Congreso de Madrid

TESTIMONIOS

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TESTIGOS EN LA VIDA DE ALEJANDRO E INÉS

Mi aportación tiene un carácter coloquial y no se basa en reflexiones teológicas o científicas sobre Alejandro e Inés. Se basa en una experiencia vivida con Alejandro e Inés durante muchos años en la selva, fundamentalmente en Nuevo Rocafuerte, una pequeña población de aproximadamente trescientos habitantes, muy adentro de la Amazonía ecuatoriana y desde donde se iniciaron los primeros contactos con algunas familias Waorani para recorrer junto a ellas una experiencia humana, y cristiana, inolvidable.

Cuando miro aquellos tiempos y la vida que llevamos allí mi primera convicción es que sin emoción y riesgo no existe vida misionera verdadera. Vivimos otros mundos, otra naturaleza, otras maneras de pensar y sentir: si allí no encuentras “tu mundo”, creo que no hay nada que hacer en el lugar, ni vivir, ni evangelizar.

Alejandro está unido en nuestro imaginario al mundo Wao, aunque en realidad ocupó espacios mucho más amplios. Pero el mundo Wao fue “su mundo”, mientras estuvo en Aguarico, sin olvidar que nunca se desprendió de su querida China.

La Misión consideró el mundo Wao, este mundo oculto, primitivo y fascinante, como una de “sus” tareas apostólicas. Lo persiguió pero nunca le dio alcance hasta que una serie de circunstancias -¿casuales, providenciales?- lo hicieron alcanzable. Eso fue en agosto de 1976, en un rincón de la selva donde trabajaba una compañía petrolera francesa, la CGG, realizando estudios sísmicos relacionados con el petróleo. Yo vivía en Nuevo Rocafuerte, a 150 km río abajo, en el Napo, junto con Alejandro Labaka, un antiguo viejo misionero en China, el Padre Gerardo de Erro y el padre Serafín Elizondo. De pronto, ¡qué sorpresa!, podíamos contactar con ellos e iniciar una relación que desde luego no sabíamos hacia dónde nos iba a conducir.

Pretendo explicaros algunos rasgos fundamentales de esta primera aventura apostólicacon los Waorani de las cabeceras del Yasuní y el estilo de la misma. Esta experiencia se encuentra muy bien narrada, con asombrosa sencillez, en “Crónica Waorani”, aunque algunos detalles marcan las “líneas de fuerza” que condujeron toda la acción.

El primer rasgo que deseo detallar es que Alejandro inició su acción en el mundo Wao no en solitario, por libre, por propia iniciativa, sino como “enviado” por el grupo de capuchinos misioneros de Aguarico. Cuando llegaron las primeras noticias en agosto del 76 nos reunimos en NR algunos hermanos, los hermanos de NR, el consejo responsable de los capuchinos en la época, formado por Enrique Marco, Alejandro y yo mismo, José Miguel Goldáraz y Mons. Jesús Langarica, que desde Coca participó con su apoyo incondicional, dialogamos sobre lo que surgía ante nosotros, sobre lo que convenía hacer y lo que no,la forma concreta de realizar los primeros pasos para contactar con ellos. Alejandro partió como enviado, pero con libertad de acción, hacia Pañacocha, la sede de la compañía CGG y desde allí a los puestos avanzados de la selva, que correspondía a las cabeceras del río Yasuní.

Cuando esta aventura misionera avanzó, en marzo del año siguiente, los capuchinos de Aguarico, en Asamblea General bajo la presencia de Miguel Mendía, provincial en aquellos años, “asumieron- dicen sus actas - la labor pastoral entre los aucas como prioritaria y encomendaron a Alejandro Labaka esta labor, liberándole de cualquier otra responsabilidad que le impidiera esta labor”. Mendía quedó fascinado por el mundo de Aguarico y en una carta que dirigió a los misioneros en aquellas fechas les hacía esta confidencia: “Quizás nunca como estando entre vosotros he comprendido lo que es la Iglesia. La he visto anunciando con sencillez la buena noticia de la salvación a los pobres, curando a los enfermos, acariciando a los niños, enseñando a los ignorantes, dando alegría a los tristes, repartiendo el pan de la esperanza cristiana, bautizando a los hombres, redimiendo culturas “

En la primera etapa, aquella en que Alejandro comenzó a convivir con algunas familias del Yasuní, con hermosísimos detalles que aparecen en Crónica Waorani, se utilizaron los medios de trasporte de la Compañía petrolera; después, cuandobarruntamos que esta vía iba a acabar,nos reunimos de nuevo los responsables de los capuchinos y el Prefecto Apostólico para ver qué debíamos hacer. Y se decidió buscar una vía fluvial que nos abriera una nueva vía de comunicación. Buscamos, era enero del 77, en una aventura llena de riesgos y quijotismo, la manera de descubrir esta vía fluvial para llegar a sus bohíos. Yo guardo de esos tiempos recuerdos inolvidables donde se mezclan, sueños, aventura, ideales, esfuerzos locos y goces humanos difíciles de imaginar.

