ALEJANDRO E INÉS:

DOS MENORES QUE ENTREGAN LA VIDA

(Congreso en la Escuela Superior de

Estudios Franciscanos de Madrid,

26-28 de abril de 2013)

Ponencias, comunicaciones y testimonios

 

 

1

 

LOS NUEVOS PARADIGMAS DE LA MISIÓN.

 

CONTRIBUCIÓN DE ALEJANDRO LABAKA E INÉS ARANGO

 

Introducción

 

“¿Qué es un misionero para ti? Para mí, un misionero, es una persona que siente la llamada de Dios para ayudar a los demás. Un misionero se va de misiones a otros países o…¡incluso a su propio país de origen! La persona que se va de misiones, ya sea hombre o mujer, lo que hace siempre es: Predicar el Evangelio y expandir el Amor de Dios, transmitir alegría, comprender y ser comprendido, intercambiar conocimientos, o sea, enseñar y sobre todo aprender nuevos saberes. La labor de un misionero siempre es bonita y curiosa. Se aprende a convivir con nuevas gentes. De mayor, me gustaría llegar a ser misionero, dedicarme a los niños, enfermos e inocentes y, sobre todo, transmitir esperanza. El otro día, en clase de Religión, vimos un documental titulado ‘El misionero’, en él se planteó una pregunta que me llamó mucho la atención, y que ahora os la pregunto yo: ¿Los misioneros son felices, realizando su labor? Un cordial saludo, Juan Sanz”.

 

El actual concepto de misión es flexible, casi “líquido”, como diría Z. Barman. Se percibe esa liquidez en el texto anterior. Es su autor un escolar. Ya sabemos que los niños reflejan en su pensamiento con nitidez el imaginario social. En tal texto se observa que el concepto tradicional de misión-misionero se mantiene, no rechina (siendo así que puede ser un concepto “perverso”[1]). La misión parte de la llamada de Dios, pero mezcla el concepto de “ayuda a los demás”. Lo social se mezcla al origen. Persiste la vieja idea de que la misión se hace fuera, pero él mismo corrige (entre admiraciones) que hasta en su propio país puede el misionero hacer misión. La tarea del misionero es, primero, religiosa: predicar el Evangelio y el amor de Dios (sigue el viejo paradigma). Pero se añade el componente humanitario, sociológico e incluso de cierta espiritualidad laica (“transmitir alegría, comprender y ser comprendido, intercambiar conocimientos”). Se valora la vocación misionera (“es bonita y curiosa”) y no se descarta participar en ella (“me gustaría llegar a ser misionero”). El tópico misionero de la ayuda a los demás ha ganado mucho terreno, desplazando al ideal de hacer cristianos (“dedicarme a los niños, enfermos e inocentes y, sobre todo, transmitir esperanza”). Resulta llamativo que la reacción ante el documental pasado en clase de religión lleve a la pregunta sobre si los misioneros son felices o no realizando su labor. Una misión que satisfaga el ansia de felicidad de quien hace misión. Un concepto sencillo, pero nuevo.

 

Este ejercicio introductorio nos muestra a las claras esa “liquidez” en la que se mueve el concepto, la práctica, la conexión social, las bases antropológicas del tema de la misión. Por eso, para entender lo mejor posible los nuevos paradigmas de la misión, hay que hacer una diferenciación entre la persona o colectivo que elige sus puntos paradigmáticos (el paradigma, marco de referencias, sí que es flexible y “líquido” en muchos casos, aunque en otros sea más rígido), la elección que hace esa persona o colectivo de los rasgos que quiere primar y, desde ahí, la propuesta de misión, de evangelización, de oferta humano-cristiana que quiere hacer. Estos tres elementos serán los que analizaremos aplicados al cristiano en general, a Labaka e Inés Arango, y a los franciscanos/as en general.

 

¿Puede el pensamiento de Alejandro Labaka, un pensamiento que se aleja con los años, contribuir a iluminar nuevos planteamientos a la hora de elaborar la espiritualidad de la misión?[2] Desde ahora lo decimos: creemos que sí porque su idea y vivencia de la misión cristiana ha tomado, conscientemente o no, unos derroteros de profecía que hacen que tal pensamiento sea hoy útil y luminoso. Desde ahí se podrá proyectar algo para nuestro momento presente, siempre con aquel “aviso” de Francisco pendiente sobre nuestras cabezas cuando glosamos la vida de personas eximias en la fe: “es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir por ellas gloria y honor”[3].

 

I. LA MISIÓN DESDE EL CRISTIANISMO MARGINAL

 

El sistema religioso católico oficial (entiéndasenos esta expresión con benignidad) viene lanzando desde hace años (con el tema de la “nueva evangelización” y ahora con el del “año de la fe”) una campaña de renovación misionera. Se pretende dar un nuevo impulso a la misión que habría de ser, según la repetida cita de Juan Pablo II: “nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión”[4]. El último Sínodo de los Obispos ha tenido como tema el de “La nueva evangelización para la transmisión de la fe”. El sistema lee la realidad de un mundo crecientemente secularizado, sobre todo en Occidente, la pérdida de las llamadas “raíces cristianas de la cultura”, la desafección del hecho religioso oficial y sus representantes por una parte notable de la sociedad y lanza una campaña misional de recuperación de la fe. Para ello, más allá del anhelo de la novedad deseada, no ofrece caminos nuevos y sí una vuelta a modos de comportamiento religioso que se creían superados. Se tiene la impresión de que el paradigma teológico es el ya conocido y que hay una tendencia a reafirmarse en cerrar aquello que el Vaticano II dejó como puerta abierta para volver a la “doctrina segura”[5]. Bastantes católicos tienen la sensación de que son campañas vacías, que se hacen pero que no lograr proponer nada nuevo, de no ser una vuelta a caminos ya conocidos que, debidamente tuneados, se quieren hacer pasar por nuevos. A veces se pregunta uno si, en el fondo de todo esto, no late el viejo anhelo de una presencia relevante de lo católico en la sociedad, cosa que hoy se discute, y más al fondo todavía, en los oscuros pliegues del alma, el perviviente anhelo de poder.

 

Muchos evangelizadores/as afectos a los planteamientos de la iglesia católica oficial se dan con buena volunta a reprogramar la misión. Algunos lo hacen con ardor misionero; otros, más lánguidamente; hay quienes dicen apoyar la iniciativa, pero, de hecho, están al margen (¿quién ha seguido, por ejemplo, la trayectoria del último Sínodo; en qué parroquia o presencia se ha explicado su Mensaje final?[6]). De hecho, este colectivo numeroso sigue con sus prácticas evangelizadoras habituales y, generalmente, no inicia caminos nuevos movidos por una urgencia evangelizadora renovada. Los pensadores de este ámbito se esfuerzan en elaborar nuevos paradigmas, que quedan, generalmente, en las estanterías de las bibliotecas y en las revistas especializadas de teología, pero que no adquieren cuerpo real, práctico, popular. Los esfuerzos de teólogos como A. Torres Queiruga o J. Arregui, por ejemplo, dignos de encomio, queda en un trasfondo amenazados de olvido[7].

 

Hay, finalmente, un cristianismo marginal pero que hace parte del hecho cristiano, guste o no, se le ignore o se le tenga en cuenta. Son todos los movimientos cristianos populares que podrían ponerse bajo el paraguas de “otro cristianismo es posible”. Son las redes cristianas que aglutinan a muchos movimientos cristianos marginales que desarrollan una notable actividad pública (en España más de 200 colectivos). Tienen como ideario base ayudar a dar respuesta a los grandes problemas que hoy día tienen planteados tanto la sociedad como la iglesia. Y quieren hacerlo con voz crítica y alternativa, desde posiciones de igualdad y de cara a las pobrezas sociales. Quieren trabajar, codo con codo, con otros colectivos sociales que luchan por otra ciudad y otro mundo posibles y en contra del sistema socioeconómico injusto en que vivimos. Es lógico que estos colectivos apunten a otro paradigma de misión.

 

¿Qué propuesta de misión tienen estas tres tendencias? Muy diversa, como se puede comprender. La propuesta de la tendencia oficial es, ya lo sabemos, proponer una misión restauracionista, aunque tenga componentes y afanes actualizadores. Paso a paso, en la liturgia, en la pastoral, en la doctrina, se va marcando el paradigma que se abandonó y en el que, en esta hora difícil, se viene a poner la esperanza. La utilización de los modernos medios de comunicación para este fin da la sensación de una mayor viabilidad de esta propuesta. El apoyo masivo de los grupos identificados con ella invita a pensar que se logra el fin perseguido. Pero cuando se vuelve a la cruda realidad, los nubarrones siguen presentes y las encuestas, reflejo inevitable de lo que ocurre, siguen marcando tendencias claramente a la baja.

 

La propuesta del colectivo de evangelizadores/as que no se hacen planteamientos especiales y siguen el “tran-tran” de la evangelización a pie de calle sigue siendo también la de siempre. Quizá añadan algún acto especial, siempre dentro del marco de la doctrina, con algún elemento más social. Pero la propuesta es la ausencia de propuesta nueva. Se evangeliza, más o menos, como siempre. A veces incluso, forzados por las instancias anteriores y aplaudidos por un cierto romanticismo religioso, se vuelven a planteamientos evangelizadores de antaño, debidamente tuneados, como antes dijimos.

 

Los planteamientos evangelizadores (quizá hasta el término resulta poco aceptable) del cristianismo marginal son distintos: Revisan su estilo de vida, los medios y métodos que utilizan en las comunidades, movimientos y grupos desde el criterio evangélico de la “diaconía”, o “actitud de servicio al otro”. Con esta actitud, se trata de romper la relación con la jerarquízación que crea desigualdad entre las personas dentro de la iglesia, especialmente con la mujer, y promover y apoyar unas relaciones horizontales que, a través de los ministerios y servicios mutuos y hacia fuera de la comunidad, favorezcan la igual dignidad y fraternidad entre las personas. Manifiestan con acciones y compromisos públicos, con gestos y escritos, a través de los medios y otras redes de comunicación virtual, este nuevo paradigma de comunión y de organización, inspirado en el Evangelio de Jesús y guiados siempre por la búsqueda, el diálogo, el espíritu crítico y autocrítico y la convicción de estar defendiendo en todo momento los intereses de los más pobres y excluidos de la sociedad y de la iglesia. Quieren conectar con el sentir profundo de otras muchas personas que apuesta por “otro mundo posible” y “otra forma de ser y de hacer iglesia”. Organizan encuentros, foros, convivencias, para compartir información, formación y experiencias entre grupos y personas que se sientan identificadas con esta manera de ver las cosas. Establecen una relación estrecha con otras redes nacionales o internacionales y movimientos similares de otras religiones. Quieren la transformación radical de la iglesia y de su presencia en el mundo en todas sus dimensiones: bíblicas y teológicas, éticas y morales, pastorales y litúrgicas, místicas y organizativas. Anhelan recobrarla hoy como ámbito de vida y libertad, de denuncia y de propuesta, de búsqueda y creatividad, de amistad y alegría[8].

 

II. LA MISIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE ALEJANDRO LABAKA E INÉS ARANGO

 

Por su cercanía vital, asociamos el pensamiento de Alejrandro a Inés. De Alejandro Labaka se puede decir que fue un creyente de paradigma flexible. Él fue educado en los viejos moldes de la teología preconciliar[9]. Pero como era persona abierta y se expuso desde joven a los zarandeos fuertes de la misión en los márgenes (allá en su “primer amor” de la misión de China), a prendió a tratar con el paradigma oficial con benignidad, flexibilidad, sentido común y delicadeza franciscana. Lo mismo le ocurrió en la última etapa de su vida en la amazonía ecuatoriana. Fue un hombre fiel a la espiritualidad recibida, aunque mirándola siempre, como decimos, en maneras flexibles, fraternas, benignas. Pero se atrevió a recibir el viento fresco y renovador del Vaticano II y el viento, casi huracán abrasador, de la situación social, económica y política de los habitantes de la selva ante la avalancha del petróleo con sus grandes problemas humanos y políticos. En esos mares se curtió su vida, su mentalidad, su relación. Todos reconocemos en Alejandro su carisma para hacer lecturas atinadas, desde el punto de vista social y religioso, de lo que le tocó vivir. Eso no ha sido simplemente por la bondad de carácter, que la tenía. Fue también por el trabajo continuado de ir labrando un marco de referencias abierto, fraterno, contemporizador, interesado por el mundo y el tiempo que le tocó vivir. El itinerario, el proceso realizado por este hombre es el de alguien que jamás se estancó en modos de misión o ideas preconcebidas, sino que fue casa abierta, mentalidad porosa, buscador en todos los frentes.

 

No es de extrañar que las ideas sobre la misión que ha manejado, y que ahora recordamos sucintamente, fueran y sean todavía novedosas, no fácilmente entendibles, ni siquiera, a veces, por sus propios compañeros de misión:

 

Semina Verbi: Quizá sea éste el tema ideológico más profundo[10]. Labaka descubre en el Concilio y con el Concilio (asistió a él en 1965 y queda un pequeño rastro de sus intervenciones, una de ellas sobre las minorías étnicas) que la misión ad gentes ha de tener como tarea básica la de detectar las Semillas del Verbo[11] “ocultas en su vida real y en su cultura donde vive el Dios desconocido”[12]. Para ello habría que dominar las “impaciencias inmediatistas” y desvelar el valor de tales semillas “por las que Dios ha mostrado su infinito amor al pueblo huaorani”[13].

 

Una evangelización reorientada: Es lo que Guillermo Múgica denomina como una de las “grandes inversiones” acaecidas en Labaka, Inés y sus compañeros: de evangelizadores a evangelizados[14]. Ellos iban con el viejo paradigma, aunque flexible y se encontraron con el “evangelio huao” que les modeló, cambió sus actitudes y sus comportamientos. “Los días en que estamos mezclados con el grupo no decimos Misa ni tenemos otros actos especiales, a excepción de algún canto, que nos recuerda a los viajeros nuestra misión especial de ser testigos de Alguien a quien no podemos presentar de palabra, sintiéndonos desnudos de todo, para vivir la vida de Dios en la selva”[15]. La evangelización reorientada no ha sido a costa de nada; han sido necesarios el silencio, la renuncia al hecho religioso explícito, la desnudez. Así han evangelizado los huao a los misioneros.

 

Una misión desde una nueva visión antropológica: Una misión que, partiendo del Evangelio, poner por delante los derechos del pobre[16], hace obra de mediación social[17], una misión que busca la integración y, desde sus modestos medios, la promoción[18], una misión de no violencia, de paciencia a toda prueba, de generosidad y de confianza[19]. En definitiva, como Labaka lo dijo en la homilía de su consagración episcopal, se trata de una misión de “actitudes inéditas de vivir el Evangelio”[20].

 

Mística y espiritualidad del hombre desnudo: Queremos destacar uno de esos valores que hablan el lenguaje de la profecía. Labaka ha aceptado la desnudez no solamente como una contemporización con los indígenas desnudos, sino también como una cultura que tiene su mística y espiritualidad. “El misionero no tiene que esperar a que le desnuden, sino que hará mejor en adelantarse a hacerlo para dar muestras de aprecio y estima a la cultura del pueblo Huaorani: Primer signo de amos hacia el pueblo Huaorani y su realidad concreta que choca con nuestras costumbres”[21]. Signo de amor y reflejo del interior, de la actitud honda con que se acerca uno a la vida del pobre, a la vida del distinto. De ahí su increíble planteamiento a los misioneros en su homilía de Pentecostés de 1978[22]: “Dios quiere que entremos hasta espiritualmente desnudos…¡Vamos, hermanos, espiritualmente desnudos para revestirnos de Cristo que vive ya en el pueblo Huaorani y que nos enseñará la nueva forma original e inédita de vivir el Evangelio!”[23].

 

Comunión de vida y costumbres: Por simple que parezca, el anhelo de Labaka, Inés y los misioneros era “convivir amistosamente con ellos…Nada podemos decirles ni pretendemos. Solo queremos vivir un capítulo de la vida Huaorani, bajo la mirada de un Ser creador que nos ha hecho hermano”[24]. Labaka empleaba para sus catequesis un cuadernillo sobre Jesús que se titulaba “Vivió entre nosotros”[25]. Bien podría aplicársele a él y sus misioneros ese mismo lema: simplemente, vivieron con los Huao. En un texto breve, pero profundo, afirma: “La reflexión sobre esta convivencia personal con los Huaorani me exigió renovarme en mi fe y en mi esperanza en Dios que trasciende todo apostolado”[26]

 

Un Cristo huao: Este es el final del proceso porque este Cristo poco tiene que ver con el “occidental” que sustenta la teología y la espiritualidad oficial. “Entre los huaorani solo queremos descubrir a Cristo que vive en su cultura y que se nos revela como Huao”[27]. Esto supone transformar las estructuras creyentes en algo nuevo y desconocido.

 

Esta manera de pensar es la que ha conformado los comportamientos de Labaka, Inés y los misioneros porque su vivencia de la misión no ha sido ideológica sino, sobre todo, práctica. Teología “en primer acto” como decían los teólogos de la liberación[28]. Enumeramos y sintetizamos esos comportamientos:

 

Un comportamiento de probada humanidad: Que se manifiesta en el trato igualitario, respetuoso y valorativo de los huaorani; en la conciencia de que es un “equipo misionero” el que trabaja, sin afanes de liderazgo; una capacidad de todo lo “selvático” sin que de sus bocas salgan palabras de disgusto “occidental”[29]; un trato delicado y valorativo de las mujeres y, más en concreto, de las mujeres misioneras; una conciencia siempre activa de los valores antropológicos de las culturas distintas como valores que enriquecen a cualquiera que entre en contacto con ellas; una conciencia explícita del valor del bienestar de todos, sobre todo de quienes están más amenazados de exclusión por su condición de minoría.

 

Un comportamiento de bullente espiritualidad: Porque Labaka reúne los componentes de la persona espiritual, en sentido amplio: su percepción de los trasfondos vitales del grupo Huao tiene siempre ese lado de una espiritualidad común, holística; todo en la selva, sobre todo sus habitantes, le conecta con la realidad de un Dios “que trasciende todo apostolado”. Su anclaje en el Evangelio como plataforma de vida y de acción de su ser creyente; él no parte de ideologías teóricas, sino de la Palabra. Su sensibilidad por lo creado, por las noches de la selva. Un hombre en estado de permanente poesía, de continua sensibilidad ecológica.

 

Un comportamiento de decidida posición al lado del despojado: Porque él tiene bien claro que “cuanto más se adentra uno en el mundo del petróleo, tanto más advierte que el mundo Huaorani no cuenta en sus planes”[30]. De ahí su “otra misión”, con poco éxito, en los despachos políticos y en las fuerzas sociales y militares de la zona. Su muerte violenta, de cualquier forma que se le interprete, no es sino la rúbrica de haber echado su suerte con los que no cuentan.

 

La mezcla de estos tres elementos, probada humanidad, bullente espiritualidad y decidida posición al lado del despojado conforman el paradigma y la propuesta de misión de Alejandro, Inés y los misioneros.

 

III. LA MISIÓN DESDE UN FRANCISCANISMO PROFÉTICO

 

Sin otro ánimo que el afán de ser pedagógico y de tratar de entender lo que pasa y lo que nos pasa, distinguimos entre un franciscanismo institucional y otro profético. Ambos son válidos, a priori; ambos con frecuencia se entremezclan; ambos tienen valores y límites. Esta igualdad se rompe, en nuestro caso, al priorizar lo profético. Para nosotros, por ahí hay más futuro en esta época del posteísmo.

 

El franciscanismo institucional tiene el paradigma más claro, más marcado de antemano. Sabe lo que tiene que pensar (la “doctrina segura”), cómo tiene que actuar (en los planes oficiales de pastoral) y si aún queda un margen a la a la intervención personal, ésta tiene que concordar con los parámetros oficiales. Proponer una misión realmente nueva desde ahí en ámbitos de sanidad, ecuación o pastoral en general, creemos que resulta muy complicado. Es cierto que mucho de lo que nos jugamos está en los matices. Pero soñar con otro modo de misión partiendo de aquí es, a nuestro modo de ver, difícil.

 

Cuando hablamos de un franciscanismo profético no estamos hablando de algo opuesto a lo institucional, sino de una especie de tercera vía, un camino no tan ceñido al sistema, más libre, más en ese terreno de nadie que es la benignidad, la compasión y la mirada fraterna sobre la realidad. Estamos pensando en un franciscanismo que, saliendo de la burbuja de lo religioso, ha hecho una opción por mezclar espiritualidad y vida social, componente místico y político, mirada profundizada al Jesús del Evangelio y, a la vez, mirada fraterna y no menos profunda al hecho social. Esta postura trata de creer que el imaginario evangélico y el social son mezclables en algún lado, en algún ámbito que, claro está, no podrá ser, de salida, el religioso.

 

¿Es esto posible? ¿Se puede hacer una propuesta de misión con cierta novedad desde aquí? Creemos que sí si comprendemos al franciscano como profeta social[31]. Entendemos mejor lo que es ser profeta desde valores religiosos, menos desde vertientes sociales. Pero es desde ahí desde don quizá el franciscano esté llamado hoy a vivir su ser profecía en el mundo.

 

Profetas de las relaciones interpersonales: centrándose sobre todo en ese mundo donde las relaciones son difíciles: relaciones de asimetría, ámbitos del afecto paradójico, desestructuras que afectan a los más débiles de la sociedad. Siendo de quienes apelan más al valor de la persona que a la fuerza del derecho, a la necesaria compasión que a la salvaguarda del ordenamiento jurídico.

 

Profetas que excluyen a los exclusores: lo que se traduciría en estilos de vida cada vez más desvinculados de las estructuras de poder social, estilos de vida vecinales, insertos, generadores de tejido social, inmersos en la vida, sabiendo que la significatividad no viene de la relevancia. Esta actitud pone delante la enorme tarea de cuestionar lo incuestionable, el poder. Esto podrá hacerse únicamente si se comienza por un alejamiento efectivo de los ámbitos de decisión y del mundo del honor social.

 

Profetas de la igualdad efectiva: cosa que no se puede hacer sin una valoración positiva de lo público como lo que puede posibilitar el salto hacia la igualdad. La fraternidad franciscana habría de ser un colectivo hipersensible a los temas de igualdad social, de género, de religión, etc. La desigualdad atenta al núcleo de lo franciscano, igual que pasa con el Evangelio.

 

Profetas de la corporeidad: haciendo una espiritualidad y una praxis donde la corporeidad sea un elemento integrante de la existencia, la verdadera perspectiva de lo que somos: tierra, cuerpo, materialidad, historia. Y desde ahí, se podrá dar el salto a los sentimientos, a las perspectivas, a las vivencias. La espiritualidad franciscana es, en el fondo, una aliada de la corporeidad.

 

Profetas de la apertura: desde experiencias reales de universalismo que no se hacen sólo por razones evangelizadoras sino por el simple beneficio de lo humano. Desvirtúa al franciscanismo posiciones ideológicas, políticas o existenciales cerradas, tentadas de fanatismo. Por el contrario, la apertura y la acogida son la clave inicial del secreto de este carisma. Si esas claves no funcionan, el resto se bloquea.

 

Profetas de un Dios cuestionado y necesario: porque así ha de ser el Dios del futuro: cuestionarlo desde los concretos esquemas en los que se lo presente y proponerlo como necesario desde situaciones más existenciales que religiosas. Quizá la sociedad de hoy demanda ambos componentes: un Dios de rostro nuevo, liberado de tantas ataduras ideológicas, religiosas, sistémicas; un Dios que sostiene la existencia y se une a ella, cuya compañía es necesaria para orientarse en el laberinto del vivir.

 

¿Cómo concretar esto en caminos reales de misión? ¿Cómo llegar a convertir esta clase de anhelos en una mentalidad colectiva? Mirando a Labaka e Inés podemos decir: esto es posible si se vive y se va a la vida con humildad esencial, es posible desde una centralidad jesuánica viva y alimentada cada día; es posible desde la no renuncia a la libertad y al aire puro; es posible si la benignidad social impregna nuestra mirada; es posible si uno no se ha apeado de la posibilidad de cambios estructurales y personales; es posible en la espiritualidad de la “otredad”: otro corazón, otra cabeza, otra estructura, otros pasos, otras palabras, otra comunidad cristiana, otra relación social, otra estructura económica, etc. Es posible si, de alguna forma, permanece vivo en nosotros el sentido de aventura.

 

Atribuyen a Labaka aquello de que algún compañero le decía, entre admiración y censura, que era un “aventurero”. Y él, te miraba a los ojos con aquella media sonrisa y decía: “Y si le quitas al Evangelio la aventura, ¿qué queda?”.

 

Fidel Aizpurúa Donazar

 

Madrid

 

 

2

 

LA BIBLIA EN LA CRÓNICA HUAORANI

 

Introducción

 

El próximo 21 de julio de 2013 se cumplen 26 años del asesinato de Mons. Labaka y la Hna. Inés Arango. Con motivo del 25 aniversario, y a instancia del querido compañero y amigo Fidel Aizpurúa, celebramos en la Facultad de Teología de Vitoria una Jornada de memoria y homenaje del insigne evangelizador de los indígenas amazónicos Huaorani, un pequeño grupo humano al que Alejandro Labaka dedicó sus empeños evangelizadores. Una muestra, modesta pero impactante, de tal empeño evangelizador es la Crónica Huaorani, una especie de “diario de evangelización” de Mons. Labaka. Con ese motivo, rastreé la presencia de la Sagrada Escritura en dicha crónica y presenté los ecos del texto sagrado en los escritos del misionero vasco. De una manera más limitada, les presento mi sencilla y sentida aportación.

 

Porque quiero transmitir, en primer lugar, la emoción que sentí al leer la Crónica. Es una delicia espiritual encontrarse con el mundo apasionante de la misión en tierras ecuatorianas, con gentes tan desconocidas y lejanas y, sin embargo, tan queridas y familiares después de conocer la importancia que tuvieron en la vida de Alejandro. Inihua y Pahua (sus padres de adopción), su hermano Araba, Ompura, Buganey, Peigomo, Agnaento, Conta, Cava, Cahuime, Ñeñene, Cai, Huiyacamo, Guima, Deta, Tehuane, Buyutai, Yaime, Nampahuoe, Omare, Huane, Aimba, Aipa, Yacata, Huimana, Teca, Tiba, Quemomuni, Caequeri, Carué…, no son ya sólo nombres, sugestivos y extraños, de indígenas que se relacionaron con Alejandro. Ellos, con sus paisajes y su mundo, forman parte de un escenario común, conocido y querido, el de la familia de los hijos de Dios.

 

En segundo lugar, debo dejar constancia de mi admiración por Mons. Labaka, una persona entregada y fiel, que nos ofrece en sus crónicas una verdadera lección de discipulado cabal; ejemplo “acabado” (este término se utiliza en el evangelio de Lucas para indicar el destino de Jesús, su muerte) del seguimiento a Jesús, una nueva estrella en la constelación de luces a las que mirar para ver cómo se tiene que ser discípulo de Jesucristo.

 

En tercer lugar, quiero adelantar aquí uno de los aspectos más llamativos en cuanto al tema que me tocó estudiar: no hay muchas citas bíblicas en la Crónica, tan sólo dos citas explícitas. Pero esto no significa que la Palabra de Dios no sea importante en la Crónica. Al revés, es tan importante que no se cita simplemente porque se vive. De hecho, la Crónica es Palabra de Dios hecha vida, hecha pálpito, hecha emoción, hecha entrega, hecha fidelidad. Los textos de la Palabra de Dios están físicamente ausentes de la Crónica porque ella misma, en cuanto plasmación de la entrega misionera de Alejandro, encarna la Palabra de Dios: no hay que citarla porque se vive, es una Palabra encarnada. Así que la Biblia aparece muy poco en la Crónica, pero la Crónica en la Biblia, a cada paso.

