¿Qué ha pasado con los Pueblos Ocultos luego de su muerte? Sus cartas y sus posiciones sobre el tema ambiental.

El tema de los pueblos ocultos o aislados sigue siendo parte de la agenda pendiente hoy en día, 25 años después de la muerte de Alejandro Labaka. Se reclaman todavía medidas de protección y los muertos con lanza han sido noticia en estos últimos años (una matanza en el 2003, un trabajador de la madera muerto en el 2005, otro en el 2006, otro más, en el 2007 y tres miembros de una familia colona en el 2009).

Sin embargo, su muerte no fue del todo inútil. Murió en el 1987. Hasta ese momento, a los waorani se los llamaba, despectivamente, “aucas”, un sinónimo de “salvajes”. A partir de la muerte de Labaka y del reconocimiento de su misión y de su cercanía con los habitantes del Yasuní, se les empieza a reconocer sus derechos, su dignidad, y su nombre: waorani, que quiere decir, gente.

En 1992 el gobierno de Rodrigo Borja entregó el territorio waorani. En 1999 se declaró una zona intangible dentro del Parque Nacional Yasuní, precisamente en la zona donde el Obispo y la hermana Inés Arango, murieron. Al menos hasta hoy, esa zona no ha sido explotada por el petróleo, aunque ha sido, en gran medida, saqueada por la madera. En el 2007 se firmó la Política Nacional de Pueblos Aislados, para proteger a aquellos por quienes Alejandro Labaka dio su vida. De alguna manera, el nombre de Alejandro Labaka ha inspirado a las políticas de protección a unos pueblos que, hasta el día de su muerte, fueron negados.  Él, sin duda, se adelantó a acontecimientos y a preceptos que hoy están en el debate.

Por supuesto, no fueron suficiente ni la muerte ni el martirio. En gran medida, los problemas de ayer se repiten hoy en día, con nuevas concesiones petroleras en lugares donde se presume (e incluso se confirma), la evidencia de estos grupos humanos.

Alejandro Labaka sería tildado hoy con el tremendo calificativo de “etnocida” por haber procurado el acercamiento pacífico con estos pueblos llamados “sin contacto”. Sin embargo, probablemente, de haber tenido éxito en su propósito, los habitantes del clan tagaeri no tendrían que andar hoy, como fantasmas errantes, huyendo de todos quienes los han empujado al abismo de la extinción. Tal vez se hubieran evitado algunas muertes, si se hubieran escuchado con atención sus palabras. Y si se releyeran hoy, sus cartas.

En un artículo, publicado en febrero del 77, Alejandro Labaka proponía dos cosas: “conseguir el consentimiento de ellos para la explotación petrolera o que el Gobierno declare como reserva todo el territorio ocupado por estos grupos, que el Estado ecuatoriano renuncie a los trabajos petroleros en zonas donde habitan estos pueblos y que priorice los trabajos de explotación de los tantos pozos positivos ya descubiertos y en plena producción”.

“Estas muertes se suceden en señal evidente de defensa de sus propios derechos más sagrados, arbitrariamente violados”, decía, en relación a las muertes de tres obreros petroleros en 1976. Lo mismo diría hoy, acerca de los trabajadores de la madera, muertos en el 2005, 2006 o 2007 o de la familia muerta con lanzas en el 2009.

“Es probable que los trabajos de la industria petrolera en la misma zona, habitada por ellos, cruzando las líneas muy cerca de sus casas y de sus chacras, y además con el intenso volar de helicópteros y detonaciones sísmicas, haga desaparecer la principal fuente de subsistencia que es la cacería y la pesca, y constituye una flagrante provocación en contra de todos los derechos humanos del pequeño grupo más digno de respeto y protección”.

“La explotación del campo (igual que hoy, el llamado campo Armadillo), a un par de días  de donde se asientan los pueblos tagaeri/taromenani, constituye otra gran provocación, y, por otra parte, entraña el propósito de genocidio en el momento que se note el menor obstáculo al trabajo petrolero. En consecuencia, solicitamos suspender y postergar esa operación hasta que el mismo pueblo que allí habita  pueda comprenderla y autorizarla. Rechazamos todo intento de usurpación, desalojo, reubicación forzosa o disminución excesiva de su espacio vital”, escribía en 1976.

El retrato

El pintor ecuatoriano Marcelo Aguirre cuenta sobre la experiencia de hacer un retrato de Alejandro Labaka para conmemorar los 25 años de su muerte.

