altALEJANDRO E INÉS TESTIGOS DE LA FE HASTA EL MARTIRIO

Espiritualidad misionera y martirial de Hna. Inés Arango

Hna. Isabel Valdizán Valledor, tcsf -

Madrid


1. Evolución del ideal misionero de Inés a lo largo de su vida.

  • Soñado: Infancia y adolescencia, luchas y rebeldías. Años 1950 a 1954.
  • Acariciado: Juventud, ingreso y formación en la Congregación. Años 1954 a 1959.
  • Profundizado: Vida Apostólica, las inquietudes misioneras se abren a otros compromisos. Años 1959 a 1977
  • Ardientemente querido: Después de veinte años..., vida en la misión. Años 1977 a 1987
  • Hecho realidad: Con la entrega martirial. Año 1987

2. Claves de lectura de la espiritualidad misionera-martirial de Inés Arango.

  • La grandeza de la fe y el gozo de lo pequeño.
  • Evangelizar y ser evangelizada.
  • En el seno de su comunidad, Congregación, y en la Iglesia.
  • Desde su ser de mujer.
  • Con el estilo del Buen Pastor: Amor que se entrega hasta dar la vida.

3. El Testamento de Inés, su herencia, nos cuestiona la vida.


...Somos conscientes de nuestra vida, por la cual hemos de dar muchas gracias a Dios, que nos ha preferido...

Con estas sencillas palabras, Inés Arango, terciaria capuchina, la mujer de quien vamos a hablar a lo largo de estas páginas, felicitaba a su hermana Ángela en el día de su cumpleaños. En la carta escrita desde Nuevo Rocafuerte, en el corazón de la Misión de Aguarico, Ecuador, le dedica palabras entrañables de recuerdo familiar, de ánimo y consuelo, palabras de esperanza y profundo sentido cristiano de la vida.

No podía ser menos. Inés aprendió a querer, a dar gracias, a vivir esperanzada...  en el seno de su familia, siendo niña y adolescente.

En este aprendizaje siguió entrenándose, a lo largo de toda su vida; siendo religiosa, educadora, misionera... somos conscientes de nuestra propia vida... hemos de dar muchas gracias a Dios que nos ha preferido[1].

Pero, ¡vayamos al comienzo! ¡Vayamos a las raíces de Inés! ¡Vayamos a las personas, a los lugares que la vieron crecer!¡Veamos a Inés y veamos cómo fue evolucionando su ideal misionero a medida que iba viviendo entregada al Dios de la Vida y a los hermanos, por quiénes, al fin, entregó la suya! 

1. EVOLUCIÓN DEL IDEAL MISIONERO DE INÉS A LO LARGO DE SU VIDA.

1.1 SOÑADO: Infancia y adolescencia, luchas y rebeldías. Años 1950 a 1954

Inés tuvo la enorme fortuna de nacer en el seno de una familia creyente, de profunda religiosidad. Sus padres, Don Fabriciano y Doña Magdalena, dicho por sus propios hijos, formaron un hogar, modelo de piedad, fervor y religiosidad. Participaban con sus hijos a diario en la eucaristía, seguros de que Cristo se les daba como alimento.

Fabriciano, vivía como algo natural, la devoción a la Virgen, heredada posiblemente   de los franciscanos, con quienes se educó, en Cali.

- Esa formación, mi papá se la debe a los franciscanos. Estuvo en el Seminario de los franciscanos en Cali, y de allí nos transmitió a todos ese amor por el franciscanismo y por el Padre San Francisco[2].

Con éste y otros ejemplos, recuerdan, los hermanos de Inés, su vivencia cristiana familiar. Sus padres, tuvieron la habilidad, de educarlos en la fe desde la vida, no desde el estricto cumplimiento de rezos y obligaciones. Esto les valió, a todos, también  a Inés, la vivencia de la fe, en libertad y encarnada en la realidad.

En la casa de los Arango, se conserva una foto familiar, posiblemente del año 1938. Inés tenía apenas un año. Imaginamos era la primera vez que se ponía ante un fotógrafo. Y estaba, ¡cómo no!, rodeada de su familia. Enseguida llama la atención la pequeña figura de Inés, apoyada en su papá. Sus ojos vivarachos, que nunca dejaron de serlo, preludian momentos de su vida que hemos ido conociendo, acercándonos a ella.

Entonces, nadie imaginaba lo vinculada que iba a estar siempre la familia Arango a las Terciarias Capuchinas. Lucía, hermana de su padre, Fabriciano, ya era religiosa desde 1924. Años más tarde, seguirían su ejemplo Fabiola, Ángela, Cecilia -hermanas de Inés- y por fin, Inés.

En esta pequeña “iglesia doméstica” que es la familia de Inés, se vive la fe como horizonte y sentido de toda la existencia. En ella y también desde la pequeñez, recibió los Sacramentos de la iniciación cristiana, Sacramentos de la Vida que, para Inés, no fueron pura rutina o formalismo en el seno de su familia; más bien, alimento cotidiano de la fe vivida sencilla y profundamente en todo lo que acontecía.

En una foto que, de su primera comunión, guardamos de recuerdo, llama la atención: por un lado la seriedad propia del momento, impropia de su edad. Por otro, a modo de preludio de su muerte martirial, cómo se mantiene en pie, sosteniendo en la mano derecha la enorme azucena, ¡más grande que ella!, que podría ser, signo de su virginidad, de su entrega sin condiciones.  En la mano izquierda un par de guantes blancos, que jamás llegó a usar, pues siempre quiso sus manos libres de toda atadura.

De sus padres y hermanos, aprendió Inés, como por ósmosis, el valor de creer, de orar, de servir al prójimo...  Una fe, como decimos, vivida con libertad en lo cotidiano, en lo más simple y sencillo, que supo ir haciendo propia a lo largo de su vida.

De ellos también, heredó una vitalidad, una energía, un genio y un sentido de las cosas poco comunes, que le permitieron afrontar los momentos difíciles de su existencia con suma libertad. Quienes se relacionaron con los Arango cuentan que era una familia muy especial, porque el ambiente era de buenas relaciones. Eran habituales, en el hogar de los Arango, las salidas al campo en días de fiesta. Caminatas con su padre, después de la misa, y asistencia al catecismo los domingos. Celebraciones y estancias más prolongadas, todos juntos, fuera de Medellín, en alguna casa de campo, en tiempo de Navidad...  Inés, con su forma de ser cantarina y juguetona, disfrutaba de forma especial. Tenía buena voz, participaba en el coro de la Parroquia, en los villancicos, en la liturgia...

Con Cecilia, Inés discutía qué sería mejor para ambas de mayores: ser “Lauritas”, o ser Terciarias Capuchinas, hasta que llegaba Fabriciano a poner orden. Con Ana Isabel, su hermana del alma, la más pequeña de la casa, la complicidad era enorme. Inés se sabía “la mayor” y Ana Isabel buscaba siempre sentirse protegida.

Los sueños misioneros de Inés en esta época de adolescencia, iban evolucionando entre travesuras y rebeldías. Si entendemos, la palabra “soñar”, tal como la define el diccionario: “anhelar persistentemente algo”, podemos decir que, Inés soñaba desde temprana edad con ser misionera.

Unos meses antes de entregar su vida en la selva, escribe a su entrañable hermana Ana Isabel, con motivo de su cumpleaños. En pocas palabras le habla de sus sueños, de su “anhelo persistente”: …el ideal mío, fueron los aucas...; anhelo de atenderlos, de entregarse a ellos: ... no les dejaré nunca, cuésteme lo que me cueste[3].  Sabemos, que le costó la vida. Más adelante volveremos sobre esto.

Pero, ¡vayamos ahora al comienzo! ¿Cuándo empezó Inés a soñar con la misión? ¡Vayamos a los momentos de sueños y rebeldías adolescentes de Inés! ¡Veamos cómo crecía junto a sus compañeras de escuela e internado!

Una vez terminada la etapa de Escuela Infantil y primeros años de Primaria en el Colegio de la Presentación, de Medellín, pasó Inés a la Normal Antioqueña, en la misma ciudad. Allí, terminó la Primaria y comenzó el Bachillerato. Los recuerdos de sus compañeras, en aquella época, nos evocan cualidades de Inés: Inés fue un ángel para mí… era de una simplicidad, de una dulzura… era una niña seria, dulce, cariñosa, suave… pero muy seria[4].

Fueron tiempos de convivencia familiar profunda, que Inés vivió con intensidad. Valores, que sus amigas percibían y anhelaban. Una de ellas, se sentía como en su casa, y decía que había mucho amor entre nosotros, habría querido quedarse viviendo allí[5].

De su Medellín natal, del ambiente familiar, de su barrio, de su Normal Antioqueña y de su Parroquia, pasó Inés a Yarumal. Yarumal es la ciudad que, en Antioquia, se conoce como “La Estrella del Norte”, debido a su importancia, pujanza y progreso.

Yarumal, a las Terciarias Capuchinas, nos trae recuerdos entrañables de búsqueda y entrega generosa de nuestras primeras hermanas en Colombia.

 A Yarumal llegaron las hermanas en el año 1912 desde la Guajira, al norte del país, donde habían arribado en 1905, procedentes de España. Abrir caminos de mayor presencia en Colombia, favorecer el crecimiento de la Congregación y la formación de nuevas vocaciones, fueron algunas de las razones por las que se abrió, en esta ciudad antioqueña, el Colegio de la Merced y, enseguida, el Noviciado.

Pero, volvamos a Inés. Y no perdamos de vista lo vinculada que siempre estuvo la familia de los Arango a las Terciarias Capuchinas y cómo Inés va madurando junto a las hermanas. Pues bien, en el año 1951, llega a Yarumal; tenía catorce años. En la Normal de La Merced se encontraba Fabiola Arango, su hermana mayor, que ya era religiosa terciaria capuchina, y en ese momento, encargada del internado. Posiblemente, esto influyó para que los padres de Inés, la enviasen junto a su hermana; tal vez por conseguir un cambio de ambiente que favoreciera en Inés el paso por esta etapa de la adolescencia con serenidad y sosiego; trabajando los valores que siempre, desde niños, habían inculcado a todos los Arango.

En este tiempo, también compañeras de Inés, ahora de la Normal de la Merced,  adolescentes como ella, que la conocieron bien y con quienes compartió momentos entrañables, tienen una palabra más para definirla: alegre. De esa misma época, su prima Ana Franco, ha dicho que tenía la sonrisa a flor de labios y su ánimo era alegre y emprendedor. Su alegría, espontánea y natural, le viene a Inés de una tierra festiva, su tierra de Antioquia, de hombres y mujeres alegres, locuaces y con Dios en el corazón.

- Era fiel exponente de las mujeres de su raza antioqueña, que no sabe de miedos porque ha podido vencer la abrupta majestad de sus montañas.

Su figura menuda, encerraba un alma grande, de temple[6].

Alegría y seriedad, van a ir definiendo desde muy pronto la forma de ser de Inés. Seriedad, mezclada de timidez, que comportaba una mirada verdadera, sincera, sin engaño ni doblez, ante lo que sucedía. Era tímida pero a la vez enfrentaba las cosas que se le presentaban con toda valentía. Si a esto, añadimos su energía desbordante... Inés, era fuego… Poco se necesitaba para que resultase una adolescente... brincona, avispada, frentera   y siempre, juguetona y feliz.

Aquellos corredores de la Normal de la Merced, los patios a cielo abierto, llenos de flores…, la terraza, en lo más alto, que permite divisar el horizonte sin obstáculos; la enorme escalera de la casa de Yarumal... fueron testigos de travesuras y sueños de Inés y de tantas adolescentes y jóvenes que, a lo largo de casi cien años[7], han pasado por sus aulas, acompañadas por las Terciarias Capuchinas, creciendo como personas, madurando en la fe y formándose como mujeres íntegras y responsables que, a día de hoy, tienen palabra en una realidad social nada fácil y en continuo cambio.

Esta niña seria y alegre, juguetona y feliz, empezaba a ser una adolescente responsable a la vez que dinámica, participativa, y también un tanto rebelde y crítica. Como buena paisa, era templada... de pronto, se ve que decía las cosas en un tono... que no se le llegaba a entender: Cambiaba fácil de genio, era impositiva, se subía con facilidad pero también se bajaba con facilidad[8].

Quien conoció a Inés en Yarumal, recuerda sus travesuras sin ningún esfuerzo. Travesuras y rebeldías propias de la adolescencia, en las que Inés tomaba la iniciativa. Casi siempre, sentía el apoyo de amigas y compañeras. En la vida cotidiana del internado, se portaba a veces un poco indisciplinada. Se recuerda más de una anécdota de sus tiempos de estudiante. Sus rebeldías adolescentes, iban casi siempre asociadas a su carácter fuerte, a veces muy fuerte. Era ranchada, cabezona[9] y muy impulsiva. Esta forma de ser, creaba a su alrededor amistades adolescentes que solían apoyarla incondicionalmente y, a veces, enemistades de quien no se sentía cómoda con estas maneras.

Entre travesuras y rebeldías adolescentes, Inés iba creciendo en la fe. Todos sabemos que es necesario que la semilla de la fe se siembre, y que germine, y que dé fruto... y si puede ser, fruto abundante. Por eso, es importante que se nos anuncie la Palabra… con la palabra, con el testimonio de vida... y además: escuchar, no acallando en nosotros las inquietudes, los anhelos, los deseos. Algo de esto, ocurrió en Inés.

La vivencia cristiana, la inquietud misionera vivida en su familia, en la Parroquia, en la escuela... fue siembra abundante en la persona de Inés, como semilla que encontró tierra adecuada, tierra buena. Y es que, Inés, desde muy joven, no acalló las inquietudes. Avivó siempre el deseo y supo nutrirlo, alimentarlo, entre dificultades y sufrimientos, como iremos viendo. En este momento de su adolescencia, tuvo siempre ardiente deseo de participar diariamente en la eucaristía.

Era costumbre de las hermanas Terciarias Capuchinas, en Yarumal y en otros lugares donde estaban, hacer “velada eucarística” los primeros jueves de cada mes con las novicias. Inés, con alguna otra compañera interna, pidió poder asistir, al menos algún día a esta velada.

Su prima Ana Franco recuerda su ingenio para acoger las iniciativas que eran presentadas para honrar a la santísima Virgen[10].

- En el mes de mayo, mes de la santísima Virgen, se nos insistía en su celebración… Inés era un poco traviesa, pero sobresalía en este tiempo por su devoción, aplicación y buena conducta[11].

 El amor infantil a María, recibido por ósmosis en el rezo del rosario siendo niña, maduró en Inés a lo largo de su vida. El amor vigoroso a la Virgen Inmaculada, siempre fue una constante en la persona de Inés. Dicen algunos que lo que pronto se aprende, tarde se olvida. Inés comprendió al fin, en su propia existencia, la presencia de María en la vida de Jesús al pie de la cruz.

Estos elementos: la eucaristía, la oración, el amor a la Virgen, en los que siempre Inés apoyó su vivencia de la fe, le impulsaron, sin la menor duda, a vivir hasta las últimas consecuencias la entrega generosa a los demás y en su día, la entrega de la propia vida hasta el martirio.

Inés posiblemente ya habría soñado, antes de llegar como interna a Yarumal, en el año 1951, como hemos dicho, con ser misionera. Su hermana Ana Isabel nos recuerda que Inés perteneció a la Cruzada Eucarística[12] en sus tiempos de Escuela Primaria. Inés, vivía esta pertenencia, como los chicos y chicas de su edad. Con responsabilidad participando todos los jueves, en la eucaristía y ofreciendo sus trabajos y quehaceres infantiles, por los misioneros y las misiones.

El mes de octubre se vivía en Medellín, tanto en las escuelas como en las parroquias, intensamente. Era y es, el mes dedicado a las misiones. Se multiplicaban las actividades a favor de los misioneros y la oración confiada al Señor por ellos. Inés, desde niña, ponía sumo interés en esta participación y lo contagiaba a sus hermanas y a sus amigas, en lo establecido y en todo lo que se le ocurría. Su creatividad para organizar era desbordante.

- En el colegio destacaba en ese entusiasmo por las misiones. El mes de octubre, era el mes de las misiones, siempre nos pedían que llevásemos algo en especie o en dinero para ayudar. Inés, del dinero que nos daban, ahorraba y compraba cositas como collarcitos, aretes… luego lo llevaba para ayudar a las misiones[13].

Y, ¿qué ocurrió con estos sueños infantiles de Inés al llegar a Yarumal, ¿qué encontró allí? Llega al internado en plena adolescencia, enviada por sus padres, junto a su hermana Fabiola. Adolescente que descubre con intensidad la vida, que guarda en su corazón, en sus raíces, deseos sinceros de entrega a los demás; adolescente que busca y se expresa; adolescente que se interroga y pregunta y confronta.

En la ciudad de Yarumal, se vivía en esa época un ambiente misionero muy favorable. Los Misioneros Javerianos, tenían establecido su “Seminario de Misiones” desde el año 1927, al sur de la ciudad, en lo que antes había sido una fonda de arrieros, “acondicionada por el cariño de las hermanas [terciarias] capuchinas”[14]. La buena relación, desde siempre, de los Misioneros con las terciarias capuchinas, sin duda puso su granito de arena, en el sentir y pensar de Inés.

Las religiosas fundadas en Colombia por la Madre Laura Montoya[15], familiarmente conocidas con el nombre de “Lauritas”, editaban, en esos años 1950/51, la revista divulgativa “Almas”. Su contenido era puramente misionero; plagado de relatos sobre la vida de los pueblos indígenas, y de cómo vivían con ellos las Lauritas, que evangelizaban atendiéndolos en sus necesidades, en los lugares más recónditos y alejados de la tierra. Sabemos que Inés, leyó y releyó con enorme interés esta revista, que le solía llevar al internado su compañera y amiga Laura Salazar.

- Yo tenía una tía, se llamaba Julia, que estuvo con la Madre Laura, le ayudó en la fundación. A la casa de mis abuelos llegaba la revista “Almas” y con mucha frecuencia yo se la llevaba a Inés. Había un artículo que trataba de las misiones, se llamaba "noches hogareñas", era feliz leyendo esa revista… y también, comentando entre las dos la vocación, ella decía: “Si no me reciben de capuchina, me voy así sea como de Laurita; porque yo quiero ser misionera[16].

La lectura ávida de estos relatos, el comentario sobre la vida de las Lauritas, la sorpresa y el interés por la situación de los indígenas y su modo de vida, eran habituales en el internado. Largos ratos discutiendo, soñando con sus compañeras esta aventura, alimentaron en Inés sus sueños misioneros.

Y, ¡cómo no! dejaron también su huella en Inés, las Terciarias Capuchinas, que en la vivencia cotidiana del internado con el grupo de muchachas, transparentaban su modo de ser franciscanas, por añadidura capuchinas y, con el “carisma”, con ese “toque especial” que les legó su fundador, Luis Amigó. Ese “toque especial” no era otro que la entrega incondicional a los últimos, a aquellos que no va nadie… viviendo en la sencillez y alegría de la caridad fraterna… nutrida en la Palabra de Dios y en la Eucaristía[17]. Entrega incondicional, por amor a Jesucristo encarnado, hecho uno de nosotros, nacido de María; por amor a Jesucristo Buen Pastor, que busca a quien se ha perdido; por amor a Jesucristo que ha dado la vida por nosotros, muriendo en la cruz y resucitando. Todo esto, con el estilo de la Sagrada Familia, viviendo en fraternidad, disponibles, dispuestas y entregadas[18]. Las Terciarias Capuchinas, que llegaron de España a Colombia para ser misioneras... ¡Tantas veces Inés repitió esto! ¡Lo reivindicó en su propia Congregación! Nos podemos imaginar a Inés en este ambiente. Sin duda, momentos decisivos de siembra misionera en su corazón soñador. Los sueños de Inés, se convertirán, poco a poco, en deseos. Los deseos, ¡al fin!, en realidades.

Inés en esta época de adolescente, va haciendo sus pequeñas-grandes opciones, y sus pequeños-grandes discernimientos. Aquellas lecturas de la vida entre indígenas, todas las vivencias misioneras en el internado, cautivaron a Inés. Comienza a sentir que Dios le dice algo a través de todas estas realidades. Cuando ve las necesidades de la gente, cuando escucha la palabra del Evangelio, cuando reza, cuando canta, en el silencio...  comienza a sentir que Dios tiene un encargo para ella. ¿Cómo descubrirá este encargo? ¿Cómo podrá decidirse?

 - Una vez fuimos a hablar con la madre Teresa, que era la Madre Provincial, a pedirle si nos recibía en la Congregación. Fue después de una procesión de la Virgen de las Mercedes... La Madre Teresa nos dijo que no, que no nos recibía porque éramos muy jóvenes, pero que si queríamos que escribiéramos... fuimos donde la Hna. Fabiola, ...a que nos dijera más o menos en qué forma nosotras podíamos hacer esa solicitud, para que nos la aprobase la madre Teresa. Hna. Fabiola nos hizo a cada una el borrador. Ese mismo día nos fuimos a llevar la carta, pero nadie nos contestó nada[19].

Así, entre proyectos y dudas, Inés comienza a dejarse conducir. Impulsiva e insegura en sus decisiones, hace “sus tanteos” con las religiosas de la Madre Laura. A mitad del curso escolar, interrumpiendo los estudios de Bachillerato en La Merced, convence a sus padres para regresar a Medellín y allí, ingresar en el Aspirantado[20] de las Lauritas, donde estuvo apenas unos meses. Terminó el curso en María Auxiliadora, también en Medellín. Y, continúan las búsquedas de Inés… Lo que sí sé, es que ella quería a toda costa ser misionera donde fuera[21].