 

En cuarto lugar, una consideración sobre las hermosas y sugerentes ilustraciones de Antonio Oteiza: precisamente al hilo de la “encarnación de la Palabra” en las líneas vitales de Labaka, muchas de las ilustraciones tienen un diseño que las asemeja a los belenes navideños (cf. pp. 31, 33, 37, 41, 51, 53, 69, 71, 137…). Es como una confirmación de mi primera impresión al leer la Crónica: la encarnación de la Palabra de Dios en la obra de Mons. Labaka es indicada también gráficamente en unas imágenes que sugieren la Encarnación de Jesucristo en el seno de la Humanidad.

 

Una última consideración: mi lectura de la Crónica Huaorani es una lectura “parcial”; me refiero a que considero los textos con referencia a la Sagrada Escritura, explícita o implícitamente. De modo que hay muchas afirmaciones de Mons. Labaka, muchos relatos, muchos aspectos que, aunque me merecerían comentario, quedan fuera de la presente aportación. Es decir, se podría decir más de ese precioso testimonio de la vida entregada de Alejandro Labaka, pero escaparía a la solicitud que se me pidió.

 

I.- LOS TEXTOS BÍBLICOS EN LA CRÓNICA HUAORANI

 

1.- Textos bíblicos citados

 

1.1.- La primera cita explícita de la Biblia en toda la Crónica, lo cual no deja de ser un dato llamativo y elocuente, es Mt 25,31-40. En una visita a los trabajadores de la petrolera, asustados por las visitas de los Aucas que se llevaban sus pertrechos, Mons. Labaka escribe: “Dos días y dos noches estuve con ellos. La segunda noche les celebré la Santa Misa, a la que asistió espontáneamente la mayoría de los trabajadores. Para el Evangelio abrí el Ritual de la BAC en las últimas páginas, a lo que saliera, y ante mis ojos apareció el relato de san Mateo 25,31-40. Durante el comentario todos estuvimos de acuerdo en que aquí se está cumpliendo eso de dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Terminé diciéndoles que ellos son los “misioneros escogidos por Dios” para los Aucas”.

 

Me resulta un dato providencial. Mt 25,15-46 (unidad textual del llamado “Juicio Final”) pone fin al Discurso Escatológico y compendia en sí toda la enseñanza de Jesús, antes de afrontar su pasión y muerte. En el texto se da una paradójica circunstancia: es el contenido más genuina y específicamente cristiano, expresado en un texto absolutamente genérico y universal. Es lo más específico, porque no se conoce ninguna otra religión en donde la identificación entre cualquier persona necesitada y Dios sea tan radical y tan esencial. En efecto, el doble estribillo: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (25,40), repetido en forma negativa en 25,45, marca un hito en la experiencia religiosa humana, dando a la solidaridad un valor teologal de tal calibre que la convierte en el hecho diferencial cristiano. Mas, por otra parte, la caracterización de los personajes brilla por su ausencia: los “benditos de mi Padre” no pertenecen a grupo alguno, ni religioso, ni étnico. Cualquier persona, de cualquier lugar, de cualquier tiempo, será considerada “bendita del Padre” y recibirá “la herencia del Reino” por haber dado un solo vaso de agua a quien tenía necesidad de él. Especificidad y generalidad se entremezclan espléndida y paradójicamente en el texto mateano.

 

La cita referida por Labaka llega hasta el versículo 40, es decir, se ciñe a las palabras que Jesús dirige a los “benditos”. También esto es interesante. A partir del v. 41 Jesús habla a los “malditos” y, lo que hasta entonces era benevolencia y salvación, ahora se torna condena y castigo. Teniendo en cuenta lo que Jesús habla hasta ese momento, los vv. 41-46 podrían resultar superfluos. En efecto, ¿quién no habrá dado un simple vaso de agua a quien veía con sed? Pero si continuamos con el texto mateano, deberemos indicar que “los malditos” son -somos- todos aquellos que dejamos de dar un solo vaso de agua a algún sediento. Porque, ¿quién ha dado a todos los menesterosos aquello que necesitaban? Es decir, el texto evangélico nos sitúa ante una aporía: todos hemos ayudado alguna vez a alguien, pero nadie lo ha hecho con todos. Si por un vaso de agua dado, sólo por eso, ya recibiremos la salvación, por un vaso de agua no dado, sólo por eso, recibiremos la condenación. ¿Hay salida?

 

La inteligibilidad del texto evangélico sugiere que hay que buscar otra línea de interpretación y ésta radica, precisamente, en la identificación del necesitado con el Señor Jesús, con el Mesías e Hijo de Dios, con Dios mismo. En el momento en que está fraguando en la vida de Labaka el primer anuncio a los Huaorani, este texto es totalmente paradigmático, porque nos sitúa en lo más esencial del cristianismo partiendo de lo más general y compartido por todos los humanos.

 

Después, cuando en sucesivas visitas a los Huaorani reparta, entre otras muchas cosas, su propia ropa para vestir a mujeres desnudas, escribirá: “Hasta ahora nunca había pensado que el ‘vestir al desnudo’ del Evangelio pudiera tener ese alcance tan literal” (p. 50). Y más adelante, cuando Araba y Quemomuni se van turnando para dormir a su lado y calentarse con el calor natural de su cuerpo, escribe: “Y llegué a pensar que es hermoso compartir incluso el calor del cuerpo con el pobre” (p. 90). La Palabra se hace vida y la vida Palabra.

 

1.2.- La segunda cita explícitamente señalada es Gn 2,25: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro”. Como señalaremos en el siguiente punto, el tema de la desnudez física no fue fácilmente asumido por Mons. Labaka, pero lo vivió como un elemento necesario e imprescindible para la evangelización de los Huaorani. Aunque las referencias a ese estado paradisíaco de desnudez aparecen muy pronto, hay que esperar a la p. 164 para encontrar la cita bíblica. Alejandro está viviendo con sus padres Inihua y Pahua durante su tercer viaje por el Yasuní. Todo se desarrolla en un ambiente de naturalidad, espontaneidad e ingenuidad. Se encuentra desnudo, “vestido a lo Huaorani” según su humorística expresión, y recoge esta conversación: “ – Esta es costumbre Huao y está muy bien, pero los “cohuore” no hacen así. – ¿Y tú no será cohuore? – me dice Cai. – Yo quiero ser Huao como vosotros. – De acuerdo – me dicen Cai e Inihua al unísono. Cai amplía una explicación que no capto bien. – Sigamos entonces tranquilos según costumbre Huao. Poco después Cai y Deta se habían desprendido también de sus pantalonetas. Esta es la única ocasión en que todo el grupo por igual vivimos en la presencia del Creador un capítulo hermoso de la Biblia (Gen. 2, 25)”.

 

La situación hace reflexionar y orar al misionero: “La convivencia personal con los Huaorani me exigió renovarme en mi fe y en mi esperanza en Dios, que trasciende todo apostolado (…) Que Cristo premie, como hechos a El, tantos signos de la bondad del pueblo Huao, completándolos con la fe de un Cristo Salvador, aceptado personalmente por ellos” (pp. 164-165). Como digo, volveremos sobre este delicado tema de la desnudez en la misión de Mons. Labaka. Pero lo que es interesante es que las dos citas explícitas de la Escritura sean, precisamente, la de la creación en el estado previo a la caída (el paraíso) y la de la creación en su último suspiro, antes de la era escatológica. Principio y fin “en Dios”, todo un universo teologal, habitado por Él. El mundo de Mons. Labaka.  

 

1.3.- “Un día, contra lo acostumbrado, me dejaron ir solo cuando me dirigía a bañarme en el riachuelo. Aproveché para restregar mi prenda interior en el agua, pues no había jabón y, juntamente con las medias y la toalla, la puse al sol, mientras sentado a la sombra me dedicaba a mis reflexiones sobre san Pablo: ‘Desnudémonos de las obras de las tinieblas, vistámonos de la armadura de la fe y andemos como en pleno día, con dignidad’” (p. 78). Prácticamente repite, con alguna variante, lo que Pablo escribe en Rm 13,12b-13a: “Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Andemos como de día, dignamente”. Pablo termina su texto diciendo: “Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias” (v. 14). La preocupación en Pablo es más amplia que la cuestión sexual, puesto que el “andar dignamente” lo refiere a “comilonas y borracheras, lujurias y desenfrenos, rivalidades y envidias”. Todo eso pertenece a la “carne”, al “hombre viejo”, pero ya estamos viviendo el kairós (cf. v. 11, inicio de la perícopa) y, con él, llega el “hombre nuevo, revestido de Cristo”.

 

Sin embargo, Mons. Labaka refiere el texto paulino a la espinosa cuestión de la desnudez física que asume por razones de inculturación y evangelización, dado que los Huaorani tienen ciertas prácticas rituales de carácter homosexual (esta cuestión volverá a aparecer más adelante). La desnudez acaba por no suponer problema alguno para Alejandro, ni siquiera el uso del gumi, el “cingulum puritatis” (“Creo que Dios ha querido guardar en este pueblo la manera de vivir la moral natural como en el Paraíso, antes del pecado” (p. 79, cf. Gn 2,25: “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro”; otra referencia al paraíso terrenal en p. 138).

 

En cambio, las insinuaciones homosexuales, aunque consideradas “algo ritual”, son rechazadas de plano por el misionero, y al parecer con éxito: “Partir de su realidad me pidió bañarme con ellos o como ellos, o a la vista de jóvenes y niños, con toda naturalidad; intencionadamente hacer el aseo completo de varón adulto; permitir satisfacer la natural curiosidad de tocar y ver en lo que nos ven distintos, como, las partes vellosas del cuerpo. Pero ahí precisamente se me ofreció la ocasión de dar una lección, cuando uno de los adolescentes quiso excitarme y lo impedí con sonriente energía. El mismo me pidió a continuación que, al menos, lo hiciera personalmente ante ellos. – No, no; wi waimo imba! – Fue la respuesta. – No, no; eso no es bueno! Al regreso al bohío [casa comunal] cada uno de los espectadores contó a chicos y grandes lo sucedido y me remedaban diciendo: – ¡No, no; wi waimbo imba!” (p. 79). “Aceptar todo, menos el pecado” será un leit motiv para el misionero vasco en su inculturación con los Huaorani, y en este momento, encuentra en las palabras de Pablo en Rm la indicación bíblica adecuada.

 

1.4.- Se está preparando la primera travesía por el río Yasuní y Mons. Labaka hace un recuento de todo lo necesario (combustible, alimentos, obsequios para los Huaorani…). En lo referente al equipaje personal “surgen criterios diversos: Llevar lo menos posible para que no me quiten nada los Huaorani. ¿Concuerda con aquello de ‘no lleves túnica de repuesto’? El otro criterio: Llevar un poco más por si acaso me quitan los Huaorani. ¿Será vestir al desnudo y dar de comer al hambriento?” (p. 103). La primera pregunta cita la formulación de Lucas en el envío misionero de los Doce (Lc 9,1-6), porque tanto Mateo como Marcos dicen que no hay que llevar “dos túnicas”. La segunda se refiere a Mt 25,31-40, ya considerada un poco antes. Los criterios diversos no son problemáticos, porque cualquier decisión que tomen es acertada, pues responde al mensaje evangélico.

 

1.5.- En las conclusiones de la primera travesía por el río Yasuní, Mons. Labaka indica que “Siempre estamos espiritualmente comprometidos, y tenemos que intensificar nuestra oración fervorosa para que el Dueño de la mies envíe operarlos [sic; se entiende operarios] a esta porción de su viña” (p. 133). La referencia es clara: se trata de la introducción narrativa al Discurso Misionero en Mateo: Mt 9,38. Jesús ve a la muchedumbre, siente compasión de ella y, como reacción, dice a sus discípulos: “La mies es mucha y los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies”. Si en la anterior visión de la muchedumbre, Jesús reacciona con su enseñanza (cf. Mt 5,1ss), ahora reacciona con el envío misionero de los discípulos, capacitados por Jesús “con autoridad para expulsar los espíritus inmundos y para curar toda enfermedad y toda dolencia”. Los ecos del discurso de misión, en sus diversos modelos, irán apareciendo recurrentemente, tanto en la Crónica, como en las líneas que siguen.

 

1.6.- En el transcurso de su segundo viaje por el río Yasuní, uno de los párrafos de la Crónica se titula Transfiguración del Señor: “Recién amanecidos sobre el lodazal de nuestro tambo [en la civilización inca, un albergue o centro de acopio de alimentos], mojados y sucios, es fácil anhelar participar del vestido blanco como la nieve del Señor y de su rostro resplandeciente como el sol. Pero en nuestra liturgia dominical preferimos ocasionalmente meditar sobre el envío de los discípulos de dos en dos. Hoy son Mariano y Otorino los agraciados de esa elección que agradecen al Señor por la exitosa misión cumplida” (p. 147). Son claras las referencias al episodio de la Transfiguración (cf. Mc 9,2-8 y paralelos) y también al envío misionero (“de dos en dos”) de los Doce, en Marcos (cf. Mc 6,7) y de los 72 en Lucas (Lc 10,1). La posición de “quedarse en el monte” de Pedro es corregida por Jesús, y ese aspecto de la enseñanza del relato de Marcos está bien comprendido por el equipo misionero, para no quedarse en una actitud pasiva disfrutando del momento, sino de continuar activamente en misión.

 

1.7.- Mons. Labaka llevó en su tercer viaje a los Huaroni tres perros: Peicu (Blanco), Heicu (Negro) y Huancu (Pintado). El primero de ellos se asustó mucho en la entrega, de modo que el misionero tuvo que llevarlo en brazos para entregárselo a su padre Inihua: “Quizás un día, en vez de la oveja perdida, tendremos que hablar del “Peicu” que llegó a casa en brazos del misionero” (p. 159). Es una referencia sencilla a la parábola de la oveja perdida (Mt 18,12-14 / Lc 15,3-7). En el contexto de Mateo, la parábola es una llamada a la entrega pastoral, o caridad pastoral, hasta el punto de no permitir la perdición de nadie (“ni uno solo”) y hasta el punto de arriesgar la propia vida en tal empeño, confiados en que Dios, nuestro Padre celestial, que no quiere la muerte o perdición de nadie.

 

1.8.- En febrero de 1979, entre el tercer y cuarto viaje por el río Yasuní, Mons. Labaka pasa ocho días en casa de sus padres Huaorani. La enfermedad se apodera de su familia. En su mentalidad, la enfermedad es una persona hostil que se apodera de la gente (una especie de demonio) y por eso no quieren dormir en la casa. Alejandro se empeña en explicar que se debe a la picadura de un mosquito, pero no consigue hacerse entender. En este contexto, el misionero apunta: “Hay momentos en que clamo al Señor: Acuérdate de que nos mandaste diciendo: ‘curad a los enfermos y decidles que el Reino de Dios está cerca’. ¡No cambies ahora las cosas!”. Alejandro cita a Lc 10,9 (“Curad a los enfermos que haya en ella [en la ciudad donde entren los 72 enviados], y decidles: ‘El Reino de Dios está cerca de vosotros’”); Mt 10,7-8 (Discurso Misionero) tiene una formulación parecida, aunque más desarrollada. Los diferentes aspectos del envío misionero irán apareciendo progresivamente y, de manera particular, el tema de las curaciones (cf. 2.11).

 

1.9.- La evangelización crece despacio, pero avanza: “También siguen las preguntas sobre mi Crucifijo; me han hecho una muy concreta: ¿Es hombre? ¿Es mujer? Ahora ya conocen que el Crucifijo colgado de mi pecho significa o recuerda a JESUS. Que su madre es MARIA. Y que es HOMBRE VARON… ¡Qué pena no poderles explicar que no quiso hacer alarde de su categoría de Dios y que se hizo hombre como uno de ellos!” (p. 174). Aquí Mons. Labaka está citando algunos pasos del solemne himno de Filipenses (Flp 2,6-11), en concreto la primera parte, en la que se enfatiza el “abajamiento” de Cristo, previo a la exaltación que recibió de Dios. El contexto del himno en Flp es el de una vida cristiana centrada en la comunión, en la humildad y en el servicio (cf. Flp 2,2-4). El contexto privilegia más comprender el himno aplicado al propio Labaka, como haremos más adelante. Pero él lo cita como ejemplo de encarnación, para hacerles ver, en medio de sus dificultades (enfermedad), que están acompañados, iluminados, fortalecidos por el mismo Dios (por el Creador, Huinuni).

 

1.10.- En el contexto delicado de los juegos sexuales que los jóvenes Huaorani hacen en presencia de Mons. Labaka, éste escribe: “Me veía ‘hecho pecado’ ante el juicio del equipo misionero; con todo, en mi interior me sentía sereno, sin desmerecer la bienaventuranza de los limpios de corazón que verán a Dios. Si yo no desmerecía esa bienaventuranza, ¿por qué había de juzgar de pecado de erotismo a los jóvenes de mi tertulia? ” (p. 208). El misionero cita la sexta bienaventuranza, Mt 5,8: “Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios”. Los “puros de corazón” son aquellas personas que, en su fuero interno (el corazón, que comprende en la mentalidad bíblica la actividad intelectual, volitiva y emocional, y es el punto de referencia de todas las relaciones), están en conformidad con la voluntad de Dios, mientras que lo impuro se relaciona en Mateo con cuatro elementos: la lepra (cf. Mt 8,1-4), los demonios o espíritus impuros (cf. Mt 10,1; 12,22-30), los alimentos (cf. Mt 15,1-20) y los sepulcros (cf. Mt 23,21-26). No tiene relación directa con la sexualidad, aunque la incluye. Habla, más bien, de alguien cuyo corazón íntegro, que no está dividido ni mezclado: de alguien que se entrega completamente a Dios (cf. Mt 13,44-46). Lo contrario a un corazón puro es un corazón dividido, que quiere servir a dos amos (cf. Mt 6,24), un corazón que no se orienta por completo a la voluntad del Padre. Para tales puros de corazón, la bienaventuranza anuncia un encuentro personal con Dios, una presencia inmediata y continua ante Él. Mons. Labaka utiliza la bienaventuranza en un contexto sexual. Se ha dado una importancia tan desmedida a esta cuestión, que el significado de la bienaventuranza queda minimizado y empobrecido. No porque no signifique lo que Labaka sugiere, sino porque significa mucho más.

 

1.11.- En el quinto y sexto viaje por el río Yasuní Mons. Labaka se refiere a un viejo matrimonio Huaorani, Nampahuoe y Omare, como si fueran una “representación” de Simeón y Ana: “De todos modos, Nampahuoe y Omare están muy dentro de nuestros recuerdos. Me hago más bien la ilusión de que son los ‘últimos profetas’ de un pueblo libre del Antiguo Testamento esperando entonar el ‘nunc dimittis’ de la liberación de su pueblo por Cristo” (p. 218, quinto viaje). “Nuestro viaje reviste caracteres de verdadera peregrinación para ver a estos profetas del antiguo testamento Huaorani que, como Simeón y Ana, están próximos a cantar el ‘Nunc dimittis’ con una entrega de su pueblo a Cristo, Alfa y Omega de su historia (…) Nuestro gozo y nuestra emoción son indescriptibles” (p. 230, sexto viaje). La referencia es clara a la presentación de Jesús en el Templo (Lc 2,22-38), y especialmente al cántico de Simeón (el Nunc dimittis) (Lc 2,29-32). Los ancianos Simeón y Ana saben reconocer en Jesús el Mesías esperado, de modo que pueden “irse en paz”. Los progresos en la evangelización de los Huaorani hacen que Labaka contemple en estos otros ancianos el punto de llegada de una civilización ajena a Cristo, y punto de partida para un nuevo tiempo de salvación en Cristo (“Liberación de su pueblo por Cristo”).  

 

2.- Textos bíblicos implícitos

 

No sé si se puede hablar en algunos casos de “textos implícitos” o de “ecos” que la Crónica nos evoca de los textos. Es difícil no recordar algunos pasajes, decisivos por lo demás, de los evangelios cuando leemos, con emoción y orgullo, las páginas escritas por Labaka.

 

2.1.- En su primer encuentro con los Huaorani[32], repleto de emociones profundas y contradictorias (escalofrío, miedo, alegría, esperanza), Alejandro les lleva obsequios proporcionados por la compañía petrolera: “Recibieron muy contentos los obsequios… Quizás en ninguna encontraron tantas cosas como en la mía: camisas, camisetas, calzoncillos, poncho nuevecito para el agua, saco de caucho para guardar la ropa, sábana, espejo, peine, agujas e hilo. Todo se lo llevaron, respetándome lo que me era imprescindible: la ropa puesta, el toldo mosquitero, la manta, la hamaca, el cepillo de dientes y la pasta. En posteriores visitas examinarán las pertenencias de este capuchino que se precia de profesar la pobreza franciscano [sic] y verán que tengo demasiadas cosas y se las llevarán con todo el derecho: el toldo, la toalla y otras cosas”.

 

El episodio nos evoca la parte del discurso de misión, que Jesús dio a sus discípulos, en la que se habla de los pertrechos (Mc 6,7-9; Mt 10,9-10; Lc 9,3). Marcos nos lo relata así: “Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja; sino: ‘Calzados con sandalias, y no vistáis dos túnicas’”. La escasez material de suministros contrasta con la autoridad que Jesús les da para expulsar los malos espíritus y los demonios, es decir, la capacidad de poder hacer presente a Dios y sus dones en la raíz de toda persona. Bien lo entendieron los discípulos, cuando en el relato de Hch 3,1-10 Pedro dice al tullido de la Puerta Hermosa del Templo de Jerusalén: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo, el nazoreo, echa a andar”. Bien lo entendió Mons. Labaka, cada vez más consciente de los verdaderos pertrechos del misionero: Jesucristo.

 

Otros aspectos de los discursos de misión, como quedarse en la casa donde vayan, están presentes en las reflexiones de nuestro misionero: “La vida misionera no es sólo adaptación; es, sobre todo, comunión de vida, de costumbres, de cultura, de intereses comunes. Este anhelo es más notorio en ellos que en nosotros siempre influenciados por los prejuicios, la idiosincrasia y los tabús de nuestra cultura y de nuestra educación religiosa” (p. 160).

 

2.2.- El 18 de agosto de 1976, Alejandro Labaka, en compañía de otras personas, dejan el campamento y llegan con el helicóptero a un poblado Huao. Es una visita de tanteo que sale bien, porque los Huaorani les dan un recibimiento “verdaderamente amable y cortés” y les permiten entrar en una casa: “Estuvimos una media hora y regresamos al campamento alegres y contentos de este encuentro” (p. 40).

 

La reacción del misionero nos evoca la reacción de aquellos 72 misioneros enviados por Jesús, de dos en dos, a todas las ciudades y sitios adonde había de ir él. A su regreso, Lucas también refiere su “alegría” (Lc 10,17). Jesús les dice: “No os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Lc 10,20). Probablemente, Mons. Labaka había preparado durante mucho tiempo y con todo empeño ese primer encuentro en un poblado Huaorani, y todo para estar una simple media hora y apenas observar una de las casas. Pero todo merece la pena y, pese al modesto resultado, su corazón misionero se vio alegre y contento, como el de aquellos enviados de Jesús. La escena dejará un eco importante en Alejandro: unas páginas más adelante escribirá hablando de los Huaorani: “La acogida dispensada en su caserío fue extraordinaria”, y hablando de sí mismo: “Por nuestra parte: Fue tan sólo apostolado de acogida paciente y amable” (p. 43). Y, al final de la Crónica, señalará las características del equipo misionero: “Alegría e ilusión apostólicas, confianza sin límites en los Huaorani, deseo incontenible de comunión de culturas, conocimientos, costumbres y, sobre todo, deseo de comunión de espíritus son las notas que predominan en todos los participantes” (p. 234).

 

2.3.- Uno de los momentos cumbre de la Crónica lo encontramos en el “ritual de adopción” que Mons. Labaka vivió en una familia Huaorani y así lo relata: “Me levanté inundado de una gran alegría. Tal como estaba, en paños menores, me adelanté hasta el jefe de la familia, Inihua y Pahua, su señora; junto a mí se hallaba ya el hijo mayor. Con las palabras padre, madre, hermanas, familia me esforcé en explicarles que ellos, desde ahora, constituían mis padres, hermanos; que todos éramos una sola familia. Me arrodillé ante Inihua y él puso sus manos sobre mi cabeza, frotando fuertemente mis cabellos, indicándome que había comprendido el significado del acto. Hice otro tanto ante Pahua llamándole “Buto bara” (mi madre); ella, posesionado de su papel de madre, me hizo una larga “camachina” (aconsejar), dándome consejos. Luego puso sus manos sobre mi cabeza y frotó con fuerza mis cabellos. Me desnudé completamente y besé las manos de mi padre y de mi madre Huaorani y de mis hermanos, reafirmando que somos una verdadera familia” (pp. 52-54; a partir de este momento, siempre se referirá a su padre Inihua y a su madre/mamá Pahua: cf. especialmente pp. 161-162).

 

Varios son los ecos de esta escena emocionante. En primer lugar, los lazos familiares que se establecen en Cristo nacen de su misma enseñanza. El episodio de Mt 12,46-50 y sus paralelos sinópticos nos enseñan que, para Jesús, más importantes que los lazos familiares consanguíneos, son los lazos familiares que se establecen mediante el discipulado. En el seguimiento de Jesús, todos establecemos con él una relación tan profunda como la que se establece mediante la misma sangre. En segundo lugar, dicho seguimiento exige renuncia (“dejar” es la marca de discipulado en los relatos de vocación de Mt 4,18-22 y Mc 1,16-20). Cuando Pedro le dice a Jesús que él y los demás discípulos han dejado todo por seguirle, Jesús le responde: “En verdad os digo: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno; ahora, al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna” (Mc 10,29-31 y paralelos). Es de señalar que sólo Marcos habla de “persecuciones”, y que en “la recompensa” de que habla Jesús para esta vida se omite significativamente “padres” (cf. Mt 23,9: “no llaméis ‘padre’…”). En tercer lugar, cuando Labaka escribe, tras narrar el ritual de adopción, que “comprendí que debía despojarme del hombre viejo y revestirme más y más de Cristo en estas Navidades” (p. 54), está sencillamente aplicándose las palabras de exhortación de Pablo en dos textos fundamentales para la vida cristiana: Ef 4,17-24 (la vida nueva en Cristo) y Col 3,5-17 (principios generales de vida cristiana). En ambas exhortaciones del apóstol de Tarso están las llamadas a “despojarse del hombre viejo” (Ef 4,22; Col 3,9) y a “revestirse del Hombre Nuevo” (Ef 4,24; Col 3,10, que luego desarrolla en el v. 12: “Revestíos de entrañas de misericordia, de bondad, humildad, mansedumbre, paciencia”, y en el v. 14: “Y, por encima de todo, revestíos del amor, que es el broche de la perfección”). En este contexto, el diario de Alejandro se hace oración: “Felices Navidades para todos los míos y para todo el mundo, especialmente para mis hermanos Huaorani. Que esta Navidad de 1976 sea el alborear de una nueva vida en su historia por Cristo en el Espíritu. Amén” (p. 59). Casi al final de la Crónica, Labaka escribirá: “Evidentemente en esta cultura familiar el parentesco carnal o legal tiene mucha importancia. Me voy dando cuenta de que ellos le han dado mucho más valor que yo al hecho de haber sido adoptado como hijo por Inihua y Pahua” (p. 193). Otros ecos, más paulinos, de ese momento tan importante para la misión de Labaka los consideraré en el capítulo siguiente.