Querría concretar cómo entendíamos el término “evangelizar” frente al nuevo mundo que iniciábamos. Nada más lejos que conseguir ampliar el mundo de cristianos bautizados, confirmados, y todo lo demás. Para Alejandro y también para quienes le acompañamos en aquellos benditos años, cada uno con nuestro estilo propio y nuestros “carismas” personales, esta labor nació y se desarrolló de manera espontánea, tratando de descubrir en cada momento lo que debíamos hacer y, creo sinceramente, lo que Dios nos pedía hacer.

Lo primero fue vivir con ellos, llegar a crear un clima de amistad y de familiaridad que permitiera un aprendizaje mutuo de nuestros mundos respectivos. Pasos cortos, con inquietudes y zozobras iniciales por lo que podía pasar. “Mirar”, “contemplar”, “participar” en múltiples signos de amistad, descubrir “las semillas del Verbo” presentes y escondidas en la vida cotidiana. Comprueben: mi primer signo apostólico, en el primerviaje fluvial, fue“mover mis pabellones auriculares” con gran algarabía de jóvenes y viejos. Después, muy pronto, pasé a cosas más serias, como hacer de odontólogo y curar sus enfermedades. En un tiempo record se había creado el clima adecuado y pude hospitalizar a varios Waorani en NR: a Inigua, el padre de Alejandro, para una operación, mi primera cirugía estética, del pabellón auricular rasgado; a Deta, para drenar una gran absceso inguinal, a Kai, para operarle de una hernia inguinal encarcerada, por cierto, trasportado en helicóptero desde su casa al hospital,a la hija de Huane, Ahuare, para tratarle de una tuberculosis y a Pawua, la madre de Alejandro, para curarla de un cuadro respiratorio agudo. ¡Había que verle, con su figura menuda, siempre tan coqueta, paseándose por el hospital en su limpia camisa de dormir!

Este camino humanizanteno impidió que Alejandro aprovechara algunas oportunidades para hablar del hombre que pendía de su crucifijo, de María su madre, y de Huinuni, que nos quiere a todos. Pero todo con discreción, sin prisas, sin obsesiones.

El segundo tema de esta evangelización fue cómo acercar su mundo al resto del mundo ecuatoriano. Porque es seguro que la “fraternidad humana” forma parte del centro de toda evangelización. También esto se hizo sin prisas, al ritmo que ellos mismos quisieran marcar, creando un clima de confianza que provocara las ganas de venir a Rocafuerte, conocer nuestro mundo. Primero viajaron jóvenes, Araba y Anaento, después algunos más. Antes aún, sintieron curiosidad por nuestras mujeres y cuando vimos que el clima estaba preparado comenzaron las visitas de algunas hermanas Lauritas y Capuchinas. Inés Arangono fue de las primeras, pero sí la que descubrió como ninguna su propia vocación, “su llamada” hacia el mundo Waorani. Ella vivía en el Hospital, era la responsable de las hermanas, los conoció, y si me permitís una frase coloquial, “todo lo demás desapareció de su horizonte”. Claro que siguió siendo una colaboradora inapreciable en sus tareas de ayuda con los enfermos, en las visitas a las comunidades quichuas de la ribera del Napo y Aguarico, en la pastoral del pueblo, pero verla cómo acogía a los Waoranien el hospital, cómo estudiaba su idioma y cómo pasaba ratos y ratos con ellos, sentados en las hamacas de la casa de las hermanas, lo dura y resistente que demostró ser en sus permanencias en las casas de los Waorani en el Yasuní, todo indicaba que había descubierto “su perla preciosa”.Por esta perla preciosa daría un día su vida.

Junto a esta labor lenta y paciente se trabajó en la población de NR, un mundo quichua y mestizo, para que comprendieran y acogieran a este nuevo pueblo en una convivencia que olvidara antiguas enemistades. Conversar, explicarles cómo tenían que saber pagar correctamente los pequeñas cosas que traían desde sus casas para poder después comprar las que sentían necesidad, como anzuelos, nylon, tejidos, ropas. Siempre recuerdo una escena inolvidable. En la pequeña capilla de Rocafuerte, en la celebración del sábado por la tarde, Alejandro hablaba de cómo acogernos todos, de cómo ayudarnos entre todos. Allí estaban las gentes del pueblo y, ¡oh asombro!, varias mujeres Waoranicon sus niños colgados al pecho, en sus pequeñas redecillas de chambira, sin más ropas que unas exiguas pantalonetas. Las gentes miraban, escuchaban, se asombraban… porque ellos eran quienes en tiempos aún recientes impedían surcar el río Yasuní por el riesgo de morir alanceados. Y así poco a poco se establecieron los nuevos lazos de relaciones amigables entre unos y otros.

