VIGÉSIMO ANIVERSARIO DE LA MUERTE

DE MONS. ALEJANDRO LABAKA

Y HNA. INÉS ARANGO

 

El próximo 21 de julio, de este año 2007, se cumplirán veinte años de la muerte “martirial” del obispo de Aguarico, Mons. Alejandro Labaka y de la religiosa terciaria capuchina Hna. Inés Arango. Son dos décadas, con el final del siglo XX y los primeros años del siglo XXI. La memoria de estos dos heroicos misioneros que no dudaron en arriesgar su vida para tomar contacto con un pueblo oculto de la selva amazónica, cuya supervivencia peligraba, ha continuado viva en la Iglesia misionera de Aguarico. La llama que dejaron prendida no se ha apagado. Pero tenemos que avivarla más. Con ocasión de esta fecha aniversaria, se proyectan algunos acontecimientos:

 

Peregrinación misionera a las tumbas de Alejandro e Inés.

Está programada ya esta marcha que partirá de Baños de Ambato, recorriendo los Vicariatos misioneros de Puyo, Tena, Sucumbíos y Aguarico. Esta peregrinación quiere ser una vivencia de Fe: dejarnos llevar por Dios como peregrinos descalzos en espíritu de conversión. Quiere ser un grito de denuncia de los atropellos contra los pueblos ocultos de la Amazonía, contra la contaminación provocada por la explotación del petróleo. Quiere ser un anuncio misionero: recorriendo tierras de misión, donde tantos misioneros y misioneras han regado su sudor y hasta su sangre, queremos reavivar la vocación misionera. Y todo culminará el 21 de julio, ante la tumba de Alejandro e Inés, en la catedral de Coca, para hacer el compromiso solemne de seguir su ejemplo y testimonio.

 

Celebración solemne del XXº aniversario de la muerte de Alejandro e Inés en Coca, el 21 de julio.

 

La Iglesia de Aguarico prepara este acontecimiento para recordar a su primer obispo y a una de sus heroicas misioneras.

 

*Acto social cultural en Quito.

Antes de finalizar el año, se proyecta celebrar en Quito, a nivel nacional, un encuentro sobre la figura de Mons. Alejandro Labaka y todo lo que supuso su vida para la Amazonía ecuatoriana. Y junto a él se recordará a quien le acompañó en vida y muerte: la Hna. Inés Arango.

La vicepostulación de la causa de canonización de Alejandro e Inés edita un número extraordinario del boletín Semillas del Verbo, para conmemorar el XXº aniversario. Y fundamentalmente contiene este nº 8 las biografías de los dos misioneros y algunos otros aspectos relacionados con esta celebración.

 

 

Vida de Mons. Alejandro Labaka (1920-1987)

 

Patria y familia

Beizama es un pintoresco pueblo del país vasco, en el norte de España, situado a 11 kilómetros de Loyola, la patria de san Ignacio. Y allí nació Alejandro, el 19 de abril de 1920 y fue bautizado el mismo día en la iglesia parroquial. Sus padres Ignacio María Labaka y Paula Ugarte contrajeron matrimonio en 1913, cuando él tenía 28 años y ella 22. El matrimonio fue bendecido con 9 hijos, aunque dos murieron a poco tiempo de nacer. Dos serán religiosos capuchinos y sacerdotes: Manuel y Alejandro. Y aún viven otros dos hermanos: Pedro, ya nonagenario y Felisa, que tendrá una presencia especial en la vida de Mons. Alejandro. La madre murió a los 45 años, el 22 de diciembre de 1936. En su hijo Alejandro dejó un recuerdo imborrable que se refleja en varias de sus cartas.: “Siento una gran gratitud hacia mi madre porque en sus brazos aprendí a conocer a Jesús y a amar a su Madre María. De ella aprendí a tenerles siempre presentes y a amarles desde el fondo de mi corazón a través de toda mi vida” El padre murió el 13 de noviembre de 1957. El hogar fue para Alejandro una escuela de fe: “No faltaba nunca el rezo del Rosario, algunas oraciones a la hora de las comidas y se daba gran importancia a la Misa dominical” –como escribe el Padre Domingo Labaka.

Estudió la enseñanza primaria en la escuela nacional de Beizama, de 1926 a 1931.

Siguiendo las huellas de su hermano padre Domingo, estudió las humanidades en el seminario capuchino de Alsasua, de 1932 a 1937. Vistió el hábito capuchino en el noviciado de Sangüesa el 14 de agosto de 1937 y emitió los votos religiosos en la misma ciudad el 15 de agosto de 1938, con el nombre de fray Manuel de Beizama. Estudió la filosofía en Estella, de 1939 a 1942 y la teología en Pamplona, de 1942 a 1946. Se ordenó de presbítero, de manos de Mons. Joaquín Olaiz y Zabalza, obispo dimisonario de Guam (Oceanía) en la iglesia del convento de Extramuros de Pamplona, el 22 de diciembre de 1945. Durante todo el tiempo de su formación se destacó por su entusiasmo por el ideal misionero.

 

Un hombre de paz en la guerra

Llamado al servicio militar, cuando ardía la guerra civil española de 1936 a 1939, se incorporó al Regimiento de América de Pamplona en agosto de 1938. En noviembre del mismo año le destinaron al frente de Teruel-Muela del Sarrión, donde se ocupó en la sección de censura de la correspondencia y en la ayuda al capellán. Participó en el desfile de la Victoria en Valencia; de junio a octubre estuvo acuartelado en Porriño, Pontevedra, y gracias a la prórroga obtenida por razón de estudios, volvió al convento de Estella. Sin duda que fue una etapa difícil, en la que Alejandro mantuvo su fidelidad a la vocación, superando atractivos y ofertas.

 

Algunos rasgos personales

Un compañero de estudios lo define así:

“Tenía un cuerpo sano, bien formado y su estatura rondaba los 175 cm. Era de carácter alegre y optimista, complaciente con todos, tranquilo y seguro de sí mismo y de su triunfo. No había nervios ni en su actividad, ni en sus pensamientos, pues sabía esperar a que los demás se convencieran de su verdad. Su trato era fraterno, sencillo y confiado, pero firme y tenaz en sus decisiones.”