 

2.4.- Una de las consideraciones que Mons. Labaka escribe a consecuencia del rito de adopción, y la desnudez física con que lo vivió, dice: “Juzgué un deber el manifestarme y comportarme con toda naturalidad, igual que ellos, aceptando todo, excepto el pecado” (p. 54). Es esta coletilla final la que nos lleva a Hb 4,15: “Pues no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, ya que ha sido probado en todo como nosotros, excepto en el pecado”. De aquí nace la poderosa afirmación de GS 22: “Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado”. Pablo, tan osado, se atreverá a escribir una de sus frases más intrépidas y temerarias: “A quien no conoció pecado, [Dios] le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él” (1Co 5,21).

 

Quizá porque la voluntad de Alejandro le acercaba a la figura de Cristo, casi a continuación, como Cristo, ofrece su macarismo: “¡Dichosos los misioneros que tengan la fiel tan curtida que puedan aguantar el trato de la selva tropical!” (p. 54). Naturalmente, el trato de la selva no sólo se refiere a las condiciones naturales, sino a las exigencias de compartir la vida y el destino de aquellos Huaorani a los que Mons. Labaka se entregó por completo.

 

El asunto de la desnudez no volverá a ser problema para el misionero, que exclamará un poco más adelante: “¡Bendito nudismo de los Huaorani, que no necesitan trapos para salvaguardar sus normas de moral natural! ¡Ay de la moralidad de otras civilizaciones cuando se apoyan tan sólo en la ligereza de un bikini o en la elegancia de una maxi!” (p. 56). Y continuará su ilusión por integrarse entre los Huaorani: “Esta vez traigo una inquietud: ver cómo puedo hacer para integrarme en una familia Huaorani. La ocasión se me presenta al regreso de Buganey, cuando ella coge el hacha para ir a hacer leña para su fogón. Me ofrezco para ayudarle y ella acepta con naturalidad señalándome el tronco que tengo que partir. Después, viéndome todo sudado, me hace ademán de que puedo ir a bañarme (…) En la fuente me decido a imitar a Buganey, desnudándome y haciendo que el niño mayorcito me eche el agua para refrescarme” (p. 65; cf. p. 76, donde vuelve a insistir en la integración familiar, contando lo mismo, pero explicitando más las condiciones para la integración, los “requisitos fundamentales: ser útil en algo material y ser aceptado por ellos”).

 

Progresivamente, Alejandro vivirá con más naturalidad la espinosa cuestión de la desnudez y algunos peligros asociados a ella: “Peigo se quedó, al parecer, sin hamaca y se acercó a mi cama. En días anteriores le había rechazado, pues le temía por sus ademanes e intentos provocativos homosexuales. Esta vez tuve otra comprensión del ‘aceptar todo, excepto el pecado’ y compartí la cama acostándonos desnudos bajo el mismo mosquitero. Este inquieto y rebelde líder me pareció un niño grande, necesitado de comprensión y amor. De todos modos, se durmió plácidamente, arrullado por una oración: ‘Que el Señor nos bendiga, nos mire con misericordia y nos libre de todo mal. Amén’” (p. 72).

 

Esta fórmula de bendición, con la que Labaka consigue culminar en oración un momento de apuro, evoca la bendición que YHWH enseña a Moisés para que la transmita a Aarón y a sus hijos en Nm 6,22-27: “Dijo YHWH a Moisés: Di esto a Aarón y a sus hijos: ‘Así habréis de bendecir a los israelitas. Les diréis: Que YHWH te bendiga y te guarde; que ilumine YHWH su rostro sobre ti y te sea propicio; que YHWH te muestre su rostro y te conceda la paz’. Que invoquen así mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré”. Una fórmula similar se expresa como deseo en el Sal 67,2: “¡Que Dios tenga piedad y nos bendiga, que nos muestre su rostro radiante!”. Mons. Labaka apela en su oración a la misericordia de Dios, el “rico en misericordia”: “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús” (Ef 2,4-6). Las reflexiones finales de Mons. Labaka a este respecto de la desnudez, profundas, emocionantes, con expresiones de gran crudeza, las podemos leer en dos títulos: “La cultura del hombre desnudo y el misionero” (p. 206) y “Comportamientos morales” (pp. 208-209).

 

2.5.- Las fechas navideñas hacen mella en el interior de Mons. Labaka, quien encuentra “un gran consuelo” en las misas de esos días. Escribe en eso días: “Cristo en un día como hoy irrumpió en la Historia de la Humanidad. ¡Ojalá que este año irrumpa en la historia del pueblo Huaorani, comenzando el año primero de su historia cristiana, hasta llegar a su plenitud en Cristo, hecho Hombre para salvarlos a todos!” (p. 62). Precisamente, el evangelio del día de la fiesta de Navidad es el solemne y majestuoso prólogo del evangelio de Juan, que en su v. 16 dice: “De su plenitud hemos recibido todos, y gracia sobre gracia” y en el cuarto evangelio hallamos esta sentencia de Jesús: “Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo llegue a plenitud” (Jn 15,11). La plenitud en Cristo es, también, una aspiración paulina. El apóstol quiere visitar la comunidad romana “con la plenitud de las bendiciones de Cristo” (Rm 15,29). Y desea a los filipenses que su Dios “proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús” (Flp 4,19). La gracia de los dones de Cristo ya ha sido concedida a los cristianos (cf. Ef 4,7), pero hay que llegar “a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto, a la plena madurez de Cristo” (Ef 4,13), pues en él tuvo a bien Dios hacer residir “toda la plenitud” (Col 1,19). El conocimiento del amor de Cristo conduce a llenarnos de “toda la plenitud de Dios” (Ef 3,19).

 

2.6.- La integración de Mons. Labaka entre los Huaorani pasa por el servicio. Resuelve su inquietud por integrarse en una familia ayudando en dos labores: hacer leña y acarrear el agua (hay muchas referencias a estas labores desde la página 65 de la Crónica; cf. especialmente p. 78: “Tomo a mi cargo estos oficios en casa de mis padres y en otras familias cuando se me ofrece oportunidad”). Labaka, como buen discípulo, asume para sí las llamadas al servicio que Jesús hace a sus discípulos durante el camino a Jerusalén (cf. Mc 9,35; 10,43-45 y paralelos); a su vez, como buen sacerdote, vive en primera persona la presentación que Jesús hace de sí mismo en Lc 22,27: “Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve”. Leamos al propio Labaka: “Ha llovido y la tierra está resbaladiza. Cuando estoy realizando mis tareas y casi en la cima de la pendiente con el caldero de agua en el hombro, me resbalo y caigo, bañado en sudor, agua y barro. Pacientemente subo por segunda vez hasta el mismo sitio e invito a Araba, que me acompaña, para que se me adelante y me coja desde arriba el caldero de agua. Así tuve éxito, y pensé haber encontrado mi ‘cireneo’” (p. 70; también en la p. 74 llama “cirineos” a los dos guías Huaorani que le acompañan en la expedición por la selva, que él llama “calvario”, por las penosas condiciones, y “peregrinación”).

 

El propio Alejandro cita a Simón de Cirene, nombrado por Lucas en su relato de pasión: “Cuando le llevaban, echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le cargaron la cruz para que la llevara detrás de Jesús” (Lc 23,26). Lo sugerente de este episodio es el “valor teologal” que Labaka da a su trabajo, considerándolo como una entrega apostólica que la pone en relación al destino sufriente de Jesús. Naturalmente, el balde de agua es el “detalle” de toda una vida entregada a la evangelización de los Huaorani, siguiendo a Aquel que se entregó en la cruz por salvarnos (cf. p. 32, ya citada).

 

2.7.- En un momento de confidencias y reflexiones, Mons. Labaka escribe: “Pido humildemente al Señor que se digne manifestar su voluntad y que nos ayude a realizarla plenamente, con docilidad a su Espíritu” (p. 93). El tema de la voluntad de Dios es un elemento característico del evangelio de Mateo, donde aparece la impresionante inclusión “Hágase tu voluntad”, primero como enseñanza de Jesús a los discípulos en Mt 6,10 (tercera petición del padrenuestro) y luego como oración de Jesús en Getsemaní en Mt 26,42. Hacer la voluntad de Dios, que es Padre bueno y providente, es un hilo conductor de todo el evangelio mateano, que estructura un itinerario existencial espiritual, propio del verdadero y cabal discípulo de Jesús. Un itinerario cuyos jalones son: la experiencia de la Gracia de Dios (cf. Mt 6,10); el compromiso humano por hacer la voluntad del Padre, que incluye naturalmente la fe y las buenas obras, pero que las supera (cf. Mt 7,21); el seguimiento de Jesús, el discipulado, como condición de posibilidad de realizar la voluntad divina (cf. Mt 12,50); la entrega pastoral, o caridad pastoral, para que no se pierda ni uno de los pequeños (cf. Mt 18,14); la obediencia y la fe frente a la formalidad y la ley (cf. Mt 21,31); y, por fin, la entrega de la propia vida por fidelidad a la misión encomendada por Dios. La voluntad del Padre implica, pues, un itinerario existencial y espiritual que, contemplado desde el ejemplo de Jesús, desemboca en la entrega de la propia vida, con la convicción de que Dios Padre no consentirá que esa entrega sea el punto final de dicho itinerario.

 

Sin saberlo, en esta oración que Mons. Labaka dirige a Dios, está diseñando en su propia vida la enseñanza más genuina del evangelio de Mateo: el martirio como expresión de una vida completamente entregada a la misión encomendada por Dios, Padre que no consentirá, sin embargo, que se pierda en la nada ni uno sólo de sus pequeños. Su martirio ya estaba siendo preanunciado sin que él fuera consciente (¿o sí?): “Me llamó poderosamente la atención la observación de la inteligente Buganey: - Ten cuidado; porque los Tagaeri viven ahí y te pueden matar con lanza” (p. 80). “Observé que en el fondo verde amazónico de ambas orillas del Yasuní predominaban las flores rojas y las moradas. Antes decíamos que el rojo significaba el martirio y el morado, el sacrificio” (p. 104). Peigomo contestó “que les gustaba que fuéramos. Pero que estuvieron por matarme porque una de las veces no había llevado los collares que me habían solicitado (…) Que más tarde alguien del grupo había muerto por enfermedad y que dijeron que tenían que matarme” (p. 131).

 

2.8.- En la primera travesía por el río Yasuní, el equipo misionero del que forma parte Mons. Labaka experimenta la providencia de Dios en un simpático episodio que indica la lectura creyente que los misioneros hacen. Mientras Alejandro y un compañero estudian la lengua Huao, el resto del equipo sale a cazar. “Después vinieron los comentarios sobre la cacería del día, dando gracias a Dios que oyó la petición de nuestro Padre Superior en las oraciones de esta mañana: ‘Señor, concédenos una abundante cacería para poder obsequiar a nuestros hermanos Huaorani’. Pues, ahí está la respuesta: un mono, un paujil [gran ave del bosque tropical], un motelo [tortuga de tierra] y, a última hora de la tarde, un precioso venado” (p. 104). Igualmente, en la tercera travesía, excelente, por el mismo río, Alejandro escribe que todo ha sido favorable: el estado del río, el tiempo, los motores de la barcaza, la salud de los misioneros “y, sobre todo, el clima amistoso y familiar del grupo Huaorani nos han proporcionado el gusto de una experiencia apostólica en la que hemos adivinado la providencia de Dios, haciéndonos exclamar en más de una ocasión: -Para ser suerte, es demasiada suerte!” (p. 156). Nos evocan el bellísimo texto de Mt 6,25-33, el abandono en la Providencia, que nos enseña que lo primero es buscar el Reino de Dios y su justicia, y “todas esas cosas” (por ejemplo la comida), se nos dará por añadidura, porque ya sabe nuestro Padre celestial que tenemos necesidad de todo eso.

 

2.9.- El equipo misionero “siente la necesidad” de reunirse ante el Señor y hacer la celebración de la Palabra. Después, en el comentario dialogado, surgen dos proyectos diferentes: dividirse en dos equipos, con unas razones a favor, o seguir todos juntos, con otras: “Oramos intensamente pidiendo luz y fortaleza, y dejamos la decisión final a la consulta con la dura almohada. Ya no se habló más. Pero a la mañana siguiente, después del desayuno, estábamos todos en marcha hacia los Aucas” (p. 106). El episodio nos conduce al comienzo del libro de los Hechos, cuando se recompone el grupo de los Doce (Hch 2,15-26). Tras el discurso de Pedro a los hermanos y la presentación de dos candidatos, el texto dice: “Entonces oraron (…) Les repartieron las suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los doce apóstoles”. Hay paralelismos evidentes: dos opciones a tomar y, para adoptar la solución, primero hacer oración y, después, atender a los recursos humanos. Ni entonces ni ahora la voluntad de Dios aparece explícita y manifiesta como para que no haya dudas sobre qué y cómo obrar, pero entonces y ahora se tiene que utilizar también, como elemento de discernimiento, la interpretación de las cosas cotidianas.

 

2.10.- En el encuentro con su familia Huao, que tanta importancia tuvo para Alejandro, durante la primera travesía, apunta como de pasada un aspecto evangelizador muy importante: “El Doctor tuvo en seguida plena aceptación por sus servicios médicos, los que tuvo que prestar al momento” (p. 108). También en la tercera travesía hay una referencia a este aspecto: “Frecuentemente Cristo devolvía la salud del cuerpo, como signo de la gracia espiritual que infundía. En este sentido fue también una novedad la visita del P. Amunárriz en su calidad de doctor. Los Huaorani depositaron en él toda su confianza…” (p. 158). Los destaco porque encajan perfectamente en el proyecto evangelizador que nos brinda Mateo, que suele pasar muy desapercibido, pero que tiene indudable trascendencia pastoral.

 

En Mt 4,17, Mateo presenta, a modo de título, las primeras palabras de Jesús en misión: “Convertíos, porque el Reino de los cielos está llegando”. Después, en 4,18-22 se nos narra la vocación de los primeros discípulos, que serán enviados a partir de 9,36 con el impactante discurso misionero de Jesús (9,36-11,1), que cierra la sección. En medio queda una inclusión casi exacta: tanto en 4,23 como 9,35 se nos presenta un sumario de actividad de Jesús. Dice el texto que Jesús enseñaba en sus sinagogas, proclamaba el evangelio (posición central) y curaba toda enfermedad y toda dolencia. Pues bien, a partir de 5,1 y hasta 8,1 el evangelio nos presenta el Sermón de la Montaña, esto es, desarrolla la primera actividad de Jesús (enseñanza); y a partir de 8,2 hasta 9,34 el evangelio presenta una sección de curaciones y obras de poder de Jesús, es decir, desarrolla la tercera actividad. Ya no hay más texto. ¿Dónde se desarrolla textualmente la segunda y central actividad (proclamar el evangelio)? Precisamente, en la enseñanza y las curaciones. Proclamar el evangelio es enseñar y curar toda enfermedad y toda dolencia. Pero muchos, muchísimos de nuestros esfuerzos evangelizadores se quedan en la clave de la enseñanza, la formación, el estudio…, mientras que poco nos adiestramos y poco desarrollamos la otra pata de la evangelización: la capacidad de sanar. Por eso he destacado esa aparentemente modesta afirmación de Mons. Labaka.

 

2.11.- Después, repartieron los obsequios que llevaban para los Huao, y Mons. Labaka anota: “Según atinada observación del P. Manuel, poco después nosotros éramos los pobres, tanto que los Huaorani nos tuvieron que prestar ollas para cocinar, azúcar para el refresco y otras varias cosas” (p. 108). En Hch 20,35 Pablo recoge unas palabras de Jesús, desconocidas por otros medios, en el discurso de despedida a los presbíteros de Éfeso: “En todo os he señalado que es así, trabajando, como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús, que dijo: Mayor felicidad hay en dar que en recibir”. Desde luego, la colecta para los pobres de la iglesia-madre de Jerusalén es muy importante en varias de sus cartas (2Co 8-9 y passim). Pero el ejemplo más impactante, cristológicamente, es el himno de Filipenses, sobre todo su primera parte, que habla del abajamiento, el anonadamiento, el “vaciamiento” o kénosis de Cristo (Flp 2,6-8). Puede parecer excesivo comparar un episodio misionero modesto con el solemne himno de Filipenses, pero el episodio no es “ocasional”, sino más bien paradigmático del modo en que Mons. Labaka comprendió y ejerció su labor apostólica entre los Huaorani: los términos impactantes del himno (despojarse de sí mismo, tomar condición de esclavo, rebajarse a sí mismo, hacerse obediente hasta la muerte) son perfectamente identificables en muchos momentos de la Crónica como características fundamentales de la misión de Mons. Labaka.

 

2.12.- Estamos ya en la cuarta travesía por el río Yasuní. Se han consolidado las visitas y el equipo misionero mixto. Hay un tono general de satisfacción, una sensación de que todo va “viento en popa”. En este contexto, Mons. Labaka escribe: “En estas convivencias con los Huaorani tenemos momentos de trato individual, en los que cada misionero se desenvuelve con toda libertad y según los dones que ha recibido de Dios (…) En fin, cada misionero se anima recordando y contando esos momentos tan llenos en su vida, según los dones recibidos del Espíritu” (pp. 204-205). Al momento, recordamos 1Pe 4,10: “Cada uno, según el don que ha recibido, lo ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios”. Y, por supuesto, hay otros muchos ecos paulinos: “A cada uno de nosotros le ha sido concedida la gracia en la medida de los dones de Cristo” (Ef 4,7); y, en el capítulo dedicado a los dones espirituales (carismas) en 1Co, Pablo escribe: “Todas estas cosas las obra un mismo y único Espíritu, distribuyéndolas a cada uno en particular según su voluntad” (1Co 12,11). La llamada de Pablo a no descuidar y a reavivar los dones recibidos (cf. 2Tm 1,6; 1Tm 4,14) es ejemplarmente desarrollada por el equipo misionero, y lo hacen, siguiendo también la enseñanza de Pablo (cf. 1Co 13,1-3), por amor a Cristo y al pueblo Huaorani.

 

2.13.- En el transcurso del quinto viaje por el río Yasuní, Mons. Labaka narra por dos veces un episodio en el que se hace presente la religiosidad tradicional Huaorani. En medio de una gran tempestad, con impresionantes estampidos de truenos y rayos, con viento huracanado, los Huaorani realizan un rito que consiste en unas recitaciones y en colocar en el fuego, dentro de la casa, un panal de cera-brea de abejas. Así se quedan tranquilos: “Sentí un gran respeto hacia estas manifestaciones y me uní en una oración en voz alta a Jesús, pidiendo que nos librara de todo mal. Cayeron unas gruesas gotas de lluvia, refrescando el ambiente y se calmó el viento” (p. 217). Un poco más adelante, en la memoria que Labaka hace del mismo viaje, vuelve a contar el mismo sucedido, y escribe: “¿Qué significó el humo? [que hace el panal en el fuego] Presencia de los Huaorani, nos explican, de personas que piden ser respetadas por las fuerzas cósmicas. Nos sumamos en oración a Jesús para que no suceda nada adverso (…) Cayeron unas gruesas gotas de lluvia, se refrescó el ambiente y sobrevino la calma” (p. 222). Aunque en el primer texto se recoge ese “pidiendo que nos librara de todo mal” que nos recuerda al Padrenuestro (Mt 6,9-13), el episodio nos evoca con más fuerza el de la tempestad calmada (Mc 4,35-41; Mt 8,23-27; Lc 8,22-25), no sólo por la “gran calma” que aparece al final de los dos relatos, sino por el hecho de recurrir en oración a Jesús, tanto por parte de los discípulos (sobre todo en el relato de Mateo), como de Mons. Labaka.

 

3.- La figura de Pablo en Alejandro Labaka

 

Ya desde el mismo prólogo a la Crónica, escrito por Miguel Ángel Cabodevilla, me vino a la memoria la figura de Pablo en la persona de Mons. Labaka. Cuando hace referencia a que “le tocó soportar muchos desatinos” y que era considerado por muchos “con los términos más displicentes e incluso injuriosos” (p. 10), me vinieron a la memoria las numerosas dificultades e incomprensiones que tuvo que sufrir el apóstol, de las que 2Co 11 es una muestra destacada, pero ni mucho menos única. A partir de ese momento, la identificación de Mons. Labaka con el gran misionero y apóstol Pablo nunca dejó de acompañarme en la lectura de la Crónica. Y así, cuando Cabodevilla señala que Labaka fue “un pionero en la protección de los grupos aislados” (p. 10), pienso en ese Pablo capaz de defender a sus pequeñas comunidades gentiles, en las que también fue pionero, frente a los judaizantes que ponían en cuestión su persona, su evangelio y su apostolado. Y cuando nos indica que los escritos de Labaka son “narraciones escritas a vuela pluma”, “relato espontáneo, cartas personales, donde el autor pone en juego su corazón” (pp. 10-11), ¿cómo no recordar de inmediato las cartas de Pablo, tan ocasionales como espontáneas, donde a cada paso puede sentirse el pálpito apasionado de su corazón?

 

3.1.- La primera frase con evocaciones paulinas la escribe expresando su disposición a visitar las “trochas” (caminos o espacios abiertos en la maleza) donde se encuentran los trabajadores de una petrolera, porque estaban siendo molestados por los Aucas. Así escribe: “En nuestra propuesta no ocultamos nuestra incapacidad por el desconocimiento de su lengua, pero, al mismo tiempo, aflora una confianza en la capacidad que nos viene de Dios por la fe” (p. 22). Esta última frase tiene incluso una dicción típicamente paulina. Porque una idea parecida encontramos en 2Co 3,4-6: “Ésta es la confianza que tenemos delante de Dios por Cristo. No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu, pues la letra mata mas el Espíritu da vida”. Uno y otro hacen descansar los afanes apostólicos, el “ministerio”, en el Dios en quien han puesto su confianza. De ahí que Pablo pueda exhortar a “no inquietarse por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias” (Flp 4,6).

 

3.2.- En el primer encuentro con los Huaorani, Mons. Labaka tuvo una primera conversación con un joven llamado Huane, que se acercó al misionero y le hizo un minucioso examen, desabrochándole la camisa y el pantalón: “Cuando se encontró el Cristo en mi pecho preguntó: - ¿Quino i? (¿Qué es?). Sólo acerté a decirle: - Es Cristo Jesús que murió por nosotros en la cruz-. Y estampé un beso al Cristo. Hizo un esfuerzo para pronunciar ‘Cristo Jesús’, se rió y siguió el examen de todos mis bolsillos” (p. 32). En este emocionante episodio, que continúa con otros detalles conmovedores, encuentro dos ecos: Mons. Labaka, en sus primeras palabras evangelizadoras sigue el modelo de Pablo, cuando, en el famoso texto de 1Co 1,23 dice: “Nosotros predicamos a un Cristo crucificado: escándalo para los judíos, locura para los gentiles”. La preocupación de Pablo era “no desvirtuar (lit. ‘vaciar’) la cruz de Cristo” (1Co 1,17), porque la predicación de la cruz es “fuerza de Dios para los que se salvan, para nosotros” (1Co 1,18). No cuesta trabajo incluir en ese “nosotros” a Mons. Labaka. Y cuando el joven Huane se ríe ante las palabras del misionero, recordamos el relato del discurso de Pablo en el Areópago de Atenas (Hch 17,22-34), donde, pese a escuchar el magnífico discurso (laudable por tantos motivos) de Pablo, las reacciones de la gente fueron de burla o de desidia. Los parcos resultados no desanimaron a Pablo, ni tampoco a Labaka, que suspira por “el milagro de la evangelización”.

 

Más adelante, el crucifijo será el medio evangelizador: “Otra de mis preocupaciones: ¿Cómo dar a entender con el mensaje de la palabra la Buena Noticia, cuando desconozco completamente su lengua? El crucifijo colgado de mi cuello ha sido uno de los medios” (p. 82). Y esta vez con mejor resultado: “Me quedó la sensación interior de que el Espíritu Santo había obrado en el alma del joven Araba. Un atardecer me buscó dentro del bohío y estábamos casi solos. Con especial insistencia me preguntó por el significado del Cristo crucificado. De pronto escuché muy claramente que me decía la palabra con que ellos designan al Creador, preguntándome si Jesús es el Creador. Casi sin darme cuenta afirmé mi convicción con un movimiento de cabeza. Entonces el joven, con especial reverencia, besó por tres veces mi crucifijo (…) Esto hizo brotar una oración desde el fondo de mi alma” (p. 82).

 

3.3.- En el episodio en que Mons. Labaka narra su “adopción” por una familia Huaorani (cf. 2.3), además de las reminiscencias evangélicas que señalábamos allí, se encuentran dos ecos paulinos muy significativos: En primer lugar, en éste y en otros momentos de su misión, Alejandro tuvo que aceptar algunas cosas que no encajaban en su formación y manera de ser (la desnudez integral, por ejemplo). Así lo expresa en lo que considera una “digresión de Misionología” cuando reflexiona sobre el ritual de adopción y su completa desnudez: “Temí ser un rechazo para la cultura y costumbres Huaorani si me manifestaba demasiado rígido; por eso juzgué un deber el manifestarme y comportarme con toda naturalidad, igual que ellos, aceptando todo, excepto el pecado” (p. 54). De inmediato recordamos 1Co 9, donde Pablo entona un himno a su apostolado haciendo ver a su comunidad que, aunque tenía “derechos” como los demás, él enfatiza que “de ninguno de esos derechos ha hecho uso” (1Co 9,12.15), antes bien, “todo lo soportamos para no crear obstáculos al Evangelio de Cristo” (1Co 9,12). Y, en ese estilo suyo, tan característico, que le hace ir envalentonándose para expresarse de una manera cada vez más resolutiva y audaz, afirma que “siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los que más pueda” (1Co 9,19), para concluir así: “me he hecho todo a todos, para salvar a toda costa a algunos. Y todo esto lo hago por el Evangelio, para ser partícipe del mismo” (1Co 9,22-23). Pablo en estado puro. Este mismo eco lo podemos encontrar en otros momentos de la Crónica: “Como otros días, me dedico a ratos a ser niño entre los niños y comediante entre los grandes” (p. 70). Y, como señal de la necesaria inculturación, leemos en la p. 112: Para la evangelización de los Huaorani, “condición fundamental, imprescindible, es familiarizarse con su lengua y sus costumbres”; y, en la misma línea: “El estudio absolutamente necesario de la lengua y la cultura Huaorani” (p. 151). Su objetivo es éste: “Entre los Huaorani sólo queremos descubrir a Cristo que vive en su cultura y que se nos revele como Huao y como Huinuni [el Dios Creador]” (p. 221). En segundo lugar, Mons. Labaka insiste en que son familia, como Pablo exhorta a sus cristianos de Éfeso: “Ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familia de Dios” (Ef 2,19; cf. también “Hijos de Dios” en Rm 8,16; Ga 3,26; 6,10; [1Jn 3,1]; [“casa de Dios” en Hb 3,3-6]). El lenguaje familiar, y particularmente materno, de Pablo es muy llamativo: así, a los tesalonicenses escribe: “Nos mostramos amables con vosotros, como una madre cuida con cariño de sus hijos” (1Ts 2,7); a los gálatas: “¡Hijitos (tekna: término familiar) míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros!” (Ga 4,19); a los corintios: “Os di a beber leche y no alimento sólido, pues todavía no lo podíais soportar” (1Co 3,2); a los filipenses: “Pues testigo me es Dios de cuánto os quiero a todos vosotros en el afecto entrañable de Cristo Jesús” (Flp 1,8). Un libro apócrifo de los primeros siglos cuenta que, en el momento del martirio, cuando cortaron la cabeza de Pablo, en vez de sangre salió leche: era la manera como las comunidades se acordaban de la actitud materna de Pablo para con ellas.

