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Queridas amigas y amigos,

Les cuento:

altEran las 2 de la tarde en agosto del 83 cuando le llamé a Inés Arango, para pedirle ingenua y tranquilamente que nos permitiera entrometernos en su vida misionera. Y ella dijo sí, con mucho gusto. Sí!! A un par de mujeres a quienes no conocía. Así tan sencillamente como ella era. No sospeché cuánto me iba a cambiar la vida aquel sí. Pero, recuerdo, que prendió en mi corazón tanta esperanza y alegría, que colgué el teléfono en mi casa de Ibarra, cogí el primer bus a Quito y aún no eran las 5 de la tarde cuando ya nos estábamos dando nuestro primer abrazo.

Nuestro diálogo fue corto… o si fue largo se me hizo muy corto para conocerla, recibir toda su gran energía, su confianza y quedar, que en tres días después, estaríamos en Coca para iniciar nuestro camino de misioneras laicas. A las nueve y media de la noche ya estaba en mi casa llamándole a Carmita Pérez y preparando las maletas.

Recuerdo a las Hermanas Capuchinas cuando llegamos con Inés aquella tarde de sol: Candelita que era candela pura, Tulita, Virginia Gil y Cristina Tamayo. ¡Qué gran Equipo!. Estas cinco mujeres me sorprendieron tan agradablemente por su alegría, su hermandad y por la fiesta en que habían convertido su vida al servicio de los más pobres, su casa de puertas abiertas, su mesa siempre lista para aquél que llega y la sonrisa amplia para acoger a los que pasábamos por ahí.

Cuando llegamos a Rocafuerte, nos esperaban otras sorpresas. Hasta ese entonces, no había conocido la vida de los conventos puertas adentro y no salía de mi asombro: eran como familias de fuera del convento, nada de pasos prohibidos, nada de puertas cerradas, hombres y mujeres de todos los colores y melenas entraban y salían de la Misión con su carga de problemas y siempre había una cara sonriente esperando por ellos y ellas: Laurita Salazar, Imelda, Inés Arango, Manuel Amunárriz y el Padre Alejandro Labaka, con sus ojos tan azules eternamente sonrientes. Cada uno a lo suyo, con tanta dedicación.

Y nosotras nos pusimos bajo la sombra de Inés y la compañía de Alejandro. ¡Qué pareja formidable para aprender de ellos las lecciones más importantes de mi vida!: Aprendí de una y para siempre lo que es “Semillas del Verbo” entre nosotros, de que “la selva es su mansión y te oigo venir Señor la lluvia al caer”, del “amor incondicional”, de que “no iban para enseñarles nada, sino a vivir con ellos y como ellos…”, que “el Bautizo no es con agua sino con el fuego del amor del Espíritu de Dios”, de que “el amor es tan grande que se da la vida por los que se ama” y además con una sonrisa de paz. De yapa, aprendí el postre… “delicie de limón” que le encantaba a Inés y Alejandro. Un postre tan simple de leche y limón con un nombre tan rimbombante; por hacer broma. Así de graciosa era Inés.

Fue tan contundente su testimonio en mi vida, que andaba tras de Alejandro e Inés con la cantaleta “quiero ser Alejandrina”, yo, que amaba mi ciudad, mi casa, mi barrio, mis amigos tenía un anhelo “ser Alejandrina”. Pero claro….ellos no querían Alejandrinas, ellos no querían seguidoras, buscaban VIDA, vida amplia, libre, digna, con tierra, con derechos, con dignidad, con respeto, con abundancia de dones para los más empobrecidos siendo a la vez los más grandes, los guardianes de la Amazonía Ecuatoriana.

Aunque han pasado casi 29 años, recuerdo con lujo de detalles nuestro viaje a Garza Cocha y Ahuaimuro. Recuerdo a Inés preparando todo lo necesario, encargando a la panadería el pan abizcochado para el viaje, comprando el arroz y los huevos en la tienda de Londoño, la amplia sonrisa de Inihua conversando en Huao con Inés y Alejandro mientras almorzábamos en casa de las madres. Inés correteando por un lado, por el otro, recogiendo todo lo que tenía en mente para nuestro viaje. Y yo, con los ojos bien abiertos mirando todo, preguntando todo y ella siempre contestando, sonriendo, contándonos cosas, explicándonos de la vida en la selva con tanta paciencia mientras sacudía sus pies con sandalias “7 Vidas” en una cocha de agua para limpiarse del lodo de las calles de Rocafuerte. Era la imagen misma de la felicidad.

