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Un escrito que no llegó a publicarse

 

Introducción de diciembre de 2011

Este escrito lo compuse estremecido por la lectura de la Crónica Huaorani – así se escribía entonces – que comenzaba a publicar Alejandro Labaka en el Boletín Informativo OPI (Curia provincial de capuchinos – Burlada), justo después de haber leído las cinco primeras entregas en esta revista. Lo escribí para enviarlo a esta publicación fraterna de los hermanos capuchinos de Navarra-Cantabria-Aragón, provincia a la que pertenecía nuestro misionero. Pero... no me atreví, no lo pasé a máquina; me parecía demasiado íntimo. La dedicatoria de esas hojas a mano decía: “A la Iglesia Huaorani que ha empezado a nacer, con profundo deseo y respeto: Un cristiano en una colina del Arga”.

En aquel tiempo yo estuve tres años (septiembre 1975 – junio 1978) en la ermita de la Virgen del Castillo, de Miranda de Arga, en Navarra. Por la mañana trabajaba en el pueblo con la gente, en el campo; por la tarde hacía oración ante el Santísimo y celebraba la Eucaristía para el pequeño grupo de gentes que venían. Aquel domingo, yo leí lo que el P. Alejandro había escrito. Me quedé desbordado, sin palabras, lleno de una emoción que me embargaba todo. Por la tarde, no creí violar la adoración, si al tiempo de la adoración a Jesús sacramentado escribía esta “acta de Iglesia”. No pensaba que Alejandro iba a ser mártir. Por eso, este artículo tiene el valor de alguien que no alaba al mártir, sino que queda estremecido ante un testigo.

Puebla, 21 diciembre 2011.

 

De una tirada he leído hoy, Día del Señor, la Crónica Huaorani que en cinco entregas nos brinda el veterano misionero Padre Alejandro Labaca. Ningún día más propicio que el Domingo –sangre y resurrección – para esta santa lectura que la saboreo como acta de Iglesia.

Y ahora por la tarde, a la vera del Señor, mientras la copa dorada descansa sobre el altar, yo estoy ante Él y ante los Aucas, pensativo con la cabeza baja y el bolígrafo que quiere correr entre los dedos. Mil impresiones se ciernen sobre mi alma como nubes y colores en una tarde densa de verano. Mil pensamientos acuden y quieren asomarse a esta puerta viva que quiere hablar. Evoco en mis adentros la pluma del escribano, aquella pluma de ave con la que del corazón bullente se escribió el Salmo 44 para las nupcias de un Rey.

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La primera criatura que bulle y alarga la cabeza para salir es un ¡Gracias!, hijo del corazón. Gracias, Hermano Alejandro. He gozado leyéndote y una plácida sensación de bienestar espiritual me ha embargado durante sta jornada, evocándote en la verde jungla. Muy vano y ridículo sería que yo adobase mi gratitud con la adulación. Indigno de mi pecho y mucho más del tuyo, indigno de todos los lectores a los que hablan estas líneas de fe y comunión. Lo que he leído no hermosea las alhajas de la literatura. Tu escueto lenguaje de sabias raíces - ¡Beizama! – me lleva alas escueta indumentaria de los indígenas de la selva. Pero decía que trato de leer este testimonio como Acta de Iglesia.

Al decir “gracias”, me urge en el alma un “no”. Algo quisiera hablar. Nos distingo el recato y la presunción. ¿Por qué yo?, me digo. ¿A título de qué? ¿De qué magisterio, de qué singularidad...? A título de nada, amigos. A título de que la ermita es ancha como el cielo terrestre, a título de que la Virgen cobija como inmenso toldo para que allí se encuentre la fantasía y el amor.

* * *

Hay dos momentos cruciales en esta historia Huaorani. El primero es aquella liturgia elemental en el bohío, la entrañable vivencia del Rito de adopción. Está el padre Ynihua y la madre Paua; tú, de rodillas, luego despojado, como Francisco despojado ante el Obispo de Asís. Así ene este esbozo sacramental entraste como hijo, de cuerpo y corazón, en el corazón de aquellos hijos de Dios, hoy amables hermanos míos. Los nombres, escritos en preciosa hoja, han de pasar a la liturgia de estas puras alturas.