 

3.4.- Las muchas referencias al servicio y trabajo que Mons. Labaka realizaba en medio de la comunidad Huaorani (hacer leña y traer agua a las casas) evoca claramente 1Ts 2,8-9: “Tanto os queríamos, que estábamos dispuestos a daros no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestras propias vidas. ¡Habéis llegado a sernos entrañables! Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios”.

 

3.5.- Una de las muchas expediciones por la selva es narrada por Mons. Labaka con gran énfasis en su sufrimiento: “Después de unas tres horas de andadura comienza a abatirme un gran agotamiento físico (…) Las lomas son muy pronunciadas y frecuentes y mi cuerpo es ya una piltrafa: calambres a las piernas, mareo de cabeza, arcadas; tropiezo frecuentemente, caminando como sonámbulo. En una de las subidas me arrecian los calambres, hasta hacerme exhalar un lamento, y al poco tiempo vomito bilis (…) El resto de la senda es para mí un verdadero calvario” (p. 74).

 

No es difícil advertir en estas líneas la parte de penurias físicas sufridas por el apóstol Pablo en sus misiones evangelizadoras, de las que hace un amplio elenco en 2Co 11,25b-28: “Tres veces naufragué; un día y una noche pasé en alta mar. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria: la preocupación por todas las iglesias”. Alejandro termina su descripción con unas palabras que parafrasean a Pablo: “Cristo hace resaltar mi debilidad para que brille más la fortaleza de su actuar en ellos”. La sutil frase del misionero vasco nos evoca 2Co 4,12, donde Pablo pone colofón a sus palabras sobre las tribulaciones y esperanzas del ministerio apostólico (el tesoro en vasijas de barro) diciendo: “De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida”. Y, naturalmente, pensamos en 2Co 12,9-10: “Pero él me dijo: ‘Mi gracia te basta, que mi fuerza se realiza en la flaqueza’. Por tanto, con sumo gusto seguiré gloriándome sobre todo en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mis flaquezas, en las injurias, en las necesidades, en las persecuciones y las angustias sufridas por causa de Cristo; pues, cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte”. En medio de todas las dificultades, surge la oración de Alejandro: “Que el Señor desbroce los caminos para la evangelización de los Huaorani. Amén” (p. 75).

 

3.6.- En contraste con la sexualidad masculina, con peligros para Mons. Labaka (cf. 1.2), “La situación moral de la mujer la he visto milagrosamente revestida de dignidad y protección social de su propia cultura” (p. 79; cf. p. 110: “La mujer tiene un puesto de gran importancia e influencia en la familia y sociedad Huao”; p. 150: “Las mujeres aparecen muy seguras de sí, participan en todo con gran iniciativa y animación, al parecer con libertad y sin complejos”). Luego describe el papel de la mujer en el grupo social y termina así: “Creo que estos momentos pueden ser de extraordinaria oportunidad de evangelizar al pueblo Huao por la participación misionera femenina” (p. 80).

 

Más adelante, en la exitosa segunda travesía por el río Yasuní, Mons. Labaka escribe: “¿Cuál sería la reacción del grupo si lleváramos misioneras, sean éstas religiosas o seglares casadas o solteras? (…) Hasta el presente (…) no hemos querido arriesgarnos ni hemos encontrado ninguna vocación que se sienta tan claramente llamada por Dios, o con la suficiente aprobación de parte de su Congregación para arriesgarse. Con todo, en este viaje he constatado un gran deseo de que las llevemos (…) Pero no quiero que nadie se aventure por las garantías que yo pueda ofrecerle, sino porque ella misma se sienta llamada por Dios y por creer que vale la pena arriesgar algo por el Evangelio” (p. 150; cf. p. 156, donde afirma que la presencia femenina en el equipo misionero, en el tercer viaje por el Yasuní, “hubiera sido, sin duda alguna, más rico, a nivel de gesto inicial de evangelización para el pueblo Huaorani”).

 

Labaka camina siempre hacia un mayor convencimiento: “El Evangelio no crecerá lozano sin el calor de los riesgos sufridos por los misioneros y misioneras por igual” (p. 165). Finalmente, dos Hermanas Lauritas (Misioneras de la Madre Laura), Inés Ochoa y Amanda Villegas, exponen “con calor misionero sus ideales de participar en la evangelización del pueblo Huaorani”: para Labaka es “la hora de Dios”. Se disponen a subir al helicóptero y “los rostros de las Hermanas reflejan alegría incontenible” y, cuando aterrizan entre los Huaorani, era “indescriptible la emoción de las Hermanas y la alegría de los Huaorani” (pp. 177-178). ¡Objetivo cumplido! El equipo misionero mixto hace sus labores: asistir a los enfermos con medicinas, hacer comida y repartirla, convivir fraternamente con los Huaorani. Cuando llega la hora de volver, Labaka escribe: “Un gran paso con la bendición de Dios para la evangelización del pueblo Huaorani. Amén” (p. 181).

 

La participación femenina en la misión de Pablo fue realmente destacada. Sólo en la carta a los Romanos, en el capítulo 16 (saludos y despedida), aparecen Febe, diaconisa en Cencreas (Rm 16,1-2), Prisca o Priscila, colaboradora del apóstol (Rm 16,3-4), la laboriosa María (Rm 16,6), Junia, ilustre entre los apóstoles (Rm 16,7), Trifena, Trifosa y Pérside, trabajadoras en el Señor (Rm 16,12), la madre de Rufo (Rm 16,13), Julia, una anónima hermana de Nereo y Olimpia (Rm 16,15). Además, en muchas comunidades domésticas fundadas por Pablo aparece el nombre de alguna mujer, en cuya casa se reúne la comunidad: en Corinto (cf. 1Co 16,19: Priscila); en la casa de Filemón (cf. Flm 2: Apia); en Filipos (cf. Hch 16,14-15: Lidia); en Laodicea (cf. Col 4,15: Ninfa). Pablo abrió espacios para que las mujeres pudieran ejercer su función en las comunidades. La misión compartida de Pablo es misión compartida de Alejandro. En sus planes entra “buscar entre los catequistas quichuas una familia que quiera establecerse conmigo, viviendo en la casa junto al río y manteniéndonos de la pesca y la cacería hasta que podamos tener nuestra chacra (huerto familiar)” (p. 84).

 

3.7.- En un momento de reflexión sobre todo lo que ha vivido, Mons. Labaka dice: “En algunos momentos me he sentido muy agradecido del Señor (…) pero otras veces tengo que pedir a Dios que me envíe su Espíritu para que internamente, en mi alma, tenga desprendimiento de mí mismo y me revista sólo de Cristo…” (p. 93). Casi al final de la Crónica escribirá: “Tenemos que pedir al Espíritu que nos libere de nuestra propia suficiencia espiritual, que pretende alcanzar a Dios por el Breviario, la Liturgia o la Biblia; para nada de eso tendremos adecuada oportunidad. ¡Vamos, Hermanas, espiritualmente desnudos para revestirnos de Cristo que vive ya en el pueblo Huaorani y que nos enseñará la nueva forma original e inédita de vivir el Evangelio!” (p. 205).

 

El antiguo deseo del Salmo 104,30 (LXX): “Enviarás tu Espíritu… y renovarás la faz de la tierra” es aquí sentido como necesidad honda del misionero vasco para conformarse más y más a Cristo, para “revestirse de Cristo”. Es una terminología muy paulina, quien exhorta a revestirse del Señor Jesucristo en Rm 13,14; lo constata para los bautizados en Ga 3,27, indicando que, revestidos de Cristo, no hay divisiones de etnia, ni de posición social, ni de género, todos uno en Cristo Jesús. Cristo, primogénito de la Nueva Creación, es modelo de Hombre Nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la verdad, del que revestirse (cf. Ef 4,24; Col 3,10).

 

3.8.- En un momento dado, a Mons. Labaka le llegan rumores de que “los misioneros lingüistas estaban disgustados por nuestras recientes actividades con los Huaorani”, pero organiza una visita para tener una entrevista que “se desarrolló en franca cordialidad y mutua confianza. En ningún momento de la entrevista demostraron los miembros del Instituto tener resentimientos o celos por nuestras actividades con los Huaorani” (p. 98). La escena nos recuerda los enfrentamientos habidos entre Pablo y algunos misioneros judaizantes, que tantos problemas crearon en las comunidades de Galacia, Corinto o Filipos. Hasta el punto de que la visita de Pablo a Jerusalén, iglesia madre, a exponer a los “notables” el evangelio que proclamaba entre los gentiles. Pablo tiene miedo de que los “intrusos”, los “falsos hermanos” infiltrados para espiar su libertad en Cristo Jesús hubieran conseguido un cierto eco en las “columnas” de la iglesia de Jerusalén (cf. Ga 2,2-6). Pero respira con alivio al comprobar que dichas “columnas” (Santiago, Pedro y Juan) confían en la evangelización de Pablo entre los gentiles y “nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé, para que nosotros fuéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos” (Ga 2,9).

 

3.9.- En la fiesta de San Marcos de 1977, Mons. Labaka escribe: “Y san Marcos da el temple a nuestras almas con sus antífonas: ‘Soy ministro del Evangelio’. ‘Todo lo hago por el Evangelio’. Dios me ha concedido la gracia de evangelizar a los gentiles’” (p. 102). Labaka recoge las antífonas de los salmos del rezo de Vísperas de dicha festividad, que son antífonas inspiradas o tomadas de cartas paulinas. La primera antífona es “Soy ministro del Evangelio en virtud de la gracia que Dios me ha dado. Aleluya”; está inspirada en 1Co 9,16-18: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí, si no evangelizo! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado. Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Que, evangelizando, lo entrego gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio”; también podemos leer en 1Tm 1,11: “Según el Evangelio de la gloria de Dios bienaventurado, que me ha sido confiado”. La segunda antífona dice: “Todo lo hago por el Evangelio, para ser partícipe del mismo. Aleluya” y está tomada casi literalmente de 1Co 9,23. La tercera antífona reza: “Dios me ha concedido la gracia de evangelizar a los gentiles las insondables riquezas de Cristo. Aleluya” y prácticamente repite el texto de Ef 3,8.

 

3.10.- En el segundo viaje por el río Yasuní, que se produjo después del asesinato de varios trabajadores de la petrolera a manos de grupos Aucas, lo que creó una situación de especial dificultad, Mons. Labaka se encuentra con unos cuantos Huaorani (grupo perteneciente a los Aucas), que les reciben “con grandes muestras de contento y simpatía”. Ellos trenzan unas coronas de palmera y se las ponen a los tres miembros del equipo misionero, con un mensaje: “Para que seamos buenos hermanos”. Alejandro queda profundamente impresionado por el gesto y las palabras, y apunta: “Así quedan restauradas las relaciones de paz y amistad entre nosotros. ¡Siento vergüenza y humillación de haber desconfiado tanto de ellos! Nos despedimos y regresamos hacia nuestro campamento, ahora solos, y con una gratitud profunda a Dios” (p. 142; cf. p. 148: “¡Te damos gracias, Señor, de todo corazón! ¡Te damos gracias, Señor, cantamos para Ti!”).

 

La acción de gracias a Dios está muy presente en el epistolario paulino, dar gracias a Dios es algo común en Pablo. Así aparece en Rm 1,8; 1Co 1,4.14; 14,18; Ef 1,16; Flp 1,3; Col 1,3; 1Ts 1,2; 2,13; 2Ts 1,3; 2,13; Flm 4. En muchas de estas citas, la acción de gracias a Dios se debe precisamente a la gente para la que escribe: ese “vosotros” del que Pablo destaca la fe (Rm 1,8; Ef 1,15; Col 1,4; 1Ts 1,3; 2Ts 1,3; Flm 4), la gracia de Dios que les ha sido otorgada, y que enriquece sus palabras y su entendimiento (1Co 1,4), el amor (Ef 1,15; Col 1,4; 1Ts 1,3; 2Ts 1,3; Flm 4), la colaboración prestada al evangelio (Flp 1,5), la esperanza (1Ts 1,3), la acogida de la Palabra (1Ts 2,13), la elección divina (2Ts 2,13). Todo progreso comunitario es, para Pablo, motivo de agradecimiento a Dios, como también ocurre con el misionero vasco.

 

3.11.- Como acabamos de ver, la segunda travesía por el río Yasuní ofreció al equipo misionero el consuelo de una paz recompuesta. Son momentos de encuentros amables y fecundos, “un oasis de cantos y rezos (…) ¡Fue una vigilia en la que, sobre el lodazal, se cernía el espíritu de la fusión de los hermanos en la fe de un Creador!” (p. 144). La explosión jubilosa de euforia que expresa ons. Labaka nos recuerda a Ef 4,5-6, donde Pablo, que exhorta a vivir de una manera digna de la vocación a la que hemos sido llamados, dice: “Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, actúa por todos y está en todos”.

 

CONCLUSIÓN

 

Mons. Labaka podía estar realmente contento al final de su Crónica, porque sus opciones de evangelización y sus esfuerzos misioneros iban progresando extraordinariamente. Casi al final de su diario, hablando de un encuentro entre el equipo misionero y los Huaorani, escribe: “Nadie ha tenido dificultades de entendimiento y todos se han desenvuelto por igual, porque todos han empleado el mismo lenguaje del amor en Cristo” (p. 235). Y el último párrafo de la Crónica (aunque añade un pequeño postdata) dice: “Saludo con gran confianza en Dios esta nueva etapa de verdadera hermandad de pueblos en una civilización del amor, dentro de esta pequeña parcela amazónica del Padre” (p. 236).

 

Llegados al momento culmen de su diario, llegamos al momento culmen de su experiencia y de nuestra fe: el amor. Dios es amor (1Jn 4,8.16; cf. 1Jn 4,7-10). “Como el Padre me amó, así también yo os he amado: permaneced en mi amor” (Jn 15,9); “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13); “Éste es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Para todo seguidor de Jesús, para todo cristiano, amar es el mandamiento principal, el que engloba a todos los demás (cf. Mc 12,28-31). De modo que, como discípulos de Jesús, estamos llamados a imitar al que dio su vida por todos: “En esto hemos conocido lo que es amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1Jn 3,16). Nada ni nadie nos podrá apartar del amor de Cristo: el bellísimo texto de Rm 8,35-39 puede servirnos de punto final a nuestra exposición, porque refleja perfectamente la experiencia de Mons. Labaka, de un amor de/en Cristo vivido y entregado.

 

La última fecha registrada en la Crónica es el 28 de abril de 1980. Siete años después, el 21 de julio de 1987, Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango morían alanceados por los Tagaeri, un grupo Huaorani con el que comenzaban a relacionarse. Cuenta el P. José Miguel Goldáraz, superior de la Misión, que el cuerpo de Labaka le pareció un altar: quince lanzas de tres metros y medio adornadas de plumas de colores le tenían clavado a la tierra; alrededor se veían huellas de haber danzado en círculo; su rostro reflejaba una paz inmensa y en sus labios se dibujaba una sonrisa. Estaría oyendo: “Ven, bendito de mi Padre; entra en el gozo de tu Señor”.

 

José Antonio Badiola Ugarte

 

Vitoria

 

3

 

ALEJANDRO LABAKA, PADRE DE LA TEOLOGIA

 

DE AMERICA LATINA

 

   Dividiré mi exposición en dos partes. En la primera haré algunas anotaciones sobre el sentido y alcance del título que encabeza esta ponencia. En la segunda presentaré, muy sumariamente, cuatro aportaciones ‘teológico-espirituales-pastorales’ específicas de Alejandro[33]. Respecto a ellas quiero adelantar ya, de momento, tres cosas: a) Que hablo de especificidad en sentido asertivo, no exclusivo. Alejandro ni ha sido el único, ni tampoco el primero en plantear algunas de las intuiciones fundamentales de las que hablaremos. Pero el hecho de plantearlas e insistir en ellas le sitúa en la órbita, a mi modesto parecer, de los grandes pastores y testigos de la fe que han brillado en el firmamento cristiano latinoamericano. b) Que las intuiciones y aportaciones a las que me refiero implican un cambio fundamental de perspectiva, un nuevo modo de ver, comprender y valorar, de sentir y priorizar, de vivir y actuar. c) Y, por último, que todas ellas configuran como un nuevo paradigma o un nuevo modo de entender y realizar la misión.

 

1ª PARTE: SENTIDO Y ALCANCE DEL TITULO

 

Reconozco que, en primera instancia, el título de esta ponencia puede provocar en alguien sorpresa e, incluso, fuertes reservas. Confieso mi propia extrañeza inicial ante un título que me venía dado y del que no recordaba que, al parecer, yo mismo era en buena medida el responsable. El pasado año, en el homenaje a Alejandro e Inés en la Facultad de Teología de Vitoria, al parecer dije algo que, si no coincidía literalmente con el enunciado que da título a esta ponencia, debía aproximársele mucho. Pero, justamente, una mirada más sosegada y crítica sobre el título me ha permitido – según creo – reconocer la idoneidad y oportunidad del mismo, así como perfilar mejor las coordenadas y características propias de los aportes de Alejandro Labaka en el ámbito teológico.

 

   Opino, por otra parte, que la carencia o el olvido de una atención más fina a dichas coordenadas y características hacen que algunas de las reflexiones sobre los aportes de Alejandro, aun señalando su originalidad, importancia y relativa novedad, no dejen de darme la impresión de encerrar en odres viejos un vino nuevo. Puede que esté siendo un tanto exagerado e injusto en mi apreciación. Pero, repito, esa ha sido a veces mi impresión.

 

1º.- Algunas dificultades o interrogantes o dudas razonables.

 

   Son básicamente tres:

 

1/.- En el enunciado se habla de “la” teología de América Latina (“padre de la teología…”, se dice). Así, en singular. Pero en América Latina siempre ha habido y continúa habiendo más de una teología. Como, por lo demás, acontece en otras partes del mundo cristiano. Por tanto, ¿de qué teología se afirma que es padre Alejandro Labaka y qué características tiene la misma? Y, por si alguien piensa, con cierta precipitación quizás, que el enunciado se refiere directa y estrictamente a la Teología de la Liberación, bueno será recordar que, siendo ésta ciertamente un fruto excelente del cristianismo latinoamericano más genuino, ni ella es la única teología que el mismo ha generado; ni esa teología es sólo latinoamericana; ni, así nos ciñamos sólo a esta corriente teológica en el Subcontinente, la misma es homogénea y uniforme. Por eso no está de más la pregunta: ¿de qué teología se afirma que Alejandro es padre?

 

2/.- Pero hay más. Alejandro ni fue ni pretendió ser nunca, propiamente, un ‘teólogo’. Al menos en el sentido formal y académico del término. Como es sabido, sus mismos superiores, en una ficha de orientación vocacional de fin de carrera, si bien no descartan que, dada su tenacidad y trabajo, Alejandro pueda especializarse con éxito en filosofía y teología, resaltarán que su talento, aunque suficiente, no es particularmente brillante, ni tiene tampoco la seguridad de expresión necesaria para la cátedra[34]. Puesto que Labaka no fue, pues, ni por preparación ni por ejercicio, un teólogo al uso, la pregunta es en qué sentido y de qué modo le reconocemos y atribuimos una significativa contribución a la teología en América Latina.

 

3/.- Y, finalmente, al otorgarle a Alejandro el calificativo de ‘padre’ en el ámbito de la teología, no sólo le estamos asignando ya cierta paternidad e impulso original en algunas áreas del pensamiento y el lenguaje de fe. Estamos atribuyendo a sus planteamientos, además, cierto aliento pionero y de novedad. El interrogante es, entonces, en qué y cómo se concreta exactamente esa novedad de enfoque y formulación teológicos, y en torno a qué contenidos.

 

2º.- Algunas precisiones y aclaraciones indispensables.

 

1/.- Sobre el pluralismo teológico en América Latina y, en consecuencia, de qué teología es padre Alejandro Labaka.

 

     a).- Ya he mencionado la diversidad teológica del pensamiento cristiano latinoamericano. En esta situación Alejandro, más que ser padre de una escuela o corriente teológica concreta, a partir de su presencia en Ecuador va quedando impregnado lentamente de una nueva mirada pastoral y de fe sobre la realidad: una mirada, ésta, que, por otra parte, viene a compartir cordialmente la que irá convirtiéndose en una de las notas más relevantes y significativas de la Iglesia latinoamericana. Y será, más especialmente, a partir del encuentro de Alejandro con los pueblos amazónicos en Aguarico, cuando aquella impregnación en un nuevo modo de mirar y de ver, – que comporta también, sin duda, un nuevo modo de estar, vivir y relacionarse -, se convierte para Labaka en incorporación a esa nueva inspiración eclesial e inmersión consciente en ella. Ello conlleva una nueva ‘perspectiva teológica’. En efecto, la nueva mirada pastoral y de fe sobre la realidad implica, de hecho, un nuevo camino (o metodología) para el conocimiento, que va de la vida – su densidad e interpelaciones – al pensamiento. Y éste se articula y expresa en un lenguaje de fe que, balbuciendo y tartamudeando en ocasiones, tentativamente casi siempre, trata de encontrar las palabras adecuadas..

 

     b).- Ya a partir de la fundación y primer encuentro en Río de Janeiro, en 1955, de la I Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, crece y madura con fuerza y vigor en el Subcontinente Americano una doble consciencia. Se percibe, por un lado, que la teología en general y, más en concreto, la espiritualidad, la pastoral, la liturgia, la moral, el derecho, etc. han sido mayormente en América Latina calco y copia – y , en el mejor de los casos, voluntariosa adaptación – de lo hecho en Europa. El dominio noratlántico tiene su efecto también en teología. Pero, por otro lado, significativos sectores de la Iglesia latinoamericana, de los que forman parte nutridos e ilustres grupos de obispos, experimentan vivamente la imperiosa necesidad de que esta Iglesia, su Iglesia, encare su propia realidad con una mirada propia. El espíritu y el aliento conciliares del Vaticano II posibilitaron este enfoque nuevo, que cuajó maravillosamente en Medellín[35] (1968). La nueva perspectiva, el nuevo enfoque o la nueva mirada han continuado vigentes en lo fundamental, no sin dificultades y tensiones, en ulteriores Asambleas Generales del CELAM (Puebla, Santo Domigo, Aparecida). Y han estado presentes también en otros encuentros de índole más sectorial, misionera y de pastoral indígena, como los de Melgar (1968), de Caracas e Iquitos (1971) etcétera. Creo que no se puede pasar por alto el enorme impacto que produjo en Labaka su participación como Prefecto Apostólico en la última sesión conciliar. No olvidemos que en ella se votaron 11 de los 16 documentos del Concilio, entre ellos el Decreto “Ad Gentes” con una renovada visión de la tarea misional. Y creo igualmente que sería ingenuo ignorar el impacto renovador que, no sólo para la Iglesia latinoamericana, de la que Labaka era y se sintió parte, sino para el mismo Alejandro, tuvieron algunos de los acontecimientos más particulares, circunscritos y modestos que acabo de mencionar. Me estoy refiriendo a todo un clima de renovación espiritual, pastoral y teológica. Y a un clima, además, desencadenante de itinerarios que, comprometiendo por supuesto individualmente, fueron simultaneamente en gran medida colectivos y compartidos.

 

     c).- Es en realidad al esfuerzo de encarar con honestidad y verdad la propia realidad, proyectando sobre ella una mirada de fe y pensándola con un pensamiento propio, al que Alejandro aportó notablemente, al menos en lo que atañe a la vida y actividad misioneras entre las minorías aborígenes. Por eso, a la pregunta de ‘respecto a qué teología decimos que Alejandro es padre’, yo respondo, teniendo en cuenta todo lo anteriormente dicho, que su contribución ha sido a un enfoque teológico que yo denominaría ‘contextual y de discernimiento’. No estamos en modo alguno ante una novedad absoluta. La atención a la realidad y la mirada de fe sobre ella era algo que ya venía de algunos movimientos apostólicos[36]. Y ambos elementos lo que pretenden y configuran en realidad es un ejercicio de discernimiento. Convencidos de que el Señor está presente en la historia y a través de ella nos habla, buscamos y le preguntamos por su voluntad concreta[37] sobre nosotros mismos, las instituciones de las que formamos parte y las tareas a realizar.

 

   2/.- ¿En qué sentido hablamos del aporte teológico de un no-teólogo?

 

     a).- Digamos ante todo que nos referimos aquí a teología en el sentido más primario y elemental de pensamiento y lenguaje de fe. Por medio de él comprendemos, expresamos, compartimos y damos testimonio de esa misma fe. Y añadamos a continuación que, a mi entender, lo más sólido y valioso del enfoque teológico que yo he denominado ‘contextual y de discernimiento’ reside en la densidad espiritual y pastoral del mismo. Ya el P. Chenu había recordado que “en definitiva, los sistemas teológicos no son sino la expresión de la espiritualidad. Aquí está su interés y su grandeza…”[38]. Gutiérrez hace suya esta visión de Chenu, pero, de modo más integral, subraya también la vertiente pastoral de la teología. Para Gustavo la teología es mediación que se sitúa entre la vivencia y el anuncio de la fe. Es inseparable de la espiritualidad y la pastoral. De ellas vive. Y a ellas tiende y trata de servir.

 

     b).- A partir de lo dicho se comprenderán mejor dos cosas que me gustaría resaltar. La primera es que los aportes teológicos de Alejandro se dan por lo general en rápidos apuntes, breves anotaciones, y pequeñas comunicaciones y reflexiones que tienen un marcado carácter espiritual y pastoral. Esto es, muestran sus vivencias, y sus inquietudes y preocupaciones misioneras[39]. Y la segunda cosa que considero de interés resaltar es el carácter y la estructura narrativas de las aportaciones teológicas de Alejandro. Un carácter y una estructura, éstos, nacidos por supuesto de la humildad de quien en modo alguno pretende darse ínfulas de lo que no es, sino dejar constancia de sus vivencias. Y, sobre todo, muy apropiados para un tipo de reflexión de fe situada y contextualizada en realidades inéditas, muy cuestionantes e interpelantes por su misma novedad; y apropiados también para una operación de discernimiento espiritual y pastoral que se desea compartido. Es ‘narrando’ lo que vive y le preocupa como Labaka nos aporta una nueva visión teológica. Al respecto, me parece fundamental que los cristianos y cristianas no olvidemos nunca la estructura narrativa de la teología evangélica, principalmente en los Sinópticos[40].

 

   3/.- En términos más precisos, concretos y directos ¿en qué aspectos o cuestiones teológicas podemos atribuirle a Alejandro una cierta paternidad o copaternidad, que comporte además la irrupción de una cierta novedad?

 

     a).- Ya he dejado claro con anterioridad que no me refiero a la paternidad de Alejandro en términos de exclusividad. Le reconocemos planteamientos originales y novedosos, aportaciones genuinas. Lo que no quiere decir que sea el único en plantearlas. Ello no obsta para que, como he indicado en otro lugar, considere a Labaka “en la estela de los grandes misioneros y pastores de la Iglesia en América Latina”[41].