 

Vocación misionera

En diciembre de 1945 escribió al padre Provincial: “Mi alegría sería inmensa si el Espíritu Santo se dignara escogerme, mediante su Reverencia para extender la Iglesia y salvar las almas en misiones y sobre todo donde haya que sufrir”. Y en esa carta manifestaba su deseo de ser destinado como misionero a China., a la misión de Pingliang. Y fue aceptada su petición. Y comenzó a preparase.

En 1946 recibió lecciones teóricas y prácticas de medicina en el Hospital Civil de Pamplona. Lecciones que le resultarán muy útiles cuando tendrá que estar al frente de un dispensario médico.

 

Viaje a China

El 13 de abril de 1947, en la iglesia de San Antonio de Pamplona, se despedían solemnemente siete capuchinos destinados al Oriente: tres a Filipinas y cuatro a Pingliang, Kansu, China.

Después del rezo del rosario y una fervorosa alocución de circunstancias, expuesta en el altar la reliquia del protomártir de Propaganda Fide, San Fidel de Sigmaringa, recibieron el crucifijo de misionero de manos de Monseñor Enrique Delgado Gómez, Obispo de Pamplona. Terminó la ceremonia con la palabra ardiente del padre Alejandro, que electrizó al numeroso auditorio, expresando los vivos sentimientos de apostolado que inundaban su henchido espíritu.

A su paso por Zaragoza, visita el santuario de la Virgen del Pilar. Y allí va a tener lugar un momento especial de su vida: pide la gracia de ser mártir. Así lo expresa en una carta que escribe a su hermana Felisa: “Te advierto que ante la Virgen del Pilar de la que tengo tan gratos recuerdos, no acierto a hablar de otra cosa. ¡Felisa, sé siempre muy devota de la Virgen! Mañana diré Misa ante su camarín. ¡Qué alegría! Le pediré me conceda la gracia de ser mártir, dando toda mi sangre por Jesús, por María, por las almas”.

El 28 de abril de 1947 embarcaron los siete misioneros en el puerto de Barcelona a bordo del Haleakala, que ostentaba el pabellón filipino. Con ellos viajaba el padre Provincial en plan de visitar pastoralmente a nuestros religiosos. Pasadas las incidencias propias de un largo crucero por mar, al atardecer del día 27 de mayo arribaron al puerto de Manila.

Muy grata fue la convivencia con los capuchinos de Manila, pero breve en el tiempo. Llegado el “General Meigs” al puerto, embarcaron el 11 de junio; el 13 atracaron en Hong-Kong y a las 2 horas del día 15 llegaron a Shanghai.

Un día antes escribió el padre Alejandro: “Mi alegría es grande. Cuanto más nos acercamos a China, mayor es mi alegría”.

Trocada la vestimenta occidental por la típica de China y practicadas numerosas diligencias burocráticas, el 6 de agosto salieron en tren a las 7 horas y después de varios estacionamientos y cambios de trenes, llegaron el día 13 a Sianfú. Platicadas nuevas diligencias de viaje salieron en camión completamente abierto al amanecer del día 20 para llegar al mediodía del 22 a Pingliang, ciudad del Kansu. Demás está ponderar la alegría de encontrarse con los otros misioneros y de reunirse todos en la iglesia para la acción de gracias.

 

China, la misión soñada: Pingliang, 1947-1950

Hoy la Iglesia católica tiene puestos sus ojos en China. El papa Benedicto XVI acaba de escribir una carta a los católicos de China. Alejandro Labaka es un misionero que ha llevado en su corazón toda la vida a China. Su testimonio es muy actual.

Desde el año 1926 trabajaban en la misión de Pingliang capuchinos de la provincia de Navarra (España). Cuando llega Alejandro, hay 17 sacerdotes capuchinos, cuatro hermanos capuchinos, 8 sacerdotes nativos, 6 hermanas terciarias capuchinas y 8 religiosas chinas. Y Alejandro se enrola en este ferviente grupo misionero.

Su primera tarea fue la de estudiar el chino hasta poder comunicarse en esa lengua que le parecía “endiablada” por su gran diferencia con las lenguas europeas. Reanudó también sus clases de medicina con la esperanza de dirigir algún dispensario.

En junio de 1949, a medida que los comunistas se iban apoderando del territorio de China, los misioneros, temiendo lo peor, fueron preparando su ánimo para afrontar la nueva situación con entereza, reafirmando su fidelidad a Cristo, Francisco y la Iglesia, aunque fuera al precio de su vida.

Pasando por alto otras incidencias generales y particulares, cabe destacar la presencia del padre Alejandro en el recibimiento que le tributaron los misioneros y cristianos al recientemente consagrado Obispo de Pingliang, Mons. Ignacio Larrañaga, de la que nos dejó una crónica interesante; debido a su apostolado por correspondencia, el señor Obispo le felicitó públicamente; y por medio de los cuadros del Vía Crucis y otros dibujos de temas religiosos, que adornaban las salas del Dispensario, hacía un importante apostolado.

 

Tsining, 1950-1953

Tsining es una ciudad situada a 110 kilómetros de Pingliang, en una zona montañosa. Cuando fue destinado el padre Alejandro a esa ciudad, no encontró ningún cristiano. Acompañado del seminarista Chang y de un catequista, instalaron un dispensario en el arrabal meridional. Desde el mismo comenzaron su actividad sanitaria y espiritual.

Para mantener la comunicación fraterna y tenso el espíritu, primero el padre Andrés y después el padre Jenaro pusieron en circulación unas hojas mecanografiadas. Más tarde se hizo cargo de su publicación con el nombre de “La Montañesa” el padre Alejandro, por encontrarse más libre que los demás misioneros.

En Tisining sufrió varios interrogatorios policiales; estuvo vigilado y confinado; sufrió mucho por la soledad y la pobreza, por las denigraciones de la prensa, por los falsos rumores y por cuantas noticias le llegaban sobre la persecución religiosa.

Un párrafo de una de sus cartas, da pie para comprender algo de sus sufrimientos: “Un día, fatigado por el mucho trabajo de dispensario y con el corazón prensado y oprimido por las noticias de la Iglesia de China, salí a respirar un poco de oxígeno en las orillas del río Tsining y tras un saludable baño en sus aguas, comencé insensiblemente a cantar: “Mi premio ha de ser, oh Madre, al pie de un árbol morir; de todos abandonado, de todos menos de Ti”, Oh, querido hermano, casi tenemos al alcance de la mano todas estas cosas; pero, ¡cuán flaca es la carne! Y de nuevo sentí pena de que no estuvieras aquí junto a mí, para hacerme el dúo, como en la despedida de España, ante Radio San Sebastián. Tras esa ráfaga fugaz de pesimismo o de nostalgia (llámala como quieras) me inundó la paz y la serenidad recordando: “Tú hermano y otros muchos, muchísimos, hacen por mí más, mucho más que lo que significaría hacerme compañía en esta soledad”.