“Una exposición con mi más reciente obra –retratos- estaba abierta en El Conteiner de El Pobre Diablo, una galería en Quito. Ahí llegó, de visita a ver la muestra, José Miguel Goldáraz, compañero de Alejandro Labaka y el primero en mostrarme el mundo de los espíritus de la selva. Hace ya algunos años, en el 2004, ilustré los mitos de los naporunas que él había recogido a lo largo de sus correrías en la Amazonía, en un trabajo que me llevó a conocer el Puma y otras voces selváticas.

A José Miguel le impactaron las miradas de los retratos de la muestra en la que estaban amigos, conocidos, parientes. De pronto me propuso, emocionado: ¿Y si retratas a Alejandro?

En un primer momento no dije nada. Me tomaría un tiempo para pensarlo. Digamos que sentí una tensa calma. Pero no porque no quisiera hacerlo sino porque se me hacía extraño pintarun retrato de una persona que no has conocido, que no has visto su mirada, que no  has escuchado el timbre de su voz y  que  no has palpado el apretón de su  mano.

Acepté el reto. Tenía una  foto muy pequeña  de Alejandro, tomada  unos días antes de que fuera lanceado  por los tagaeri. La foto  dejaba ver una  sonrisa amplia  y franca,su mirada era aguda y un  pañuelo  rojo intenso, envolvía su cuello,recordándome las fiestas de san Fermín que se celebran en su tierra, en Navarra.

Todos los días miraba la foto de Alejandro y a través de  su   mirada   fui estableciendo un   dialogo  silencioso y calmo con el personaje. Me imaginaba una persona  profundamente solidaria y valiente.  Me imaginaba su caminar por  la selva, me imagina su compartir con la gente y los espíritus que lo acompañaban. En ese diálogo silencioso me animaba a pintar su rostro. Y a dejar plasmado en el lienzo, su mirada y su sonrisa”.

Reseña del libro Crónica Huaorani

Crónica Huaorani es uno de los libros de mayor circulación dentro del fondo editorial de CICAME. Es, diríamos, un clásico dentro de la literatura amazónica con cinco ediciones agotadas. En realidad, es la bitácora de Alejandro Labaka en su relación con el pueblo waorani, desde su primer viaje, en 1976. Crónica huaorani fue escrita como un diario en el que Alejandro Labaka daba cuenta a sus compañeros y superiores, de sus impresiones y de sus vivencias con el grupo del que fue parte. Una bitácora de viaje, de apuntes, de impresiones, de vivencias y de un nuevo nacimiento. Un libro con páginas de ternura, se sabiduría pero también de cierta ingenuidad. Un relato en el que el lector acompaña al narrador en ese descubrimiento de un pueblo, de una cultura, de una misión e invita a desnudarse también, pero no de los ropajes, sino de los prejuicios, de los estereotipos, de los lugares comunes. Una crónica que invita a sumarse a una batalla perdida: la de la defensa de los más débiles reconociendo, además, su riqueza en las cosas más minúsculas e insignificantes.

Esta nueva edición, de aniversario, lleva ilustraciones de Antonio Oteiza y un prólogo actualizado de Miguel Ángel Cabodevilla.

El ilustrador, Antonio Oteiza, nace en San Sebastián, España, en 1926. Un aventurero, además de un gran dibujante. Ha vivido 15 años como misionero en países latinoamericanos y se ha inspirado en sus paisajes y su gente en varios relatos. El autor conoce bien las páginas de Crónica Huaorani y las admira. Lo demuestra en sus trazos, en sus dibujos sencillos, en la crónica de Alejandro, esta vez, dibujada, para enriquecer el catálogo de las publicaciones sobre la amazonía.