Ahora la veremos, haciendo su primera síntesis de todo lo ocurrido, de todo lo vivido hasta entonces. Y mirando al futuro, en plena adolescencia, cuando sólo tenía diecisiete años. Pasados unos meses, toda su persona se inclina hacia la vida religiosa, como la mejor manera de responder al proyecto que Dios tenía sobre ella. Y con su forma de ser, generosa e impulsiva, inicia este camino en la congregación de Terciarias Capuchinas. Era el año 1954; Inés tenía 17 años.

1.2 ACARICIADO: Juventud, ingreso y formación en la Congregación. Años 1954 a 1959

Aquel 17 de octubre, las Hermanas celebraban, con enorme alegría y abundantes festejos, el Centenario del nacimiento de su querido fundador, P. Luis Amigó y Ferrer.

La Congregación de Hermanas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia, nace el 11 de mayo de 1885, en el Santuario de Nuestra Señora de Montiel, Benaguacil, Valencia, España. Nuestro Luis Amigó, era un joven fraile de treinta años. Un fraile menor[22]. Un hombre que confió en Dios a cabalidad. Que supo ver a Dios presente en su vida, en todo acontecimiento, adverso o favorable. Supo decir, con todo su ser, desde el corazón: para mayor gloria de Dios[23].  Un fraile menor, que sin dejar nunca de serlo, sirvió a la Iglesia: como Fundador[24], ejerciendo diversos cargos de responsabilidad en la Orden Capuchina, y finalmente como Obispo[25].

Algo de todo esto, Luis Amigó, les transmite a las Terciarias Capuchinas, y les pide ser mujeres arriesgadas hasta dar la vida. Él mismo lo relata en su Autobiografía, escrita al final de sus días, haciendo memoria de todo lo vivido por él y por cuantos entraron en relación con él. A nosotras hoy nos hace también volver, al frescor de los inicios de la Congregación y a tantas páginas que se podían escribir de muchas hermanas, a lo largo de la Historia de la Congregación, y hoy especialmente de Inés.

De estas mujeres arriesgadas, hasta entregar la vida y entregarla sin temor, tenemos, como digo, claros ejemplos a lo largo de nuestra historia. Recordamos en los mismos inicios de la Congregación a las hermanas que entregaron su vida víctimas del cólera, en Valencia. Podemos recordar, igualmente, a las primeras hermanas que salieron a la misión más pobre de China, en la provincia de Kansu, en el año 1929 y otras años más tarde en febrero de 1932. Los veinte años de vida misionera en China, estuvieron llenos de peligros para las hermanas y, los vivieron en continuo éxodo, dependiendo siempre del avance comunista.

Sueños misioneros de la Congregación, que son sueños misioneros compartidos con nuestros hermanos capuchinos. Estas páginas de nuestra historia[26], nos recuerdan que tres hermanas dejaron allí la vida: Pacífica, Milagro y Guadalupe. Las demás, regresaron a España, en el año 1949, cuando ya no había otra opción. Vidas que han quedado para siempre en China, como semilla que engendrará, a su tiempo, nueva vida. Es esa dinámica de entregar la vida para recuperarla, perder para ganar, morir para vivir.

Sólo recordar aquí que, el joven Fray Manuel de Beizama, (nuestro Alejandro Labaka) en el año 1947 llegó a la misión de los Capuchinos en China. También tuvo que salir; él, en 1953. Siempre llevó a China en lo más hondo del alma.

Pero sigamos nuestro relato y veamos que nada es casualidad en la vida de Inés. En Medellín, la “casa de Belén”, como decimos en familia, tiene para nosotras un sabor entrañable. El 8 de septiembre de 1951[27], fecha inolvidable para las dos Provincias colombianas, se bendijo la primera piedra del edificio que iba a ser centro vital de la Provincia de San José[28].

Tres años más tarde, aquel 17 de octubre del año 1954,  en esta casa recién estrenada, encontramos la Comunidad provincial y la Casa Noviciado “Getsemaní”, y entre las hermanas, todo sabe a fiesta. Las celebraciones relativas al Centenario del nacimiento del Padre Luis, como acabamos de decir, tienen un calor especial.

Se celebraba ese día, misa solemne en la capilla del Noviciado, con la participación de Obispos y de los Hermanos Terciarios Capuchinos.  Allí estaban las hermanas de la Comunidad, las novicias, las familias; entre las novicias, se encontraba Cecilia, hermana de Inés.

Inés, invitada por su hermana Fabiola, fue a la fiesta; y fue, con sus proyectos y dudas. No sabemos lo que en aquel momento pasó por su corazón. Sí sabemos, que ese mismo día “se empeñó” en quedarse allí y nunca se echó atrás. No estaba previsto que Inés iniciase su Postulantado (primer tiempo de formación) ese día, pero, no sabemos cómo, logró el permiso de sus padres y las puertas abiertas de la Congregación, con sólo diecisiete años y en esa fiesta tan entrañable.

Nada es casualidad... Llegaba a la Congregación una joven arrebatada en sueños misioneros. Y, llegaba celebrando al Padre Luis, que también soñó con una Congregación entregada a Dios, al servicio de los últimos. Aquel atrevido “fraile menor”, había enviado, a los pocos años de su fundación, a un grupo de hermanas a Colombia, a la Guajira, tierra de misión, “tierra de sol y de sal”[29]. También al Caroní (Venezuela) y después a China. Fueron sueños misioneros del Padre Fundador y también sueños misioneros de ¡tantas hermanas!..., que los hicieron suyos. Nada es casualidad... Inés llegaba al mejor lugar, al sitio donde sus sueños misioneros, sus deseos de entrega, podían hacerse realidad.

Así comenzaba para Inés el tiempo de formación, establecido en la Congregación, como preparación a la vida religiosa. El primer momento: el postulantado. Durante unos meses, Inés y sus compañeras se inician de forma paulatina en la oración y en la vida fraterna. Quien fue su “maestra de postulantes”, escribió de Inés  un testimonio lleno de sabor, al conocer de cerca a la persona en su momento inicial de “deseos ardientes”, momentos de sueños, de entrega generosa.

- Una persona muy decidida en su vocación, alegre y fervorosa, especialmente en su relación con el Señor Sacramentado y con la Inmaculada. Era muy servicial, dispuesta para todo; ningún trabajo era grande para ella. Eso sí, era inquieta espiritual y físicamente, no sabía estar en un solo lugar mucho rato; era una persona activa por naturaleza. Su modo de ser agradable, buena con sus compañeras, amiga de ayudar al que necesitaba y, como tenía muchas cualidades, podía ayudar mucho porque no sólo intelectualmente era muy capacitada, sino que humanamente tenía muchas otras dotes[30].

Así, se iba mostrando Inés y el tiempo pasaba rápido. Llegó aquel mes de julio del siguiente año 1955, en el que Inés comienza el noviciado. En lenguaje de entonces, “tomó el hábito”; y es que, las novicias de esa época, anterior al Concilio Vaticano II, en ese momento de inicio de noviciado, recibían el vestido común de las religiosas: el hábito, pero con el velo blanco. Éste era un tiempo decisivo, y se cuidaba especialmente. Solía ser un año. Con el “santo noviciado”, venía el cambio de nombre; costumbre que se ha seguido practicando en las Congregaciones hasta después del Concilio. Inés, pasó a llamarse: Mª Nieves de Medellín.

Una época, en la Provincia, de noviciado repleto de jóvenes. M. Imelda de Yarumal, era la maestra de novicias; y siempre otra Hna., vice maestra, colaborando en la formación de las numerosas novicias; ésta vez, Hna. Esperanza Vélez, que había sido formadora de Inés, en el tiempo anterior, en el Postulantado. El testimonio que nos deja Hna. Esperanza, es revelador de la persona de Inés creciendo en la fe, creciendo en su aprecio por la eucaristía y por la figura de María, madre de Jesús y madre nuestra.

Sus compañeras, también tienen palabras de recuerdo en esa época de la vida de Inés.

Según dicen, el grupo de jóvenes con el que Inés realizó su tiempo de noviciado, era un grupo muy joven, dinámico, inquieto…; aun así, Inés, que era de las menores,  destacaba por su actividad; por su ser, si cabe, más inquieta  todavía y por saltarse “la modestia religiosa” de aquel tiempo.

- A nuestro grupo de novicias nos “tiraban” mucho porque éramos muy jóvenes todas. Las anteriores a nosotras ya eran mayores; entonces, contrastaban los brincos de nosotras con la seriedad de las que se fueron.

Inés, que era de las más jóvenes, siguió sobresaliendo por gritona, por ser alegre, por ser brincona. Era muy amiga de colaborar en los oficios de la casa, no le tenía pereza a nada; en ese tiempo las novicias y las postulantes teníamos trabajo, mucho trabajo, y ella todo lo hacía con mucha alegría[31].

Esa enorme actividad de Inés, esa energía desbordante que le acompañó toda su vida, esas inquietudes de su persona, su propia juventud…, le traían ventajas e inconvenientes, que tuvo que aprender a vivir y a superar.

- Era súper activa, aprendía todo con facilidad. En el noviciado tuvimos cambio de maestra; la maestra nueva, por eso de compartir juntas, nos confundía a Inés y a mí: lo que Inés hacía, lo pagaba yo y lo que yo hacía, lo pagaba ella. Inés no bajaba las gradas sino que las saltaba de dos en dos, o de tres en tres; le costaba la modestia religiosa de aquel tiempo; siempre la formadora le llamaba la atención por estas cosas y le aplicaba las sanciones propias de aquel tiempo en estas etapas[32].

El momento de la profesión religiosa, es el momento de incorporación plena a este modo de vida, aunque aún habrán de pasar los años de “juniorado”[33], tres o cuatro, antes de emitir la Profesión Perpetua. Era un tiempo de incorporación “inmediata” a cualquier comunidad y también a una determinada obra apostólica, dentro de las que su Provincia tuviera en ese momento.

De hecho, Inés hizo su Primera Profesión el siete de julio de 1956 y, enseguida, se incorporó a una comunidad educativa, en el Colegio Manuela Beltrán de Versalles, en el Valle. Llegado el momento de su Profesión Perpetua, continuaba su tarea apostólica en educación; era el 15 de agosto de 1959, fiesta de la Virgen.  Nuestra joven hermana, de 22 años, se desempeñaba como profesora de Primaria en el Colegio Parroquial Santa Rosa de Lima, en Jericó, Antioquia.

¿Qué fue para Inés, en estos primeros momentos, seguir a Jesús en la vida religiosa?  Inés vivió el compromiso cristiano desde su infancia; lo vivió casi como una herencia familiar. Una herencia que aceptó como regalo, pues lo es. Una herencia que vivió como tarea personal, como semilla que se le dio, para hacerla fructificar. También hemos visto, que escuchaba a Dios en lo más profundo de su corazón, que la participación en la eucaristía, el amor a María, el saber que Jesús se decantó por los pobres..., todo esto, le ayudó a hacer sus pequeñas y grandes opciones, le ayudó a tomar sus pequeñas y grandes decisiones.

En ese tiempo, anterior al Concilio Vaticano II, hacer opción por la vida religiosa, era elegir “un camino de perfección”. Inés tenía claro ejemplo en su familia y pudo elegir este camino, sin grandes obstáculos. Dentro de la familia de Terciarias Capuchinas, aprendió a elegir a Jesucristo como centro de su vida, por encima de cualquier otra cosa; y lo aprendió con estilo franciscano, capuchino... en fraternidad, dedicada a la contemplación y a la acción apostólica[34]. Poco a poco aprendió Inés y las hermanas que vivieron con ella, a escuchar los signos de los tiempos, a escuchar la voz de la Iglesia, reunida en Concilio.

El Concilio Vaticano II, nos aclaró muy bien en qué consiste eso de ser “perfectos”; y que nadie es más por ser religioso ni menos por ser laico. Todos, cada uno en la vocación a la que ha sido llamado van a vivir en plenitud el encuentro con Jesús y su seguimiento. El Concilio, exhortó a las Congregaciones religiosas a que volviésemos  a las fuentes, a nuestros orígenes; buscando no las formas, sino lo genuino, el sentido que los fundadores le quisieron dar. Después, otros documentos emanados de la Iglesia, seguían animando a la profunda renovación de la Vida Religiosa[35]. Así hicieron las Terciarias; Inés, con ellas. Búsquedas que a todas nos ayudaron, entonces y ahora, a ser más auténticas seguidoras de Jesús y más servidoras de los necesitados.

1.3 PROFUNDIZADO: Vida apostólica, las inquietudes misioneras se abren a otros compromisos. Años 1959 a 1977

Esta etapa de la vida de Inés como educadora, es la más larga, más de veinte años. Algunos de ellos siendo aún juniora. Y son los años que, visto el desenlace de su vida, pueden llamarnos menos la atención.

Comparándola con los ciclos vitales que vive la hermana madre tierra, como diría Francisco de Asís, es un tiempo largo, de preparar el terreno, de quitar piedras, de airear la tierra, de fertilizarla… Es tiempo de echar semilla, semilla oculta… Tiempo largo de hacer frente a cualquier inclemencia, tiempo de crecimiento hondo…

Inés, en los momentos finales de su vida, en los pocos escritos que se conservan, nos va dando algunas claves de cómo vivió, de cómo Dios fue haciendo su obra en ella sin que nosotras, muchas veces, lo percibiéramos. Unos meses antes de entregar la vida, le escribe a su hermana Ángela… queda para nosotros sólo el que no falla: Dios[36].

 Largo camino que no se improvisa. Tierra preparada en las tareas cotidianas, en lo oculto, en el silencio, en las dificultades, en lo que no brilla, en lo que no entendemos, en lo que “nos choca”… Pero, ¡acerquémonos de nuevo a Inés! Entremos en silencio, a estos largos años de aparente rutina; años que han fraguado su vida. Acerquémonos de la mano de personas que vivieron con ella y nos lo han contado.

Volvamos al relato de la vida de nuestra hermana. Habíamos dejado a Inés en el noviciado “Getsemaní” de Medellín, con el grupo de jóvenes que esperaban profesar. Su amiga Julia, nos estaba contando lo que les ocurrió en aquellos días y, termina diciéndonos:

- Tanto Inés como yo, tuvimos la inmensa gracia de ser admitidas a la profesión religiosa el 5 de julio de 1956, a mí me destinaron a Montería (Córdoba) y a Inés a Versalles (Valle)[37].

Ya tenemos a Inés, comenzando su vida religiosa como educadora, en el colegio Manuela Beltrán en Versalles. De Versalles, ciudad al sur del país, Inés fue destinada al año siguiente a su tierra de Antioquia, al noroeste del país, a la ciudad de Bolívar, al Colegio “Santa Inés”.  Aquí vivió durante un año, pues también al año siguiente recibe Inés nuevo destino. Siempre en el ámbito educativo. Esta vez en el Colegio “Santa Rosa de Lima”, en la ciudad de Jericó, llamada por algunos el "pueblo más hermoso de Antioquia" por su topografía y sus paisajes, conocida también por “aldea de piedras”, por la cantidad de piedras del río que corre cerca del municipio. Aquí, habían llegado las hermanas Terciarias dos años antes.

La Historia de la Congregación, entre sus páginas, nos recuerda cómo era la vivencia de las hermanas de esa comunidad de Jericó:

- La comunidad supo mantener siempre un clima interno de buena armonía, de acogida y de laboriosidad. Repetidas veces se organizaron en esta casa, apta para el retiro silencioso, tandas de ejercicios, sobre todo para las hermanas que trabajaban en el suroeste antioqueño y las de Istmina; y por dos veces se utilizó para el mes de espiritualidad[38].

En este ambiente, le llegó a Inés el momento de emitir sus Votos Perpetuos. Como era costumbre entre las Terciarias, se hacía un informe de la joven profesa, valorando su vivencia religiosa y fraterna; informe que se enviaba a la Superiora general, encargada de admitir a la Profesión Perpetua dentro de la Congregación.

Se conserva el informe que hicieron de Inés, en el que leemos cosas como éstas, en boca de la Superiora de su comunidad: Sumisa, observante, piadosa, buen espíritu, ama su vocación, caritativa…; y en boca de la Superiora provincial: Siendo una religiosa de buen espíritu y según el informe de la R.M. Superiora, creo que se le puede admitir a la Profesión Perpetua[39].

Llegó el día señalado, era fiesta de la Virgen, 15 de agosto de 1959. El sacerdote oficiante, nada menos que el mismísimo Obispo de Jericó, monseñor Antonio José Jaramillo. De todo nos queda constancia en una hoja de papel[40], escrita a mano por “Sor María Nieves” – según la  costumbre- con la fórmula de la Profesión y firmada, como testigos,  por la Superiora de su comunidad, Sor Aura Rita de Urrao, y por Monseñor Jaramillo.

Nuestra joven hermana, continúa en Jericó su labor educativa hasta 1960.                
En la actualidad, nos imaginamos que, tal vez, le habría encantado visitar este municipio; en él se encuentra “La Casa de la Madre Laura”, donde se conservan objetos de la misionera y evangelizadora que anduvo por selvas colombianas y ecuatorianas. Allí se levanta la capilla de La Inmaculada. En ese espacio se dice que nació Laura. También podría ver Inés, la pila bautismal, la silla en la que Laura pasó sus últimos días sin poderse levantar, los hábitos que vistió, fotos de sus antepasados y documentos en los que plasmó su entrega a Dios. Un sin fin de recuerdos de la mujer que tanto “poso misionero” dejó en el corazón de Inés; la mujer que hizo, a través de sus misioneras, presencia de “mujeres entre los Huaorani”, como iremos viendo.

Pero, volvamos a las tareas educativas de nuestra joven hermana. Volvamos, para descubrir a Inés educadora para la misión. Ese mismo año 1960, es destinada a la Normal de Cereté (Córdoba). Allí fue profesora y estudiante, terminó sus estudios de Normalista Superior. También educadora; veremos más adelante cómo trabajó con las niñas del internado. En este tiempo, Hna. Alicia Zea[41], fue Superiora en esa comunidad, conoció bien a Inés y testimonia de ella:

-  Viví con ella en dos ocasiones: Cereté y la Inmaculada (Medellín)... La considero una hermana sencilla, alegre, responsable de su deber; muy dedicada a su misión de educadora con las alumnas. Era responsable del internado y prácticamente dedicaba todo su tiempo, con un gran cariño, a las niñas. No escatimaba sus días libres, sábados y domingos para estar con ellas, para llevarlas de paseo, para ayudarles en todo lo que necesitaran. Su vida espiritual también era muy rica, su vida de oración, su vida fraterna; era una gran colaboradora en todos los sentidos. Como educadora me parece una persona que hizo mucho bien a las niñas; en todo momento les llevó el mensaje del Evangelio, de la salvación[42].

En 1968 pasó a Armero, su siguiente lugar de destino, que duró un año, y siempre dentro de tareas educativas, al colegio Sagrada Familia. Armero nos trae a las Terciarias Capuchinas recuerdos de sufrimiento, y vidas de hermanas entregadas hasta la muerte. Al hablar de Armero (Tolima), nos viene de inmediato a la memoria el recuerdo de un rugiente volcán, el Nevado del Ruiz, el “león dormido”.  Lenguas de lava, que el 13 de noviembre de 1985 borraron a Armero del mapa y con ella a miles de personas. Inmenso mar de lava que arrasó la vida de nuestras hermanas Bertalina Marín y Nora Ramírez (novicia); a los ocho días, en un centro hospitalario, falleció también la Hna. Julia Alba Saldarriaga. Arrebató la vida a Omayra Sánchez, aquella niña de cabellos ensortijados, de apenas trece años, que el mundo entero vio repetidas veces por la TV, y que era alumna de primer grado de secundaria en nuestro colegio “Sagrada Familia”, que quedó también arrasado. Las otras dos hermanas, de las cinco que formaban la comunidad, Marleny Gómez y Emma Jaramillo, se salvaron en medio de enormes  padecimientos.

Inés llegó a Armero de nuevo en 1975. Nadie pensaba entonces en el trágico final de esta hermosa ciudad donde las hermanas extendían su labor educativa más allá de las aulas, en el seguimiento a las familias y en la pastoral parroquial.

El siguiente servicio educativo que prestó Inés, fue en su querida “Normal de la Merced”, de 1969 a 1971, en la ciudad de Yarumal, que fue testigo de sus sueños misioneros de adolescente. Aquí, fue profesora de secundaria y encargada del internado. Después, otros lugares donde seguiría Inés su labor de educadora, a la vez que soñando en otros espacios, en otras fronteras… En 1972, en el "Colegio de María" de El Peñol; en 1973, en el Instituto de "La Inmaculada" de Puerto Berrío; en 1974, en el Colegio de "La lnmaculada" de Medellín; en 1975, nuevamente en Armero; regresando en 1976 al Instituto "La Inmaculada" de Puerto Berrío[43]. En Puerto Berrío estaba cuando le llegó la propuesta, ¡por fin!,  de ir a la misión del Oriente de Ecuador.

En esta larga etapa de su vida, Inés parece convertir las luchas y dificultades en caminos de búsqueda. No le basta la tarea educativa que está viviendo para ilusionarse. Necesita otros proyectos donde desplegar sus sueños: su forma de ver la vida, su manera de responder a Dios, sus deseos misioneros… Y, los busca, los añora, los provoca.

Aquellos años de vida cotidiana como educadora, han sido un largo aprendizaje. En la vida nada se improvisa, tampoco se improvisó en la vida de Inés.  La vemos  inmersa en la realidad que le toca vivir, abierta al palpitar de los hombres y mujeres que sufren y pasan necesidad. Abierta al palpitar de la Iglesia. Abierta al palpitar de su Congregación.

