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INES RECORDEMOS (seis meses Inés con nosotras)

Te recuerdo muy bien Inés cuando llegaste a Coca para encargarte de esta comunidad. Eran las doce del día del mes de Enero del 87. Yo salía de la Escuela Fiscal de dar catequesis, en mi memoria está tu figura, sencilla, descomplicada; venías de un largo viaje por el río Napo 360 Km., que nos distancian de Rocafuerte. Venías cargada con tu equipaje de misionera; un bolso en la mano y colgada de tu hombro una chigra tejida por los Huaoranis; venías pobre, sandalias en tus pies, tu delantal sencillo, y una sonrisa que te acompañaba cuando tu destino era servir. Llegamos a la casa a la media cuadra, te recibimos con amor y sobre todo con agradecimiento, por haberte ofrecido para aceptarnos.

Ahora quiero recordar algunos episodios de tu vida aquí en Coca. Con la Comunidad empezaste a trabajar con entusiasmo. Te agradeceremos el empeño e interés por hacernos adelantar en el espíritu de oración y en la fraternidad.

Pero sobre todo Inés nos has dejado el gran testimonio de tu servicio y esto con los más necesitados. Te integraste y conseguiste una amiga de tu confianza para visitar y llevarles el mensaje del evangelio a las prostitutas, lo hacías los lunes en las tardes. Ya algunas las motivaste por la Biblia, pues te vi en la salita de la casa con una de ellas explicándole la palabra de Dios.

No escatimaste ni la hora, ni la oscuridad de la noche, no la llovizna que caía para hacer el bien. Recuerdo una noche eran las 8 y media, cuando llegó una a esa hora casi llorando y nos dijo que una amiga suya que vivía sola se estaba muriendo y allí mismo sin pensarlo dos veces saliste en compañía de otra de las hermanas. La casa era a orillas del río Payamino. Caminaron largo rato bajo la lluvia. La señora estaba mal, mandaron a buscar un taxi: la llevaron al Hospital, luego fuiste a la farmacia a comprarle las medicinas y cuando ya la dejaste bien atendida, volviste a casa a las once de la noche.

Un día te invite para que fuéramos a ver a un niño enfermo; había nacido invalido. Llegamos a su casa y desde este momento te hiciste cargo de este pobre niño que estaba en estado lamentable. Fue el momento providencial para él, pues sufría mucho y sus padres muy pobres no podían atenderlo debidamente. Con muchos sacrificios lo llevaste a Quito a una guardería del estado que con mucha dificultad te lo recibieron. Pero allí cumpliste esta gran obra de misericordia, que en nuestra carisma N. Padre Fundador lo insinúa, proteger la niñez desamparada.

Te afanaste porque en la Escuela Fisco Misional estuviera bien organizada la catequesis y ya tenías la intención de celebrar, ayudando a las clases y al profesorado.

Con un grupo de señoras organizaste un estudio de Biblia. Te recuerdo en las tardes calurosas de Coca salir entusiasta con tu Biblia bajo el brazo, a compartir con ellas la palabra de Dios y ayudarles en sus problemas familiares.

Los Padres Misioneros, cuando tenían algún caso sobre personas necesitadas o sobre indígenas, acudían a ti reconociendo tu espíritu de caridqad y servicio. Visitabas las familias y procurabas darle solución a sus problemas. En fin en tan poco tiempo que estuviste al frente de esta comunidad y misión en el Coca fue mucho lo que hiciste en bien de sus gentes y de nosotras tus hermanas capuchinas.

Pero lo que sí superaba en tu persona era el amor por los Huaorani. Ya la comunidad estaba de acuerdo de que irías a visitarlos y se te llegó el momento de ir a verlos. Esto fue más o menos faltando un mes de tu martirio; saliste para Rocafuerte y de allí te llevaron al Aguarico (la hermana Candelaria quiere decir YASUNI) dos de nuestras hermanas que regresaron al siguiente día. Allí estuviste ocho días con ellos y luego, después de un día por el río en canoa, visitaste los otros Huaorani otros ocho días. Quién hubiera creído fue tu despedida definitiva de ellos.

Cuando regresaste a Coca no tuvimos tiempo mucho tiempo para comentar tu viaje, pues ya de Quito nos habían llamado para que las Hermanas, que trabajamos aquí en esta misión, enviáramos alguna de las misioneras al Congreso Misionero que se celebraría pronto en Bogotá. Cuando llegaste de visitar a tus Huaorani, ya nosotras te habíamos delegado para asistir al COMLA 3, porque te veíamos la misionera que con verdadero amor y sacrificio trabajabas por el bien de la Misión y de los indígenas. También por haber sido tu la primera con otras tres hermanas, que en 1977 pisaron esta tierra de la misión del oriente amazónico del Ecuador.

Recuerdo que al principio de haberte hecho la propuesta, no lo querías aceptar., diciendo que había otras hermanas que podían ir, pero al fin de insistir lo aceptaste. Saliste de Quito toda alegre, en compañía de la Delegación Ecuatoriana de misioneros.

