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El 21 de julio de 1987 la noticia de la muerte del obispo Alejandro Labaka y de la hermana Inés Arango, causaba revuelo. Su muerte no fue como la de cualquiera. Murieron atravesados por enormes y gruesas lanzas de chonta, en un bohío en la selva, en su intento de establecer un puente de amistad con un grupito de indígenas aún “no contactados” y el resto de la sociedad nacional.

Las nuevas generaciones y los nuevos moradores de la provincia de Orellana no saben quien es aquel héroe que da nombre a calles, locales comerciales, parroquias, puentes. La verdadera muerte es el olvido. La Fundación, que también lleva su nombre, se ha propuesto mantener vivo su recuerdo. Y, a las puertas de las celebraciones de los 25 años de su muerte, abrirá, en Coca, una exposición peculiar, con fotos de su vida, con su historia y con el trayecto que recorrió este hombre, desde su pueblo, Beizama, hasta la legendaria China, su primer destino misionero, y de ahí, en 1954, y con 31 años, a Ecuador, en un periplo intenso, cargado de emociones y de sensibilidad, en una entrega total a los más débiles y desprotegidos: los habitantes de la Amazonía.

La muestra recoge distintas facetas del personaje. Desde su llegada al Ecuador y su estancia en Pifo y Guayaquil y la cercanía con su gente hasta su fin con las lanzas de los tagaeri, clavadas en su cuerpo, pasando por la fascinación que tuvo frente a la diversidad cultural del país, su relación con los kichwas, sionas y secoyas, y su nuevo nacimiento entre los waorani, con padre y madre adoptivos, en una lección de inculturación y de querencia hacia los pueblos minoritarios del país.

La exposición mostrará, en fotografías y con soportes de lona, su preocupación por el desarrollo de la Amazonía: en cada uno de los pueblos por donde pasó (Shushufindi, Sachas, Coca, Enokanke, Pompeya, Pañacocha, Rocafuerte, dejó alguna obra (escuelas, colegios, hospitales, iglesias y capillas, parroquias o cantones) con la que se lo recuerda. No solo tendía puentes entre las distintas culturas sino que, además, fue un constructor.

Una de las obras de mayor envergadura, y uno de sus mayores legados, ha sido el Cicame, Centro de Investigaciones Culturales de la Amazonía Ecuatoriana, creado en 1975 con varios objetivos: el fortalecimiento de la organización indígena y, dentro de él, la creación de las comunas y la capacitación y formación, así como la investigación cultural. Hoy Cicame tiene, en su fondo editorial, un centenar de títulos que van desde la gramática y el diccionario kichwas, hasta investigaciones sanitarias en la región.

Dicen que Alejandro Labaka no tenía miedo. Que esa sensación que nos vuelve tan débiles a los seres humanos frente a la adversidad o peligro, estaba ausente de sus sentidos. Así como hay gente que no tiene olfato, o que no tiene afinado el oído, él, no tenía miedo. También dicen que era testarudo. Y muy suave, amable y respetuoso en el trato con los demás. En las fotos siempre se lo ve sonriente. Incluso se le ve sonriente en esa última foto, en la que se le hacía realidad su vocación de martirio. Tal vez porque sabía, que “si no iba él… los mataban a ellos”, como dijo antes de partir al bohío de los tagaeri. De alguna manera, había cumplido con su misión en la defensa de los pueblos y territorios indígenas.

La Fundación Labaka ha preparado, además de la muestra que se abre este 1 de octubre y que pretende ser itinerante y llevarla a algunos puntos del país, una nueva edición de Crónica Huaorani, su bitácora entre los waorani, ilustrada, esta vez, por Antonio Oteiza, un vídeo conmemorativo y una serie de materiales multimedia para conocer su obra y entender el alcance de su gesta, inspiración para muchos defensores de la selva, del Yasuní y de la Amazonía. La muestra se completa, además, con un retrato que el pintor Marcelo Aguirre le hiciera al personaje.