 

     b).- A mi modo de ver, existen al menos cuatro contenidos fundamentales - pobres, salvación, evangelización, Iglesia – en torno a los cuales, o, al menos, a algunos de los aspectos a ellos vinculados, se opera en Labaka un verdadero cambio de perspectiva y aun, en ocasiones, una inversión en los planteamientos. En la referencia a los mencionados contenidos y a los cambios operados en Alejandro en cuanto a su comprensión y vivencia, consistirá la segunda parte de mi exposición

 

2ª PARTE: ALEJANDRO VIVIÓ Y PROMOVIÓ CUATRO CAMBIOS FUNDAMENTALES DE PERSPECTIVA

 

   Es lo que nos permite reconocerle con todo derecho cierta paternidad o copaternidad teológicas en las coordenadas anteriormente señaladas. Y, si Gustavo Gutiérrez llega a confesar, con toda humildad y penetración cristianas, que “toda la teología del mundo no vale lo que un solo acto de caridad”, también a la inversa cabe afirmar que la expresión suprema de amor que entraña la entrega martirial de la propia vida – martirio por el Reino en este caso -, presta y sella como con una autoridad añadida las intuiciones teológicas de Labaka.

 

1er cambio.- Los indios amazónicos, de infieles a pobres según el Evangelio:

 

   a).- Una concepción tradicional y por mucho tiempo dominante:

 

      Me refiero a la visión marcada por el “extra Ecclesiam nulla salus” entendido de forma estrecha y rígida. Quienes se hallaban fuera de sus márgenes eran considerados infieles o gentiles, y estaban en peligro de perdición. De ahí la necesidad de extender la Iglesia y de incorporar a ella a los infieles por la fe y el bautismo.

 

De esa concepción participó también Alejandro durante un buen número de años. Pocos meses antes de la conclusión del Concilio, en Julio de 1965, escribía así al P. General: “si nosotros no exponemos nuestras vidas, esos infieles nunca tendrán la oportunidad de beneficiarse de la sangre redentora de Cristo”[42]. Nótese la expresión “esos infieles”, referida a los AUCAS en general[43] y, más especialmente, a las etnias y grupos menos contactados o no contactados. En este caso además, así como en otros semejantes, al término ‘infiel’ a menudo suelen acompañarle otros de connotaciones bastante negativas, como el de “tribus salvajes” (ibidem). Y meses más tarde, en Noviembre de 1965, en carta al Papa Pablo VI, Alejandro escribía: “Tengo en la Prefectura tribus salvajes, conocidas con el nombre de AUCAS, que matan a los que entran en sus dominios y hacen también incursiones hacia las partes civilizadas donde siembran el terror con sus muertes” [44]. Es muy posible por eso que, cuando años más tarde, en 1983, en una entrevista en Radio Católica de Quito, Alejandro reconoce refiriéndose a los Huaorani que “Los hemos considerado como pueblos primitivos, salvajes, y, en fin, bárbaros en todo momento”[45], en el fondo esté refiriéndose autocríticamente también a sí mismo en el pasado. En éste, como he dicho, la idea misionera dominante era salvar las almas de los infieles incorporándolos a la Iglesia por la fe y el bautismo.

 

Alejandro sintió tempranamente la llamada a la vida misionera. En carta al P. Provincial, fechada a los siete días de su ordenación sacerdotal, le pide ser enviado a Misiones y le manifiesta su deseo de que el destino sea China. Pero lo que ahora nos interesa y resulta significativo es la explicitación de su motivación: “para extender la Iglesia y salvar las almas en misiones”[46]. Esta especie de correlación natural entre ‘actividad misionera/mundo infiel a convertir y salvar’ fue la que impregnó también sus años de misionero en China. Bastará con traer a colación dos ejemplos significativos. El primero es la doble anécdota, contada por el mismo Alejandro en un pequeño boletín, de la alegría de Fr. Francisco - por un lado - por la suerte de un viejecito del que dicho fraile decía: “nos llamaron a curarle, le explicamos un poco de doctrina y se bautizó; pocas horas después se fue al cielo…”; y - por otro lado y contrariamente - de la tristeza de la monja china Sor María Ly por la ancianita vecina, que había muerto sin bautismo: “…yo le había predicado algo – comentaba la Hermana – y tenía mucha esperanza de que en el último trance…pero no nos hemos enterado ni que estaba enferma y se nos ha muerto sin bautizarse”. Y Alejandro concluía su relato con este comentario: “Así son nuestras penas y alegrías”[47]. El segundo ejemplo se refiere al dato de la consignación, en los balances de la actividad misionera en Pingliang, de los cuantiosos bautismos de adultos y niños “in articulo mortis”[48]. El dato, de suyo normal, adquiere especial relieve y significación, si lo comparamos con lo que, más adelante, será la práctica de Alejandro entre los Huaorani. En efecto, en “Arriesgar la vida por el Evangelio”, su autor y biógrafo comentará: “Diez años con los Aucas ¡y ni un bautismo!” (pg. 185).

 

Pero aún habrá de pasar un tiempo. Ya he indicado más arriba cómo, en 1965, y siendo Prefecto, denomina ‘infieles’ a los grupos indígenas no contactados. En 1976, en carta a su hermana Felisa, pide que el Espíritu Santo hable por medio de él a los Aucas, “para que crean en Jesús y se salven”. Y, en abril de 1977, como “ministro del Evangelio”, producen una fuerte resonancia en su espíritu, como reconoce él mismo, las palabras paulinas: “Dios me ha concedido la gracia de evangelizar a los gentiles”[49]. ¡Gentiles! No se trata de ignorar, negar o eliminar la densidad bíblico-teológica del término. Será cuestión, más bien, de percibir e interiorizar, a la luz del Concilio (Ad Gentes, nn. 5 y 12) y de su recepción en la Iglesia latinoamericana, la novedad del sendero misional inaugurado por Cristo, que la Iglesia misionera debe recorrer y al que debe consagrar especialmente su vida: el sendero de los pobres y la pobreza.

 

   b).- Pueblos, etnias, grupos y personas en situación de emergencia:

 

A partir de 1967, el impulso gubernamental a la actividad petrolera en la selva – bajo el señuelo y la esperanza de un futuro desarrollo para todo el país – representará un impacto demoledor en el hábitat y los modos de vida tradicionales de los primitivos moradores amazónicos. Carreteras y caminos, nuevos colonos y trabajadores, impresionante maquinaria, prospecciones y explotaciones, campamentos, idas y venidas de los aparatos de transporte… transforman profundamente el ámbito natural y humano de la selva. Y son sus moradores ancestrales quienes van a verse más duramente afectados, poniéndose en serio peligro su propia sobrevivencia humana, étnica y cultural.

 

Pero estos cambios de situación van a ir propiciando simultáneamente, en los misioneros y en Alejandro, una nueva mirada. Los grupos indígenas más pequeños y dispersos van a ser percibidos con claridad creciente y con ojos evangélicos antes como ‘pobres’ que como ‘infieles’.

 

Con fino olfato franciscano atento a la minoridad, Labaka es sensible a la situación de los grupos amazónicos minoritarios, sintoniza con dicha situación y se deja afectar por ella. Su mismo vocabulario, al referirse a dichos grupos, es importante. Los menciona como “nuestras pequeñas minorías”[50]; como “pequeñísima minoría sin voz en el gran concierto petrolero”[51]; como “estas etnias pequeñas” que están bajo el influjo de toda la cultura nacional circundante y estarían llamadas a integrarse en ella, pero respetando su voluntad y decisión, su identidad y su ritmo[52], y como “grupos pequeños que no pueden subsistir como grupos independientes”[53].

 

Labaka y sus compañeros perciben que el impacto del impulso petrolero puede actuar como un cataclismo que ponga en peligro real de extinción biológica y cultural la existencia misma de estos aborígenes excluídos de la mesa nacional. Ya no estamos simplemente ante pequeñas minorías sociales. Evangélicamente, ellas son los más pobres que demandan atención, solidaridad y justicia. Con su fina sensibilidad de mujer la Hna. Inés lo reconocerá enseguida y mencionará a aquellas minorías a las que dedica sus correrías apostólicas, junto con Alejandro, como “los pobres, humildes y marginados que viven con nosotras”[54]. Y deja constancia de cómo “A estos pueblos marginados ha querido dedicarse con especial interés la Iglesia de Aguarico” [55]. El catequista Santos Dea lo ha entendido e interiorizado bien. Por eso, en 1980, tras un recorrido con Alejandro e Inés por familias Sionas y Secoyas, toma nota de la necesidad de detenerse “el mayor tiempo posible en los lugares más necesitados y abandonados”[56]. Pero es al parecer el propio Alejandro quien, en unas hojas sueltas sin firma ni fecha, pero del tiempo en que la Misión era aún Prefectura, explicita una opción que es ya compartida y común: “Por las minorías étnicas como centro de predilección del reino de Dios. […] Opción preferencial por aquellos grupos que están en situación de emergencia y en riesgo de extinción o exterminación biológica y cultural”[57].

 

Nos hallamos ante una opción que, entre otros, plantea, ya de entrada, tres requerimientos, cuyo rastro es fácil seguir en la vida y los apuntes de Alejandro. Primero: “encarnación en el mundo indígena con su cultura y sus valores”[58]. Segundo: una visión positiva y receptiva, no exenta de sentido crítico, pero tampoco meramente carencial, sobre la realidad sociocultural y religiosa de los grupos humanos primitivos amazónicos, de los que Labaka quiere ser “amigo” ( “memo” = amigo, hermano). Son “personas”; son “hermanos en Jesucristo”; tienen una cultura, la “cultura amazónica” (y algunos, como los Huaorani, “la cultura amazónica del hombre desnudo”, “una cultura de madurez sexual extraordinaria”), tienen “una vida de familia riquísima” y “unas cualidades que el mundo ha perdido y que tenemos que volver a recuperarlas”; “tienen su fe en Dios”, “su Antiguo Testamento que [les] señala el camino hacia Cristo”, “Jesús vive entre ellos en las semillas del Verbo”, si bien precisan de la plenitud de sentido y la universalidad que puede aportar la fe en Cristo Salvador[59]. Y el tercer requerimiento es el de una Iglesia comprometida con la defensa de la vida, la justicia y los derechos – incluído el de “un territorio ecológicamente suficiente para vivir y crecer física y culturalmente” – de los grupos étnicos minoritarios; y, en escrupuloso respeto a su voluntad e iniciativa y a sus propios ritmos, comprometida también con su promoción y desarrollo integrales[60].

 

2º cambio.- El segundo cambio tiene que ver con la comprensión y vivencia de la salvación. Y se manifiesta en torno a tres aspectos relevantes:

 

   a).- Primer aspecto: del escrúpulo moral a poner en riesgo la propia vida y la de otros “propter Evangelium”, al apremio evangélico a poner a salvo la vida de los aborígenes amazónicos en gravísimo riesgo de exterminio y extinción.

 

Ya he indicado que la voluntad de explotación de las diversas riquezas amazónicas provoca un progresivo y fuerte impacto en la augusta mansión de la selva, vista como hábitat de sus moradores originarios, que van a sentirse invadidos, amenazados y desplazados. Sobre todo el impulso petrolero (con sus carreteras, máquinas potentísimas, helicópteros y aviones, dinamitas, trabajadores, nuevos colonos…) incidirá en dicho impacto. Y la reacción defensiva de algunos de los primitivos habitantes de la selva se manifestará, a veces, en incursiones con resultado de muertes.

 

En este contexto general, con una voluntad sentida de evitar violencias y en el marco de una “campaña de acercamiento” a esos grupos autóctonos minoritarios, en el corazón y la mente de Alejandro surge una duda que, como Prefecto Apostólico, expresa en consulta al Papa en estos términos: “¿hasta qué punto puedo exponer la vida de los misioneros, seglares y la mía propia propter Evangelium?”[61].

 

Pero ya hemos visto cómo el contacto progresivo con algunas de estas minorías, la paulatina inserción en su mundo, la experiencia y valoración de la riqueza de su cultura y sus valores, y la constatación de que no sólo sus modos de vida sino su misma sobrevivencia individual y grupal se hallan en grave riesgo de extinción: todo ello lleva a Labaka y a la Misión de Aguarico ya no meramente a la defensa de las minorías amazónicas, de su territorio vital, de sus modos de vida, de una moratoria de prospecciones en territorio huaorani, etcétera, sino a hacer de la opción evangélica por la defensa y protección de la vida de los otros – en este caso de los grupos en situación de emergencia – su opción preferencial[62]. Lo que aquí resuena es el eco evangélico de la llamada a ponerse al servicio de los últimos, de la invitación a arriesgar la propia vida para que los otros la tengan en abundancia. Es la llamada de aquel amor ‘mayor’ que pone en juego la vida propia para poner a salvo la del hermano gravemente amenazada y en peligro cierto. Aquél “no hay amor mayor…”, de Jesús, se le presenta a Alejandro como un requerimiento evangélico de primer orden. Pienso, además, que, de hecho, ahí se va a materializar en él a la postre su viejo anhelo martirial.

 

   b).- Segundo aspecto: de la salvación de las almas, a una vivencia y comprensión más integrales de salvación.

 

Este es el segundo aspecto de la salvación en el que se opera un cambio. Va de la mano con el anterior. Transita de una visión estrecha y parcial de salvación a otra más amplia e integral. Y, en cierto modo, la hace también descender del cielo a la tierra. Es comprensible que una sensibilidad de fe que pone su acento en los pobres y ancestralmente olvidados, redescubra y recupere también vertientes o dimensiones de la salvación no debidamente reconocidas como tales.

 

Tengo la impresión de que, en nuestro caso – es decir, el de Alejandro -, el tránsito de una comprensión a otra ha sido fruto antes y más de una praxis evangélica que de un proceso meramente reflexivo; antes y más de un amor efectivo que, como el de Jesús, pone vida allí donde ésta se halla golpeada y disminuída (y, en fidelidad a Mt. 25, 31-40, reconoce al Señor demandando atención y cuidados en la precaria situación de etnias y grupos minorizados), que de una simple evolución discursiva de conciencia. Creo, además, que las situaciones inéditas de la propia vida misionera propician esta nueva comprensión.

 

Sabemos por carta a su hermana Felisa que, en vísperas de partir para China, en Zaragoza, Alejandro va a pedir la gracia de dar su vida “por Jesús, por María y por las almas”[63]. ¡Por las almas!, dice. No obstante, en China, la principal actividad que desarrolló en los cinco años y medio que permaneció en el país fue la medicina, la curación de los cuerpos, de las personas en sus problemas de salud[64]. Más tarde, en Aguarico, con los grupos étnicos desprotegidos y en emergencia, más concretamente entre los Huaorani, la ocupación formal fundamental de Alejandro no va a alejarse mucho de esas pautas: atenciones primarias elementales, procura de cuidados curativos, pequeñas ayudas en especie que suponen mejorar en algo su situación, favorecer una mínima promoción - siempre a petición de ellos y evitando el paternalismo -, y, sobre todo, defensa y lucha por el reconocimiento de su dignidad y sus derechos ante la Nación y las instancias gubernamentales. Teniendo la ocupación material fuertes similitudes, ¿qué es entonces lo que va a ir cambiando entre un momento y otro en la vida de Alejandro? La comprensión práctica del contenido y significado salvíficos de toda esa actividad: de amor gratuito, incondicional y samaritano, gestual y concreto, empeñado en salvaguardar la vida de los pobres - don primordial de Dios, según Tomás de Aquino - y en que ésta sea plenamente humana.

 

En China Alejandro había dedicado largo tiempo al estudio de la gramática y el diccionario[65]. En parte, sin duda, por la preponderante vinculación conceptual entre evangelización y verbalización. Otras tareas no pasaban de ser vistas, estratégicamente, como preparación para el Evangelio. Ahora, en cambio, desconoce la lengua de los Huaorani, salvo unos rudimentos ínfimos. Se siente urgido a su aprendizaje[66], por supuesto. Y procura poner los medios para ello. Pero lo imprevisto de los acontecimientos y la necesidad de dar una respuesta inmediata a una situación de emergencia le apremian a tener que poner en práctica un nuevo lenguaje. Por eso va a hacer del lenguaje global y radical del amor - que acoge pacíficamente a los indios, comparte con ellos y se deja despojar por ellos, va a su encuentro y busca su amistad, y se compromete con ellos y su causa -  la vía dominante de comunicación y encuentro. Será un amor, como el de Jesús, de indudable y honda trascendencia. Con momentos sublimes como el del ritual espontáneo, con imposición de manos incluída, del desnudamiento de sí para renacer, como hijo adoptivo de la selva, en la nueva familia de Inihua y Pahua[67]; y otros más prosaicos y cotidianos, pero no por ello menos trascendentes por vitales y necesarios, como los de procurar la leña, acarrear el agua, cuidar el fuego o, simplemente, compartir por la noche, piel con piel, el calor corporal. Unos y otros momentos, a fin de cuentas, se abren al misterio de la vida y la sirven humildemente para que pueda ser más plena. ¿Acaso todo esto no es amorosa expresión del evangelio de vida y salvación de Jesús?, ¿acaso no es evangelio de vida en actos concretos?

 

Así lo va entendiendo, creo, el mismo Labaka. Los Huaorani son un pueblo recolector, cazador y con una incipiente agricultura. Un pueblo que, quizás por exigencias de búsqueda de seguridad al amparo de la selva interior, puede que olvidara prístinas artes de navegación fluvial. Por eso, tras el interés mostrado por la quilla de los misioneros[68], en una visita posterior en la que Alejandro se hace acompañar de tres seglares quichuas, éstos enseñarán a los Huaorani el modo de construir canoas. Y de este pequeño gesto de un compartir promocional escribirá Alejandro: “La jornada que han realizado los tres misioneros seglares quichuas es, sin duda alguna, una verdadera evangelización por la promoción. Decir que es una ‘preevangelización’ me parecería decir demasiado poco”[69]. Alejandro atisba en dicha promoción una vertiente evangélica y salvífica.

 

No es, pues, de extrañar que del lenguaje global del amor antes mencionado escriba Juan Santos a Alejandro, por entonces en España: “Nos ven con toda claridad como distintos a los otros, precisamente por este amor y entrega incondicionales”[70], que, lejos de ser una amenaza, comportan vida. Y tampoco sorprende que la Hna. Inés se exprese así: “no conocemos su lengua […] pero el lenguaje del amor puede mucho más […] entonces parecía que nos entendiéramos”[71].

 

   c).- Tercer aspecto: de una visión ‘extrinsecista’ de la salvación, como desde fuera, a una percepción de que la vida de los pueblos amazónicos está positivamente inserta en el designio salvífico de Dios y de que su historia es historia de salvación:

 

Sabemos, por supuesto, que sólo Dios salva. Pero, a su servicio y en contexto misionero, a menudo hemos podido dar la impresión de ser portadores de una salvación que, en expresión a la llana, venía de fuera. Como si los pueblos, las culturas y las personas no fueran, respecto a ella, más que tabla rasa, simple apertura o resistencia, mera y pasiva receptividad en suma. Nos ocurría, en este punto, lo que con la práctica piadosa de la presencia de Dios en el ámbito de la vida cotidiana que denominábamos profana: que nos comportábamos como si Dios no estuviera ya presente en dicho ámbito, como si le introdujéramos desde fuera mediante un acto nuestro consciente, como si sólo entonces la vida adquiriera verdadera densidad salvífica y tuviera trascendencia.

 

Es de sobra sabido que el Vaticano II y, más concretamente, su Decreto sobre la Actividad misionera de la Iglesia (Ad Gentes), comportaron un profundo cambio de perspectiva. Sin negar la presencia del mal y sus efectos, reconocieron y subrayaron “cuanto de bueno se halla sembrado en el corazón y en la mente de los hombres o en los ritos y culturas propios de los pueblos” y que está llamado a su perfeccionamiento y plenitud escatológica[72]. ¿Cómo vivió Alejandro este tercer aspecto ‘inversivo’ en el contenido cristiano de salvación? Lo irá interiorizando y explicitando en su dedicación a los Huaorani.

 

En algunos papeles de su archivo, cuya autoría se le atribuye y que vendrían a ser como apuntes para una alocución radiofónica, tras cuestionar nuestra frecuente y absurda pretensión de llevar al indígena a un “Jesús [como] empaquetado en una cultura diferente y muchas veces hostil”, razón por la que a menudo no es comprendido ni aceptado, afirmará su convicción: de que “Dios crea todas las cosas en Cristo y para Cristo”; de que, “desde la creación, todos los pueblos están destinados por Dios hacia Cristo”, de que todo está orientado hacia El, “también la historia de los pueblos primitivos Quichua, Huaorani, Secoya, Siona, Cofán”; de que, “Por tanto, en la vida de los indios ya está trabajando Dios conduciéndolos a Cristo”; y de que “La revelación del misterio escondido de Dios (Efesios) consiste precisamente en ese descubrimiento del horizonte universal de salvación”[73].

 

Entre los Huaorani se tratará, en consecuencia, de “descubrir a Cristo que vive en su cultura y que se nos revela como Huao y como Huinuni” (Dios creador)[74]. Un Cristo al que Alejandro reconoce y al que ora como[75] “el Señor de la Historia del Pueblo Huaorani”. En la historia de este pueblo, en sus mitos, leyendas y plegarias hay, por tanto, revelación, hay salvación. Florecen y se viven en él verdades y valores fundamentales que “le hacen digno de la vida eterna”. Por eso verá al indígena Nampahuoe como a un “anciano profeta del A. T.”[76]. Incluso irá a visitarle con verdadera devoción de peregrino “ para ver a estos profetas del antiguo testamento Huaorani que, como Simeón y Ana, están próximos a cantar el ‘Nunc Dimittis’ con una entrega de su pueblo a Cristo, Alfa y Omega de su historia” o “el ‘nunc dimittis’ de la liberación de su pueblo por Cristo”[77].Y, tras su fallecimiento sin bautismo, afirmará Alejandro: “tengo la firme esperanza de que está en el cielo”. Y esto tanto por las razones mencionadas, como por los años vividos según su conciencia por el viejo profeta de la selva y por la purificación de su larga enfermedad[78].

 

Con tal “convicción de que Dios está trabajando dentro de la vida de los pueblos indios conduciéndolos a Cristo”, nada sorprende que Labaka incida en actitudes de valoración espiritual y religiosa de la vida de los Huaorani; de respeto a sus ritmos, sin forzar sus convicciones y su conciencia[79]; de adoración, alabanza y acción de gracias, capaces de experimentar la presencia y acción de Dios en el mundo indígena, y de reconocer en sus recitados nocturnos un aliento como el de las salmodias davídicas[80]; y en actitudes de desnudamiento espiritual y combate a toda pretensión de suficiencia, para poder “descubrir las semillas del Verbo” y aprender una ”nueva forma original e inédita de vivir el Evangelio”[81].

 

   3er. cambio.- Los misioneros/as ( y la Iglesia misionera) : de evangelizadores a evangelizados:

 

Nos hallamos ante una rica experiencia espiritual y pastoral. Ha sido abundantemente confirmada en América Latina. Ya los militantes cristianos comprometidos en lo que denominábamos “trabajo popular de Iglesia” la vivieron y reconocieron en sí mismos tempranamente. Inicial y ‘familiarmente’, en Perú, Gustavo Gutiérrez la tematizó bajo la expresión de “el circuito evangelizador”. Y Puebla recogió y consagró su riqueza teológico-pastoral al hablar del “potencial evangelizador de los pobres”.

 

En Enero de 1977, tras una visita a algunas familias Huaorani, en el accidentado y dificultoso retorno a pie al campamento, con un Alejandro agotado, con calambres y vómitos, serán los expertos guías Huaorani – en palabras del propio Alejandro – quienes “se convierten en incondicionales cirineos de mi peregrinación”. Le sostienen para que no caiga, le ayudan a pasar puentes improvisados, le animan, le muestran el camino y le ayudan a llegar a la meta. Labaka comentará: “Cristo hace resaltar mi debilidad para que brille más la fortaleza de su actuar en ellos”[82]. Desde que leí Crónica Huaorani esta estampa se convirtió para mí en una metáfora del recíproco y constante dar y recibir en la actividad evangelizadora. Esta vertiente es tan decisiva que , en la ya mencionada entrevista a Alejandro de 1983 en Radio Católica de Quito, confesará: “El pueblo Huaorani me ha renovado en mi idea misional”[83].

 

¿Cómo sorprenderse? En el informe que como representante de los capuchinos de Aguarico presenta en el Capítulo de la Provincia de 1981 habla de una acendrada vocación misionera en sus hermanos, deseosa de “dejarse evangelizar por los pobres” y de revestirse “con las semillas del ‘franciscanismo’ que se encuentran con profusión entre los pobres de la Amazonía”[84]. Años antes, en 1978, había anotado: “Creo que, antes de cargarles de crucifijos, medallas y objetos externos religiosos, debemos recibir de ellos todas las “semillas del Verbo” ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido”[85]. Y un año después, en 1979, volverá a incidir en la necesidad de descubrir las semillas del Verbo en la vida del pueblo Huaorani, poniendo un énfasis especial en la necesidad de ir “espiritualmente desnudos para revestirnos de Cristo que vive ya en el pueblo Huaorani y que nos enseña la nueva forma original e inédita de vivir el Evangelio”[86]. Una pequeña concreción de esto podemos verla en un doble testimonio de la Hna. Inés. El primero tiene lugar a propósito de una parada apostólica con un grupo de Sionas en una de las correrías. Tras compartir con ellos techo y pan, Inés comenta: “Estos practican las obras de Misericordia a carta cabal: dan posada al peregrino sin mirar quién es. Esto es verdaderamente admirable y en muchas cosas nos dan ejemplo y podemos decir: Somos evangelizados por los pobres”[87]. El segundo testimonio va dirigido, al parecer, a las hermanas de su querida Provincia de San José. Les dice: “tal vez vamos a evangelizar, pero somos nosotras las evangelizadas”[88]. Cabe suponer que, con tan profunda sintonía de espíritu como tenían, Inés y Alejandro compartían también esta convicción.

 

Así lo explicitará él mismo[89]: “Dejémonos evangelizar. En la mutua convivencia fraternal entre evangelizadores y evangelizandos [éstos] podrá[n] llegar a descubrir dónde está la llamada de Dios que revela la presencia liberadora de la acción del Espíritu de Jesús en su vida y su historia: el resultado de tal acción evangelizadora será que los propios evangelizadores acabarán siendo evangelizados por el nuevo pueblo de Dios”.

 

   4º cambio.- De pioneros fundadores y plantadores de iglesias a parteros de la ‘eclesiogénesis’, es decir, parteros del proceso de alumbramiento de iglesias particulares y locales que, a impulsos del Espíritu, nacen y renacen de la respuesta de fe que los pobres – grupos minorizados, etnias indefensas e ignoradas, pueblos excluídos – dan a Cristo, cuya semilla reconocen siempre presente en su propia historia y su cultura.

 

Alejandro va a vivir también este tránsito de una concepción expansionista de la Iglesia a otra de eclesiogénesis en la que ella, una y universal, renace desde abajo, sea como comunidad o como iglesia particular y local, en los diversos contextos humanos, étnicos, sociales, culturales y religiosos. En el inicio del desarrollo de dicho tránsito, según su biógrafo Rufino María Grández, la fecha de 1976 será decisiva. A partir de ella va a tener lugar una lenta, progresiva, recíproca y providencial irrupción: la de los Huaorani en la vida de Alejandro y la de éste en la suya.