En aquellos años sesenta, años fecundos de Inés como educadora en Cereté, la Iglesia universal, celebra el Concilio Vaticano II. Más de seiscientos obispos latinoamericanos asistieron al mismo. Esta experiencia eclesial les marcó profunda y positivamente. La activa participación de los obispos, durante las cuatro etapas conciliares (de 1962 a 1965), les aportó nuevas luces para discernir más tarde, en la II Conferencia General de Medellín[44], los “signos de los tiempos” que estaban viviendo las iglesias y los pueblos de América Latina. El Concilio invitaba a la “Iglesia-Pueblo de Dios” a volver los ojos a Jesús y abrazar su estilo de vida, para ir con su Espíritu al “mundo humano”; no a dominarlo, sino a escucharlo, acogerlo y servirle. Mons. Labaka, como sabemos, participó en la cuarta y última etapa del Vaticano II[45]. El Concilio, estaba invitando a la Iglesia a ser “Madre de los pobres”.

En ese tiempo, Inés, desde Cereté, escuchaba cómo Pablo VI lo estaba indicando, en la apertura de la segunda sesión del Vaticano II. Era el 23 de septiembre de 1963.

- La Iglesia abierta al mundo humano, mira con especial interés a los pobres, a los necesitados, a los hambrientos, a los enfermos, a los encarcelados; mira a toda la humanidad que sufre y llora[46].

Estas vivencias eclesiales, estas palabras, sin duda alguna estaban llegando al corazón y a toda la persona de Inés y también le marcaron profundamente. Aquel 8 de diciembre de 1965, celebraba el día de la Inmaculada, con su comunidad, en Cereté. Mientras, la plaza de San Pedro, en Roma, se vestía de solemnidad, para celebrar la clausura del Concilio. Así resonaron algunas palabras de Pablo VI, en su alocución del día anterior, y que las retomarían después con profundidad las Conferencias de Puebla y Santo Domingo:

- Quizás nunca como durante este Concilio se había sentido la Iglesia tan impulsada a acercarse a la humanidad que le rodea, para comprenderla, servirla y evangelizarla en sus mismas rápidas transformaciones… en el rostro de cada ser humano, sobre todo si se ha hecho transparente por sus lágrimas y dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo[47].

Palabras que Inés soñó hacerlas realidad. Y, mientras miraba a la Iglesia…, también a su Congregación. La Congregación entera de Terciarias Capuchinas, estaba pendiente del gran acontecimiento eclesial que comenzaba a aportar frescura, profundidad y mayor sentido a nuestra vida cristiana y religiosa. Y se empezaba a notar. Nuestra querida “Madre Gloria”[48], entonces Superiora general, exhortaba así a las hermanas en algunas de sus circulares:

- Comencemos en el nuevo año nuestra renovación interior según la mente del Vaticano II y aportemos cuanto podamos para que la exterior sea del todo conforme a las normas conciliares… que nuestra Congregación, netamente franciscana y por tanto hija fidelísima de la S. Madre Iglesia, se distinga en estos momentos por su obediencia a las directrices del Concilio Vaticano II[49].

Los aires de renovación que se vivían en la Iglesia, la exhortación que se nos hacía de “volver a las fuentes”, lo vivíamos las Terciarias Capuchinas, también Inés, con enorme interés y apertura. Al año siguiente, 1968, las Terciarias Capuchinas celebramos el Capítulo general extraordinario que duró más de dos meses y nos trajo renovación en las Constituciones, y Acuerdos sobre organización y formación. El Capítulo se desenvolvió en total sentido eclesial y clima fraterno, exhortando a todas las hermanas a poner todo el empeño en la renovación[50] requerida por la Iglesia.

- La madre Gloria, conservadora por temperamento y por formación, pero abierta a la realidad y dócil a las orientaciones de la Iglesia, insistió en la renovación espiritual como garantía de la acertada puesta al día… invitó a todas a profundizar en serio sobre los cauces de la renovación… ¿qué pide la Iglesia hoy a nuestra Congregación, y cuál debe ser nuestra respuesta?...  se creó un clima general de nueva esperanza, que vino a reforzar el Capítulo general de 1974… como índice de este nuevo impulso… además de la seriedad del compromiso espiritual… la aparición de numerosas fraternidades de nuevo signo, con planes de vida en común y de acción apostólica genuinamente evangélica… compromiso de oración, vida fraterna en sencillez y pobreza, inserción en el medio social, apostolado directo de evangelización[51].

Inés, cuyo “corazón estaba en otra parte”, ya vislumbraba otros caminos de renovación, otros horizontes. Nuevas fraternidades, nuevas formas, nuevas maneras de servir a los pobres… pero profundamente identificadas con el querer de nuestro Fundador y con el querer de la Iglesia. Los sueños misioneros de Inés, sus deseos de vivir con los más pobres de la tierra, iban a hacerse realidad, poco a poco, en el seno de nuestras comunidades y en la propia vida de Inés.

Nuestra joven hermana, que al terminar el Concilio tenía 28 años, con seguridad habría estudiado los documentos emanados del Vaticano II, con su comunidad, de la mano de las orientaciones que se iban recibiendo desde la Iglesia, y desde la Congregación.

Poco a poco, como son las cosas, se iba reafirmando, ya no sólo en sus deseos, sino en la posibilidad de vivir más expresamente su vocación misionera. Nos imaginamos que, alguna vez, leyó el precioso librito[52] editado en la Congregación con motivo del 50º Aniversario de su fundación. Es un folleto hermosísimo, que no pretende ser historia… ¡pero casi lo consigue! Ojalá pudiésemos ahora acercarnos a él y detallarlo. Sólo entresacaremos algunas líneas que pudo haber leído Inés, en aquellas tardes al acabar las clases o después de visitar a las familias en los barrios.

- Van a cumplirse cincuenta años. El grano de mostaza sembrado en el pequeño santuario de Montiel es ya árbol frondoso que extiende sus corpulentas ramas por España, Colombia, Venezuela y China… Uno de los fines de este santo Instituto es el de las Misiones[53].

Y, más adelante, el entonces Vicario Apostólico de la Guajira, Colombia, Fr. Bienvenido J. Alcaide, hablando de las hermanas y de las tareas a las que se dedican, escribe:

- Su amor al pueblo y a los humildes queda patente… pero hay algo más que no puede pasar desapercibido al celebrar las Bodas de Oro… no es un nombre altisonante, pero sí sugestivo y digno de la bendición de Dios… MISIONERAS[54].

Después de expresar con detalle la actividad misionera de las hermanas, en Colombia, en los orfelinatos de la Guajira, en Sierra Nevada, en Codazzi… nos sigue relatando:

- Pero la vida misionera no se reduce al orfelinato… las hermanas visitan a los indios en sus mismas rancherías. Viajes que ofrecen mil dificultades: el clima, la carencia de vías de comunicación, la falta de medios de locomoción… El espíritu misionero de las hermanas terciarias ha sido admirado por cuantos visitan los orfelinatos[55].

Inés repasa con enorme alegría estas páginas y, como le escucharon decir los que la conocieron, se repite... “las Terciarias vinimos a Colombia para ser misioneras”…

1.4. ARDIENTEMENTE QUERIDO: Después de veinte años…, vida en la misión. Años 1977 a 1987

En las primeras páginas de la Crónica de la Comunidad de Shushufindi, leemos:

-Una esperanza que se hace realidad... hoy queremos recordar cómo se inició esta experiencia... la primera solicitud, fue dirigida por el P. Manuel (Amunárriz) a la hermana Ana Dolores Rojo, Superiora general, el 15 de mayo de 1975, pidiendo colaboración para el Hospital de Nuevo Rocafuerte (Ecuador) de donde es médico director[56].

El P. Manuel, pedía a las hermanas Terciarias Capuchinas, una comunidad para el Hospital. La respuesta aún se hizo esperar. Sin embargo, por esas fechas, llega al Hospital Franklin Tello, hermana Mercedes Álvarez[57], terciaria capuchina, procedente de la misión de Araguaimujo (Venezuela), para aprender medicina tropical y a la vez colaborar en el Hospital. Llegó una hermana, no una comunidad. Pero, aquella petición del P. Manuel no cae en el vacío. Seis meses más tarde, en enero de 1976, hermana Ana Dolores, Superiora general, tiene una entrevista en Roma con el Prefecto de Aguarico, monseñor Jesús Langarica, que le hace una petición firme para que envíe un grupo de hermanas a integrarse en la Prefectura, en una casa de la Misión. Hermana Ana Dolores, a su vez, hace la invitación y propuesta de ir a Ecuador, a las hermanas de la Provincia de San José (Colombia), que en ese momento, deseaban añadir, a su ya vasto campo de acción apostólica, una misión viva en la selva[58].

- Y, sin demora, en febrero, las hermanas Ana Elsa Moreno[59], Provincial de San José y Beatriz Arbeláez, Consejera, emprenden un viaje[60] a la misión de Ecuador, “cuyo objetivo principal era buscar el sitio para la fundación y ver en forma global las necesidades y posibilidades de la región”[61].

Ese año 1976, tiene para las Terciarias Capuchinas, un significado especial en todo el mundo. Se celebran las Bodas de Plata, XXV Aniversario, de la organización de la Congregación en Provincias[62]. Para la Provincia de San José, ya estaba preparado el regalo. Por fin, el día 23 de octubre, aparecen en Medellín, el Prefecto monseñor Langarica y el padre Miguel Ángel Azcona, para hacer un contrato de trabajo entre la Provincia de San José y la Prefectura Apostólica del Aguarico, a cargo de los Padres Capuchinos[63].

Estos acontecimientos, van a quedar escritos en la Historia de las Terciarias Capuchinas, si bien, no son más que la primera parte de los cimientos de una casa de misión en la selva del Oriente ecuatoriano[64]. Quedaba la segunda parte, fundamental, vital: el grupo de hermanas, la comunidad; preparar la fraternidad que pudiese vivir este proyecto y enviarla al mismo. En estos preparativos, con solicitud y cuidado, del grupo de hermanas misioneras, se cuenta, como podemos imaginar, con Inés.

- Cuando pensamos en Inés, fue por su dinamismo y entusiasmo y también porque siempre, Inés había mostrado gran inclinación hacia la misión. Tuvimos en cuenta su capacidad de entrega, de sacrificio, de evangelización... cuando se lo dijimos, enseguida contestó: Yo vine a la Congregación para ser misionera[65].

Era la primera vez que a Inés se la requiere para “un sueño misionero”. Poco a poco se va fraguando la primera fraternidad que será enviada al Oriente de Ecuador. Una vez allí, acogida espléndida de las Dominicas, entrañable acogida de los misioneros seglares, en El Eno; de los Carmelitas en Lago Agrio; y, ¡cómo no!, de los Capuchinos en Quito y en toda la Prefectura.

Las hermanas, Inés con ellas, son conscientes de ser recibidas en esta tierra, como un regalo de Dios; por eso les sale espontáneo decir: ¡cuánta responsabilidad y entrega de nuestra parte, implica todo esto![66] Con enorme entusiasmo, también con responsabilidad y entrega generosa, inician Inés y su comunidad, esta andadura en tierras amazónicas. Pequeña andadura, que después vio crecer poco a poco las presencias misioneras: Shushufindi, Nuevo Rocafuerte, San Pedro de los Cofanes, Quito, Coca, Nanegal, Loja, El Eno, Cuenca…

Nos relata Inés, en el Libro de Crónicas, esta vez en Nuevo Rocafuerte: el deseo de ser luz para nuestros hermanos[67]... ¡aquellos sueños, convertidos en deseos de ser luz!

Y, continúa Inés, en plural: ...nos anima, nos alienta y nos conforta... Aquel “cantor”, Jesucristo, cuya Palabra, vida, proyectos... cautivan a Inés desde su adolescencia, se hace presente en medio de la comunidad, animando, alentando, confortando...Y, ¿a dónde envía?... muy cerca de los que más nos necesitan. Y, ¿es capricho? ¿empeño personal?... ¡No! ... pide la Iglesia.

Acercándonos a Inés, a su comunidad, en estos benditos años misioneros, podremos ver cómo vivieron personalmente y en fraternidad la llamada a evangelizar. Las Terciarias Capuchinas vivíamos, en ese momento, una de tantas épocas privilegiadas de nuestra Historia. Ya hemos visto cómo se respiraba profunda renovación en la Iglesia, después del Concilio Vaticano II; renovación profunda en la vida religiosa y también en nuestra Congregación. Inés vivió, con enorme ilusión, estos aires nuevos.

En los últimos meses del año 1974, se celebró el XV Capítulo General[68] que, elaboró este texto de Constituciones[69]… a la luz del Evangelio, de la doctrina de la Iglesia, del espíritu franciscano, del carisma fundacional… deseosas de hacer vida nuestra vocación de hermanas Terciarias Capuchinas, dóciles al Espíritu, atentas a los signos de los tiempos y dispuestas a servir a la Iglesia y a todos los hombres hermanos[70].

Entre el ligero equipaje de Inés, no faltaba este pequeño librito de Constituciones, de fácil manejo, en el que se nos hacía una llamada a vivir en comunión una misma vocación, como miembros activos y responsables de nuestra familia[71] religiosa. Entre sus páginas, recién estrenadas, Inés, una y otra vez, repasaba:

- Miembros de la Iglesia, enviadas por Dios para manifestar el mensaje de salvación a todos los hombres, nos disponemos con generosidad a cooperar en su misión evangelizadora. Aquella que se sienta llamada a colaborar directamente en el apostolado misionero, procurará disponerse con las cualidades espirituales y humanas que requiere esta vocación. Se hará toda para todos por su renuncia interior y el testimonio de su vida. En la oración y en la vida fraterna, encontrará la fuerza para esta entrega[72].

Y unas páginas más adelante, seguía leyendo:

- La hermana misionera necesita gran espíritu de oración y sacrificio, de adaptación, de caridad y alegría, olvido de sí misma para renunciar a sus preferencias personales, culturales y territoriales.

Deberá apreciar el patrimonio y las costumbres de la región donde le toque actuar; aprenderá a expresarse en la lengua propia de dicha región, lo que le proporcionará una más fácil penetración en las mentes y en los corazones de los hombres[73].

Después, vendrían otras Constituciones renovadas, otros Capítulos Generales, otras Opciones Capitulares[74], otros Acuerdos de más apertura[75] a la misión Ad Gentes, en el umbral del III Milenio… Momentos de querer ser fieles al Evangelio; de encuentro con la realidad; de discernimiento y de apertura a otros horizontes…; momentos que nos han ido llevando a las Terciarias, a día de hoy,  por caminos misioneros que a Inés le habría encantado recorrer.

Caminar escuchando el clamor de los pobres, el querer de la Iglesia y el querer de nuestro Fundador. Vivir entre los más pobres y con ellos, como menores, sin prepotencia, sin imponer. Seguir caminando, atentas siempre a los signos de los tiempos, a lo que ocurre a nuestro alrededor; porque nuestro Dios, es el Dios de la Historia y queremos ser instrumentos en manos de Dios y no obstaculizar su obra, sí favorecerla. Caminar desde Cristo, con Él, centradas en su persona y en su proyecto de llevar el Reino a todos los hombres y mujeres de nuestro mundo. Siempre, desde la fraternidad, con el testimonio de vida; siendo constructoras de paz desde nuestro ser franciscano.

En la casa de Shushufindi, a los pocos días de llegar, las hermanas recuerdan palabras concretas que les dirige en estos inicios monseñor Langarica:

- Nos habló de la necesidad de la oración y el sacrificio para poder vivir unidas y anunciar a Cristo, siendo testimonio viviente del Señor en tierra extraña.... Somos cristianas, religiosas, misioneras; pero especialmente somos hermanas de todos los hombres, y por eso, hemos dejado nuestros hogares, nuestra patria y hemos venido a vivir entre ellos, para ayudarles a conocer y a amar a Dios. Y no sólo en el progreso espiritual, en el crecimiento de la fe, sino también materialmente, queremos servirles y ayudarles según nuestras posibilidades. Nos hizo tomar conciencia a todos: evangelizados y evangelizadores, y nos dio el cargo de hermanas mayores en un pueblo que lucha por la fe, la superación y el desarrollo[76].

Al leer esto, viene a nuestro corazón y a nuestra memoria, el profundo deseo de Francisco de Asís: ser hermano. Capuchinos y Terciarias, quieren hacerlo posible, allá donde estén... hemos venido a vivir entre ellos. Inés tuvo siempre viva conciencia de esto.

Mientras, el apoyo de los Capuchinos a las hermanas, se hacía palpable en multitud de detalles y cuidados fraternos. Monseñor Langarica las visita con frecuencia y tiene siempre palabras de ánimo y cercanía. Aquella mañana, del domingo 27 de marzo de 1977, llegó a la comunidad con el hermano Juan, el P. Manuel y el P. Alejandro.

- Monseñor y el Hno. Juan, regresan a El Eno... primera visita del P. Manuel y el P. Alejandro... nos acompañan a almorzar... el Padre Manuel, nos comunica la [su] determinación de viajar a Medellín, a ver si consigue cuatro hermanas terciarias capuchinas para el Hospital de Rocafuerte, pues las misioneras franciscanas [Acción Misionera Franciscana: AMF] tienen que entregar esta obra por falta de personal[77].

Inés y las hermanas, las hermanas e Inés... todas ilusionadas, deseosas de poder “crecer” en Ecuador: crecer en fraternidad, crecer en presencia misionera... y siempre, en la misma tónica: si es voluntad de Dios y para bien de la Iglesia.

Según la información que nos da la Cronista, posiblemente, es el primer encuentro de Alejandro e Inés. Nada de particular en ese momento. Incluso, alguien dijo que al comienzo Inés y Alejandro “no se caían muy bien”, no había simpatía entre ellos. Lo cierto es que, ese día, se conocieron quienes años más tarde, unidos en su misión por los Huaorani, desde Nuevo Rocafuerte y Coca, se unieron también para siempre, arriesgando su vida por amor a ellos y al fin, entregándola martirialmente a Cristo.

Pero, volvamos a aquellos días en Shushufindi, donde continuaba la actividad pastoral de la comunidad, y estaban también a punto de hacerse realidad los deseos de crecer en presencia misionera. El día 29 de julio, se anuncia la llegada de la hermana Ana Elsa con las hermanas que irán a Nuevo Rocafuerte y con ellas, nuevos cambios entre las que vienen y las que están. Camila e Inés, pasarán de Shushufindi a Nuevo Rocafuerte, lugar que  será también nuevo horizonte para Inés.

Se inicia un camino nuevo en su vida, camino que ni ella misma, en ese momento, es capaz de intuir. Su entrega apostólica misionera, va a estar enraizada en su comunidad y Congregación, e inseparablemente unida a monseñor Alejandro, en la persona de los Huaorani, hasta el final, hasta la gracia del martirio.

El latido de Inés en el Oriente de Ecuador, su presencia, se hará aún más viva en la comunidad de Nuevo Rocafuerte.

1.5 Hecho realidad: Con la entrega martirial. Año 1987

Así escribe Inés, en este tiempo, en el Libro de Crónica:

- El día 4 de agosto de 1977, nos dirigimos hacia Nuevo Rocafuerte: monseñor Langarica, el Padre Juan Santos, la hermana Ana Elsa, Superiora provincial, acompañada de la hermana Celina García y las hermanas Camila Bermúdez, Laura Fernández e Inés Arango. Un día de viaje por el río con fuerte sol y gran calor, pero animadas por el deseo de llegar a nuestra misión. A las cinco de la tarde  llegamos a nuestro destino, el Hospital “Franklin Tello”; allí nos esperaban: el Padre Manuel Amunárriz, Director del Hospital y tres hermanas misioneras de la AMF.

El Padre Serafín Elizondo y el Padre Gerardo anciano venerable; quienes nos acogieron con gran cariño y solicitud fraternal.

Aquella noche compartimos la cena con gratos recuerdos de fraternidad y cariño[78].

Nueve años más tarde, la propia Inés, describiendo ese momento, se expresa:

- Descendíamos por el majestuoso Napo, contemplando la belleza de sus paisajes. Unas veces palmeras de chonta, otras yutsos, a veces las chacras de los indígenas… en fin, a nuestra vista, todo era encanto, sorpresa e ilusión de llegar a ser verdaderas misioneras... A medida que la canoa se deslizaba velozmente, así mismo, corría el tiempo y llegó la tarde con una belleza indescriptible, un sol radiante y a nuestro frente, el arco iris, abriéndose paso por el río. Así, arribamos al puerto del Hospital Franklin Tello, donde nos esperaban: el Padre Manuel, director de dicho Hospital; el Padre Gerardo y demás misioneros, brindándonos tal acogida, como para que optáramos de una vez por todas de permanecer en el corazón de esta selva ecuatoriana llena de encantos[79].

¡Qué escritos tan diferentes! Inés, aquel primer día, sólo pensaba en llegar. Años más tarde, el Napo pasó de ser río, simplemente, a ser majestuoso Napo; el fuerte sol y calor del principio, con el tiempo, se fueron trocando en belleza indescriptible, sol radiante, arco iris; la acogida y solicitud fraternal de los Capuchinos,  hicieron posible nuestra opción de permanecer en la selva, eso sí, llena de encantos.

Volvamos al principio. El padre Manuel estaba pletórico. ¡Al fin relevo para el Hospital! Y un relevo franciscano. Salían las misioneras de la Acción Misionera Franciscana; tomaban el testigo, las Terciarias Capuchinas.

- El día 5 de Agosto recibimos el hospital, cada una de acuerdo al campo y oficio al que se iba a dedicar... La hermana Camila como enfermera recibió el Hospital con todas sus dependencias de enfermería, la Hermana Laura recibió la oficina de estadística y la hermana Inés la parte administrativa...

