Dos tribus y una vieja rivalidad:

vuelven tiempos de guerra a la amazonía

Soraya Constante

marzo 16, 2016

 

Y el jaguar volvió a atacar en la amazonía ecuatoriana. Al menos así se cuenta la historia en la selva. Un grupo de hombres que hasta ahora rechaza el contacto con la civilización volvió a convertirse en este animal y con sus lanzas, afiladas como los colmillos del felino, salió de cacería. No se sabe cuántos hombres-jaguares atacaron esta vez, pero se sabe que mataron. Caiga Baihua, un hombre de 46 años, fue atravesado por varias lanzas y murió a la orilla del río Shiripuno (provincia de Orellana, en el centro-norte de Ecuador). Su esposa, Onenka Ñama (33 años), logró escapar en la canoa de motor que los llevaba a su comunidad, Boanamo, en el Parque Nacional Yasuní, pero se llevó una lanza clavada en la pierna y otra en la espalda. Todo ocurrió a menos de un mes del inicio del 2016, el pasado 25 de enero.

Los hombres-jaguares son parte de los llamados tagaeri-taromenani y las víctimas fueron los waorani — etnia que comparte la selva con los clanes ocultos y que fue contactada por misioneros entre los años 50 y 80 —. Estas dos tribus han estado inmersas en una espiral de venganza desde que un waorani, a inicios de los noventa, secuestró a una mujer tagaeri-taromenani.

De lo ocurrido en el río Shiripuno todavía no hay un versión oficial. La Fiscalía de Ecuador aisló a la sobreviviente y lleva la investigación con mucho sigilo. Las peticiones de entrevista han resultado inútiles. Sin embargo, en el mundo waorani las versiones de lo ocurrido abundan y algunas rozan el mito. Unas apuntan a que los aislados dejaron ir a Onenka para que llevara un mensaje a su tribu, en el sentido de que ya no quieren más extraños en la selva.

Bartolo Baihua, hermano de Caiga, fue uno de los pocos que escuchó la versión de boca de su cuñada Onenka. En su español enrevesado repite a VICE News lo que ella le narró.

— Me dijo tu hermano no tenía carabina nada, menos pensado ¡plaf! apareció, y ¡plaf! clavó. Tu hermano se metió al río, se nadó y se cruzó un ceibo seco que estaba atravesado en el río. Harta lanza tenían los taromenani. De allí me dijo que ella cogió motor (canoa) y se cruzó. Allí ya lancearon, primer lanzazo dio aquí (señala la espalda). De allí me dijo tu hermano cruzando ceibo con una lanza tremenda pincharon... no puede nada, quedó mirando y de allí dos lanzas más. De allí tu hermano dijo 'lárguese Onenka'. Y de allí cerró la boca".

El relato de Bartolo se convierte luego en un cuento de la selva, como muchas historias que narran los waorani, y señala que Onenka tras el ataque se desmayó en la canoa y le despertó una anaconda que le habló como si fuera su madre — ¡Hija despierta!, ¿Qué hace?— Después la boa-madre la alejó del jaguar y llevó la canoa hasta su comunidad, que está a cuatro horas de distancia del lugar del lanzamiento.

 

Tiempos de guerra

El ataque a Caiga y a Onenka reinicia el ciclo de guerra al interior de la selva. Ahora los waorani deben cobrar venganza. Eso manda su tradición y así ha sido desde antes que el mundo occidental supervisara sus actos. El religioso capuchino Miguel Ángel Cabodevilla, uno de los que más ha indagado en las comunidades indígenas de la selva ecuatoriana, explica la relación que tienen los waorani con sus vecinos en su libroTiempos de Guerra. Los testimonios recogidos en la publicación dan cuenta de su carácter y se entiende que sus vecinos son de la misma estirpe:

— Cuando los waorani no hagamos más lanzas y mantengamos los brazos en alto y desarmados. Cuando callen nuestros cantos de guerra, y no hagamos más asaltos. Entonces, los waorani estaremos condenados a desaparecer —, dice Nemunga, un waorani que murió en 1991.

