Reseña sobre Mons. Alejandro Labaka

 

altEl obispo que murió desnudo

Hay en la Amazonía de Ecuador  dos minorías indígenas en aislamiento voluntario. Son los taromenane y tagaeri. Son pueblos ancestrales que llevan siglos, dedicados a la caza y pesca, sin ningún contacto con lo que nosotros llamamos civilización. Este fenómeno se extiende por la amplia Amazonia de Brasil, Perú, Bolivia, Colombia, Venezuela y Paraguay.

El número de pueblos en aislamiento voluntario en América Latina, fuera de Brasil, son 37. En Brasil se calculan unos 60. La Amazonía ecuatoriana vive una tensa realidad desde el año 2013. En el mes de marzo de ese año los taromenane mataron al jefe Huaorani Ompure y a su esposa Bugahey. En represalia, y según su ancestral ley de venganza, un grupo de Waorani dio muerte a más de 20 taromenane, ya no con lanzas, sino con sofisticadas armas modernas. Hoy el Estado ecuatoriano tomó la decisión de encarcelar a 7 Huaorani. Hay organismos internacionales que velan por los pueblos ancestrales. En medio de toda esta problemática, hay un misionero que dio su vida por la defensa de los derechos de los pueblos ancestrales de la selva amazónica.  

Alejandro Labaka Ugarte

Nació en un caserío de Guipúzcoa,  llamado Beizama, a 10 kilómetros de Loyola, la patria de San Ignacio, en España. De familia profundamente cristiana, a sus 12 años siguió a su hermano mayor en el seminario de capuchinos de Alsasua (Navarra).  Durante 13 años recorrerá los seminarios de la Orden capuchina, forjando su alma misionera. A sus 18 años tuvo que interrumpir sus estudios para ir al frente de combate en la guerra civil española del 36-39. Fue asistente sin disparar un fusil. Se reintegró al convento y en el año 1945 recibió el sacramento del Orden sacerdotal, a sus 25 años.

Misionero en China

A pocos días de ser ordenado sacerdote, escribía una carta a su superior, solicitando ser enviado a China como misionero. He aquí parte de su carta: Aquí estoy, envíame. Mi alegría sería inmensa si el Espíritu Santo se dignase escogerme para extender la Iglesia y salvar almas en misiones. Y sobre todo en países de más dificultad y donde haya más que sufrir. Me pongo incondicionalmente en sus manos para ir a donde quiera que disponga enviarme… Le comunico que lo que más me ha atraído y la que más me atrae en la actualidad es nuestra misión de China”.

El inmenso continente asiático es hoy un despertar nuevo, especialmente China. En los años cuarenta del siglo XX existían las misiones católicas extendidas por toda la geografía china. Una de ellas era Pingliang, en la provincia de Kansu. Los misioneros capuchinos españoles se hicieron cargo de ella en el año 1927. Llevaban unos 20 años de labor misionera, en condiciones extremadamente difíciles, ya que varios de ellos habían muerto por el tifus exantemático. Con otros tres compañeros llegará Alejandro a Pingliang en el año 1947. Y permanecerá 7 años, dedicado a la medicina y a la labor evangelizadora. Para siempre quedará impreso en su corazón un amor  especial a China, tanto que, al ser nombrado obispo por el papa Juan Pablo II, aceptó con la condición que le permitiese regresar a China, cuando se abriesen a los misioneros las puertas de ese gran país. En el año 1951 comenzó en China una persecución sistemática a la Iglesia Católica por parte del gobierno comunista. Fueron expulsados los misioneros. Alejandro estuvo dispuesto a quedarse en China, con espíritu martirial. Así lo expresó a sus superiores: Después de considerar detenidamente lo que me dice… me decido a exponer mi decisión para su completa tranquilidad: le suplico humildemente que, si el Señor llega a creernos dignos de padecer algo por Él, y endereza los pasos de los comunistas hacia nuestra Misión, me dé sin paternal bendición y obediencia y me deje en cualquiera de las estaciones de la Prefectura. Creo que mi pena sería mayor si me mandaran huir que mandándome permanecer en mi  puesto. Para mayor tranquilidad suya, le digo que esta mi decisión es anterior a su carta y tomada ante las gradas del altar.

Así era su espíritu misionero martirial y así seguirá hasta la muerte. Pero el 30 de marzo del año 1953 llegaba expatriado a España.

Ecuador, patria del corazón

Los capuchinos llegaron a Ecuador en el año 1873 en tiempos del presidente de la República García Moreno. Procedían  de Cataluña y habían sido expulsados de España en los años de la Desamortización. Después de misionar en varios países de Centroamérica, llegan a Ecuador. Permanecerán hasta el año 1895, donde sufren otra expulsión, ahora a Colombia. Pero en esos años formaron 20 capuchinos ecuatorianos, que serán grandes misioneros en  Buffliels (Nicaragua), Caquetá, Chocó y Putumayo (Colombia). De nuevo en el año 1950 regresan  los exiliados en Colombia y  la provincia de Navarra se hace cargo de la restauración de la Orden en Ecuador. Para Alejandro Labaka, que a su pesar tuvo que dejar China, se abre otro campo de misión: Ecuador. Llega a la que será su segunda patria el 16 de mayo de 1954. Apenas había permanecido un año en España.