Hace unos años escribí para el libro publicado por Miguel AngelCabodevilla, “Tras el rito de las lanzas” unas visiones mías sobre Alejandro Labaka. Quisiera terminar mi pequeña aportación con algunas frases que recogen mi visión de Alejandro.

“Alejandro Labaka fue un hombre admirado pero, para muchos representantes de la sociedad civil y eclesiástica, un hombre que vivía en un mundo envuelto en la fantasía y no en la realidad dura y prosaica. Frecuentemente era centro de atención por sus opiniones llenas de la belleza del ideal intuido, de un mundo que pertenece más al sueño que a lo palpable, ingenuamente contemplado, sin poner atención en el lado prosaico que siempre encierra…

Pero, una vez más, compruebo que es difícil conocer el mundo interior de una persona si no se ha vivido con ella una larga existencia cotidiana. Es en la realidad de una prolongada convivencia donde comprobamos el mundo que habita en el interior de la persona, los motivos profundos que dirigen sus acciones, los criterios verdaderos que permiten comprender el porqué de sus palabras, juicios de valor, y criterios de conducta. Yo he experimentado a Alejandro como una riquísima personalidad, una armonía envidiable entre realismo y capacidad de soñar, entre prudencia y sentido del riesgo, capaz de discernir con un quinto sentido evangélico cómo debe ser el camino que debemos escoger en cada caso.

Siempre le atrajeron los espacios amplios, los mundos lejanos, las culturas diversas a la propia, las personas que viven la existencia humana desde experiencias y valoraciones desconocidas para nosotros. De entre esas gentes, los minusvalorados, los situados en la frontera, o fuera de ella, de la sociedad que se cree rica y poderosa. Aquellos a quienes nadie dirige su atención y que no forman parte del acervo de valores de su propio mundo, le atraían de forma particular. No eran tanto los pobres de su entorno, sino los que viven otros mundos culturales, siendo en ellos doblemente marginados para el nuestro. ¡Si de él hubiera dependido siempre hubiera estado sentado a su mesa! La experiencia china, nunca olvidada, con su mundo interior tan diverso al nuestro, en el que él descubrió una profundísima sabiduría, mantuvo siempre viva la llama de este sueño personal. Los Waorani fueron el nuevo horizonte que le atrajo y solo en parte lo sustituyó; llegó ciertamente a ocupar el rico territorio de su fantasía humana y cristiana.

Es completamente cierto que la base profunda de sus querencias se nutre del Evangelio que Alejandro vivió con especial profundidad. No era solo su talante humano, era, ante todo, su profunda captación del mensaje de Jesús hecho vida en su camino humano. La atracción que los Waorani produjeron en él no podría explicarse si la apartáramos de su visión religiosa, cultivada con esmero, que podía captarse en su fecunda acción en su favor.

Siempre me ha llamado la atención su capacidad de lucha en favor de estos grupos humanos que tanto le fascinaron. No solo capacidad, sino realismo y eficacia. Vivía con ellos y soñaba con ellos; hablaba de ellos sin poder ocultar la fascinación que le producían. Ofrecía en sus diálogos y en sus interpretaciones una cierta ingenuidad, nacida ciertamente de su admiración. Pero, al mismo tiempo, era ante todo un luchador tenaz e inteligente; con una especial capacidad para mantener sus propias ideas ante quienes podían mejorar la vida y los derechos de “sus minorías”. Tenía una particular elegancia en el trato, un enorme respeto a los juicios y actitudes de quienes formaban parte de las fuerzas contrarias, aquellas que afectan negativamente al bienestar de estas mismas minorías. Pero no daba fácilmente su brazo a torcer. Ahí están sus escritos y sus gestiones: siempre con la sonrisa y la tozudez de quien sabe que la vida no solo es admiración y fascinación sino trabajo y defensa por el bienestar de aquellos a quienes ama”.

Manuel Amunárriz

Sangüesa

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MISIONEROS DE FUEGO: ALEJANDRO E INÉS

En 1986 durante la Conferencia Regional de Colombia, los Misioneros de la Consolata optan por entregar a las diócesis unas cuantas parroquias, ya organizadas, para reforzar su carisma misionero abriéndose más a los afroamericanos e indígenas. Unas comisiones contactan con obispos de Ecuador interesados en la colaboración misionera.

Con otro padre, visitamos Esmeraldas, Puyo, Tena y Aguarico. Otros, en ese mismo tiempo, contactan con las Diócesis de Latacunga y Riobamba. A mí me tocaron los Vicariatos de Oriente. Eso me dio la oportunidad de conocer a Alejandro e Inés.

A mi llegada, Alejandro y los Capuchinos del Coca me recibieron con amistad y franqueza. Al día siguiente Alejandro me hizo llevar hasta Pompeya, “para conocer algo de nuestros ríos”. Pasé unas horas alegres e intensas con Juan Santos, el cual me habló del trabajo con los indígenas Quichuas-Naporunas y de unos viajes hasta los Huoarani del Yasuní.