Bibliografía sobre Alejandro Labaka

Un personaje como Alejandro Labaka no ha podido pasar desapercibido. Su nombre y su figura han sido inspiración y motivo de varios relatos. Unos, de sus compañeros capuchinos que han visto en él rasgos ejemplarizadores para el mundo misionero y capuchino. Otros, para quienes su historia, sin duda, es una historia digna de ser novelada. Quizá uno de los textos que mayor repercusión ha tenido es Hágase tu voluntad (publicado en España con el título de La noche de las lanzas), del periodista colombiano Germán Castro Caycedo, reconocido por libros como Colombia X, La bruja, El Karina, Mi alma se la dejo al diablo, Colombia amarga, En secreto, El huracán, Perdido en el Amazonas

A partir del relato de Miguel Ángel Cabodevilla, y de una larga conversación en Pompeya, Castro Caycedo se animó y decidió contar la historia. Léase como reportaje, novela o crónica, este libro, publicado por Editorial Planeta en 1998, tuvo su impacto en el mundo del periodismo novelado. Diarios colombianos como El Tiempo o El Espectador, publicaban reseñas entusiastas: “Esta novela es para leerla varias veces… porque cuando se llega al último renglón, dan ganas de volverla a habitar” (El Tiempo, enero 1999); “Un libro inolvidable y con cadencia, real pero inverosímil. Un libro con gran personalidad y una estructura envidiable” (El Espectador, 1998), que recoge pasajes que conmueven al lector, como aquel en el que está durmiendo en medio de la selva con dos hermanas que lo acompañaron, entre ellas, por supuesto, Inés.

- “¿Y si vienen y nos matan?, preguntó a monseñor y él respondió,

- nos daremos un abrazo y moriremos todos juntos”.

Entre las obras publicadas por compañeros de Alejandro Labaka, inolvidable es también la obra Tres nombres y una voz, de Juan Santos Ortiz de Villalba, que hace un homenaje a tres personajes del mundo capuchino: Camilo de Torrano, Inés Arango y Alejandro Labaka Ugarte. Un relato sentido de las aventuras de tres hombres peculiares que hacen parte de la historia de la amazonía ecuatoriana.

Arriesgar la vida por el Evangelio, de Rufino María Grández, es, digamos, la primera biografía de Alejandro Labaka. En él se cuenta como salió de su aldea vasca hacia un seminario donde su idioma materno estaba prohibido; fue un misionero bisoño cuyo primer destino estuvo en la fantástica China, de la cual fue al cabo expulsado con la llegada del régimen comunista; para, al fin, venir a morir en la selva ecuatoriana bajo las lanzas de un clan indio al que quiso proteger. Podría ser la vida de un aventurero. Y en cierto sentido, sin duda, lo fue. ¿Cuáles son las claves que pueden explicar una trayectoria semejante?, ¿qué puede impulsar a un hombre a tantos y tan variados éxodos de una a otra cultura? En estas páginas encontrará el lector respuestas a esas y otras muchas preguntas que levanta la vida y muerte de un obispo al que gustaba decir: el evangelio es una aventura.

Hay voces distintas recogidas, por ejemplo, en el libro Tras el rito de las lanzas, un volumen publicado para las celebraciones de los 20 años de su muerte, en donde se recogen escritos de misioneros, de gentes cercanas a Labaka, de su tierra Navarra, y también de intelectuales y periodistas ecuatorianos como Francisco Febres Cordero y Javier Ponce Cevallos.

El libro más reciente, pensado como un aporte a la causa martirial que se lleva en Roma, es el titulado Vida y martirio, también de Rufino María Grandez, una extensa biografía de casi mil páginas en la que se recogen capítulos de la vida de Labaka desde su infancia hasta su muerte, además de notas explicativas de su correspondencia, de las relaciones con sus superiores y compañeros capuchinos. Un libro en el que se pone más énfasis en su quehacer dentro de la vida religiosa, de sus devociones y de lo que significaba para él el martirio y lo que esto significa para la iglesia católica.

Entre los libros notables figura también Barro y Vasija, biografía de Inés Arango, escrita por Isabel Valdizán, en donde Inés es la protagonista, pero en donde cuenta el trabajo de acompañamiento a los waorani realizado por ambos misioneros.

La vida de Alejandro Labaka seguramente dará para más publicaciones y será voz inspiradora de varias historias. El personaje se presta a distintas lecturas y puntos de vista y es, además, un pretexto para acercarse a esta región del olvido que es, todavía, la Amazonía ecuatoriana.

Caminata Quito – Coca, con Alejandro e Inés a defender la vida

Hace cuatro años, un pequeño grupo de soñadores dieron inicio a una realidad hermosa y profética: defender la vida, apostando en firme por un anuncio y una denuncia a favor de la tierra y de de la selva y, sobre todo, en defensa de las gentes que la habitan, en medio de los inminentes peligros que amenazan la vida como son las compañías petroleras junto a todo el daño que conlleva su ingreso agresivo a la selva.