En Ecuador llegará a ser superior de su Orden a  nivel nacional. Trabajará pastoralmente en Pifo y Guayaquil. Fundará un seminario en Quito. Y  el 1 de febrero de 1965 le sorprende el nombramiento de Prefecto apostólico de Aguarico.

La misión de Aguarico en la Amazonía ecuatoriana

La Amazonía es un mundo mágico. Su extremado clima tropical, su lejanía geográfica hizo que fuese una región habitada casi exclusivamente por indígenas. Fue precisamente una expedición de españoles que salió de Quito la que descubrió el gran río Amazonas,  el 12 de febrero del  año 1542. Los Jesuitas misionaron durante siglos en la región. Expulsados ellos, la región sufrió el despojo  en tiempos de la explotación del caucho. En el año 1921 la Santa Sede encomendó la misión de Pastaza a la Congregación italiana de los Josefinos, que cumplirán  dentro de unos años, un siglo de permanencia en la región. Estos misioneros pidieron a la Congregación de Propaganda Fide el desmembrar su extensa misión, fundando una nueva con la región llamada Aguarico. Y el 16 de noviembre de 1953 el papa Pio XII creaba la Prefectura apostólica de Aguarico, encomendándola a los capuchinos. Su extensión era de 29.000 km2. Surcada por el inmenso río Napo y centenares de afluentes, apenas era habitada por unos 3.000 habitantes. La mayoría de ellos habitaban a la orilla izquierda del Napo. Porque a su derecha… nadie osaba atravesar. Estaban los temibles  “Aucas”, los hoy llamados Huaoranis, que tanta importancia van a tener en la vida de Alejandro Labaka.

Quiénes son los Huaorani?

Es un pueblo ancestral de la selva amazónica que ha permanecido en aislamiento voluntario hasta mediados del siglo XX. Se han movilizado en un área de unos 10.000  km2 de selva amazónica. Ha sido un pueblo agresivo, debido en parte a las vejaciones que ha sufrido por los explotadores de caucho y petróleo en su región. El Instituto lingüístico de verano, de origen norteamericano y evangélico,  intentó varios contactos con ellos. Fue trágico el del 8 de enero de 1956, en el que murieron 5 misioneros evangélicos. Una reciente película da cuenta de este suceso. Pero la misionera evangélica Raquel logró contactos permanentes y una especie de reducciones en que la gran mayoría de la población Huaorani entró en la civilización. Dos parcialidades quedaron ajenas al contacto, quedando en aislamiento voluntario: Taromenane y Tagaeri, que aún siguen aislados.

Alejandro Labaka es nombrado Prefecto apostólico de Aguarico

Nombrado superior eclesiástico de la misión, el Nuncio le pide que se haga cargo de los “aucas”, los temibles Huaorani. ¿Cómo encontró la misión?  Un somero panorama de la situación nos dan las siguientes cifras:

Hay 10 religiosos capuchinos, 15 misioneras de la Madre Laura; 2 misioneros seglares, 21 maestros, 17 escuelas, 6 talleres, 9 internados, 1 escuela agrícola, 4 almacenes sociales, 2 pequeños aeropuertos, 5 granjas en formación, 3 estaciones de radio. Aún no existen vías terrestres de acceso desde la capital, Quito. Unos 3.000 habitantes pueblan la extensa zona, asentados preferentemente en las orillas de los ríos. Y están los Aucas, los temibles Aucas.El  nuevo Prefecto tomó posesión el 28 de marzo de 1965. En plena era conciliar.

Mons. Alejandro Labaka participa en el Concilio Vaticano II

Aunque solamente participó en la última etapa, para él la gracia conciliar fue decisiva. Aunque no tuvo intervención oral en el aula, sí tuvo una intervención escrita, la n.74, de las 133 aportaciones escritas al documento Ad gentes  sobre las misiones. En ella trata de la vocación misionera, de la espiritualidad misionera, de la formación doctrinal de los misioneros. Pero lleva algo muy grabado en el corazón del Vaticano II: ‘Semina Verbi: las semillas del Verbo’. Es un párrafo del decreto Ad gentes: “Para que los mismos fieles puedan dar testimonio de Cristo, deben reunirse con aquellos hombres por el aprecio y el amor, reconocerse como miembros del grupo humano en que viven y participar en la vida cultural y social por las diversas relaciones y negocios de la vidas humana, familiarizarse con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubrir gozosa y respetuosamente LAS SEMILLAS DEL VERBO latentes en ellas (AD  GENTES, N.11).  Cuando sea nombrado obispo, elegirá como lema de su escudo episcopal: Semina Verbi.

Estando en Roma,  dirige una carta al papa Pablo VI, pidiendo luz y orientación sobre el tema de los  “Aucas”.