Y nos fuimos Yasuní arriba con Lucho el motorista: Alejandro hacía sus apuntes, nos contaba sus historias. Inés nos enseñaba “butopomopa” “huaque wi mine” “Huaponí, Huaponi” y zas que un jaguar inmenso nos mira con su cara sorprendida desde la orilla tan cerca de nosotros y nos quedamos embrujados por el maravilloso animal.

También me quedé embrujada por la altivez con que caminaba Inihua en su mundo, por los niños que no se cansaban de jugar en el río y pescar con una vara, por la felicidad del reencuentro de los Huao con Inés y Alejandro, el bullicio de hombres y mujeres contándoles las últimas novedades a ellos que eran de su familia y acababan de llegar. Solo entonces pude entender que Inés y Alejandro eran tan Huaoranis como capuchina y capuchino.

Aquella noche, mi primera noche en medio de la selva, estrenábamos la casa nueva que habían hecho para Alejandro en Garza Cocha y los cuatro, en cuatro toldos, o mejor dicho cada uno en su templete de gasa blanca, escuchábamos los cantos Huaorani. Me sentía henchida, arrullada por sus voces y los mil coros naturales en medio de la oscuridad más densa de mi vida, no se miraba a un palmo de nariz. Digo templete porque todo era paz, todo era oración, era comunión con los Huao, con la selva, con la Pacha Mama…

P. Alejandro ¿qué dicen? Les están contando a su hijos e hijas donde se fueron a cazar, que la cacería estuvo buena y cómo tienen que hacer.

Inés, ¿a los niños cómo los educan? Con cantos, ahora los están educando, es a esta hora cuando están en sus hamacas dejándose abrigar por el fuego que educan a sus hijos en lo que tienen que aprender para vivir en la selva.

¿No les pegan a sus hijos? No. No les pegan a los niños, les cuentan en medio de los cantos los secretos de la vida en la selva, lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer.

No sé qué horas serían cuando me había dormido con una sensación feliz de sentirme arrullada yo también con los cantos tranquilos y monótonos de los Huaoranis, los sapos, los grillos y un pájaro nocturno cantor.

Sólo este recuerdo me haría comprender las lágrimas de Inés cuando, ella, estando en Coca, venía a mi cuarto de alquiler y me decía dando pequeños brincos, estirándose el vestido y con lágrimas en los ojos: “Soy saltamontes, Cecilia y no sé qué hago en Coca. Mi vida son los Huaorani. ¡Si por lo menos estuviera en Rocafuerte para estar más cerca de ellos, ya que no puedo estar con ellos!. ¡Quiero vivir con ellos!”. Paciencia Inés, le decía. Paciencia, insiste, ya llegará el día en que tu superiora diga bueno y me llevarás, ¡no te olvidarás. Ya llegará el día!.

Inés, la Capuchina inquieta de gran corazón. Valiente a más no poder, me daría en el Coca más lecciones que aprender.

¡Qué dices, Inés! ¿adónde quieres que te acompañe? Al Chongo? “Sí”. A los chongos nos fuimos las dos con nuestros corazones alegres; en busca de qué? Le preguntaba. “De mujeres simplemente”. Respondía. “Son ovejas del mismo rebaño, para recordarles que tienen un Padre Dios que les ama tanto, que cuando ellas lo necesiten no tienen más que buscarlo en su corazón”. Pero sólo en el corazón nos decían, ¡a la iglesia no vamos a ir!.”¡Así será!”, decía Inés. Así será. Y metía los pies en las cochas de agua para limpiarse el lodo de las calles del Coca.