 

Imagen y expresión a nivel individual de la temprana percepción de la necesidad de un renacimiento también comunitario eclesial será el emocionante rito de adopción a Alejandro por parte de su nueva familia Huaorani de Inihua y Pahua. El momento, aunque espontáneo, adquiere una honda densidad simbólica espiritual, y hasta gestual y ritual. Alejandro ha tomado la iniciativa y quiere manifestar su voluntad de un despojamiento y renacimiento, desnudo – así nacemos –, a una nueva realidad. Por eso se despoja de sus ropas para, concluído el rito, volver a vestirse. Pero él, aun siendo el mismo, era ya distinto. Se sentía parte de algo nuevo. Alejandro lo describirá así: “Me desnudé completamente y besé las manos de mi padre y de mi madre Huaorani y de mis hermanos, reafirmando que somos una verdadera familia. Comprendí que debía despojarme del hombre viejo y revestirme más y más de Cristo […]. Todo se desarrolló en un ambiente de naturalidad y emoción profunda, tanto para ellos como para mí”. Y, significativamente, añade: ”sin poder adivinar todo el compromiso que este acto puede entrañar para todos”[90].

 

Esto acontece en las Navidades de 1976. Y esta fiesta fue sin duda para él una oportunidad de agradecido reconocimiento, de compromiso y de esperanza. De reconocimiento de que, antes de que los misioneros pisaran tierra Huaorani, el Dios creador, el Espíritu de vida y el Cristo encarnado que abraza amorosamente al universo entero ya les habían precedido. De compromiso con un itinerario de descubrimiento y acogida en fe, juntamente con el pueblo huaorani, de los modos de presencia y acción divinos en las costumbres, modos de vida y organización, cultura y expresiones religiosas Huaorani. Y, finalmente, de esperanza respetuosa, paciente y sostenida en la floración futura de una comunidad cristiana, genuinamente católica justamente por ser también, con el imprescindible discernimiento en el Espíritu, Huaorani de nacimiento[91].

 

En la evolución que abordamos en este apartado jugó un papel relevante al parecer, al amparo de otras directrices eclesiales de fondo, el Consejo Plenario de la Orden de 1978 en Mattli (Suiza) con su tema de reflexión sobre “Vida y actividad misionera”. La visión de una Iglesia entendida básicamente como comunión, el nuevo acento puesto en las iglesias particulares y locales, la renovada valoración de las pequeñas comunidades, una mejor comprensión del papel de la Iglesia que envía, etc., van a provocar esta reflexión del mencionado Consejo Plenario: “En este estado de cosas los misioneros se convierten de fundadores dinámicos de Iglesias en colaboradores, de hombres de iniciativa y de decisiones autónomas, en hombres de diálogo, de escucha y, en cierta medida, de obediencia y disponibilidad” [92]. Y continúa hablando de desasirse y replegarse a segunda fila, de ser hermanos, de verse más como un ‘invitado’ que como un ‘enviado’ con decisión unilateral…

 

Se comprende, en tal contexto, que, a la pregunta de para qué van a los Aucas, Alejandro responda: “Sencillamente queremos visitarles como hermanos. Es un signo de amor, con un respeto profundo hacia su situación cultural y religiosa. Queremos convivir amistosamente con ellos, procurando descubrir con ellos las semillas del Verbo, insertadas en su cultura y en sus costumbres”. La reflexión es de 1978.

 

Y en 1983, en la entrevista que se le hace en Radio Católica de Quito, aludiendo a la metodología misional con los Huaorani, abundará en la misma idea, siempre con la premisa del respeto hacia ellos: hay que llevar hasta lo último las consecuencias del principio de las semillas del Verbo. Al respecto comentará el P. Rufino Mª Grández: “Ideológicamente estamos a gran distancia del planteamiento que se hacía en China, cuando tanta preocupación se tenía por agregar nuevos hijos a la Iglesia mediante el bautismo”[93] y se tenía la visión de una Iglesia, de hecho predominantemente eurocéntrica, a expandir e implantar.

 

A MODO DE CIERRE FINAL

 

1.- He indicado en este trabajo el sentido y alcance de nuestro lenguaje sobre la teología de Alejandro y he tratado de mostrar las que, a mi entender, constituyen algunas de las características significativas de la misma:

 

   a).- Un enfoque nuevo, caracterizado por una mirada de fe sobre la realidad propia, y que reconoce a esta como lugar teológico y de discernimiento en la búsqueda de la voluntad del Señor sobre nosotros en un contexto dado. La voluntad del Señor tanto en lo individual como en lo institucional y eclesial. He denominado a ese enfoque ‘contextual y de discernimiento’.

 

   b).- Una enorme densidad espiritual y pastoral, que se explicita a través de una estructura narrativa de convicciones y vivencias íntimas, y de interpelaciones, dudas e interrogantes sentidos y preocupantes. Es narrando[94] con honestidad y sencillez todas estas vivencias y cuanto ellas comportan, como Alejandro va desgranando – casi sin pretenderlo, podríamos decir – sus propios e importantes aportes. Estos se nos presentan en el nivel de lo que Gustavo Gutiérrez denomina ‘teología en acto primero’ o ‘ primer acto teológico’, que es el de la vivencia y la práctica misma de la fe sentida, compartida y testimoniada. En ellas, como ya hace tiempo señalaba Leonardo Boff, se da ya implícita una articulación teológica – de primer nivel, podríamos decir -, que tendría un carácter intuitivo y sapiencial. Sobre ellas vendría posteriormente[95] una reflexión crítica y sistemática. Esta reflexión por tanto, como teología en sentido más estricto y formal, llega después como acto segundo. Pero siempre convendrá recordar con Gustavo Gutiérrez que lo que viene después es la teología, no el teólogo.

 

2.- Me atrevería ahora a añadir algo más a lo dicho, sin el temor de ser mal entendido. Teniendo además muy presente, sobre todo, que, a pesar de las dificultades y aun obstáculos de toda corriente nueva en la Iglesia[96] para abrirse camino, la T.L., no sólo jamás ha sido condenada[97], sino que fue declarada oportuna y aun necesaria por Juan Pablo II en carta a los Obispos de Brasil; que, siendo aún prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe y tras los diálogos correspondientes, Ratzinger firmó, selló e hizo saber en documento oficial que la teología del mundialmente reconocido como ‘padre’ de la T.L., Gustavo Gutiérrez, es plenamente ortodoxa y conforme con la fe católica; y que, siendo ya el Papa Benedicto, Ratzinger designó como custodio de la ortodoxia, poco antes de su renuncia al papado, al Arzobispo Müller, un confeso y reconocido converso a los postulados de fondo de la T.L. Pues bien:

 

   a).- Labaka no es ni pretendió ser un teólogo de la liberación en sentido estricto y formal.

 

   b).- Pero lo anteriormente dicho sobre el nuevo enfoque de su pensamiento y lenguaje de fe; los cambios de perspectiva o el nuevo paradigma desde donde afronta cuestiones de tanto calado como las de los pobres, la salvación, la evangelización, la Iglesia; y, en especial, dos cuestiones decisivas: 1ª/ que lo más determinante no es la teología , sino la liberación que le da sustento y sentido evangélicos y salvíficos, efectividad histórica y plausibilidad, y 2ª/ que en las narraciones de Labaka están vivamente presentes los tres ejes o las tres intuiciones fundamentales con las cuales y en torno a las cuales se entreteje la T. L.( a saber, los pobres, la praxis del amor y la unidad de la historia como historia de salvación)… todo esto hace que, a mi modesto entender y al menos para mí, Alejandro Labaka sea con todo derecho uno de los grandes e ilustres miembros de la gran familia teológica liberadora. Un miembro a sumar a la lista de insignes Pastores de la Iglesia en el Subcontinente.

 

   c).- Fue, sin pretenderlo y en forma indirecta, vital actor y promotor de la mencionada familia teológica liberadora en el contexto inédito de los pueblos amazónicos originarios y de los nuevos pobladores de la Amazonía. Todo un contexto, además, complejo y tenso a causa de los rápidos y agudos cambios operados en la selva y sus habitantes por el desordenado afán explotador de sus riquezas.

 

                               Guillermo Múgica Munárriz

 

Pamplona

 

 

4

 

HNA. INÉS ARANGO: HASTA DAR LA VIDA. CON EL ESTILO DEL BUEN PASTOR.

 

Introducción

 

Hablamos de Inés en este momento porque estamos hablando también de Alejandro, y sus vidas se han unido en nuestra memoria, y en nuestro corazón para siempre, al entregarlas martirialmente por amor a sus hermanos, aquel 21 de julio de 1987.

 

De no ser así, Inés, como cualquiera de nosotras, sus hermanas, en la misión de Aguarico o en cualquiera de los treinta y dos países en los que vivimos, habría pasado desapercibida en las tareas más cotidianas y sencillas. Habría quedado en todo caso, en el corazón de las gentes, la huella y el testimonio de su vida, como mujer de fe, alegre, entregada a Jesucristo en su fraternidad y para los que más necesitaban; luchadora, deseosa y empeñada por vivir en coherencia aquello que creía... y poco más.

 

Al organizar este congreso, se me propuso un título: “Inés Arango: hasta dar la vida”. Acepté sin ninguna duda porque me pareció, además de sugerente, que recogía lo mejor que se puede decir de Inés. La entrega de la vida no es cuestión de un momento puntual, o como se nos ha dicho en el tríptico que anuncia este evento, “el momento crítico de dar la vida”. Es más bien un “largo momento”, un largo camino, que dura toda la existencia, hasta darla por completo, sin reservas.

 

Nos queremos acercar de esta forma a la vida de Inés, para recordar lo que ha sido raíz, sustento, fuente, alimento, soporte, apoyo… todo aquello que está “por detrás” de la persona, aquello que la construye cuando se pone en camino.

 

También nos acercaremos a su vida para constatar aquello que le ha resonado “por dentro”, lo que ha sido el motor de su existencia, la razón última que le ha movido a vivir en entrega total, a actuar arriesgadamente, aquello que le ha sostenido, animado, impulsado a lo largo del camino.

 

Y por fin nos acercaremos a la vida de Inés, para ver cómo ella, escuchando esa música profunda que la llenaba cada día de vigor evangelizador, pudo descubrir lo que está “por delante”; cómo descubrió que la vida sólo tiene sentido si se entrega, y además, con el Evangelio en la mano, si se entrega a los más desfavorecidos de la tierra. Así pues, por detrás, por dentro, por delante…. Nos acercaremos a “Inés Arango: hasta dar la vida”.

 

Lo que está “por detrás”

 

Inés nació en “la ciudad de la eterna primavera”, en Medellín (Colombia), en el año 1937. Tuvo la enorme fortuna de nacer en el seno de una familia creyente, de profunda religiosidad. De sus padres y hermanos aprendió, como por ósmosis, el valor de creer, de orar, de servir al prójimo... Una fe, vivida con libertad en lo cotidiano, en lo más simple y sencillo, que supo ir haciendo propia a lo largo de su vida. De ellos también, heredó una vitalidad, una energía, un genio y un sentido de las cosas poco comunes, que le permitieron afrontar los momentos difíciles de su existencia con suma libertad.

 

Siendo adolescente, los sueños misioneros de Inés, iban evolucionando entre travesuras y rebeldías. Si entendemos la palabra “soñar” tal como la define el diccionario: “anhelar persistentemente algo”, podemos decir que, Inés soñaba desde temprana edad con ser misionera.

 

Unos meses antes de entregar su vida en la selva, escribe a su hermana menor, Ana Isabel, con motivo de su cumpleaños. En pocas palabras le habla de sus sueños, de su “anhelo persistente”: …el ideal mío, fueron los aucas...; anhelo de atenderlos, de entregarse a ellos: ... no les dejaré nunca, cuésteme lo que me cueste[98]. Sabemos, que le costó la vida.

 

Quienes la conocieron desde niña, tienen una palabra clave para definirla: alegre. Su alegría, espontánea y natural, le viene a Inés de una tierra festiva, su tierra de Antioquia, de hombres y mujeres alegres, locuaces y con Dios en el corazón.

 

Alegría y seriedad, van a ir definiendo desde muy pronto la forma de ser de Inés. Seriedad, mezclada de timidez, que comportaba una mirada verdadera, sincera, sin engaño ni doblez, ante lo que sucedía. Era tímida pero a la vez enfrentaba las cosas que se le presentaban con toda valentía. Si a esto, añadimos su energía desbordante... Dicen que Inés, era fuego… Poco se necesitaba para que resultase en su momento, una adolescente... brincona, avispada, frentera  y siempre, juguetona y feliz. Y también que: Cambiaba fácil de genio, era impositiva, se subía con facilidad pero también se bajaba con facilidad[99].

 

Entre travesuras y rebeldías adolescentes, Inés iba creciendo en la fe. Todos sabemos que es necesario que la semilla de la fe se siembre, y que germine, y que dé fruto... y si puede ser, fruto abundante. Por eso, es importante que se nos anuncie la Palabra… con la palabra, con el testimonio de vida... y además: escuchar, no acallando en nosotros las inquietudes, los anhelos, los deseos. Algo de esto, ocurrió en Inés.

 

La vivencia cristiana, la inquietud misionera vivida en su familia, en la Parroquia, en la escuela... fue siembra abundante en la persona de Inés, como semilla que encontró tierra adecuada, tierra buena. Y es que, Inés, desde muy joven, no acalló las inquietudes. Avivó siempre el deseo y supo nutrirlo, alimentarlo, entre dificultades y sufrimientos.

 

 El amor infantil a María, recibido por ósmosis en el rezo del rosario siendo niña, maduró en Inés a lo largo de su vida. El amor vigoroso a la Virgen Inmaculada, siempre fue una constante en la persona de Inés. Dicen algunos que lo que pronto se aprende, tarde se olvida. Inés comprendió al fin, en su propia existencia, la presencia de María en la vida de Jesús al pie de la cruz.

 

La eucaristía, la oración, el amor a la Virgen, son elementos en los que siempre Inés apoyó su vivencia de la fe, le impulsaron, sin la menor duda, a vivir hasta las últimas consecuencias la entrega generosa a los demás y en su día, la entrega de la propia vida hasta el martirio.

 

Nos podemos preguntar: ¿en qué momento de la vida de Inés se inició el deseo de ser misionera?

 

Las religiosas fundadas en Colombia por la Madre Laura Montoya[100], familiarmente conocidas con el nombre de “Lauritas”, editaban, en los años 1950/51, la revista divulgativa “Almas”. Su contenido era puramente misionero; plagado de relatos sobre la vida de los pueblos indígenas, y de cómo vivían con ellos las Lauritas, que evangelizaban atendiéndolos en sus necesidades, en los lugares más recónditos y alejados de la tierra. Sabemos que Inés, leyó y releyó con enorme interés esta revista, que le solía llevar, al internado de las terciarias capuchinas en Yarumal (Colombia),su compañera y amiga Laura Salazar.

 

- Yo tenía una tía, se llamaba Julia, que estuvo con la Madre Laura, le ayudó en la fundación. A la casa de mis abuelos llegaba la revista “Almas” y con mucha frecuencia yo se la llevaba a Inés. Había un artículo que trataba de las misiones, se llamaba "noches hogareñas", era feliz leyendo esa revista… y también, comentando entre las dos la vocación, ella decía: “Si no me reciben de capuchina, me voy así sea como de Laurita; porque yo quiero ser misionera[101].

 

La lectura ávida de estos relatos, el comentario sobre la vida de las Lauritas, la sorpresa y el interés por la situación de los indígenas y su modo de vida, eran habituales en el internado. Largos ratos discutiendo, soñando con sus compañeras esta aventura, pudieron alimentar en Inés sus sueños misioneros.

 

Y, ¡cómo no! dejaron también su huella en Inés, las Terciarias Capuchinas, que en la vivencia cotidiana del internado con el grupo de muchachas, transparentaban su modo de ser franciscanas, por añadidura capuchinas y, con el “carisma”, con ese “toque especial” que les legó su fundador, Luis Amigó. Ese “toque especial” no era otro que la entrega incondicional a los últimos, a aquellos que no va nadie… viviendo en la sencillez y alegría de la caridad fraterna… nutrida en la Palabra de Dios y en la Eucaristía[102]. Entrega incondicional, por amor a Jesucristo encarnado, hecho uno de nosotros, nacido de María; por amor a Jesucristo Buen Pastor, que busca a quien se ha perdido; por amor a Jesucristo que ha dado la vida por nosotros, muriendo en la cruz y resucitando. Todo esto, con el estilo de la Sagrada Familia, viviendo en fraternidad, disponibles, dispuestas y entregadas[103]. Las Terciarias Capuchinas, que llegaron de España a Colombia para ser misioneras... ¡Tantas veces Inés repitió esto! ¡Lo reivindicó en su propia Congregación! Nos podemos imaginar a Inés en este ambiente. Sin duda, momentos decisivos de siembra misionera en su corazón soñador. Los sueños de Inés, se convertirán, poco a poco, en deseos. Los deseos, ¡al fin!, en realidades.

 

Inés en esta época de adolescente, va haciendo sus pequeñas-grandes opciones, y sus pequeños-grandes discernimientos. Aquellas lecturas de la vida entre indígenas, todas las vivencias misioneras en el internado, cautivaron a Inés. Comienza a sentir que Dios le dice algo a través de todas estas realidades. Cuando ve las necesidades de la gente, cuando escucha la palabra del Evangelio, cuando reza, cuando canta, en el silencio... comienza a sentir que Dios tiene un encargo para ella. ¿Cómo descubrirá este encargo? ¿Cómo podrá decidirse?

 

La veremos, haciendo su primera síntesis de todo lo ocurrido, de todo lo vivido hasta entonces, y mirando al futuro, en plena adolescencia, cuando sólo tenía diecisiete años. Pasados unos meses, toda su persona se inclina hacia la vida religiosa, como la mejor manera de responder al proyecto que Dios tenía sobre ella. Y con su forma de ser, generosa e impulsiva, inicia este camino en la Congregación de Terciarias Capuchinas. Era el año 1954; Inés tenía 17 años.

 

Nada es casualidad... Llegaba a la Congregación una joven arrebatada en sueños misioneros. Y, llegaba celebrando al Padre Luis, que también soñó con una Congregación entregada a Dios, al servicio de los últimos. Aquel atrevido “fraile menor”, había enviado, a los pocos años de su fundación, a un grupo de hermanas a Colombia, a la Guajira, tierra de misión, “tierra de sol y de sal”[104]. También al Caroní (Venezuela) y después a China. Fueron sueños misioneros del Padre Fundador y también sueños misioneros de ¡tantas hermanas!..., que los hicieron suyos. Nada es casualidad... Inés llegaba al mejor lugar, al sitio donde sus sueños misioneros, sus deseos de entrega, podían hacerse realidad.

 

Así comenzaba para Inés el tiempo de formación, establecido en la Congregación, como preparación a la vida religiosa.

 

¿Qué fue para Inés, en estos primeros momentos, seguir a Jesús en la vida religiosa? Inés vivió el compromiso cristiano desde su infancia; lo vivió casi como una herencia familiar. Una herencia que aceptó como regalo, pues lo es. Una herencia que vivió como tarea personal, como semilla que se le dio, para hacerla fructificar. También sabemos, que escuchaba a Dios en lo más profundo de su corazón, que la participación en la eucaristía, el amor a María, el saber que Jesús se decantó por los pobres..., todo esto, le ayudó a hacer sus pequeñas y grandes opciones, le ayudó a tomar sus pequeñas y grandes decisiones.

 

Después, en este camino de la vida religiosa, vino una etapa de la vida de Inés como educadora. Es la más larga, más de veinte años. Y son los años que, visto el desenlace de su vida, pueden llamarnos menos la atención.

 

Comparándola con los ciclos vitales que vive la hermana madre tierra, como diría Francisco de Asís, es un tiempo largo, de preparar el terreno, de quitar piedras, de airear la tierra, de fertilizarla… Es tiempo de echar semilla, semilla oculta… Tiempo largo de hacer frente a cualquier inclemencia, tiempo de crecimiento hondo…

 

Inés, en los momentos finales de su vida, en los pocos escritos que se conservan, nos va dando algunas claves de cómo vivió, de cómo Dios fue haciendo su obra en ella sin que nosotras, muchas veces, lo percibiéramos. Unos meses antes de entregar la vida, le escribe a su hermana Ángela… queda para nosotros sólo el que no falla: Dios[105].

 

 Largo camino que no se improvisa. Tierra preparada en las tareas cotidianas, en lo oculto, en el silencio, en las dificultades, en lo que no brilla, en lo que no entendemos, en lo que “nos choca”… Pero, si nos acercamos de nuevo a Inés y entramos en silencio, a estos largos años de aparente rutina, vemos que son años que han fraguado su vida.

 

En esta larga etapa de su vida, Inés parece convertir las luchas y dificultades en caminos de búsqueda. No le basta la tarea educativa que está viviendo para ilusionarse. Necesita otros proyectos donde desplegar sus sueños: su forma de ver la vida, su manera de responder a Dios, sus deseos misioneros… Y, los busca, los añora, los provoca.

 

Aquellos años de vida cotidiana como educadora, han sido un largo aprendizaje, un largo camino. En la vida nada se improvisa, tampoco se improvisó en la vida de Inés. La vemos inmersa en la realidad que le toca vivir, abierta al palpitar de los hombres y mujeres que sufren y pasan necesidad. Abierta al palpitar de la Iglesia. Abierta al palpitar de su Congregación.

 

En aquellos años sesenta, años fecundos de Inés como educadora en diversos lugares de Colombia, la Iglesia universal, celebra el Concilio Vaticano II. Más de seiscientos obispos latinoamericanos asistieron al mismo. Esta experiencia eclesial les marcó profunda y positivamente. La activa participación de los obispos, durante las cuatro etapas conciliares (de 1962 a 1965), les aportó nuevas luces para discernir más tarde, en la II Conferencia General de Medellín[106], los “signos de los tiempos” que estaban viviendo las iglesias y los pueblos de América Latina. El Concilio invitaba a la “Iglesia-Pueblo de Dios” a volver los ojos a Jesús y abrazar su estilo de vida, para ir con su Espíritu al “mundo humano”; no a dominarlo, sino a escucharlo, acogerlo y servirle. Mons. Labaka, como sabemos, participó en la cuarta y última etapa del Vaticano II[107]. El Concilio, estaba invitando a la Iglesia a ser “Madre de los pobres”.

 

En ese tiempo, Inés, desde Cereté (Colombia), escuchaba cómo Pablo VI lo estaba indicando, en la apertura de la segunda sesión del Vaticano II. Era el 23 de septiembre de 1963.

 

- La Iglesia abierta al mundo humano, mira con especial interés a los pobres, a los necesitados, a los hambrientos, a los enfermos, a los encarcelados; mira a toda la humanidad que sufre y llora[108].

 

Estas vivencias eclesiales, estas palabras, sin duda alguna estaban llegando al corazón y a toda la persona de Inés y también le marcaron profundamente. Aquel 8 de diciembre de 1965, celebraba el día de la Inmaculada, con su comunidad, en Cereté. Mientras, la plaza de San Pedro, en Roma, se vestía de solemnidad, para celebrar la clausura del Concilio. Así resonaron algunas palabras de Pablo VI, en su alocución del día anterior, y que las retomarían después con profundidad las Conferencias de Puebla y Santo Domingo:

 

- Quizás nunca como durante este Concilio se había sentido la Iglesia tan impulsada a acercarse a la humanidad que le rodea, para comprenderla, servirla y evangelizarla en sus mismas rápidas transformaciones… en el rostro de cada ser humano, sobre todo si se ha hecho transparente por sus lágrimas y dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo[109].

 

Palabras que Inés soñó hacerlas realidad. Y, mientras miraba a la Iglesia…, también a su Congregación. La Congregación entera de Terciarias Capuchinas, estaba pendiente del gran acontecimiento eclesial que comenzaba a aportar frescura, profundidad y mayor sentido a nuestra vida cristiana y religiosa.

 

Inés, cuyo “corazón estaba en otra parte”, ya vislumbraba con el Vaticano II otros caminos de renovación, otros horizontes. Nuevas fraternidades, nuevas formas, nuevas maneras de servir a los pobres… pero profundamente identificadas con el querer de nuestro Fundador y con el querer de la Iglesia. Los sueños misioneros de Inés, sus deseos de vivir con los más pobres de la tierra, iban a hacerse realidad, poco a poco, en el seno de nuestras comunidades y en la propia vida de Inés.

 

Nuestra joven hermana, que al terminar el Concilio tenía 28 años, con seguridad habría estudiado los documentos emanados de él, con su comunidad, de la mano de las orientaciones que se iban recibiendo desde la Iglesia, y desde la Congregación.

 

Poco a poco, como son las cosas, se iba reafirmando, ya no sólo en sus deseos, sino en la posibilidad de vivir más expresamente su vocación misionera. Ésta llegaría después de veinte años. De este momento, de su devenir cronológico, se señalan los datos de forma breve en los tomos de historia de la Congregación de las Hermanas terciarias capuchinas y de manera explícita y extensa en la biografía de Inés, “Barro y vasija, en la selva herida”, editada en CICAME en el año 2008. Textos que recomiendo a quién quiera saber más detalle de la vida de Inés. Ahora, sólo señalaremos aquello que ella, desde su realidad, escuchó probablemente en lo más profundo de su ser y le movió a entregar la vida.

 

Lo que resuena “por dentro”

 

Seguro que alguna vez nos hemos preguntado quién es el Dios en quién creemos... ¿Cuál es mi “imagen de Dios”?. Dicho de otra forma ¿quién es Dios para mí? Ésta no es una pregunta obvia, ni tan simple. La vamos respondiendo a lo largo de toda nuestra vida. La vivencia, la experiencia, la imagen que tenemos de Dios, está configurando nuestro estilo de vivir, nuestro actuar, nuestra manera de ver las cosas y hasta nuestra forma de ser y de estar en este mundo.

 

Cuando nos acercamos a Inés, cuando intentamos recorrer con ella ese “largo momento", que decíamos al inicio, podemos vislumbrar quién es Dios para ella.

 

A Inés desde niña, le gustó mucho cantar, y dicen que lo hacía bien. En la etapa misionera de su vida, Inés, bajando el río, contemplando la naturaleza, viviendo con los Huaorani en la selva herida, en la capilla de Rocafuerte, cualquier lugar era idóneo…Cantaba incansablemente una canción, que también le gustaba mucho a Alejandro: "La selva es mi mansión". Con este estribillo: Yo creo en Ti, amén. Espero en Ti, amén. Te amo Dios, amén[110].

 

Acerquémonos de nuevo a Inés, intentemos cantar con ella estos versos. ¿Qué sentido tienen estas palabras para ella? ¿Qué contenido les daría? ¿Quién es Dios para Inés? ¿Qué vivencia tiene de Dios? ¿Cómo se relaciona con Él? ¿Qué compromiso adquiere con esta relación? ¿Cómo ha ido ocupando Dios el lugar central en la persona de Inés? ¿Qué lugar ocupan los demás? ¿Cómo ha ido descubriendo esto a lo largo de su vida?

 

Para Inés, a estas alturas no tendremos duda, Dios es de la familia. Sus raíces creyentes y su manera de vivirlas, nos lo confirman. Dios cercano, asequible, presente. Dios es Aquel con quien puedes hablar, contarle tus cosas, en quien puedes confiar.

 

Este Dios, es Jesús, hijo de María. Esta sencilla síntesis, la aprendió y vivió Inés en su casa, en su familia, desde pequeña. También en su Congregación, en su fraternidad, en la misión. También la compartió y la vivió con Alejandro.