Inés, te esperábamos con ansia, para recibir tus impresiones, ya del Congreso como del encuentro con tus Hermanas en religión y Hermanas carnales, con las cuales compartiste recordando tu vida familiar y tus misiones entre los indígenas.

A tu regreso tuviste que demorarte unos días en Quito arreglando tu pasaporte. Y llegaste un sábado 18 de julio, llena de alegría y entusiasmo, contándonos lo maravilloso y bien que lo pasaste. Lo primero fue decirme: "Estuve feliz con el encuentro con nuestra Hna. General Elena; es toda una madre comprensiva y amable, me oyó, me escuchó mis ideales de trabajar con los Huaorani. Me siento feliz. También departí con mis hermanas carnales y con ellas pasé esos días en su apartamento, Cecilia, Angela y Ana Isabel, lo pasamos de primera". Yo te comenté, los caminos del Señor cómo te proporcionaron este tiempo para tu provecho espiritual. Entre otras cosas que me comentaste fue la invitación que te hicieron junto con las Hnas. Miriam Mercado y Fabiola Zapata las exalumnas del Colegio de Armero, como profesora que fuiste de ellas. Donde departieron con ellas con entusiasmo, hubo cantos tolimenses y obsequio de un gran almuerzo. Tuvieron recuerdos de tiempos idos, sepultados en lodo y arenas.

Inmediatamente llegaste a Coca; organizaste la ida donde tus Hnas. de Shushufindi y San Pedro para compartir con ellas tus impresiones del Congreso y llevarles los escritos y mensajes de este.

El domingo 19 a eso de las 11 de la mañana recibimos una llamada telefónica de Monseñor Alejandro solicitándote, pues al día siguiente saldrían para el viaje a la selva donde los Tagaeris y tendrían que comprar lo necesario para dicha aventura. Llegaste a las 12 y media, te dimos la razón e inmediatamente corriste al almacén donde te esperaban. Luego regresaste con lo necesario para el viaje. Esa tarde tuvimos la visita de Inigua, el Huaorani, que había adoptado a Monseñor como hijo. Cenó con nosotras. Yo me embelesaba, Inés, viéndote conversar con él. Tu cara resplandeciente de alegría y el indio con mayor razón hablaba con entusiasmo, accionaba y se le veía la dicha, sabiendo que podía comunicarse con alguien que lo conocía y entendía su lengua.

Y amaneció el lunes 20 y a las seis de la mañana saliste con Monseñor a donde tus indios, y cuál sería nuestra sorpresa al verlos de nuevo regresar a eso de las diez de la mañana. ¿Qué pasó? Que antes de salir ensayaron la cuerda por la cual iban a bajar del helicóptero a la selva y ésta se había reventado. Así que el viaje sería al otro día.

Ese día teníamos en nuestra comunidad una reunión familiar con nuestras hermanas de las tres comunidades de la misión. Entonces tú, Inés, providencialmente estuviste compartiendo con tus hermanas, alegre, chistosa y fraterna.

Ya en la tarde en nuestra comunidad nos quedamos solas las cuatro hermanas de la comunidad del Coca y en la mesa, te recuerdo, serena y centrada en tu idea nos dijiste: "Hermanas, si matan, muero contenta". Nosotras en silencio la admirábamos y yo decía para mí, qué mujer tan valiente. Por la noche se despidió de la hermana menor (nota: era la Hna. Lucero) y la otra hermana (nota: la Hna. Cristina) sintió algo especial y se entró a su celda a llorar.

Y llegó el día 21, martes, Monseñor Alejandro había quedado de venir por ella a las cinco y media de la mañana. Yo pensé: me voy a bajar a despedirlos. Llegué a la capillita de la comunidad y la encontré orando muy fervorosa; ya tenía todo listo para salir; me senté a su lado y a los 10 minutos, sentimos el carro que venía por ella; nos levantamos las dos rápidamente.

Bajó, Monseñor le cogió el equipaje a Inés y nos abrazamos en profundo silencio, como si presintiéramos algo que podía pasar, era el silencio de la muerte envuelto en eternidad. Eran las cinco y media de la mañana. Se presume que a las dos o tres horas eran atravesados por las lanzas. Sólo los árboles de la selva fueron los testigos mudos de lo que allí pasó.

Inés, gracias por tu entrega generosa, a tu misión, a tu Congregación y sobre todo a esos seres que tanto amaste, los indígenas. "Dios lo sabe todo", escribiste antes de morir. En su corazón te dejamos nosotras que vivimos de la fe y esperamos un día encontrarnos contigo. Volvemos a repetirte, gracias y ruega a Dios por esta iglesia naciente del Aguarico, que tú tanto amaste y serviste.

Tu ruega también por nuestra amada Congregación para que El suscite almas misioneras decididas y entregadas como tú.


Hna. María Candelaria Quijano M.

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