Estos peregrinos emprendieron su marcha teniendo como modelos a dos grandes seres humanos, una mujer y un hombre, que regaron con su sangre la selva hace 24 años, en su intento por defender la vida de los más vulnerables: las minorías ocultas de la selva amazónica. Ellos son Alejandro e Inés y son el motivo inspirador de la Caminata Quito-Coca.

El sueño fue tomando cuerpo y haciéndose realidad cuando un 9 de julio, dos grupos de caminantes con un mismo objetivo emprendían su largo peregrinar hacia las tumbas de nuestros mártires Alejandro e Inés en Coca. Los unos partían desde la Catedral de Ambato y los otros del Santuario de Guápulo, en Quito. Un año más tarde, las sendas caminatas se unieron en una sola. Se siguió conservando el día de partida -9 de julio-, desde el Santuario de Nuestra Señora de Guápulo y la fecha de llegada – el 20 de julio, día en que murieron alanceados Alejandro e Inés- para así celebrar la fiesta del día de su martirio que está señalada en el calendario pero sobre todo en el corazón y en las sienes de todos los habitantes del Oriente, especialmente los que viven en el Vicariato Apostólico de Aguarico, donde transcurrieron las vidas misioneras de Alejandro e Inés.

La Caminata al cabo de estos cuatro años se ha convertido en un signo vivo de denuncia por todos los atropellos que se siguen cometiendo contra los indígenas amazónicos y contra la tala indiscriminada de árboles centenarios que son derribados por las multinacionales de la madera y contra toda la explotación irracional del petróleo que va dejando contaminación y destrucción a su paso. La caminata por la vida, con Alejandro e Inés, es un signo vivo también para todas las gentes del Ecuador y del mundo que quieren una tierra más limpia y no contaminada. La caminata se mete de lleno con cada uno de nosotros porque nos interpela en nuestra manera de vivir, nos pregunta si somos parte de este sistema consumista o si por el contrario, vamos contracorriente de este sistema y anunciamos con nuestra vida, en hechos y palabras, que no queremos un sistema de muerte y destrucción, sino de vida y vida en abundancia.

La caminata en defensa de la vida recorre doce etapas bien delimitadas. La partida de un lugar a otro transcurre, sobre todo durante la mañana. Desde muy temprano el grupo está de pie y emprende la mayor parte del trayecto antes que el fuerte sol nos visite con su calor. A veces es la lluvia la compañera inseparable del camino, en largos o breves trayectos. En cualquier caso siempre nos acompaña la motivación principal: llegar a la tumba de nuestros mártires. La oración tanto personal como comunitaria es el alimento espiritual que nos fortalece y las consignas a favor de la vida y en contra de la muerte que coreamos con frecuencia al pasar por los pequeños y grandes poblados nos animan a seguir caminando con más energía. Al final de cada jornada hay mucho cansancio, los músculos acalambrados, algunas ampollas pero en medio del dolor sentimos la alegría de que cada día y cada paso nos acercamos más al sueño de Alejandro e Inés que yacen en el lugar donde entregaron sus vidas. Y ellos nos animan a seguir en el camino, mirando la meta.

Adalberto Jiménez (Capuchino)

De Aucas a Waorani (Francisco Febres Cordero)

A monseñor Labaka lo conocí después de su muerte, una vez que los lanzazos atrajeron la curiosidad de los medios de comunicación que nos presentaron su cuerpo despedazado, junto con el de la hermana Inés Arango. Leí todo lo que se publicó sobre él, con esa curiosidad morbosa que nos impulsa a conocer los más recónditos secretos de cualquier crimen. Así, hasta que un día Jorge Crespo Toral me prestó las páginas de una suerte de diario que monseñor Labaka había escrito, y que culminaba la víspera del viaje que le costó la vida. Ahí estaba otro Labaka: íntimo, humano, tierno, decidido. Su relación con los huaorani me sobrecogió y su mano (su letra, sería más propio) me condujo a despojarme de prejuicios, viejamente alimentados desde mi niñez, cuando los huaorani no eran huaorani, sino aucas. Es decir, salvajes. Los más salvajes entre los salvajes. Creo que fue en la escuela cuando tuve la primera noticia de los asesinatos que cometieron contra unas monjitas buenísimas que iban a evangelizarlos y ellos, malísimos, las mataron a todas. Nos hicieron rezar por las monjitas, claro, y, aunque no nos lo pidieron expresamente, suplicamos a Dios para que castigara a esos indios y los exterminara a todos. Pero a todos. A las monjitas siguieron unos evangelistas que también eran malísimos porque eran evangelistas y no estaban dentro de la Iglesia Católica; sin embargo, eran norteamericanos y eso les salvaba de ser completamente malísimos. No sé si nos hicieron rezar por la salvación de sus almas, porque las almas de los evangelistas no tenían salvación, en el caso de que tuvieran alma. Quienes con toda seguridad no la tenían eran los aucas, de los que solo sabíamos que habitaban en el Oriente, andaban desnudos por la selva, comían carne humana y, como todos los salvajes ecuatorianos, reducían las cabezas hasta volverlas tzantzas.