Beatísimo Padre: Tengo en la Prefectura tribus salvajes conocidas con el nombre de aucas, que matan a los que entran en sus dominios y hacen incursiones hacia las partes civilizadas donde siembran el terror con sus muertes. Siento muy fuerte en mi  interior el mandato de Cristo de predicar a todas las gentes, especialmente a estos aucas... Está comenzada la campaña de acercamiento hacia ellos; pero –y esta es mi duda- hasta qué punto puedo exponer la vida de mis misioneros, seglares y la mía propia, propter Evangelium? Beatísimo Padre, si en los designios de Dios fuera necesario el sacrificio de alguna vida para llevar a Cristo estas tribus, dígnese ofrecernos junto con la Divina Víctima en su Santa Misa, para que seamos dignos de esta gracia”.

Aquí vemos clarísima su decisión de arriesgar la vida por el Evangelio. Regresado a Ecuador, se entrega de lleno a la labor pastoral con las minorías.

La noche oscura de Mons. Alejandro

A Mons. Alejandro le tocó vivir los cambios profundos del postconcilio. Era capuchino y casi todos sus misioneros también. Y la Orden capuchina entró en una profunda revisión de sus Constituciones. Había que optar decididamente por los medios pobres en el apostolado. La Misión poseía una avioneta para el desplazamiento de los misioneros y también para avistar y conectarse con los lejanos bohíos o malocas de los aucas. Poseía también una granja vacuna y extensas tierras. A muchos misioneros les caía mal aparecer como hacendados y propusieron desprenderse de esos medios materiales. El 9 de febrero de 1969 el Prefecto apostólico escribe una carta al  nuncio en Quito, haciéndole entrega de la avioneta. La Misión se desprende también de la granja. Fueron meses de oscuridad, porque algunos misioneros optaron por salir de la Misión. Mons. Alejandro escribió al Superior General de la Orden: Pido que se me releve de mi cargo de Prefecto Apostólico, permitiéndome rehacer mi vida como simple fraile capuchino”. Siguieron trámites curiales largos y el 11 de junio de 1970 se hizo público el nombramiento del nuevo Prefecto. Alejandro quedó en la Misión como simple misionero, encargado de los aucas. Era su vocación: las periferias, los pobres, lo más difícil.

El apóstol de los Huaorani. La Crónica Huaorani.

Estamos en los años 1970-76. Alejandro tiene 50 años. Es un misionero robusto, alto, avezado a la intemperie. Lleva años recorriendo la selva enmarañada, los ríos caudalosos, a pie, en canoa. Y ahora les han encargado la atención a los aucas. Van a ser unos 15 años de una vida misionera intensa, en defensa de los derechos de las minorías, de su territorio. Y el momento culmen será el contacto con los aucas. Una epopeya misionera narrada por él, que se conserva como reliquia: cuadernos con huellas de sudor, donde en noches calladas de la selva, en una maloca de Huaos, escribió sus experiencias misioneras. Todo ha sido publicado en el libro CRÓNICA HUAORANI, que está en su 5a Edición.

Primer encuentro y convivencia con los Huaorani.

Así cuenta su primer encuentro con los ‘aucas”: Mi primer contacto personal con los Huaorani. El campamento estaba junto a un límpido riachuelo, cruzado por un árbol que había sido intencionalmente tumbado para que sirviera de puente. Serían las 10,30 de la mañana, cuando:

Amigo, amigo – nos gritaron  desde el árbol -puente los tres Huaorani, completamente desnudos, ceñidos con un simple ceñidor que sujetaba su pene.

¿Escalofrío? ¿Miedo? ¿Alegría? ¿Esperanza? No sé qué corriente inundó mi cuerpo. Solo sé que me incorporé rápido para salir al encuentro, haciendo un esfuerzo de memoria para recordar algunas palabras: NEMO, NEMO, hermano, hermano huao- y estábamos frente a frente.

Me volví para traerles los obsequios que la Compañía me había proporcionado; pero antes de que los sacara de la maleta, ya me rodeaban los tres Huaorani, arrebatándomelos de las manos.

En visitas posteriores me informé de sus nombres: Peigomo de unos 25 años, un verdadero y peligroso líder. Nampahuoe, pacífico anciano de unos 60 años. Uane, de unos 30 años y del que tendré que hablar en varias ocasiones.

La noche sagrada: Alejandro es adoptado por una familia Huaorani

Como Cristo un día se encarnó entre los hombres y vino a poner su choza entre nosotros, haciéndose semejante en todo, menos en el pecado, este misionero se hizo huao con los huaos, hasta ser acogido como hijo por una pareja. Él nos lo cuenta:

Nos acostamos muy temprano, apenas oscureció.  La casa consta de un solo apartamento. En un ángulo está  el fogón, entre las hamacas de Inihua y Pahua. En el otro costado se encuentran las restantes hamacas. Mi cama la pusieron detrás en dirección norte-sur, en el suelo, de manera que podemos darnos la mano con el joven que duerme junto a mí en la hamaca. Estoy  empapado de sudor y me quito la camisa y el pantalón. El joven que está junto a mí hace exactamente lo contrario, vistiéndose la camisa a cuadros de que se adueñó esta tarde.