 

Expulsado de China

El 5 de diciembre de 1948, Alejandro escribe una carta a su superior religioso P. Genaro de Artabia: “Le suplico humildemente que, si el Señor llega a creernos dignos de padecer algo por Él, y endereza los pasos de los comunistas hacia nuestra misión, me dé su paternal bendición y obediencia y me deje en cualquiera de las estaciones de la Prefectura. Creo que mi pena mayor sería si me mandaran huir”.l

Por su buen hacer en Tsining el padre Alejandro se había ganado los corazones del pueblo. Pero los comunistas, fieles a su programa de acción, el 6 de enero de 1953, le manifestaron la necesidad de adherirse a la Iglesia Independiente China siguiendo perentoriamente las leyes comunistas o la de salir del país.

El padre Alejandro rehusó las dos primeras. Enterado el pueblo de Tsining de lo que se estaba tramando, instaron a los comunistas a que le dejaran vivir con ellos porque era necesario para el cuidado de los enfermos. Ante la inflexibilidad de las autoridades comunistas, el pueblo de Tsining se volcó ofreciéndole todo lo que pudiera necesitar para hacer un viaje feliz.

El 4 de febrero del mismo año y en el mismo tren fueron expulsados de China, fray Alejo y el padre Alejandro, pero viajaron sin saber nada el uno del otro, hasta que ambos se encontraron el día 17 del mismo mes en la frontera China de Hong Kong. Llegado a España, fue destinado al convento e Fuenterrabía el 29 de marzo de 1953.

 

Ecuador, patria del corazón.

Mons. Alejandro Labaka fue ecuatoriano de adopción. Permanecerá en Ecuador 33 años. El quiso nacionalizarse y así lo hizo. Ecuador fue su patria adoptiva, su patrian cordial.

 

Pifo, 1954-1957

La tranquilidad del convento de Fuenterrabía no iba con su temperamento de apóstol. Cerradas las puertas de China, un nuevo campo misional se abría para esta provincia capuchina en el Ecuador. Y allí se fue el padre Alejandro, embarcando en el puerto de Barcelona a bordo del trasatlántico “Antoniutti Usodimare” el 18 de marzo de 1954, siendo compañeros de expedición el padre Félix de Gomecha y Santiago de Lazcano, fray alejo de Bidania y fray Antonio de Alsasua. Arribó al puerto de Guayaquil el 10 de abril de mismo año.

Al poco tiempo de su llegada fue destinado a la población de Pifo, con el cargo de superior y párroco de la iglesia de san Sebastián.

Pronto se captó las simpatías de la población por sus cualidades personales por la grandeza de sus proyectos. Mejoró la calidad de la enseñanza, estableciendo un colegio regido por religiosas; intensificó la catequesis infantil y de adultos, su palabra fogosa era escuchada a diario por numerosos radioyentes; construyó la escuela de la Divina Pastora para la AMF, mejoró la casa parroquial y consiguió para sí mismo el título de bachiller en humanidades modernas de Ecuador.

 

Superior Regular de Aguarico, 1957-1958

Sin esperarla, llegó a Pifo la noticia de que el padre Alejandro había sido nombrado Superior Regular de Aguarico el 4 de noviembre de 1957. El lleva 3 años en Ecuador. La misión capuchina de Aguarico había sido erigida el 6 de noviembre de 1953. En ella trabaja un grupo de capuchinos, de los que el P. Alejandro es nombrado superior. En virtud de este nombramiento, el día 15 de diciembre se trasladó a Quito y desde allí en una avioneta llegó hasta Rocafuerte. Él no hizo nada ni en pro ni en contra del clamor de los pifeños, pero poco después escribía una carta a los Superiores, pidiendo perdón por si hubiera dado algún mal ejemplo.

Personas influyentes de Pifo presionaron ante las autoridades civiles y eclesiásticas para que volviera el padre Alejandro. Los Superiores accedieron a que regresara a Quito, pero su destino no fue Pifo.

El 26 de diciembre escribía: “Confieso que yo estaba muy hecho a Pifo y muy ilusionado con mi trabajo, pero no me ha costado dejarlo, viendo en todo la voluntad de Dios”.

 

Guayaquil, 1958-1960

Vuelto a la Custodia, los Superiores le destinaron el 24 de marzo de 1958 a la Sagrada Familia de Guayaquil, donde ejerció los cargos de Párroco y Director del Colegio. Su obra más ponderada fue la adquisición de los terrenos para el colegio “Guillermo Roedhe”.

En octubre de 1959 escribía: “Estoy contento del todo y tengo todo el trabajo que quiero. Tan sólo pretendo reiterar mi ofrecimiento para las misiones más difíciles”.

Sigue soñando en Aguarico… y en China.

 

Quito, 1960-1965

El 14 de abril de 1960 fue nombrado Custodio Provincial y por lo mismo se trasladó al convento de Quito. Su programa de gobierno transcurrió intensificando el apostolado parroquial y el de los colegios. Al ser reelegido para otros tres años, manifestó su deseo de afianzar el espíritu franciscano capuchino, ordenar las actividades externas por cauces franciscanos y establecer los colegios necesarios para la formación de los seminaristas ecuatorianos.

De ahí su honda preocupación por el fomento de las vocaciones, la construcción del colegio de San Lorenzo de Brindis de Quito, el establecimiento del Seminario en Quito en lugar de Pasto, la imposición de horarios de vida comunitaria y la esperanza de que los seminaristas de Tulcán fueran estudiantes de Teología en 1965.

 

Prefecto Apostólico, 1965

El 15 de febrero de 1965 fue nombrado Prefecto Apostólico de la misión de Aguarico, en reemplazo del padre Higinio Gamboa. El 21 de marzo se realizó la investidura de Prefecto Apostólico, en la iglesia parroquial de Concepción de Iñaquito, a las 10,30 horas, a cargo del Nuncio Apostólico de su Santidad, Monseñor Alfredo Bruñera.