...A las 8 de la noche nos reunimos con la Hermana Provincial para tratar los asuntos  correspondientes a la organización de nuestra comunidad. La hermana Ana Elsa nos hizo algunas alusiones respecto al contrato hecho con la Misión, fue analizado detenidamente y aceptado de buen gusto. Encargada de la Comunidad se nombró a la hermana Inés Arango V.[80]

Desde ese día, vemos a Inés encargada de la animación de la pequeña fraternidad[81] y sabe muy bien que estamos llamadas a ser comunidades para la misión. Al despedir a las misioneras de la AMF, y a las Terciarias que les habían acompañado, Camila, Laura e Inés, notan en el rostro y bajo sus pies, la caricia de las cálidas tierras amazónicas, que han de llenar también de calor apostólico sus deseos misioneros. Días después, nos cuenta Inés en la Crónica:

- Ya estamos en la realidad y siendo las 7 de la mañana tocó atender el primer parto en compañía con el Padre Manuel... primer domingo en N. Rocafuerte y tenemos también una nueva experiencia, ya de carácter pastoral; hoy por primera vez salimos a las eucaristías que se celebran en las comunas de los indígenas, que están repartidas así: En Santa Teresita, el P. Serafín y la Hna. Laura. Armenia es atendida por el P. Manuel y la Hna. Inés Arango. También, hemos comprendido la necesidad de dedicarnos al estudio del quichua, ya que es la lengua de toda la región[82].

 Nos describe nada más llegar a Nuevo Rocafuerte, en dos pinceladas rápidas, lo que va a ser la tarea de la comunidad de hermanas, en la Misión del Vicariato de Aguarico, durante muchos años: la atención a los enfermos del Hospital y la pastoral en las comunidades indígenas, de manera muy especial la pastoral familiar. Sabemos que Inés se dedicó con intensidad a la atención de las familias.

Y sigue escribiendo, el día ocho de agosto... empieza, podríamos decir, nuestra experiencia de trabajo y cada una procura dar al máximo y conocer las gentes y la realidad del lugar[83]. Inés sugiere aquello de evangelizar desde la comunidad, pero sin olvidar la responsabilidad de cada una, la respuesta personal a las llamadas y “encargos” del Señor; en ésta, nadie nos sustituye. También habla de conocer a las gentes y la realidad del lugar; para esto, Inés tenía dotes naturales y las empleaba. Un misionero que la conoció bien en esos años, suele contar que Inés conocía por su nombre y situación a todas las familias que vivían a orillas del Aguarico, con sólo ir dos o tres veces al año a visitarlas.

Continúa el relato, con detalles muy concretos, sobre cómo se va desarrollando su vida fraterna y la tarea pastoral que realizan las hermanas a orillas del Napo. En ellos percibimos el sentir de Inés y de su comunidad, que viviendo junto al Hospital, ha entendido muy bien desde el comienzo: recibimos de los indígenas una gran lección de fraternidad. Lo que supone evangelizar y ser evangelizadas.

Inés, educadora de cuerpo entero; educadora para la misión. Animadora de la comunidad que va a tener una labor fundamentalmente sanitaria en el Hospital. Imaginemos así la vida cotidiana en lugar tan apartado, sólo tres hermanas, de las cuatro que se prevén en el primer momento[84], dos de ellas especializadas, con trabajo a tiempo pleno en el Hospital e Inés, educadora para la misión, despierta a otras situaciones que viven las gentes del lugar, atenta a otras posibilidades pastorales, a veces no comprendidas por quienes viven a diario, codo a codo con ella.

La vivencia auténtica de la fraternidad siempre fue un deseo inacabado, de todas y cada una de las hermanas. Así se refleja en el resumen que nos hacen de los retiros comunitarios y en las actas de las reuniones que iba teniendo la fraternidad, en diferentes momentos del año. Inés, vivió como ninguna sus luchas, sus deseos de fraternidad y en muchas ocasiones la “imposibilidad” de vivirlos. Las dificultades casi siempre venían de la mano de las relaciones fraternas. Anhelos de vivir hasta el fondo la realidad cotidiana de ser hermanas de todos. Anhelos por los que todas lucharon para hacerlos posibles. Hermanas que se dejaron confrontar con la Palabra del Evangelio, con la realidad que vivían, con el diálogo y las revisiones fraternas; con la aceptación, al fin, de cada una diferente y amada.

Por otra parte, las hermanas y con ellas Inés, viven los problemas que a lo largo de estos años se van generando con las compañías petroleras, la situación de los colonos, la desprotección de los indígenas, la roturación de caminos estableciendo salidas para el petróleo... y que terminan creando, en la selva, las “heridas incurables” que  origina el malentendido “progreso”.

En esta selva, herida en sus riquezas naturales, en hombres y mujeres despojados de sus derechos… en esta selva herida, la Prefectura de Aguarico ha vivido, y vive, como tarea fundamental, la defensa de los derechos humanos y la proclamación del Evangelio. Tarea que se reflexiona individualmente y se trabaja de manera incansable, en equipo Misionero, en Asambleas, en Iglesia universal, más allá de las fronteras de la misión. Tarea por la que se posiciona la Prefectura, también ante las Instituciones. Este es el Evangelio, vivido en la historia concreta de hombres y mujeres heridos, por el que Alejandro e Inés arriesgan su vida hasta entregarla.

Así Inés va haciendo su recorrido en el Oriente de Ecuador. Se ha ido adentrando, poco a poco, en la pastoral de las familias en las riberas del Napo y del Yasuní. Ha colaborado activamente, con el Equipo Misionero, desde que llegó a Rocafuerte, en la catequesis y evangelización de las diferentes comunas.  Se ha adentrado aún más en la selva herida, en los pueblos ocultos; en ocasiones con alguna de sus hermanas y con otras religiosas y casi siempre con el Padre Alejandro. Cada día la vemos más convencida de lo que quiere, más luchadora, más entregada. Recordemos que “le toca” ser animadora de su comunidad, que lleva prestando este servicio desde que llegaron a Rocafuerte. Pongámonos en su lugar, intentemos percibir lo que puede estar ocurriendo en su corazón; sus luchas, su manera de afrontarlas. Veamos también cómo su vida ya no le pertenece. Ha encontrado, al fin, el lugar donde realizar, donde desplegar y entregar toda su persona.

A estas alturas de la vida, en momentos de dificultad y sufrimientos, Inés expresa con suma claridad su sentir por los pueblos ocultos, su sentir entre los Huaorani. Se siente  - y lo dice sin lugar a dudas-  como una hermana.

Inés y las hermanas, las hermanas e Inés, están haciendo realidad el carisma de su Fundador en este bellísimo rincón del mundo, en estos nueve años desde que Inés y la pequeña fraternidad llegaron a Rocafuerte. Son años vividos con enorme intensidad por cada una de las hermanas;  hacia el interior de la comunidad, como ya hemos dicho en páginas anteriores, y en la pastoral, tanto en el Hospital, como en la atención de las comunas de la ribera. Hemos visto siempre, sin excepción, vidas entregadas hasta el fondo, a los más pobres, por amor a Jesucristo y a su Iglesia. Vidas entregadas en el silencio, en lo cotidiano, en aquello que nadie escribe “para la posteridad”… vidas de hermanas menores. Y por gracia de Dios, hemos visto la vida de Inés entregada hasta la muerte, hasta el martirio.

En el año 1986, en la Congregación se vive el importante acontecimiento de un nuevo Capítulo general, que se celebra en Roma en el mes de septiembre:

- Se dedicó fundamentalmente a realizar un profundo análisis de la identidad carismática de la Congregación a la luz de los valores y desafíos provenientes de la situación social, eclesial y cultural del momento[85].

Unos meses antes, Inés había asistido al Capítulo provincial en su Provincia de San José y había vivido, como animadora de su comunidad, todos los preparativos al mismo.

Con alegría, constata que los dos primeros Acuerdos que quedan plasmados al terminar el Capítulo general, se refieren a la proyección y expansión misionera de la Congregación como expresión de la exigencia de la Iglesia y del propio carisma en ese campo apostólico[86]. Curiosamente, mientras las hermanas capitulares están en Roma, acordando todo esto, Inés lo hace realidad en Rocafuerte, en lo suyo, en los Huaorani:

- La hermana Inés va a Garzacocha, para compartir quince días con los Huaorani, aprender más su lengua, dar a conocer un poco los números a los mayores y enseñar también a algunos a firmar para poder sacar sus cédulas. Fin principal: conocimiento de su lengua; indispensable para una evangelización inicial. Regresó el día 8 de noviembre[87].

La comunidad de Rocafuerte sigue su marcha. Inés aún salió de nuevo a los Huaorani el 18 de noviembre con monseñor Alejandro, regresando el día 5 de diciembre. Las tareas pastorales no tienen descanso, todas las hermanas implicadas en la atención a las diferentes comunas, celebrando los sacramentos: matrimonios, bautismos; animando la novena del Niño y la celebración en el día de Navidad. Esta vez el nacimiento de Nuevo Rocafuerte… consistió en algo muy original y propio de la zona: Jesús niño, nacido en una quilla[88].

Comienza el nuevo año 1987, preparando la visita de las hermanas consejeras, Beatriz Arbeláez y Rosalba Villa, que les traen el Mensaje del Capítulo general y además la nueva distribución y organización de las hermanas en la misión.

Inés sabe que se acaba el tiempo máximo previsto que nuestra legislación prevé en el servicio de animación de la fraternidad, y que ella, al llegar a Rocafuerte asumió. Sus viajes frecuentes a los Huaorani están dificultando el buen hacer de este servicio fraterno, pues pasa muchos momentos fuera de la comunidad. Inés es consciente de esta dificultad y vive con esperanza, con fe y aceptación este momento de nuevos cambios. Conocidos éstos, en Nuevo Rocafuerte queda Hna. Clara Imelda como Superiora de la comunidad. De Inés, después de nueve años, leemos la reseña en la Crónica: El día 21 [de enero] sale nuevamente la hermana Inés Arango a Coca, a recibir y responsabilizarse de la comunidad de dicho lugar[89].

Ahora, sale de Rocafuerte, justamente el día de santa Inés. Sale para Coca, donde se le va a encomendar de nuevo la tarea de “encargada de la comunidad”. Imaginamos a nuestra misionera recordando a su santa Patrona durante el viaje, once horas de canoa, río arriba… la mirada clavada en el horizonte… Está abierta la posibilidad de continuar yendo a los Huaorani. Esta esperanza le hace relativizar otras situaciones.

Pasar de Rocafuerte a Coca, supone para Inés una nueva etapa en su vida misionera. De nuevo ligera de equipaje. Las hermanas así lo percibieron a su llegada:

-Te recuerdo muy bien Inés cuando llegaste a Coca para encargarte de esta comunidad... en mi memoria está tu figura, sencilla, descomplicada; venías de un largo viaje por el río Napo, 360 Km., que nos distancian de Rocafuerte. Venías cargada con tu equipaje de misionera; un bolso en la mano y colgada de tu hombro una chigra tejida por los Huaorani; venías pobre, sandalias en tus pies, tu delantal sencillo, y una sonrisa que te acompañaba cuando tu destino era servir[90].

Así la vieron al llegar, pero ella cada día es más consciente de lo que va ocurriendo a su alrededor y en su persona, en la dinámica de entregar la vida, de perder para ganar. En Coca, guardan recuerdos de aquel tiempo de Inés, al poco de llegar, buscando dónde desplegar su ardor evangelizador. Nos cuenta Hna. Candela:

-Pero sobre todo Inés nos has dejado el gran testimonio de tu servicio y esto con los más necesitados. Te integraste y conseguiste una amiga de tu confianza[91] para visitar y llevarles el mensaje del evangelio a las prostitutas, lo hacías los lunes en las tardes. Y a algunas las motivaste por la Biblia, pues te vi en la salita de la casa con una de ellas explicándole la palabra de Dios[92].

También recuerdos de su temple, de su fortaleza y entrega en momentos de dificultad. Se recuerda el terremoto sufrido en Ecuador en marzo de aquel año y cómo lo vivieron en la fraternidad. Inés se lo cuenta a su hermana Cecilia a los pocos días de ocurrir:

- El viernes el temblor fue terrible, dos sacudones pero terribles y después uno tras otro más cortos; el río Coca quedó represado y anunciaban que habría que evacuar Coca; todo el mundo como loco  salió del pueblo; los padres y nosotras no nos movimos; gracias a Dios no sucedió lo que se pensaba, que sería  parecido a Armero. Estamos bien  y esperando  ver las consecuencias de epidemias, hambre y en  fin…  sólo hay comunicación  por río hasta ahora[93].

Mientras sucede todo esto, Inés continúa pensando, sin lugar a dudas, en los Huaorani, en poder ir allí, incluso en vivir con ellos. En el “entretanto”, Inés no pierde el tiempo, se afana porque en la Escuela Fisco Misional estuviera bien organizada la catequesis, ayudando en las clases y al profesorado. Con algunas señoras organiza un pequeño grupo de estudio de Biblia. Alguna hermana la recuerda en las tardes calurosas de Coca salir entusiasta con su Biblia bajo el brazo, a compartir con ellas la Palabra de Dios y ayudarles en sus problemas familiares[94].

Los Misioneros, cuando tenían algún caso sobre personas necesitadas o sobre indígenas, acudían a Inés, reconociendo su espíritu de caridad y servicio. Visitaba las familias y procuraba darle solución a sus problemas. En tan poco tiempo que estuvo al frente de esta comunidad y misión en el Coca, dice de ella una hermana: fue mucho lo que hiciste en bien de sus gentes y de nosotras tus Hermanas Capuchinas[95].

Inés va viendo, cada día con mayor luz y seguridad, que es el momento privilegiado de evangelización entre los Huaorani y que ella, después de tanto esfuerzo por aprender su lengua y hacerse a sus costumbres y modo de vida, es la persona adecuada. Por otra parte, sabe que esta tarea evangelizadora, está en sintonía con los “Sueños de la Congregación” en el último Capítulo general.   

La vida cotidiana, le trae otras cosas. Ser encargada de la comunidad es una gran responsabilidad para Inés, que por diversas circunstancias, ve que no puede desempeñar. Inés, por lo que vamos conociendo, era una mujer leal; quienes vivieron con ella aseguran que, cuando te decía una cosa, se mantenía firme en lo dicho, porque en la oración, en la reflexión, ya lo había visto con claridad. Esta firmeza, mantenerse en lo que creía, expresarlo sin rodeos y con fuerza, generaba a veces incomprensiones y sufrimientos.

 Ahora Inés ve, en conciencia, y con la libertad que le caracteriza, que debe renunciar al servicio de encargada de la comunidad que se le ha encomendado, y así le hace la petición a su Provincial. También parece que Inés, sintiéndose llamada para la misión de atender a los Huaorani, lo habría pedido anteriormente. Quiere llegar a ellos personalmente, pero en nombre de la Congregación y desde la comunidad. Tal como nosotras entendemos el envío a la misión, desde la fraternidad. Le dice a su Provincial:

- La experiencia la puedo hacer perteneciendo a cualquiera de las casas   [comunidades] del Ecuador, porque estaría allí [con los Huaorani] el tiempo que se me permita y saldré a reforzar el espíritu y el cuerpo con su salud, para después regresar[96].

Parece que, ni la carta anterior - si la hubo - ni ésta, tuvieron respuesta. Al menos no se conservan. Inés va reflexionando estos hechos y buscando caminos; así le escribe ahora a su Superiora general pidiendo el permiso para dedicarse a los Huaorani, no es capricho, ni algo mío; creo que es la obra de Dios, de la Iglesia y un llamado a mí, muy personal y no de ahora, sino de siempre[97]

Escribe también a su amiga y hermana de Congregación, Myriam Mercado, en presente: ...Ahora, han encontrado un grupo... y era verdad, como veremos enseguida. Pero, hasta llegar a ese momento de encuentro con el grupo Tagaeri, ha habido un proceso largo de búsquedas, negociaciones y diálogos con diferentes organismos por parte de la Misión Capuchina, en la persona de monseñor Alejandro.

Inés no es, ni quiere ser, protagonista... Habla de los demás; ella, tan sólo… ya sabes, yo también estoy anotada a esta experiencia[98]. Reivindica su presencia como hermana menor, junto a su Obispo, en la Iglesia. Veremos a Inés, integrada en el equipo misionero, desde el sector de Nuevo Rocafuerte, en la Misión Capuchina; no es la “única anotada” en el Plan de Amistad Tagaeri[99].

Se escucharon algunas voces en esta época, diciendo que Inés habría dejado la Congregación en el caso de no obtener el permiso. Al margen de comentarios, a los que los humanos somos muy dados, tenemos la carta que escribió a su Superiora general, testimonio escrito, antecedido del deseo y de la petición legítima a la Congregación, en la que solicita participar en una misión arriesgada. Igualmente conservamos la respuesta a la misma. A este intercambio de cartas, sucedió un amplísimo diálogo de Inés con Hna. Mª Elena, cuando ambas asistían al COMLA II en Bogotá. Se podría resumir con palabras de Inés: lo único que quiero es vivir entre ellos… ¡así de concreto!, ¡así de arriesgado!

La actividad pastoral y misionera en las comunidades del Oriente de Ecuador, proseguía como de costumbre. De hecho, Inés apenas iniciado el mes de junio, con la alegría, aún reciente, de la alentadora carta de Hna. Mª Elena, visitó a los Huaorani, a instancias de monseñor Alejandro, para mantener los lazos de amistad, constatar su estado de salud y observar los cambios existentes[100]; fue su última estancia con ellos, del 9 al 19 de junio. Vive entre ellos y con ellos, las tareas más simples y cotidianas. Vivir en la selva, es vivir silenciando nuestros deseos, escuchando las maravillas de Dios, de Huinuni, en la naturaleza; descubriendo las Semillas del Verbo… Tan sencillo como esto. Monseñor Alejandro, por su parte, dejó sobre su mesa  -sin enviar, no le dio tiempo-  un informe oficial sobre este viaje de Inés. Hace una descripción detallada de cómo resultaron aquellos días de Inés con los Huaorani. El mismo Alejandro va el día 19 a saludarlos y a recoger a Inés, que próximamente viajaría a Colombia para participar en el COMLA.

A Inés “le tocó” ir al COMLA. El Congreso, debería haber sido muy motivador para Inés.  Por el tema desarrollado: "América quiere compartir su fe"; por el lema que reunió a los participantes: "América, llegó tu hora de ser evangelizadora"; por el objetivo fijado para este Congreso: “Impulsar a las Iglesias particulares a proyectarse más allá de sus fronteras”; porque se dieron nuevos pasos importantes respecto al papel de las Iglesias locales en la misión Ad Gentes;  porque se  “descubre” que cada Iglesia local,  cada diócesis es la base de la actividad misionera de la Iglesia; porque se formaliza un compromiso misionero de los laicos y se fundan varios Institutos Misioneros. La presencia de las Terciarias Capuchinas, fue abundante: 35 hermanas. Al terminar el Congreso, en una solemne eucaristía de envío Ad Gentes, recibieron el crucifijo de misioneras para ir a África once hermanas.

Pero la motivación fundamental de Inés, su mayor alegría es que en el COMLA se va a poder encontrar con su Superiora general y lo mejor que le podía pasar,  sería recibir el permiso que necesitaba para ir a los Huaorani. Así fue y así le contaba a su hermana:

  - Estoy feliz, hablé con la Hna. Elena y me dio todos los permisos que yo quería para trabajar con los Huaorani!  Estoy feliz, no me cambio por nadie[101].

Fue una conversación larga, de tú a tú, de hermana a hermana. Lo cierto es que Inés pudo expresar de viva voz todo aquello que ya le había escrito hacía unos meses. Hna. Elena pudo comprobar su recta motivación, y la autenticidad de su ideal misionero.

Lo demás ya sabemos cómo ocurrió. Aquella noche, del 20 de julio, Inés se repetía: si muero, me voy feliz… Dios lo sabe[102].

La mañana de aquel 22 de julio, nos trae noticias de la vida entregada hasta el extremo, de aquellos que la arriesgaron por el Evangelio. Aquello que todos temieron, en silencio, acaba de suceder. En el helicóptero, los rostros se demudan al contemplar el espectáculo. Se dispone todo para el rescate. La disponibilidad de las autoridades es total. El rescate está en marcha. Esta selva, que ha contemplado a Inés y Alejandro, descalzos, desprendidos de lo suyo, revestidos sólo de Cristo, descubriendo las Semillas del Verbo en este pueblo[103]… esta selva que ha contemplado silenciosa a Inés y Alejandro derramando su sangre hasta la última gota por amor a los Huaorani… esta selva, devuelve sus cuerpos alanceados, llagados, atravesados por lanzas multicolores  de los Tagaeri a modo de florones, a sus hermanos y hermanas, a la joven Iglesia  de Aguarico, como la mejor ofrenda.

Después de varias horas los cuerpos de Alejandro e Inés se llevan al templo. Se celebra la eucaristía, presidida por el párroco, P. Roque; concelebran los sacerdotes y misioneros presentes. La pequeña iglesia está abarrotada. Van llegando Hnas. Terciarias Capuchinas, Capuchinos, religiosas, misioneras y misioneros, sacerdotes y obispos de todos los lugares; para todos ellos, para el pueblo allí reunido, es una noche de velar en silencio los cuerpos de Alejandro e Inés, que nos han dejado un mensaje inequívoco de amor hasta el límite, hasta el martirio.

La iglesia no se cerró, ni de día ni de noche, durante dos días completos. Todos quisieron estar junto a su Obispo, junto a la Hermana misionera; despedirse así de aquellos testigos, mártires del amor.

Llegó el momento de la despedida y el viernes 24 de julio fue el sepelio. La eucaristía, con participación masiva del pueblo y de todos los grupos del Vicariato, además de las hermanas de Inés, Fabiola y Cecilia, que habían llegado de Colombia, la Superiora general, Hna. Mª Elena y la Superiora provincial, Hna. Berenice, fue presidida por el Vicario Apostólico de la misión de Sucumbíos y concelebrada por otros obispos y sacerdotes.