Hacia la 1 de la madrugada pensé que estaba soñando. Oía una letanía en ritmo semitono. Pero pronto me di cuenta de que era una realidad: la dueña de la casa estaba cantando, mientras avivaba el fogón desde su hamaca. Sentí una profunda sensación de respeto y admiración que hizo brotar de mi alma una sincera plegaria.

Hacia las 5,30 de la mañana se reanudó el canto. La sacerdotisa de la casa cantó tres o cuatro tonadas distintas muy parecidas. , sin dejar de avivar el fuego. Me di cuenta de que se cruzaban frases entre los tres entonces opté por romper el silencio, demostrándoles mi admiración por el canto. Pahua, muy complaciente, me repitió el canto. Entonces intenté imitarle, pero sin lograrlo. Ellos celebraron mi inexperiencia con grandes carcajadas. Mi joven acompañante de la hamaca me dio entender que cantara nuestros cantos. Inmediatamente me vino a la mente el “Sacha  canquimi”.Se hizo un gran silencio hasta que clareó el día

Y ahora va a ocurrir un hecho insólito, en un rincón perdido de la selva amazónica en Ecuador: unos indígenas adaptan dentro de su cultura a un misionero. Él nos lo cuenta.

RITUAL DE ADOPCIÓN. “Me levanté inundado de una gran alegría. Tal como estaba, en paños menores, me adelanté hasta el jefe de familia, Inihua y Pahua, su señora; junto a mí se hallaba ya el hijo mayor. Con la palabra padre, madre, hermanos, familia me esforcé en explicarles que ellos, desde ahora constituían mis padres, hermanos; que todos éramos una sola familia. Me arrodillé ante Inihua y él puso mis manos sobre mi cabeza, frotando fuertemente mis cabellos, indicándome que había comprendido el significado del acto. Hice otro tanto ante Pahua, llamándole Buto bara (mi madre); ella, posesionada de su papel de madre, me hizo una larga camachina (aconsejar), dándome consejos. Luego puso sus manos sobre mi cabeza y frotó con fuerza mis cabellos. Me desnudé completamente y besé  las manos de mi padre y de mi madre Huaorani y der mis hermanos, reafirmando que somos una verdadera familia. Comprendí que debía desnudarme del hombre viejo y revestirme más y más de Cristo en estas Navidades”.

Alejandro se despojó totalmente de sí mismo hasta físicamente, quedando desnudo como los Huaorani. “Me desnudé completamente”. En la estampa-recordatorio de su primera Misa había puesto la frase de san Pablo: “Hacerme todo para todos”. Y en la descripción del rito Alejandro asocia el gesto de desvestirse  al otro de “revestirse de Cristo “de la mística de san Pablo apóstol. Rom 13,14: Revestíos más bien del Señor Jesucristo.

Todo esto sucedía la noche del 18 al 19 de diciembre de 1976. Lleva seis años de simple misionero, encargado de las minorías, especialmente de los Huaorani. Ahora se siente uno de ellos: lo han adoptado. Es Huao con los Huaos.

La misión avanza: inserto entre los indígenas (1978-1984)

Cómo evangelizar al pueblo Huaorani?  Responde Alejandro en su Crónica Huaorani: Es orden de Cristo: Id a todas las naciones, haciéndoles discípulos míos y bautizándolos.

Y para que podáis ir…yo estaré con vosotros hasta el fin. Quienes hemos sentido la llamada no podemos libremente dejarlo de hacer.

La Iglesia sigue pensando que estas gentes, por pocos que sean en número, tienen pleno derecho a conocer la riqueza del misterio de Cristo, en quien toda la humanidad puede encontrar con plenitud loque busca a tientas acerca de Dios, del hombre, de su destino, de la vida, de la muerte, de la verdad y del amor.

Cómo evangelizar al pueblo Huaorani

Responde el mismo Alejandro:

Dando con gran confianza testimonio de vida evangélica por medio de la caridad “con sumisión a toda humana criatura” como dice san Francisco de Asís... Testimonio de vida evangélica conviviendo con ellos para conocerlos desde dentro, en su ambiente, en su cultura, en su lengua, en sus creencias, empeñándonos juntamente con ellos en descubrir las semillas del Verbo y cultivándolas hasta que crezcan y den fruto abundante. Con signos de amor, respetando su situación religiosa, sus ritmos, sus conciencias y sus convicciones, que no hay que atropellar. Dejándonos evangelizar continuamente por ellos.