— No se puede estar siempre en paz, ni tampoco de continuo en guerra. Guerra y paz son como el sol y la lluvia. El tiempo de la guerra y de la paz son parte de nuestra vida y de la naturaleza que nos rodea — dice Babe, uno de los legendarios guerreros de la tribu que murió en 2009.

Babe empezó el ciclo de enfrentamientos que llega hasta estos días. Él mismo, y así lo recogen varios libros e investigaciones antropológicas, solía contar que en 1993 hizo varias incursiones al territorio de los pueblos aislados y en una de ellas secuestró a una mujer llamada Omatuki. La muchacha estuvo unos días en la comunidad de Babe (Tigüino) y luego fue devuelta en señal de paz. Los aislados, sin embargo, no lo entendieron así y en el momento de la entrega lancearon a Carlos Omene, hijo de Babe.

Los Babeiri o gente de Babe no olvidaron nunca la afrenta y cobraron venganza diez años después, en mayo 2003, cuando incursionaron en la selva y mataron con armas de fuego a más de 20 personas de un clan no contactado, la mayoría mujeres y niños. Los propios vengadores contaron su hazaña al salir de la selva y mostraron a todo el que quiso ver la cabeza de uno de sus enemigos. Durante algún tiempo les trataron como "héroes" por haber matado a los "salvajes".

De esa masacre no se supo nada más. Por aquel entonces, el Estado no tenía presencia en ese vasto territorio y la fiscalía, que hizo una incursión al lugar del ataque, dijo que le era imposible investigar debido a que las víctimas carecían de documentos de identidad.

Una década más tarde, en marzo de 2013, el jaguar volvió a despertar. Los tagaeri-taromenani lancearon a Ompure y Buganey, una pareja de ancianos de Yarentaro, que había tenido contacto frecuente con ellos durante más de diez años. Estas muertes jamás se entendieron y todo quedó en el terreno del "puede ser" de los antropólogos.

El antropólogo José Proaño, uno de los más cercanos al mundo waorani, considera que los aislados pudieron sentirse amenazados por Ompure porque algo que él les regaló les hizo mal — se han encontrado latas de atún en las casas abandonadas de los aislados —."El mal viaja en los objetos, entonces pudieron entender que Ompure los brujeó con eso", explica Proaño.

Lo cierto es que los familiares del anciano lanceado — Los Wepeiri o gente de Wepe, guerrero y padre de Ompure — no tardaron tomar venganza y antes de que terminara ese mes de marzo ingresaron en la selva y mataron a otra veintena de aislados y trajeron con ellos a dos niñas, una de tres y otra de siete años, que hoy viven separadas. Una se quedó en Yarentaro con sus captores y la mayor fue llevada a Bameno, una de las comunidades waorani más alejada de los bloques petroleros.

Los waorani, desde entonces, han temido que los aislados quieran recuperar a las niñas. Por eso cuando atacan a Caiga y Onenka, el primer rumor que corrió fue que los aislados iban camino a recuperar a las niñas. Pero en verdad nadie sabe qué les moviliza. No se sabe ni siquiera cuántos clanes aún sobreviven en la selva profunda o si son tagaeri o taromenani, o la unión de ellos. La única certeza es que ahora es el turno de los waorani, de los familiares de Caiga, de cobrar su deuda de sangre.

 

El turno de los waorani

Los hermanos de Caiga, Bartolo y Otobo, y su padre, Omayihue, fueron detenidos la noche del pasado 11 de febrero en El Coca, la ciudad más grande cercana a la selva en conflicto. La policía encontró que ocultaban dos carabinas y municiones entre los víveres que llevaban a su comunidad y aunque podían necesitarlas para la cacería, el temor de las autoridades — aunque no lo digan — era que se estuvieran armando para su venganza. La fiscalía inmediatamente los acusó de transportar armas sin permiso y dispuso su arresto domiciliario, pero ante la incapacidad de vigilarlos en la selva profunda donde viven, les recluyeron en el albergue de los sacerdotes capuchinos en el Coca.