Al otro día, Alejandro mismo me acompañó, en camioneta, por la Vía Auca. Hicimos una etapa donde las Hermanas Dominicas, luego viajamos hasta el Km. 80 donde se encontraba, en ese momento, el hermano Felipe. Durante el viaje me hablaba de los problemas de la gente, colonos que habían invadido las tierras, la presencia de las compañías petroleras y los Huoarani sacados de su territorio. Al regreso entramos en la CGC. Me presentó al Sr. Viteri. Hablaron de unas inquietudes de los trabajadores acerca de la presencia de indígenas desconocidos. Tal vez de los Tagairi. Mientras tanto, Alejandro me pasó unos documentos del Vicariato y un material sobre los Huaorani.

Por la tarde visitamos el pueblo de Coca. La Iglesia y las Terciarias Capuchinas. En esa ocasión conocí a la Hna Inés Arango. Mientras Alejandro conversaba con las demás hermanas, Inés me habló con entusiasmo de su trabajo misionero con los Huaorani. Me mostró unas artesanías de ellos: una hamaca, collares, coronas y unas cuantas fotos. Aunque mostraba preocupación y quizás un poquito de miedo, confiaba en Alejandro y había decidido seguirlo en esa misión de acercamiento y conocimientos de los Huaorani, con la esperanza de contactar también a los Tagairi. El último día, Alejandro me acompañó por la vía Sushufindi. Hicimos etapa donde los padres y las hermanas Dominicas y Capuchinas. El intento de Alejandro era mostrarme los dos enfoques de la Pastoral del Vicariato: los ríos, con las comunidades indígenas y las carreteras, con las comunidades de los colonos. Su propuesta concreta para los Misioneros de la Consolata era la de colaborar con unas comunidades Naporunas y visitar con más regularidad las minorías del Aguarico: Sionas-Secoyas y Cofanes.

Encuentros nocturnos

Las noches fueron las que me dieron la oportunidad de conocer a Alejandro como misionero. Podríamos titularlas: encuentros nocturnos. Un poquito como Nicodemo cuando fue de noche donde Jesús.

Creo que para Alejandro, Inés y todos los misioneros, valgan los versos de León Felipe: Sensibles a todo viento y bajo todos los cielos, poetas, nunca cantemos la vida de un mismo pueblo, ni la flor de un solo huerto. Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros. (León Felipe-Romero sólo)

Nos sentábamos en el saloncillo donde habitaba Alejandro y allí, como en una larga confesión, me habló de su vida misionera, del pasado (China) e del presente. Se veía claramente que su “último amor” eran los Huoarani. Hablaba de ellos con pasión, entusiasmo, optimismo aunque no escondía preocupaciones e incertidumbres. Quisiera sintetizar estas charlas nocturnas con unos iconos bíblicos que él mismo, de vez en cuando, dejaba caer a lo largo de la conversación.

El icono del Envío Misionero de Jesús: “Cuando entren en una casa decid: Paz a esta casa...Quédense en la misma casa, coman y beban de lo que ellos mismos tengan.” (Lc. 10).

Con eso quería subrayar que nosotros, los misioneros,¡somos huéspedes y no dueños! No podemos y no debemos, de ninguna manera, tumbar las puertas de las culturas ajenas..., más bien acercarnos a ellas con delicadeza, sencillez y amistad sin desdeñar sus comidas y bebidas..., aunque a veces los ojos y la barriga hacen resistencia y dan ganas de rehusar.

El icono de Jesús entre los doctores del templo: “Encontrar, escuchar, preguntar”. (Lc.2,46).

Todo comienzo es difícil. Todo encuentro provoca inquietudes. Hay que saber pasar unas cuantas humillaciones: idioma complicado, cultura desconocida, lenguaje cultural contradictorio y provocativo. Surgen no pocas preguntas: ¿cómo conciliar nuestra visión moralista y religiosa, cómo descubrir las “semillas del Verbo” en una cultura tal vez animista, o tal vez sin claras manifestaciones religiosas? ¿Cómo dar vida a un nuevo estilo misionero?....

El icono de Goliat y David: “Del ejército filisteo se adelantó un luchador llamado Goliat, de casi tres metros de alto…con espada y lanza…David agarró su bastón de pastor, la honda, con cinco piedras bien lisas, y se acercó al filisteo…” (I Sam. 17,4-5;17,40).