 

Inés, a lo largo de su vida, va entendiendo que Dios, no es “un dios familiar”, que heredamos como cualquier otra cosa. Inés lo ha visto, lo ha vivido en familia, es verdad; lo ha vivido de manera especial en comunidad a lo largo de su vida religiosa; pero también es cierto que a lo largo de su existencia ha ido madurando, creciendo, en esta relación con el Señor Jesucristo; relación personal y cercana con Dios, a través de la oración confiada que le remite sin demora a los hermanos. Así, escribe:

 

- Sólo en la oración y encuentro con el Señor, encontrarás la fuerza para sostener el duro combate de cada día, que es bien poco, comparado con lo que nos tiene preparado el Señor[111].

 

Estas palabras, tan alentadoras, las escribe Inés, a una joven religiosa, en el año 1987, poco antes de entregar su vida. Hasta llegar a este punto, hay que recorrer un largo camino de encuentro. Sí, de oración y encuentro personal con el Señor, como creemos que recorrió Inés.

 

La selva, para nuestra hermana, fue con frecuencia lugar de encuentro con Dios. Recordemos la canción que gustaba cantar:

 

- La selva es tu mansión, el sol tu faz.

 

Te oigo venir Señor, la lluvia al sonar.

 

El viento, el río, el mar, en tus manos están.

 

Dentro mi corazón te quiere albergar.

 

Aquí, Inés, aprovecha sus raíces más franciscanas para experimentar y alabar a Dios Creador, presente en la naturaleza fantástica y rebosante de vida.

 

Para los Huaorani, Dios es Huinuni, el Dios Creador. Inés ha escuchado más de una vez en labios de Deta, largos relatos de la creación. Experimenta, cada vez que la escucha, que Dios es aquel que nos quiere a todos, se preocupa del que sufre y te invita a hacer lo mismo. Dios misericordia, Dios Padre, Dios Madre.

 

Inés, va descubriendo un Dios personal, un Dios misericordioso, un Dios que es Padre, que nos hace hermanos. ¡Claro!, cuando se le manifiesta Dios como Padre, la primera consecuencia es proclamar que los demás son sus hermanos. Si Dios es Padre, todos, ante sus ojos, somos hijos, con los mismos derechos. Así vive Inés la esencia de la misión:

 

- Quizá encontramos muchos inconvenientes por el río, muchísimas incomodidades, el dormir en el suelo se hace costoso, duelen los huesos al principio, se hace al final y cada día más blanda la cama pero todas estas aventuras no son nada ni es el objeto de estas crónicas… Lo importante de todo esto, son las personas, los grupos, sus costumbres, sus valores, su cultura y las enseñanzas que de ellos recibimos porque tal vez vamos a evangelizar pero somos nosotras las evangelizadas[112].

 

Esto, tiene vital importancia en la vida de Inés. Ya no sólo descubre a Dios como Padre de todos, sino que se experimenta hermana: me siento entre ellos como una hermana, le confesó a su amiga y hermana Myriam Mercado en varias ocasiones. Entre los Huaorani, Inés se sintió evangelizada. También evangelizadora.

 

Alejandro, hablando de su preocupación por hacerles llegar la Buena Noticia, preocupación que Inés compartía plenamente con él, nos cuenta en su Crónica Huaorani, lo siguiente:

 

 El crucifijo colgado en mi cuello ha sido uno de los medios:

 

-¿Qué es esto?-preguntaban.

 

-Este es Jesús. Su madre es María.- Y besaba el Cristo.

 

-¿Qué es esto?- repetían otros.

 

-Es Jesús. La madre, María.-les repetía en Huao.

 

Mientras, queriendo completar el mensaje que, espero, el Espíritu Santo les haga entender, añadía en otras lenguas, como quichua, euskera, castellano:

 

-Murió por nosotros en la cruz; resucitó y vive en nosotros.

 

Una vez quise decirlo en chino y me trabuqué en las palabras; quizá fue la vez que más me acerqué a decir algo que se pareciera al lenguaje de los Huaorani[113].

 

Jesús, nuestro Dios hecho hombre, su madre María. Inés, desde pequeña, decíamos antes, tiene un amor entrañable a la Madre. Amor que, a lo largo de su vida, de muy distintas formas, decíamos también, ha vivenciado en su comunidad, ha comunicado a los demás y compartido con ellos. A través de la Madre, llegamos al Hijo. Esto, lo vivió de igual forma con Alejandro.

 

Cuando Inés canta: ¡Creo en Ti!, amén. Está confesando un Dios personal, Dios Padre, Madre que te remite a los hermanos. Inés fue aprendiendo esto, poco a poco, como la misma vida, en el seno de su comunidad. Así lo vivió Inés y así lo vivieron las hermanas. Encontramos a las terciarias capuchinas, en cualquier rincón del mundo, intentando vivirlo:

 

- Nuestra consagración religiosa es una alianza que expresa con mayor plenitud la consagración bautismal y la respuesta de amor con que Dios nos ha elegido. Comprometidas personal y libremente, seguimos a Cristo pobre, virgen y obediente y, dejándolo todo, nos entregamos a su servicio participando en su obra salvadora[114].

 

Y sigue la canción: Espero en ti, Amén. Pues bien, si esperar es confiar... tal vez no sea demasiado atrevido decir que Inés confió en el Señor Jesús, hasta el extremo de entregar la vida por Él. Esto no se improvisa, es un largo camino y ha sido un largo proceso en la vida de Inés, ir poniendo el corazón y toda su persona, confiadamente en Dios.

 

A los pocos días de haber entregado su vida, junto con monseñor Alejandro, las terciarias capuchinas recibíamos una carta larga que nuestra hermana General, Mª Elena Echavarren. Nos escribía desde Quito; allí nos decía de Inés:

 

 - El Señor completa nuestro pequeño aporte humano: “los cinco panes y los dos peces”, Él pone lo demás y hace el milagro. Inés era una hermana normal, con sus limitaciones; y como todas nosotras puso su pequeña parte: un gran espíritu apostólico y su amor total a los indígenas. El Señor completó su amor y lo coronó con el martirio[115].

 

Inés una hermana normal, como tú, como yo… pero puso su pequeña parte. Éste es el largo camino que tenemos que recorrer, que recorrió confiadamente Inés. Es una experiencia que nadie hace por nosotras, que nadie hizo por ella.

 

La esperanza, la confianza, está entrañablemente unida al amor. Vivir en esa tónica, nos hace estar siempre no sólo disponibles, sino dispuestas. Aquí viene también la importancia de la oración, tal como la pudo vivir Inés, tal como la intentamos vivir sus hermanas:

 

- El Espíritu que habita en la Iglesia y en nuestros corazones, es el que ora y da testimonio de nuestra adopción como hijas… Por el espíritu de oración mantenemos el corazón orientado hacia Dios y descubrimos, a través de la fe, su presencia en los hombres, en los acontecimientos y en la creación entera[116].

 

Disponemos de algunas cartas manuscritas de Inés, en los últimos años de su vida que, si sabemos leerlas, están llenas de expresiones de confianza, de esperanza, de ánimo, de seguridad puesta en Dios. Actitudes transmitidas, a quienes escribía, con palabras y con su propia vida:

 

- Carmen, pídele al Señor supla Él el vacío de tu mamacita… Sabemos que Dios es el único que suple cualquier vacío y en estos momentos – de ausencia de un ser querido- lo siente uno, más cerca que siempre[117].

 

Y en otro momento, a la misma Carmita, le dirá: el Señor, te de su Paz y te ayude a salir adelante.. La esperanza, lleva a Inés a vivir en una “paciencia de la fe”. Así se lo expresaba a su hermana Ana Isabel en el año 1986: el camino, va acomodando las cargas[118]. En lo que vamos conociendo de su vida, vemos cómo Inés ha ido creciendo en todos estos aspectos.

 

Y, ante diversas dificultades familiares, a su hermana Ángela, le expresa que en todo lo que acontece, en la adversidad, en el sufrimiento, en la cruz... Dios, tiene la última palabra y no falla. Una forma hermosa de expresar la resurrección:

 

- Las cosas van sucediendo y el mundo sigue su marcha, quedando para nosotras sólo el que no falla: Dios, para quien nada es imposible y todo lo puede[119].

 

Y continúa la canción: Te amo Dios, Amén. Sabemos lo importante que es el lenguaje para podernos comunicar. Inés tiene experiencia de la incapacidad de llegar al otro con palabras que no conoce. Enseguida, dinamiza toda su creatividad y además de estudiar cada día palabras nuevas para hacerse entender, pone en marcha, desde el comienzo de su visita a los Huaorani, el “lenguaje del amor”.

 

- Pasamos allí una semana; no conocemos su lengua, no la entendemos, pero el lenguaje del amor puede mucho más y entonces parecía que nos entendiéramos, que lo hiciéramos en el mismo idioma... son abiertos[120].

 

Creemos que, Inés, a lo largo de su vida, va experimentado en su persona cómo Dios la ama. Así se lo comparte a su hermana Ángela:

 

- Somos conscientes de nuestra vida por la cual hemos de dar muchas gracias a Dios que nos ha preferido. Muchas penas y dificultades... pero, son nada comparadas con las penas y amarguras de otras personas y familias ¿verdad?[121]

 

Decir desde el corazón, cantar “te amo Dios”... implica esta experiencia profunda de saberse amada por Él y de descubrir sus planes de amor en toda situación y persona. En una de sus visitas a los Huaorani, dirá: nunca habíamos visto tanta alegría en medio de tanta pobreza. La pobreza lleva a la alegría si hay amor, de lo contrario la viviremos como carencia y como fracaso.

 

“Te amo Dios”, confío en Ti, todo lo espero de tu bondad… o también, cómo decía Inés: benditos sean sus designios, aún cuando de momento no podamos aceptarlos y nos parezcan durísimos[122].

 

Dios amado en la cruz, Dios amado en los pobres. Y de este modo, servir a los pobres, a los últimos. Podemos recordar a Inés al llegar a Coca, buscando cómo hacerse presente con el sencillo mensaje del amor que Dios nos tiene:

 

- ¡Vamos a los chongos* Cecilia!

 

¿A dónde?

 

A los chongos. A visitar a las mujeres, solo para que sepan que Dios les ama. Y allá nos fuimos algunas tardes, a escucharlas, a conversar[123].

 

La consecuencia inmediata de estas vivencias, Inés la ha ido expresando en diferentes momentos como compromiso de ser LUZ para los demás en el camino de la vida:

 

- El deseo de ser luz, para nuestros hermanos, los más pobres y marginados, es el que nos alienta y conforta[124].

 

- Que el Señor haga de ustedes luz en el camino de sus alumnos y de cuantos comparten con ustedes[125].

 

Este descubrimiento de Dios amado, para Inés, no se queda en palabras, en mera teoría. En el silencio de la selva herida, sabiéndose barro y vasija, canta “yo creo en Ti, amén”; mira a la creación, alaba como Francisco al Creador, a Huinuni... Canta compromiso de la vida entera, no es nada “poético” y “cantarín”, o simplemente bonito en medio de un paisaje paradisíaco... En la vida de Inés ha sido sumamente real, es la experiencia del Buen Pastor, amor que se entrega hasta dar la vida.

 

Descubrir lo que está por delante.

 

Luis Amigó, aquel fraile menor, capuchino, fundador, que después sería obispo, dejó señalado en su escudo episcopal lo que iba a ser el sentido y la razón de su servicio en la Iglesia: "Doy la vida por mis ovejas"[126].

 

Las hermanas Terciarias Capuchinas, por deseo expreso de nuestro Fundador, recibimos este encargo: “ser zagales del Buen Pastor, buscando a la oveja perdida”[127]. En lenguaje de hoy, se trata de vivir a favor de los últimos, de los desheredados de la tierra. Es una llamada a ser mujeres arriesgadas, hasta entregar la vida si fuese necesario.

 

Inés vivió esto cabalmente. Aprendió a recibir como un DON esta vivencia carismática, que la marcaría para siempre; y también como una TAREA, como un trabajo a realizar y que nadie podía hacer por ella. Inés, estamos viendo, es una mujer muy receptiva y luchadora, soñadora y crítica, feliz y cantarina. La "música" que Inés va escuchando en su interior, unida a todo lo que va aconteciendo a sus hermanos los Huaorani, va inclinando su corazón, cada vez más, a los últimos.

 

¿Qué música? ¿Y qué cantor? El cantor, no es otro que Jesucristo Buen Pastor. Aquel, cuya vida, sus proyectos, su Palabra ha ido escuchando desde niña. Aquel que la ha cautivado siendo joven y por quien Inés, consagra su existencia en la vida religiosa. Aquel que termina siendo la razón última de su existir y a quién al fin, años más tarde, por amor a sus hermanos, entregará la vida.

 

Inés, escucha también lo que acontece a su alrededor. ¿Y qué va aconteciendo a este pueblo, a sus hermanos? Son los problemas que a lo largo de estos años se van generando con las compañías petroleras, la situación de los colonos, la desprotección de los indígenas, la roturación de caminos, estableciendo salidas para el petróleo… las “heridas incurables” que en la selva origina el malentendido “progreso”. Alejandro llegó a decir que cuanto más se adentra uno en el mundo del petróleo, tanto más se advierte que el mundo Huaorani no cuenta en sus planes[128].

 

Aquí descubre Inés lo que está por delante, a quién llegar con la Buena Noticia, y dónde…..en esta selva, herida en sus riquezas naturales, en hombres y mujeres despojados de sus derechos… en esta selva herida.

 

La Prefectura de Aguarico ha vivido, y vive, como tarea fundamental la defensa de los derechos humanos y la proclamación del Evangelio. Es tarea que se reflexiona individualmente, en equipo Misionero, en Asambleas, en Iglesia universal, más allá de las fronteras de la misión.

 

Esta es la tierra, y la tarea, por la que Inés y Alejandro, con todos los misioneros de Aguarico, trabajan incansablemente. Este es el Evangelio, vivido en la historia concreta de hombres y mujeres heridos, por el que Alejandro e Inés arriesgan su vida hasta entregarla, como "el Buen Pastor que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz"[129].

 

Ya hemos dicho cómo en la vida de Inés ha sido sumamente real esta experiencia de Dios amado, esperado, creído… Se conservan entre los textos de Inés, unas hojas de apuntes diversos. Entre ellas unas anotaciones al evangelio del Buen Pastor; dice Inés: ¿Qué compromiso suscita en mi? Buscar la verdadera puerta que es Cristo, sus actitudes de búsqueda, de sacrificio, de misericordia para poder encontrar al hermano.

 

Inés quiso vivir en fidelidad a este compromiso de búsqueda del que sufre, de los últimos... Sabemos que no escatimó sacrificio y que supo llegar con misericordia a quien la necesitaba. Refiriéndose a los Aucas, le escribía a Hna. Myriam:

 

- Todo el tiempo lo he gastado aprendiendo su lengua, sus costumbres, sus creencias y en fin, ya puedo entenderme con ellos... yo por una gracia especial del Señor me creo capaz de vivir allí... me siento entre ellos como hermana, amada y respetada... no busco mis intereses ni mi bienestar personal... estoy decidida a correr el riesgo así tenga que morir sola y abandonada entre ellos[130]

 

Deseo de entregar la vida más allá de lo cotidiano, hasta el límite... decisión de correr ese riesgo por el Evangelio... que se cumplió en Alejandro e Inés, en el seno de la Iglesia de Aguarico.

 

El testamento de Inés, su herencia, nos cuestiona la vida.

 

Ya hemos expresado la sencillez, y creo que también por eso su grandeza, de la vida de Inés. Mujer arriesgada, terciaria capuchina, misionera en la Iglesia de Aguarico, y cuya existencia ha quedado para siempre unida, en el martirio, a su Obispo y Pastor, nuestro hermano Alejandro.

 

Nos hemos aproximado a su experiencia misionera, acercándonos a su persona, a su comunidad religiosa, a la Iglesia Local y a esta porción de nuestro mundo del Oriente de Ecuador, donde se entregó. La vida de Inés, está tejida, unida, cosida... como en un hermoso tapiz a todas estas realidades, donde supo hacer suyas las palabras del Evangelio, en boca del Buen Pastor: Nadie me quita la vida, yo la doy libremente (Juan 10,18)

 

Ella nunca quiso hacer un relato, y menos escrito, de lo que vivía, de lo que hacía. Si se conservan algunas cartas a su familia, a hermanas de la Congregación, a alguna misionera. Igualmente los relatos, que escribió en el Libro de Crónica de su comunidad de Nuevo Rocafuerte y alguno que envió al Boletín de su Provincia de San José en Colombia. Poco más. Sabemos que otras cartas y tal vez algunos otros escritos, por diversas razones, no se han conservado.

 

Por fortuna nos queda ese “pedacito de papel”, que podemos contemplar en el Museo en la ciudad de Coca (Ecuador), junto a sus ropas rasgadas por las lanzas, aquel 21 de julio. El breve y pequeño escrito, nos lo deja Inés, según parece, en la mesita de su dormitorio el día que marchaba a los Tagaeri con monseñor Alejandro. Se ve, que Inés y Alejandro, eran muy conscientes del riesgo que corrían. Sabían que arriesgaban su vida por el Evangelio[131]

 

Nos ha quedado el Testimonio de Fray Felipe. Estaban Alejandro e Inés, aquella mañana, días antes de sobrevolar la zona de los Tagaeri, sentados en la mesa del comedor, en la procura del Vicariato, en Quito, cerca de la puerta abatible que da entrada a la cocina. Ajenos a que alguien pudiese escuchar lo que hablaban. Fray Felipe, estaba en la cocina y escuchó esta clara recomendación de boca de Alejandro: Inés, deja todo arreglado, por si no volvemos. Días más tarde, al recoger sus cuerpos en la selva, hermanos capuchinos y hermanas terciarias, recordaron, sin duda, con dolor y emoción estas palabras.

 

Cuando escribía estas líneas, cuando de alguna manera le quería poner título a este apartado, me parecía un atrevimiento decir que la herencia que nos deja Inés se contiene en este pedacito de papel. Toda una vida de entrega absoluta a la misión, ¿puede contenerse en este pedacito de papel?...

 

Os confieso que, la primera vez que contemplé el escrito original, para mí fue absolutamente provocador. Si bien es verdad que lo pudo escribir a instancias de Alejandro, no lo es menos que ella puso lo que creía que tenía que poner, y desde ahí el considerarlo suyo propio, lo último que nos quiso decir.

 

En su texto completo, nos dice:

 

-En caso de muerte:

 

El dinero que queda es así:

 

Colombiano de mis hermanas Ángela

 

y Ana Isabel y 2.000pesos  de Roque

 

4.(sic) de una amaca (sic) a los Aucas

 

Deta 2.000 debo a Gabamo

 

por motorista 5.000 me había

 

dado Imelda y no los gasté.

 

El resto de los 25.000 que me

 

dieron en Rocafuerte para lentes

 

dientes etc. que lo empleen

 

para aucas y pobres.

 

      Si muero me voy feliz

 

y ojalá nadie sepa nada de

 

mi. No busco nombre... ni fama

 

Dios lo sabe.

 

        Siempre con todos    Inés   

 

Son exactamente 89 palabras. Si quitamos las que se refieren al dinero que tenía, que no era suyo... nos quedan 28. Os invito a que, desde estas pocas líneas, vayamos haciendo una lectura retrospectiva de la vida de Inés, viendo qué nos puede evocar cada palabra y en qué nos está provocando, interpelando hoy a nosotros... tal vez en qué nos cuestiona la vida..., la de nuestra Iglesia: misioneros, comunidades, catequistas... en qué nos cuestiona especialmente a nosotras sus hermanas de Congregación, para poder ser testigos de la fe, como ella, hasta entregar la vida en totalidad, entre los más pobres de la tierra[132].  

 

En caso de muerte... escribía Inés. Tal vez en su mente y en su corazón, aquellas palabras de Alejandro algunos días antes: Inés, deja todo arreglado por si no volvemos. Pero Inés ya había dicho en varias ocasiones que no le importaba morir, incluso morir sola entre ellos[133]y también dijo, estoy decidida a correr el riesgo así tenga que morir sola y abandonada entre ellos[134].

 

Siendo así, ¿qué tendría que “dejar arreglado” Inés a estas alturas? ¿Unos pocos sucres, que no eran de ella, que se debían pagar a diferentes personas por servicios prestados? Lo demás, su comunidad le había dado para necesidades personales... y se ve que no le dio tiempo a gastar, aunque ya habían pasado seguramente varios meses desde que su anterior comunidad de Rocafuerte le diera para cosas absolutamente necesarias: unos lentes... arreglarse la boca... y su deseo: que lo empleen para aucas y pobres.

 

En caso de muerte... a cada uno lo suyo, y lo que era de Inés para aucas y pobres. Su herencia, lo poco material que tenía era para ellos. Tal vez venga a nuestra memoria la figura del Buen Pastor, su amor preferencial por los últimos.

 

Si muero me voy feliz… Hemos entrado sigilosamente en la vida de Inés, la hemos ido viendo crecer, enfrentarse a situaciones, sufrir, vibrar, entregarse sin reserva… Cada palabra de sus labios, cada nota que modulaba su garganta, brotaban de un corazón enamorado. Inés, con seguridad, vivió la experiencia de descubrir el sentido profundo de su existencia; su vida ya no le pertenecía.

 

Algo así nos ocurre cuando pasamos de vivir en la ley, en las normas, en el cumplimiento de nuestros deberes… a vivir en el amor, en la fe confiada, en la entrega a quién más lo necesita.

 

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididos a correr el riesgo, incluso de morir? De Inés, hemos visto que vivía totalmente entregada al Señor en la misión que se le encomendaba y sólo necesitó acoger el momento del encuentro. ¿Será que también nosotros tenemos que revisar "nuestro estar" personal en la misión? Estar dispuestos a entregar la vida, a irla entregando cada día, en lo que Dios va disponiendo de nosotras, de nosotros...

 

Entregar nuestra vida por Cristo, podremos hacerlo si vivimos enamoradas, enamorados, profundamente de Él. Aquí Inés nos está invitando a recuperar el sentido auténtico de nuestra vida, de nuestra vocación, de nuestra entrega a los demás, para que no se convierta en una mera tarea, en un trabajo más o menos fructífero.

 

Nosotras, sus hermanas, sabemos que la razón última de nuestra existencia, como terciarias capuchinas, es la entrega incondicional y plena a la persona de Jesús (Const. 7), en fraternidad, en la Iglesia, para colaborar en la construcción de su Reino entre los más pobres (Const. 28). Así lo hemos repetido en nuestro último Capítulo general[135]

 

Me pregunto si podemos seguir estando en lugares de absoluta frontera, sin estar profundamente enamoradas de Jesucristo, de su persona y de su proyecto. ¿Podremos seguir estando, aquí y allá, sin recuperar todo el valor de nuestra vida unida a la de Cristo, siendo con Él testimonio de que somos hijos de un mismo Padre: Huinuni?

 

Me voy feliz… Dicho así, con rotundidad… dispuesta totalmente a la entrega, ¡me voy! Algo como decir: mi vida está cumplida, o también: ha llegado mi hora…; o en palabras de Francisco: Ninguna otra cosa deseemos, queramos, ninguna otra nos agrade... sino nuestro Creador y Redentor (1R 9); o en palabras de Luis Amigó: Al Señor, dador de todo bien, suplico que no me sirvan estos obsequios de recompensa por el poco bien que pueda haber hecho, pues todo es obra suya (OCLA 239).

 

Inés ya no desea ninguna otra cosa. Su vida está cumplida, ha salido ya de ella misma, de sus seguridades. Ha llevado su deseo de evangelización para este pueblo, y su disponibilidad, hasta el límite... fuera de la frontera, más allá de lo que podemos palpar o tocar. Inés ya puede ser misionera en cualquier parte... Inés está viviendo la dichosa experiencia de una vida cumplida, consagrada a Dios, al servicio de sus hermanos.

 

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididas, decididos a marcharnos, a salir de nuestras pequeñas fronteras? Seamos laicos, catequistas, misioneros, capuchinos, terciarias capuchinas... ¿estamos decididos a salir de nuestro yo, de nuestros intereses, de nuestros planes? ¿a salir de nuestro pueblo, de nuestra región, de nuestro país? ¿sentimos la necesidad del otro, la urgencia de una situación que nos saca de nuestros proyectos?

 

Me pregunto si seremos capaces de poder pronunciar con nuestros labios, con esa rotundidad que lo hizo Inés, ¡me voy! y además... ¡me voy feliz!... ¿Está siendo para cada uno de nosotros la misión "fuente" de nuestra entrega, fuente de felicidad honda y permanente? ¿dónde está la raíz y el origen de nuestra alegría, de nuestra felicidad permanente? ¿estamos viviendo la dichosa experiencia de una vida consagrada a Dios al servicio de nuestros hermanos? Creo que esta es la mejor herencia que nos ha podido dejar Inés, si somos capaces de aceptarla.

 

Ojala nadie sepa de mí… no busco nombre… ni fama… Inés se ha acostumbrado a vivir en el silencio de la selva, a silenciar sus deseos… Diversos testimonios de personas que la conocieron, nos relataban que, a pesar de su espontaneidad, ella nunca tuvo afán de protagonismo. Posiblemente Inés se conocía a sí misma más de lo que pensamos y tenía claro lo que el Señor le pedía y lo que ella estaba dispuesta a darle, a arriesgar. Ser hermana menor “entraba en el lote”. Así nos corresponde vivir a las terciarias capuchinas, ella estuvo siempre en el intento:

 

- La vivencia de la minoridad nos lleva a presentarnos, comunitaria e individualmente, como pequeñas, como servidoras, sin afán de dominar, buscando con humildad aquellos puestos que no reportan honores ni privilegios[136].

 

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididos a que no se hable de nosotros? Seamos laicos, o religiosos ¿estamos decididos a vivir sin propagandas, en la sencillez, en lo pequeño?; ¿hemos descubierto que lo cotidiano, lo más simple, lo que no tiene renombre es lugar privilegiado de Evangelio? Me pregunto si seremos capaces de descubrir en la historia de cada día, al Dios de la Historia, que se encarna, que se hace presente, Dios vivo, viviendo con nosotros, pasando desapercibido.

 

Inés, que en su día descubrió como signos de los tiempos el vivir entregada a la misión, tal vez nos está sugiriendo que seamos capaces en este momento de la historia de descubrir los signos de los lugares... aquellos espacios, aquellos terrenos donde más necesita estar presente nuestra vida consagrada, nuestra vida misionera. Esta también puede ser la mejor herencia si queremos aceptarla.

 

Dios lo sabe… Palabras… ¡tan rotundas!, ¡tan escuetas!, que comentarlas con amplitud posiblemente las estropee.

 

De nuevo hagamos el ejercicio de ponernos junto a Inés aquel día, con todo aquello que estaba viviendo, con lo que podía estar pasando en su corazón, con sus deseos de ser fiel… y, así, sencillamente, al Señor le deja lo único que le queda ya, el juicio sobre su vida. ¿No es éste el momento de mayor libertad que ha podido vivir Inés en toda su existencia?, ponerse en las manos de Dios, nada más.

 

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididos a dejarle sólo a Dios el juicio sobre nuestra vida?, ¿o tal vez estamos demasiado preocupados por nuestra "fama", por quedar bien, por lo que se dice de nosotros? ¿Vivimos, puede ser, pendientes de la opinión de los demás, o a su merced? Me pregunto si seremos capaces de esta profunda libertad, vivida en toda su extensión.