Una celebración emotiva y vivida en profundidad, cuidadosamente preparada.

Como expresión de la fe del pueblo y el cariño por sus misioneros, queda el recuerdo de la procesión, “la última gira apostólica” de Alejandro e Inés por las calles de Coca, antes de ser depositados sus cuerpos, en las tumbas dispuestas al efecto, al pie del altar mayor, en ese templo.

2. CLAVES DE LECTURA DE LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA-MARTIRIAL DE HNA. INÉS ARANGO

Inés a lo largo de su vida, se dijo con frecuencia y de diversas formas, "no quiero nombre ni fama". De Inés hablamos ahora porque estamos hablando de Alejandro y sus vidas se han unido en nuestra memoria y en nuestro corazón para siempre, al entregarlas martirialmente por amor a sus hermanos.

De otra forma, Inés, como cualquiera de nosotras, sus hermanas, aquí en la misión de Aguarico o en cualquiera de los treinta y dos países en los que vivimos, habría pasado desapercibida en las tareas más cotidianas y sencillas. Habría quedado eso sí en el corazón de las gentes, la huella y el testimonio de su vida, como mujer sencilla, alegre, entregada a Jesucristo en su fraternidad y para los que más necesitaban, luchadora, deseosa y empeñada por vivir en coherencia aquello que creía... y poco más.

Por eso, hablar de Inés, aquí en el marco de un Simposio, recordando su memoria, es un atrevimiento total. Y expresar las claves de lectura de su espiritualidad misionera y martirial,  es hacerlo desde la absoluta sencillez que le caracterizó, desde la comunidad  y Congregación en la que vivió y unida para siempre a la Iglesia en la persona de su Obispo Alejandro.

Dicho esto y antes de cualquier otra reflexión, conviene recordar que Inés apenas escribió nada, ningún escrito importante en el que podamos ver reflejado su pensamiento, su manera de ver las cosas. Así como Alejandro nos ha dejado infinidad de textos de todo tipo y especialmente su Crónica Huaorani, de Inés tenemos unas cartas y poco más.

En nuestras comunidades de hermanas Terciarias Capuchinas, conservamos hasta el día de hoy la hermosa tradición de escribir la Crónica de las fraternidades y Demarcaciones en sus aspectos más reseñables, así como de hacer diversos resúmenes para dar a conocer, a través de los boletines, la vida de los diferentes lugares. Pues bien, en su día, la Crónica de la comunidad de Nuevo Rocafuerte, la escribió durante bastantes años nuestra hermana, por lo que conservamos  la expresión  de la vida de la fraternidad, de la pluma y con el estilo de Inés.

Esto es interesante porque en el mencionado escrito, se describe la misión de la comunidad con detalles bastante pormenorizados que nos han permitido hacer con relativa facilidad algunos paralelos con la Crónica Huaorani de Alejandro, de manera que podemos saber, cuando Alejandro  relata un viaje o su preparación, no sólo lo que estaban haciendo Inés y las hermanas de su fraternidad, también el cómo y el por qué, en la pastoral, con las familias, en la misión con los Huaorani, etc.

Hemos aprovechado estas coincidencias para enriquecer nuestras reflexiones sobre las claves de la espiritualidad misionera y martirial de Inés. Algunos aspectos de ellas que los vivió en comunión plena con su comunidad, y también en comunión plena con la Iglesia de Aguarico, en la persona de Alejandro, su obispo y misionero.

2.1 La grandeza de la fe y el gozo de lo pequeño.

A lo largo de este relato que venimos haciendo, hemos ido viendo a una Inés seria y alegre, traviesa y rebelde, vital y enérgica, sincera, sin doblez, brincona, avispada, crítica, frentera, de prolongados silencios; de carácter fuerte, cabezona, de humor cambiante, impulsiva; libre, orante, con la confianza puesta en Dios, amante de la Virgen. Desde niña aprendió Inés, el valor y la grandeza de las cosas pequeñas, también el valor inmenso de creer, de orar, de servir al prójimo sin reservarse nada... Aprendió la grandeza de la fe vivida en libertad, en lo más simple y sencillo...

Inés era muy consciente de sus limitaciones y sabía pedir perdón cuando hería con sus formas. También lo era de la llamada que estaba recibiendo de Dios, en ese cuerpo frágil y vigoroso, llamada de Dios en ese carácter fuerte e impulsivo que a algunos, incluso a algunas de sus hermanas, no agradaba. Dios le había regalado a Inés muchas cualidades para la misión y una finura de espíritu, una alegría, poco común. Además, Inés contagiaba, a cuantos se acercaban, su entrega misionera.

De esta larga lista de adjetivos, elaborada entre los que la conocieron de cerca en muy diversas circunstancias, en diferentes momentos de su vida, subrayaríamos éstos, que en su día destacamos también en su biografía: alegre y ligera de equipaje.

Una alegría que se fue transformando en profunda felicidad y un desasimiento de las cosas que la caracterizó hasta el momento de entregar la vida. Dicho de otra manera: descubrimos en Inés cómo supo vivir la grandeza de la fe y el gozo de lo pequeño, como "clave" desde la que vivió su entrega misionera y martirial. La vida entre los Huaorani, las vivencias de la selva, le ayudaron aún más a vivir desde esta clave. Su persona, de frágil apariencia, tuvo que ir aprendiendo, poco a poco, a ser libre en el sentido auténtico de la palabra y a poner toda su confianza en Dios.

Inés vivió desde la libertad de saberse pequeña, hermana menor, instrumento en las manos de Dios; para ello, orante, dispuesta, alegre, sin propio[104], confiada totalmente al Señor de su vida, Jesucristo… por encima de toda opinión humana. Va haciendo experiencia de sentir vivamente a Dios, en contacto con la misión, experiencia de cómo, esa alegría suya natural, que se mezclaba en ocasiones con seriedad y silencios inesperados, se va tornando en felicidad profunda, íntima y también rebosante.

A Inés, desde niña, le gustó mucho cantar, y dicen que lo hacía bien. En la etapa misionera de su vida, Inés, bajando el río, contemplando la naturaleza, viviendo con los Huaorani en la selva, en la capilla de Rocafuerte  -cualquier lugar era idóneo-  cantaba incansablemente: Yo creo en Ti, amén. Espero en Ti, amén. Te amo Dios, amén[105].

Para ella, a lo largo de su vida, Dios es "de la familia", cercano, asequible, presente. Aquel con quien puedes hablar, contarle tus cosas, cantarle, confiar. A lo largo de su vida va entendiendo y experimentando que no es "un dios familiar" que heredamos como cualquier otra cosa. Inés ha ido madurando, creciendo,  en esta relación con el Señor Jesucristo; relación personal y cercana, a través de la oración confiada que le remite sin demora a los hermanos. Así, escribe a una joven religiosa, probablemente en el año 1987, poco antes de entregar su vida:

- Sólo en la oración y encuentro con el Señor, encontrarás la fuerza para sostener el duro combate de cada día, que es bien poco, comparado con lo que nos tiene preparado el Señor[106].

Hasta llegar a este punto, hay que recorrer un largo camino de encuentro. Sí, de oración y encuentro personal con el Señor, para llegar a encontrarse con los hermanos, hasta el punto de dar la vida por ellos. Camino que creemos recorrió Inés.

La selva, para nuestra hermana, fue con frecuencia igualmente lugar de encuentro con Dios. Podemos recordar la letra completa de esa canción que venimos citando: La selva es tu mansión, el sol tu faz. Te oigo venir Señor, la lluvia al sonar. El viento, el río, el mar, en tus manos están. Dentro mi corazón te quiere albergar. Aquí, Inés aprovecha sus raíces más franciscanas para experimentar y alabar a Dios Creador, presente en la naturaleza fantástica y rebosante de vida.

Para los Huaorani, Dios es Huinuni, el Dios Creador. Inés ha escuchado más de una vez en labios de Deta, largos relatos de la creación. Experimenta cada vez que escucha a esta mujer, que Dios es aquel que nos ama a todos, se preocupa del que sufre y te invita a hacer lo mismo. Dios misericordia, Dios Padre, Madre. Semillas del Verbo en el pueblo Huaorani.

Inés, va descubriendo un Dios personal, un Dios misericordioso, un Dios que es Padre, que nos hace hermanos. ¡Claro!, cuando se le manifiesta Dios como Padre, la primera consecuencia es proclamar que los demás son sus hermanos. Si Dios es Padre, todos, ante sus ojos, somos hijos, con los mismos derechos. Así vive Inés la esencia de la misión, desde la grandeza de la fe y desde el gozo de lo pequeño:

- Quizá encontramos muchos inconvenientes por el río, muchísimas incomodidades, el dormir en el suelo se hace costoso, duelen los huesos al principio, se hace al final y cada día más blanda la cama pero todas estas aventuras no son nada ni es el objeto de estas crónicas… Lo importante de todo esto, son las personas, los grupos, sus costumbres, sus valores, su cultura y las enseñanzas que de ellos recibimos porque tal vez vamos a evangelizar pero somos nosotras las evangelizadas[107].

Esto tiene vital importancia en la vida de Inés. Ya no sólo descubre a Dios como Padre de todos, sino que se experimenta hermana: me siento entre ellos como una hermana, le confesó a su amiga y hermana Myriam Mercado, en otra ocasión. Entre los Huaorani, Inés se sintió evangelizada. También evangelizadora, como veremos ahora.

2.2 Evangelizar y ser evangelizada

No sé si también es un atrevimiento decir que la vida de Inés, es toda ella una existencia al servicio del Reino. Lo que conocemos de su vida, de la vida de su comunidad religiosa y la de la comunidad misionera en la que estaba inserta, nos lo confirma: la inserción en la realidad y su comprensión en clave de fe, la escucha de la Palabra, la vivencia de los sacramentos, la oración, el compartir fraterno y el estudio en "Equipo misionero", han sido alimento fundamental de Inés para crecer en el sentido de misión, al servicio del Reino.

Inés supo escuchar atentamente, los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, y descubrió que son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Y con la Iglesia, se sintió íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia[108].

Esta escucha de la realidad, de las situaciones de injusticia y desigualdad en el lugar concreto donde estaba viviendo; la escucha de las tristezas y angustias, de los gozos y esperanzas  de sus gentes, como nos ha dicho el Concilio, le marcaron vivamente a Inés, para definir aún más  claramente su posición en la misión que le había sido encomendada.

Inés, siempre se sintió enviada a la misión, incluso diría a la misión entre los últimos, entre los alejados, y enviada a evangelizar. Lo expresa en la carta que escribió a su Superiora general, unos meses antes de entregar la vida, exactamente el 27 de marzo, pidiéndole permiso para dedicarse plenamente a los Huaorani; es una carta de poco más de una página, pero sugerente y hermosa, que refleja vivamente los sentimientos y deseos de Inés.

- Soy misionera en la actualidad en tierras ecuatorianas desde hace diez años, pero desde siempre, desde mis primeros años de infancia abrigaba la ilusión de morir en campos de misión netamente indígena como tengo la oportunidad ahora.... Desde siempre mi deseo era ir al África o al Asia pero desde que conocí este pueblo me ha parecido que también ellos tienen derecho a una posible evangelización y que además por ser una minoría, son muy pocos los que quieren gastar sus energías por ellos... Quiero estar muy de lleno con ellos para empezar la evangelización[109]

Pero, escuchada así, cabría pensar que Inés refleja la espiritualidad que alimentó a muchos misioneros de otra época y que consistía en un movimiento unidireccional: todo partía de quien enviaba: Dios, Cristo, la Iglesia, la Diócesis... e iba hacia quien se dirigía: las familias, los pobres, los alejados, los Huaorani...

La espiritualidad misionera que vive Inés no tiene estos rasgos, porque tampoco los tenía la que se vivía en su comunidad, y la que vive con el grupo de misioneros, y con su Obispo.

Así como Alejandro, expresa la síntesis de lo que vive en la frase "Semillas del Verbo"; de Inés podemos decir, y ella también lo dijo de sí misma y de su comunidad, que se supo evangelizada, “enseñada” por aquellos pueblos y tal vez esto podría ser la síntesis de lo que quiso vivir. Nunca se cansó de expresarlo, y nos lo decía cuando tenía ocasión: los pueblos que allí viven, nos enseñan su vivir tranquilo y apacible en contacto con la naturaleza, donde se saborean profundas sensaciones del espíritu[110].

¿Qué camino, qué recorrido, para poder llegar a decir  -esto ya en singular-  me siento hermana entre ellos? La primera necesidad que Inés percibe con absoluta urgencia, es la de aprender su lengua. Ella misma nos dice a los tres días de llegar: también hoy hemos comprendido la necesidad de dedicarnos al estudio del quechua[111] ya que es la lengua de toda la región[112]. La palabra, como primera aproximación a la realidad de los indígenas, como lo primero que ha de aprender de ellos. Necesidad que están percibiendo igualmente los misioneros:

- El día 27 de diciembre de 1977 salimos de Nuevo Rocafuerte hacia Coca, el Padre Alejandro, el Padre Manuel, Hermana Inés Ochoa[ Laurita], Santos y la hermana Inés Arango para asistir a una reunión programada por Monseñor Jesús Langarica con asistencia de todos los misioneros de la Prefectura; éramos unos 30 entre todos.

Como tema central trató de analizar las diferentes experiencias apostólicas tanto en la carretera como en el río y los problemas que habíamos tenido en dichas zonas. Uno de los problemas que surgió fue el desconocimiento de la lengua quechua que es indispensable para que nuestra evangelización sea más efectiva[113].

Ella misma se dedicó al aprendizaje de la lengua en los cursos que se hicieron en la Prefectura:

 - Entre los días 1 al 7 de febrero de 1978 se dictó un curso de quechua en la misión dictado por los Padres Camilo y Juan Santos. Asistimos algunas misioneras del Coca, Pompeya y Nuevo Rocafuerte[114].

Y en todos los momentos que se le brindaba la ocasión. Aprovechaba los juegos con los niños, las estancias más prolongadas entre los Huaorani para seguir aprendiendo con ellos palabras nuevas que luego repasaba con las hermanas y con Alejandro en los viajes. A las jóvenes terciarias capuchinas, en etapas de formación, les insistía en la importancia y necesidad de aprender su lengua; ella misma se ofrecía a enseñarles algunas palabras, aunque sólo fueran dos o tres cada día[115].

Enseguida y a la vez, acercarse a su realidad. Inés es muy observadora y receptiva. En lo poco que conservamos escrito de ella, percibimos un interés máximo por esto.

Inés experimenta lo que supone vivir el silencio con los pueblos ocultos, con ellos y como ellos. Experimenta en su propia persona aquello de “silenciar nuestros deseos”… no sólo “adaptarse” a su vida. Se trata de valorar sus valores y acogerlos, de descubrir las "semillas del Verbo" en la realidad de aquel pueblo.

Además del acercamiento a su realidad, conocer sus costumbres. Inés, desde el principio, participa de ellas no como mera espectadora; la vemos con frecuencia integrada en sus relatos, participando de sus comidas…

- En esta fiesta lo típico es la carne de mono, animales diferentes que ellos han cazado los ocho días anteriores y la chicha. Compartimos  con ellos toda clase de alimentos por ellos acostumbrados que nos brindan con gran gusto y cariño[116].

También ayudando en tareas muy cotidianas; y, enseguida… ellos nos evangelizan:

- Es hoy cuando recibimos de los indígenas una gran lección de fraternidad, sencillez, alegría y aquel saber acoger a todos por igual. En este caso es cuando nosotras somos evangelizadas por los pobres[117].

Inés sigue hablando en plural: Recibimos de los indígenas..., habla de su comunidad y de ella misma. Habla de un proceso, de un camino que a veces dura toda la vida.

A casi todos, lo que nos sale espontáneo, es ir a los sitios, a los lugares, con lo nuestro: nuestras formas de hacer las cosas, nuestros criterios, nuestras creencias, nuestras costumbres... Incluso, trabajamos incansablemente para “inculcar” y transmitir todo lo nuestro a los demás; porque nos parece lo mejor y a veces lo único... vamos a enseñar, a curar, a catequizar. ¡A salvar!...

Ante esto, Inés nos dice sencillamente: recibimos de los indígenas una gran lección de fraternidad, sencillez, alegría... y enseguida nos añade: somos evangelizadas.

Aquí está una de las claves de su forma de llegar a ellos: con el mensaje del Reino.

Inés aprendió a ser “discípula y misionera”. Quienes la conocieron en Rocafuerte, no dudan en afirmar que su vocación eran las minorías y que a ellos iba “en el nombre del Señor”. Tuvo que ser esto lo que le cambió la existencia, estar tan enamorada de la misión encomendada, que pudo dar la vida por Aquel que se la encomendó.

 Poco a poco, como son las cosas, Inés aprendió de este pueblo a vivir en la selva con lo mínimo. A Inés, sin demasiadas programaciones, “le tocó” ir con más  frecuencia que sus hermanas de comunidad a los Huaorani, hasta el punto de vivirlo ya como vocación, como llamada personal del Señor, misión  que compartió a plenitud, en el seno de la iglesia de Aguarico, con Alejandro. En esta misión estaban, cuando entregaron su vida.

2.3 En el seno de su Comunidad, Congregación y en la Iglesia.

Hemos hablado de cómo Inés en su juventud acogió con enorme alegría los cambios que produjo en la vida de nuestras comunidades la puesta en marcha del Concilio Vaticano II. También de su deseo continuo de vivir en la misión de forma directa. 

El descubrimiento de los pueblos ocultos, en la vida de Inés, ha sido un proceso. Recordemos a Inés, a los pocos días de entrar a Rocafuerte. Sus relatos los hemos recibido todos en plural. Nos habla de ella y nos habla de su comunidad con la que quiere caminar y vivir.

Son la primera fraternidad de Terciarias Capuchinas en el Oriente de Ecuador que, a día de hoy, quieren lo mismo, sin duda: seguir siendo granito de mostaza, presencia generosa en el Vicariato de Aguarico, junto a los Capuchinos y a todo el Equipo Misionero, de religiosos, seglares, sacerdotes diocesanos, misioneros nativos... Todos, en torno a la Catedral de Coca, en torno a su Obispo monseñor Jesús Esteban Sádaba; presencia de Iglesia misionera fecundada con la vida y martirio de Alejandro e Inés.

Desde el inicio, Inés y las hermanas están implicadas con la gente, con las familias de forma particular, y trabajan en estrecha colaboración con los Capuchinos, tal como se había previsto. Igualmente con las Congregaciones que están en la zona y con los laicos. Creo que también, entregadas, arriesgadas, comprometidas con el pueblo.

- Programan una reunión o Asamblea del Pueblo para tratar los asuntos relacionados con la ubicación de la población y otros problemas. Recibimos invitación verbal de uno de los líderes; sin autorización de monseñor, no nos parecía prudente asistir; pero al mismo tiempo, no queríamos desaprovechar la ocasión de conocer algo de la problemática de esta gente... a las 10,30 a.m. llegó monseñor, con P. Alejandro y Alberto... asistimos a la reunión[118].

Desde el inicio, Inés y las hermanas, están comprometidas en crear una comunidad viva, una vida fraterna misionera que posibilitara todo esto.

- ¿Qué nos querrá decir el Señor con este acontecimiento? ¡Señor, enséñanos a descubrirte en los acontecimientos difíciles de nuestra vida ordinaria! El trabajo de estos días fue poco y lleno de incertidumbre, pues sólo quedamos dos en la casa y para todo[119].

Desde el inicio, Inés y las hermanas, se han sentido miembros activos de su Provincia religiosa y de su Congregación. Han vivido en primera persona el apoyo de sus Superioras -provinciales y generales- a través de Visitas pastorales, animación misionera... Han participado en la vida de la Provincia, en los acontecimientos fraternos, en los trabajos de Formación Permanente, en los Capítulos Provinciales y en otras reuniones.

- Reunión de comunidad para continuar el estudio del Plan de la Provincia[120]. Es 25 de marzo. Día de acción de gracias en toda la Congregación. Nos unimos a esta intención y ofrecemos todas las actividades del día en unión con María para que nos dé fe y prontitud para aceptar la voluntad de Dios[121].

Desde el inicio, Inés y las hermanas, las hermanas e Inés, adelantándose a los tiempos, nos han querido decir cómo es su estilo, su manera de estar y de vivir, en la Iglesia y en el mundo:

- Sintiéndonos Iglesia comprometida en la tarea de encarnar a Cristo en la historia, testimoniamos con nuestra vida personal y comunitaria, con la oración y con el anuncio, una nueva forma de ser, amar y compartir, colaborando así en la construcción de la sociedad de hermanos, restaurada en Cristo Jesús[122].

No tenemos duda de que Inés realizó su misión, y así lo quiso expresamente, enviada por su comunidad, sintiéndose miembro de su Congregación y  de la Iglesia local a la que pertenecía.

Conservamos la carta que, meses antes de su martirio, escribió a la Superiora general[123]  pidiendo formalmente vivir entre los Huaorani, vivir con ellos. Sabe, que no es capricho suyo, sino llamada. Parece que anteriormente había escrito a su Superiora provincial y no había recibido respuesta. Esta carta, que ya hemos mencionado en otro lugar, es bastante larga, para lo poco que le gustaba escribir a Inés. En ella relata su experiencia misionera, sus deseos de entrega y anuncio del Reino.  Dos páginas repletas de expresión y viveza, porque en ellas habla Inés de sus anhelos misioneros más profundos, y también de sus luchas y sufrimientos. Páginas repletas de amor entrañable a su Congregación, de comprensión, de cercanía. Escritas desde la responsabilidad de una llamada del Señor, escuchada en su persona, y tenida que realizar desde la comunidad, desde la institución. Se trasluce la lucha de Inés para  buscar el equilibrio y compaginar todo esto.