Se trata de choques entre los grandes y los pequeños de nuestros días. Los grandes son los políticos de turno, los militares y, sobretodo, las Compañías Petroleras…Se parecen de veras a Goliat: posibilidad y abundancia de medios, dinero, personal, mecanismos…y nosotros, unos pobres David… a quienes les faltan también la cinco piedritas y la honda…

Cuando regresé a Colombia, supe que la Comunidad de la Consolata había escogido Riobamba como nuevo campo de trabajo. En enero de 1987, junto con P. José, comenzamos nuestro trabajo pastoral en Punin y Flores, comunidades Quichuas pertenecientes a la Diócesis de Riobamba. Allí mismo me llegó la noticia de la muerte de Alejandro e Inés. Por unas noches se presentó delante de mí el rostro de Alejandro y recordé nuestras conversaciones del año anterior.

Dejé los Andes por el Oriente y me agregué al Vicariato de Aguarico. La Misión del Coca me acogió come un padre más de la Comunidad Capuchina. Sin embargo, no olvidé los consejos de Alejandro: trabajar con las minorías significa trabajar con los últimos. Son como las “piedras desechadas” de la Biblia. Llegarán los momentos de desaliento y confusión…Quizás experimentarás la soledad y la incomprensión. Seguramente de parte los que gobiernan, quizás de los mismos compañeros de misión y porqué no, también de los mismos indígenas con quienes trabajas.

A mi parecer, la vida de Alejandro e Inés pueden sintetizarse con estas palabras: Por estas tierras, por estas selvas, por estos ríos, un acto de amor es un desafío, una palabra de libertades un desafío, un gesto de comunión es un desafío, una acción misionera es un desafío.

“Oler a indígenas hasta la muerte”. Mis años con los Huaorani

Parafraseando las palabras de Papa Francisco: ¡El Pastor debe oler a ovejas! Podríamos resaltar que Alejandro e Inés han sido fieles a esta misión, como puedo decir de todos los Capuchinos conocidos durante mi permanencia en el Vicariato: sencillez, pobreza, compromiso y fidelidad a la Misión y al carisma de Francisco de Asís.

Intentamos, a nivel de Vicariato, programar unos puntos esencial de Pastoral Huaorani, teniendo en cuenta la experiencia y las sugerencias de Alejandro: educación bilingüe y visitas regulares a los grupos del Yasuní; pasos para la legalización del Territorio Huao. Este último, fue, yo creo, un sueño de Alejandro. Comenzar a visitar los demás grupos Huaorani. Contactar las Compañías Petroleras para exigir respeto por el ambiente(ecología) y por el hombre (antropología). Acogida fraternal de los Huaorani, cuando se presenten a la Misión. Control hacia un turismo aprovechador y opresivo. Recoger memorias de los varios Huaorani: historia e historias. Viajes al territorio Tagairi. Visitas regulares a los grupos del Yasuní. Con Sor Inés Ochoa (Laurita) y Sor Laura (Terciaria Capuchina). Se llegó, más adelante, a la programación de la Educación Bilingüe y preparación de cartillas didácticas.

Mientras tanto, Miguel Ángel, José Miguel y otros, trabajaban por la legalización del territorio Huao. Río abajo, en Rocafuerte, Manuel Amunárriz, doctor de los cuerpos y pastor de almas, atendía junto a las Capuchinas el hospital a cuantos llegaban desde los ríos Napo, Yasuní, Aguarico…

Visitas a los otros grupos Huaorani.

Siempre con la Hna Inés, visitamos por primera vez los grupos de Dayuno (Dabo-Zoila), los del Cononaco arriba (Caruve, Menga- Ohna), los del Cononaco abajo (Quempere-Mihname). Los de Quehueirono, sobre el río Shiripuno. Otros días los pasamos con los Imairi: el grupo de Babe, sobre el río Curaray y aquél de Bai, sobre río Nushiño. Lastimosamente la comunidad Laurita trasladó, por necesidades urgentes, a Sor Inés a Chile. Sin embargo, ampliamos nuestras visitas al grupo de Quempere, que mientras tanto se había trasladado bien abajo del Cononaco, cerca de la pista aérea abandonada. Hubo la posibilidad de visitar también los grupos de Toñampare (Dayuma), en un encuentro abierto a todas las comunidades indígenas. No olvidamos a los grupos alrededor del río Curaray. Huepe, sobre el río Quehueirono.

Linderación del Territorio Huao

El Vicariato se comprometió a participar unas semanas en el trabajo de linderación del Territorio Huao. Fueron unos días importantes para ampliar los conocimientos y relacionarse con elementos de todos los grupos Huaorani. No faltaron tensiones con unos colonos y con un grupo armado de Shuar que, mientras tanto, habían ocupado una parte del territorio Huao.

Recuerdos y mensajes

Puedo comunicarlos a través de unos rostros: Babe y Bay: el guerrero que llora y el abuelo feliz. Babe y su mujer Olga nos han acogido siempre con amistad, tanto cuando vivían sobre el Curaray, como cuando llegaron en las tierras de su padre Ima.

