Fieles a su vocación misionera

 

El pasado mes de abril ha sido pródigo en noticias de prensa sensacionalistas sobre presuntas muertes de telomenane o tagaeri, dos minorías étnicas de la Amazonía ecuatoriana. Y es que la región oriental es habitada en territorio llamados intangibles por pueblos ocultos. Y ahora se da el enfrentamiento entre quienes explotan la riqueza maderera de esas regiones y los dueños de esas milenarias tierras. ¿Qué valores privan en este asunto? El comercio inescrupuloso, la agresión a la naturaleza, la explotación inmisericorde…

Sobre ese negro panorama, hay que traer el luminoso testimonio de dos misioneros católicos que regaron con su sangre esos territorios ahora en conflicto. Son Mons. Alejandro Labaka, obispo vicario apostólico de Aguarico y la Hna. Inés Arango, Terciaria capuchina. El próximo 21 de julio se cumplirán 19 años de la muerte “martirial” de estos misioneros. Ya en los años setenta el entonces P. Alejandro labaka logró contactar con la minoría de los huaorani, que lo acogieron.Fue en la Navidad de 1976 cuando se realizó una especie de “encarnación” de Alejandro con el pueblo huaorani. Fue adptado como hijo por una familia.

Pasaron años en que tanto él como la Hna. Inés convivieron con los huaos, en visitas frecuentes.

En 1987 se conoció de la existencia de los tagaeri, en peligro de extinción por el avance de la explotación petrolera. Mons. Labaka, obispo ya de Aguarico, sintió el peligro que se cernía sobre ellos. Como buen pastor, decidió hacer cuanto estaba de su parte por contactar con ellos. Y entró en diálogo con autoridades y petroleras para preparar una entrada pacífica. Todo estuvo a punto el 20 de julio de 1987; pero no acompañó el tiempo y hubo que postergar un día el ingreso. Y fue el 21 de julio cuando un helicóptero trasladó a Mons. Alejandro y a la Hna. Inés, dejándolos junto a las chozas de los tagaeris. Fueron bien recibidos por las mujeres y los niños, dedicados a esa hora a preparar la comida para los varones guerreros que andaban de caza por la selva. Cuando regresaron decidieron matar a aquel intruso “cuori” (salvaje en su idioama). Se opusieron las mujeres; pero el jefe clavó su lanza en el corazón del misionero. Siguió el rito de las lanzas: cada varón debía clavar su lanza en el cuerpo exánime. Y la Hna. Inés contempló esta masacre hasta que un joven tagaeri la traspasó con su lanza. Mons. Alejandro tenía 40 lanzas clavadas. La Hna. Inés tenía 4.

Dieron su vida para que ellos no fueran exterminados. “Si no entramos, los matarán” –decía Monseñor. La Hna. Inés había dejado un escrito en su mesilla de cabecera, que es como su testamento:

 

“En caso de muerte. Si muero, voy feliz. Y ojalá nadie sepa nada de mí. No busco nombre… ni fama. Dios lo sabe. Siempre con todos. Inés”.

 

Y Mons. Alejandro quiso expresar su última voluntad: “Que por causa de mi muerte no haya retaliaciones de ninguna clase, ni venganzas, ni se derrame una sola gota de sangre”.

Sobre sus tumbas, en la catedral de Coca, se ha grabado la frase evangélica: “No hay amor más grande que dar la vida por los que se ama”. “Dieron su vida por los pueblos indígenas”.

Tenemos dos testigos fieles hasta dar la vida. Su herencia debe recogerla nuestra Iglesia de Ecuador y difundir los valores de entrega, fidelidad, amor a los pobres, ideal misionero.

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