Por otro lado, es una carta escrita con el corazón en la mano y se adivina todo lo que Inés vive, aquello por lo que daría la vida, su profunda fe, su ardor apostólico, su amor incondicional a los pueblos ocultos.  Son palabras reflexionadas, elaboradas, palabras vividas profundamente y expresadas con la intención de ser comprendidas. Es un texto que si pudiésemos analizar más detenidamente, nos acercaría a la espiritualidad misionera de Inés, que no es otra que nuestra espiritualidad misionera.

Desde esta clave, sabiendo que Inés vive la misión en el seno de su comunidad, Congregación y en la Iglesia, podemos escuchar el latir de su vida en las palabras, dirigidas, con humildad y a la vez con atrevimiento, a la máxima autoridad de su Congregación:

- Apreciada Hermana Elena:

Siendo esta la primera vez que me dirijo a Ud. y por consiguiente también Ud. primera vez que sabe algo de esta Hna., quiero saludarla y desearle muy sinceramente en Cristo; que El sea su apoyo, su fuerza y quien le ilumine y le ayude a discernir su voluntad en cada circunstancia, momento y persona.

Soy misionera en la actualidad en tierras Ecuatorianas desde hace diez años; pero desde siempre, desde mis primeros años de infancia abrigaba la ilusión de morir en campos de misión netamente indígena como tengo la oportunidad ahora. Estos diez años los he pasado en Nuevo Rocafuerte y allí conocí un pueblo entre todos el más primitivo, aún viven casi todos desnudos pues apenas empiezan a salir a la civilización; fui una de las primeras religiosas que entré a ellos y he pasado todo este tiempo esforzándome por aprender su lengua, costumbres, creencias y haciendo lo posible por una efectiva inserción a ellos; es ahora cuando apenas sí se puede empezar a trabajar por una Evangelización inicial.

Desde siempre mi deseo era ir al África o al Asia pero desde que conocí este pueblo me ha parecido que también ellos tienen derecho a una posible Evangelización y que además por ser una minoría son muy pocos los que quieran gastar sus energías por ellos. Muchas veces he pedido y deseado me den una compañera, para trabajar juntas pero la Provincia a pesar de querer hacerlo no ha podido ya que todas no somos para todo y hay que reconocer que para ir a ellos se requieren muchísimas cosas; buen estómago, buena salud, muchísimo amor a ellos; no tener miedo a la selva porque es dentro de la selva donde ellos están y en fin mucha resistencia física y esto fuera del buen espíritu al que aspiro de verdad y este creo que se adquiere lentamente porque no podemos ser perfectas.

Tengo cincuenta años próximos a cumplir y no quiero desperdiciar ni un día de mi vida ya que tengo buena salud y resistencia física a pesar de que soy demasiado delgada pero esto es una ventaja para la agilidad que se necesita en el monte y en el río. Ahora he sido trasladada de casa a mucha distancia de ellos pero nada me hará desistir de mi deseo de trabajar por este pueblo y es por eso que ahora le suplico me conceda el permiso de estar entre ellos el mayor tiempo posible. Puedo estar en cualquiera de las comunidades porque es bien claro que no puedo estar allí más de veinte días, salir a descansar ya que la selva agota, el alimento es reducido y en fin y además reforzar el espíritu en la comunidad. Quiero estar muy de lleno con ellos para empezar la Evangelización.

Ahora han descubierto otro grupo de esta familia Huaorani a la que nadie ha podido llegar debido a que aún son salvajes y peligrosos pero desde el mes entrante empezaremos a volar en helicópteros para que, una vez se vea aceptación de su parte, bajar y conversar con ellos y poderlos acercar a los otros que les temen inmensamente. Gracias a Dios, el Obispo ya conoce su lengua y yo poco pero creo que ya me puedo defender.

Una vez más le ruego me   conceda el   permiso   de dedicarme a ellos; no pido nada fuera de lo previsto por el  Capítulo; inserción entre los más pobres y ¿quién más que ellos? Me dirán y ¿la COMUNIDAD?  No quiero alejarme de ella, quiero mi Congregación en la que he vivido feliz 33 años y por lo cual espero ahora me apoye en algo que, no es capricho ni algo mío creo que es la obra de Dios, de la Iglesia y un llamado a mí muy personal y no de ahora sino de siempre.

No quiero llamar la atención ni pasar por heroína; detesto la propaganda, los escritos y además ya hubiera podido hacerme popular por este medio pero no es mi fin, no es mi objetivo; es sencillamente seguir lo que siempre he amado, buscado y que no importe que a esta edad lo haya encontrado pero repito no quiero desistir de mi intento. Ya pedí permiso a la Provincia hace tres meses pero aún la Provincial no me contesta. Espero con paciencia y mientras, desde aquí voy en helicóptero con el Obispo y algunas veces con alguna hermana que se quiera arriesgar. Monseñor busca una seglar que me acompañe si es que no puede ir ninguna de las Hnas.

De esto saben algunas de las hermanas del Consejo general como son la Hna. Silvia, la Hna. Myriam Mercado que muy bien me conoce, la Hna. Adela; yo espero que con el Consejo estudie este caso lo más pronto y me den la respuesta que espero sea positiva porque desde siempre me preguntaba ¿qué será de mí cuando me saquen de Rocafuerte? Y pensaba que algún día tendría que lanzarme por mi cuenta así tuviera que morir sola entre ellos.

Ahora que se me presenta el problema busco la mejor solución por parte de la Congregación y espero atiendan mi petición.

Anticipadamente le agradezco la ayuda que me pueda prestar. Reciba mi fraternal saludo, mis oraciones y espero me encomiende en las suyas.    

Afectísima en Cristo

Inés Arango.

En el mismo sobre, posiblemente, va una carta, también para Hna. Mª Elena, de monseñor Alejandro apoyando la posibilidad de que se le dé el permiso a Inés. Escribía en estos términos:

- Muy estimada Hermana: Paz y Bien.

Acaba de consultarme la Hna. Inés Arango sobre sus deseos y la posibilidad de realización en la evangelización de los Huaorani. A este respecto, me atrevo a sugerir los siguientes puntos:

Por el Convenio mutuo está encargada especialmente a las Terciarias Capuchinas la corresponsabilidad en la evangelización de esta minoría en peligro de extinción y, como la Hna. Inés Arango se ha especializado en su trato y en el aprendizaje de su idioma y costumbres, se puede acceder a su petición.

La fórmula de concesión podría proponer

1.- Que la obra sea aceptada por la Comunidad en que la Hna. Inés está destinada.

2.- Que la Hermana Inés se ponga de acuerdo con la Comunidad sobre los períodos de vida de inserción entre los Huaorani y los de su vida en la Comunidad.

3.- Para los tiempos en que la Hna. Inés no puede ser acompañada por otra Hermana o por algún Padre Misionero, se haga lo posible para que la acompañe, al menos, alguna misionera seglar.

Quiero aprovechar esta oportunidad para manifestarle mi satisfacción por la obra evangelizadora que su Congregación realiza en este Vicariato Apostólico de Aguarico.

En unión de ideales,

 Fraternalmente en Cristo.

Firmado:

+ Fr. Alejandro Labaka Ugarte, O.F.M. Cap.

Vicario Apostólico de Aguarico[124]

Inés, quiere llegar a los Huaorani personalmente, pero llegar a ellos en nombre de la Congregación y desde la comunidad. Tal como nosotras entendemos el envío a la misión, desde la fraternidad.

2.4 Desde su ser de mujer

Inés, como acabamos de ver, vive su misión entre los Huaorani como una llamada personal del Señor, y quiere vivirla desde su comunidad, en el seno de su Congregación y en la Iglesia. No tenemos duda que la vive, igualmente, desde su ser de mujer, siendo hermana y hermana menor[125], con su aportación específica y concreta a la evangelización de este pueblo.

Alejandro, reflexiona repetidas veces en su Crónica, cómo ha de ser el papel de los misioneros que se comprometan con los Huaorani y especialmente cómo ha de ser la presencia de la mujer entre ellos.

Por lo que hemos ido viendo, sabemos de su interés por la presencia de las Terciarias Capuchinas y en concreto su interés por la presencia de Inés. Esta presencia entre los Huaorani, va cobrando nueva significación, a través del tiempo, en Alejandro, en el equipo misionero y también en las hermanas, en Inés especialmente, comprometiéndose cada uno en la medida de su posibilidad.

Las  páginas, hermosísimas, de la crónica Huaorani, que Alejandro fue escribiendo al hilo de cada viaje hacia ellos, reflejan su preocupación sobre el modo de llegar a la vida de este pueblo, sobre el deseo de vivir entre ellos, y con ellos ser hermano. Preocupación que vivió también Inés, desde su ser de mujer, como decimos, con su estilo propio. Ambos compartieron a plenitud este anhelo, como iremos viendo.

Después de la visita de Alejandro a los Huaorani a finales de 1976, escribe en su crónica y con relación a la mujer nos dice:

- La situación moral de la mujer la he visto milagrosamente revestida de dignidad y protección social de su propia cultura. Es realmente la reina del hogar, respetada y amada, adornada de una seguridad interna personal, que aparece en todo momento, de que ella tiene su puesto junto a su esposo, que nadie la puede desear u ofender de hecho ni de palabra... se dedica a sus trabajos con admirable seguridad, acompañada de sus hijas, a quienes no abandona en ningún momento... en las largas veladas nocturnas, en que se cuentan historias, cuentos y chistes, tomaron parte muy activa e inteligente, tanto mi madre Pahua, como Buganey y Teca, a quienes los varones escuchaban atentos, celebrando satisfechos sus gracias. Hablaban desde la hamaca, colocada en sus respectivos ángulos familiares.

Creo que estos momentos, pueden ser de extraordinaria oportunidad de evangelizar al pueblo Huao por la participación misionera femenina[126].

Unos meses más tarde, eran los primeros días del mes de abril de 1977, el P. Alejandro y Alberto Calvo, misionero en El Eno, estaban celebrando la Semana Santa y la Pascua con las hermanas Terciarias, recién llegadas, también con Inés y con el pueblo, en Shushufindi. Era martes de la Octava de Pascua y nos relata la cronista:

-  Oración, laudes y santa misa, con una homilía compartida enalteciendo la labor de la mujer en la Iglesia, en la evangelización desde la mañana de Pascua: primeras en buscar a Cristo y anunciar su resurrección. Todo esto, es un estímulo para continuar con entusiasmo en el campo que el Señor nos ha señalado[127].

Inés permanece atenta en la celebración, observadora y participativa en la homilía; la reflexión nos parece clara, adecuada y estimuladora, después de leer el evangelio en la mañana de Pascua. Podríamos atrevernos a decir que a Alejandro además, le están “resonando” todas sus vivencias entre los Huaorani. Extraordinaria oportunidad de evangelizar al pueblo Huao por la participación misionera femenina.

Estas palabras comienzan a caer sobre las hermanas y sobre Inés, como una lluvia fina en tierra buena, preparada, dispuesta, que ha recibido en semilla aquella invitación que el mismo Jesús, en la mañana de resurrección hizo a María, junto al sepulcro:  “Anda, ve a mis hermanos y diles…” (Mateo 20,11-18; martes de la Octava de Pascua)

Unos días más tarde, a finales de abril, nos relata Alejandro:

- Después de una intensa campaña apostólica en la Semana Santa en la zona de Shushufindi, me trasladé a Nuevo Rocafuerte, para planear con el P. Manuel[128] este primer viaje misional por el río Yasuní. Éste, con verdadera ilusión, se encargó de ultimar todos los detalles[129].

En páginas más adelante, al hacer sus anotaciones del mencionado viaje, señala: Una vez más, hemos podido apreciar que la mujer tiene un puesto de gran importancia e influencia en la familia y en la sociedad Huao[130].

Alejandro, en lo cotidiano, no deja de reflexionar sobre el papel de la mujer en la evangelización de este pueblo. Va escuchando lo que sucede, viendo posibilidades, estudiando la manera. Y mientras, las hermanas van iniciando, poco a poco, su presencia pastoral en Shushufindi y se les requiere para ir al Hospital de Rocafuerte.

Inés, mujer sensible, observadora y receptiva, que sabe descubrir al Dios de la Historia en lo que va aconteciendo, deja entrar en su corazón todas estas realidades.

Volvamos con Alejandro. Un año más tarde, escucha junto al “Huipore Onco”[131] la pregunta: ¿Qué nos dices de las mujeres extranjeras? Y, nos relata:

- En este viaje, hemos hablado varias veces con Huane, Inihua y la familia Cai, sobre las mujeres extranjeras  -que no son Huaorani-  que hay en Rocafuerte... intervienen, con especial interés Deta y su madre Huiyacamo: ¡Tráelas! Cuando las traigas las llevas a nuestra casa y seremos buenas con ellas[132].

Alejandro, le sigue dando vueltas a esta gran pregunta: ¿traerás mujeres?, suscitada entre los Huaorani en su segundo viaje por el Yasuní, del 1 al 6 de agosto de 1978. A pesar de que, Sam Padilla[133], le había dicho que entre los Huaorani, la mujer no cuenta, Alejandro no deja de hacerse la pregunta. ¿Cuál será la reacción del grupo Huaorani, si llevamos misioneras, sean éstas religiosas o seglares, casadas o solteras?

- Hasta el presente, basados en una prudencia natural y meramente humana, no hemos querido arriesgarnos ni hemos encontrado ninguna vocación que se sienta tan claramente llamada por Dios, o con la suficiente aprobación de parte de su Congregación para arriesgarse. Con todo, en este viaje he constatado un gran deseo de que las llevemos. Creo que hay garantías humanamente suficientes como para pensar que no ha de pasar nada[134].

Los días 16 y 17 de julio, antes de iniciar este segundo viaje, Alejandro estuvo en Rocafuerte; eran las fiestas de la Virgen del Carmen. Con Inés, visitaron Puerto Quinche; allí tuvo lugar la catequesis y la eucaristía[135]. Posiblemente en aquellos ratos por el río, Alejandro le comentaría a Inés estos pensamientos, charlarían sobre estas reflexiones que bellamente nos ha dejado plasmadas en crónica Huaorani. Comentarios, pensamientos y reflexiones que poco a poco iban calando en Inés.

Y nos sigue relatando Alejandro:

- En el reciente documento de la Curia Romana sobre las relaciones entre los Obispos y Religiosos en la Iglesia, en el número 49, se dice: En el ancho campo pastoral de la Iglesia ha de darse un puesto nuevo y de gran importancia a la mujer. Habiendo sido ya solícitas colaboradoras de los apóstoles, las mujeres deben hoy inserir su actividad apostólica en la comunidad eclesial... atendiendo el ritmo de su creciente presencia en la sociedad civil... fieles a su vocación y en armonía con su feminidad, respondiendo a las exigencias concretas de la Iglesia y del mundo. Aunque el mundo Huaorani sea muy reducido, el testimonio de mujeres consagradas había de ser tenido en gran estima y valorizado justamente[136].

Más adelante, se pregunta:

- En los grupos evangelizados por el ILV[137], la labor ha sido realizada casi exclusivamente por misioneras seglares cristianas: ¿Habrán arriesgado menos que lo que se verían precisadas a arriesgar nuestras misioneras religiosas o seglares?  Yo creo que no[138].

Al hilo de todas estas preguntas y reflexiones, Alejandro expresa su sentir más hondo con relación al tema de ir o no ir mujeres a los Huaorani:

- Pero no quiero que nadie se aventure por las garantías que yo pueda ofrecerle, sino porque ella misma se sienta llamada por Dios y por creer que vale la pena arriesgar algo por el Evangelio[139].

Dos cuestiones importantísimas que él siempre mantuvo y que Inés vivió a cabalidad: sentirse llamada a vivir entre los Huaorani y con ellos, y arriesgar algo por el Evangelio. Así se lo expresaba Inés a su hermana y amiga Myriam Mercado unos meses antes de entregar su vida: estoy decidida a correr el riesgo así tenga que morir sola y abandonada entre ellos[140].   

Mientras, continúan los viajes de Alejandro por el Yasuní, esta vez el tercero, que se realiza del 7 al 13 de noviembre de 1978. Al despedirse de los Huaorani, se concreta la próxima visita:

- Cientos de veces tuvimos que repetir la fecha aproximada de nuestra próxima visita. Y como otras veces tuvimos que barajar los nombres de lluvia, ríos y lunas. Después de cuatro dedos y medio, es decir, cuatro meses y medio lunares, cuando las lluvias hayan arreciado y, en consecuencia, los ríos se hayan hinchado, vendremos. Y vendrán también las mujeres extranjeras. Porque eso sí, lo prometimos casi en serio, ya que no podíamos dar explicaciones convincentes de por qué no habían venido en este viaje. En nombre de las Hermanas les dijimos que están deseando ir a verles y que no tienen miedo; por su parte los Huaorani aseguraron que les esperan y que se portarán bien con ellas[141].                                                      

Cuando Alejandro escribe: en nombre de las Hermanas les dijimos que están deseando ir a verles y que no tienen miedo…, está pensando fundamentalmente en las “Lauritas”. Las Terciarias, llevan poco más de un año en la misión. La experiencia de aquéllas, por carisma de la Madre Laura, con los pueblos indígenas, es larga. No así las Terciarias, que aunque de amplia experiencia misionera en otras latitudes, aquí trabajan fundamentalmente en el Hospital y en la Pastoral de las riberas, y no tanto -hasta ahora- con los Huaorani.

Cada viaje al Yasuní, la cercanía y el compartir con este pueblo, despiertan en Alejandro nuevas reflexiones sobre el riesgo misionero en comunión e igualdad, hombres y mujeres: De nuestro lado nos quedó la sensación de que no hubiera pasado nada en este viaje y que, por otra parte, el Evangelio no crecerá lozano sin el calor de los riesgos sufridos por misioneros y misioneras por igual[142].

La promesa de “traer mujeres” iba a hacerse realidad, sin demasiadas preparaciones previas. En lenguaje cotidiano diríamos que casualmente. Nosotras vamos a decir que fue de la forma más providencial. Ocurrió que en esos días, se estaba detectando un problema de salud entre los Huaorani (paludismo) y nos dice el mismo Alejandro: Pero estamos en las fiestas de carnaval y el personal de malaria se encuentra de vacaciones… no hay quien pueda acompañar al doctor para tomar las muestras[143].

También por esos mismos días, seguimos leyendo en Crónica Huaorani, sucedió lo siguiente:

- Llega desde Quito, viajando en autobús toda la noche, la Hna. Inés Ochoa, de la Congregación de las Misioneras de la Madre Laura, que ha participado en el capítulo Provincial de Quito como Delegada y donde ha expuesto con calor misionero sus ideales de participar en la evangelización del pueblo Huaorani. La Hna. Inés me muestra una carta de recomendación de la Madre Provincial que, de acuerdo al sentir unánime de todas las asistentes al Capítulo, le autoriza para que con otra religiosa de la Congregación o de otras Congregaciones religiosas, puedan participar en esa evangelización... Sin titubear más, nos presentamos en las oficinas de Cepe para pedir pasajes para las dos Hermanas: Inés Ochoa y Amanda Villegas, que irán acompañando a los doctores y se quedarán entre los Huaorani el tiempo que sea necesario para administrar los remedios. Era la hora de Dios y no hubo dificultades invencibles[144] .

Así, providencialmente, el 27 de febrero de 1979 llegaron las primeras mujeres, hermanas Lauritas[145], entre los Huaorani. Dos meses después, entrarían las Terciarias Capuchinas, la primera, Inés, el día 3 de abril como ella misma nos relata en el Libro de Crónica de su comunidad de Rocafuerte:

- 3 de Abril. Llamado el padre Alejandro Labaka para entrar a los Aucas en vía de pacificación le acompañan la Hna. Inés Arango y una Laurita. Por segunda vez llegan religiosas donde los Aucas. Salimos de Nuevo Rocafuerte hacia Pañacocha de donde seríamos conducidos a los Aucas en helicóptero de la Compañía. Tres días tardamos para llegar donde ellos por algunas dificultades en el vuelo; unas veces, por falta de visibilidad, otras por fuertes tempestades y además, el piloto no era conocedor de aquella zona motivos por los cuales regresábamos cada día a Pañacocha. Al tercer día llegamos donde ellos felizmente, a las 4 de la tarde. Durante aquellos tres días nos esforzamos por aprender unas cuatro palabras en Huaorani, otros momentos los tomábamos como reflexión en compañía del Padre.

Gran alborozo causa a los Huaorani nuestra llegada y más alegría sentíamos nosotros de poder llegar hasta donde ellos, cosa que nunca hubiéramos  creído posible; pero el Señor ya había señalado esta hora para el  principio de una evangelización tan sólo a base de convivencia y cariño hacia aquel pueblo olvidado entre la selva[146]

Las reflexiones de Alejandro sobre la tarea misionera en comunión e igualdad hombres y mujeres, poco a poco se va haciendo realidad. Cada uno desde su responsabilidad, desde su capacidad, desde su manera de ser, va aportando lo mejor que tiene.

Inés aprendió muchísimo de este pueblo. Ya hemos dicho que aprendió, aún más si cabe, a vivir en la selva con lo mínimo, también que se sintió profundamente evangelizada por ellos; creemos que aumentó su capacidad de sacrificio, vivida en alegría sincera; experimentó la presencia de Dios en medio de ellos y la llamada a vivir con sus hermanos los valores del Reino.

Ella misma expresará, de diversas formas, que aprendió a correr el riesgo de dar la vida por la extensión del Reino. En la crónica de su comunidad, nos continúa diciendo:

Nuestros sentimientos no podrían ser expresados en palabras. Tan sólo se sabe lo que esto significa cuando se experimenta en carne propia llegándose hasta donde estos nuestros hermanos que desean como toda criatura el Reino de Dios. Sólo decimos, gracias Señor por esta experiencia y este aprender y ser evangelizados por los más pobres materialmente…  no hay operarios suficientes ni quien sea capaz de correr el riesgo aún de su vida por la extensión del Reino[147].