Lo que me impresionó de Babe son sus lágrimas. Tal vez ha sido el único Huao adulto que he visto llorar. El motivo: la muerte de su hijo. Mientras el niño estaba jugando con su hermanita sobre la playa,inesperadamenteuna anaconda lo agarró y se lo llevó bajo el agua. Un acontecimiento como éste suena a maldición. Quemaron la casa, abandonaron el lugar y se trasladaron a orilla del Tiguino. Pero las lágrimas de Babe no las puedo olvidar.

Cuando llegamos a la choza de su hermano Bay, notamos su amor por lo tradicional. Dentro de la choza corren libremente un tucán, guacamayos y un pequeño mono… Mientras, su mujer está preparando la tepe-chicha. Nos recibe con una sonrisa y quiere saber porqué he demorado así largo tiempo sin visitarlo. Años atrás nos salvó de una situación peligrosa. Con Sor Inés y Armando Vargas nos habíamos perdido en la selva del Nushiño. Con paciencia nos acompañó hasta el sendero que conducía al río. Cuando le hablo de mi salud,Bay quiere ver mis heridas… para él son señas de lanzas… Inútil explicarle que habían sido heridas provocadas por un doctor…, para él, sin embargo, soy un guerrero. Cuando nos despedimos, el sol está escondiéndose tras los árboles de la selva. Tenemos que regresar.

Me llevo adentro el rostro y la mirada de estos dos hermanos: Babe, el guerrero que llora y Bay, el abuelo feliz. Unos años antes ciertos protestantes, bastante integristas, intentaron de convertirlos a la fe, asustándoles con el fuego del infierno y el terror del pecado… Habían resistido pocas semanas. Me comentaron que una religión que predica el miedo no es buena cosa para ellos… ¡prefieren vivir y ser libres!

Ompure: el enojado

El recuerdo del asalto Tagairi ha sido algo inolvidable para Ompure y puede comprenderse su sed de venganza. Su madre nos relata el episodio del asalto: Una noche muy obscura, de mucha lluvia, todos nosotros estábamos en la casa, una casa grande, en Gabaron. Adentro, conmigo, estaban:Inihua, Araba, Ompure, Buganey, Tehuane y otros. Ompure estaba tumbado en su hamaca. Oímos como uno rumores, pero estaba lloviendo duro y habiendo viento no les hicimos caso. Al rato oímos unos gritos y al mismo tiempo entraron en la casa unos Tagairi armados con lanzas. Aunque estaba oscuro buscaron en seguida a Ompure y le clavaron una lanza aquí, en la cintura. Él logró amarrar fuertemente con la hamaca a un asaltante y tal vez por eso se salvó de otros lanzazos. También Tehuanefue ligeramente herido por una lanza. En la gran confusión, todos logramos escapar escondiéndonos en el monte. La lluvia, y sobretodo la obscuridad, nos favorecieron. Los Tagairi, con la misma rapidez que habían llegado, también se fueron. Ellos son siempre peligrosos, matan no más.

Ompure, después que se recuperó vivía siempre bravo con todo el mundo. Siempre tenía ganas de vengarse de los Tagairi y en unas oportunidades fue a buscarlos. No olvida los lanzazos de los Tagairi. Yo le digo, que ya hace mucho tiempo, que estamos muy lejos, que son muy bravos. . . pero él casi no escucha. Lo que desea es poder vengarse de ellos. (Mimanca–Pahua, Yasuní)

Dabo y Huiname-Zoila: el vengador

Dabo ha sido el terror de las riveras del Napo. Lo había aprendido siguiendo a su padreNihua. Éste encontró la muerte sobre una playa del río. Para Dabo, la muerte de papá ha abierto unas heridas de venganzas. Su tristeza, cuántas veces nos lo ha recordado, es saber si enterraron o no a su padre, o más bien no lo hayan abandonado sobre la playa. Llevado por los del ILV aToñampare, siempre rehusó esta solución. Enojado con todo el mundo, los del ILV intentaron inútilmente “convertirlo”. Al final, le entregaron como esposa a Huiname-Zoila y desde entonces se alejó de Toñampare para irse a orilla del Dayuno, antes, y cerca del Tivacuno, en estos últimos anos.

Mengha y Ohna: lo nuevo y lo antiguo

El filósofo dela selva. La hamaca y la muerte. Cuando hace unos años, en Yohuotome, visitamos la choza de Menha, lo encontramos sentado en la hamaca...

Se mueve dulcemente al ritmo de la hamaca. De vez en cuando se baja a controlar el fuego y después comienza de nuevo a moverse dentro la hamaca. Me dice que: los cohuore traen demasiados ruidos... están matando a la selva. Y si se termina la selva¿nosotros, a dónde vamos? Nuestra vida es, como esta hamaca, se mueve da acá por allá hasta que no llegue la muerte y, entonces, también la hamaca se para...