 

Si nos acercamos de nuevo a la vida de Inés, comprobamos que fue un largo camino el que recorrió para poder pronunciar tres palabras así al final de su vida. Al aceptar esta herencia de Inés, se nos invita a recorrer este largo camino, también nosotros. A empezar hoy mismo a recorrerlo. Seamos laicos, o religiosos, misioneros...

 

Siempre con todos, Inés… Arreglado “todo”, distribuido lo que tenía, hecho el resumen de su existencia, expresados sus deseos más hondos, dejado el juicio de su persona a Dios… a Inés sólo le queda ya darle perpetuidad a su despedida y subrayar esa palabra final: todos... que es la única palabra subrayada de todo el texto junto con su nombre.

 

Podría ser una forma breve de despedida general, dada la premura de tiempo o más bien, por el estilo del texto una forma de sintetizar el deseo de entregar la vida, reconciliada y en paz con todos, los de cerca y los de lejos; los que estaban entonces y los que vendrán después. Incluso cabría pensar que también con aquellos que les arrebataron la vida.

 

Esta sencilla despedida puede manifestar el secreto deseo de Inés de fraternidad universal, en el más hondo sentido franciscano y también desde el propio estilo de vida que como terciaria capuchina siempre anheló: a imitación de san Francisco nos sentimos hermanas de todos los hombres (Const. 6)

 

Nosotras, sus hermanas, queremos acoger este sentido franciscano de fraternidad universal como la mejor herencia que nos haga posible vivir, como Inés deseó, "siempre con todos":

 

Creciendo en apertura a la riqueza de las diferentes culturas, creación de nuevas relaciones, tolerancia y sensibilidad social.

 

 Acercándonos a la realidad, conocer las culturas, escuchar los retos y responder a los desafíos que los contextos nos hacen.

 

Salir al encuentro de nuevas pobrezas, con más apertura y flexibilidad al cambio.

 

Para terminar: LA CRUZ Y LA SANDALIA

 

En Roma, la Basílica de San Bartolomé, en la isla Tiberina, acoge la presencia viva de los mártires del siglo XX y XXI de todo el mundo. Allí, se han expuesto en los diversos altares sus reliquias. Hace poco más de un año, pude contemplar en uno de ellos, con enorme emoción, una sandalia de Inés y un pectoral de Alejandro. Las reliquias de nuestros mártires Alejandro e Inés o... tal vez ¿de Inés y Alejandro?

 

En el fondo de escritorio del ordenador que uso habitualmente tengo una foto de los pies de Alejandro e Inés, firmes sobre un tronco que hace de improvisado puente sobre un río. Cada día me evoca aspectos nuevos sobre la misión que realizaron nuestros hermanos en la joven Iglesia de Aguarico. No sé si una de las sandalias que lleva Inés es la que se quedó en el altar de la Basílica de Isla Tiberina, dicho sea de paso, en realidad llevaba una de cada clase, pues en un "ir y venir" de aquellos la perdió. Alejandro, en esa foto, llevaba unos zapatos claramente destrozados por el uso, que no desentonaban nada con las sandalias de Inés, ni con el tronco, ni con el río, ni con los lugares que ambos frecuentaban.

 

Y volviendo a la Basílica de san Bartolomé, me embargó la emoción al ver sus nombres allí... Al ver la sandalia de Inés me vino la imagen de esta foto y me trasladé sin querer a Coca y a Rocafuerte, a la ribera del Napo. Rápidamente pensé en Alejandro al ver el pectoral.... No sé si lo usaba, aunque es una sencilla cruz... y me hubiese encantado ver allí también su zapato gastado. Enseguida se me cruzaron de nuevo pensamientos rápidos de esos que van y vienen y no controlamos... Pensé lo bien que habría estado allí ese bendito zapato de Alejandro... pero ¿cómo quedarían allí una sandalia vieja y un zapato destrozado?, ¿mejor quedaba el pectoral y la sandalia?

 

Cada día recorren con suma devoción esos altares cientos de peregrinos, de cualquier lugar de nuestro mundo y de diversas lenguas. Cada tarde en este lugar se reúnen jóvenes de la Comunidad de San Egidio para orar al Señor. En los locales de la Basílica ha trabajado la Comisión para los Nuevos Mártires confiada a la Comunidad por el Papa Juan Pablo II, que ha recogido tantísimos testimonios de entrega hasta dar la vida a causa del Evangelio en la Iglesia católica.

 

Pero volvamos a los objetos que se han elegido como reliquia, su imagen es suficientemente evocadora para todos y quieren expresar una realidad que también todos puedan entender sin palabras. En este sentido, alegrémonos con el pectoral y la sandalia. Alegrémonos que la Iglesia de S. Bartolomé en la Isla Tiberina confiada por el Papa Juan Pablo II en 1998 a la Comunidad de San Egidio, en el Gran Jubileo del Año 2000, conserve la memoria de los mártires y de los testigos de la fe del siglo XX y entre esos testigos están nuestros hermanos, Inés y Alejandro.

 

Nosotros, familia franciscana, no perdamos de vista la cruz y la sandalia.

 

La cruz de Alejandro que siempre llevó puesta cuando visitaba a los Huaorani y sobre ella les explicaba, como podía, que ése era Jesús y su madre María...

 

La sandalia de Inés que recorrió incansable, no sólo las riberas del río sino los lugares más profundos y ocultos de la selva, entre sus gentes, donde junto con Alejandro intuyeron se encontraban las semillas del Verbo.

 

Pongamos a nuestros hermanos Alejandro e Inés, siempre a nuestra vista, alegrémonos de lo que Dios, con su Gracia, ha hecho en ellos y pidamos sencillamente poder también nosotros vivir profundamente enamorados de la persona de Jesús y de su Proyecto, que no es otro que el Reino de Dios en igualdad para todos los hombres.

 

Hna. Isabel Valdizán Valledor

 

Madrid

 



[1] Por su peligro de superioridad e imposición: Cf R. MATE, La herencia del olvido, Errata Naturae, Madrid 2012, pp.10-15.

[2] Nos ceñimos más al pensamiento de Labaka que al de la hna Inés porque de aquel se han recopilado sus escritos de misión en la obra fundacional Crónica Huaorani que nosotros citaremos en la edición de Cicame, Coca (Ecuador) 20115.

[3] Adm 6.

[4] El Papa Juan Pablo II en su discurso a los obispos del Consejo Episcopal Latinoamericano (CEALM), el 9 de marzo de 1983, en Puerto Príncipe, Haití, haciendo alusión a los quinientos años de evangelización den América La tina, les decía ya: “La conmemoración del medio milenio de evangelización tendría su significación plena si es un compromiso…no de re-evangelización, pero sí de una Evangelización Nueva: nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión” (OR, 20 de marzo de 1983).

[5] Así se dice en el Sínodo de los Obispos de 1985 en que se pidió la redacción de un Catecismo Católico. Y en la carta prólogo de dicho Catecismo se habla de “una regla segura para la enseñanza de la fe” (Carta Apostólica Laetemur Magnopere).

[6] Texto íntegro en: www.vatican.va/news_service/press/sinc.

[7] Cf A. TORRES QUEIRUGA, Fin del cristianismo premoderno. Retos hacia un nuevo horizonte, Sal Terrae, Santander 2000, pp.47-56; J. ARREGI, Cristianismo, historia, mundo moderno, Nueva Utopía, Madrid 2011, pp.217ss.

[8] Estos movimientos construyen su paradigma no solamente mirando a indicadores religiosos, sino sociales. Se nutren de autores como Judt, Dussel, Barman o similares.

[9] Alejandro Labaka nació en Beizama (Guipúzcoa) el 19 de abril de 1920 e hizo sus estudios teológicos en Pamplona de 1942 a 1945.

[10] AG 11.15. Esto viene de san Justino: I Apol. V,3 y Apol. XIII.

[11] Alejandro eligió la expresión como su lema episcopal.

[12] Crónica 149.

[13] Crónica 151.

[14] G. MÚGICA, “La visión eclesial de Mons. Alejandro Labaka”, F. AIZPURÚA DONAZAR (compilador), “Crónica Huaorani”. Raíces de una evangelización nueva, Cicame, Coca (Ecuador) 2012, pp.150-152.

[15] Crónica 158.

[16] Crónica 25.

[17] Crónica 183.

[18] Crónica 76-78.

[19] Crónica 229-230.

[20] Crónica1988, Apéndice III.

[21] Crónica 206.

[22] “Verdadero ápice de la

[23] Crónica 205.

[24] Crónica 158.

[25] Crónica 76.

[26] Crónica 164.

[27] Crónica 221.

[28] “El compromiso con los pobres es el ‘acto primero’; la teología, ‘acto segundo’, dice J. LOIS, Teología de la liberación. Opción por los pobres, Iepala, Madrid 19882, p.278.

[29] Al escolar de la carta con que abríamos la reflexión y que se preguntaba si los misioneros son felices con su trabajo, habría que responderle que, en el caso de Labaka, Inés y compañeros, ciertamente sí.

[30] Crónica 183.

[31] Cf F. AIZPURÚA DONAZAR, Retos del franciscanismo para el siglo XXI, Tenácitas, Salamanca 2010, pp.22-26.

[32] Me parece importante señalar las primeras palabras que pronuncian los Huaorani: “Amigo, amigo” y “memo, memo” (= “hermano, hermano huao”) (p. 30). Las palabras expresan sentimientos, y éstos son sentimientos que hablan de una cierta bondad natural, que Mons. Labaka considerará, siguiendo a San Justino (Apología II,13) y al Concilio Vaticano II (Ad gentes 15), “semillas del Verbo” (p. 58): “Creo, que antes de cargarles de crucifijos, medallas y objetos externos religiosos, debemos recibir de ellos todas las ‘semillas del Verbo’ ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido” (p. 149); semillas del Verbo “por las que Dios ha demostrado su infinito amor al pueblo Huaorani, dándole una oportunidad de salvación en Cristo” (p. 151). “Sencillamente: queremos visitarles como hermanos. Es un signo de amor, con un respeto profundo hacia su situación cultural y religiosa. Queremos convivir amistosamente con ellos, procurando merecer descubrir con ellos las semillas del Verbo” (p. 158). Fundamental la lectura de un apartado que Mons. Labaka titula: “Evangelización descubriendo las semillas del Verbo” (p. 205), toda una declaración de intenciones del proyecto evangelizador de Labaka.

[33] En esta segunda parte recojo básicamente lo que, en “Crónica Huaorani. Raíces de una evangelización nueva” (Fidel Aizpurúa, compilador; CICAME, 2012), aparece con otro título y constituyó la primera parte de mi exposición en la Facultad de Teología de Vitoria en un acto-homenaje a Alejandro Labaka.

[34] Cfr. “La espiritualidad de alejandro Labaka. Perfiles y Unidad”, Rufino M.ª Grández, (http:/www.alejandroeines.org/index.php?option=com_content&view… Pág. 1).

[35] Se ha repetido hasta la saciedad – y es sabido – que, si inicialmente se pretendía que Medellín fuera la ocasión para una ‘adaptación’ del Concilio a América Latina, lo que resultó a la postre fue una relectura del mismo desde América Latina. Esta se convertía así, de algún modo, en lugar teológico desde el que buscar, discernir y abrazar la voluntad concreta del Señor para los cristianos y cristianas latinoamericanos, y para la Iglesia del Subcontinente.

[36] Me estoy refiriendo a la Revisión Cristiana de Vida.

[37] Alejandro, honesto y fiel buscador de lo que el Señor quiere de él en el desempeño de la misión, experimenta la necesidad de contrastar con otros, particularmente con sus superiores, sus interrogantes, intuiciones y tanteos, para que ellos “juzguen si estuve acertado o equivocado” (“Crónica Huaorani”, pg. 54) Permítanme abrir aquí un paréntesis y tomarme una licencia que, si bien no viene directamente al caso, tiene mucho que ver con un enfoque teológico contextual y de discernimiento. Recientemente, en la presentación de “La Viña devastada. De Benedicto XVI al Papa Francisco”, el autor de la obra, tratando de situar teológicamente al nuevo Papa jesuíta, habría distinguido – según la crónica aparecida en una web religiosa de prestigio (Religión Digital) – entre la teología de Iñaki (Teología de la Liberación), la de D. Ignacio (conservadora) y la de San Ignacio (del discernimiento). Puede que periodísticamente la cosa suene bien. A mí me parece en realidad, y siento mucho tener que decirlo, de una superficialidad, ligereza e ignorancia crasas. Y no respecto al Papa Francisco, sino a la Teología de la Liberación. Citaré un solo ejemplo. Quien conozca la teología de Jon Sobrino sabe que ha escrito cosas bellísimas sobre el discernimiento. Suya es la frase de que “el discernimiento es la actitud espiritual y moral cristiana básica”. Confrontar la Teología de la Liberación con el discernimiento no tiene sentido alguno.

[38] El texto está recogido por Matthew Ashley en el Prólogo a “La espiritualidad de la liberación”, una selección de algunos escritos esenciales de Gustavo Gutiérrez sobre la materia, realizada por Daniel G. Groody (Sal Térrae, 2013). El texto de Chenu continúa: “No se penetra en un sistema por la coherencia lógica de su construcción o por la verosimilitud de sus conclusiones; se le encuentra desde su nacimiento a través de la intuición fundamental sobre la cual se ha orientado nuestra vida espiritual con el régimen de inteligibilidad que ella comporta”. Con anterioridad, Gustavo Gutiérrez había recogido ya esta cita de Chenu en “Beber en su propio pozo” (Sígueme, Salamanca 1986, Pg. 50, nota 2). La Teología de la Liberación es probablemente la que, en el panorama teológico actual, ha subrayado con más fuerza el peso y el poso de la espiritualidad subyacente a su teología. Jon Sobrino, por ejemplo, afirmaba ya hace tiempo (“Liberación y Cautiverio. Debates en torno al método de la Teología en América Latina”, Varios, México, 1975) cómo en ella “el método, como camino del conocimiento, coincide con el camino real de la fe, un camino antes vivido que pensado”. Y Gustavo Gutiérrez señalaba rotundamente: “Nuestro método es nuestra espiritualidad, un proyecto de vida en proceso de realización”.

[39] En este sentido a Labaka le ocurre en cierta medida lo que yo mismo decía ya en 1977 (“Los pobres en los Padres de la Iglesia”, CEP, Lima) de las enseñanzas teológicas de los Padres acerca de los pobres. Que no estamos ante un cuerpo sistemático de doctrina. Ellos se sitúan honestamente ante la realidad de su tiempo, la miran y juzgan desde el evangelio, y se sienten impelidos a pronunciar una palabra iluminadora y profética sobre lo que están viviendo. Y recuerdo en mi pequeña obrita lo sintomático de que aquella palabra de los Padres se explicite precisamente en escritos de marcado carácter espiritual, homilético y catequético. 

[40] En diversas ocasiones (vg.: “Teología Popular I. La buena noticia de Jesús”, Desclée de Brouwer), José Mª Castillo, diferenciando dicha teología de la meramente especulativa, ha remarcado la “estructura narrativa” de la primerra. Recientemente (27/03/13) ha vuelto a incidir de manera rápida e ilustrativa sobre el tema en un artículo con motivo de la elección del nuevo Papa, recogido en la Web de Religión Digital. El artículo lleva por título “En un papado para el pueblo, una ‘Teología popular’”.

 

 

[41] En “La visión eclesial de Mons. Alejandro Labaka” (Ponencia en el homenaje en la Facultad de Teología deVitoria).

[42] “Arriesgar la vida…”, pg. 96. Años más tarde la Hna. Inés, fiel compañera de fatigas apostólicas y de martirio de Alejandro, tras visitar el tambo del anciano Nampahuoe, su esposa Omare y demás miembros de la familia, manifestará la emoción de la experiencia con unas palabras cargadas de admiración y, en contraste, no exentas de crítica e ironía por lo que todavía muchas personas piensan: “¡ Qué enseñanza nos deja esta familia o este grupo que se llama infiel!” (“Arriesgar la vida…”, pg. 170).

[43] AUCAS es el nombre con el que los quichuas designan, en Ecuador, a las otras etnias y grupos amazónicos. Y tiene la connotación de salvajes, bárbaros, guerreros, rebeldes. Cfr. “Arriesgar…”, pgs. 91-92.

[44] “Arriesgar la vida…”, pg. 95.

[45] “Arriesgar la vida…”, pg. 182.

[46] “Arriesgar la vida…”, pg. 32.

[47] “Arriesgar la vida…”, pg. 45.

[48] Ibidem, pg. 46.

[49] Cfr. “Arriesgar la vida…”, pg. 138: Se observa todavía cierta rígida vinculación entre fe cristiana explícita y salvación. Y“Crónica…”, pg. 102.

[50] En 1982, en carta a su hermano P. Domingo (“Arriesgar…”, pg. 161).

[51] En abril de 1979 (“Crónica…”, pg. 184).

[52] En 1983 (“Arriesgar…”, pg. 185).

[53] Ibidem. Entrevista en Radio Católica de Quito.

[54] En Segundo Relato (1980). Fuente en “Arriesgar…”, pg. 179.

[55] En Primer Relato (1980). Fuente en “Arriesgar…”, pg. 166.

[56] “Arriesgar…”, pg 164.

[57] “Arriesgar…”, pg. 188. El “Ad Gentes”, nº 5, ya había afirmado que la Iglesia, en el desempeño de la misión, debe seguir los pasos del propio Cristo, “que fue enviado a evangelizar a los pobres”. (Una inversión como la mencionada fue la que experimentó también Las Casas. Cfr. “En busca de los pobres de Jesucristo”, - Sígueme, 1993 -, de Gustavo Gutiérrez).

[58] Cfr. Ibidem.

[59] Ver “Arriesgar la vida…”, pgs. 85, 182-184, 190; “Crónica…”, pgs. 150, 206

[60] Ver de momento “Arriesgar la vida…”, pgs. 199-200, 220-221.

[61] “Arriesgar…”, pg. 95. La respuesta le llegará el 27 de Noviembre “ apelando a unos criterios de Benedicto XIV, tomados, a su vez, de Sto. Tomás y de Maldonado” (ibidem).

[62] Cfr., más arriba, nota 23.

[63] Cfr. “Arriesgar…”, pg. 37.

[64] Ibidem, pgs. 42-43. Aunque el Derecho Canónico prohibía esta práctica a los sacerdotes, Propaganda Fide concedía a los misioneros en China la facultad de ejercerla.

[65] “La primera tarea misional […] fué bañarse en la lengua de Confucio” (“Arriesgar …”, pg. 40).

[66] De lo que repetidamente deja constancia en “Crónica…”, por ejemplo en pgs. 98-99, solicitando ayuda al Instituto Lingüístico de Verano (de misioneros y misioneras evangélicos) y alcanzando acuerdos con ellos al respecto.

[67] Cfr. “Crónica…”, pg. 52-53.

[68] Cfr. “Crónica…”, pgs. 158-159.

[69] “Crónica…”, pg. 233.

[70] Carta del 28-4-1981, en “Arriesgar…”, pgs. 179-180.

[71] Ibidem, pg. 169.

[72] Ad Gentes, nº 9. Previamente, se habla en él “de verdad y de gracia” entre las naciones y de “una cuasi secreta presencia de Dios”. Y en el nº 11 se nos habla de las “semillas de la Palabra” y de las “riquezas que Dios, generoso, ha distribuído a las gentes”.

[73] “Arriesgar…”, pg. 189.

[74] “Crónica…”, pg. 221.

[75] Ibidem, pg. 220.

[76] En carta del 11 de Junio de 1983 a una prima religiosa Carmelita Misionera. Y “Crónica…”, pg. 205.

[77] “Crónica…”, pg. 230 y 218.

[78] En la carta a su prima Carmelita Misionera arriba indicada.

[79] “El camino hacia Cristo tiene etapas que deben ser respetadas; si hay cosas erradas en la vida y mitos de los indios, no somos nosotros los que vamos a convencerles de su error.

  Son ellos mismos, descubriéndose como hijos de Dios […] los que van a descubrir dentro de su propia realidad a Cristo esperándolos sin imponer una ruptura con su cultura.. Entonces el Evangelio será realmente Buena Nueva”. ( Anotaciones para una probable alocución radiofónica, en “Arriesgar…”, pg. 189).

[80] “Crónica…”, pg. 234.

[81] “Crónica…”, pg. 189.

[82] “Crónica…”, pg. 74.

[83] “Arriesgar…”, pg. 182.

[84] Ibidem, pg. 161.

[85] “Crónica…”, pg. 149.

[86] Ibidem, pg. 105.

[87] Ibidem, pg. 177.

[88] Ibidem, pg. 179.

[89] En las mencionadas notas de su archivo para una alocución radiofónica y que, al menos su biógrafo Rufino María Grandez, le atribuye (“Arriesgar…”, pg. 191). Los corchetes y lo que contienen son míos. Espero no apartarme del sentido y la intención del texto.

[90] “Crónica…”, pgs. 53-54.

[91] En los papeles para, al parecer, una alocución radiofónica, ya varias veces mencionados, se habla en estos términos del descubrir a Dios: “judaicamente por los judíos, étnicamente por los griegos, cristianamente por los cristianos, y añadimos:, indígenamente por los amazónicos: huaoranimente por los Huaorani, secoyamente por los Secoyas, sionamente por los Sionas y quechuamente por los Quichuas”(“Arriesgar…”, pg. 190).

[92] III CPO 18, En “Arriesgar…”, pg. 129.

[93] “Arriesgar…”, pgs. 180-181.

[94] En el apartado “El narrador narrado” del libro de Gustavo Gutiérrez “Densidad del Presente” (CEP, Lima 1996) se encuentran unas preciosas páginas sobre el carácter narrativo del lenguaje de fe.

[95] Todo esto lo expresaba bella y sintéticamente Jon Sobrino cuando, ciñéndose a la T.L., decía cómo en ella “el método como camino del conocimiento coincide con el camino real de la fe, un camino antes vivido que pensado”. [Los subrayados son míos].

[96] Recordar, por ejemplo, la doble Instrucción: “Libertatis nuntius” (6-VIII-1984) sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación, y la “Libertatis conscientia” (22-III-1986) sobre libertad y liberación.

[97] Por cierto, entiendo que determinadas corrientes dentro de la Iglesia repitan machaconamente este infundio. Pero no sé qué pretenden ganar en pro de un cristianismo liberador quienes, supuestamente progresistas, lo repiten acríticamente una y otra vez.

[98] Carta a Ana Isabel Arango. 9 abril de 1987. AVA. Sec. Inés Arango. Cartas. P/C

[99] ZÚÑIGA LUQUE, Josefina tcsf "¿Quién era Inés? Boletín general nº 16. Hermanas Terciarias Capuchinas. Roma 1987, pág. 14

[100] “La Congregación de Misioneras de María Inmaculada y santa Catalina de Siena (Madre Laura) fue dada a luz un 14 de mayo de 1914, en Dabeiba Antioquia-Colombia, concebida en la mente, corazón y alma de una celosa misionera, la Venerable Sierva de Dios Madre Laura de Santa Catalina de Siena (Laura Montoya Upegui) nacida en Jericó, Antioquia Colombia el 26 de mayo de 1874, quien arribó al cielo el 21 de octubre de 1949 en Medellín, Antioquia-Colombia”. Cf. www.madrelaura.org

[101] Salazar Zapata, Julia Mª tcsf Testimonio oral. Medellín octubre 2006.

[102] TERCIARIAS CAPUCHINAS, Constituciones. Roma 1993, nº 56

[103] TERCIARIAS CAPUCHINAS, Plan General de Formación 2005, nº 29 a 32

[104] Nuestra hermana Josefina Zúñiga, riohachera, de feliz memoria, escribió un delicioso y poético libro sobre la Guajira, su tierra querida, titulado “Sol y Sal”. Me dedicó un ejemplar y decía entre otras cosas la dedicatoria:…”tierra guajira, llena de sal y de sol, marco geográfico que meció la “Cuna de la Congregación en América”

[105] Carta de Inés a su hermana Ángela. AVA. Sec. Inés Arango. Cartas P/C

[106] Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano: I Convocada por Pío XII. Río de Janeiro 1955. Desde entonces el CELAM ha organizado: II Medellín 1968; III Puebla 1979; IV Sto. Domingo 1992 y V Aparecida- Brasil 2007

[107] En esa etapa fueron votados y aprobados 11 de los 16 documentos del Concilio, entre ellos el Decreto Ad gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia. 14 sept. a 8 dic. 1965

[108] Concilio Vaticano II. BAC 252, Madrid 1966. p. 773

[109] Op., cit. Alocución de Pablo VI en la Clausura del Vaticano II. p. 490 y 493

[110]Canción que también le gustaba mucho a Alejandro; su título “La selva es tu mansión”.

[111]Carta de Hna. Inés a Irma J. M., desde Coca, sin fecha. AVA P/C    

[112] Arango, Inés. “Presencia de Dios entre los pueblos primitivos del Amazonas” AVA. Escritos de Inés. D 1419. Artículo escrito para el Boletín de su Provincia San José (Medellín) y también, incluido en el libro “Memorias de Frontera” Ed. CICAME. Quito. Ecuador, año 1989. p.281

[113] Crónica Huaorani. 5ª Edición, p.82

[114] Constituciones Hermanas Terciarias Capuchinas. Roma 1993, nº 7

[115] Carta Circular nº 7 Hna Mª Elena Echavarren. Superiora general. AGHTC 2.2.1. Quito 29 de julio de 1987

[116] Constituciones Hermanas Terciarias Capuchinas. Roma 1993, nº 41   

[117]Carta de Inés a Carmen Pérez (Carmita) con motivo de la muerte de su madre. AVA Sec Inés Arango Escritos de Inés. P/C. 12 mayo 1985

[118] Carta de Inés a su hermana Ana Isabel. AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés. P/C. Año 1986.

[119] Carta de Inés a su hermana Ángela. AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés. P/C. 2 febrero 1986.               

[120] Arango, Inés “Presencia de Dios entre los pueblos primitivos del Amazonas.” Op., cit  p.280

[121]Carta de Inés a su hermana Ángela AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés. P/C. 2 febrero 1986

[122] Carta de Inés a Carmen Pérez AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés. 12.05.1985

 *  Prostíbulo

[123] Testimonio de Cecilia Peñaherrera. Coca 30 de julio de 2006

[124] Crónica Nuevo Rocafuerte 4 agosto 1977

[125] Carta de Inés a Carmen y Cecilia con motivo del día del maestro en Colombia. AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés. P/C. 15.05.1985

 

[126] LUIS AMIGÓ, Obras completas 251 (OCLA). B.A.C. nº 474

[127] Cf. OCLA 1831

[128] CRÓNICA HUAORANI. Op., cit p. 128

[129] SAN FRANCISCO DE ASÍS. Escritos. Admonición 6.

[130] Carta de Inés a Myriam Mercado. 12 abril 1987.AVA. Sec. Inés Arango. P/C

 

[131] Monseñor Alejandro en su Crónica Huaorani, utiliza esta expresión en varias ocasiones para expresar la fundamental condición de nuestro ser misionero. El P. Rufino Grández, tituló así su libro, de todos conocido, escrito inmediatamente del martirio de nuestros hermanos: “Arriesgar la vida por el Evangelio”

[132] CONSTITUCIONES TC. Nº 28

[133] Recordemos la carta que escribió a Hna. Mª Elena Echavarren.

[134] Recordemos la carta que le escribe a Hna. Myriam Mercado.

[135] Hermanas para la misión en las diferentes culturas. Doc. Final XXI Capítulo general TC Roma 2010

[136] Constituciones Hermanas Terciarias Capuchinas. Roma 1993, nº 22 

 

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