2.5 Con el estilo del Buen Pastor: amor que se entrega hasta dar la vida.

Luis Amigó, aquel fraile menor, capuchino, fundador, que después sería obispo, dejó señalado en su escudo episcopal lo que iba a ser el sentido y la razón de su servicio en la Iglesia: "Doy la vida por mis ovejas"[148].

Las hermanas Terciarias Capuchinas, por deseo expreso de nuestro Fundador, recibimos este encargo: “ser zagales del Buen Pastor, buscando a la oveja perdida”[149]. En lenguaje de hoy, se trata de vivir a favor de los últimos, de los desheredados de la tierra. Es una llamada a ser mujeres arriesgadas, hasta entregar la vida si fuese necesario.

Inés vivió esto cabalmente. Aprendió a recibir como un DON esta vivencia carismática, que la marcaría para siempre; y también como una TAREA, como un trabajo a realizar y que nadie podía hacer por ella. Inés, estamos viendo, es una mujer muy receptiva y luchadora, soñadora y crítica, feliz y cantarina. La "música" que Inés va escuchando en su interior, unida a todo lo que va aconteciendo a sus hermanos los Huaorani, va inclinando su corazón, cada vez más, a los últimos.

¿Qué música? ¿Y qué cantor? El cantor, no es otro que Jesucristo Buen Pastor. Aquel, cuya vida, sus proyectos, su Palabra ha ido escuchando desde niña. Aquel que la ha cautivado siendo joven y por quien Inés, consagra su existencia en la vida religiosa. Aquel que termina siendo la razón última de su existir y a quién al fin, años más tarde, por amor a sus hermanos, entregará la vida.

Esto es posible en la vida de Inés, gracias a su manera de vivir la relación con Dios y su experiencia de encuentro con Él. Cuando descubre y experimenta a Dios como Padre que nos ama, como Buen Pastor que nos busca... entiende lo que supone ser zagales. Sin duda alguna, Inés, a lo largo de su vida, va experimentado en su persona cómo Dios la ama. Así se lo comparte, en el año 1986, a su hermana Ángela:

- Somos conscientes de nuestra vida por la cual hemos de dar muchas gracias a Dios que nos ha preferido. Muchas penas y dificultades...  pero, son nada comparadas con las penas y amarguras de otras personas y familias ¿verdad?[150].

Inés, escucha también lo que acontece a su alrededor. ¿Y qué va aconteciendo a este pueblo, a sus hermanos? Son los problemas que a lo largo de estos años se van generando con las compañías petroleras, la situación de los colonos, la desprotección de los indígenas, la roturación de caminos, estableciendo salidas para el petróleo… y terminan creando, en la selva, las “heridas incurables” que  origina el malentendido “progreso”. Alejandro llegó a decir que cuanto más se adentra uno en el mundo del petróleo, tanto más se advierte que el mundo Huaorani no cuenta en sus planes[151].

En esta selva, herida en sus riquezas naturales, en hombres y mujeres despojados de sus derechos… en esta selva herida, la Prefectura de Aguarico ha vivido, y vive, como tarea fundamental la defensa de los derechos humanos y la proclamación del Evangelio. Es tarea que se reflexiona individualmente, en equipo Misionero, en Asambleas, en Iglesia universal, más allá de las fronteras de la misión.

Esta es la tierra, y la tarea, por la que Inés y Alejandro, con todos los misioneros de Aguarico, trabajan incansablemente. Este es el Evangelio, vivido en la historia concreta de hombres y mujeres heridos, por el que Alejandro e Inés arriesgan su vida hasta entregarla, como "el Buen Pastor que por salvar a sus ovejas soportó la pasión de la cruz"[152].

Dios amado en la cruz, Dios amado en los pobres. Y de este modo, servir a los pobres, a los últimos. Este descubrimiento de Dios amado, para Inés, no se queda en palabras, en mera teoría. La consecuencia inmediata de estas vivencias, Inés la ha ido expresando en diferentes momentos como compromiso de ser LUZ para los demás en el camino de la vida:

- El deseo de ser luz, para nuestros hermanos, los más pobres y marginados, es el que nos alienta y conforta[153].

En la vida de Inés ha sido sumamente real esta experiencia de Dios amado, esperado, creído… Se conservan entre los textos de Inés, unas hojas de apuntes diversos. Entre ellas unas anotaciones al evangelio del Buen Pastor: ¿Qué compromiso suscita en mi? Buscar la verdadera puerta que es Cristo, sus actitudes de búsqueda, de sacrificio, de misericordia para poder encontrar al hermano.

Inés quiso vivir en fidelidad a este compromiso de búsqueda del que sufre, de los últimos... Recordemos su llegada a Coca, al inicio del año 1987, después de nueve años en Rocafuerte, ahora alejada de los Huaorani, cuestionada por su futuro, pero con un ímpetu evangelizador que no podía disimular ni acallar, recordemos como buscó hacerse presente con el sencillo mensaje del amor que Dios nos tiene:

- ¡Vamos a los chongos* Cecilia!

¿A dónde?

A los chongos. A visitar a las mujeres, solo para que sepan que Dios les ama. Y allá nos fuimos algunas tardes, a escucharlas, a conversar[154].

Sabemos que no escatimó sacrificio y que supo llegar con misericordia a quien la necesitaba. Refiriéndose a los Aucas, le escribía a Hna. Myriam:

- Todo el tiempo lo he gastado aprendiendo su lengua, sus costumbres, sus creencias y en fin, ya puedo entenderme con ellos... yo por una gracia especial del Señor me creo capaz de vivir allí... me siento entre ellos como hermana, amada y respetada... no busco mis intereses ni mi bienestar personal... estoy decidida a correr el riesgo así tenga que morir sola y abandonada entre ellos[155]

Deseo de entregar la vida más allá de lo cotidiano, hasta el límite... decisión de correr ese riesgo por el Evangelio... que se cumplió en esta Iglesia de Aguarico.

3. EL TESTAMENTO DE INÉS, SU HERENCIA, NOS CUESTIONA LA VIDA

Ya hemos expresado la sencillez, y creo que también por eso su grandeza,  de la vida de Inés. Mujer arriesgada, terciaria capuchina, misionera en esta Iglesia de Aguarico, y  cuya existencia ha quedado para siempre unida, en el martirio, a su Obispo, nuestro hermano Alejandro.

Nos hemos aproximado a su  espiritualidad misionera y martirial, acercándonos a su persona, a su comunidad religiosa, a  la Iglesia Local y a esta porción de nuestro mundo del Oriente de Ecuador, donde se entregó. La vida de Inés, está tejida, unida, cosida... como en un hermoso tapiz a todas estas realidades, donde supo hacer suyas las palabras del Evangelio, en boca del Buen Pastor: Nadie me quita la vida, yo la doy libremente (Juan 10,18)

Hemos dicho, en algún momento, que ella nunca quiso hacer un relato, y menos escrito, de lo que vivía, de lo que hacía. Dijimos también que se conservan algunas cartas a su familia, a hermanas de la Congregación, a alguna misionera. Igualmente relatos, que escribió en el Libro de Crónica de su comunidad de Nuevo Rocafuerte y alguno que envió al Boletín de su Provincia de San José en Colombia. Poco más. Sabemos que otras cartas y tal vez algunos otros escritos, por diversas razones, no se han conservado.

Por fortuna nos queda ese “pedacito de papel”, que  podemos contemplar en el Museo en la ciudad de Coca (Ecuador), junto a sus ropas rasgadas por las lanzas, aquel 21 de julio. El breve y pequeño escrito, nos lo deja Inés, según parece, en la mesita de su dormitorio el día que marchaba a los Tagaeri con monseñor Alejandro. Se ve, que Inés y Alejandro, eran muy conscientes del riesgo que corrían. Sabían que arriesgaban su vida por el Evangelio[156].    

Nos ha quedado el Testimonio de Fray Felipe. Estaban Alejandro e Inés, aquella mañana, días antes de sobrevolar la zona de los Tagaeri, sentados en la mesa del comedor, en la procura del Vicariato, en Quito, cerca de la puerta abatible que da entrada a la cocina. Ajenos a que alguien pudiese escuchar lo que hablaban. Fray Felipe, estaba en la cocina y escuchó esta clara recomendación de boca de Alejandro: Inés, deja todo arreglado, por si no volvemos. Días más tarde, al recoger sus cuerpos en la selva, hermanos capuchinos y hermanas terciarias, recordaron, sin duda, con dolor y emoción estas palabras.

Cuando escribía estas líneas, cuando de alguna manera le quería poner título a este apartado, me parecía un atrevimiento decir que la herencia que nos deja Inés se contiene en este pedacito de papel. Toda una vida de entrega absoluta a la misión, ¿puede contenerse en este pedacito de papel?...

Os confieso que la primera vez que contemplé el escrito original, para mí fue absolutamente provocador. Si bien es verdad que lo pudo escribir a instancias de Alejandro, no lo es menos que ella puso lo que creía que tenía que poner, y desde ahí el considerarlo suyo propio, lo último que nos quiso decir.

En su texto completo, nos dice:

-En caso de muerte:

El dinero que queda es así:

Colombiano de mis hermanas Ángela

y Ana Isabel  y 2.000pesos   de Roque

4.(sic) de una amaca (sic) a los Aucas

Deta 2.000 debo a Gabamo

por motorista 5.000 me había

dado Imelda  y no los gasté.

El resto de los 25.000 que me

dieron en Rocafuerte para lentes

dientes etc. que lo empleen

para aucas y pobres.

           Si muero me voy feliz

y ojalá nadie sepa nada de

mi. No busco nombre... ni fama

Dios lo sabe.

                Siempre con todos       Inés     

Son exactamente 89 palabras. Si quitamos las que se refieren al dinero que tenía, que no era suyo... nos quedan 28. Os invito a que, desde estas pocas líneas, vayamos haciendo  una lectura retrospectiva de la vida de Inés, viendo qué nos puede evocar cada palabra y en qué nos está provocando, interpelando hoy a nosotros... tal vez en qué nos cuestiona la vida..., la de nuestra Iglesia: misioneros, comunidades, catequistas... en qué nos cuestiona especialmente a nosotras sus hermanas de Congregación, para poder ser testigos de la fe, como ella, hasta entregar la vida en totalidad, entre los más pobres de la tierra[157].  

En caso de muerte... escribía Inés. Tal vez en su mente y en su corazón, aquellas palabras de Alejandro algunos días antes: Inés, deja todo arreglado por si no volvemos. Pero Inés ya había dicho en varias ocasiones que no le importaba morir, incluso morir sola entre ellos[158]y también dijo, estoy decidida a correr el riesgo así tenga que morir sola y abandonada entre ellos[159].

Siendo así, ¿qué tendría que “dejar arreglado” Inés a estas alturas? ¿Unos pocos sucres, que no eran de ella, que se debían pagar a diferentes personas por servicios prestados? Lo demás, su comunidad le había dado para necesidades personales... y se ve que no le dio tiempo a gastar, aunque ya habían pasado seguramente varios meses desde que su anterior comunidad de Rocafuerte le diera para cosas absolutamente necesarias: unos lentes... arreglarse la boca... y su deseo: que lo empleen para aucas y pobres.

En caso de muerte... a cada uno lo suyo, y lo que era de Inés para aucas y pobres. Su herencia, lo poco material que tenía era para ellos. Tal vez venga a nuestra memoria la figura del Buen Pastor, su amor preferencial por los últimos.

Si muero me voy feliz… Hemos entrado sigilosamente en la vida de Inés, la hemos ido viendo crecer, enfrentarse a situaciones, sufrir, vibrar, entregarse sin reserva… Cada palabra de sus labios, cada nota que modulaba su garganta, brotaban de un corazón enamorado. Inés, con seguridad, vivió la experiencia de descubrir el sentido profundo de su existencia; su vida ya no le pertenecía.

Algo así nos ocurre cuando pasamos de vivir en la ley, en las normas, en el cumplimiento de nuestros deberes… a vivir en el amor, en la fe confiada, en la entrega a quién más lo necesita.

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididos a correr el riesgo, incluso de morir? De Inés, hemos visto que vivía totalmente entregada al Señor en la misión que se le encomendaba y sólo necesitó acoger el momento del encuentro. ¿Será que también nosotros tenemos que revisar "nuestro estar" personal en la misión? Estar dispuestos a entregar la vida, a irla entregando cada día, en lo que Dios va disponiendo de nosotras, de nosotros...

Entregar nuestra vida por Cristo, podremos hacerlo si vivimos enamoradas, enamorados, profundamente de Él. Aquí Inés nos está invitando a recuperar el sentido auténtico de nuestra vida, de nuestra vocación, de nuestra entrega a los demás, para que no se convierta en una mera tarea, en un trabajo más o menos fructífero.

Nosotras, sus hermanas, sabemos que la razón última de nuestra existencia, como terciarias capuchinas, es la entrega incondicional y plena a la persona de Jesús (Const. 7), en fraternidad, en la Iglesia, para colaborar en la construcción de su Reino entre los más pobres (Const. 28). Así lo hemos repetido en nuestro último Capítulo general[160]

Me pregunto si podemos seguir estando en lugares de absoluta frontera, sin estar profundamente enamoradas de Jesucristo, de su persona y de su proyecto. ¿Podremos seguir estando, aquí y allá, sin recuperar todo el valor de nuestra vida unida a la de Cristo, siendo con Él testimonio de que somos hijos de un mismo Padre: Huinuni?

Me voy feliz… Dicho así, con rotundidad… dispuesta totalmente a la entrega, ¡me voy! Algo como decir: mi vida está cumplida, o también: ha llegado mi hora…; o en palabras de Francisco: Ninguna otra cosa deseemos, queramos, ninguna otra nos agrade... sino nuestro Creador y Redentor (1R 9); o en palabras de Luis Amigó: Al Señor, dador de todo bien, suplico que no me sirvan estos obsequios de recompensa por el poco bien que pueda haber hecho, pues todo es obra suya (OCLA 239).

Inés ya no desea ninguna otra cosa. Su vida está cumplida, ha salido ya de ella misma, de sus seguridades. Ha llevado su deseo de evangelización para este pueblo, y su disponibilidad, hasta el límite... fuera de la frontera, más allá de lo que podemos palpar o tocar. Inés ya puede ser misionera en cualquier parte... Inés está viviendo la dichosa experiencia de una vida cumplida, consagrada a Dios, al servicio de sus hermanos.

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididas, decididos a marcharnos, a salir de nuestras pequeñas fronteras? Seamos laicos, catequistas, misioneros, capuchinos, terciarias capuchinas... ¿estamos decididos a salir de nuestro yo, de nuestros intereses, de nuestros planes?, ¿a salir de nuestro pueblo, de nuestra región, de nuestro país?; ¿sentimos la necesidad del otro, la urgencia de una situación que nos saca de nuestros proyectos?

Me pregunto si seremos capaces de poder pronunciar con nuestros labios, con esa rotundidad que lo hizo Inés, ¡me voy! y además...¡me voy feliz!... ¿Está siendo para cada uno de nosotros la misión "fuente" de nuestra entrega, fuente de felicidad honda y permanente?; ¿dónde está la raíz y el origen de nuestra alegría, de nuestra felicidad permanente?; ¿estamos viviendo la dichosa experiencia de una vida consagrada a Dios al servicio de nuestros hermanos? Creo que esta es la mejor herencia que nos ha podido dejar Inés, si somos capaces de aceptarla.

Ojala nadie sepa de mí… no busco nombre… ni fama… Inés se ha acostumbrado a vivir en el silencio de la selva, a silenciar sus deseos… Diversos testimonios de personas que la conocieron, nos relataban que, a pesar de su espontaneidad, ella nunca tuvo afán de protagonismo. Posiblemente Inés se conocía a sí misma más de lo que pensamos y tenía claro lo que el Señor le pedía y lo que ella estaba dispuesta a darle, a arriesgar. Ser hermana menor “entraba en el lote”. Así nos corresponde vivir a las terciarias capuchinas, ella estuvo siempre en el intento:

- La vivencia de la minoridad nos lleva a presentarnos, comunitaria e individualmente, como pequeñas, como servidoras, sin afán de dominar, buscando con humildad aquellos puestos que no reportan honores ni privilegios[161].

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididos a que no se hable de nosotros? Seamos laicos, o religiosos ¿estamos decididos a vivir sin propagandas, en la sencillez, en lo pequeño?; ¿hemos descubierto que lo cotidiano, lo más simple, lo que no tiene renombre es lugar privilegiado de Evangelio? Me pregunto si seremos capaces de descubrir en la historia de cada día, al Dios de la Historia, que se encarna, que se hace presente, Dios vivo, viviendo con nosotros, pasando desapercibido.

Inés, que en su día descubrió como signos de los tiempos el vivir entregada a la misión, tal vez nos está sugiriendo que seamos capaces en este momento de la historia de descubrir los signos de los lugares... aquellos espacios, aquellos terrenos donde más necesita estar presente nuestra vida consagrada, nuestra vida misionera. Esta también puede ser la mejor herencia si queremos aceptarla.

Dios lo sabe… Palabras… ¡tan rotundas!, ¡tan escuetas!, que comentarlas con amplitud posiblemente las estropee.

De nuevo hagamos el ejercicio de ponernos junto a Inés aquel día, con todo aquello que estaba viviendo, con lo que podía estar pasando en su corazón, con sus deseos de ser fiel… y, así, sencillamente, al Señor le deja lo único que le queda ya, el juicio sobre su vida. ¿No es éste el momento de mayor libertad que ha podido vivir Inés en toda su existencia?, ponerse en las manos de Dios, nada más.

¿Y a nosotras?, ¿a nosotros? ¿Se nos ha ocurrido pensar esto tan siquiera? ¿Estamos decididos a dejarle sólo a Dios el juicio sobre nuestra vida?, ¿o tal vez estamos demasiado preocupados por nuestra "fama", por quedar bien, por lo que se dice de nosotros? ¿Vivimos, puede ser, pendientes de la opinión de los demás, o a su merced? Me pregunto si seremos capaces de esta profunda libertad, vivida en toda su extensión.

Si nos acercamos de nuevo a la vida de Inés, comprobamos que fue un largo camino el que recorrió para poder pronunciar tres palabras así al final de su vida. Al aceptar esta herencia de Inés, se nos invita a recorrer este largo camino, también nosotros. A empezar hoy mismo a recorrerlo. Seamos laicos, o religiosos, misioneros...

Siempre con todos, Inés… Arreglado “todo”, distribuido lo que tenía, hecho el resumen de su existencia, expresados sus deseos más hondos, dejado el juicio de su persona a Dios… a Inés sólo le queda ya darle perpetuidad a su despedida y subrayar esa palabra final: todos... que es la única palabra subrayada de todo el texto junto con su nombre.

Podría ser una forma breve de despedida general, dada la premura de tiempo o más bien, por el estilo del texto una forma de sintetizar el deseo de entregar la vida, reconciliada y en paz con todos, los de cerca y los de lejos; los que estaban entonces y los que vendrán después. Incluso cabría pensar que también con aquellos que les arrebataron la vida.

Esta sencilla despedida puede manifestar el secreto deseo de Inés de fraternidad universal, en el más hondo sentido franciscano y también desde el propio estilo de vida que como terciaria capuchina siempre anheló: a imitación de san Francisco nos sentimos hermanas de todos los hombres (Const. 6)

Nosotras, sus hermanas, queremos acoger este sentido franciscano de fraternidad universal como la mejor herencia que nos haga posible vivir, como Inés deseó, "siempre con todos":

Creciendo en apertura a la riqueza de las diferentes culturas, creación de nuevas relaciones, tolerancia y sensibilidad social.

 Acercándonos a la realidad, conocer las culturas, escuchar los retos y responder a los desafíos que los contextos nos hacen.

Salir al encuentro de nuevas pobrezas, con más apertura y flexibilidad al cambio.

Para terminar: LA CRUZ Y LA SANDALIA

En Roma, la Basílica de San Bartolomé, en la isla Tiberina, acoge la presencia viva de los mártires del siglo XX y XXI de todo el mundo. Allí, se han expuesto en los diversos altares sus reliquias. Hace poco más de un año, pude contemplar en uno de ellos, con enorme emoción, una sandalia de Inés y un pectoral de Alejandro. Las reliquias de nuestros mártires Alejandro e Inés o... tal vez ¿de Inés y Alejandro?

En el fondo de escritorio del ordenador que uso habitualmente tengo una foto de los pies de Alejandro e Inés, firmes sobre un tronco que hace de improvisado puente sobre un río. Cada día me evoca aspectos nuevos sobre la misión que realizaron nuestros hermanos en la joven Iglesia de Aguarico. No sé si una de las sandalias que lleva Inés es la que se quedó en el altar de la Basílica de Isla Tiberina, dicho sea de paso, en realidad llevaba una de cada clase, pues en un "ir y venir" de aquellos la perdió. Alejandro, en esa foto, llevaba unos zapatos claramente destrozados por el uso, que no desentonaban nada con las sandalias de Inés, ni con el tronco, ni con el río, ni con los lugares que ambos frecuentaban.

Y volviendo a la Basílica de san Bartolomé, me embargó la emoción al ver sus nombres allí... Al ver la sandalia de Inés me vino la imagen de esta foto y me trasladé sin querer a Coca y a Rocafuerte, a la ribera del Napo. Rápidamente pensé en Alejandro al ver el pectoral.... No sé si lo usaba, aunque es una sencilla cruz... y me hubiese encantado ver allí también su zapato gastado. Enseguida se me cruzaron de nuevo pensamientos rápidos de esos que  van y vienen y no controlamos... Pensé lo bien que habría estado allí ese bendito zapato de Alejandro... pero ¿cómo quedarían allí una sandalia vieja y un zapato destrozado?, ¿mejor quedaba el pectoral y la sandalia?