El segundo momento álgido de emoción fue aquella catequesis del crucifijo. Yo quiero nombrar a esta catequesis profética. Las piedras comprenden cuando el corazón habla.

Con el crucifijo les decías según el Espíritu y nos lo comentas:

“Es Jesús; la Madre, María – les repetías en Huaorani -. Mientras, queriendo completar el mensaje que espero que el Espíritu les haga entender, añadías en otras lenguas como el Quichua, Euskera, castellano: Murió por nosotros en la Cruz. Resucitó y vive entre nosotros. Una de las veces quise decirlo en Chino (¡oh limpio poeta!) y me trafulqué...” (n. 117, pág. 28). Refieres que el joven Araba “besó tres veces el crucifijo”.

Y yo continúo en lo profundo la historia, p0orque las aguas del Arga van a fundirse con el G. C., Dicaron y Ñamengono que llevan aliento de los Aucas al Amazonas.

Alejandro, esto es ni más ni menos que el nacimiento de la Iglesia. Al saberlo, unos e siente católico, orgulloso de una Iglesia a la que con voz antigua de los siglos llamamos Madre, la santa Madre Iglesia. Y como la iglesia comunión, nadie nos puede impedir el gozo de compartir contigo y con vosotros lo que un día de enero ocurría en la selva de los Aucas, de aquellos terribles y misterioso Aucas.

Estabas engendrando a al Iglesia. Me remito a la convicción que Pablo expresa a los Corintios (2Co 4,15). Y esto es solemne como la Encarnación del Verbo, porque al fin de lo mismos e trata.

Vuelvo a la catequesis de aquellos encuentros, para juntar en aquel kerigma la misión e los apóstoles y de los cristianos que Mateo nos ah escrito en el capítulo 10. Aquella misión, en personas al parecer ajenas a las aulas, es audacia, fantasía, impulso, carisma. Es que Jesús se responsabilizaba del asunto y él los lanzaba a la misión en alas de un poder, que es el Espíritu. Acepto con sensatez, por supuesto, que para hablar a la gente hay que aprender al lengua que la gente habla. Pero más claro que esto es el Mensaje que no puede esperar. Más duro, sí, que la Buena Nueva no puede estar atada a nuestra lengua, porque los hombres nos entendemos, ante todo, por vía de amor. Por eso el misionero de antes yd e hoy es audaz y pone su pie donde acaso la imaginación se había tenido que parar.

La Crónica Huaorani me dice que la Iglesia misión es acontecimiento de Dios, y esto es mucho más interesante que todas las aventuras y “brujerías” que nos pueden venir de todos esos rincones.

* * *

Además de todos los trances de vida esas Actas Huaorani me enseñan con tremenda potencia a vivir en franciscano, si al expresión es justa. Devanamos la cabeza en nuestra fatigosa investigación e los ideales primigenios. Valiosa labor, por cierto. Y con todo no son las depuradas investigaciones lo que dan lo último. Son los trances de vida los que enseñan y los que provocan la respuesta generosa. A vosotros se os ha dado la gracia de asistir a la vida en este abrupto de precivilización. Lo humano está en lo inicial, la pobreza de esas gentes noe s opción, sino estado de nacimiento, vida y muerte. No es pobreza, es otra indigencia más radical y primaria. Y ¡claro!, vivir tan al lado de ellos, durmiendo en sus hamacas, en circunstancias que son “trances”, algo se pega de ese clamor elemental que viene de dentro, donde está lo verdadero del hombre, que vivir no es pensar sobre cómo se podría vivir, sino puramente vivir.

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Adiós, hermanos, los de la Iglesia de Aguarico, todos, que estáis esparciendo un aire perfumado y refrigerante por el entorno cántabro y la vertiente del Ebro de nuestra provincia.

Un apretón de manos, o mejor un abrazo bien sacudido con la palma de la mano a la espalda, juntando los corazones.

Rufino Grández