El encierro duró 15 días, mientras la fiscalía y el Ministerio de Justicia acordaban las medidas sustitutivas a los tres o cinco años de cárcel que conlleva el delito de llevar armas de fuego sin permiso. Al final los condicionaron a presentarse una vez al mes en el juzgado, a tomar un curso de derechos humanos, a hacer trabajo comunitario, a someterse a un control periódico de armas y, sobre todo, les prohibieron entrar en el territorio de los tagaeri-taromenani. El Estado espera que con estas medidas y con la entrega de seis casas y una malla de protección en Boanamo se mantenga la paz en el territorio.

Es la primera vez que el Estado, a través de la Dirección de Protección de Pueblos Indígenas en Aislamiento Voluntario, actúa diligentemente y ofrece compensación a las familias de las víctimas. Sin embargo, la antropóloga Kathy Álvarez, que integra el Colectivo Cultura de Paz, cree que las medidas del Estado no serán efectivas a largo plazo. "Si su lógica era evitar un ataque, estas medidas tal vez lo logren durante un mes, dos, tres... pero las venganzas se cobran hasta cuatro, cinco o diez años después".

Cabodevilla, en su libro Tiempos de Guerra, explica que los waorani viven en una frontera de violencias constantes de un lado y de otro. "Apretados por la colonización incontrolable, las petroleras todopoderosas, el negocio tentador del turismo, las intrigas y trampas de lo madereros, y del otro lado de la frontera tienen su pasado, en forma de grupos aislados, un pasado lleno de deudas por cobrar y amenazas latentes".

 

La pacificación de los aucas o salvajes

El pasado de los waorani fue violento. Ellos defendieron a punta de lanza su selva, lo que hoy es la provincia de Orellana y Pastaza, que fue la última zona alcanzada por la colonización. Los primeros invasores fueron los caucheros (personas que buscan y trabajan el caucho), quienes capturaban a indígenas en toda la amazonía y los vendían en Iquitos (Perú) como esclavos; y luego vinieron los madereros y petroleros.

La hacienda cauchera de Carlos Sevilla fue el blanco de varios ataques de los waorani desde inicios del siglo XX, y también fue fundamental en el contacto que hizo el Instituto Lingüístico de Verano (ILV). Este hacendado en 1948 capturó a cuatro mujeres waorani, una de ellas fue Dayuma que en la década de los 50 fue entregada a la causa evangelizadora y enseñó su lengua a los familiares de los misioneros que fueron lanceados en 1956 cuando intentaron contactar a un clan waorani.

Raquel Saint y Elizabeth Elliot, hermana y esposa de los misioneros asesinados, además de la lengua entendieron una parte de la cosmovisión de los waorani. "Entendieron que las mujeres del enemigo son adoptadas y cuidadas por el grupo ganador" explica Eduardo Pichilingue, defensor de derechos humanos y ambientalista. Para finales de 1958 se consiguió atraer a la mayor parte de clanes al protectorado de Tihueno donde los evangelizaron y los alejaron de sus costumbres tribales.

Guiñami, ahora Zoila Enomenga, fue atraída al protectorado con menos de 20 años y no pudo huir del destino que decidieron para ella los misioneros evangélicos: entregarla a Davo, uno de los guerreros waorani de antaño que sigue vivo.

— ¿Cuántos años tienes?

— No me recuerdo, 70 he de tener.

— ¿Cómo era la vida antes?

— Carretero no había, nadie no entraba, tenía miedo. Era selva libre.

— ¿Cómo te casaste?

— Casar sin conocer, así pasó. Mi corazón tac, tac, tac, tenía miedo. Vinieron misioneros, así no quiera me casaron. Ellos me decían con waorani tienes que casar, decían aquí es bueno estar entre waorani, aquí vas a quedar, con lanzas vende plata, ropa va a dar. Así por fuerza ellos me hablaban y

El "carretero" del que habla Zoila es la vía Auca, que se construyó para dar paso a la compañía petrolera Texaco, mientras los waorani estaban en el protectorado de Tihueno, que concentró a más de 500 indígenas — el 90% de la población — y la mantuvo cautiva hasta los años 70. Para 1973, James Yost, antropólogo de la misión evangélica, aconsejó diseminar a la población en varias comunidades a lo largo de los ríos de las provincias de Napo, Pastaza y Orellana dada la dependencia de los waorani hacia el ILV y los pocos recursos que quedaban en los alrededores.

