatorial primitivo en un aislamiento voluntario, y compañías petroleras que invaden sus tierras en busca de petróleo causando estragos en los pueblos y tierras que se interponen en el camino de su insaciable codicia.

Pequeña historia biográfica de fray Alejandro Labaka, OFM, Cap. y de la hermana Inés Arango 

Alejandro Labaka era un religioso capuchino que, a la edad de 27 años, salió de su nativa región vasca de España y se embarcó en una misión a China. In 1953, después de haber sido expulsado de ese país por el gobierno comunista, Alejandro llegó a Ecuador.

Tenía 33 años de edad y un intenso deseo de trabajar entre las comunidades indígenas en la parte oriental del país donde podría evangelizar y servir como puente cultural. Por entonces, el pueblo de Coca, donde él y otros frailes capuchinos fueron destinados, no tenía más que 300 pobladores. Ubicado en la selva, era llamado por algunos “el infierno verde”. Sin embargo, Alejandro lo llamaba “un paraíso”. 

Pronto llegó a ser conocido como pastor de los pueblos indígenas, compasivo y ansioso de compartir humildemente su vida cotidiana. Tenía enorme admiración y respeto por las culturas indígenas y comprometió su vida a trabajar por el bienestar de ellos. Hombre práctico como era, Alejandro construyó un hospital, una escuela, una fábrica de ladrillos. Y llevó a cabo muchos otros proyectos destinados a mejorar la salud y educación de su gente. En un tiempo en que los indígenas y sus culturas eran considerados de poco o ningún valor y eran objeto de desprecio y discriminación, fray Labaka abrazaba a los indígenas con la clase de piedad y devoción que caracterizó a San Francisco de Asís en su abrazo al leproso. 

Este profundo reconocimiento espiritual de la presencia de Dios manifestada en aquellos que estaban en las márgenes de la sociedad condujo a la creación del Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonía Ecuatoriana, iniciado por Alejandro y sus compañeros misioneros capuchinos. Además de ayudar a salvaguardar las ricas tradiciones orales de las tribus indígenas locales, el Centro ha ayudado a las tribus locales huaorani a lograr los títulos oficiales para sus tierras ancestrales. También ha trabajado en la capacitación de los líderes indígenas en materia de organización y desarrollo de estrategias para hacer frente a la incursión de las compañías petroleras y sus inevitables consecuencias. 

En 1976, en lo que es hoy el Parque Nacional Yasuní, Alejandro se encontró por primera vez con un grupo de la tribu huaorani pocos contactados, quienes, al igual que sus antepasados de hace miles de años, vivían como cazadores y recolectores casi sin contacto con el mundo exterior. Fascinado por ellos, Alejandro solía ir por su cuenta a pasar extensos períodos de tiempo viviendo entre ellos, aprendiendo su lengua y su cultura. Llegó a amarlos y admirarlos tanto que quería hacerse uno de ellos; esto expresaba su deseo de encontrar a Cristo en los más humildes y nacer de nuevo. Alcanzó a disfrutar parcialmente de ese deseo una noche de diciembre, cuando estaba alojado en la choza de una de las familias indígenas con quienes había llegado a intimar. Arrodillado delante de una pareja huaorani, a través de la imposición de manos sobre su cabeza, Alejandro fue adoptado por ellos. Desde ese momento hasta su muerte, el fraile franciscano capuchino vasco se consideró una más de las personas libres huaoranis. 

Alejandro era también un apasionado guardián de la selva, a la que él solía llamar su “paraíso verde”. Su diario es un testimonio elocuente de cuánto se deleitaba él en la diversidad de la selva y cuánto sufría por la irracional destrucción de la Amazonía. En las décadas del 60 y 70, se descargaron sobre la parte nororiental de Ecuador, con la violencia de un tsunami, oleadas de violentas incursiones a sus primigenios territorios acometidas por la agresiva exploración petrolera. El desplazamiento forzado de las tribus indígenas y su progresiva desintegración cultural, la deforestación y la contaminación de sus ríos y tierras tuvo como compañeras la afluencia de gente desesperadamente pobre llegada de otras partes del país y un estado caótico y anárquico.