Cada día recorren con suma devoción esos altares cientos de peregrinos, de cualquier lugar de nuestro mundo y de diversas lenguas. Cada tarde en este lugar se reúnen jóvenes de la Comunidad de San Egidio para orar al Señor. En los locales de la Basílica ha trabajado la Comisión para los Nuevos Mártires confiada a la Comunidad por el Papa Juan Pablo II, que ha recogido tantísimos testimonios de entrega hasta dar la vida a causa del Evangelio en la Iglesia católica.

Pero volvamos a  los objetos que se han elegido como reliquia, su imagen es suficientemente evocadora para todos y quieren expresar una realidad que también todos puedan entender sin palabras. En este sentido, alegrémonos con el pectoral y la sandalia. Alegrémonos que la Iglesia de S. Bartolomé en la Isla Tiberina confiada por el Papa Juan Pablo II en 1998 a la Comunidad de San Egidio, en el Gran Jubileo del Año 2000, conserve la memoria de los mártires y de los testigos de la fe del siglo XX y entre esos testigos están nuestros hermanos, Inés y Alejandro.

Nosotros, esta joven Iglesia de Aguarico y también nuestras familias religiosas que celebramos el XXV Aniversario del martirio de nuestros hermanos, no perdamos de vista: la cruz y la sandalia.

La cruz de Alejandro que siempre llevó puesta cuando visitaba a los Huaorani y sobre ella les explicaba, como podía, que ése era Jesús y su madre María...

La sandalia de Inés que recorrió incansable, no sólo las riberas del río sino los lugares más profundos y ocultos de la selva, entre sus gentes, donde junto con Alejandro intuyeron se encontraban  las semillas del Verbo.

Pongamos a nuestros hermanos Alejandro e Inés, siempre a nuestra vista, alegrémonos de lo que Dios, con su Gracia, ha hecho en ellos y pidamos sencillamente poder también nosotros vivir profundamente enamorados de la persona de Jesús y de su Proyecto, que no es otro que el Reino de Dios en igualdad para todos los hombres.

Hna. Isabel Valdizán Valledor tcsf

Madrid 15 de mayo de 2012



[1] Carta a su hermana Ángela 2 febrero1986

[2] Arango Velásquez, Cecilia. Testimonio oral. Bogotá, octubre 2006.

[3] Carta a Ana Isabel Arango. 9 abril de 1987. AVA. Sec. Inés Arango. Cartas. P/C

[4] Expresión de Ligia Betancourt, recordada por Cecilia Arango.

[5] Ibid.,

[6]ZÚÑIGA LUQUE, Josefina tcsf “¿Quién era Inés?” Boletín General, n º 16. Hermanas Terciarias Capuchinas. Roma 1987. p.14

[7] La Normal de la Merced abrió sus puertas el 3 de febrero de 1913 con ciento diez niñas externas y doce internas. Cf. IRIARTE, Lázaro, ofm cap. Historia de la Congregación de las Hnas Terciarias capuchinas de la Sagrada Familia 1885-1985 Curia Generalicia. Roma 1985, p.75

[8] ZÚÑIGA LUQUE, Josefina tcsf  Op., cit.

[9] Salazar Zapata, Julia M ª. tcsf Testimonio oral. Medellín octubre 2006.

[10] Franco Arango, Ana. Salesiana. Op., cit.

[11] Arango Velásquez, Ana Isabel. Testimonio oral. Bogotá octubre 2006.

[12] La Cruzada Eucarística de los Niños, aparece en Burdeos, en el año 1915. En 1932 el P. Ledochowski,

General de los Jesuitas, obtiene de Pío XI, el reconocimiento de la misma, vinculada al Apostolado de la Oración (AO). En 1962, pasa a llamarse Movimiento Eucarístico Juvenil (MJE). La Compañía de Jesús ,

considera el AO y el MJE como un servicio pastoral que presta a la Iglesia Universal y a las iglesias locales. En muchos países de América, en la actualidad, el MJE está pujante.

[13] Arango Velásquez, Ana Isabel. Testimonio oral. Bogotá octubre 2006

[14] www.yarumal.org

[15] “La Congregación de Misioneras de María Inmaculada y santa Catalina de Siena (Madre Laura) fue dada a luz un 14 de mayo de 1914, en Dabeiba Antioquia-Colombia, concebida en la  mente, corazón y alma de una celosa misionera, la Venerable Sierva de Dios Madre Laura de Santa Catalina de Siena (Laura Montoya Upegui) nacida en Jericó, Antioquia Colombia el 26 de mayo de 1874, quien arribó al cielo el 21 de octubre de 1949 en Medellín, Antioquia-Colombia”. Cf. www.madrelaura.org

[16] Salazar Zapata, Julia Mª tcsf Testimonio oral. Medellín octubre 2006.

[17] TERCIARIAS CAPUCHINAS, Constituciones. Roma 1993, nº 56

[18] TERCIARIAS CAPUCHINAS, Plan General de Formación 2005, nº  29 a 32

[19] Salazar Zapata, Julia Mª tcsf Testimonio oral. Medellín octubre 2006

[20] El aspirantado en las congregaciones religiosas femeninas de esa época, era un internado de adolescentes, a modo de seminario menor, previo a las etapas de formación, propiamente dichas, de la vida religiosa.

[21] Salazar Zapata, Julia Mª tcsf Testimonio oral. Medellín octubre 2006.

[22] Nombre que reciben los frailes franciscanos, recordando que San Francisco quería que fuesen “servidores y sometidos a toda humana criatura por Dios” (Carta a los Fieles II, 47 y Regla TOR nº 19). También se dice “vivir la minoridad”.

[23] Con esta expresión comienza su Autobiografía el P. Luis Amigó y así vivió siempre.

[24] En el año 1885, fundó la Congregación de Hnas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. Cuatro

años más tarde, el 12 de abril de 1889,  fundó la Congregación de Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores

[25]Fue consagrado Obispo el 9 de julio de 1907. Ejerció el ministerio episcopal en la Diócesis de Solsona (Lérida) hasta 1913 y desde entonces hasta su muerte en 1934 en la Diócesis de Segorbe (Castellón) 

[26] La brevedad del espacio no nos permite alargar estos relatos. Recordamos a nuestras hermanas beatas mártires en la guerra civil española: Rosario, Serafina y Francisca. Su vida, está recogida en el libro del P. Juan Antonio VIVES, “Fortaleza y Ternura”. Roma 1994. Tendríamos que recordar igualmente a las hermanas que entregaron su vida en acto heroico de amor, en Armero (Colombia. Recomendamos leer “Historia de La Congregación” de P. Lázaro Iriarte.

[27] Fecha de la nueva organización en Provincias. En Colombia: San José (Medellín) y Sagrado Corazón (Bogotá)

[28] IRIARTE, Lázaro ofm cap. Op., cit. p. 426

[29] Nuestra hermana Josefina Zúñiga, riohachera, de feliz memoria, escribió un delicioso y poético libro sobre la Guajira, su tierra querida, titulado “Sol y Sal”. Me dedicó un ejemplar y decía entre otras cosas la dedicatoria:…”tierra guajira, llena de sal y de sol, marco geográfico que meció la “Cuna de la  Congregación en América”

[30] Vélez Ochoa, Esperanza tcsf   Testimonio oral. Medellín octubre 2006.

[31] Salazar Zapata, Julia Mª tcsf Testimonio oral. Medellín octubre 2006.

[32] Ibíd.,

[33] Ahora, llamamos así, al tiempo en el que la joven renueva sus votos cada año. Tiempo de votos temporales.

[34] En las  Constituciones de esa época, se decía:”entregándose unas veces a las dulzuras de la contemplación y dedicándose otras con solicitud y desvelo a socorrer las necesidades de sus prójimos”

[35] Juan Pablo II, Exhortación Apostólica postsinodal Vita Consecrata, Roma, 25 de marzo de 1996. Instrucción: "Caminar desde Cristo – “Un renovado compromiso de la vida consagrada en el tercer milenio". Roma.19 de Mayo de 2002.

[36] Carta de Inés a su hermana Ángela. AVA. Sec Inés Arango. Cartas P/C

[37] Salazar Zapata, Julia Mª tcsf Testimonio oral. Medellín 2006

[38] Ibid., p. 437

[39] Documento original en Archivo Provincia San José, Medellín. Colombia

[40] Ibid.,

[41]Hna.  Alicia Zea Gómez, ha sido nuestra 9ª Superiora general. Su larga vida, así como el amplio y fecundo servicio a la Congregación, se puede consultar en: IRIARTE, Lázaro ofm cap. Op., cit. p. 595

[42] Zea Gómez, Alicia. tcsf Testimonio oral. Medellín octubre 2006 

[43] Breve reseña necrológica de Inés. Op., cit. 

[44] Las Conferencias Generales del Episcopado Latinoamericano: I Convocada por Pío XII. Río de Janeiro 1955. Desde entonces el CELAM ha organizado: II  Medellín 1968; III  Puebla 1979; IV Sto. Domingo 1992 y V Aparecida- Brasil 2007

[45] En esa etapa fueron votados y aprobados 11 de los 16 documentos del Concilio, entre ellos el Decreto Ad gentes sobre la actividad  misionera de la Iglesia. 14 sept. a 8 dic. 1965

[46] Concilio Vaticano II. BAC 252, Madrid 1966. p. 773

[47] Op., cit. Alocución de Pablo VI en la Clausura del Vaticano II. p. 490 y 493

[48] Hna. María Asunción Larrayoz Zubillaga (Pamplona 1903- Roma 1974) 7ª Superiora General Cf. IRIARTE, Lázaro Op., cit. p. 590-593. También: VIVES AGUILELLA, Juan Antonio. “Hermana y Madre” Biografía de la Madre Gloria de Pamplona. Roma 1998

[49] Madre Gloria de Pamplona. Cartas Circulares nº 12 y 14. Roma 1967

[50] Fue distribuido a las comunidades, como fruto del Capítulo, un amplio mensaje, invitando a entrar por caminos de renovación: “Renovémonos, hermanas. A ti, Hermana Terciaria Capuchina. Valencia, Imp. Edit. J. Doménech, 1968

[51] IRIARTE, Lázaro Op., cit p. 686

[52] “La Congregación de religiosas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia en el cincuenta aniversario de su fundación (1885-1935)”. Tipografía. Primado Reig 9.Valencia 1935

[53] Ibid., p.32 y 33

[54] Ibid., p. 74 y 75

[55] Ibid., p. 78 y 79

[56] Libro de Crónica. TC, Comunidad de Shushufindi. p. 3

[57]Hna. Mercedes Álvarez, perteneciente a la provincia de la Inmaculada, se encontraba en Venezuela, donde coincidió con el P. Amunárriz en un curso de misionología. Allí el P. Manuel le brindó la posibilidad de ir por un tiempo a Rocafuerte, pero independientemente de la llegada posterior de hermanas, que serían de la provincia de San José.

[58] IRIARTE, Lázaro. Op., cit p.467

[59] Ibid., p. 466 y 467

[60] Se conserva una crónica exhaustiva de este viaje que realizaron las hermanas, pero sólo vamos a

destacar aquí un detalle: les acompañó el P. Alejandro y también alguna de las hermanas Dominicas que

ya estaban integradas en la misión de Aguarico.

[61] Libro de Crónica Shushufindi, p.4

[62] En el año 1951, a los cincuenta y seis años de la fundación (recordemos, 11 de mayo 1885),  para una

mejor organización, pues en América la Congregación había crecido mucho, se distribuye a las Hnas en

cuatro Provincias: Sagrado Corazón y San José en Colombia; Sagrada Familia e Inmaculada en España.

[63] Libro de Crónica Shushufindi, p.4

[64] Ibid., p. 4

[65] Tuve oportunidad de escuchar a Beatriz Arbeláez relatos como éste, en el año 1999, a su regreso de Tanzania,  unos meses antes de morir en Madrid (España)

[66] Ibid., p.8

[67] Libro de Crónica Nuevo Rocafuerte día 4 agosto 1977

[68] Organismo colegial en el que reside la autoridad suprema de la Congregación. Se celebra cada seis años.

[69] El texto constitucional, recoge la forma de vida, propia de la Congregación. El primer texto de 1885, lo escribió de su puño y letra el P. Luis Amigó. Después, en diversos Capítulos Generales las Constituciones se han ido renovando: a la luz del Evangelio, de la doctrina de la Iglesia, del espíritu franciscano, del carisma fundacional… y teniendo en cuenta los signos de los tiempos.

[70] Hnas Terciarias Capuchinas de la Sagrada Familia. Constituciones y Directorio. Roma 1974. p. 14-15

[71] Ibid., p.16

[72] Ibid., nº 48, Constituciones

[73] Ibid., nº 40, Directorio

[74] Inés, veremos más adelante, hace alusión en algunas de sus cartas a las Opciones del XVII capítulo General, que llegarían a sus manos a comienzos del año 1987, cuando fue destinada a Coca. Se apoya en estas Opciones y las reivindica.

[75] Esta mayor apertura a la misión Ad Gentes, queda reflejada en los Acuerdos del XVII Capítulo General: impulso misionero hacia África. Aunque ya había hermanas, de la Provincia de la Inmaculada, España, en la RD del Congo (antiguo Zaire) desde el año 1971.

[76] Crónica Shushufindi p.10

[77] Crónica Shushufindi. p.15

[78] Ibid., 4 agosto 1977

[79] Arango, Inés. Artículo para la Revista Hacia Vosotros. Año 1986. Manuscrito en AVA. P/C

[80] Crónica Rocafuerte 5 agosto 1977

[81]Más tarde y una vez que la comunidad sea erigida canónicamente, Inés será nombrada Superiora de la   misma, primero por tres años y seguidamente por otros tres. Toda su estancia en Nuevo Rocafuerte, nueve

años, estuvo marcada por esta responsabilidad y servicio fraterno.  

[82] Crónica Rocafuerte 7 agosto 1977

[83]Ibíd.,  8 agosto 1977

[84] Este dato lo expresan en la Crónica, en diferentes ocasiones,  a lo largo de los años 1980 y 1981

[85] VIVES AGUILELLA, Juan Antonio Op., cit. p. 44

[86] Cf. Acuerdo nº 2 del XVII Capítulo general en AGHTC, 2.1.17.3. Roma

[87] Libro de Crónica Rocafuerte., octubre 1986

[88] Quilla es la embarcación propia de ese lugar.

[89] Libro de Crónica Rocafuerte., enero 1987

[90] “Inés recordemos” Escrito breve de Hna. Candelaria Quijano sobre Inés. AVA. Sec Inés Arango. P/C.

[91] Se refiere posiblemente a Cecilia Peñaherrera.

[92] “Inés recordemos” Escrito breve de Hna. Candelaria Quijano sobre Inés. AVA. Sec Inés Arango. P/C.

[93] Carta de Inés a su hermana Cecilia. 9 de marzo 1987 AVA. Sec. Inés Arango. Carta 31. Aguarico. Familiares.

[94]“Inés recordemos” Escrito breve de Hna. Candelaria Quijano sobre Inés. AVA. Sec Inés Arango. P/C.

[95]  Ibid.,           

[96] Carta de Inés a Hna. Berenice Sepúlveda, 1 marzo 1987. AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés Carta 29 P/C

[97] Carta de Inés a Hna. Mª Elena Echavarren. 27 marzo 1987. AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés Carta 34 P/C

[98] Carta de Inés a Hna. Myriam Mercado AVA. Sec Inés Arango D14021, 12 de abril de 1987.

[99] Así lo señala el P. Roque Grández en “Mons. Alejandro Labaka. Su último compromiso: Los Tagaeri (1985-1987), AVA Sec. Labaka D8006. p.8

[100]GRANDEZ LECUMBERRI, Roque. “Mons. Alejandro Labaka. Su último compromiso: Los Tagaeri” AVA. D 8006, p.23

[101] Arango Velásquez, Cecilia. Testimonio oral. Bogotá octubre 2006 

[102] Testamento de Inés. AVA. Sec Inés Arango. Escritos de Inés D14017

[103] Son expresiones habituales en Crónica Huaorani y que definen el estilo misionero de Alejandro e Inés.

[104] SAN FRANCISCO DE ASÍS. Obras Completas BAC 1Regla,1.

[105]Canción que también le gustaba mucho a Alejandro; su título “La selva es tu mansión”.

[106]Carta de Hna. Inés a Irma J. M., desde Coca, sin fecha. AVA P/C       

[107] Arango, Inés. “Presencia de Dios entre los pueblos primitivos del Amazonas” AVA. Escritos de Inés. D 1419. Artículo escrito para el Boletín de su Provincia San José (Medellín) y también, incluido en el libro “Memorias de Frontera” Ed. CICAME. Quito. Ecuador, año 1989.  p.281

[108] Constitución pastoral GAUDIUM ET SPES, nº 1.

[109] Carta de Inés  Arango a Hna. Mª Elena Echavarren. Roma. AVA Sec. Inés Arango. C. 27 marzo 1987

[110]Arango, Inés. Artículo para la Revista “Hacia Vosotros”. Publicación de la Prov.de San José. Medellín.

[111] El quechua es el idioma de los Incas. Quechua significa “el hablar del valle”. También es conocido como kechwa, Runa Simi, y Quichua. Fuente: Diccionario etimológico. www. etimologias.dechile.net

[112] Libro de Crónica N. Rocafuerte 6 de agosto 1977

[113] Ibid., diciembre 1977

[114] Ibid., febrero 1978

[115]Testimonio oral de la Hna. Emperatriz Morocho, primera terciaria capuchina ecuatoriana. En la actualidad vive en nuestra misión de Korea

[116] Libro de Crónica N. Rocafuerte octubre 1977

[117] Ibid., octubre 1977

[118] Crónica Shushufindi. P.15  

[119] Ibid.,

[120] Ibid.,  

[121] Ibid.,

[122] Constituciones. H. Terciarias Capuchinas. Roma 1993, nº 58

[123] Carta de Inés Arango a Hna. Mª Elena Echavarren. AVA. Sec Inés Arango. Escritos de Inés. Cartas.  Tribunal-Oficial. Carta 34. 27 marzo 1987 

[124] Carta de Alejandro Labaka a Hna. Mª Elena Echavarren. AVA. Sec Labaka Escritos de Alejandro. Cartas-Aguarico. Carta 33.P/C. 29 marzo 1987

[125] Con este término "menor" queremos expresar la vivencia de la "minoridad". San Francisco quería que sus seguidores fuesen "servidores y sometidos a toda humana criatura por Dios" (Carta a los Fieles II,47  y Regla TOR nº 19)

[126] Crónica Huaorani, p. 57 y 58

[127] Libro de Crónica Shushufindi, Pág. 18

[128] Se refiere al Padre Manuel Amunárriz director del Hospital de Rocafuerte y cuya aportación en los viajes a los Huaorani ha sido inestimable.

[129] Crónica Huaorani.  Op., cit p.71

[130] Ibid., p. 78

[131] Campamento donde se instalaron algunas veces, en zona Huaorani. Significa “Casa de la balsa”

[132] Crónica Huaorani  Op., cit. p. 99 y 100

[133] Samuel Padilla, hijo de Dayuma. Habla perfectamente su idioma materno “Huaorani”, además del castellano, inglés y quichua. En ese tiempo, está empleado como intérprete.

[134] Crónica Huaorani. Op., cit p. 104

[135] Libro de Crónica Rocafuerte. Julio 1978

[136] Crónica Huaorani. Op., cit. p. 104

[137] Instituto Lingüístico de Verano (ILV)

[138] Crónica Huaorani. Op., cit. p. 104

[139] Ibid., p. 104

[140] Carta de Inés a Myriam Mercado. 12 abril 1987.AVA. Sec. Inés Arango. P/C

[141]Crónica Huaorani. Op., cit. p.  p.115

[142] Ibid., p. 115

[143] Ibid., p. 124

[144] Ibid., p. 124

[145] Recomendamos la lectura de Crónica Huaorani.  p. 124 a 127.

[146] Libro de Crónica N. Rocafuerte. Abril 19790

[147] Ibid., Abril 1979

[148] LUIS AMIGÓ, Obras completas 251 (OCLA). B.A.C. nº 474

[149] Cf. OCLA 1831

[150]Carta de Inés a su hermana Ángela AVA. Sec. Inés Arango. Escritos de Inés. P/C. 2 febrero 1986

[151] CRÓNICA HUAORANI. Op., cit p. 128

[152] SAN FRANCISCO DE ASÍS. Escritos. Admonición 6.

[153] Crónica Nuevo Rocafuerte 4 agosto 1977

 *   Prostíbulo

[154] Testimonio de Cecilia Peñaherrera.

[155] Carta de Inés a Myriam Mercado. 12 abril 1987.AVA. Sec. Inés Arango. P/C

[156] Monseñor Alejandro en su Crónica Huaorani, utiliza esta expresión en varias ocasiones para expresar la fundamental condición de nuestro ser misionero. El P. Rufino Grández, tituló así su libro, de todos conocido, escrito inmediatamente del martirio de nuestros hermanos: “Arriesgar la vida por el Evangelio”

[157] CONSTITUCIONES TC. Nº 28

[158] Recordemos la carta que escribió a Hna. Mª Elena Echavarren.

[159] Recordemos la carta que le escribe a Hna. Myriam Mercado.

[160] Hermanas para la misión en las diferentes culturas. Doc. Final  XXI Capítulo general TC Roma 2010

[161] Constituciones Hermanas Terciarias Capuchinas. Roma 1993, nº 22 

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