Cuando los waorani salieron se dieron cuenta de que las petroleras y los colonos habían ingresado a su territorio y tuvieron que aprender a compartirlo. Con el tiempo el Estado les entregó 600.000 hectáreas — donde ahora se estima que viven más de 3.000 waorani —, pero antes del contacto habían controlado dos millones de hectáreas, según la publicación de Ecociencia de 2001: Conservación y petróleo en la Amazonía ecuatoriana. Un acercamiento al caso waorani.

Los únicos clanes que resistieron el contacto del ILV fueron los wepeiri y los tagaeri. Los wepeiri, sin embargo, fueron contactados en los años 80 por los misioneros capuchinos. El sacerdote Alejandro Labaka fue uno de los mediadores en este último acercamiento y junto con la religiosa Inés Arangointentaron el contacto con lostagaeri, pero fueron lanceados al bajar a su territorio, en 1987.

 

La gente de Tagae que se ocultó en la selva

En la víspera de la evangelización y de la era petrolera, los tagaeri o la gente de Tagae, que eran parte de los waorani, se separaron por la tensión que había entre los clanes por el liderazgo en el territorio. Tagae prefirió internarse en la selva con los suyos y se cree que las familias que no acudieron al protectorado de los evangélicos lo siguieron.

Pego, un anciano waorani que vive ahora en Miwauno, cuenta que marchó a Tihueno, pero que sus hermanos no lo hicieron y cree que se unieron a los Tagaeri y que ahora de vez en cuando vienen a visitarlo. Su testimonio es una traducción del waorani porque él es uno de los muchos waorani que se niegan a hablar español.

— ¿Cuántos hermanos tuviste?

— Eran dos y sus familias

— ¿Por qué crees que vienen a verte?

— En la noche a veces yo escuchó el sonido de las lanzas que ellos cargan en la espalda, se golpean entre ellas y hacen ruido.

— ¿Los has visto?

— Como siempre es oscuro no he podido verles el rostro. Ellos se quedan parados, me ven y luego se marchan.

Los tagaeri en los años 80 frenaron las ansias de expansión de la empresa petrolera Texaco (hoy parte de Chevron) y la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana (Cepe), que querían ampliar sus operaciones en la amazonía. Los petroleros — según varias fuentes bibliográficas — habían contratado a un antropólogo para que localizara a los últimos aucas y este hacía sus incursiones con un equipo de hombres armados que ponían en riesgo la vida de los descendientes de Tagae.

El padre capuchino Alejandro Labaka siguió la estrategia de sus predecesores de enviarles regalos desde el aire. El 21 de julio de 1987, un helicóptero de la misma petrolera lo llevó a él y a la religiosa Inés Arango hasta el lugar donde se había visto una casa tagaeri, pero cuando volvieron a recogerlos los hallaron muertos por heridas provocadas por lanzas y no había rastro de los aislados.

Solo unos años más tarde se supo lo que pasó aquel día triste. Omatuki — la muchacha secuestrada por Babe en 1993 — contó que Labaka y Arango contactaron inicialmente a las mujeres del clan porque los hombres habían salido de caza. Cuando estos volvieron los vieron como intrusos y mataron al sacerdote, y luego a la religiosa a pesar de que las mujeres rogaron por su vida.

Omatuki también contó que los suyos estaban siendo aniquilados en la selva por ametrallamientos desde helicópteros y disparos de trabajadores de las compañías petroleras. Tagae justamente había muerto de un disparo, en diciembre de 1984, en un enfrentamiento con petroleros. Por eso se cree que los Tagaeri cobraron su deuda de sangre con el capuchino y su acompañante.