Aucas también era un equipo de fútbol bastante salvaje, porque sus jugadores eran faulistas y no eran elegantes, cultos y universitarios como los de la Liga. Y aucas eran los jíbaros que también vivían en la selva; y aucas eran los niños que no saludaban correctamente, comían con malos modales y decían malas palabras, igual que los aucas. Después, cuando brotó petróleo en el Oriente y el dictador de turno hizo que el primer barril recorriera, en un desfile cívico, todas las provincias, antes de instalarlo con los honores y la pompa del caso en el Templete de los Héroes, los aucas comenzaron a llamarse huaorani. Entonces principiaron a levantarse voces en defensa de su territorio, del que les iban despojando las compañías que explotaban el producto destinado a mandarnos a todos de patitas a los quintos infiernos. Allí seguimos quemándonos, como ya sabemos. Ese tormento constituyó el centro de mis preocupaciones, por lo menos hasta el día en que Jorge Crespo Toral me prestó la Crónica. Entonces, gracias a monseñor Labaka, entendí que otro infierno -aún más infernal- era el de los huaorani. Y me adherí a su causa, que resultó una causa de vida, no de muerte. Que resultó una causa de legítima defensa, no de ataque. Que resultó una causa de una cultura distinta, no de ignorancia. Que resultó, en fin, una causa justa. Y que, por justa, es una causa perdida. Y que, por perdida, es la que me impulsa a batir a su favor la única lanza que tengo, que es la del periodismo. ¿Qué hubiera sido de mí sin el diario de monseñor Labaka? ¿Qué, sin su muerte? ¿Qué, sin su vida? ¿Qué, sin su testimonio? ¿Qué, sin su valentía?

Vitrina Internacional con noticias sobre su muerte

Bajo la coordinación de José R. Enríquez, promotor de la Fundación Alejandro Labaka, estudiantes de los colegios de Coca se movilizaron para buscar testimonios y recuerdos del personaje. Participaron estudiantes del Colegio Amazonas, Colegio Municipal y Colegio 12 de septiembre entrevistando a gente que lo había conocido y que aún recordaba su presencia. En estas páginas, algunos de los testimonios.

“Recuerdo que Alejandro Labaka era un hombre bien amable con toda la gente lo conocimos como Obispo aquí en el Coca, lo vimos por última vez el 16 de Julio de1987 cuando se lo invitó a que confirmara a  los jóvenes  en la comunidad”. Baltasar Castillo, 53 años.

“Mi papá trabajaba de jardinero en la misión Capuchina en Pompeya. Recuerdo que  ellos viajaban por el rio Napo hasta llegar a Rocafuerte y luego se dirigían donde los waorani,  se hospedaban en el vicariato  hasta un mes,  allí  les conocí en el año 1981.

Monseñor Alejandro Labaka tenía tres amigos quienes lo acompañaron durante 25 años y se dedicaron  a visitar a los Huaorani (Aucas) Sus amigos se llamaban Santos Dea, Mariano Grefa e Inés Arango. Actualmente solo vive Mariano Grefa. Monseñor Alejandro Labaka e Inés Arango solicitaban personas que les enseñen a los waorani a fabricar canoas, canastas, shigras artesanías kiwchas y fue el Sr. Mariano Grefa quien les ayudaba.

La otra persona que les ayudaba fue Santos Dea les enseñaba español y Kichwa. Santsos aprendió el idioma Huaorani   Monseñor fue adoptado y tenía como madre a una waorani llamada  Pahua y su padre adoptivo fue Inigua. Les visitaba muy seguido donde ellos estaban en Nuevo Rocafuerte.