Entonces la noche del 5 de marzo nos asustamos horriblemente con el terremoto y al otro día, por la radio el prefecto de Napo, que en ese entonces éramos Napo, nos incitaba a salir del Coca, que el río Coca se ha represado, que cuando reviente vendrá con palos y lodo, que será muy peligroso. “Cuiden sus vidas, dejen todo, y abandonen el Coca”. Fui a donde las Capuchinas a comentar el susto y las noticias. “¡Inés vámonos nosotras también. Vámonos antes que sea demasiado tarde, todos están saliendo!”. “No Cecilia, hasta que haya una persona en este Coca que me pueda necesitar, aquí me quedo”. Y eran más de las cuatro de la tarde y quedábamos muy pocos en el pueblo, el resto, ya se habían ido. Así que cogí mi sleeping y mi frasco de sal y yo también me fui con mucho dolor en mi corazón, dejando a mis amigas en espera de que alguien les pudiese necesitar.

La última vez que vi a Inés a dos días de su muerte tenía lentes nuevos y el rostro feliz, su superiora le había dicho que bueno, que sí, que puede irse a vivir con los Huaorani. Al otro día iba a emprender su primer encuentro con los Tagaheri, iba a vivir plenamente su compromiso misionero. Sus ojos tenían también un brillo como melancolía, porque ya, todos sabemos que sabía el riesgo que corrían aunque no lo decía.

A todos y todas nos partió el corazón su muerte y la de Alejandro. Nos sorprendió enormemente la sonrisa de paz en el rostro lacerado de Alejandro, los pies descalzos, cruzados y tensos de Inés pero su rostro adolorido en tierna calma. A mí me llenó de ternura el corazón cuando he visto a todas las mujeres queridas de Inés venir a darle su última despedida aunque habían dicho que nunca vendrían a la iglesia. Lloramos largamente, abrazadas, mientras mirábamos sus cuerpos.

Desde el día en que se truncaron los papeles para los habitantes de la selva estamos condenados a la muerte y al fracaso. Desde cuando no se oye la voz de los sin voz, el grito de protesta e impotencia de los empequeñecidos y vulnerados de los tiempos por la ambición, el desenfreno, la maldad, la ignorancia de los dueños del dinero y el poder, estamos condenados a la muerte.

La historia de nuestra provincia al igual que la nacional y muchas historias familiares, cotidianas y mundiales ha engrandecido la figura machista y patriarcal de los hombres rudos, valientes, guerreros, conquistadores que llegaron a estas tierras que las saben tan rica pero la consideran “de nadie” para conquistarla a punta de bayoneta y destrucción. Quién tan valiente y aguerrido como Francisco de Orellana y los trece furibundos de la fama que descubrieron el río de las Amazonas; siguieron los caucheros con la historia más terrible de dominación, abuso y esclavitud, donde la figura machista y abusiva de los patronos, mayordomos y capataces cubre de sangre, dominación y poder estas tierras eternamente libres. Tomaron a las mujeres, las violaron, las abusaron y las dejaron a la deriva con sus hijos a cuestas y en el olvido.

Luego llegan los obreros de las petroleras, los de la sísmicas, los de las guardarrayas, los ingenieros, hombres embotados y con dinero, que siguen con la creencia de que estas tierras son de nadie, que las mujeres somos un objeto sexual sin derechos ni dignidad, tan exóticas y sensuales criaturas destinadas a darles placer, nos ven como un elemento más de la naturaleza exuberante, primaria como primarios son sus instintos. Pues estos hombres bravos, violentos y mal hablados son los personajes en quienes se comparan muchos de nuestros hombres, los tienen de modelo, se llenan la cabeza de criterios patriarcales y distorsionan toda la armonía y equilibrio de la Amazonía, creando en su mente y corazón el “autoengaño” o “fraude inocente” que permite a quienes deforman la realidad “no querer darse cuenta”,” pensar que “no saben lo que hacen”, lo que les permite seguir con el viejo pensamiento de que “si otros lo han hecho, ellos también” y cuelgan de un clavo nuestros derechos elementales de mujeres libres y nos tratan sin ninguna consideración y tanta violencia. Y así como violan nuestros cuerpos de forma sistemática y alarmante, violan nuestro derecho a una vida digna, los derechos de los NNA, los derechos Humanos y de las humanas, los derechos de los pueblos y nacionalidades indígenas, los derechos de la naturaleza recientemente constitucionalizados. “La así llamada vida civilizada es una gran torre que celebra los logros de la humanidad, pero en cuyo extremo superior está permanentemente envuelto en una nube densa, un progreso a costa de crueldad y muerte inimaginable” (Claudio Naranjo).