El padre Alejandro tomó la palabra para agradecer el honor que se le tributaba, exponer brevemente cuanto se había hecho y quedaba por hacer en el plan misional, exaltar las realizaciones de su antecesor a quien reemplazaba por su quebrantada salud y ofrecerse a seguir con su mejor voluntad los planes de evangelización del Aguarico.

El 15 de mayo de 1965 se firmó en Quito el contrato entre el padre Alejandro y la Directora General de la AMF, Juliana Oliden, para que esa institución se hiciera cargo del hospital “Franklin Tello” de Rocafuerte.

 

Concilio Vaticano II, 1965

En el transcurso del Concilio Vaticano II, se vio la conveniencia de la presencia de los Prefectos Apostólicos. El Papa Juan XXIII, los convocó y por ese motivo Monseñor Alejandro asistió a la Cuarta Sesión, desde el 14 de septiembre al 8 de diciembre de 1965.

Fue una ocasión óptima para conversar directamente con el Sumo Pontífice sobre la misión del Aguarico y recabar orientación sobre la licitud de exponer la vida de los misioneros, de los seglares y la suya propia en la aventura aguaricana y conocer mejor el nexo con los lingüistas de Limancocha.

El 19 de noviembre de 1965 Mons. Alejandro, hallándose en Roma como padre conciliar del Vaticano II, dirige una carta al papa Pablo VI: “Tengo en la misión de Aguarico tribus salvajes, conocidos con el nombre de aucas, que matan a los que entran en sus dominios…Beatísimo Padre: si en los designios de Dios, fuera necesario el sacrificio de alguna vida para llevar a Cristo a estas tribus, dígnese ofrecerme juntamente con la Víctima divina, en su Santa Misa, para que sea digno de esta gracia.” Sigue permanente en él la decisión de entregarse hasta la muerte, hasta el martirio.

Se calmaron sus inquietudes cuando se le recomendó que leyera cuanto dice Santo Tomás en “De fuga tempore persecutionis” y las normas “de prudentia pastorali” de Benedicto XIV.

 

Aguarico. Descripción

La Misión de Aguarico fue encomendada a los capuchinos de esta Provincia capuchina en 1954. Comprende una extensión selvática de 28.000 km2., entre los ríos Napo y Aguarico. El clima es cálido y húmedo, las comunicaciones se hacían solamente por los ríos y sus habitantes vivían dispersos o en grupos tribales, aislados totalmente del mundo civilizado.

Para 1966 ya se habían establecido algunos núcleos de población en viviendas fijas, se habían organizado algunos cultivos para su comercialización, se habían liberado algunas familias de la esclavitud y ya se disponía de tres hospitales, dos dispensarios, un orfanato, veinte escuelas, un colegio de segunda enseñanza para señoritas y un aeropuerto.

Indígenas

En una gran extensión del Aguarico había unas tribus con las que los misioneros todavía no se habían encontrado. Provistos de una avioneta sobrevolaron sobre aquel territorio, entre 1965 y 1967, echando al mismo tiempo alimentos y objetos que pudieran interesar a los indígenas. El experimento no dio resultado; los indígenas no se movieron de su tierra; la avioneta no encontraba lugar apto para el aterrizaje y los misioneros desconocían el lenguaje huaoraní. Más tarde el padre Alejandro recurrió al presidente de la República para pedir un helicóptero que le sirviera para poder contactar con los huaoranís y halló la solución al problema.

El petróleo

Destacados y estudiados previamente importantes yacimientos petrolíferos en Aguarico, aparecieron en 1967 las primeras compañías interesadas en la explotación del oro negro. Con ellas venían dinero y maquinaria, avalancha de trabajadores, mezcla de lenguas y un nuevo estilo de vida social. Los misioneros tuvieron que improvisar nuevos métodos de evangelización para los indígenas y para los advenedizos.

 

Renuncia a su cargo, 1970

Contemplada la metodología evangelizadora a la luz de las normas dadas en el Concilio vaticano II y en las Constituciones capuchinas, se dividieron las opiniones entre los misioneros. Ante esa situación, el padre Alejandro optó por su sacrificio personal, renunciando al cargo de Prefecto Apostólico, renuncia que le fue aceptada el primero de octubre de 1970. En esta etapa de su vida, a sus 50 años de vida, Alejandro pasa por una noche oscura. La decisión que tomó de renunciar a su cargo fue muy meditada: hizo ejercicios espirituales, se confió a su acompañante espiritual, como él escribe: “Acabo de realizar mis ejercicios espirituales, y, obtenida la bendición del padre espiritual, quiero acudir a su Paternidad Rvma. Para exponerle con filial sencillez mi situación. Pido que se me releve de mi cargo de Prefecto Apostólico de Aguarico, permitiéndome rehacer mi vida como simple fraile capuchino”.

 

Coca y Enokanque, 1971-1975

Liberado del cargo de Superior eclesiástico y hasta de consejero, el padre Alejandro no perdió su espíritu misional, sino que lo intensificó en las parroquias, colegios y hospitales; intercedió ante las autoridades gubernamentales y petroleras en pro del pueblo huaoraní y publicó en OPI unos estudios, a manera de reportajes periodísticos, sobre la Historia y actualidad de Aguarico. (Véanse los números 64, 65 y 67 de 1973).

En ellos exponía un programa viable en pro de los intereses del pueblo huaoraní y terminaba con una súplica perentoria: ¡Salvemos a nuestro hombre amazónico y su cultura!

En Coca continuó la construcción del colegio agropecuario “Miguel Gamboa” y fue nombrado Rector del mismo con sueldo oficial del Gobierno. Otra obra importante, que no llegó a realizarse, pero que le enaltece, fue la autorización para construir una casa de formación de hermanos capuchinos.

 

Nuevo Rocafuerte, 1976-1977

En la asamblea del 1 al 7 de febrero de 1976, el padre Alejandro fue nombrado segundo consejero del Superior Regular, padre Manuel Amunárriz y desde el 15 de julio del mismo año fue el principal responsable de la pastoral. El 24 de abril del año siguiente se reunieron los capuchinos en asamblea para analizar la vida de fraternidades y la vida apostólica. Al considerar que había que tomar con mayor empeño la evangelización de los huaoraní, se le encomendó al padre Alejandro dicha evangelización y se le liberó de otras responsabilidades que pudieran impedirle su dedicación plena.

