El petróleo del correísmo es blanco

Publicado el 02/Diciembre/2012 | 11:13

 

La crónica

Roberto Aguilar

Editor de contenidos


altLa undécima ronda petrolera se cumplió esta semana en el hotel Marriot, de Quito. Rafael Correa hizo las presentaciones oficiales, mientras los pueblos de la Amazonía se manifestaban en la calle.

El petróleo es blanco, inmaculado, incorpóreo. Como una estela de luz flota sobre la superficie de la tierra purificándola, enriqueciéndola, liberándola. A su paso crecen bosques megadiversos que albergan especies innombrables, aún desconocidas para la ciencia. Levanta su vuelo el multicolor papagayo, aletea leve la resplandeciente mariposa tornasolada, chilla de felicidad el mono araña y el hombre nuevo, altivo y soberano, escruta con libérrima mirada el horizonte luminoso. A metro y medio del escenario, sentado en primera fila, el presidente de la República contempla la escena con cara de tomársela en serio. Es el primer aporte auténtico de su Gobierno en el campo de las artes: el surrealismo socialista. Hasta el momento, la revolución ecuatoriana se sirvió de creaciones previamente existentes de artistas comprometidos con la causa. Obras maestras como "El pueblo unido jamás será vencido", los retratos de la familia Eljuri pintados por Guayasamín o aquel magnífico compendio de la sabiduría humana que es "sabidurías.com" alimentaron el espíritu del presidente y sus colaboradores. Pero, hoy esta revolución está madura y produce su propio arte para gritar la verdad al mundo. Esa verdad dice: el petróleo es blanco. 

El escenario no podía ser más a propósito. A medio camino entre el tablado de Steve Jobs y el cabaret de Las Vegas, pero en corto, ocupa uno de los costados del gran salón Amazonas del Hotel Marriot de Quito. A su alrededor, cuatro pantallas gigantes, entre mamparas y biombos, proyectan detalles de lo que ocurre en el entorno. Y dos más, a los extremos, apaisadas como el Cinemascope, se ocupan de la propaganda: "Avanzamos Patria", se lee en ellas entre trazos tricolores. Las más de doscientas sillas que se han dispuesto ante el proscenio están todas ocupadas por una fauna multimillonaria y multilingüe de inversores petroleros que frisan los cincuenta años y cargan miles de dólares encima entre zapatos, casimires y gadgets electrónicos, cuya compañía prefieren a la contemplación del espectáculo que tienen al frente. 

"Ronda petrolera suroriente". Con estas palabras proyectadas sobre la gran pantalla del centro y el hombre nuevo y titánico sacando pechito entre las blancas ondas del hidrocarburo, termina la representación artística que, en palabras de la maestra de ceremonias contratada para la ocasión, "nos permitió visualizar ese pasado que hoy, en el presente, lo hemos cambiado con mucha responsabilidad". Nunca se identificó a los perpetradores de la coreografía. Así es el arte correísta: domesticado y anónimo. Stalin ha sido superado. 

Como en toda ronda petrolera, en esta undécima tiene lugar la presentación en sociedad del nuevo mapa de la Amazonía ecuatoriana, ahora sí completamente cuadriculado salvo por el agujerito centro oriental del Yasuní. Por cierto, éste no tiene ya la forma que es por todos conocida, con dos luengos brazos apuntados hacia la Sierra, sino que al parecer le ha sido alevosamente recortado uno de ellos, como se puede comprobar aquí a cuatro pantallas. Ivonne Baki tendrá que echar a la basura la ingente papelería promocional de su proyecto y mandar a imprimir otra: el Yasuní ya no es lo que era. 

Algunos de los que llegaron por la mañana hasta la puerta del Marriot dieron a entender que venían cabalmente de la zona del brazo recortado. Hablaban a nombre de la Confederación de Nacionalidades Indígenas de la Amazonía Ecuatoriana (Confeniae), que ha sido la organización representativa de la región desde el siglo pasado. Traían tocados de plumas, collares de semillas y, en un gran bidón plástico, petróleo de verdad. Negro. Con ellos, Humberto Cholango, presidente de la Conaie, y la parafernalia habitual de chamanes y objetos mágico rituales con los cuales improvisar una limpia de proporciones colosales que proteja al mundo de la industria petrolera. 

En la esquina de Amazonas y Orellana, bajo la atenta mirada de un piquete de policías demasiado nerviosos como para que alguien pudiera sentirse seguro con ellos, instalaron una mesa larga de mantel blanco, como las que se ven en las representaciones renacentistas de la Última Cena. Sobre el mantel, las copas. Y en las copas, el petróleo. Azafate en mano, una indígena imbaya de anaco y collar de perlas distribuyó la improbable bebida entre los dirigentes: Cholango, Delfín Tenesaca de la Ecuarunari, los emplumados de la Confeniae… Brindaron, olisquearon, hicieron ascos. Toda la prensa internacional y representantes de las oenegés ambientalistas, con sede en Europa y que tienen delegación en Ecuador, asistieron como testigos al simbólico banquete. Y cuando los nerviosos policías se liaron a golpes de tolete con las huestes pluriculturales que intentaron ingresar en el hotel, el mundo lo supo en cuestión de segundos. Cholango y el resto de los dirigentes habían anunciado una rueda de prensa en una oficina que la Fundación Pachamama tenía alquilada en el Marriot, pero los de casco les impidieron el paso. Se despidieron lanzando frente a la puerta baldazos de petróleo que a un atribulado personal de overol costó muelas remover antes de que llegara el presidente. 