La entrevista con Omatuki, además, dio cuenta por primera vez de una nueva tribu, los taromenani, con la que los Tagaeri habían hecho alianza para sobrevivir. De hecho ella estaba asimilada a uno de estos grupos y su idioma a veces se entendía y otras no.

Alrededor de los taromenani se han tejido varias historias. Unas dicen que es un grupo que proviene de un tronco lingüístico diferente a los waorani, que vinieron desde la selva brasileña por las presiones caucheras de inicios del siglo XX. Otros los llaman taromenairi y señalan que su líder es Taromena o Taromenga, y que físicamente son distintos de los waorani. Otros simplemente creen que son la suma de clanes que se refugiaron en la selva desde inicios del siglo XX y que los waorani les llaman taromenani que significa el grupo de caminantes.

Pero se llamen como se llamen, la pregunta es ¿cuántos quedan vivos? La antropóloga Kathy Álvarez cree que las masacres de 2003 y 2013 les han puesto en riesgo y que la población estaría mermada completamente.

 

El papel del Estado

El temor de una posible venganza de los waorani tras la muerte de Caiga Baihua activó al Estado ecuatoriano por primera vez y aunque la estrategia de la Fiscalía haya sido enjuiciar al padre y a los hermanos de Caiga Baihua, por intentar meter armas a la selva, por primera vez se impuso el término "interculturalidad" en la sentencia.

La judicialización de la Fiscalía, sin embargo, ha hecho que los waorani tengan que tratar con abogados y se enreden con los tejes y manejes de las leyes. Los familiares de Caiga, por ejemplo, por consejo de su abogado se declararon culpables de llevar armas con tal de volver pronto a su rutina en la selva, y no se investigó quién les proporcionó las armas de manera ilegal.

La Fundación Alejandro Labaka, que guarda el espíritu conciliador del capuchino asesinado, pide una resolución pacífica al conflicto. En un comunicado emitido el 17 de febrero pasado, pidió empezar de cero y archivar todos los casos judiciales que tensionan a los waorani.

La posición del Estado es difícil porque debe controlar a los waorani para proteger a los pueblos aislados y cumplir con las medidas cautelares que ordenó la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en 2006. En el marco de esto se definieron los límites una zona intangible para los tagaeri-taromenani y se creó la Dirección de Protección de Pueblos Indígenas en Aislamiento Voluntario en 2008.

Esta entidad, después de la matanza de 2013, recibió una inyección de 5 millones de dólares que deberá ejecutar hasta 2018. Su trabajo se centra en las comunidades waorani, que son de alguna manera la antesala de la selva profunda, pero su esfuerzo no ha logrado terminar el ciclo de guerra en la selva.

Desde junio de 2013, además, existe una comisión especial que informa directamente al presidente Rafael Correa. El antropólogo Proaño forma parte de esa comisión y señala que hay una presión muy fuerte en el territorio y que no todo es culpa de las petroleras. "Los tagaeri-taromenani no se sienten a gusto, nosotros vamos modelando sus espacios de vida. Vamos poniendo colonos, abriendo pistas, empresas turísticas, vamos metiendo periodistas, antropólogos, misioneros, una serie de actores, unos con un nivel de intervención más que otros".

Proaño asegura que existen siete casas de los indígenas aislados en el interior de la selva, algunas abandonadas, otras ocupadas. Por estas evidencias, el antropólogo aventura que la población de tagaeri-taromenani no superaría las 100 personas y cuenta también que ya no están en ese idílico mundo aislado de la civilización, pues se han encontrado ollas y cortes de hachas que hacen presumir que ya adoptaron el metal.

De cara al trabajo con los waorani, Proaño señala que se debería entender que muchos de estos indígenas — de contacto reciente — se reconocen únicamente ante los pueblos aislados. "Nosotros les hablamos en otro idioma, les vestimos, les excluimos, les ofrecemos tonterías que nunca les cumplimos, les emborrachamos, les humillamos, les juzgamos. Nunca les dimos la posibilidad de que sean waos después del contacto y que mantengan su territorio. Ellos solo pueden ser waos con los tagaeri-taromenani, porque pueden dar de comer al jaguar".

 

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