 

Convivencia y adopción huaorani

El 3 de agosto de 1976 pasó una temporada con los trabajadores de las compañías petroleras. Éstos estaban molestos por las visitas de los amigos de lo ajeno. La CEPE contrató al joven Huaorani, Samuel Padilla, quien al dominar la lengua indígena y el castellano, podía ser un buen intérprete. El apostolado del padre Alejandro fue el de mentalizara los trabajadores en la paciencia, serenidad y comprensión, a fin de evitar acciones violentas. También tuvo la idea de impulsar una campaña orientada a la integración nacional de los huaoranís, ya convirtiendo el territorio en reserva nacional y reserva huaoraní, ya en explotación petrolera e integración nacional.

Mediante algunos trabajadores huaoranís su nombre y su misión llegó a las familias indígenas, que hasta deseaban conocerlo. El 23 de diciembre de 1976 descendió en helicóptero cerca de algunas viviendas huaoranís. Los indígenas le recibieron alborozados, recogieron los obsequios que les llevaba y le invitaron a pasar con confianza. A una señal convenida entre ellos fueron acercándose otras personas y familias totalmente desnudas. Le hicieron infinidad de preguntas. Él afirma que su mayor apostolado fue el del aguante, ante tanta curiosidad y el de la generosidad al proveerles de comida y bebida. Otro elemento de curiosidad y apostolado fue el crucifijo colgando al cuello. Le preguntaban: ¿Qué es esto? Él les contestaba: Éste es Jesús, la Madre es María y besaba el crucifijo y agregaba en varias lenguas: Murió por nosotros en la Cruz. Resucitó y vive en nosotros.

Al atardecer se fueron retirando los huéspedes y una familia le invitó a pasar la noche con ellos y claro, primero había que hacer los preparativos para acomodarlo. Él trató de conciliar el sueño, pero los nervios, el llanto de los niños y la oración de la Señora perturbaban la tranquilidad requerida.

Al día siguiente se acercó en paños menores hasta el jefe de familia Inihua y Pauha, su señora. Les dijo que desde ahora ya formaban una sola familia. Se arrodilló ante ellos y les llamó padre y madre. Ellos, uno tras otro, pusieron sus manos sobre los cabellos de Alejandro. Éste se desnudó completamente y besó las manos de sus padres adoptivos, reafirmando ser una misma familia con ellos. Se vistió de nuevo y en la conversación surgió el parecido de los hombres de los padres de Beizama y los de Aguarico: Ignacio e Inihua y Paula con Pahua.

Sobre las 16 horas del día 24 regresó en helicóptero a Peñacocha.

Después de estas convivencias con los huaoranís no pudo menos de exteriorizar los sentimientos de su espíritu con estas palabras: “Me he sentido muy agradecido al Señor, porque externamente me he sentido tan realizado como seguidor de San Francisco. Pero otras veces tengo que pedir a Dios que me envíe su Espíritu para que internamente, en mi alma, tenga el desprendimiento de mí mismo y me revista de sólo Cristo”. (OPI, n.119 (1977), p.24).

 

Defensor de los derechos de las minorías.

En 1977 hubo de repetir el papel de intermediario entre los trabajadores de las compañías petroleras y las visitas poco amistosas de los huaoranís.

Aun cuando él sabía el significado de unas cuantas palabras huaoranís, no había aprendido todavía la formación de las frases y por lo mismo no podía entablar una fluida conversación. Por aquellos contornos funcionaba el Instituto Lingüístico de Limoncocha, dependiente de la Universidad de Oklahoma (USA). Con humildad franciscana se acercó a sus dirigentes, les expuso su necesidad personal y la de los otros misioneros y logró que esa entidad prestigiosa organizara un curso gratuito de lenguaje huaoraní para los capuchinos.

Este esforzado misionero, bien se merecía unos meses de descanso en la Madre Patria. Así lo hizo. Pero no perdió el tiempo. Sus fotos de los huaoranís se convirtieron en filminas. Las ordenó en forma de conferencia y las fue proyectando con gran éxito en San Sebastián, Pamplona, Bilbao y otras ciudades. Sus conferencias, charlas y visitas tuvieron la gracia de mover diversos bienhechores. Y desde Quito escribió el 29 de octubre, agradeciendo a todos la buena acogida que le habían dispensado.

 

Agravios que no se olvidan

Al parecer se había logrado un clima de convivencia pacífica con los indígenas en 1978. Pero éstos no habían olvidado el acoso que sufrieron sus antepasados por los caucheros, ni las molestias que les prodigaron los buscadores de oro, ni los ruidos estrepitosos de la maquinaria petrolífera que espantaba y ahuyentaba la caza. Incursionaron sorpresivamente, asesinaron y robaron. Estos acontecimientos obligaron al padre Alejandro a reflexionar más y más sobre la metodología arriesgada y paternalista que estaba practicando.

 

Nuevo Rocafuerte, 1979-1982

En la asamblea del primero de marzo de 1979, el padre Alejandro describió las tres líneas básicas de la evangelización que estaban llevando a cabo lenta y progresivamente: a) una presencia fraterna; b) un conocimiento de la cultura y descubrimiento de las semillas del Verbo, y c) presentación de la persona y del mensaje de Jesús en sus elementos fundamentales.

Una vez que los misioneros expusieron sus experiencias y opiniones, el presidente de la asamblea, padre Rufino Grández, hizo este comentario: “Al ir escuchando la relación de los que trabajan en la carretera y el río, al ir oyendo hablar de las cooperativas, de las comunas y de los líderes nativos –germen de los ministerios-, al prestar viva atención al informe sobre el grupo de los secoyas y sionas, ese Espíritu del Señor que da discernimiento y gozo, nos hacía abrir los ojos para exclamar: ¡Esto es la Iglesia de Cristo!”. (B.O. n.200 (1979), p.94).

Al término de esa asamblea, el padre Alejandro fue nombrado Superior Regular de los Capuchinos de Aguarico para el trienio 1979-1982.

 

Teoría y práctica

Tanto la CEPE como la C.G.G. recurrían frecuentemente a la presencia del padre Alejandro entre sus obreros, porque estando él había más paz, más seguridad y mayor rendimiento en el trabajo.