Nombrado obispo de Coca, Monseñor Labaka usó su liderazgo y su cargo público para promover la paz, haciendo lo que podía para hacer que la situación en su diócesis fuera más humana y más justa y esgrimiendo tenazmente la visión del bien común. Siguió siendo un defensor acérrimo de los derechos de los pueblos nativos y sus culturas. Ni la indiferencia ni la burla de otros pudo apagar su pasión por la Amazonía y sus pueblos.

No fue sólo el Obispo Labaka quien se destacó por la compasión hacia las tribus más aisladas, las tribus nativas de la Amazonía; también lo hizo la Hermana Inés Arango. Nacida en Colombia, ella ingresó en las Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia cuando tenía 17 años de edad. Su contextura física pequeña y frágil no dejaba traslucir su alma grande e intrépida. Desde sus primeros años, Inés deseaba vivir y morir entre los pueblos indígenas. Era su pasión aprender su lengua, llegar a ver el mundo a través de sus ojos y vivir el Evangelio entre ellos. Sin embargo, no era ingenua y estaba muy consciente de la naturaleza precaria de la misión que estaba emprendiendo: “Si muero allí, me iré feliz. No busco nombre ni fama, ni mucho menos”, escribió ella en su diario. Inés Arango y Alejandro Labaka compartieron sus ministerios entre las tribus nativas, oraron juntos y se apoyaron mutuamente hasta el final.

En 1987, las compañías petroleras se estaban preparando para otra incursión violenta muy dentro de los territorios habitados por guerreros tagaeri, uno de los grupos de los guerreros huaoranis, quienes habían optado vivir en aislamiento voluntario y defenderse. La visión de sus familias diezmadas por gente de fuera y su paraíso verde envenenado y destruido por empresas petroleras y madereras fue una provocación que los llevó a contraatacar. En un audaz intento de evitar el exterminio de la tribu tagaeri y el derramamiento de sangre de ambos lados, Alejandro Labaka e Inés Arango procuraron una mediación como último recurso. Entre las últimas palabras de Alejandro se puede citar: “Si no vamos, los matarán”. El 21 de julio de 1987, Inés y Alejandro fueron dejados por un helicóptero en un claro de la selva. Al día siguiente, sus cuerpos fueron encontrados con docenas de lanzas clavadas en sus cuerpos.

Paradójicamente, los nativos de la región, que viven en la angustia de siempre sentirse atacados, mataron a los dos misioneros que habían ofrecido su apoyo y protección. Pero las muertes de estos mártires franciscanos no fueron en vano. Los inquebrantables esfuerzos de Alejandro y de Inés por respetar y proteger a las comunidades indígenas aisladas en la Amazonía y sus tierras –compromisos que en algún momento fueron sellados con su sangre – ayudaron a llamar la atención al sufrimiento del pueblo huaorani. Algunas medidas legales fueron tomadas para proteger sus derechos humanos y sus tierras; en algunos casos, conteniendo el avance de las compañías petroleras sobre los territorios ancestrales de los pueblos nativos.

Continúa la lucha por la defensa de la Amazonía y sus habitantes indígenas,

y no solamente en Ecuador sino también en Brasil, Perú, Colombia, Bolivia y otras partes de Sudamérica. Los franciscanos, clérigos, hermanas y legos, en esos países son parte de esa lucha.