¿Qué ha pasado en estos años?

El tema de los pueblos ocultos o aislados sigue siendo parte de la agenda pendiente hoy en día, 25 años después de la muerte de Alejandro Labaka. Se reclaman todavía medidas de protección y los muertos con lanza han sido noticia en estos últimos años (una matanza en el 2003, un trabajador de la madera muerto en el 2005, otro en el 2006, otro más, en el 2007 y tres miembros de una familia colona en el 2009).

Sin embargo, su muerte no fue del todo inútil. Murió en el 1987. Hasta ese momento, a los waorani se los llamaba, despectivamente, “aucas”, un sinónimo de “salvajes”. A partir de la muerte de Labaka y del reconocimiento de su misión y de su cercanía con los habitantes del Yasuní, se les empieza a reconocer sus derechos, su dignidad, y su nombre: waorani, que quiere decir, gente.

En 1992 el gobierno de Rodrigo Borja entregó el territorio waorani. En 1999 se declaró una zona intangible dentro del Parque Nacional Yasuní, precisamente en la zona donde el Obispo y la hermana Inés Arango, murieron. Al menos hasta hoy, esa zona no ha sido explotada por el petróleo, aunque ha sido, en gran medida, saqueada por la madera. En el 2007 se firmó la Política Nacional de Pueblos Aislados, para proteger a aquellos por quienes Alejandro Labaka dio su vida. De alguna manera, el nombre de Alejandro Labaka ha inspirado a las políticas de protección a unos pueblos que, hasta el día de su muerte, fueron negados. Él, sin duda, se adelantó a acontecimientos y a preceptos que hoy están en el debate.

Por supuesto, no fueron suficiente ni la muerte ni el martirio. En gran medida, los problemas de ayer se repiten hoy en día, con nuevas concesiones petroleras en lugares donde se presume (e incluso se confirma), la evidencia de estos grupos humanos.

Alejandro Labaka sería tildado hoy con el tremendo calificativo de “etnocida” por haber procurado el acercamiento pacífico con estos pueblos llamados “sin contacto”. Sin embargo, probablemente, de haber tenido éxito en su propósito, los habitantes del clan tagaeri no tendrían que andar hoy, como fantasmas errantes, huyendo de todos quienes los han empujado al abismo de la extinción. Tal vez se hubieran evitado algunas muertes, si se hubieran escuchado con atención sus palabras. Y si se releyeran hoy, sus cartas.

En un artículo, publicado en febrero del 77, Alejandro Labaka proponía dos cosas: “conseguir el consentimiento de ellos para la explotación petrolera o que el Gobierno declare como reserva todo el territorio ocupado por estos grupos, que el Estado ecuatoriano renuncie a los trabajos petroleros en zonas donde habitan estos pueblos y que priorice los trabajos de explotación de los tantos pozos positivos ya descubiertos y en plena producción”.

 

“Estas muertes se suceden en señal evidente de defensa de sus propios derechos más sagrados, arbitrariamente violados”.

 

“Es probable que los trabajos de la industria petrolera en la misma zona, habitada por ellos, cruzando las líneas muy cerca de sus casas y de sus chacras, y además con el intenso volar de helicópteros y detonaciones sísmicas, haga desaparecer la principal fuente de subsistencia que es la cacería y la pesca, y constituye una flagrante provocación en contra de todos los derechos humanos del pequeño grupo más digno de respeto y protección”.

“La explotación del campo (igual que hoy, el llamado campo Armadillo), a un par de días de donde se asientan los pueblos tagaeri/taromenani, constituye otra gran provocación, y, por otra parte, entraña el propósito de genocidio en el momento que se note el menor obstáculo al trabajo petrolero. En consecuencia, solicitamos suspender y postergar esa operación hasta que el mismo pueblo que allí habita pueda comprenderla y autorizarla. Rechazamos todo intento de usurpación, desalojo, reubicación forzosa o disminución excesiva de su espacio vital”, escribía en 1976.

 

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