El padre Alejandro a su vez veía cada vez con mayor claridad el peligro que amenazaba al pueblo huaoraní. Por eso recurrió en 1979 a una campaña televisiva, en la que fue explicando a posibilidad de compaginar la riqueza petrolera del Oriente y los derechos humanos de la minoría étnica huaoraní. La CEPE tomó en consideración los argumentos expuestos en la televisión y decidió postergar por algún tiempo la operación planeada; en cambio los ministros del Gobierno de la nación no lo tomaron en mayor consideración.

Entre las notas de su apostolado cabe mencionar la importancia que concedía a la visita frecuente a las familias conocidas y simpatizantes y a los maestros que conocieron el castellano, quichua y huaoraní.

En su informe al Capítulo Provincial de 1981 ponderó la afluencia incontrolada de numerosos colonos pobres, a medida que se extendía la carretera a través de la selva aguaricana para la explotación de los pozos petrolíferos. Explicó cómo estaban empeñados en la formación de comunidades cristianas y de líderes locales para el ministerio laical, mediante cursos teóricos y prácticos de catequesis, liturgia y organización de comunas.

 

Huaoranis, ¡bien venidos!

El 6 de abril de 1981, un grupo de huaoranís llegaron esperanzados a la misión de Rocafuerte, diciendo que ellos no querían vivir lejos, sino cerca; que sufrían mucho en la selva por falta de alimentos y por no haber remedio para sus enfermedades. Como no había lugar para darles alojamiento, el padre Alejandro les propuso su traslado a Pompeya. Ellos le aceptaron y hechos los preparativos del viaje, la hermana Inés les acompañó y se quedó un tiempo prudencial en Pompeya. Se esperaba y deseaba que aprendieran el castellano, que se iniciaran en algunos trabajos prácticos y que tuvieran mucho tiempo de ocio al estilo de la selva. Entre tanto se iría pensando en algún otro programa.

 

Reelegido, 1982-1985

En febrero de 1982 presidió el Capítulo Provincial de Quito y fue reelegido Superior Regular para el trienio 1982-1985 y además le nombraron responsable principal de la pastoral indígena. Prueba de la confianza de los misioneros en su persona y en su gestión es la repetida elección como superior. El escribía por esas fechas: “Pronto tendremos el capítulo para la elección de nuevo Superior Regular. Ojalá me dejen libre para dedicarme más detenidamente y con más método a nuestras pequeñas minorías”.

 

Pro-Prefecto de Aguarico, 1982

Con fecha 4 de noviembre de 1982, el Nuncio Apostólico de Ecuador, Monseñor Vicenzo Farano, comunicó al padre Alejandro su nombramiento de Pro-Prefecto desde esa misma fecha y que, de conformidad al canon 309, párrafo 2, debía asumir todo el gobierno y continuar en el cargo, mientras la Santa Sede no dispusiera otra cosa.

En el informe al Capítulo Provincial de 1984 expuso algunos aspectos comunes al personal de Aguarico y al progreso de la vida comunitaria. Manifestó vivo deseo de implantar la Orden Capuchina. Insistió en el problema de los colonos: quienes llegaban sin propiedades, sin trabajo remunerado, con poca formación religiosa y frecuentes problemas morales y familiares. Dijo también que estos problemas no solamente rebasaban las posibilidades de los misioneros, sino también la previsión de los ministerios de Salud, Educación y Otras Públicas. Prometió finalmente que tomaría mayor empeño en la formación el clero nativo.

 

Obispo-Vicario Apostólico de Aguarico: 1984

Con fecha 2 de julio de 1984, el Santo Padre, Juan Pablo II, se dignó elevar a Vicariato Apostólico, la Prefectura Apostólica de Aguarico y designó al padre Alejandro Primer Vicario Apostólico, con carácter episcopal sobre el territorio confiado a los capuchinos.

Los telegramas y parabienes de sus familiares, de los Superiores Capuchinos y de las autoridades civiles y eclesiásticas, más interesadas en este asunto, no se hicieron esperar. El 9 de diciembre de 1984 la catedral de Coca estuvo a rebosar. Veinte obispos participaban en la ordenación episcopal. Actuó como consagrante principal Mons. Maximiliano Spiller, misionero josefino de la lindante misión de Tena. Desde España llegó su hermana Felisa con otros familiares. Un grupo numeroso de huaoranis miraban asombrados la ceremonia. En su homilía dijo Mons. Alejandro: “Al recibir en este día la plenitud del sacerdocio, quisiera abrirme en actitud de humilde servicio hacia todos y cada uno de vosotros que constituís esta Iglesia particular de Aguarico. Como humilde servidor de esta Iglesia quiero invitar a todos a trabajar con esperanza y alegría en la formación del Reino de Dios sobre esta tierra. Y pido otra gracia: que pueda volver a la Misión de China, a Pingliang, con sacerdotes y agentes de pastoral de esta Iglesia de Aguarico”.

Es admirable la persistencia de la vocación misionera “ad gentes”, sueño que lo extiende también al Ecuador. En su escudo episcopal puso su lema: “Cristo en todos. Todos para todos. Semillas del Verbo”. Finalmente, después de haber hablado en castellano, quechua y huaorani, saludó en euskera a sus parientes y familiares allí presentes.

 

Viaje a China

En el corazón de cuantos misionaron en Pingliang, quedó la nostalgia de volver algún día a su puesto misional y a su cátedra del Seminario pingliano. En el ánimo de los Superiores estaba proseguir la evangelización de la diócesis de Pingliang. Las leyes de China en orden a la inmigración habían cambiado. En esa coyuntura los Superiores tuvieron a bien que el padre Alejandro y el padre Juan Santos Ortiz de Villalba viajaran a China y vieran las posibilidades reales de continuar la evangelización de nuestra misión. Y fue un viaje maravilloso, donde se renovó el deseo de volver un día como misionero a China. Y quiere contagiar a otros de su ideal: “Resucitar la presencia misionera de los capuchinos en Pingliang… Sonó el gong como llamada de Dios. Ojalá que muy pronto vendrá la diplomacia vaticana y la de China y se abrirán mutuamente las puertas para unas relaciones de fraterna amistad”. Palabras proféticas para los acontecimientos que se están dando recientemente.

 

Actividades apostólicas

El 8 de noviembre escribía desde Nuevo Rocafuerte cómo había visitado las escuelas de Pantera, Tahantinsuyo y las Bilingües de Campo Eno, Cantesiayá, Centro Cebayá, Cuyabeno, Zancudo, y las que se organizaran para el próximo año en Shirannuca y en Cuchi Isla. Y cómo le preocupaban las divisiones e incomprensiones de los grupos humanos, la animadversión de colonos e indígenas por la posesión de la tierra y el peligro del cultivo y tráfico de hierbas narcóticos. OPI, n.228 (1984), p.28.