De ahí tanto abuso, violencia y humillación.

“En el año 2010 llegaron al Patronato de Servicio Social de Orellana, que registran los casos en coordinación con la Fiscalía de Orellana:

493 casos de delitos sexuales, de los cuales 6 fueron a hombres y 487 a mujeres.

468 fueron violaciones. Más de una mujer, niña o adolescente fue violada cada día.

16 atentados contra el pudor,

6 casos de estupro.

475 delitos sexuales se cometieron dentro del hogar y 18 fuera del hogar.

La mayoría de los casos son contra adolescentes de entre 10 y 19 años, 2 casos contra mayores de 20 años. Pero también hubo 66 casos contra niñas de 5 a 9 años, 2 casos contra bebes de hasta 11 meses, 3 casos contra menores de 1 a 4 años”[1] y se justifican diciendo que son inocentes, que la niña, que la bebé le estaba provocando, tentando.

Los principales agresores son los mismos que tienen la responsabilidad de protegernos: “121 padres, 296 padrastros, 2 hermanos, 66 otros parientes y tan solo 8 casos fueron personas desconocidas, fuera del hogar”[2]. De estas violaciones, muchas adolescentes se quedan embarazadas.

El problema de nuestra sociedad radica en su “mente patriarcal”, en la cual las relaciones de dominio/sumisión respecto al afecto, interfieren con la capacidad de establecer vínculos adultos solidarios y fraternales, donde las capacidades de goce, compasión y amor se ven aplastadas por un falso y compulsivo reconocimiento hacia las figuras de autoridad y dominio a todo nivel, por eso la magnitud de la Violencia a la mujer e intrafamiliar.

“En el Ecuador, - por ende en Orellana- 8 de cada 10 mujeres son víctimas de alguna forma de violencia”[3].

De ellas, 6 de cada 10 son mujeres jóvenes de entre los 25 y 45 años

22 de cada 100 son agredidas a diario.

50 de cada 100 son simultáneamente insultadas y agredidas físicamente.

27 son forzadas sexualmente”[4].

Orellana tiene el segundo índice más alto del país de embarazos en las adolescentes.

Hoy, somos una de las pocas provincias y cantones con mayoría de autoridades mujeres, pero seguimos con una cultura fuertemente patriarcal y androcéntrica, donde los derechos humanos y de las humanas, aunque han sido reconocidos formalmente, todavía NO son parte de los valores socioculturales”. Donde se subordina a las mujeres a un jefe masculino y se invisibiliza su trabajo y aporte en el progreso de la familia, de la comunidad, de la organización, del barrio en la conquista de su libertad y sus derechos.

En este estado de realidad dominante, patriarcal y violenta, la figura de Inés, mujer, radical en su lucha, auténtica en su amor hasta dar la vida sin temor; Inés es una consigna y una bandera que me anima y me mantiene en la lucha por conquistar la justicia y equidad de las mujeres en Orellana, porque se respeten nuestros derechos fundamentales y sintamos que una vida digna, libre de violencia nos humaniza a todas y todos.

Por esto, nosotras, la Fundación Ayllu Huarmicuna, optamos por un sueño: “hacer de Orellana una provincia libre de la violencia intrafamiliar y sin abuso sexual”. Desde nuestra Casa Paula, nos comprometemos y optamos por nosotras, las mujeres.

Yo, Cecilia Peñaherrera, Capitana de las Alejandrinas, les agradezco a todas y todos por esta oportunidad para hablar de Inés, querida amiga.

Muchas gracias.

Cecilia Peñaherrera



[1] Morras Jone. Dra. Betsy Ubillus. Cartilla sexualidad y delitos sexuales. Serie Mujeres libres y solidarias.

[2]. Idem..

[3]. UNMFPA.

[4]. CONAMU.