Con Ohna me pasó algo curioso y ridículo. Mientras estaba sentado sobre un tronco, cansado por el largo viaje, se me acercó su hijita de unos 6 años... comenzó a jalarme los pelos de los brazos, luego del pecho y, por último, se agarró a la barba abundante. Jalaba y se miraba unos pelos que le quedaban pegados a sus manos. Luego llamó a su madre diciéndole: Bara tiñe entepoi. Ai! Cohuore ponte, ...gatabaiimba! Gatabaiimba! El hombre que acaba de llegar es igualito a un mono....

Hasta entonces, la filosofía huaoranicreía en esta pegunta: ¿cómo se puede vivir sin reír? Actualmente, quizás, este sueño se está acabando...

Quempere y Megatuve: el actor y el brujo

No hay duda que desde que se comenzó hablar de los Aucas, hoy los Huaorani, Quempere ha dado la vuelta del mundo mediático pos sus numerosas fotografías y filmados. Podríamos decir que, con su mujer, son los dos actores principales del mundo Huao.

Ha tenido siempre una buena relación con la misión del Coca. Hablaba con interés del pasado y de sus recuerdos de los Tagairi y de otros Huaorani desconocidos. No tuvo problema en aceptar mi presencia durante la elaboración del curare, de los virotes, de la cerbatana. Su filosofía parecía ser esta: ser amigo de todos,¡porque todos nos pueden dar algo!

A Megatuve, su hermano, lo hemos conocido junto a Quempere, en el Quehueirono. Era temido como brujo: se convertía, según la tradición Huaorani, en jaguar para sanar o para hacer daño. No tuvimos oportunidad de ver mientras ejercitaba sus métodos shamánicos.

Huepe: el trasgresor

Cuando llegamos a su choza, lo encontramos tendido en el hamaca, desnudo con el gume alrededor de la cadera. Un nieto intenta cubrirlo con un vestido. Le digo mi nombre, se conmueve y recuerda inmediatamente mis encuentros sobre el río Curaray y,sobre,todo, las semanas pasadas juntos en la linderación del Territorio Huao. De mi parte recuerdo su carácter chistoso, los jóvenes lo escuchaban con atención porque les enseñaba el arte de la guerra y del amor.

Ahora, sin embargo, no es y el Huepe de entonces…Su rostro está cubierto de una pequeña barba blanca, sus orejas muestran los lóbulos abiertos…Me agarra las manos y me obliga a colocarlas sobre sus ojos. Una enfermedad le está quitando la vista… Le han ofrecido llevarlo a Quito para operarse… Pero lo que lo pone triste, más que los ojos, son los jóvenes que lo rodean… No saben ya hacer las lanzas… Las muchachas se aburren de tejer hamacas…

Aprecian demasiado las novedades traídas por los cohuores…y, sobretodo, no sueñan más nuestros sueños Huaorani. Su mujer, más joven que él, y unos nietos, se le acercan con delicadeza para consolarlo… Al despedirlo me deja este mensaje: ahora a quiénes contaré mis sueños?

Mirada atenta hacia los grupos desconocidos: Tagairi, Taromenani

Hemos buscado respetar estos grupos ocultos (no-contactados) defendiendo su libertad hacia periodistas, fotógrafos y aventureros solamente sedientos de novedades. Nuestra filosofía era la estar pendientes de cualquier noticia que nos traían los Huaorani que trabajaban en la companías petroleras, de manera especial los que del bloque 13 de Braspetro (Petrobras). Se hicieron unos vuelos con el Cap. Ruales descubriendo y testimoniando con fotos (chozas, chagras, senderos…) la presencia de los Tagairi a orillas del río Mencaro.

Con el grupo del Cononaco se hizo un largo recorrido por este río hasta el Yasuní. La presencia silenciosa de los Tagairi se dio al menos en tres oportunidades: en el campamento abandonado de la CGC sobre el Shiripuno, dejando unos presentes que se llevaron y unos rastros cerca del río Shiripuno.

Con el grupo de Babe se hicieron tres viajes. Hay que tener en cuenta que dicho grupo ha vivido dentro del mismo territorio Tagairi y, por lo tanto, son conocedores de estos ríos y selvas. En un viaje nos paramos a dos o tres curvas del río Mencaro… Babe nos hizo regresar debido a un sueño de la mujer Olga: sangre y lanzas…y frente a los sueños ¡también los guerreros son derrotados!

En el campamento abandonado de Braspetro hemos visto claramente rastros de pies y escuchado gritos de extraños… Se les invitó para hablar y comer juntos sin ningún resultado…

La historia de los Tagairi de estos últimos años se ha vuelto dramática…por unos asaltos y masacros… ¿dónde estarán, cuántos son y cual será su futuro? La presencia de los Taromenani deja también más interrogantes. Lo cierto es que, contrariamente a los juicios y prejuicios de antropólogos o estudiosos, en estos últimos tiempos los que verdaderamente defienden los indígenas son los misioneros…

Un agradecimiento especial merecen los Misioneros del Coca por su presencia, compromiso socio-cultural, defensa del territorio… respeto y acogida hacia los indígenas, sobretodo hacia el pueblo Huaorani.