 

Abogado de los huaoranis

El 28 de diciembre de 1984 incursionaron de nuevo grupos tribales y una vez más Mons. Alejandro abogó en su favor y se calmaron los ánimos.

En marzo de 1985 se dirigió al Gerente General de la Corporación Estatal Petrolera Ecuatoriana (CEPE), al Ministro de Recursos Naturales y al Presidente de la República, exponiendo en nombre propio y de la Iglesia del Ecuador, que el gobierno debía proteger y amparar los derechos humanos del pueblo huaoraní que estaba en peligro de atropello y extinción en el plan petrolero de la CEPE. Agregó a esa exposición una copia del plan que él había ideado y se había firmado por la CEPE en 1979 para la pacificación del grupo de los tagairi.

La respuesta del Ministro de Recursos Naturales fue positiva y alentadora. En virtud de la misma, Mons. Alejandro llegó a un convenio temporal con la CEPE el 15 de octubre de 1985.

El 14 de junio de 1986 la CEPE propuso a la Conferencia Episcopal Ecuatoriana que se sirviera delegar a Mons. Alejandro o a quien estimara oportuno para integrar el grupo de trabajo que se encargara de preparar el plan de acercamiento al grupo tagairi.

Plan de amistad tagairi

Como resultado de estas y otras muchas diligencias, el 15 de agosto de 1986 se llegó al siguiente “plan de amistad tagairi”:

a)         Operación reconocimiento: Localizar las casas y posibles lugares de aterrizaje, mediante vuelos de helicóptero.

b)         Operación donativos.

c)         Operación contacto directo.

Monseñor Alejandro, Director del programa, señaló unas cuantas personas que podrían realizar estas operaciones, señalando también a la hermana Inés Arango, experta en el proceso voluntario de integración huaoraní, experimentada en las convivencias con los huaoraní y conocedora de su idioma.

 

Signos peligrosos

En los primeros días del mes de mayo, cerca del pozo Dicaron, aparecieron señales peligrosas, propias de los tagairi, como la valiza atravesada en el camino y las hojas cortadas y pisadas.

Monseñor Alejandro inició entonces el plan de acercamiento. Invitó a la hermana Inés y se le asoció la hermana Consuelo Rico. No llevaban armas, tan sólo tenían una radio para comunicarse con el campamento base. Al cabo de tres días de estar en la selva regresaron sin haber contactado con los tagairis. Escena semejante a ésta se produjo del 7 al 11 de junio del mismo año. Alarmas similares se multiplicaron en distintas ocasiones, suponiendo que los huaoranis robaban en las compañías petroleras.

Monseñor actuaba con tesonera constancia, a fin de compaginar los derechos humanos de los huaoranís con el derecho de los ecuatorianos a explotar la riqueza del Oriente para bien de todos.

La hermana Inés intuía que, no siendo necesarios en a vida normal de las personas tantos robos de alimentos, combustible y otros objetos, había de suceder alguna cosa mala.

Las idas y venidas de Monseñor al Instituto Ecuatoriano de Reforma Agracia (IERAC) consumieron la paciencia de los personeros del IERAC, para quienes más que obispo les parecía que fuera un revolucionario (OPI, n.282 (1987), p.21).

El 15 de abril de 1987 caducó el convenio entre la CEPE y el Vicariato. A primeros de mayo se amplió hasta el 30 de noviembre.

Teniendo presente que Monseñor debería estar en España el 15 de agosto para la celebración de su cincuentenario de vida religiosa y que las compañías petroleras apuraban sus programas, se comprende que también Monseñor deseaba contactar con los tagairis lo antes posibles.

 

Se acerca el fin

En julio de 1987 Monseñor Alejandro voló una vez en helicóptero para inspeccionar el lugar donde suponía que vivían tagairis, voló dos veces más echándoles regalos en plan de sincera amistad. En el último de esos vuelos notó que le hacían señas con los brazos. Para él era signos de que los tagairis deseaban más regalos y que deseaban que descendiera hasta ellos.

Entonces se decidió que Monseñor Alejandro y la hermana Inés, terciaria capuchina de la Sagrada Familia, descenderían el día 21 de julio.

La hermana Inés dejó escrita una nota aclaratoria de unas cantidades de sucres que había en su habitación y al final de la misma escribió de su puño y letra: ¨Si muero, me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mí. No busco nombre... ni fama. Dios lo sabe. Siempre con todos. Inés”.

Los compañeros de Monseñor Alejandro recuerdan que él dijo en cierta ocasión: “Si muriese, mi testamento es que no hay represalias”.

 

Su muerte trágica

Monseñor Alejandro y la hermana Inés, preparados psíquica y espiritualmente, descendieron del helicóptero sobre tierra tagairi sobre las nueve horas del 21 de julio de 1987, llevando nuevos obsequios y el mensaje de paz y bien.

Desde el primer momento se presagiaba el fracaso, porque el recibimiento no fue claro, ni clamoroso, ni multitudinario. Alejado el helicóptero y estando a merced de los tagairis, éstos adoptaron un comportamiento violento: arrojaron sus lanzas contra los dos visitantes y les dieron muerte; luego cumplieron su ritual de que los niños clavasen sus lancetas sobre el cadáver.

El día 22, hacia las diez de la mañana, un piloto de la CEPE y el padre Roque Grandes sobrevolaron el mismo lugar y alcanzaron a ver a Monseñor e Inés, tendidos, alanceados y sin vida. ¿Qué había pasado? ¿Hay testigos de su muerte? Ciertos datos posteriores nos llevan a pensar en lo que sucedió las últimas horas antes de la muerte. Los huaoranis del Tigüino han hecho varias incursiones en territorio tagaeri. Y han llegado a algunas de sus casas. Al verse sorprendidos una de las veces, huyeron precipitadamente; pero se trajeron la grabadora y un cassete que se llevó consigo Alejandro. Y en el año 1993, a los seis años de la muerte, entraron por la zona tagaeri y raptaron a una muchacha, llamada Omatuki. La llevaron a Tigüino y la retuvieron 10 días. La trataron con mucho respeto y la colmaron de regalos. Y ella se atrevió a contar lo que sucedió con Alejandro e Inés cuando descendieron del helicóptero. Más o menos es así su relato:

“Los dos extranjeros (Alejandro e Inés) llegaron y fueron bien recibidos por las mujeres y los niños. Repartieron regalos. La mujer (Inés) se puso a cocinar con ellos. En este clima de armonía estaban, cuando llegan los hombres adultos de cacería. Al ver a los “cohuori” (extranjeros), quieren matarlos. Se oponen las mujeres. Hay discusión. Y uno arroja su lanza sobre Alejandro. Y otro, otro… Sigue el rito de las lanzas”.