La celebración del Día de la Amazonía en los ministerios franciscanos de todo Estados Unidos es muy significativa. Muchas de las compañías petroleras que han causado estragos en la Amazonía y entre su gente tiene sus oficinas centrales en Estados Unidos. Una de ellas, Chevron – la tercera compañía más grande de América – es dueña de Texaco. Fueron las décadas de inescrupulosa exploración petrolífera de Texaco que proporcionaron combustible para millones de vehículos en los Estados Unidos y, al parecer, envenenado vastas áreas de la prístina selva amazónica ecuatoriana – un daño por el cual Chevron enfrenta ahora una demanda de $23 mil millones de dólares. (http://www.cbsnews.com/video/watch/?id=4988079n/). 

Como consumidores insaciables que usamos cantidades desproporcionadas de combustibles fósiles y otras materias primas y buscamos satisfacer nuestra devastadora dieta basada en carne, los estadounidenses –nos demos cuenta o no- estamos íntimamente involucrados en la destrucción de la Amazonía. La buena noticia es que podemos elegir ser parte de la solución. ¿Cómo? Una manera es tomar conciencia de lo que está sucediendo con la Amazonía y sus pueblos indígenas.

Otra manera es reflexionar sobre estas graves cuestiones a través de los ojos de nuestra fe cristiana y considerar sus profundas ramificaciones espirituales y morales. Modificar nuestros hábitos de consumo y abogar por más políticas justas y sostenibles pueden ser maneras poderosas de practicar la visión y los valores franciscanos. Finalmente, les invitamos a orar por el éxito del Proyecto Amazonía lanzado por la Orden Franciscana y comenzar a difundir historias inspiradoras del testimonio profético de nuestros compañeros franciscanos como Alejandro Labaka e Inés Arango en la región amazónica.

Sugerencias de homilía para el 22 de julio de 2012 - 16º Domingo del Tiempo Ordinario

En la primera lectura, el profeta Jeremías dirige palabras de condenación a los líderes del pueblo de Dios que descarrían y dispersan el rebaño. Si bien es fácil enfocar nuestra indignación en los líderes políticos y religiosos de Israel que vivieron hace unos 26 siglos, un predicador puede optar por aclarar los modos en que la primera lectura podría desafiar a nuestros líderes contemporáneos, incluyéndonos a nosotros. 

Con demasiada frecuencia, tanto a través de los hechos como de las palabras, sin conciencia de ello, podemos llevar a otros a las nociones engañosas y erróneas de que nosotros podemos y debemos “tenerlo todo”: más ingresos económicos, comodidades materiales modernas, consumo de energía – y, por supuesto, casas y carros más grandes. Sintiéndonos con derecho a perseguir el sueño americano de alto consumo, a menudo no reconocemos que en los Estados Unidos, una persona promedio requiere 22 acres de los recursos de la Tierra para sostener su estilo de vida, cuando solamente 4 acres y medio serían una porción justa. No exigirnos ni a nosotros mismos ni a otros a abrazar una simplicidad voluntaria explica claramente que estamos fallando en la promoción del bien común. En ausencia de conversión ecológica y de renovación espiritual de nuestra sociedad y sus instituciones, vemos cada vez más “la dispersión del rebaño de las pasturas del Señor” puesto que millones de refugiados medioambientales alrededor del mundo están siendo desplazados por las olas de calor extremo, sequías, inundaciones y elevación del nivel del mar. 

No obstante nuestro Dios, cuyo nombre es “el Señor, nuestra justicia” (Jer, 6), como dice el profeta Jeremías, recogerá el resto del rebaño del Señor y “pondrá sobre ellas pastores que las apacienten, de modo que ya no necesitarán temer ni amedrentarse; y no habrá ninguna que falte…”

Este pasaje de la Escritura nos dice que, a pesar de los dolorosos reveses sufridos por el pueblo de Dios, no hay razón para perder la confianza en la Providencia de Dios. Cuando los israelitas sufrían en el exilio en Babilonia, Dios estuvo allá y su corazón se llenó de compasión por ellos. Cuando Jesús vio a las grandes multitudes que lo seguían desesperadamente en el desierto, el corazón de Dios se llenó de compasión. 

