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Yo tuve la suerte de encontrarme en Nuevo Rocafuerte, en el río Napo, en la época en que los largos sueños de Alejandro de contactar con el pueblo huaorani se hicieron realidad. Vivía en este pequeño paraíso amazónico desde 1970, como misionero y como médico director del Hospital “Franklin Tello”. Conocía, ¡cómo no!, la larga historia de desencuentros entre la etnia “huaorani” y los “cohuore”, a partir de la trágica desaparición de los cinco misioneros del Instituto Lingüístico de Verano, en 1956. También, los repetidos y baldíos esfuerzos que los capuchinos habían realizado para contactar con ellos y sembrar un clima de paz y comprensión.

Alejandro Labaka se había marcado como hito importante de su tarea como Prefecto Apostólico esta misma finalidad, desde su llegada en 1965, pero nunca sus esfuerzos fueron coronados por el éxito. Se encontraba en Nuevo Rocafuerte, ya liberado de sus tareas como responsable principal de la Iglesia de Aguarico, enfrascado en las cotidianas actividades misioneras, cuando a mediados de 1976 aparece la presencia amenazante de un pequeño grupo huaorani en medio de la selva, allí donde la Compañía Petrolera CCG se encuentra realizando estudios geofísicos y donde pequeños campamentos de trabajadores, hombres quichuas y colonos, se sienten inquietos y amenazados. Había surgido providencialmente la oportunidad tantas veces soñada y los capuchinos decidimos enviar a Alejandro para integrarse en estos campamentos selváticos y desde dentro iniciar una labor de acercamiento y pacificación.

CRÓNICA HUAORANI brota de una manera espontánea, de la pluma inquieta e inquisitiva de Alejandro, como “páginas de campo”, escritas la mayoría de ellas tras cada visita y cada encuentro con el pueblo huaorani. Nunca tuvieron el carácter de una obra pensada y de síntesis del largo, profundo, inesperado y sorpresivo encuentro con el pueblo que siempre le produjo una verdadera fascinación. Yo tuve la oportunidad de participar en muchos de esos viajes y de encontrarme dentro del encuentro intercultural, sembrado de momentos deliciosos y otros llenos de inquietud y zozobra que lo desconocido entraña. En el fondo profundo de esta tarea se asienta el misterio de un diálogo que hunde sus raíces en el Evangelio y que acepta la singularidad de cada ser humano y de cada pueblo, con sus propios lechos culturales y sus innegables valores. Aprendimos a vivir entre ellos y a descubrir un mundo lleno de lo que Alejandro repetiría tantas veces: “las semillas del Verbo”. Aprendimos, sobre todo, a no tener prisas y a dejar en “Otras Manos” la fructificación de estos esfuerzos en favor de la paz y el respeto entre los pueblos.

Alejandro escribía, al regreso de cada expedición, en su austero cuarto que formaba parte de la carpintería de la Misión, su peculiar meditación; se interrogaba sobre el significado de lo que había ocurrido y los aciertos y frustraciones que habían surgido. Los registros técnicos eran tarea mía. Las páginas escritas las compartíamos y nos ofrecían frecuente materia de conversación. Unas y otras pasaron a engrosar una de las carpetas del archivo de nuestra casa de Nuevo Rocafuerte.

Cualquiera que lea estas páginas descubrirá, escondidas en ellas, retazos fundamentales del corazón de Alejandro. Un corazón capaz de respetar, admirar, acompañar y entregarse, a todos, pero en especial, a quienes forman parte privilegiada de la humanidad simple, en contacto directo con la naturaleza, con sus valores y sus fragilidades, sin haber sido tocada por los vericuetos complejos de la civilización. Era capaz de descubrir vida profunda, fraternidad envidiable, tecnología increíble en el empleo de materiales simples, arrancados al entorno inviolable, tan inhóspito para cualquier otra cultura tecnificada. Admiraba y se extasiaba ante una vida humana primitiva, pero ¡tan rica!

Yo reconozco que sus ojos enriquecieron mi propia visión y con él siempre me encontré en medio de aquellos minúsculos grupos humanos cómodo, feliz, capaz de disfrutar de una aventura humana que da a nuestra cultura humanidad y frescura.

                                   Manuel Amunárriz

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