Palabras de Milagros Aguirre

En la presentación del libro

“Curar en la selva herida”

 

altNuevo Rocafuerte es, para mí, un lugar especial. Como especiales son sus gentes. Ese rincón, lamido por las aguas del río Napo, donde he tenido la suerte de ver los mejores atardeceres y donde parece que se posan todas las estrellas, es más que paisaje y paisanaje. Siempre digo que es el lugar perfecto para la escritura, para las grandes novelas y para la inspiración, porque es el lugar del silencio interrumpido acaso por los grillos o por la sonora lluvia cuando cae con la fuerza propia de las aguas amazónicas.

Por supuesto, no es solo el paisaje. Son sus gentes. Y sus historias. Y entre sus gentes y sus historias, la de Manuel Amunárriz era digna de escribirse: un padre-doctor que ha dedicado su vida a la aventura de curar en la selva y de hacer una obra inmensa: el Hospital Franklin Tello. De alguna manera me siento cómplice de animarlo a escribir este libro, de que nos deje parte de su equipaje en un texto, ese equipaje que está lleno de saberes sobre la salud y la enfermedad en esa región del olvido, en ese bello rincón de la selva en donde la vida es aún más sencilla, en donde sus gentes se debaten entre ese ritmo de vida que da el río y los vertiginosos cambios del llamado desarrollo.

Conocer a Manuel Amunárriz ha sido, sin duda, un privilegio. Y una alegría haber concebido con él este texto en el que quería compartir sus experiencias antes de marcharse. Ha sido un momento lleno de complicidades: darle la forma, leerlo juntos, buscar los testimonios precisos, visitarle en el hospital y hablar con la gente para entrometerme en sus páginas, revisar decenas de fotografías en los archivos de Cicame y en los suyos, encontrar quien nos pudiera ilustrar la portada y dar con los dotes de acuarelista de Luis Arguello, trabajar el diseño con Nadia Hidalgo, ponerle el mapa, conversar vía skype sobre los avances de la obra, corregir varias veces, darle vueltas al título, darle forma a estas páginas que hoy presentamos como Curar en la Selva Herida, complicidad a la que se sumó, entusiasta, Ricardo Hidalgo para hacer realidad la tarea.

El espíritu de Manuel es contagioso. No tiene problema en las 12 horas de la canoa de turno para ir de Coca a Rocafuerte. Ni en dejar cualquier cosa para ir a atender un caso de emergencia. Se emociona con cada nuevo aparato que la tecnología ponga a su alcance para equipar el hospital. Y es, digamos, de aquellos de temple que consigue lo que se propone.

Lo he visto en el día a día. Nunca parece cansado. Luego de su oración mañanera y del frugal desayuno, sale pronto al hospital. Allá está ocho en punto, con su bata y zapatos blancos, el doctor. Siempre dispuesto a ayudar a una madre a tener a su hijo, a atender al niño picado por la culebra o al paciente que ha llegado con “venado paju”. Y claro, siempre dispuesto también a la investigación, a sentarse horas frente al microscopio o a emocionarse como niño con juguete nuevo con el flamante aparato nuevo de rayos X digital o a pelear contra viento y marea para que le arreglen su conexión al Internet.

Hombre de ciencia. Y hombre de fe. Escéptico frente a algunas creencias de los indígenas sobre los espíritus de la enfermedad. Pero, a la vez, siempre respetuoso con ellos, presto a cualquier atención que necesiten y a la entrega absoluta de su tiempo y energía a darles la mejor atención posible, con los mejores instrumentos, con la mejor tecnología, con el trato que se merecen esas gentes que han sido tan olvidadas.

Cuando trabajábamos en el borrador de guión del libro él insistía en que el protagonista no fuera él, sino el hospital, como institución, como equipo de gentes dispuestas a atender los males de las gentes de la ribera, tanto del Ecuador como del Perú. No quería personalizar la hazaña sino ser simplemente la voz del Hospital Franklin Tello y de su equipo, de las hermanas, de enfermeras, médicos, estudiantes de la UTE, investigadores, misioneros, voluntarios. Él quería dar testimonio de las gentes que han pasado por ahí apoyando los temas sanitarios en la zona o sumando esfuerzos para hacer del Franklin Tello un hospital que viaja por los ríos amazónicos, un hospital que educa, un hospital que investiga, un hospital presto al diálogo intercultural. Así, en estas páginas, enriquecidas por las experiencias del autor, es el hospital el que habla, el que cuenta su historia y el que traza su futuro, ahora, frente a los nuevos tiempos amazónicos y los retos de una selva herida, pero todavía, abundante de vida.

La presentación del libro coincide con la despedida. Las despedidas casi siempre son tristes o al menos, difíciles. Manuel sabe que ha sido el alma del hospital Franklin Tello, aunque no lo diga. Y que será, siempre, un referente para la salud en la amazonía ecuatoriana. Los ánimos suyos, esa energía y entrega, quedan como lección para quienes ahora tomarán la posta. Y el libro, como testimonio irrefutable de esa entrega. Quienes tomen ahora el testigo tendrán que tener estas páginas como lectura obligada, como libro de cabecera. Esperemos que así sea.

 

Gracias,

 

Milagros

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