Cerda pasó de cazador de guantas

a guía de un museo en el río Napo

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Con una madera gruesa y pesada, Antonio Cerda aprendió a elaborar las trampas de cacería. La tradición la asimiló de su madre y abuelos, quienes migraron a la isla de Pompeya, en el río Napo, cuando él tenía 12 años. Su padre murió en el Tena, en Muyuna, su lugar de nacimiento, donde la población indígena se mantenía por la caza y la pesca.

Cerda se adiestró en fabricar hasta cinco trampas en un día. Añadía palos y bejucos para sostener pedazos de chonta, plátano, maíz o yuca y tentar a los animales pequeños de la isla.  Todas las mañanas Cerda y su familia se adentraban en el monte, dejaban las trampas y regresaban por la tarde para recoger a la presa. La guanta, la guatusa, el armadillo y el conejo eran su comida preferida.

La elaboración de instrumentos musicales también fue otro aprendizaje. Del legendario tronco de cedro, Cerda hacía tambores. Con la piel de los animales pequeños cubría la caja del tambor para hacerlo sonar. Para hacer un pingullo un instrumento antiguo de viento, Cerda obtenía el hueso de un águila arpía. Ya listo, el pingullo era utilizado en los rituales de las fiestas ancestrales de la comunidad. Su interés por aprender la cultura, los secretos y los misterios de la selva lo convirtieron en ribereño.

La comunidad de Pompeya lo acogió y Cerda veía en sus moradores a los amigos y hermanos que dejó en Tena. A los 13 años y con un conocimiento profundo sobre los Sionas, Secoyas, Cofanes, Waorani y Kichwas, ingresó a trabajar en la casa de la misión capuchina, donde desde hace dos años se levantó el Museo Etnográfico de Pompeya. A su corta edad comenzó limpiando la maleza. Ahora, de 56 años, es el guía del museo, un lugar donde se exhiben las costumbres, la vida y los secretos de las comunidades del nororiente de la Amazonía ecuatoriana.

El recorrido por el museo puede demorar hasta una hora, pues el guía es reconocido por acoger a la gente. En el lugar, Cerda trabaja ocho horas al día. Al mediodía se toma dos horas para almorzar. Camina 45 minutos hasta llegar a su casa, donde su esposa, Joaquina Alvarado, de 61 años, lo recibe con cariño. Con ella tiene 12 hijos y más de una docena de nietos, a quienes Cerda habla en quichua y transmite oralmente las enseñanzas de sus ancestros.

El ribereño tiene ojos negros y rasgados. La seguridad con la que transmite su saber y la fluidez al hablar no siempre fueron las mismas. Cuando llegó a Pompeya, Cerda tenía miedo. El río Napo era ancho y hondo. No sabía por dónde caminar ni maniobrar los remos de las canoas. Su familia lo ayudó a aprender. Desde pequeño le enseñaron que era él quien debía hacer el trabajo duro. Aprendió a cortar madera, labrar y pintar. “Solo haciendo uno mismo se aprenderá”, le recordaban sus abuelos. Ahora es él quien pide al turista de la zona detenerse y aprender la tradición indígena del Oriente.

Es guía no por sus estudios sino por su experiencia. A sus 4 años y cuando vivía en Tena, su madre Rosalina Cerda lo internó por un año en el hogar de infantes, donde aprendió a hablar castellano, porque solo hablaba quichua. Claro que, al aprender español, se olvidó de su idioma natal, así que debió reaprenderlo cuando regresó con su familia. Ser bilingüe permite al ribereño comprender de mejor manera su entorno. Cuando Cerda guía un recorrido por el museo, no solo explica las costumbres de las nacionalidades ubicadas al nororiente del Napo, sino que también invita al respeto por la vida ancestral, en que el agua prevalece como recurso indispensable para la vida, y sin la cual las comunidades quedan vulnerables ante las enfermedades.

Hace cuatro años, al guía se le detectó diabetes. Está en tratamiento pero ha debido ausentarse días del museo. Después de chequeos rutinarios en Coca o en Quito, vuelve al museo. Al terminar el recorrido, Cerda se emociona y revisa el libro de visitas donde siempre encuentra un mensaje de reconocimiento a su saber. “Antoñito, gracias por tus conocimientos”. El Museo de Cicame Se levantó hace  dos años con el  apoyo de Fundación Alejandro Labaka, Vicariato Apostólico de Aguarico y Fundación Repsol. Puede visitarlo  de martes a domingo, de 10:00 a 17:00. La entrada cuesta USD 2. Se requiere certificado  de vacuna contra la fiebre amarilla y  vacuna contra el tétanos.


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