“Si vieren que agrada a Dios, predicando abiertamente la palabra de salvación a los no creyentes a fin de que se bauticen y se hagan cristianos (San Francisco de Asis

La misionología de Alejandro Labaka

La vida de Mons. Alejandro Labaka es heterogénea: vivió en tres continentes: Europa, Asia y América. En sus 67 años de vida conoció realidades eclesiales muy diferentes: preconciliar, conciliar y posconciliar. Dejó muchas cartas escritas, pero pocas estrictamente “misionales”. Lo que sí dejó como testamento de su espiritualidad misionera es un libro, escrito en la misma selva amazónica: CRÓNICA  HUAORANI. En este estudio quiero limitarme solamente a este libro, descubriendo en él algunos rasgos de la misionología actual.

“¿Enriquece Alejandro Labaka el arsenal de Misionología de la Iglesia? – se pregunta Rufino Grández en su voluminosa biografía: Vida y martirio del Obispo Alejandro Labaka y de la Hna. Inés Arango. Después de haber leído y meditado Crónica huaorani – contesta - , puedo asegurar que sí.

Compulsemos algunos rasgos de la misionología actual y cómo los vivió Alejandro, el obispo desnudo.

Primer rasgo: La “Missio Dei”  precede  “Missio Ecclesiae”.

Tanto la Iglesia como la misión tienen su origen en la voluntad divina de amar. La esencia de la misión se diferencia esencialmente del trabajo misionero. El sujeto primero que actúa en la misión es Dios.

Tenemos que ascender de la misión como actividad propia de la Iglesia a la misión como proyecto fundamental de Dios. Prioridad de la misión con respecto a la Iglesia. Dios siempre ha estado actuando en el mundo, en la historia de los hombres, ya que su voluntad es que todos los hombres se salven (1Tim 2,4) y siempre el Verbo ha estado en el mundo iluminando a todo hombre (Cfr. Jn 1,9) y siempre el Espíritu Santo ha soplado donde ha querido (Cfr. Jn 3,8). No comienza la misión con la Iglesia; Dios es el origen de la misión; la Iglesia se pone a disposición de la misión. ¡La Iglesia es Misión!

¿Qué implicaciones tiene esta doctrina para la misión concreta?

La acción salvífica de Dios entre los pueblos no evangelizados. Dice el documento del Concilio Vaticano II  Gaudium et spes: “Todo esto se aplica no solo a los cristianos sino también a todos los hombres de buena voluntad en cuyos corazones la gracia actúa de manera invisible. Ya que Cristo murió por todos; y todos de hecho son llamados a un mismo destino, que es divino, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de forma de Dios conocida, se asocien al misterio pascual” (GetS.22)

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

En Crónica Huaorani, p. 108, Alejandro hace esta reflexión: “Nos preguntan: ¿Para qué van a los aucas? ¿Acaso podrán predicarles? ¿Qué pretenden? Sencillamente: queremos visitarles como hermanos. Es un signo de amor con un respeto profundo hacia su situación cultural y religiosa. Queremos convivir amistosamente con ellos, procurando descubrir con ellos las semillas del Verbo, insertadas en su cultura y en sus costumbres. Nada podemos decirles ni pretendemos. Sólo queremos vivir un capítulo de la vida huaorani, bajo la mirada de un Ser creador que nos ha hecho hermanos”.

“De todos modos, Mampahuoe y Omare están muy dentro de nuestros recuerdos. Me hago más bien la ilusión de que son los últimos profetas de un pueblo libre del Antiguo Testamento, esperando entonar el “Nunc dimittis”  de la liberación de su pueblo por Cristo” (Crónica huaorani, p. 152)

Alejandro, desde el Concilio Vaticano II  en el que participó, ha reflexionado mucho sobre el tema “Semillas del Verbo”, sembradas en otras culturas y religiones diferentes de la cristiana. Dios trabaja en los seres humanos y los pueblos antes de que la Iglesia llegue a ellos. A donde llega el misionero, Dios le ha precedido. El beato Juan Pablo II dijo en uno de sus viajes a América Latina: “Antes que llegasen los misioneros a estas tierras, ya Dios abrazaba con su amor infinito a los Amerindios”.

Como Alejandro tenía presentes estas verdades, ejercitó un estilo misionero humilde, respetuoso y acogedor. Nada impuso, todo lo ofreció. Descubrió los valores de sus cantos, narraciones, tradiciones, su fe en Huinuni: El Ser supremo para ellos.

Segundo rasgo: La misión, vida de la Iglesia, servidora del Reino.

No tenemos que identificar Iglesia-Reino. Estaríamos todavía en un concepto eclesiocéntrico de misión. La encíclica Redemptoris missio (1990) ha introducido la clara distinción entre Iglesia y Reino. El cap. II de esta encíclica está todo él dedicado al tema Reino de Dios. En él se afirma: “La realidad incipiente del Reino puede hallarse también fuera de los confines de la Iglesia, en la humanidad entera, siempre que ésta viva los “valores evangélicos” y esté abierta a las acciones del Espíritu Santo que sopla donde y como quiere”.

Esta afirmación hace pensar en una noción de misión que trasciende la actividad propia de la Iglesia, para referirse a toda acción misteriosa de Dios, Salvador en la entera historia de la humanidad. No hay que identificar el Reino de Dios con la Iglesia.