Algunos, entre ellos la asambleísta shuar Diana Atamaint, lograron entrar al salón Amazonas, donde el ministro de Recursos No Renovables, Wilson Pástor, parado en el punto de confluencia de dos haces luminosos procedentes de reflectores en cañón, como los de los teatros, estaba a punto de iniciar su conferencia magistral. Diríase Steve Jobs en un cabaret de Las Vegas. 

Con lujo de detalles, el ministro explicó a los inversionistas las nuevas reglas de juego de la patria soberana, los mecanismos contractuales y de resolución de conflictos, las técnicas de producción mejorada que se han puesto en marcha en Sacha, Auca, Cuyabeno (otrora un paraíso ornitológico que no tuvo la suerte de convertirse en espectáculo mediático como el Yasuní). Finalmente, habló de lo que interesaba a Diana Atamaint y los del brazo recortado: la consulta previa. Esta, según el convenio 169 de la OIT, debe respetar a las autoridades constituidas de los pueblos indígenas y a sus instituciones representativas. Como la Confeniae reúne a los unos y a las otras, pero nadie les ha consultado nada, sus integrantes tenían algunas preguntas para el ministro. Se las entregaron por escrito a la cimbreante modelo que se deslizó entre los asistentes, recogiéndolas. Pero los filtros del correísmo funcionan a la perfección: las preguntas jamás fueron planteadas. Fue entonces cuando Diana Atamaint explotó.

alt"¡Dicen que nos están consultando pero no son capaces ni de leer nuestras preguntas!", clamó a voz en cuello. Los petroleros del mundo reunidos en el salón Amazonas estaban atónitos y curiosos. Jamás habían visto a una Cumandá de armas tomar entrando a saco en un hotel de lujo para cantarle cuatro frescas a un ministro petrificado bajo los reflectores. Guapa, para colmo. Alguno se puso de pie. Otro más levantó la mano. Se produjo un consenso general: que la dejen hablar. Atamaint recibió el micrófono y preguntó: ¿cuáles son las organizaciones indígenas con las que se ha efectuado este proceso de consulta previa? Simple pregunta que Pástor eludió por las ramas más altas: dijo que abrieron 42 oficinas en la zona, que organizaron treinta y más asambleas por las que pasaron 10.000 personas y que el resultado es la firma de decenas de actas de compromiso. Pero no respondió la pregunta. 

Tampoco lo haría en la noche, aunque sería más específico: "el presidente de la comunidad huagrani (por decir huaorani) firmó un compromiso", asegurará. "Y esta es una nacionalidad huagrani muy importante en el Ecuador". El ministro Pástor lleva décadas sacando petróleo de la Amazonía y no sabe que no existe tal cosa como "el presidente de la comunidad huagrani", sino muchos presidentes de muchas comunidades que pertenecen a la nacionalidad huaorani. Pero los empresarios también lo ignoran y en la sala no queda nadie que pueda reclamárselo. Para la ceremonia de la noche, la del lanzamiento oficial de la ronda petrolera, la puerta de ingreso estuvo férreamente vigilada por guardias que pedían cédula de identidad y buscaban los nombres respectivos en la lista que tenían en la mano. Si los encontraban, como ocurrió con varios militantes ecologistas, quedaban fuera. Punto.

Ya sonaron "las sagradas notas del himno nacional". Ya habló Pástor. Ya mostraron los nuevos artistas nacionales su representación escénica de la actual era petrolera y el hombre nuevo. En el aire se desvanecen los últimos armónicos de la música new age que acompañó la visión del petróleo blanco. Es el turno del presidente, más canchero y más dueño del escenario que los propios danzantes que lo antecedieron. Sólo una cosa no ha aprendido a hacer Correa en todos estos años: a fingir la sonrisa. Y aquí, donde se lo ve de tan de cerca, resulta más evidente. Por eso, cuando empieza a contar las riquezas innúmeras de la megadiversidad biológica ecuatoriana, ese rictus compuesto y semicongelado que ya es una marca de fábrica lo traiciona y pone en duda la sinceridad de sus sentimientos al respecto. 

La vocación ecologista de su Gobierno ocupa más de la mitad de su discurso de tres cuartos de hora frente al telepronter. Sin embargo, tanto repite aquello de que el hombre está por encima de la naturaleza, que el mensaje termina por enturbiarse. No es esa una manera muy ecologista de entender el problema. Queda la imagen de un presidente pragmático que somete a sus oyentes a un carrusel de sensaciones. Mejor: a una montaña rusa que va de la bondad al odio, de la solidaridad al desprecio, del éxtasis ante la naturaleza al frío cálculo de ganancias. Empieza con trinos de pajaritos y termina como Júpiter tonante: "irresponsables, insensatos, incapaces". Esto le sale más sincero que la sonrisa. 

Con las palabras "Ecuador es un gran país para hacer buenos negocios", concluye el presidente su discurso y sale del salón estrechando manos entre los ya aburridos compases de la canción patriótica que lo acompaña a todos lados. "Usted va para largo", le había dicho Pástor minutos antes y él, efectivamente, se desplaza, dueño de sus movimientos y de sus gestos, como el candidato perfecto. Atraviesa el vestíbulo del hotel como una exhalación y aborda el vehículo presidencial que lo aguarda en la puerta, sin advertir la pequeña mancha de crudo que permanece en la calzada y contra la cual no pudieron hacer nada los esfuerzos del personal de limpieza del Marriot. ¿Qué tiene de particular esa manchita? Nada. Es negra. 

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