Armando, catequista indígena del Curaray,

Viajé bastante con él por los ríos Curaray, Nushino, Dayuno, Villano… Dándose cuenta de mi trabajo con los Huaorani, me hizo una clara sugerencia: “Lino…acuérdate que son un pueblo que camina…, siempre in movimiento…, también tú tienes que caminar con ellos…,no te canses de caminar. Quizá no descubras en qué o en quien creen… ¡el Dios de los Huaorani está aún por descubrir!”.

Los Huaorani me acogieron como amigo…

He convivido con ellos en ríos y selvas, con cansancio o descanso, en alegrías y preocupaciones, tensiones o esperanzas, enfermedades y salud, caza y pesca….Todavía tenía mis inquietudes, que a veces me pasaban por la mente mientras estaba recostado en la hamaca por la noche.

Estos indígenas sabrán de Dios lo que yo diré a través de mi misma vida. Los indígenas son muy atentos y descubren rápidamente los defectos de los cohuore-extranos: cualquier gesto ambiguo, incierto, malicioso. Y yo estoy delante de ellos, habito en estas chozas donde no existe vida privada. El trabajo misionero es de Dios, sin embargo pasa a través de mí. Y si mi actitud se hace ambigua, se pierde todo. Es un gran sufrimiento para el misionero. Elmismo Alejandro comentaba que: “Evangelizar significa anunciar lo que es bueno y denunciar lo que es malo”.

Los huaorani…15 años después

En el 2007 tuve la oportunidad de visitar, gracias a la colaboración de los padres Miguel Ángel y Juan Carlos, unos cuantos grupos Huaorani: los de la vía Auca: Babe y Bay,localizados donde los había conocido yo. Dabo y familia se habían trasladado del Dayuno a sus lugares de origen, al borde de una nueva carretera abierta por las compañías petroleras. Parte del grupo del Yasuní se organizó en un pequeño poblado por la carretera cerca del río Dikaron. Visitamos también a Mengha, Ohna y Ompure, que vivían más bien selva adentro… Quizás no se había todavía apagada en ellos la sed de la libertad.

Mi impresión, aunque sumaria e incompleta, no es muy positiva. Las compañías petroleras han logrado “comprar” a los Huaorani… Sin saber cómo podrían salirse de esta telaraña de necesidades que han maleado su cultura y manera de vivir. Quizás conservarán su alma guerrera, más no su libertad…

Acerca de los Huaorani de hoy día, Miguel Angel y los Capuchinos del Coca seguramente conocen muy bien lo que pasa: tensiones, luchas, esperanzas, asaltos, muertes y, como ha sido siempre, la superficial atención de los gobernantes del momento...

P. Lino Tagliani

Alessandria (Italia)

CLAUSURA

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PALABRAS DE LA SUPERIORA PROVINCIAL

DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN

DE LAS TERCIARIAS CAPUCHINAS, ISABEL VALDIZÁN

Es el momento de “una palabra final”, tal como figura en el cronograma, pero permitidme que, ajustándome al tiempo previsto, sean dos palabras finales.

Una primera es: “AGRADECIMIENTO…” Sí, GRACIAS.

A nuestros hermanos Alejandro e Inés por hacer "teología en primer acto", en los caminos de la vida de los pobres.

A la ESEF que con este Congreso nos ha permitido evocar su figura, su pensamiento, sus andanzas, sus vidas entregadas.

También gracias a todos los que con vuestras reflexiones, testimonio de vida, experiencias, comunicaciones nos habéis ayudado no sólo a volver nuestra mirada y nuestro corazón a Inés y Alejandro, también a enriquecernos, motivarnos, abrir nuestras perspectivas misioneras.

Gracias a los que habéis participado estos dos días, a todos vosotros de diferentes familias y franciscanas.

Después del agradecimiento viene el COMPROMISO.

Volvamos a recordar a San Francisco lo que nos decía en la Adm. Nº 6: “Es una gran vergüenza para nosotros, siervos de Dios, que los Santos hicieron las obras y nosotros, recitándolas, queremos recibir gloria y honor.”

Demos un paso más. Ojalá las vidas de Alejandro e Inés nos hayan cuestionado, y ojalá nos hayamos dejado cuestionar hasta el compromiso concreto. Compromiso que va desde conocer más a fondo su vida, difundirla para que otros la conozcan y por fin compromiso nuestro de vivir, contentos/as, felices, entregando la existencia, porque vivimos como ellos, enamorados y entregados.

He hablado de COMPROMISO y lo he referido en plural… para que sigamos como familia franciscana todos unidos en la búsqueda incansable de una vida más acorde al Evangelio y más presente y cercana a este mundo nuestro.

 

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