La presencia del Reino de Dios no es otra realidad más que la presencia universal del misterio de salvación que Dios ofrece a todos los hombres, que culmina obviamente en Cristo, pero que ya es activo por obra del Espíritu Santo en la entera humanidad: en él participan ya los hombres de todos los tiempos. En los paganos, en sus tradiciones religiosas, hay valores positivos, que pueden y deben ser considerados como  preparación, como apertura al anuncio del Evangelio. La Iglesia no es el Reino, está al servicio del Reino.

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

Escribe en Crónica Huaorani: “Creo que, antes de cargarles de crucifijos, medallas y objetos externos religiosos, debemos recibir de ellos las semillas del Verbo, ocultas en su vida real y en su cultura, donde vive el Dios desconocido” (Crónica Huaorani, p. 108)

Y en otra página: “El profundo silencio de la noche estrellada fue interrumpido de pronto por la sonora voz de Inihua… era como rescatar un salmo del antiguo testamento del pueblo Huaorani”. (Crónica, p. 166)

Vemos la profunda convicción que tenía Alejandro de que en la cultura huaorani latía la acción de Dios.

Tercer rasgo: El valor salvífico de las otras religiones.

Este es un tema central de la actual misionología.

El Concilio Vaticano II nos dio el documento Nostra aetate Sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas. Este documento fue firmado por Mons. Alejandro Labaka que se encontraba en Roma, participando del Concilio Vaticano II en calidad de Prefecto apostólico de Aguarico, del 18 de noviembre al 7 de diciembre de 1965. Y él se llevó en el corazón y en la mente la doctrina conciliar sobre el diálogo interreligioso.

“Todos los pueblos forman una sola comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios ha hecho habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un único fin último que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designio de salvación se extiende a todos”. (Nostra aetate, 1)

Las tradiciones religiosas no-cristianas representan, en relación al cristianismo, un como Antiguo Testamento, con la diferencia de que éste ha sido suscitado por una abierta y directa intervención de Dios, mientras que no podemos decir esto mismo de otras religiones. Antiguo testamento y tradiciones religiosas no-cristianas son vistas como “praeparatio evangelica”, y  en el uno y en las otras, Dios actúa salvíficamente.

¿Dónde aparece este rasgo misionológico en Alejandro?

Escribe en Crónica huaorani: “Descubrir con ellos las semillas del Verbo, escondidas en su cultura y en su vida; y por las que Dios ha demostrado su infinito amor al pueblo huaorani, dándole una oportunidad de salvación en Cristo”. (Crónica huaorani, p.104)

Cuarto rasgo: Las semillas del Verbo.

¿Cuándo comenzó Mons. Alejandro a escuchar estas palabras y a reflexionar sobre ellas? Fue en el Concilio Vaticano II, al escuchar este párrafo del documento  Ad gentes:

“Para que los mismos fieles puedan dar fructuosamente este testimonio de Cristo, deben reunirse con aquellos hombres por el aprecio y el amor, reconocerse como miembros del grupo humano en que viven, y participar en la vida cultural y social por las diversas relaciones y negocios de la vida humana; familiarizarse con sus tradiciones nacionales y religiosas, descubrir gozosa y respetuosamente las semillas del Verbo, latentes en ellas; pero, al mismo tiempo, deben estar atentos a la profunda transformación que se produce entre las gentes y trabajar para que los hombres de nuestro tiempo, entregados demasiado a la técnica y a la tecnología del mundo moderno, no se alejen de las cosas divinas, sino que, por el contrario, despierten a un deseo más vehemente de la verdad y del amor revelado por Dios”. (Ad gentes, n.11)

Tan hondamente quedó grabada esta doctrina de las semillas del Verbo en el ánimo de Mons. Alejandro, que escogió estas palabras para lema de su escudo episcopal.

Encarnación en la cultura.

Un rasgo muy acentuado en la misionología y en la práctica misionera de Alejandro es su inserción en la cultura huaorani.

Leamos los siguientes textos de Crónica huaorani:

“Esta vez traigo una inquietud: ver cómo puedo hacer para integrarme en la familia huaorani”.

“Me parece que lo ideal sería integrarme en una familia huao. Pero, ¿cómo? Dos requisitos serían fundamentales: ser útil en algo material y ser aceptado por ellos. Mis servicios de leñador y aguatero”.

Compartiendo el calor corporal: “Y llegué a pensar que es hermoso compartir incluso el calor del cuerpo con el pobre”.

“La vida misionera no es solo adaptación; es, sobre todo, comunión de vida, de costumbres, de cultura, de intereses comunes”.

Una misión de actitudes inéditas.

Alejandro Labaka ya llevaba 10 años en contacto con la minoría étnica Huaorani al momento de recibir la ordenación episcopal. Ese día, en su homilía pronunció las siguientes palabras:

“Esta nuestra Iglesia, nacida de la confluencia de varias nacionalidades indígenas de diversas lenguas y culturas, está llamada a descubrir las semillas del Verbo, no asumidas todavía por ella. Los grupos humanos primitivos como son los Huaorani, Sionas, Secoyas, Cofanes, quichuas, Shuaras, han tenido “maneras propias de vivir su relación con Dios y su mundo”. Su encuentro con Cristo se hace en situaciones inéditas, ofreciendo, por tanto, maneras y actitudes inéditas de vivir el Evangelio como salvación universal”.