A Alejandro e Inés  los mataron en el año 1987 en el rio Tiwino, cuando se dirigieron a ayudar a los Tagaeri (Aucas) los mataron con lanzas hechas por ellos, con sus propias manos. En ese entonces Don Santos Dea y Mariano Grefa no los pudieron acompañar, porque ellos estaban encargados de otros grupos en Nuevo Rocafuerte, por eso fueron solo los dos. Un mes antes de visitar esa tribu perdida en la selva, Alejandro Labaka les contó a sus tres amigos y a sus padres adoptivos que iría salvar a los Tagaeri (Aucas) de los petroleros que estaban próximos a llegar a explotar su territorio. Balbina Pimbo, 48 años.

“Lo conocí cuando tenía 12 años y Monseñor llego a Nuevo Rocafuerte. Era una persona muy buena que nos enseñaba muchas cosas además les traía provisiones desde EEUU, Cuando tenía 19 años fuí a trabajar a la misión de los padres.

A Inés Arango la conocí cuando trabajaba en el Hospital en 1978. Ella iba con el Padre Alejandro Labaka a visitar a los waorani (aucas), cushmas, y demás indígenas”. Alciva Ramos, 66 años.

“Yo tenía 29 años cuando Monseñor se ordenó como Obispo, él fue el primer Obispo del Vicariato Apostólico del Aguarico, yo pienso que la obra que el hizo, entregar la vida por el evangelio, ante Dios es un sacrificio muy grande.

La Hna. Inés fue misionera Capuchina ella también vino al Coca a predicar el evangelio. Inés ya sabía cuando iba a morir porque se conoce que en el momento de partir rumbo a los waorani, dejó una carta disponiendo de su poco dinero a su familia waorani. Dicen que una de sus hermanas le preguntó: ¿No te da miedo morir?. Ella rió y dijo: si muero, muero feliz.

Él, en cambio, no tenía temor de morir, Cuando ellos decidieron ir a visitar a los tagaeri lo hacían prácticamente desnudos, ellos comenzaron a hacer contacto, les tiraban alimentos  desde el avión. Dicen que ese día ya habían hecho contacto con los tagaeri, habían tenido aceptación por las mujeres,  en el momento que iban a ser alanceados las mujeres trataron de esconder a Inés entre ellas. El fue encontrado desnudo al pie de un árbo,l recostado sobre el tronco, Monseñor recibió creo que 17 lanzas  y la Hna. Inés 15, en el momento que dieron la noticia de su  muerte  todo el pueblo estaba consternado. A los dos hermanos  los declararon mártires. Ellos ahora descansan en paz en la iglesia Nuestra señora del Carmen en el Coca”. Rosa Melva Ajila, 65 años.

“Recuerdo que El 9 de Octubre de 1984 Alejandro Labaka fue consagrado en Coca como primer Obispo del Vicariato Apostólico del Aguarico. El cumplió el nuevo mandamiento que nos dejó Jesús que dice ”ámence los unos a los otros como yo los he amado”, el fue un misionero de las comunidades waorani que falleció el21 de Julio de 1987 en la selva donde vivían los waorani, el anunciaba el evangelio perono  bautizó a un solo waorani, porque nunca los waorani creyeron completamente en Dios”. Cleotilde Carmen Vega Averos, 51 años.

“Monseñor planificó su visita a los Tagaeri con el propósito de establecer con ellos, para evitar su exterminio por parte de las empresas petroleras. Así con la Hna. Inés Arango partieron en un helicóptero de la empresa CGG de exploración sísmica, llevándoles botas, machetes, ollas y algunos víveres. Cuando estuvieron sobre el bohío de este grupo, veían desde el aire que los invitaban, les bajaron las cosas que llevaron para ellos y las aceptaron, luego descendieron casi desnudos para identificarse con ellos y evitar ser rechazados. La nave regreso a la base para luego de dos horas regresar, se cumplió el tiempo fueron al lugar y se perdieron, regresando a la base para reabastecerse y dormir porque ya anochecía

Al otro dia en la mañana ubicaron el lugar, la sorpresa fue terrible estaban los cuerpos por el piso sin vida.Luego de ser informados, para el rescate participaron personal y naves militares. Tras recuperar los cuerpos masacrados a punta de lanzas, en el cantón Puerto Francisco de Orellana se levanto una capilla ardiente.