 

El rescate

Inmediatamente se hicieron las diligencias necesarias para el rescate. La CEPE colaboró con el helicóptero Helitan, en el que fueron al lugar de la masacre los capuchinos José Miguel Goldáraz y Roque Grandes, el coronel Núñez y trece soldados; también fletó el helicóptero Gacela en el que fueron cinco personas de la mencionada compañía. La Brigada de la Selva, 19 Napo, acantonada en Coca contribuyó con un helicóptero artillado, en el que fueron un comandante y dos soldados.

Desde el Helitan descendieron sobre una charca diez soldados, seis de ellos para cubrir la operación y cuatro para la operación directa del rescate. Luego descendió el padre José Miguel Goldáraz, quien se puso al frente del grupo y a golpe de machete contra los matorrales de la selva abrió camino hacia los 200 metros de la charca hasta el lugar donde se hallaban las víctimas. Éstos estaban separados a unos seis metros el uno del otro. Desnudo el de Monseñor, si se exceptúa el cumbi; descalza, pero vestida normalmente la hermana Inés. El padre José Miguel arrancó quince lanzas del cuerpo de Monseñor y tres del de Inés. Un soldado arrancó también alguna otra lanza.

Envueltos los cuerpos en bolsas de plástico se izaron uno tras otro hasta su ubicación en el helicóptero y luego se repitió la operación hasta que el padre José Miguel y los diez soldados se instalaron en el helicóptero y regresaron a Coca. La operación rescate había comenzado a las 13,30 y a las 15 horas ya estaban los cuerpos inertes entrando en el Hospital de Coca para su inspección y preparación. Tomó parte en esta fase el sacerdote y doctor padre Javier Aznárez, nacido en Pina de Ebro, ayudado de otro doctor de Coca, sor María Luz Elena Restrepo y sor Imelda Pérez, religiosas terciarias capuchinas de la Sagrada Familia. Ellos apreciaron y cosieron noventa y tres heridas en el cuerpo del padre Alejandro y veinticinco en el de Inés. (OPI, n. 280 (1987), pp. 36 y 72).

 

Funerales

El 23 de julio, un grupo de Obispos, representando a toda la Conferencia Episcopal Ecuatoriana, concelebró la misma exequial en Coca, ante numerosa cantidad de fieles devotos.

A requerimiento del pueblo y de gentes que avisaron que venían de lejos, se postergó la inhumación de los cadáveres. Al día siguiente, a las 11 horas, comenzó la misa de funeral. Presidió la concelebración el Sr. Obispo de Lago Agrio, don Gonzalo López de San Miguel de Sucumbíos y le acompañaron dos Obispos, don Julio Parise del Napo y D. Mario Arroyo de Macas, además de otros sacerdotes. Entre los numerosos asistentes estaban las hermanas de Inés, sor Cecilia y sor Fabiola, religiosas terciarias capuchinas de la Sagrada Familia, quienes habían venido desde Medellín con su Superiora Provincial, sor Vence.

Los féretros estaban colocados en el mismo lugar donde Monseñor Alejandro se postró y tendió en la ceremonia de su consagración episcopal.

La gente quería verles de cerca, tocar los féretros, llevarse algún recuerdo, llevar en andas lar urnas. Fue necesario que un grupo de soldados contribuyera a salvaguardar el orden. Así se procedió a inhumarlos en dos fosas excavadas en la catedral de Coca.

También se hicieron funerales en los capuchinos de Quito, Pifo y Sagrada Familia, en Beizama, en la iglesia de capuchinos y en la iglesia del Buen Pastor de San Sebastián, y en la iglesia de San Antonio, de Pamplona.

El Sumo Pontífice, el Gobierno ecuatoriano y otras autoridades enviaron telegramas de condolencia.

La prensa ecuatoriana y española y otros rotativos extranjeros publicaron abundante información en torno a este suceso. Los capuchinos aguaricanos publicaron dos boletines dedicados a estas dos víctimas de los tagairis y de su ideal caritativo. La Curia Provincial de Capuchinos de Burlada publicó, asimismo, cinco números extraordinarios de OPI y facilitó amplia información a los periodistas interesados en conocer la vida del padre Alejandro de Beizama.

 

Veinte años después.

El 21 de julio de 1996 se abría en la catedral de Coca, capital de la provincia de Orellana y sede del Obispo-vicario apostólico de Aguarico, la causa de canonización de Mons. Alejandro Labaka y Hna. Inés Arango. El sucesor de Mons. Labaka y actual Vicario apostólico, Mons. Jesús Esteban Sádaba, actor de la investigación diocesana, nombró el tribunal correspondiente. La causa consta en el INDEX CAUSARUM de la Congregación de las causas de los santos con el nº de protocolo 1968. Desde la apertura de la investigación diocesana son ya Siervos de Dios.

A los veinte años de su “muerte” martirial por amor, de su entrega hasta dar la vida, su memoria sigue viva. No podemos olvidarlos. No podemos olvidar su testimonio heroico hasta dar la vida por las minorías de nuestra Amazonía. Discípulos y misioneros, sus figuras son muy actuales en la llamada que el documento de la Aparecida hace a toda la Iglesia de América Latina para que se ponga en misión.

La memoria eclesial de Alejandro e Inés tiene que seguir viva. Allí en la Amazonía reposan sus cuerpos alanceados. Sobre su tumba se ha escrito el versículo evangélico: “No hay amor más grande que dar la vida por los que se ama” El grito silencioso de esa tumba nos llama: a amar, a mar más, a amar hasta dar la vida. Nos llama a luchar como ellos por los pueblos ocultos indefensos, por la justicia y los derechos humanos de ellos.Por llevar el Evangelio hasta los rincones perdidos de la selva.

Y tú, ante esta llamada, ¿qué respuesta vas a dar?

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