Cuando el pueblo huaorani y su cultura estaban siendo sistemáticamente destruidos y sus ríos y tierras envenenados por el sedimento del petróleo, el corazón de Dios se llenó de compasión. Alejandro, Inés e numerosos otros misioneros y misioneras que viven en remotos rincones del mundo entre las diversas tribus indígenas, son la voz y los brazos de Dios que oyen y responden al grito de los pobres. 

Preguntas que podrían ser planteadas a una congregación: 

1. ¿De qué modo el testimonio de los dos mártires franciscanos modernos nos desafía a mostrar un corazón compasivo y a llegar con justicia hasta los indígenas de la Amazonía o hasta otros alrededor de nosotros cuya dignidad humana está siendo menoscabada o negada?

2. ¿Qué ha encontrado usted particularmente conmovedor sobre la vida-misión y muerte de Alejandro e Inés? ¿Qué virtudes franciscanas encarnan?

3. ¿Cómo podemos usted y yo ejercer el papel de liderazgo que podamos tener dentro de nuestras familias y comunidades de fe como para hacer ver que podríamos demostrar que en verdad tenemos una visión global/universal/ católica y que podemos actuar localmente por el bien común de toda la creación de Dios, incluyendo la Amazonía? 

Ejemplos de oraciones de los fieles: 

 1. Por los esfuerzos de la Orden Franciscana alrededor del mundo para salvaguardar la selva amazónica y proteger a su gente. Oremos al Señor.

 2. Para que las personas de corazón franciscano alrededor del mundo puedan celebrar este Día de la Amazonía aprendiendo sobre la importancia de la selva amazónica y la necesidad urgente de proteger su diversidad cultural y biológica. Oremos al Señor. 

¿Lo sabía? (puntos a elegir para el boletín parroquial)

Debido principalmente a la ganadería incontrolada, la tala de árboles y la agricultura comercial, la cuenca amazónica pierde hoy 7,500 millas cuadradas de selva lluviosa cada año, lo que equivale a seis canchas de fútbol cada minuto.

En cada temporada de quema en la Amazonía, los incendios deliberados iniciados por colonos, rancheros y promotoras inmobiliarias (o empresas de loteadores) lanzan casi 500 mil toneladas métricas de carbono al año, colocándose Brasil entre los cinco más grandes contribuyentes a los gases de efecto invernadero.

La deforestación representa el 20% de la emisión de gases de efecto invernadero del mundo contribuyendo significativamente al veloz derretimiento de los glaciares y el calentamiento global en su generalidad.

Casi el 80% de la cosecha global de soya se procesa para alimento de animales.

Los grandes hatos de ganado del mundo emiten más de los gases de efecto invernadero que todos los carros, aviones y otras formas de transporte juntas.

El americano promedio puede hacer más para reducir las emisiones causantes del calentamiento global (y salvar la selva tropical) modificando su consumo de carne que cambiándose a la conducción del coche de combustible más eficiente actualmente en el mercado. 

También:

El Parque Nacional Yasuní, ubicado en la Amazonía ecuatoriana, hogar de los huaorani y de otras tribus que viven en aislamiento voluntario, es la región biológicamente más diversa del mundo.

En sólo una hectárea del Yasuní se ha encontrado un total de 644 especies de árboles y arbustos. Para poner esta cifra en perspectiva, hay casi tantas especies de árboles y arbustos en una hectárea del Yasuní como el número total de especies de árboles y arbustos nativos de todo Canadá y todo Estados Unidos combinados, calculado en 680 especies. 


Video sobre Mons. Alejandro Labaka, hecho en conmemoración de los 25 años de su martirio: 

http://www.youtube.com/watch?v=eHNQ2pLG-UQ

Entrevista a Mons. Alejandro Labaka: http://www.youtube.com/watch?v=fyC0W5jJH5Y

Para más información sobre otros esfuerzos de cuidar nuestra hermana, madre tierra, vea la pagina: www.CuidaLaTierra.org

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