Realmente a Alejandro le tocó vivir situaciones inéditas. Especialmente los 22 años que pasó en la Amazonia ecuatoriana como misionero de las minorías étnicas y muy especialmente cuando convivió con los Huaoranis. Situémonos geográficamente en la Amazonía, a la rivera derecha del río Napo. Desde tiempos ancestrales viven ahí pueblos que no han tenido ningún contacto con la “civilización” (llamémosla así desde nuestra ladera). Y entra un misionero a convivir con ellos. ¿Qué hace? Él entró desnudo, desarmado, llevando amistad, amor, aceptación. Y sabía bien a lo que iba, lo dejó escrito en Crónica Huaorani: “Hoy, lo que trabajen por las minorías tienen que tener vocación de mártires”. (Crónica huaorani, 198)

Rasgos de una nueva idea de misión.

Desde criterios evangélicos. Sin duda que en Alejandro se dio una conversión “pastoral”. En sus años de China se enfrentó a un mundo desconocido y participó del concepto de misión de los años 40 del siglo XX. Llegado a Quito en 1954, vivió una pastoral tradicional de religiosidad popular, enfrentada a un ambiente donde tenía fuerza una emisora evangélica con características proselitistas. Destruyó Biblias “protestantes”. Ahora entra en una cultura ancestral, no “contaminada” por la civilización. Entra con el Evangelio en la mete y en el corazón. Vive la bienaventuranza de los pobres; vive el despojo material, dando su vestido, dejándose despojar de todo.

Una misión de paciencia y de integración. No todo era idílico en los contactos con los Huaorani: estaban de por medio intereses crematísticos en las petroleras, que veían de forma muy distinta el contacto con los Huaoranis. Estaba la relación con el ILV: Instituto Lingüístico de verano, organización misionera evangélica de USA. Y Alejandro, hombre cortés y diplomático por opción y talante personal, tuvo que contar con estas mediaciones.

Una misión desde los derechos del pobre. Leyendo las cartas personales y oficiales y la Crónica huaorani, llama la atención el respeto y sensibilidad que tuvo Alejandro con el tema de los DDHH. Escribe en Crónica huaorani: “Por otra parte, la labor conjunta de las Compañías petroleras, Instituciones de Gobierno y Misiones Religiosas puede obtener la integración de esta interesante minoría amazónicas, sin menoscabo de sus derechos humanos”. (Crónica huaorani,p.24)

La misión desde la cultura del hombre desnudo.

Una misión de la no-violencia.

Un corazón que late con anhelos de entregar toda su vida a la misión hasta derramar su sangre por la fe.

Textos de martirio

“Mi premio ha de ser, oh Madre – al pie de un árbol morir.

De todos abandonado – de todos menos de ti.

Bendita mil veces –diré al expirar – la hora en que me enviaste la fe a propagar.

Y en China va a permanecer del año 1947 al año 1953. Son 7 años en que el corazón de Alejandro latió a nivel universal. China fue la misión añorada y nunca olvidada. Su mente y su corazón se abrieron a la cultura milenaria de un pueblo que no conocía a Cristo. El impacto de China dura toda la vida.

Y la última etapa de su vida, la más larga, de 1954 a 1987, son 33 años, la va a  pasar en Ecuador, patria del corazón. Llega a Ecuador con 34 años, en plenitud de vida y entrega todas sus energías a la labor pastoral en Sierra y Costa del Ecuador. Pero es especialmente donde descubre su verdadera vocación misionera, cuando se contacta con los pueblos ocultos amazónicos. Ciertamente que su corazón ha vibrado a impulsos eclesiales universales en la última etapa del Concilio Vaticano II. Allí se fraguó una nueva idea de misión, las semillas del Verbo, que será su lema del escudo episcopal.

Y de su corazón y de su pluma brotaron las páginas de Crónica huaorani, que es su legado misionero, su ideario, la plasmación de su ideal en páginas llenas de fuego. Las escribió muchas de ellas en la misma selva, en las chozas de los Huaorani.

Corazón que derramó hasta la última gota de su sangre para regar la selva amazónica. Corazón que dejó de latir una tarde del 21 de julio de 1987, pero que sigue siendo el símbolo de una entrega misionera hasta el martirio. Corazón enterrado bajo las losas del pavimento de la catedral de Coca, en aquel mismo lugar donde un 9 de diciembre de 1984 se extendió en el suelo para su consagración episcopal.

Ahí está enterrado para brotar en siembra de ideales misioneros. Corazón universal: misionero de China, misionero de América. Una acción misionera, antítesis de una evangelización impuesta arrasando las culturas. La antítesis de una misión que no respeta a los evangelizados. Ahí está ese corazón que clama por una nueva evangelización de amor, de respeto, de entrega hasta dar la vida.