De esta manera la iglesia de Aguarico perdió a un ser humano, un gran cristiano, que para algunos detractores obedecía a intereses de las petroleras.Para quienes vivimos de cerca su entrega, fue Mártir en manos de seres a los que les fue arrebatado sus  territorios y nadie abogo por ellos”. Rafael B. Lalangui, 47 años, comerciante.

“Lo conocí cuando me casé, y, yo trabajaba en  donde los misioneros en Pompeya y Monseñor empeño en ir a donde los aucas, como los kichwa los llamaban.

Èl llegaba a Pañacocha y hacia el vuelo desde la Cía. CGG hasta Rocafuerte. Me contaba de la vida de los waorani  y decía que ellos eran recolectores de frutas y cazadores y me contó una anécdota  de lo que le había ocurrido cuando por primera vez había tenido contacto con los waorani. El contaba que cuando cayó la noche le dieron un espacio para que durmiera pero a los lados estaban dos jóvenes waorani y el Monseñor no pudo dormir en toda la noche porque los mayores se la pasaron cantando toda la noche y Monseñor tuvo bastante miedo de que lo mataran.

El Misionero cargaba un bolso y cuando llego a Pañacocha sintió un peso, cogió el bolso y cuando lo abrió encontró un colino de plátano que los waorani se lo habían puesto sin que se diera cuenta. El dijo que era un regalo y cuando fue por segunda vez al regreso encontró en su bolso un pedazo de palo de yuca.

Al subir entre Coca y Pompeya había un sitio  llamado Primavera, allí fue asesinado el Sr. Rodríguez esposo de la Sra. Carola Rivadeneira, esta señora era profesora de la escuela, y, un día, cuando Monseñor Labaka se pasaba por Primavera la Sra. Carola le llamó desde la orilla y le dijo al Monseñor que él protegía a los asesinos de su marido, porque en la lanza que atravesaron a su marido estaban la foto del Monseñor y las plumas de las gallinas que monseñor les había regalado.

Monseñor comenzó a estar más tiempo con los waoraniy decía que en ese grupo había una pareja que estaban bien viejitos, que lo bautizaron como su hijo, solo recuerdo el nombre de la mama que es Pahua. Gracias a sus padres adoptivos el tuvo la facilidad de aprender  el idioma y de acercarse cada vez más  a los waorani.

La última vez que me encontré con Monseñor y le pregunte ¿usted va a salir? , el me respondió, si estoy de viaje a donde los waorani y me voy con la Hna. Inés Arango, ellos se fueron en el helicóptero de la brigada”.  César Arturo Astudillo Torres

“Los recuerdo como unas personas buenas y nobles que les gustaba luchar por la gente más pobre, Alejandro e Inés decían que todos merecemos amor y respeto sin distinción alguna porque todos somos seres humanos.Al conocer a Alejandro e Inés pude comprender lo que es amar al prójimo.Recuerdo que Alejandro e Inés luchaban por los indígenas de aquí de Orellana y su visión era protegerlos y evitar el paso de las petroleras en los territorios indígenas ya que por  causa de las petroleras habían llegado muchos males a estas tierras.

En el momento en que  trabajaba en Quito con la misión Capuchina me enteré de la terrible noticia: que Alejandro e Inés habían sido asesinados por la gente que más querían. Yo no lo podía creer y envuelto en  llanto me acordaba de ellos cuando con una sonrisa me invitaban a entrar a la iglesia. Siempre estarán en mi corazón y siempre me acordare de ustedes y solo se terminara cuando yo muera”. José Emilio Alcásiga Farinango, 51 años.

“En el año 1984 yo estaba estudiando en el colegio Padre Miguel Gamboa cuando conocí a  Alejandro Labaka. Muchas veces Alejandro Labaka llegaba al colegio Gamboa y se iba los huertos que realizaban los estudiantes  de la parte agrónoma, a él le gustaba ir a conversar con los chicos de la parte agrónoma y ver como los chicos  criaban las gallinas, chanchos y también ver como sembraban los tomates, maíz,  pepinos y muchas cosas más.

Alejandro Labaka también llegaba a dar misa del miércoles santo, el iba luego curso por curso a colocarles la cruz  de ceniza en la frente a todos los estudiantes. Era muy rico en carácter, saludaba y conversaba con todas las personas.

Yo lo ví por última vez al Sr. Alejandro Labaka dando misa en la iglesia católica.Un 21 de Julio de1987 estaba yo en tercer curso cuando me enteré que había sido muerto por los waorani. No lo podía creer”. EnokHermidas, 38 años.