Sintonía con el papa Francisco

Alejandro Labaka es un obispo de las periferias. Los 23 últimos años de su vida los pasó en periferia de frontera, inserto en la cultura huaorani. Es obispo “con olor a oveja”: y de la manera más radical y concreta. Sudó con el calor tropical de la selva y mezcló su sudor con sus selváticos Huaoranis. Se mezcló con ellos, comió sus comidas, aprendió sus costumbres y su idioma, cantó sus cantos, rezó sus oraciones. Callejeó mucho. No quiso aprender a conducir para mezclarse con la gente en el autobús, para caminar por las calles.

La misionera que le acompañó y murió junto a él

Aunque este escrito se centra en el obispo que murió desnudo, no podemos olvidar a la religiosa misionera Terciaria capuchina de la Sagrada Familia Hna. Inés Arango. Nacida en Medellín (Colombia) llevaba diez años en Aguarico, dedicada al apostolado con los Huaorani. Convivió con ellos en sus chozas, aprendió su idioma, compartió sus comidas. Y fue muy consciente del riesgo que afrontaba al acompañar a su obispo en el intento de contacto con la tribu tagaeri, el 21 de julio de 1987. La víspera de su partida, escribió un breve testamento, que se encontró en su mesilla de noche. Dice así:

-En caso de muerte:

El dinero que queda es así:

Colombiano de mis hermanas Ángela

y Ana Isabel  y 2.000pesos de Roque

4. (sic) de una amaca (sic) a los Aucas

Deta 2.000 debo a Gabamo

Por motorista, 5.000 me había

dado Imelda  y no los gasté.

El resto de los 25.000 que me

dieron en Rocafuerte para lentes

dientes etc. que lo empleen

para aucas y pobres.

          Si muero me voy feliz

y ojalá nadie sepa nada de mi.

No busco nombre... ni fama

Dios lo sabe.

Siempre con todos    INÉS

               Como mujer intuitiva, previó la posibilidad de su muerte: Si muero…Quizás no sospecho la crueldad final.

El 21 de julio de 1987 los dos misioneros Mons. Alejandro y Hna. Inés fueron llevados en helicóptero a una apartada región de la Amazonia donde Vivian los Tagaeri. Descendidos sobre una vivienda de ellos, fueron acogidos por las mujeres y los niños. Más tarde llegaron los adultos cazadores y decidieron matarlos. La Hna. Inés  contempló la muerte cruel de su obispo, el rito de clavarle 17 lanzas y punzarle con 80 heridas. ¿Y ella? Parece que no querían matarla. Pero un joven guerrero clavó su lanza en su frágil cuerpo. Otros cuatro le imitaron. Tenía 70 heridas en su cuerpo.

Y allí quedaron, tendidos en la selva, dos cuerpos desangrados. El del obispo, desnudo como el de Jesús en la cruz. Desde su infancia había cantado un himno misionero:

Mi premio ha de ser, oh Madre – al pie de un árbol morir.

De todos abandonado – de todos menos de ti.

Bendita mil veces, diré al expirar - la hora en que me enviaste la fe a propagar.

Hoy su tumba está en la catedral de Coca y la Iglesia de Aguarico espera sea reconocidos como mártires de la caridad misionera.

 

Bibliografía:

Fuentes históricas y bibliografía sobre Mons. Alejandro Labaka

Rufino M. Grández: Vida y martirio de Mons. Alejandro Labaka y Hna. Inés Arango. CICAME. Quito, 2007. Se trata de una extensa biografía documentada,  de 669 págs.  Y 1339 notas.

Rufino M. Grández: Arriesgar la vida por el Evangelio. CICAME. Quito 2007. 2 edición.

Isabel Valdizán: Barro y vasija en la selva herida. Vida de la Hna. Inés Arango. CICAME. Quito, 2007.

Miguel Ángel Cabodevilla: Tras el rito de las lanzas. Vida y luchas de Alejandro Labaka. CICAME. Quito, 2003.

Pero la fuente más importante para el pensamiento misionero de Alejandro Labaka es: CRÓNICA HUAORANI. CICAME. Quito. 5 edición, 2011.

Guenter Franciscio Loebens – Lino Joáo de Oliveira Neves: Povos Indigenas Isolados na Anmazonia.  Manaus, 2011.

Fidel Aizpurúa (Ed.) “Crónica Huaorani” Raíces de una evangelización nueva. CICAME. Quito, 2012.

AA.VV. La aventura misionera de Inés Arango y Alejandro Labaka. CICAME. Quito, 2012

 

Nombre del autor:

José Antonio Recalde, sacerdote capuchino. Lleva 57 años en Ecuador. Nació en la tierra de Mons. Alejandro Labaka, a quien conoció durante largos años. Hoy es vicepostulador de su causa de canonización. Reside en Coca (Orellana) Ecuador, Vicariato apostólico de Aguarico.

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