“Alejandro Labaka era una persona muy amable muy cariñosa  con todo el mundo, cuando me veía, me decía! hola estas bien ¡ y yo le decía, si hermano si estoy bien, el a todos saludaba con la mano, cuando iba a la iglesia el tomaba en cuenta a todas las personas.Cuando yo estaba lavando en el río y el pasaba en unas canoas era bien atento, alzaba la mano y saludaba a todos, la última vez que lo vi fue cuando se fue a donde los Tagaeri, a mi me dio mucha pena, porque él era una persona muy especial para todos”. Rosa América Rengifo Arroyo, 82 años.

“El fue un misionero dedicado a los waorani, a los aucas, fue una persona honesta, una persona que en realidad fue un mártir de  nuestro país.Quisiera que fueran más las personas así como fue el, cuando el murió me dio mucha pena porque no debería haber muerto así, no pensábamos que su misión iba a terminar tan rápido y sin haber logrado lo que él quería para esa gente”. María de Lourdes Palomeque, 50 años.

El Padre Alejandro Labaka era un cura que vino hace muchos años a Coca. También fue profesor del Colegio Gamboa en el año de 1978 mas o menos, en ese tiempo yo estaba en el tercer curso.Para mí fue uno de los mejores curas que conocí, además fue mi profesor de religión, como también fue compañero del padre Roque quien también fue profesor.Era un misionero que visitaba las muchas de las comunidades de los nativos de aquí de la región del río Napo.

Con la noticia de su muerte casi me da un infarto porque era una persona a la cual yo admiraba bastante, cuando escuché que el Padre había fracasado se me salieron las lágrimas porque fue uno de los mejores Padres de ese tiempo.Yo estuve presente en su velorio”. Stalin Bolívar Palomeque, 48 años.

“Cuando  yo estaba trabajando como albañil por el Yuca, comenzaron los rumores que Alejandro Labaka e Inés Arango los asesinaron un grupo de guerreros Tagaeri, junto a orillas del rio Tiguino en el oriente Ecuatoriano. Fui al velorio a despedirme por última vez y  había tantas personas  parte waorani, parte Kichwa, parte shuaras y lo lloraban por última vez. Recuerdo una mañana cuando  salí a trabajar junto al río estaba Alejandro con una canoa si no lo recuerdo mal llego una Hna. Mercedaria y me regaló un libro con pastas . Les di las gracias por el libro pensando que era una cosa beata. Yo ahora quiero recordar a Labaka como mi santo desnudo alanceado junto a su Hermana en la catedral de la selva.Yo quede admirado por ellos cuando aprendí muchas cosas, Descubrí que la fe es humildad y aprender a escuchar a los otros. Una vez yo bajaba a ver agua al río y vi algo extraño, eran compañías petrolíferas. La selva se encendió de rumores y la lucha empezaba.Alejandro quiso actuar como mediador. El estaba en su sede cuando se encendió la selva y yo salí corriendo a proteger mi casa. Alejandro pidió que lo lleven a conversar con los Tagaeri y ellos lo mataron. Yo nunca voy a poder  olvidar esa imagen. Ángel Benavides, 53 años.

“Lo conocí en el año 1974 cuando ingrese  a estudiar a los 16 años. El misionero era una persona gentil humilde y muy estricto en su trabajo con los estudiantes indígenas y colonos que estudiaban por la mañana. Hacia misa con los estudiantes y los pobladores y las hermanas que estaban ayudaban a la preparación de la misa y preparación de la comida y a lavar la  ropa.

Los estudiantes asistían al colegio Gamboa desde los puntos más estratégicos, es decir de las orillas del río Napo, Payamino, Río Coca y otros lugares. La comida en esa temporada existía en  la mayor parte del bosque  como pescado, carne de monte y otros.Lo recuerdo como uno de los hombres más ejemplares, preocupado por los pueblos no contactados, y, por nosotros los kiwchas que aprendimos con él sobre lo que es tener amor  sobre unos a otros sin diferencia que clase sea y que era muy trabajador  

Monseñor Alejandro Labaka era alto, grueso y tenía cabello blanco y hablaba el idioma kiwcha. Como parte de su trabajo controlaba a los internos y también los trabajos de la huerta .En el año 1987 me  gradué con el misionero y tengo firmado mi título de bachiller por él”. Esteban Illanes Arellano Álvarez, 52 años.

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